6

LAS COCHERAS

Durante el día, si no estaba en el laboratorio, ni estudiaba, ni había salido, tenía como principal ocupación estar atento al timbre y abrir la puerta cuando alguien llamaba. Sucedía tan raramente que la primera vez que lo oí tuvo que pasar un minuto para que comprendiese el origen del ruido.

Resultó que era Beverley Brook, con una chaqueta acolchada de color azul eléctrico. Llevaba la capucha puesta.

—Has tardado mucho —me dijo—. Me estaba helando aquí fuera.

Le dije que entrase, pero me miró con suspicacia y me respondió que no podía.

—Mami me dice que no entre, dice que es un lugar hostil para los que son como nosotros.

—¿Hostil?

—Dice que, no sé, que hay campos de fuerza y cosas así —dijo Beverley.

Pensé que era muy posible. Eso explicaría por qué Nightingale tomaba tan pocas medidas de seguridad.

—Entonces, ¿a qué has venido?

—Bueno —dijo Beverley—, es que cuando una mamá río y un papá río se quieren mucho…

—Qué graciosa.

—Mami dice que en el Hospital Universitario ocurren cosas extrañas que tendríais que investigar.

—¿Qué tipo de cosas extrañas?

—Me dijo que había salido en las noticias.

—No tenemos televisión —dije.

—¿Ni siquiera la Freeview?

—No vemos televisión de ningún tipo —dije.

—Qué fuerte —dijo Beverley—. ¿Me acompañas, o qué?

—Voy a ver lo que me dice el inspector —le respondí.

Encontré a Nightingale en la biblioteca. Tomaba notas para lo que, de acuerdo con mis sospechas, debían de ser los deberes de latín para el día siguiente. Le conté lo de Beverley y me dijo que fuera a echar una ojeada. Cuando regresé al vestíbulo, Beverley se había atrevido a entrar, aunque se había quedado tan cerca del umbral como pudo. Me llevé una sorpresa: Molly estaba a su lado y los rostros de ambas se hallaban muy cerca el uno del otro, como si intercambiaran confidencias. Al oír que me acercaba, se separaron con sospechosa precipitación. Sentí que me ardían los oídos. Molly pasó rápidamente por mi lado y desapareció en las profundidades de la Locura.

—¿Iremos con el Jaguar? —me preguntó Beverley mientras me ponía el abrigo.

—Ah, ¿vienes conmigo? —pregunté.

—Tengo que ir —dijo Beverley—. Mami me ha mandado que viniera a ayudarte.

—¿A ayudarme a qué?

—La mujer que nos ha llamado es una acólita —dijo Beverley—. No hablará contigo si no te acompaño.

—Está bien —dije—. Pues vamos.

—¿Iremos con el Jaguar?

—No seas tonta —dije—. El Hospital Universitario está muy cerca, podemos ir a pie.

—Vaya —dijo Beverley—. Es que yo quería ir en el Jaguar.

Así que subimos al Jaguar y quedamos atrapados en un atasco en Euston Road, y luego necesitamos otros veinte minutos para encontrar aparcamiento. De acuerdo con mis estimaciones, tardamos el doble que si hubiéramos ido a pie.

El Hospital Universitario ocupa dos manzanas enteras entre Tottenham Court Road y Gower Street. Fundado en el siglo XIX, se ha ganado su fama, sobre todo, como dependencia de la Universidad de Londres y como lugar donde nació un tal Peter Grant, aprendiz de mago. Desde ese día trascendental a mediados de los años ochenta, una de las mitades del hospital había sufrido una remodelación y se había transformado en una torre refulgente de color azul y blanco como si un trocito de Brasilia se hubiera estrellado en el centro del Londres victoriano.

El vestíbulo era una sala amplia y cuidada, con cristal y pintura blanca en abundancia. Tan sólo la afeaba el gran número de enfermos que iba de un lado para otro arrastrando los pies. Los agentes de policía nos pasamos mucho tiempo en Urgencias, unas veces para preguntarle a la víctima dónde lo apuñalaron, otras para reducir a borrachos violentos, o para que nos pongan unos puntos de sutura a nosotros. Ése es uno de los motivos por el que hay tantos policías que se casan con enfermeras… el otro motivo es que las enfermeras entienden muy bien lo que es un sistema de turnos mal montado.

La acólita de Beverley era una enfermera pálida y flaca, con el cabello de color púrpura y acento australiano. Me miró con suspicacia.

—¿Quién es ése? —le preguntó a Beverley.

—Es un amigo —le dijo Beverley, y le puso la mano encima del brazo—. Se lo contamos todo.

La mujer se relajó y me obsequió con una sonrisa llena de esperanza. Parecía una de esas adolescentes pentecostalistas de la cutrísima iglesia de mi madre.

—¿A que es maravilloso estar en algo que es auténtico? —me dijo.

Le di la razón en que era maravilloso estar en algo que es auténtico, pero le dije que sería todavía más molón si me contaba lo que había visto. Utilicé la palabra «molón» y no dio ninguna muestra de sorpresa, lo cual era preocupante en muchos sentidos.

Según me contó, un mensajero había tenido un accidente con la bicicleta, lo habían llevado hasta allí en ambulancia y, mientras lo trataban, le había arreado una patada en el ojo al médico. El médico había quedado aturdido, pero no había sufrido daños serios, y el mensajero había escapado de Urgencias antes de que los de Seguridad pudiesen atraparlo.

—¿Y por qué nos habéis llamado a nosotros? —pregunté.

—Por las risas —dijo la enfermera—. Yo ya volvía a la sala de tratamientos cuando he oído una risa chillona, como la voz de un mainate. Luego he oído a Eric, quiero decir al doctor Framline, que es el médico agredido, le he oído gritar palabrotas, y luego el mensajero ha salido corriendo de la sala y había algo raro en su cara.

—¿Qué es lo que era tan raro? —pregunté.

—No sé, algo raro —dijo. Tenía todas las características de uno de esos testigos particularmente útiles para la investigación policial—. Ha pasado muy rápido y no he visto gran cosa, pero se veía… raro.

Me enseñó la sala de tratamientos donde había ocurrido todo: un cubículo blanco y beige con una cama de exploración médica y una cortina para preservar la intimidad. El vestigium —nótese que ahora empleo el singular— me golpeó en el rostro nada más entrar. Violencia, risas, sudor seco y cuero. Lo mismo que cuando visitamos al pobre William Skirmish en el tanatorio, salvo por los ladridos del perro.

Dos meses antes, habría entrado en la sala de Urgencias, me habría estremecido, habría pensado «qué raro es esto» y habría vuelto a salir.

Beverley se asomó a la puerta y me preguntó si había descubierto algo.

—Tendrías que dejarme el móvil —le dije.

—¿Qué le ha pasado al tuyo? —preguntó.

—Me lo cargué sin querer cuando hacía magia —le expliqué—. No me preguntes más.

Beverley me puso morros y me dio un Ericsson sorprendentemente voluminoso.

—Funciona con tarjeta y tendrás que pagar —dijo. La caja estaba sellada con látex y los botones eran grandes y estaban cubiertos con una capa de látex transparente—. Está diseñado para funcionar bajo el agua. No me preguntes más.

—¿Podrías pedirle a tu acólita que me consiguiera la dirección del doctor Framline?

Beverley se encogió de hombros.

—Desde luego —contestó—. ¡Y recuerda que tendrás que pagar por todo el rato que te pases hablando!

Mientras Beverley estaba entretenida con la tarea que le había encomendado, salí con su teléfono a Beaumont Place, una apacible calle peatonal que transcurría entre la parte antigua del Hospital Universitario y la nueva, y llamé a Nightingale. Le describí el incidente y el vestigium, y Nightingale estuvo de acuerdo en que merecía la pena seguirle la pista al mensajero.

—Creo que tendríamos que vigilar al médico —dije.

—Interesante —respondió Nightingale—. ¿Por qué?

—He estado pensando en los acontecimientos que se han sucedido en torno al asesinato de Skirmish —dije—. Toby mordió a Coopertown en la nariz y en ese momento empezó todo. Pero Coopertown no perdió la chaveta hasta que se encontró con Skirmish en Covent Garden.

—¿Piensas que el crimen fue consecuencia de un encuentro casual?

—A eso quería llegar —expuse—. Lesley me ha contado que la Brigada de Homicidios no encontró ningún motivo por el que Skirmish tuviera que ir esa noche a Covent Garden. Tomó un autobús hasta el West End, tropezó con Coopertown y el otro le arrancó la cabeza. Ni se encontró con nadie, ni fue en busca de ningún amigo… nada.

—¿Crees que ambas partes estaban afectadas? —preguntó Nightingale—. ¿Crees que un tercero los indujo a encontrarse?

—¿Eso sería posible?

—Todo es posible —dijo Nightingale—. Si resulta que tu perro estaba afectado por la misma dolencia que su amo y que Coopertown, entonces se entendería que sea tan sensible a los vestigia.

Me di cuenta de que Toby había pasado a ser mi perro.

—Entonces, ¿sí es posible?

—Sí —dijo Nightingale, pero yo mismo me daba cuenta de su escepticismo.

—¿Y si ahora el mensajero ha hecho el papel de Toby, y el médico hace el de Coopertown? —pregunté—. No estaría nada mal que vigiláramos al médico hasta que hayamos podido capturar al mensajero.

—¿Puedes encargarte tú? —inquirió Nightingale.

—Desde luego —dije.

—Bien —dijo Nightingale, y se ofreció para coordinar la búsqueda del mensajero.

Colgué al mismo tiempo que Beverley Brook salía del hospital caminando con desenfado. Sus caderas cimbreantes me arrastraban la mirada. Sonrió al darse cuenta de que miraba y me dio un trozo de papel: la dirección del doctor Framline.

—¿Y ahora qué, guapo? —me preguntó.

—¿Dónde quieres que te lleve? —le interpelé.

—No, no, no —se apresuró a decir Beverley—. Mami me ha mandado que te ayudara.

—Ya me has ayudado —le dije—. Puedes irte a casa.

—No quiero irme a casa —me contestó—. Mami tiene a todo su séquito, Ty, Effra y Fleet, por no hablar de las viejas. No te puedes imaginar lo que es eso.

En realidad, sí que sabía muy bien lo que era, pero no pensaba decírselo.

—Venga, que me portaré bien —añadió, y me miró con ojitos seductores—. Te dejaré utilizar el móvil.

Me rendí antes de que tuviera que recurrir al labio trémulo.

—Pero tendrás que hacer lo que yo te diga.

—Sí, guapo —me dijo, y me saludó a lo militar.

No es posible vigilar discretamente a alguien desde un Jaguar y, con gran decepción por parte de Beverley, regresamos a la Locura para cambiarlo por el coche de policía reciclado. El garaje de la Locura se encuentra en la parte de atrás del edificio y ocupa la planta baja de lo que había sido el antiguo edificio de cocheras. Aún se distinguía desde dentro el contorno de las puertas originales. Habían sido lo bastante anchas como para que pudiese entrar un carruaje de cuatro caballos. Las habían cubierto con ladrillo y las habían sustituido por una puerta automática más pequeña. El Jaguar y el coche de policía reciclado se alojaban en un espacio en el que habrían cabido cuatro carruajes.

A diferencia del vestíbulo, la cochera no parecía plantearle ningún problema a Beverley.

—¿Qué ha pasado con los campos de fuerza mágica hostiles? —le pregunté.

—Aquí no hay —dijo—. Sólo había una barrera de poca monta en la puerta del garaje, y nada más.

Nightingale no estaba en el edificio, pero Molly me salió al encuentro en el vestíbulo con una bolsa de plástico de Tesco’s llena de bocadillos envueltos en papel encerado y atados con un cordel. No le pregunté de qué eran, pero dudaba que fueran de pollo tikka masala. Regresé a la cochera, dejé la bolsa con los bocadillos en el asiento de atrás del coche de policía reciclado, me aseguré de que Beverley se hubiera puesto el cinturón y arranqué. Mi objetivo consistía en acosar a un joven médico.

El doctor Framline vivía en una casa adosada de dos pisos de estilo victoriano cerca de Romford Road, en Newham. Se encontraba más al este de lo que a mí me gusta ir, pero, de todas maneras, no era un mal barrio. Encontré un sitio para aparcar con un ángulo de visión decente en dirección a la puerta de entrada y salí. Sabía que no había fuerza en la tierra capaz de retener a Beverley en el coche y por eso permití que viniera conmigo, tras asegurarme de que había entendido que debía mantener la boca cerrada.

Había un solo timbre en la puerta y el pequeño jardín de entrada no tenía más que grava, cubos de basura y un par de tiestos vacíos de color rojo brillante. Pensé que, o bien el doctor Framline vivía solo en la casa, o bien la compartía con amigos. Pulsé el botón y una voz alegre respondió que ya venía. La voz pertenecía a una mujer rolliza de cara redonda, de esas que se forjan una buena personalidad porque la alternativa es el suicidio.

Le mostré mis credenciales de agente.

—Buenas tardes. Me llamo Peter Grant, soy de la policía, y ésta es mi compañera Beverley Brook, que al mismo tiempo es un río del sur de Londres. —Nos permitimos este tipo de bromas con los civiles porque el cerebro deja de funcionarles en cuanto oyen la palabra «policía».

En realidad, creo que me pasé, porque la mujer miró a Beverley con el ceño fruncido y preguntó:

—¿Un río, ha dicho?

Moraleja: no hagas el fantasma cuando estés de servicio.

—Era un chiste —dije.

—Esta chica se ve muy joven para ser policía —dijo la mujer.

—No lo es —respondí—. Está en prácticas.

—¿Podría mostrarme de nuevo su identificación? —preguntó la mujer.

Suspiré y se la di. Beverley se rió por lo bajo.

—Si lo desea, le daré el número de mi superior —expliqué. Normalmente, este truco funciona porque los ciudadanos corrientes son más gandules que desconfiados.

—¿Han venido por lo que ocurrió en el hospital? —preguntó la mujer.

—Sí —dije, aliviado—. Hemos venido precisamente por eso.

—Pues resulta que Eric ha ido al centro —aclaró—. Se les ha escapado por muy poco; se marchó hace unos quince minutos.

«Sí, claro que sí —pensé—, y seguro que habrá ido a algún sitio a menos de quinientos metros del lugar de donde venimos nosotros».

—¿Sabe usted adónde ha ido?

—¿Para qué quiere saberlo?

—Creemos haber encontrado una pista que nos llevará hasta el agresor —dije—. Le necesitamos a él para confirmar unos pocos detalles. Si actuamos con rapidez, tal vez logremos arrestarlo esta misma noche.

Eso le desató la lengua, y nos dio, no sólo el nombre del gastropub adonde se dirigía el doctor Framline, sino también su número de móvil. Beverley tuvo que andar a paso ligero para no quedarse atrás mientras regresábamos al coche.

—¿Por qué tantas prisas? —me preguntó al subir.

—Conozco ese pub —dije—. Está en la esquina de Neal Street y Shelton Street. —Arranqué sin esperar a que Beverley se abrochara el cinturón—. Está enfrente de la zona peatonal a la salida de Urban Outfitters.

—Urban Outfitters, ¿eh? —dijo Beverley—. Seguro que compraste ahí la camisa doctor Denim.

—Me la compró mi madre —aclaré.

—¿Y crees que con eso te vas a salvar del ridículo?

Salí disparado con el coche de policía reciclado o, por lo menos, salí todo lo disparado que se podría salir con un Ford Escort de hace una década, y me salté un semáforo en rojo. Alguien gritó a nuestras espaldas.

—Los mensajeros suelen ir a esa zona —le dije—. Les va bien por el pub y los cafés, y porque, al mismo tiempo, les queda cerca de la mayoría de sus clientes.

La lluvia empezó a repiquetear contra el parabrisas y tuve que aflojar la marcha. Las calzadas empezaban a estar húmedas. ¿Cuánto tiempo tardaría el doctor Framline en llegar a Covent Garden con transporte público? No menos de una hora, pero había salido con ventaja, y estábamos en Londres, donde, a menudo, el metro es más rápido que el coche.

—Llama al doctor Framline —le dije a Beverley.

Beverley refunfuñó, marcó el número, escuchó y dijo:

—Me sale el contestador. Debe de estar en el metro.

Le di el número de Lesley.

—Recuerda —dijo—: hablas tú, pagas tú.

—Sí, eso ya lo tengo claro —repliqué.

Beverley me acercó el teléfono al oído para que no tuviera que soltar el volante. Lesley descolgó y oí el ruido de fondo de la sala de trabajo de Belgravia. Trabajo policial de verdad.

—¿Qué pasa con tu teléfono? —me preguntó—. Llevo toda la mañana intentando llamarte.

—Me lo he cargado mientras hacía magia —dije—. Acabas de recordarme algo: tendrías que pedirme un Airwave. —El Airwave era el fabuloso e inigualable aparato de radio digital que daban a los agentes de policía.

—¿Y no puedes encargarlo en tu comisaría? —me preguntó.

—Estás de broma —dije—. No creo que Nightingale se haya enterado de la existencia del Airwave. Y, ya que estamos en ello, ni siquiera de los aparatos de radio. En realidad, creo que no tiene muy claro lo que es un teléfono.

Estuvo de acuerdo en que nos encontráramos en Neal Street.

Arreciaba la lluvia cuando por fin avancé con pasos lentos por el trecho semipeatonal de Earlham Street y me detuve en la esquina, desde donde teníamos buenas vistas del pub y de las idas y venidas de los mensajeros. Dejé a Beverley en el coche y fui a echar una ojeada dentro del pub. No había nadie; el doctor Framline aún no había llegado.

Regresé al coche con el cabello empapado, pero llevaba una toalla en la bolsa que había llevado conmigo para la misión de vigilancia, y con ella me sequé casi toda el agua. Por el motivo que sea, Beverley lo encontró hilarante.

—Deja que te lo haga yo —me dijo.

Le di la toalla, y Beverley se acercó a mí y empezó a restregármela por la cabeza. Uno de sus pechos me tocó el hombro y tuve que contenerme para no agarrarla por la cintura. Me presionó el cuero cabelludo con los dedos.

—¿No te lo peinas nunca? —me preguntó.

—No puedo perder tiempo en eso —le dije—. Me contento con rapármelo todas las primaveras.

Me pasó la palma de la mano por la cabeza y la dejó reposar sobre mi nuca, sin hacer fuerza. Sentí su aliento muy cerca, en el oído.

—No has heredado nada de tu padre, ¿verdad? —Beverley había vuelto a sentarse y había arrojado la toalla al asiento de atrás—. Tu madre debió de sentirse defraudada. Apuesto a que quería un niño con grandes rizos.

—Podría haber sido peor —repuse—. Podría haber salido niña.

Beverley se tocó inconscientemente el cabello. Lo llevaba alisado, con raya, y los mechones le caían hasta los hombros.

—No te has enterado ni de la mitad —dijo—. Y es por eso por lo que no lograrás hacerme salir ahí fuera. —Señaló con la cabeza a las calles empapadas de lluvia.

—Si se supone que eres una diosa…

—Una orisa —aclaró Beverley—. Somos orisa. No somos espíritus, ni genios locales… Orisa.

—¿Cómo es que no puedes arreglar este mal tiempo? —pregunté.

—Para empezar —dijo con exagerada lentitud en la voz—, porque con el tiempo no se juega y, en segundo lugar, porque estamos en el norte de Londres y este distrito pertenece a mis hermanas mayores.

Había encontrado un plano de los ríos de Londres hecho en el siglo XVII.

—¿Éste es el Fleet, y éste, el Tyburn? —pregunté.

—Llámala Tyburn, si quieres pasarte el resto del día al extremo de una cuerda —dijo Beverley—. Si llegas a conocerla, será mejor que la llames lady Ty. Aunque no creo que tengas ningún interés en conocerla. Tampoco creo que ella tenga ningún interés en conocerte a ti.

—Entonces, ¿no te llevas bien con ellas? —le pregunté.

—No tengo ningún problema con Fleet —explicó—. Sólo que es una metomentodo. Ty es una creída. Vive en Mayfair y va a las fiestas pijas y conoce a «gente importante».

—¿Es la favorita de Mamá?

—Sólo porque nos soluciona problemas con los políticos —dijo Beverley—. La invitan a tomar el té en la terraza de Westminster. Y a mí me manda en coche con el recadero de Nightingale.

—Creo recordar que eras tú la que no quería volver a casa —repliqué.

Me fijé en que el coche de Lesley aparcaba detrás del nuestro. Nos hizo señales con los faros y salió a la calle. Le abrí al instante una de las puertas traseras. La lluvia me golpeó la cara con tal fuerza que tuve que escupir la que se me había metido en la boca, y Lesley prácticamente se arrojó al asiento de atrás.

—Creo que va a haber una inundación —dijo, y agarró la toalla y la empleó para secarse la cara y el pelo. Se volvió hacia Beverley—. ¿Y ésta quién es? —preguntó.

—Beverley, te presento a la agente de policía Lesley May. —Me volví hacia Lesley—. Es Beverley Brook, espíritu del río y ganadora durante cinco años consecutivos en el Campeonato Londinense de Monólogos Ininterrumpidos con Independencia de las Circunstancias. —Beverley me dio en el brazo con el puño. Lesley le sonrió de buena gana—. Su madre es el Támesis, ¿sabes?

—Ah, ya —dijo Lesley—. ¿Y quién es el padre?

—Eso es complicado —dijo Beverley—. Mami me dijo que me encontró flotando en el arroyo que lleva mi nombre junto a la autovía de Kingston Vale.

—¿Dentro de un cesto? —preguntó Lesley.

—No, flotaba sin más —repuso Beverley.

—La crearon espontáneamente los midiclorianos —dije. Las dos mujeres me miraron sin entender—. Nada, olvidadlo.

—¿El sujeto aún no ha llegado? —preguntó Lesley.

—No ha llegado nadie desde que estoy aquí —dije.

—¿Sabes cómo es? —inquirió Lesley.

Me di cuenta de que no tenía ni la más mínima idea sobre el aspecto del doctor Framline. Había contado con poder hablar con él en su casa antes de empezar a seguirle.

—Tengo una descripción.

Lesley me miró con lástima y sacó una impresión en A4 de la fotografía del carnet de conducir del doctor Framline.

—Peter sería un policía aceptable —le dijo a Beverley— si fuera capaz de concentrarse en los detalles.

Me dio algo que parecía un mutante gigantesco, producto del cruce entre un Nokia y un walkie-talkie: el Airwave. Me lo guardé en el bolsillo de dentro de la chaqueta. Era algo más pesado que un móvil y la chaqueta se me iba a ladear por su culpa.

—¿Es ése? —le pregunté a Beverley.

Nos esforzamos por ver lo que se movía bajo la lluvia y descubrimos a una pareja que venía desde la desembocadura de Neal Street en Covent Garden. El rostro del hombre era idéntico al de la fotografía, salvo por el moretón que tenía en el ojo izquierdo y una vía de ferrocarril hecha con tiritas que le tapaba el corte de la mejilla. Sostenía un paraguas con el que se cubría a sí mismo y a su compañera, una mujer robusta envuelta en un impermeable de color anaranjado brillante. Ambos sonreían y parecían felices.

Les observamos mientras llegaban al gastropub y, tras una pausa para sacudir el paraguas, entraban.

—¿Podrías volver a explicarme qué es lo que hacemos aquí? —preguntó Lesley.

—¿Has encontrado ya al mensajero? —pregunté.

—No —contestó Lesley—. Y no creo que a mi oficial le guste que tu oficial lo trate como a un recadero.

—Pues dile que bienvenido al club —dije.

—Díselo tú —me respondió Lesley.

—¿Y qué es lo que hay en los bocadillos? —preguntó Beverley.

Abrí la bolsa de Tesco’s y desenvolví los bocadillos. Estaban hechos de pan blanco y crujiente con rosbif y encurtido de mostaza acompañados con rábanos picantes. Estaba muy bien, pero en cierta ocasión Molly me había puesto sesos de ternera fritos, y por ello siempre sentía cierto reparo al comerme los bocadillos que me preparaba. Lesley come siempre sin miedo y piensa que las anguilas en gelatina son un manjar exquisito, y se los llevó a la boca sin problemas. Beverley, en cambio, vaciló.

—Aunque me coma los bocadillos no voy a quedar obligada a nada, ¿verdad que no? —preguntó Beverley.

—No te preocupes —le dije—. Llevo un ambientador en la bolsa.

—Hablo en serio —replicó Beverley—. En los apartamentos de mami hay un tío que se presentó en 1997 para llevarse unos muebles. Se tomó una taza de té y una galleta, y ya no volvió a salir. Yo le llamaba «tío administrador». Hace trabajos extraños en la casa, nos arregla las cosas y mantiene limpio el lugar, y mi madre no lo va a dejar marchar jamás. —Beverley me oprimió el pecho con la punta del dedo—. Así que quiero saber qué intenciones llevas al servirme este bocadillo.

—Te aseguro que mis intenciones son honorables —le dije, pero me acordé de lo cerca que había estado de comerme las galletas de crema en la casa de Mamá Támesis.

—Júralo por tu poder —dijo Beverley.

—Pero es que no tengo ningún poder —repuse yo.

—Eso es cierto —afirmó Beverley—. Pues júramelo por la vida de tu madre.

—No —le dije yo—. Eso lo hacen los niños pequeños.

—Pues está bien —dijo Beverley—. Iré yo misma por mi propia comida.

Salió del coche y se alejó con enérgicas zancadas, sin preocuparse por cerrar la puerta. Me di cuenta de que había esperado a que la lluvia amainase antes de enfadarse.

—¿Eso es cierto? —preguntó Lesley.

—¿El qué? —le pregunté.

—Hechizos, comidas, obligaciones, brujos… eso del administrador —dijo Lesley—. Por Dios bendito, Peter, eso que ha contado es un delito de secuestro, como mínimo.

—Una parte de lo que ha dicho es cierto —dije—. No sé si todo lo es. Creo que el proceso de transformarse en mago implica saber distinguir entre lo que es verdad y lo que no lo es.

—¿Y es verdad que su mami es la diosa del Támesis?

—Ella cree serlo, y yo la he conocido y empiezo a pensar que tal vez lo sea —expliqué—. Tiene poder de verdad, así que voy a tratar a su hija como a una diosa mientras no se demuestre lo contrario.

Lesley se apoyó sobre el respaldo trasero y me miró a los ojos.

—¿Sabes hacer magia? —me preguntó en voz baja.

—Sé hacer un solo hechizo —le dije.

—Enséñamelo.

—No puedo —dije—. Si lo hago ahora, me cargaré los Airwave, el estéreo y quizá también el sistema de ignición. Fue así como averié el móvil. Lo llevaba en el bolsillo en el momento de las prácticas.

Lesley echó la cabeza hacia un lado y me lanzó una mirada fría.

Yo estaba a punto de responderle cuando Beverley se puso a dar golpes en la ventanilla… bajé el cristal.

—Se me ha ocurrido que tenía que decirte que ha dejado de llover —dijo—, y que un mensajero viene andando por la calle.

Lesley y yo salimos precipitadamente del coche —lo que demuestra que no estábamos muy duchos en tareas de vigilancia—, nos acordamos de que se suponía que no debíamos hacernos notar y fingimos que charlábamos de cosas sin importancia. Tengo que decir, en defensa de ambos, que no habíamos pasado más de dos años en uniforme, y que uno de los aspectos básicos del trabajo de un policía es hacerse notar.

Beverley debía de tener buena vista, porque el mensajero se hallaba en el extremo de Neal Street que desemboca en Shaftesbury Avenue y venía con pasos lentos y calmosos. Avanzaba empujando la bicicleta, lo cual era sospechoso, y vi que la rueda trasera se había torcido. Sentí una profunda inquietud, pero sin saber si se debía a mí mismo o a alguna circunstancia exterior.

Un perro se puso a ladrar no muy lejos de allí. Detrás de nosotros, una madre discutía con un niño que quería que lo llevara en brazos. En algún sitio se oía el agua de lluvia que se filtraba por un desagüe, y yo mismo me puse tenso, en un intento por oír… no sé muy bien qué. Entonces lo oí: una risilla débil, estrangulada, muy aguda, que parecía llegar de muy lejos.

El mensajero tenía una pinta muy normal: iba vestido con un uniforme de licra amarillo y negro dolorosamente ceñido, un macuto de mensajero con una radio sujeta en la correa y un casco de bicicleta azul y blanco. Tenía la cara larga y una boca que era una línea delgada bajo una nariz aguileña, pero en sus ojos se apreciaba una inquietante falta de expresión. No me gustó la manera como caminaba. La rueda torcida de detrás tenía los radios estropeados y parecía que la cabeza del hombre se meciera de manera forzada cada vez que ésta giraba. Llegué a la conclusión de que sería mala idea permitir que se acercara.

—¡Cabrón! —Oí un grito a mis espaldas y un choque estrepitoso.

Me di la vuelta y no vi nada, hasta que Lesley me señaló las puertas dobles de cristal de Urban Outfitters. Alguien estaba golpeando violentamente a un hombre contra el interior de las puertas. Lo arrastró hacia dentro, donde no podíamos verlo, y luego lo arrojó de nuevo contra la puerta, con tal fuerza que uno de los batientes se salió de quicio y se abrió un resquicio suficiente para que la víctima pudiera escapar. Tenía aspecto de turista, o de estudiante extranjero, bien vestido al estilo europeo; cabello rubio oscuro, lo bastante corto como para no ser demasiado largo; en el hombro, una mochila azul de las que regalan en Swissair. Movía la cabeza como si estuviera confuso, y se estremeció cuando el atacante abrió las puertas de un golpe y caminó hacia él.

Este último era un hombre de poca estatura, rechoncho, de cabello castaño ya escaso y gafas redondas con montura de alambre. Vestía una camisa blanca con el distintivo de «Encargado» grapado en el bolsillo. Sudaba, y su rostro lustroso se había enrojecido de rabia.

—Estoy hasta los putos huevos —gritaba—. Yo me esfuerzo por mantener la compostura, pero no, tú tienes que tratarme como si fuera tu puto esclavo.

—¡Eh! —gritó Lesley—, ¡policía! —Se acercó a ellos con la identificación en la mano izquierda, mientras con la derecha sujetaba el mango de la porra extensible—. ¿Pueden explicarme el problema?

—Ese hombre me ha atacado —dijo el joven. Indudablemente, hablaba con acento. Me pareció que era alemán.

El rabioso encargado del local vaciló y se volvió hacia Lesley. Sus ojos parpadeaban detrás de los cristales.

—Estaba hablando por el móvil —dijo el encargado. Parecía que la violencia lo hubiera abandonado—. Cuando aún estaba en el mostrador. Ni siquiera lo habían llamado a él. Ha marcado él mismo el número mientras pagaba. En teoría tengo que establecer una interacción cortés y mutuamente beneficiosa con él, y el muy cabrón pasa de mí y se pone a llamar por el móvil.

Lesley se interpuso entre ambos y, con buenas maneras, se llevó aparte al encargado.

—¿Y si volviéramos dentro? —le decía—. Una vez dentro podrá contármelo todo. —Era una delicia verla trabajar.

—Pero ¿por qué? —decía el encargado—. ¿Cuál era ese asunto tan importante que no podía esperar?

Beverley me dio un golpecito en el brazo.

—Peter —dijo—, mira allí.

Me volví a tiempo para ver que el doctor Framline corría calle arriba con un palo en la mano que medía la mitad de su cuerpo. A sus espaldas venía la amiga del gastropub, que gritaba su nombre, presa de la confusión. Me lancé tras él tan deprisa como me fue posible, me adelanté en seguida a la mujer, pero no logré dar alcance al doctor Framline antes de que llegara hasta su presa.

El mensajero no se molestó en levantar un brazo para defenderse. El doctor Framline le golpeó fuertemente el hombro con el palo. Vi que el brazo derecho de la víctima colgaba, partido por la mitad, y que la correspondiente mano soltó la bicicleta, y ésta empezó a caerse.

—Cuanto más te dé —gritó el doctor, que había levantado de nuevo el palo—, mejor será para ti.

Le di un golpe bajo: arremetí con el hombro contra el punto débil que se encuentra sobre las caderas, para que se cayera de lado y amortiguara mi propia caída, y no al revés. Oí la bicicleta estrellándose contra el suelo y también el palo, que rebotaba sobre el pavimento. Traté de reducir al doctor Framline, pero parecía sorprendentemente resistente, y me dio un codazo en el estómago con tal fuerza que se me cortó la respiración. Intenté sujetarlo por las piernas, y me dio un rodillazo en la cara que me arrancó una palabrota.

—¡Policía! —grité—. Deje de forcejear. —Por extraño que parezca, lo hizo—. Gracias —le dije; me pareció que la cortesía me obligaba.

Traté de levantarme, pero alguien me golpeó con tal fuerza que me encontré de bruces sobre el pavimento sin haber tenido tiempo de darme cuenta. En las peleas callejeras, por muy dolorido que estés, el pavimento no es buen amigo, y por eso me di la vuelta y traté de ponerme en pie de nuevo. Entonces, me di cuenta de que el mensajero recogía del suelo el voluminoso palo y trataba de golpear al doctor Framline. El doctor encogió el cuerpo para esquivarlo, pero el palo le dio en la parte de arriba del brazo. Resbaló y se cayó al suelo. Gimoteaba de dolor.

Me asaltó una oleada de emoción: alegría, excitación y un fondo de violencia, como la que invade al público local en un estadio de fútbol cuando su equipo tiene una oportunidad de marcar.

Esta vez vi el dissimulo en acción: la barbilla del mensajero pareció agrandarse. Oí con nitidez el crujido de huesos y dientes a medida que la punta afilada del mentón salía hacia fuera. Los labios se retorcieron mientras gruñían y la nariz se alargó hasta casi igualar el mentón. No era un rostro de verdad, era como una de esas caricaturas de los «hombres de la luna», un aspecto que ningún ser humano real podría presentar. La boca se abrió y en el interior vi las rojas ruinas de sus mandíbulas.

—¡Así es como se tiene que hacer! —chilló, y levantó el palo.

Lesley le dio con la porra en la parte de atrás de la cabeza. Se tambaleó, Lesley le golpeó una vez más, y entonces, con un suspiro entremezclado con gorgoteos, se desplomó frente a mí. Me arrojé sobre él y lo puse de espaldas contra el suelo, pero ya era demasiado tarde. La cara se le desprendía como papel maché humedecido. Vi que la piel se le rasgaba en torno a la nariz y el mentón, y que una capa se desprendía y resbalaba desde la frente. Traté de obligarme a mí mismo a hacer algo, pero al aprender primeros auxilios no me enseñaron lo que había de hacer cuando a alguien se le desgarraba la piel del rostro en tiras que se abrían cual estrella de mar.

Pasé la palma de la mano por debajo de la capa de piel. Me estremecí al sentir la humedad y el calor, y traté de volver a colocarle la piel encima de la cara. Tenía la vaga idea de que por lo menos tenía que tratar de impedir el sangrado.

—Soltadme —gritaba el doctor Framline. Volví la cabeza y vi que Lesley ya lo tenía esposado—. Soltadme —decía—. Puedo ayudarle.

Lesley dudaba.

—Lesley —dije, y Lesley empezó a abrirle las esposas.

Ya era demasiado tarde. De pronto, el mensajero se había quedado con el cuerpo rígido, se le había arqueado la espalda y la sangre se le había acumulado en el cuello; ésta salió a chorro por entre los desgarrones de la piel y por entre mis dedos.

El doctor Framline se agachó sobre el mensajero y le presionó la garganta con el dedo. Cambió de posición en busca del pulso, pero se notaba en su cara que no lo había encontrado. Al fin, negó con la cabeza y me dijo que lo dejara estar. La piel del rostro se separó nuevamente de la carne.

Alguien chillaba y tuve que asegurarme de que no era yo. Podría haber sido yo. No me faltaban ganas de chillar, pero recordé que, en aquel lugar y momento, Lesley y yo éramos los únicos policías, y que al ciudadano de a pie no le gustan los policías que se ponen a chillar: contribuyen a crear la impresión de que los acontecimientos se están desarrollando en una dirección que no es la del restablecimiento de la paz. Me puse en pie y me di cuenta de que habíamos atraído a una multitud de mirones.

—Señoras y señores —dije—, esto es una acción policial. Hagan el favor de apartarse.

La muchedumbre se apartó… estar cubierto de sangre puede producir ese efecto.

No permitimos que nadie tocara nada hasta que llegaron los refuerzos, pero, para entonces, dos tercios de la multitud habían sacado los móviles y nos filmaban y fotografiaban. A mí, a Lesley y al cadáver mutilado del mensajero. Las imágenes circulaban por Internet antes de que la ambulancia llegara y el médico cubriese los miserables restos mortales con una sábana. Localicé a Beverley al otro lado del gentío, y ella, al darse cuenta, me miró a los ojos, me hizo un gesto con la mano, se volvió y se marchó.

Lesley y yo buscamos un lugar bajo el toldo de un comercio y esperamos a que se instalaran los equipos de investigación, y nos trajeran las toallas y el traje antiséptico de repuesto.

—No podemos estar siempre así —dijo Lesley—. Me voy a quedar sin ropa.

Nos reímos… por decirlo de algún modo. No es que la segunda vez sea más fácil. Lo único que ocurre es que ya sabes que te vas a despertar la mañana siguiente y que aún serás la misma persona.

Una detective sargento de la Brigada de Homicidios llegó al lugar y se hizo cargo de todo. Era una mujer de mediana edad, achaparrada, con cara de malas pulgas y un cabello castaño y lacio que hacía pensar que la señora se dedicaba a luchar con rottweilers en sus ratos libres. Se trataba de la legendaria detective sargento Miriam Stephanopoulos, mano derecha de Seawoll y conocida lesbiana. El único chiste que se había llegado a contar sobre ella decía: «¿Sabes lo que le ocurrió al último agente que contó un chiste sobre la detective sargento Stephanopoulos?». «No, ¿qué le ocurrió?». «Nadie lo sabe». He dicho que era el único chiste, no que fuera bueno.

Sin embargo, parecía sentir cierta debilidad por Lesley, así que en esta ocasión todo fue mucho más rápido. En cuanto hubimos terminado, nos metieron en un coche de paisano y nos llevaron a Belgravia. Nightingale y Seawoll nos escucharon en una anónima sala de reuniones en la que nadie tomaba notas, pero, por lo menos, nos ofrecieron un té.

Seawoll miraba a Lesley con rabia; no estaba contento. Lesley me miraba con rabia a mí; no estaba contenta de que Seawoll no estuviera contento. Nightingale estaba simplemente distraído; tan sólo mostró algún interés cuando le expliqué mis impresiones sensoriales previas al ataque. Después de la reunión fuimos todos al tanatorio de Westminster, donde, sorprendentemente, tanto Seawoll como Stephanopoulos asistieron a la autopsia. Lesley y yo nos esforzamos por quedarnos atrás, con la esperanza de que no nos viesen.

El mensajero yacía sobre la mesa, con el rostro desollado de una manera que había llegado a resultarnos horriblemente familiar. El doctor Walid explicaba su conclusión: que, de alguna manera, una persona o personas desconocidas habían engañado a la víctima para que se transformara el rostro con magia y luego lo habían mandado a atacar a otras personas seleccionadas al azar. La detective sargento Stephanopoulos le lanzó una mirada penetrante a Seawoll al oír la palabra «magia», pero su jefe meneó la cabeza con un breve movimiento que se podía interpretar como: «Después. Aquí no».

—Se llamaba Derek Shampwell —dijo el doctor Walid—. Veintitrés años, nacionalidad australiana. Llevaba tres años en Londres. Sin antecedentes. El análisis del cabello ha revelado que fumó marihuana con frecuencia intermitente durante los últimos dos años.

—¿Sabemos por qué fueron a por él? —preguntó Seawoll.

—No —dijo Nightingale—. Aunque todos los casos parecen empezar con un sentimiento de agravio. A Coopertown le mordió la mascota de otra persona. A Shampwell le embistió un vehículo de motor mientras circulaba en bicicleta.

Seawoll miró a Stephanopoulos.

—Le atropelló un coche que luego se dio a la fuga, señor, en un punto del Strand, fuera del alcance de las cámaras de videovigilancia.

—¿Fuera del alcance de las cámaras? —preguntó Seawoll—. ¿En el Strand?

—Una posibilidad entre mil —dijo Stephanopoulos.

—May —ladró Seawoll sin volverse—, ¿crees que puede haber otros casos relacionados con éste?

—Aparte del incidente que Grant y yo presenciamos en ese cine, y del que tuvo lugar un momento antes de la muerte de Shampwell, he identificado quince casos en los que los perpetradores exhibieron niveles de violencia inusuales —dijo Lesley—. En todos los casos se trataba de personas sin antecedentes, sin historial psiquiátrico, y todos ellos tuvieron lugar en un radio de ochocientos metros en torno a Cambridge Circus.

—¿Y en cuántos casos podemos decir que el agresor era un… —Seawoll hizo una pausa— poseso?

—Tan sólo en los que se les cayó la cara —dijo Nightingale.

—Ya veo —dijo Seawoll—. El comisario no quiere que se hable de esto, así que la agente May seguirá contactando con el agente Grant tan sólo para la resolución de cuestiones de poca importancia, pero, si descubriera algo mínimamente relevante, lo que sea, contactará conmigo. ¿No te parece mal, Thomas?

—En absoluto, Alexander —dijo Nightingale—. Lo encuentro sumamente razonable.

—Los padres del chico llegarán mañana en avión —dijo el doctor Walid—. ¿Quieren que le cosa la cara?

Seawoll miró el cuerpo con rabia.

—Qué puta mierda —dijo.

Nightingale no dijo nada mientras conducía de regreso a la Locura, pero, cuando estuvimos al pie de las escaleras, se volvió hacia mí y me dijo que me fuese a la cama y durmiera bien. Le pregunté por lo que haría él y me dijo que iría a la biblioteca para trabajar en una investigación. Trataría de ver si le era posible descubrir la causa de los asesinatos. Le pregunté si podía ayudarle.

—Sólo tienes que estudiar más —me dijo—. Y aprender más rápido.

Mientras subía al piso de arriba, me encontré con Molly que bajaba. Se detuvo y me echó una mirada interrogadora.

—¿Y yo qué sé? —le dije—. Tú le conoces mejor que yo.

A nadie se le ocurriría contarle a su superior que el verdadero motivo para pedirle una conexión de banda ancha —a ser posible, con cable— es ver los partidos de fútbol. Todo el mundo le pediría una conexión de Internet para poder acceder directamente al HOLMES sin necesidad de contactar una y otra vez con Lesley May. Los partidos de fútbol, las películas colgadas en Internet y la consola multijuegos se dan por añadidura.

—¿Y eso implicaría introducir físicamente un cable en la Locura? —preguntó Nightingale cuando me aventuré a hacer la propuesta.

—Por eso se dice que funciona por cable —aclaré yo.

—Mano izquierda —dijo Nightingale, y yo, obediente, produje una luz fantasma con la mano izquierda—. Mantenla activa —pidió Nightingale—. No podemos permitir que nada entre físicamente en el edificio.

Había llegado al punto en el que podía hablar mientras mantenía activa una luz fantasma, aunque tenía que esforzarme mucho para fingir que lo hacía con facilidad.

—¿Por qué no?

—Hay una serie de barreras entretejidas en torno al edificio —dijo Nightingale—. Las pusieron por última vez después de que se instalaran las actuales líneas telefónicas, en 1941. Si establecemos una nueva conexión física con el exterior, crearemos un punto débil.

En ese momento dejé de fingir que no estaba haciendo ningún esfuerzo y me concentré en mantener activa la luz fantasma. Sentí un gran alivio cuando Nightingale me ordenó que lo dejara.

—Bien —dijo—. Creo que estás casi preparado para intentar la siguiente forma.

Dejé que la luz fantasma se apagara y aguanté la respiración. Nightingale se acercó al banco que teníamos al lado. Encima de éste se encontraba mi móvil desmontado y un microscopio que había encontrado dentro de un estuche de caoba guardado en uno de los armarios.

Nightingale tocó el tubo de latón y laca negra.

—¿Sabes lo que es esto? —me preguntó.

—Un microscopio Charles Perry nº 5 original —expliqué—. Lo había visto en Internet. Construido en 1932. —Nightingale asintió y se agachó para examinar el interior de mi móvil.

—¿Crees que esto lo hizo la magia?

—Sé que fue la magia —dije—. Pero no sé cómo, ni por qué.

Nightingale parecía incómodo.

—Peter —dijo—, no eres el primer aprendiz de mente inquisitiva, pero no quiero que eso se interponga en el cumplimiento de tus deberes.

—Sí, señor —repliqué—. Voy a dejar esas cuestiones para mi tiempo libre.

—Estás a punto de hablarme de las cocheras —dijo Nightingale.

—¿Señor?

—Para la conexión por cable —dijo Nightingale—. Las barreras más potentes molestaban a los caballos y por eso no pusimos en las cocheras. Estoy seguro de que esa conexión por cable de la que me has hablado sería muy útil.

—Sí, señor.

—Para todo tipo de entretenimientos —siguió diciendo Nightingale.

—Señor…

—Y ahora —dijo Nightingale—, la siguiente forma. Impello

No sabía si el primer piso del edificio de cocheras se habría construido al mismo tiempo que la mansión —tal vez para alojar a los criados— y luego habían unificado el espacio durante los años veinte, o si, por el contrario, habían añadido un techo intermedio sobre el garaje al cubrir la puerta antigua. En algún momento, alguien había instalado una bella escalera de caracol junto a la pared que daba al patio. Estaba hecha con hierro forjado. La primera vez que subí me llevé una sorpresa: aproximadamente un tercio del tejado que daba al sur estaba acristalado. El cristal estaba sucio por fuera y algunas de las lunas se habían agrietado, pero la luz que entraba era suficiente para que pudiera verse un montón de variados objetos cubiertos por varias capas de polvo. A diferencia de las del resto de la Locura, las capas de polvo que había allí eran gruesas. No creo que Molly hubiera entrado nunca a limpiar.

Por si no hubieran sido indicio suficiente la chaise longue, el biombo chino, las mesillas desiguales y la gran variedad de cuencos de cerámica para frutas que se distinguían bajo el polvo, también encontré un caballete y una caja llena de pinceles de pelo de ardilla que se habían quedado rígidos por la falta de uso. Alguien había empleado aquella sala como estudio, a juzgar por las botellas de cerveza vacías alineadas junto a la pared meridional. Debían de haber sido aprendices como yo… o, si no, un mago que tenía un serio problema con el alcohol.

Encontré una serie de lienzos al óleo amontonados en una esquina y cuidadosamente envueltos en papel de estraza. Entre éstos había algunas de naturalezas muertas y un retrato de aspecto amateur de una joven cuya incomodidad era palpable a pesar de la torpe ejecución. El siguiente era mucho más profesional: un gentilhombre de la época eduardiana reclinado en la misma silla de mimbre que había encontrado poco antes bajo una capa de polvo. El hombre sostenía un bastón con puño de plata, y por un momento pensé que tal vez se tratara de Nightingale, pero era un hombre mayor, y sus ojos eran de un intenso color azul. ¿Podía ser el padre de Nightingale? El siguiente cuadro, probablemente del mismo pintor, era un desnudo, y el tema me sorprendió tanto que lo coloqué bajo el tragaluz para verlo mejor. No, no me había equivocado. Era Molly, pálida y desnuda, reclinada sobre la chaise longue. El retrato miraba más allá del lienzo con ojos lánguidos. Había metido la mano en un cuenco lleno de cerezas que tenía a su lado sobre una mesa. Al menos, yo tenía la esperanza de que fuesen cerezas. La pintura era de estilo impresionista, y por ello los trazos eran enérgicos y no permitían verlo bien. Indudablemente eran cosas pequeñas y rojas, del mismo color que los labios de Molly.

Envolví otra vez cuidadosamente las pinturas y las coloqué en el mismo sitio donde las había encontrado. Inspeccioné la sala en busca de indicios de podredumbre y carcoma, y de cualquier otro de los procesos que hacen que las vigas de madera se corroan y se vuelvan peligrosas. Descubrí una puerta de carga cerrada que aún se encontraba en la pared que daba al patio y, montada sobre ésta, una pequeña grúa. Probablemente había servido para subir el heno de los caballos.

Al acercarme para comprobar si aún estaba bien, vi la pálida faz de Molly en una de las ventanas de arriba. No sé qué es lo que me resultó más extraño: que alguien hubiera logrado convencerla para que se quitase la ropa de criada, o que no hubiera cambiado de aspecto durante los últimos setenta años. Se marchó, aparentemente sin haberme visto. Me volví y seguí curioseando por la habitación.

Pensé que sería un buen lugar.

En un momento u otro, la mayoría de los familiares de mi madre se habían ganado la vida a base de limpiar oficinas. Para cierta generación de inmigrantes africanos, las tareas de limpieza en oficinas fueron parte de su cultura, igual que la circuncisión masculina e ir a favor del Arsenal. Mi madre también había trabajado en eso durante un tiempo y me llevaba consigo para no tener que pagar a una canguro. Las madres africanas que se llevan a sus niños al trabajo cuentan con que el niño también trabaje, de modo que aprendí muy pronto a usar la escoba y los trapos para los cristales de las ventanas. Así que al día siguiente, después de las prácticas, regresé a la cochera con un paquete de guantes Marigold y mi aspiradora Numatic de Uncle Tito. No sé si lo sabéis, pero una diferencia de consumo de 1000 vatios puede ser muy importante cuando hay que asear una habitación. Sólo tenía que estar atento a no abrir un desgarrón en la urdimbre espaciotemporal del Universo. Busqué limpiadores de ventanas por Internet, y un par de rumanos que no paraban de discutir sacaron brillo a los tragaluces mientras yo montaba una polea en la grúa, a tiempo para subirme el televisor junto con la nevera.

Tuve que esperar una semana para que me instalaran el cable, por lo que seguí con mis prácticas y empecé a precisar la ubicación de Padre Támesis.

—Búscalo. Será un buen ejercicio para ti —había dicho Nightingale—. Así adquirirás sólidos conocimientos sobre el folclore del valle del Támesis.

Le pedí que me diera una pista, y me respondió que recordara que Padre Támesis había sido tradicionalmente un espíritu peripatético. Busqué esta última palabra con el Google y me salió que quería decir «que camina o se desplaza, itinerante», con lo que no avancé mucho. De todas maneras, tuve que reconocer que mis conocimientos sobre el folclore del valle del Támesis sí se estaban ampliando. Casi todo lo que aprendía eran datos contradictorios entre sí, pero estaba seguro de que me servirían de algo la próxima vez que participara en un juego de preguntas y respuestas en un pub.

Para celebrar mi reentrada en el siglo XXI, encargué una pizza e invité a Lesley para que contemplara mis logros. Me tomé un largo baño en una bañera de porcelana con patas en forma de garras que ocupaba buena parte de lo que habían sido los baños comunitarios de mi piso y me juré a mí mismo, no por primera vez, que haría instalar una ducha. No soy presumido, pero de vez en cuando me gusta ponerme guapo, aunque, como la mayoría de los polis, no suelo emperifollarme, de acuerdo con el principio de que más vale no llevar nada en el cuello con lo que te puedan estrangular. Traje varias Becks porque sabía que a Lesley le gustaba la cerveza embotellada, y me puse cómodo para ver Sports TV mientras esperaba.

Entre las muchas innovaciones modernas que había introducido en la cochera había un interfono instalado en la puerta lateral del garaje. Así, cuando Lesley llegó, pude abrirle desde arriba.

Abrí la puerta y la esperé en lo alto de la escalera de caracol. Había venido con compañía.

—Le he dicho a Beverley que viniera —dijo Lesley.

—Ah, ya —dije yo.

Les ofrecí cerveza.

—Quiero que quede muy claro que nada de lo que coma o beba mientras me encuentre aquí me someterá a ninguna obligación —expuso Beverley—. Y esta vez no me salgas con tonterías.

—Está bien —acepté—. Come, bebe, sin obligaciones. Palabra de boy-scout.

—Por tu poder —dijo Beverley.

—Te lo juro por mi poder —dije.

Beverley agarró una cerveza, se arrojó sobre el sofá, buscó el mando a distancia y empezó a saltar de un canal a otro.

—¿Te importa si veo una peli por Internet? —preguntó.

Entonces empezó una discusión a tres bandas sobre lo que había que ver. Yo salí derrotado desde el primer momento y Lesley triunfó al final por el sencillo procedimiento de hacerse con el mando a distancia y abrir una de las páginas web de películas gratuitas.

Beverley se estaba quejando de que ninguna de las pizzas llevara pepperoni cuando se entreabrió la puerta y una cara pálida se asomó al interior. Era Molly. Nos miró fijamente y nosotros le devolvimos la mirada.

—¿Quieres entrar? —le pregunté.

Molly entró en silencio y se sentó en el sofá, al lado de Beverley. Me di cuenta de que nunca la había tenido tan cerca. Su piel era muy pálida y no tenía ningún defecto, igual que la de Beverley. No quiso cerveza, pero, tímidamente, aceptó una porción de pizza. Tan pronto como le hubo dado el primer mordisco, apartó la cara y se cubrió la boca con la mano.

—¿Cuándo piensas ajustarle las cuentas a Padre Támesis? —preguntó Beverley—. Mami está impaciente y la cuadrilla de Richmond anda muy agitada.

—La cuadrilla de Richmond —dijo Lesley, y resopló.

—Para empezar, tenemos que encontrarlo —repuse.

—¿Tanto te cuesta? —interpeló Beverley—. Tiene que estar cerca del río. Alquila una barca, navega río arriba y detente cuando pases por su lado.

—¿Y cómo sabré que estoy pasando por su lado?

—Yo me daría cuenta.

—Entonces, ¿por qué no vienes con nosotros?

—Ni hablar —dijo Beverley—. No pienso ir más arriba de la esclusa de Teddington. Estoy indisolublemente ligada a las mareas.

De pronto, la cabeza de Molly se volvió con brusquedad hacia la puerta, y al cabo de un instante alguien llamó. Beverley me miró, pero yo me encogí de hombros. No esperaba a nadie. Le quité el sonido al televisor con el mando a distancia y me puse en pie para ir a responder. Era el inspector Nightingale, llevaba un polo azul y blazer. Pensé que era el atuendo más informal con que le había visto. Le miré unos instantes, como alelado, y luego le invité a entrar.

—Sólo quería ver lo que habías hecho con este lugar —me dijo.

Molly se levantó en el mismo momento en el que Nightingale entró en la habitación. Lesley se puso en pie, porque se trataba de un oficial superior. Beverley también se incorporó, fuera por un vestigio de cortesía, fuera porque se disponía a marcharse. Le presenté a Beverley, a quien Nightingale había conocido en el curso de un breve encuentro cuando la muchacha tenía diez años.

—¿Le apetecería una cerveza? —pregunté.

—Gracias —dijo—. Podéis tutearme.

Obviamente, no lo hice. Le di una botella y le invité a sentarse en la chaise longue. Se acomodó en un extremo, cuidadosamente, con el torso erguido. Yo me senté en el otro extremo mientras Beverley se dejaba caer en medio, Lesley se sentaba en una posición que aún recordaba en algo la de firmes, y la pobre Molly hacía un par de intentos hasta que por fin logró colocarse en la punta. No despegaba los ojos del suelo.

—Es un televisor muy grande —dijo Nightingale.

—Es de plasma —le dije. Nightingale asintió con aires de enterado, mientras Beverley, fuera de su campo visual, ponía cara de desesperación.

—¿Hay algún problema con el sonido?

—No —le dije—. Se lo he quitado yo. —Busqué el mando a distancia y sufrimos diez segundos de Britain’s Got Talent hasta que logré ajustar el volumen.

—La imagen es muy nítida —dijo Nightingale—. Es como tener un cine en casa.

Enmudecimos por unos instantes, sin duda porque queríamos apreciar el sonido surround, comparable al de una sala de cine.

Le ofrecí a Nightingale una porción de pizza, pero me explicó que ya había comido. Preguntó por la madre de Beverley, y ésta le respondió que se encontraba bien. Acabó la cerveza y se puso en pie.

—Tendría que marcharme —dijo—. Gracias por la cerveza.

Todos nos pusimos en pie y yo le acompañé hasta la puerta. Cuando salió, oí que Lesley suspiraba y se dejaba caer sobre el sofá. Estuve a punto de gritar del susto: súbitamente, Molly pasó por mi lado, acompañada por el frufrú de su vestido, y salió por la puerta.

—Qué torpe —dijo Beverley.

—Oye, ¿y si ella y Nightingale…? —le pregunté a Lesley.

—¡Puaj! —dijo Beverley—. Eso no está bien.

—Pensaba que vosotras dos erais amigas —le dije a Beverley.

—Sí, pero ella es, por así decirlo, una criatura de la noche —respondió Beverley—. Y él es mayor.

—No tanto —dijo Lesley.

—Sí, sí que lo es —dijo Beverley, pero, por muchas indirectas que le dejara caer durante la velada, no logré que me dijese nada más.