9
EL CEBO

Fui en metro hasta Swiss Cottage, y había subido una cuarta parte de la Fitzjohn’s Avenue cuando empecé a preguntarme por lo que hacía. No sólo porque había renunciado al coche para emplear el transporte público, sino que, además, estaba recorriendo a pie una de las calles más empinadas de Londres cuando habría podido ir en metro hasta Hampstead y bajar. Aún era de día y la luz vespertina se colaba por entre los árboles que flanqueaban la avenida. Las flores que tenía en la mano eran rosas, de una variedad purpúrea tan oscura que casi parecían negras. Me pregunté para quién serían.
Hacía tanto calor que me quité la corbata y me la guardé en el bolsillo de la chaqueta. No quería llegar sudoroso, así que me tomé mi tiempo y di un paseo a la sombra de los plátanos plantados en la acera. Era uno de esos días en los que una melodía se te mete en el cerebro y no puedes evitar cantarla en voz alta; en este caso fue un gran éxito de mi pasado, Digging your Scene de los Blow Monkeys. Salió cuando aún andaba en pañales y es un milagro que recuerde la letra entera. Estaba cantando «querría volver a ser yo mismo», del tercer estribillo, cuando llegué a mi destino. La casa era alta, de estilo gótico, con una falsa torre en cada esquina y ventanas de guillotina pintadas de blanco. Tenía una escalinata de mármol por la que se llegaba a una puerta impresionante, pero pasé de largo y me dirigí a la entrada lateral. Sabía adónde iba. Comprobé que la chaqueta me cayera bien y me froté las puntas de los zapatos en las pantorrillas; satisfecho, empujé la puerta y entré.
Sobre la pared lateral de la casa se habían plantado madreselvas que impregnaban con un olor dulzón un pasaje que terminaba en un jardín amplio y soleado. El césped de dicho jardín estaba rodeado de macizos de flores: petunias surfinias, maravillas y tulipanes. Dos grandes macetas de terracota rebosantes de flores primaverales flanqueaban una escalera por la que se descendía a un patio más bajo, en cuyo centro el sol de la tarde arrojaba una mancha de luz en torno a una fuente. Ni siquiera a mí se me escapó que no se trataba de una pieza comprada en una tienda de mobiliario de jardín, ni en un hipermecado. Era una delicada pila para pájaros, de mármol, con una escultura central de una mujer desnuda que acarreaba agua; Renacimiento italiano, tal vez… mis conocimientos de historia del arte no daban para tanto. Era antigua y estaba deteriorada, el mármol se había agrietado en algunos puntos, y la ninfa tenía una franja descolorida desde el hombro hasta la ingle, producto del agua que brotaba de su calabaza.
El agua tenía un aroma dulce y tentador, lo que yo necesitaba después de la larga y lenta caminata cuesta arriba. Una hermosa mujer de mediana edad me aguardaba al lado de la fuente. Llevaba un vestido de playa de algodón amarillo, sombrero de paja y sandalias. Al acercarme, vi que tenía los ojos de su madre, negros y almendrados como los de un gato, pero las facciones más finas que Beverley, con una nariz bonita, recta, pensada para salir en pantalla.
En otro tiempo hubo un patíbulo cerca de lo que hoy en día es Marble Arch, donde se solía ahorcar a los malhechores del antiguo Londres. Ese patíbulo era conocido con el nombre de la villa donde se encontraba, cuyos habitantes sacaban tantos beneficios del siniestro espectáculo que erigieron tribunas para los mirones. La villa, a su vez, llevaba el nombre del río que la atravesaba: el Tyburn. Fue allí donde ahorcaron a la pobre Elizabeth Barton y a Jack el Gentilhombre, después de que éste se les escapara en cuatro ocasiones, y al reverendo James Hackman por el asesinato de la linda muchacha Martha Ray. Sabía todo eso porque, durante nuestras conversaciones, Beverley había hablado de su hermana como de la que «conocía a gente importante» y entonces quise investigar por mi cuenta.
—Me ha parecido que ya era hora de que tú y yo tuviéramos una charla —dijo Tyburn.
Le ofrecí las flores y Tyburn las aceptó con una risa complacida. Me agarró por la cabeza y me besó en la mejilla. Olía a cigarro y a asiento de coche nuevo, a caballos y a cera para muebles, a Stilton, a chocolate belga y, por debajo de todo ello, a soga y a muchedumbre y al salto final hacia la nada.
Había tratado de localizar, en la medida de lo posible, las fuentes de todos los ríos desaparecidos de Londres. Algunos, como el Beverley Brook, el Lea y el Fleet eran fáciles de encontrar, pero la ubicación del Tyburn, el legendario Manantial del Pastor, había caído en el olvido durante la enloquecida expansión de Londres a caballo de los motores de vapor de la época victoriana, en la segunda mitad del siglo XIX. Estaba claro que la fuente que tenía ante mis ojos marcaba el lugar de su nacimiento, pero tuve mis sospechas de que algún cargo público con dotes de emprendedor hubiera robado la de verdad durante los últimos días del Imperio.
Tenía sed… me habría gustado echar un trago.
—¿De qué quieres que hablemos? —pregunté.
—Para empezar —dijo Tyburn—, me gustaría saber qué intenciones tienes para con mi hermana.
—¿Mis intenciones? —pregunté. Tenía la boca muy seca—. Mis intenciones son estrictamente honorables.
—¿De verdad? —inquirió. Se agachó y sacó un jarrón de debajo de la fuente—. ¿Por eso la llevaste a ver a esos manguis de feria?
Mangui no es una palabra adecuada para un policía joven y con una buena formación.
—Sólo se trataba de una investigación previa, exploratoria —expliqué—. Además, Oxley e Isis no son manguis para nada.
Tyburn acarició la espalda de la aguadora con el dorso de la mano y el reguero que manaba de la calabaza se transformó en un grueso chorro con el que llenó el jarrón.
—De todos modos —dijo, mientras desenvolvía las rosas—, no son el tipo de personas con los que una quiere que se vea su hermana.
—No podemos elegir a la familia —dije animadamente—. Pero al menos podemos elegir a nuestros amigos.
Tyburn me lanzó una mirada penetrante y empezó a poner bien las rosas. El jarrón no tenía nada especial, tenía el fondo plano cual recipiente volumétrico y estaba hecho de fibra de vidrio lacada de color verde, el tipo de pieza que se vende por cincuenta peniques en el mercadillo.
—No tengo nada contra el Anciano ni contra su gente, pero estamos en el siglo XXI y esta ciudad es mía, y no llevo treinta años trabajando duro para que ahora un bandolero regrese y me quite lo que me he ganado.
—¿Qué es lo que consideras que es tuyo? —pregunté.
No me respondió y, tras poner bien la última de las rosas, colocó el jarrón sobre la tapia del jardín, cerca de donde nos encontrábamos. Las rosas que había comprado eran las últimas que quedaban en el puesto y les faltaba poco para marchitarse. En cuanto Tyburn las hubo puesto en el jarrón, revivieron, cobraron vida y frescura, e incluso su color se oscureció.
—Peter —me dijo—, has visto cómo está organizada, o, mejor dicho, cómo no está organizada la Locura. Sabes que para el Gobierno no tiene estatus oficial, y que su relación con la Policía Metropolitana es tan sólo una cuestión de costumbre y de práctica, y de tradición, por Dios bendito. Todo se aguanta con esputo y lacre, y con la ayuda de una red de amigos y conocidos. Es un típico amasijo británico y la única vez que se le pidió que interviniera de verdad fracasó estrepitosamente. Tengo acceso a archivos que tú no sabes ni que existen, Peter, sobre un lugar en Alemania que se llamaba Ettersburg. Quizá te convendría preguntarle por él a tu mentor.
—Técnicamente es mi maestro —dije—. Pronuncié el juramento de la cofradía al entrar como aprendiz.
Notaba la lengua gruesa y seca, como si hubiera pasado la noche durmiendo con la boca abierta.
—He dicho todo lo que tenía que decir —me respondió ella—. Sé muy bien que voy contra el carácter nacional, pero ¿no te parecería bien que estas cuestiones estuvieran un poco más organizadas, que actuáramos de una manera un poquito más adulta? ¿Es que nos moriríamos si el Gobierno tuviera una institución oficial que se encargara de los asuntos sobrenaturales?
—¿Un Ministerio de la Magia? —pregunté.
—Oye, me voy a partir de la risa —dijo Tyburn.
Yo quería saber por qué no me había ofrecido una taza de té. Le había llevado flores y pensaba que lo mínimo que podía ofrecerme a cambio era una taza de té, o una cerveza, o incluso un vaso de agua. Traté de aclararme la garganta y me salió como un resuello. Miré a la fuente y al agua que se derramaba sobre la pila.
—¿Te gusta? —me preguntó—. La pila se hizo en el siglo XVII. Es una imitación algo tosca de un original italiano. Pero la figura central la encontraron al hacer las excavaciones para construir la estación de Swiss Cottage. —Puso la mano sobre el rostro de la escultura—. El mármol procede de Bélgica, pero los arqueólogos aseguran que la escultura es de elaboración local.
Me costaba entender por qué yo mismo no quería beber aquella agua. Había bebido agua en otras ocasiones, cuando no tenía cerveza, ni café, ni Coca-cola light. He bebido agua embotellada y, ocasionalmente, también del grifo. Cuando era niño solía beber directamente del grifo. Volvía corriendo a casa, acalorado y sudado después de jugar, y no me molestaba ni siquiera en llenar el vaso: abría el grifo y ponía la boca debajo. Mi madre me pegaba bronca si me sorprendía haciéndolo, pero mi padre se contentaba con decirme que me anduviera con cuidado.
—¿Y si saliera un pez por el grifo? —solía decirme—. Te lo tragarías sin darte cuenta.
Mi padre siempre estaba diciendo tonterías de ese estilo y no fue hasta los diecisiete años cuando me di cuenta de que hablaba así porque se pasaba el día drogado.
—Basta ya —murmuré.
La mujer me dirigió una bella sonrisa.
—¿Basta de qué?
A mí me da igual emborracharme, pero siempre llega un momento durante la noche en el que me veo a mí mismo chocando con todo y pienso: «Ya estoy harto de esto, ¿podría recobrar el control sobre mi cerebro, por favor?». En ese momento sentía la misma irritación por la súbita necesidad de llevar flores hasta Hampstead y beber agua de fuentes extrañas. Traté de dar un paso hacia atrás, pero sólo conseguí arrastrar un poquito el pie.
La sonrisa de Tyburn se desvaneció.
—¿No quieres beber un poco? —preguntó.
Tyburn había llegado demasiado lejos y ella lo sabía, y también sabía que yo sabía que ella lo sabía. Fuera lo que fuese la influencia que había ejercido sobre mí, debía de ser demasiado sutil como para imponerse en algo tan obvio. Además, siempre me ha preocupado lo del pez.
—Buena idea —dije—. Afuera, en la calle, hay un pub. ¿Vamos?
—Si serás cabrón —respondió ella, y no se me ocurrió que estaba hablando de mí. Acercó su rostro al mío y me miró a los ojos—. Sé muy bien que tienes sed —dijo—. Bébete el agua.
Sentí que mi cuerpo caminaba por sí solo en dirección a la fuente. Era un movimiento involuntario, como un calambre en la pierna o un acceso de hipo, pero afectaba a todo el cuerpo y lo empujaba a hacer algo que yo no quería hacer. Fue terrible. Me di cuenta de que ni el Anciano ni Mamá Támesis habían tratado de controlarme, y que, si hubiesen querido, me habrían obligado a empujar carretillas arriba y abajo por la habitación. Su poder debía de tener un límite, porque, si no, ¿qué les habría impedido a Mamá Támesis y al Anciano entrar en Downing Street y dictar la política del Gobierno? Creo que no lo han hecho, porque de otro modo se notaría… para empezar, el Támesis estaría más limpio.
Entendí que ese límite tenía que ser Nightingale. El contrapeso, la barrera humana contra lo sobrenatural. Y eso significaba que a él no podían controlarle. Lo único que diferenciaba a Nightingale de un hombre ordinario era su magia y, por lo tanto, debía de ser la magia lo que le permitía defenderse. Tuve que esforzarme mucho para pensar todo esto, pero no es nada fácil pensar mientras la personificación de un río histórico de Londres pugna por adueñarse del cerebro de uno.
Con tal de ganar tiempo, traté de dejarme caer hacia atrás. No funcionó, pero sí logré frenar mi siguiente zancada en dirección a la fuente. Nightingale aún no me había enseñado a bloquear la magia, así que recurrí al impello. Organizar la forma dentro de mi mente me resultó mucho más fácil de lo que había esperado —luego especulé con que la influencia que Tyburn ejercía sobre mí actuaba tan sólo sobre la parte instintiva del cerebro, y no sobre sus funciones «elevadas»— y se me escapó de las manos.
—Impello —dije, y traté de levantar la estatua de su pedestal.
Tyburn abrió los ojos como platos al oír que el mármol se agrietaba. Se volvió y, en el mismo momento en que dejó de mirarme a las pupilas, retrocedí, tambaleante, súbitamente libre. Sentí que la configuración de mi mente escapaba a mi control y que la cabeza de la estatua estallaba cual lluvia de esquirlas de mármol. Sentí un impacto en el hombro y un corte en la cara y un trozo de mármol del tamaño de un perro pequeño se estrelló contra las baldosas del patio a mi lado.
Vi que la pila para pájaros también se había agrietado y que el agua escapaba y se extendía sobre el patio como un charco de sangre. Tyburn se volvió y me miró. Tenía un corte en la frente y el vestido de playa se le había rasgado a la altura de las caderas.
Estaba muy callada y eso no era una buena señal. Había conocido ese silencio en mi madre y en el rostro de una mujer cuyo hermano había muerto poco antes, víctima de un conductor borracho. La gente piensa, por culpa de los medios de comunicación, que las negras no saben hacer otra cosa que gritar, menear la cabeza, quejarse y decir «es-que-no-me-lo-puedo-creer», y si no son descaradas es que son dignas y curtidas por la vida y duras y «no-comprendo-cómo-es-posible-que-la-gente-no-se-entienda». Pero si un día os encontráis con que una negra se queda callada de la manera en que Tyburn se quedó callada ese día, los ojos brillantes, los labios rígidos y la cara inmóvil como una máscara mortuoria, es que acabáis de ganaros una enemiga para toda la vida. Y punto.
No os quedéis a su lado ni tratéis de discutir… creedme: la cosa no terminará bien. Acepté mi propio consejo y empecé a retroceder. Tyburn no me quitó de encima sus ojos negros mientras me alejaba y, tan pronto como estuve a salvo en el pasaje lateral, me volví y me marché tan rápido como pude. No es que corriera cuesta abajo hasta Swiss Cottage, pero sí que fui a paso ligero. Casi al final de la pendiente había una cabina telefónica, y eso era lo que necesitaba, porque no había apagado el móvil antes de la demolición de la estatua. Llamé a la operadora, le di mi número de identificación y me puso con el móvil de Lesley. Lesley quiso saber dónde me había metido, porque todo había sido un desastre durante mi ausencia.
—Hemos salvado al ciego —dijo—, y no gracias a ti.
Se negó a darme ningún detalle porque «el jefe quiere que vengas aquí ahora mismo». Le pregunté dónde era «aquí» y me dijo que estaba en el tanatorio de Westminster, y me sentí fatal, porque entendí que habíamos salvado al ciego, pero algún otro pobre diablo había perdido la cara. Le dije que iría lo antes posible.
Monté en una línea local de autobús y bajé hasta la estación de metro de Swiss Cottage, y una vez allí subí a un tren de la Jubiles Line que me llevó hasta el centro. Dudaba que lady Ty tuviera efectivos suficientes o ganas de hacer vigilar las estaciones, y una de las escasas ventajas de haberme cargado el teléfono era que ya no podría detectarlo, y lo mismo valía para cualquier otro ingenio rastreador que hubiera puesto sobre mi persona. No penséis que soy un paranoico, ¿eh? Ese tipo de cosas se venden por Internet.
Faltaba muy poco para el pico de la hora punta cuando subí al tren y el vagón había llegado a ese grado de abarrotamiento que precede a la transición entre la suspensión voluntaria del espacio personal y el encierro en una lata de sardinas. Me di cuenta de que algunos pasajeros me miraban mientras tomaba posiciones en un extremo con la espalda apoyada en la puerta de conexión entre vagones. Enviaba señales heterogéneas: por un lado, el traje y la expresión facial de una persona segura de sí misma; por el otro, la evidencia de que acababa de participar en una pelea y mi condición de mestizo. No es cierto que los londinenses no se fijen en lo que hacen los demás cuando viajan en metro; estamos hiperatentos a todos los demás y hacemos constantes estimaciones sobre lo que podría suceder y sobre las estrategias que podríamos adoptar. ¿Y si un joven guapo y elegante, pero de otra raza me pide dinero? ¿Se lo doy, o no? ¿Si bromea, voy a reaccionar? Y si reacciono, ¿será con una sonrisa tímida, o con una carcajada? Si le han herido en una pelea, ¿necesitará ayuda? Si le ayudo, ¿me voy a ver metido en una situación peligrosa, o en una aventura, o en un salvaje romance interracial? ¿Llegaré tarde a la cena? Si se abre la chaqueta y grita «Dios es grande», ¿voy a llegar a tiempo al otro extremo del vagón?
La mayoría de nosotros planeamos constantemente estrategias de evitación que promueven la paz en nuestro tiempo, nuestro vagón y, por favor, Dios mío, que por lo menos dure hasta que haya llegado a casa. Las personas de más de sesenta años lo llaman buena educación y su propósito es tratar de evitar que nos matemos entre nosotros. Lo mismo sucede con los vestigia: no siempre somos conscientes de ellos, pero, instintivamente, adecuamos nuestra conducta en respuesta a la acumulación de magia a nuestro alrededor. Entendí que era eso lo que mantenía activos a los fantasmas; vivían de los vestigia, igual que la luz de un LED conectado a una batería de larga duración: el propio dispositivo rebaja su potencia para racionalizar el consumo. Me acordé del espacio de muerte que había sido la casa de los vampiros en Purley. Según Nightingale, los vampiros eran personas ordinarias que se «infectaban», nadie sabía muy bien cómo ni por qué, y empezaban a alimentarse del potencial mágico que había a su alrededor, incluidos los vestigia.
—Pero no son suficientes para nutrir a un ser vivo —me había dicho Nightingale—. Y por eso salen en busca de otras fuentes de magia.
La mejor fuente de magia, según Isaac Newton, eran los seres humanos, pero no es posible robarle la magia a una persona, ni a un ser vivo más complejo que los mohos mucilaginosos, salvo en el momento de la muerte. Y ni siquiera entonces es fácil. Le hice la pregunta obvia: ¿por qué beben sangre? Dijo que nadie lo sabía. Le pregunté cómo era posible que nadie hubiera hecho experimentos para descubrirlo, y me lanzó una mirada de extrañeza.
—Se hicieron algunos experimentos —me dijo, al cabo de una larga pausa—. Durante la guerra. Pero los resultados no se consideraron éticos y se sellaron los archivos.
—¿Íbamos a emplear vampiros durante la guerra? —pregunté, y me sorprendí con la mirada de genuino dolor y enfado de Nightingale.
—No —dijo bruscamente, y luego, en tono más suave—: Nosotros no… los alemanes, sí.
A veces, cuando alguien te dice que no vayas, lo mejor es no ir.
Los genii locorum, como Beverley, Oxley y el resto de la disfuncional familia Támesis, también eran, en cierto modo, seres vivos, y también sacaban energía de su entorno. Tanto, Bartholomew como Polidori habían apuntado que tal vez sacaran su sustento de «las diversas y numerosísimas formas de vida y magia que moran en sus dominios». Yo me mostraba escéptico, pero estaba dispuesto a aceptar que vivieran en simbiosis con sus «dominios», mientras que los vampiros eran claramente parasitarios. ¿Y si ocurría lo mismo entre los fantasmas? Si Nicholas Wallpenny formaba parte en cierto modo de los vestigia entre los que habitaba y de los que extraía energía, y por lo tanto era un simbionte, entonces el revenant podía ser un parásito, un vampiro fantasma. Eso habría explicado que los cerebros de las víctimas se encogieran y tomaran esa forma de coliflor. Les habían succionado la magia.
Y significaba que la invocación que había llevado a cabo con las calculadoras no había tenido otro efecto que reforzar el apetito de Henry Pyke por la magia. Pero también me pregunté si sería posible atraer a un revenant a base de derramar magia, igual que se echa comida al agua para atraer a los tiburones. Cuando el tren llegó a Baker Street, había empezado a idear un plan.
El metro es un buen sitio para este tipo de saltos conceptuales, porque, como no hayas llevado nada para leer, es un verdadero fastidio.
Llegué al tanatorio de Westminster y en esta ocasión no tuve que enseñar las credenciales. Los guardias de la puerta me hicieron un gesto con la mano para indicarme que podía pasar. Nightingale me aguardaba en el vestuario. Mientras me cambiaba, le expliqué brevemente mi encuentro con Tyburn.
—Siempre pasa igual con los hijos —dijo Nightingale—. Nunca están satisfechos con el status quo.
—¿Cómo han salvado al ciego? —pregunté.
—He descubierto que no podemos llamarles ciegos —anunció Nightingale—. Se trata de personas con discapacitación visual. Una joven muy brusca me lo hizo notar mientras aguardábamos en el hospital.
—Pues entonces, ¿cómo han salvado al hombre con discapacitación visual?
—Ojalá pudiera decir que el mérito es mío —dijo Nightingale—. Ha sido su perro guía. Tan pronto como se ha iniciado el embargo…
—¿El embargo? —pregunté.
Al parecer, éste era el término que el doctor Walid había inventado para describir lo que sucedía cuando un ser humano normal caía en las garras de nuestro revenant. Es un término legal que se refiere al proceso por el que las propiedades de una persona son confiscadas con el fin de pagar deudas, o porque se considera que las ha obtenido por medios delictivos. En este caso, la propiedad embargada era el propio cuerpo de la persona.
—Tan pronto como empezó el embargo —dijo Nightingale—, el perro guía, cuyo nombre creo que es Malcolm, enloqueció y obligó a la víctima potencial a alejarse. El inspector había mandado a su gente a controlar las acciones de beneficencia que tenían lugar en esa zona, y alguien de su equipo intervino antes de que nuestro pobre y embargado Punch pudiera seguir al ciego.
—Otro triunfo de la aplicación de la inteligencia a las acciones policiales —dije.
—Desde luego —afirmó Nightingale—. La primera que llegó al escenario de los hechos fue tu amiga, la agente May.
—¿Lesley? Apuesto a que no se alegró por ello —proferí.
—En sus propias palabras: «Hostia puta, ¿cómo es que estas cosas siempre me pasan a mí?» —explicó Nightingale.
—Bueno, ¿y quién fue en vida la víctima de este embargo? —pregunté.
—¿Acaso he dicho que haya muerto? —respondió Nightingale.
Me llevó por el pasillo, hasta una habitación en la que habían montado una unidad móvil de cuidados intensivos. Bien pensado, es francamente turbador que pueda haber semejante cosa en un tanatorio. Lesley estaba tirada sobre una silla en uno de los rincones de la sala. Nos saludó con la mano cuando entramos. A ambos lados de la cama había máquinas que resollaban y hacían «bip» o cuyas lucecitas simplemente parpadeaban en silencio. Sobre la cama se hallaba Terrence Pottsley, veintisiete años, de Sedgefield, condado de Durham, gestor de existencias en Tesco’s. Sus familiares aún no habían sido informados. Un matorral de acero inoxidable le salía de la cara: lo llaman fijadores externos. El doctor Walid tenía la esperanza de que permitieran reconstruirle con éxito el rostro una vez el embargo se hubiera resuelto.
—Y yo que me quejaba cuando me pusieron aparatos en los dientes —dijo Lesley.
—¿Está despierto? —pregunté.
—Al parecer, lo mantienen en lo que se suele llamar «coma médico» —dijo Nightingale—. ¿Oxley sabía con quién nos enfrentamos?
—Isis sí lo sabía —dije—. Se acuerda de que Henry Pyke fue un actor fallido a quien tal vez asesinara Charles Macklin… que tuvo mucho más éxito en la escena.
—Ése sería el motivo de su resentimiento —dijo Nightingale.
—¿Lo arrestaron? —preguntó Lesley.
—La información accesible es vaga —declaré—. Puede ser que arrestaran a Pyke…
—A Pyke no —dijo Lesley—. A Macklin. Puede darse la casualidad de que escapara impune de un asesinato, pero escapar de dos parece muy jodido. Aparte de injusto.
—Macklin vivió hasta edad avanzada —dijo Nightingale—. Fue una de las figuras más populares de Covent Garden. Yo me enteré del primero de los asesinatos, pero no sabía nada sobre Henry Pyke.
—¿No podríamos hablarlo en otro lugar? —inquirió Lesley—. Este tío me pone nerviosa.
Como la mayoría de nosotros éramos policías, ese otro lugar tenía que ser un pub, o una cantina. La cantina estaba más cerca. Aguardé a que viniera el doctor Walid y luego empecé a exponer mi estrategia.
—Tengo una idea —exclamé.
—Mejor que no sea un astuto plan —replicó Lesley.
Nightingale nos miraba con gesto ausente, pero al menos el doctor Walid soltó una risilla.
—Sí lo es, de hecho —dije—. Un astuto plan.
Nightingale había venido con una copia en papel del guión de Piccini. Lo abrí y llamé la atención de todos ellos sobre la escena que venía después de que Punch matara al mendigo ciego. En ella, el alguacil trataba de arrestar a Punch por el asesinato de su mujer y su hijo.
—Me presento como voluntario para representar a ese alguacil de la escena siguiente.
—¿Se presenta usted voluntario para que le aplanen la cabeza a golpes? —preguntó el doctor Walid.
—Si se lee usted el guión, verá que el alguacil sobrevive al encuentro —dije—. Igual que el guardia que llega inmediatamente después.
—Entiendo que ése soy yo —dijo Nightingale.
—Me da igual, con tal de no ser yo —dijo Lesley.
—No estoy seguro de que esto vaya a funcionar —dijo Nightingale—. Henry Pyke no tiene motivo alguno para organizar un encuentro con nosotros, con independencia de que quedemos bien en su pequeña obra.
El doctor Walid señaló con el dedo un punto en el texto y dijo:
—Punch pregunta: «¿Y quién te ha mandado venir?», y el alguacil le responde: «Me han mandado venir por ti». Punch no tiene alternativa; es su destino el que le da alcance. «Yo no quiero al alguacil», dice.
—Creo que no has entendido a Punch —dijo Lesley—. Das por supuesto que se trata de una especie de asesino en serie sobrenatural que está obligado a seguir la historia de esta pieza de Punch y Judy. Pero ¿y si fuera otra cosa?
—¿Como qué? —le pregunté.
—Como la manifestación de una tendencia social, del delito y el desorden, como una especie de supermacarra. El espíritu de la violencia y la rebeldía que anida en las turbas londinenses.
Todos nosotros la miramos con asombro.
—Te has olvidado de que yo también sacaba sobresalientes —dijo Lesley.
—¿Has pensado algún otro plan? —le pregunté.
—No —respondió Lesley—. Tan sólo quiero que tengáis cuidado. Aunque creáis saber lo que estáis haciendo, eso no significa que sepáis de verdad lo que estáis haciendo.
—Me alegro mucho de que nos lo hayas hecho notar —le dije.
—De nada —dijo Lesley—. Bueno, supongamos que encuentras a Henry. ¿Y entonces qué?
Era una buena pregunta… miré a Nightingale.
—Yo le seguiré el rastro a su espíritu —indicó Nightingale—. Si llego lo bastante cerca, podría seguirlo hasta sus huesos.
—Y entonces ¿qué? —preguntó Lesley.
Miré a Nightingale.
—Los desenterraremos y los pulverizaremos, los mezclaremos con sal gema y luego los dispersaremos en el mar —expliqué.
—¿Y eso funcionará? —preguntó Lesley.
—En otros casos ha funcionado —afirmó el doctor Walid.
—Va a necesitar una orden judicial —dijo Lesley.
—Para acabar con un fantasma no necesitamos órdenes judiciales —dije yo.
Lesley sonrió y dejó el guión sobre la mesa, a mi lado. Dio golpecitos sobre la página con la cuchara y leyó la siguiente línea:
—«Alguacil: No hace falta que me diga nada. Es usted un asesino y vengo con una orden judicial». Si lo que queréis es seguir la obra de teatro, vais a necesitar todos sus elementos.
—Una orden judicial contra un fantasma —dije.
—De todas maneras, eso no va a ser ninguna dificultad —dijo Nightingale—. Aunque sí nos obligará a posponer la operación de captura hasta bien avanzada la noche.
—¿Vais a seguir adelante con esto? —preguntó Lesley. Me miró con preocupación. Traté de aparentar desenfado, pero creo que me salió algo que se parecía más al optimismo sin fundamento.
—Creo, agente, que es nuestra única opción —dijo Nightingale—. Le estaría muy agradecido si pudiera contactar con el inspector Seawoll y pedirle que esté a las once en Covent Garden listo para actuar.
—¿Tan tarde? —pregunté—. Puede que Henry Pyke no espere hasta entonces.
—Como pronto, dispondremos de la orden judicial a las once —dijo Nightingale.
—¿Y si esto no nos sale bien?
—Entonces tendrá que ser Lesley quien proponga un plan —dijo Nightingale.
Volvimos en coche a la Locura y Nightingale se encerró en la biblioteca de magia, presumiblemente para empollarse los hechizos de búsqueda de revenants. Subí al piso de arriba y saqué el uniforme del armario. Tuve que buscar el casco y finalmente lo encontré debajo de la cama. El silbato de plata que, por absurdo que parezca, aún forma parte del uniforme moderno, se hallaba dentro del casco. Como mi último teléfono no había sobrevivido a la fuente de Tyburn, fui al escritorio a buscar el Airwave policial y le puse las baterías. Al meterlo en la bolsa de viaje junto con el uniforme, me di cuenta de que aquello aún tenía pinta de residencia transitoria, de lugar donde me había instalado hasta encontrar algo mejor.
Cargué a hombros con la bolsa de viaje y me volví, y vi que Molly estaba en la puerta y me observaba. Ladeó la cabeza.
—No lo sé —dije—. Pero vamos a comer fuera.
Molly frunció el ceño.
—Voy a ser yo quien vaya al frente —le informé, pero no pareció que la impresionara—. No le va a pasar nada.
Me echó una última mirada de escepticismo antes de marcharse. Cuando salí de la habitación, ella ya no estaba. Fui a la planta baja y esperé a Nightingale en la sala de lectura. Salió media hora más tarde, vestido con su traje «de trabajo» y el bastón. Me preguntó si estaba a punto, y le dije que sí.
Era una hermosa y cálida noche de primavera. En vez de ir con el Jaguar, fuimos a pie pasando por el British Museum, y luego cortamos por Museum Street y salimos a Drury Lane. Aunque hubiéramos tardado un buen rato, aún nos quedaban varias horas, y entramos en un restaurante especializado en curry cerca del Theatre Royal con el prometedor nombre de La Casa de Bengala.
Al pasarle revista al menú, desprovisto —gracias a Dios— de patatas, bollos de corteza gruesa, pudín de sebo y salsa gravy, entendí que Nightingale tuviera tanta afición a comer fuera.
Nightingale pidió cordero al limón silvestre y yo me contenté con un pollo estilo Madrás. Estaba tan caliente que a Nightingale le lloraron los ojos. A mí me parecía demasiado suave. La cocina india no tenía ningún peligro para un muchacho que había crecido con pollo al maní y arroz wolof. La divisa de la cocina de África Occidental es que si la comida no pega fuego al mantel es porque el cocinero ha escatimado pimienta. En realidad, no existe tal divisa. Desde el punto de vista de mi madre, era inconcebible que alguien quisiera comer algo que no quemara la boca por dentro.
Mientras esperábamos, pedimos una cerveza, y Nightingale me preguntó por el éxito de mis esfuerzos diplomáticos.
—Aparte de tu contratiempo con Tyburn.
Le hablé de la visita al río de Oxley y de la reacción de Beverley. No le conté que yo mismo había querido echarme al río. Le dije que me parecía que había ido bien y que había quedado claro que ambos bandos tenían cosas en común.
—Podríamos profundizar en ese aspecto —planteé.
—Resolución de conflictos —dijo Nightingale—. ¿Eso es lo que os enseñan ahora en Hendon?
—Sí, señor —afirmé—. Pero no se preocupe, también nos enseñan a pegar a los detenidos con listines de teléfono y las diez mejores maneras de falsificar pruebas.
—Me alegro de que las viejas artes del oficio se conserven —comentó Nightingale.
Eché un traguito de cerveza.
—Tyburn no es muy amante de las viejas maneras —dije.
—Peter —dijo él—, entre todos los hijos de Madre Támesis tenías que pelearte con lady Ty. —Agitó el tenedor en el vacío—. Es por estas cosas por lo que no conviene que emplees la magia mientras no hayas completado tu instrucción.
—¿Y qué tendría que haber hecho?
—Tendrías que haber hablado con ella —explicó—. ¿Por quién tomas a Ty… por una gánster? ¿De verdad pensabas que te iba a pegar un tiro en la cabeza? Tan sólo te presionó para ver cómo reaccionabas, y tú metiste la pata hasta el fondo.
Durante un rato no hicimos otra cosa que comer curry. Nightingale tenía razón… sentí pánico.
—No le veo a usted muy preocupado, señor —dije—. Por lo de lady Ty.
Nightingale terminó de masticar un bocado de carne de cordero y dijo:
—Peter, estamos a punto de ser el cebo para capturar a un poderoso espíritu revenant que, por lo que sabemos, ha matado ya a más de diez personas. —Hundió el cubierto en el arroz—. No pienso preocuparme por lady Ty hasta que esto haya terminado.
—Si no lo he entendido mal —dije—, voy a ser yo quien haga de anzuelo. Y visto que es mi culo el que se va a quedar al aire, ¿puede usted garantizarme que será capaz de seguirle los pasos a Pyke, señor?
—Aquí no hay nada seguro, Peter —expuso—. Pero haré lo que pueda.
—¿Y si no podemos acceder a su tumba? —pregunté—. ¿Tiene usted un plan B?
—Molly domina la hemomancia —aseguró Nightingale—. Es impresionante de verdad.
Recurrí a mis escasos conocimientos de griego.
—¿Adivinación mediante la sangre?
Nightingale, pensativo, masticó un bocado y se lo tragó.
—Quizá el término no sea muy apropiado —dijo—. Molly podría ayudarte a extender tu percepción de los vestigia hasta cierta distancia.
—¿Qué distancia?
—Entre tres y cuatro kilómetros —dijo Nightingale—. Sólo lo hemos hecho una vez, así que no estoy muy seguro.
—¿Y cómo fue?
—Como entrar en un mundo de fantasmas —dijo Nightingale—. Puede que se tratara incluso del mundo de los fantasmas. Tal vez así lograríamos encontrar a Henry Pyke.
—¿Y por qué no lo hacemos ahora mismo? —pregunté.
—Porque tendrías una posibilidad entre cinco de sobrevivir a la experiencia —respondió Nightingale.
—Ah, ya —dije—. Entonces quizá sí que sea mejor no intentarlo por el momento.
Si mi profesión —que es la de perseguidor de ladrones, no la de mago— tuvo un comienzo fechable en Londres, podemos decir que empezó en Bow Street con Henry Fielding, magistrado, autor satírico y fundador de lo que luego se llamó los Bow Street Runners. Su casa estaba al lado de la Royal Opera House, en los tiempos en los que se llamaba simplemente Theatre Royal, y Macklin complementaba sus actividades ginebreras con actuaciones esporádicas. Lo sé muy bien porque Channel 4 emitió una serie en la que el protagonista era el tío que hizo de emperador en las películas de Star Wars. Al morir Henry Fielding, su cargo de magistrado pasó a manos de su hermano menor, el ciego John, que reforzó a los Bow Street Runners, pero, como quedó de manifiesto, no hasta el punto de que pudieran impedirle a Macklin que golpeara a Henry Pyke hasta la muerte prácticamente a la puerta de su casa. No era de extrañar que Henry estuviese cabreado. Yo también lo estaría.
Fue la primera comisaría de policía de verdad que tuvo Londres. En el siglo XIX pasó al otro lado de la calle y se transformó en el Tribunal de Bow Street, probablemente el más célebre de Gran Bretaña después del Old Bailey. Mandaron allí a Oscar Wilde por escándalo público, y William Joyce, lord Haw Haw en persona, empezó su corta caminata hacia la horca también en Bow Street. Los gemelos Kray fueron allí por el asesinato de Jack el Sombrero McVitie. En el año 2006 se lo vendieron a un magnate del sector inmobiliario que lo transformó en hotel, porque, por mucho que en Londres la historia y la tradición hablen con una bella voz, el dinero tiene su propio y dulce canto de sirena.
En el lugar del edificio original había habido un mercado de flores bajo un techo con arcos de hierro y cristal. Eliza Doolittle, encarnada por Audrey Hepburn en My Fair Lady, debía de haber comprado allí sus violetas antes de ponerse a exhibir el peor acento cockney a este lado de Dick Van Dyke. Como consecuencia de su remodelación en los años noventa, la Royal Opera House engulló la mayor parte del bloque circundante, incluido el mercado de flores. Así fue como terminamos en la puerta trasera de la Opera House, donde, al parecer, Nightingale conocía a un tío que nos dejaría entrar.
No era una puerta para actores, sino para mercancías. He visto almacenes con muelles de carga más pequeños. Había un montacargas de tamaño industrial para llevar los gigantescos decorados de un piso a otro. Terry, un hombrecillo casi calvo vestido con un cárdigan de color beige —el hombre de Nightingale en el teatro— nos dijo que los decorados podían llegar a pesar quince toneladas y que cuando no estaban en uso los guardaban en un depósito en Gales. No nos dijo por qué tenía que ser en Gales.
—Hemos venido a ver al Magistrado —dijo Nightingale.
Terry asintió con cara seria y nos guió por una serie de corredores estrechos con las paredes pintadas de blanco y por salidas de incendios con el sello del Ministerio de Salud y Prevención de Riesgos. Despertaban en mí desagradables reminiscencias del tanatorio de Westminster. Acabamos en un almacén de techo bajo que, según nos dijo Nightingale, correspondía a la planta baja del mercado de flores.
—Donde en otro tiempo estuvo la sala del Número Cuatro —dijo, y se volvió hacia nuestro guía—: No te preocupes, Terry, ya nos las apañaremos nosotros solos.
Terry se despidió con un gesto cordial y se marchó. En las paredes de la sala había feos estantes de acero y aglomerado llenos de cajas de cartón y paquetes de entrega repletos de servilletas, palillos de cóctel y bandejas envueltas de doce en doce. En el centro de la sala no había nada, tan sólo unas rozaduras en el suelo que indicaban lugares donde anteriormente también había habido estantes. Traté de captar vestigia, pero, en un primer momento, lo único que capté fue polvo y plástico desgarrado. Luego lo sentí en los límites de mi percepción: pergamino, sudor seco, cuero y oporto derramado.
—Un magistrado fantasma —dije—. ¿Nos va a dar una orden judicial fantasma?
—Los símbolos tienen poder sobre los espectros —explicó Nightingale—. A menudo ejercen mayor efecto que cualquier cosa que podamos encontrar en el mundo físico.
—¿Y por qué?
—A decir verdad, Peter —dijo Nightingale—, recuerdo la clase en que lo estudiamos y estoy seguro de que leí los pasajes de Bartholomew que tratan sobre esta cuestión. Puede que incluso escribiera un trabajo, pero maldito sea si recuerdo dónde lo tengo.
—¿Pues cómo quiere enseñármelo si usted mismo no lo recuerda?
Nightingale se dio unos golpecitos suaves en el pecho con el pomo del bastón.
—Tenía la intención de refrescar la memoria antes de empezar con este tema —dijo—. Sé de dos de mis maestros que hicieron lo mismo, y en esa época teníamos especialistas.
De pronto me di cuenta de que Nightingale se esforzaba por ganar confianza en sí mismo, y me pareció extremadamente preocupante.
—Trate de tener siempre los temas preparados antes de que los estudie yo —le dije—. ¿Cómo vamos a encontrar al Magistrado?
Nightingale sonrió.
—Tendríamos que ganarnos su atención —respondió. Se volvió y se dirigió al centro vacío de la sala—. El capitán Nightingale pide ver al Coronel.
El olor a sudor seco y alcohol derramado se hizo más fuerte y una figura apareció frente a nosotros. Aquel fantasma parecía más transparente que mi viejo amigo Wallpenny, más fino y más espectral, pero sus ojos centellearon al volverse hacia nosotros. Sir John Fielding había llevado una venda negra para ocultar sus ojos ciegos, y Nightingale había invocado al «Coronel», así que me figuré que ése debía de ser el coronel sir Thomas de Veil, un hombre tan corrupto que había dejado consternada incluso a la sociedad londinense del siglo XVIII, generalmente considerada por los historiadores como la más corrupta en la historia de las islas Británicas.
—¿Qué quiere, capitán? —preguntó De Veil. Tenía la voz débil y distante, y a su alrededor sentí, más que vi, los desvaídos contornos del mobiliario: un escritorio, una silla, un anaquel. La leyenda cuenta que De Veil tenía una cámara privada especial en la que llevaba a cabo «interrogatorios judiciales» de testigos y sospechosas de sexo femenino.
—Querría una orden judicial —dijo Nightingale.
—¿De acuerdo con los términos habituales? —preguntó De Veil.
—Por supuesto —dijo Nightingale.
Se sacó un pesado rollo de papel de la chaqueta y se lo ofreció a De Veil. El fantasma tendió una mano transparente y lo agarró de entre los dedos de Nightingale. Aunque aparentara que se trataba de un gesto casual, yo estaba seguro de que el esfuerzo de mover un objeto físico debía de costarle algo a De Veil. Las leyes de la termodinámica que afectan a este tipo de cuestiones están muy claras: hay que pagar íntegramente todas las deudas.
—¿Y quién es el malhechor al que debemos prender? —preguntó De Veil, y puso el papel sobre el escritorio transparente.
—Henry Pyke, señoría —dijo Nightingale—. También conocido como Punch y como Pulcinella.
Los ojos de De Veil centellearon y sus labios se contrajeron.
—¿Es que ahora nos dedicamos a arrestar títeres, capitán?
—Digamos que arrestaremos al titiritero, señoría —dijo Nightingale.
—¿Y cuál es la acusación?
—El asesinato de su mujer y su hijo —dijo Nightingale.
De Veil torció la cabeza.
—¿Y la mujer no era una arpía?
—¿Disculpe, señoría?
—Venga, capitán —dijo De Veil—. No hay hombre que pegue a su mujer sin provocación previa. ¿La mujer era una arpía?
Nightingale vaciló.
—Una arpía espantosa —dije yo—. Disculpe, señoría. Pero el bebé era inocente.
—La lengua de la mujer puede guiar a un hombre a cometer actos terribles —dijo De Veil—. Yo mismo doy fe de ello. —Me guiñó el ojo y yo pensé: «Estupendo, una imagen que no voy a olvidar jamás»—. Sin embargo, el bebé era inocente y por ese motivo hay que arrestarlo y conducirlo a juicio. —En la mano espectral de De Veil apareció una pluma y, con ademán ostentoso, garabateó una orden judicial—. Confío en que se acordará usted del prerrequisito —dijo De Veil.
—Mi agente se hará cargo de las formalidades —dijo Nightingale.
Eso no me lo había esperado. Miré a Nightingale y éste hizo el gesto de lux con la mano derecha. Asentí con la cabeza para indicar que lo había entendido.
De Veil secó teatralmente la tinta con soplidos y luego enrolló la orden judicial y se la entregó a Nightingale.
—Gracias, señoría —dijo, y luego me dijo a mí—: Cuando quiera, agente.
Creé una luz fantasma y la hice flotar hasta De Veil, que la acogió en su mano derecha. Aunque aún mantenía el hechizo activo, la luz perdió fulgor, a medida que —supongo— De Veil sorbía su magia. La mantuve durante un minuto hasta que Nightingale me hizo un gesto con la mano y entonces la desactivé. De Veil suspiró mientras la luz se desvanecía y asintió para darme a entender su gratitud.
—Qué poco —dijo, pensativo. Y se desvaneció.
Nightingale me entregó el rollo de papel.
—Ahora ya tienes la orden judicial —dijo. Desenrollé el papel y me encontré, como ya me había imaginado, con que no había nada escrito—. Vamos a arrestar a Henry Pyke —dijo Nightingale.
En cuanto hubimos salido del almacén, volví a colocar la batería en el Airwave y llamé a Lesley.
—No te preocupes por nosotros —dijo—. No tenemos ningún problema en esperarte hasta que por fin aparezcas.
Se oía un fondo de voces, copas y el último sencillo de Dusty Small. No me hizo ninguna gracia: estaba en el pub. Le insinué que tal vez hubiera llegado el momento de que tanto ella como el resto del equipo comenzaran a prepararse.
La labor policial se fundamenta en sistemas, procedimientos y planes, incluso cuando se persigue a una entidad sobrenatural. Nightingale, Seawoll, Stephanopoulos, Lesley y yo nos habíamos reunido previamente para planear en detalle la operación, y habíamos terminado en menos de un cuarto de hora, porque el plan que elaboramos seguía los estándares de identificación, contención, seguimiento y arresto. Mi trabajo consistiría en identificar a la última de las víctimas de Henry Pyke. En cuanto lo hubiera hecho, Nightingale realizaría su truco mágico y seguiría al espíritu de Henry hasta su tumba. La gente de Seawoll estaría allí para darnos cobertura en el caso de que la operación saliera mal, mientras que el doctor Walid se quedaría cerca, con una unidad móvil de atención a los heridos, para ayudar a algún pobre desgraciado si se le caía la cara. Entretanto, la detective sargento Stephanopoulos estaría a punto con un furgón de albañiles dispuestos a hacer horas extras y, según me enteré luego, también con una miniexcavadora para excavar en la tumba, dondequiera que se encontrase. También prepararía otro furgón con policías, para contener a la multitud en el caso de que la tumba de Henry Pyke se hallara en un lugar frecuentado, como un pub o un cine. En teoría, Seawoll estaba a cargo de todo, y estoy seguro de que eso le puso de un humor magnífico.
Todo tenía que estar a punto en el momento en el que Nightingale y yo salimos a Bow Street por la puerta trasera de la Royal Opera House. Dado que Charles Macklin había golpeado hasta la muerte a Henry Pyke en esa misma calle, a menos de diez metros más arriba, ambos pensamos que sería un lugar ideal para dar inicio a la expedición de captura. Aunque de mala gana, abrí la bolsa y me puse la chaqueta del uniforme y el puto casco ese tan ridículo. Tengo que decir que todos nosotros odiamos el puto casco, porque no sirve para nada en una pelea y encima te da esa pinta de bolígrafo azul con el capuchón puesto. El único motivo por el que aún lo llevamos es porque cada vez que tratan de sacar un diseño nuevo les sale todavía peor. Pero, si tenía que hacer de policía, lo mejor era tener pinta de policía.
Faltaba poco para la medianoche y los últimos aficionados a la ópera salían con cuentagotas de la Opera House y se dirigían a la estación de metro y las paradas de taxi. Bow Street estaba tan silenciosa y desierta como pueda llegar a estarlo una calle del centro de Londres.
—¿Está usted seguro de que podrá seguirle los pasos? —pregunté.
—Tú haz tu parte —me dijo—, y yo haré la mía.
Me ajusté la correa del casco y llamé con el Airwave. Esta vez me respondió Seawoll, que me dijo que dejase de hacer el gandul y pusiera manos a la obra. Me volví para preguntar si la ropa me quedaba bien y fue entonces cuando vi que un hombre trajeado salía de pronto por la puerta trasera del teatro y pegaba un tiro en la espalda a Nightingale.
