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Para cuando terminó la clase de lengua y literatura Lucía sentía tal tensión sobre los hombros que le dolía el cuerpo entero. Se había pasado la hora entera mirando al frente, incapaz de mover un músculo por miedo a que su nueva compañera soltara alguna de sus perlas. Y es que después de que Morticia se llevara el móvil había intentado preguntarle a Alicia el motivo por el que la había delatado y la nueva había recuperado su sonrisa para decirle:

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Una frase sencilla que pronunciada por esa chica sonaba a amenaza terrible. Lo más curioso era que la sonrisa que al principio le había parecido de alguien alegre, ahora le daba escalofríos... ¡diabólica total! Aun así, Lucía había sacado la valentía suficiente para responderle:

—¿Por qué no te caigo bien? Ni siquiera me conoces.

—No me hace falta. Anda, deja de hablarme ya, que me molestas y cuando algo me molesta, si no se calla por sí solo, lo callo yo.

Lucía la estaba mirando con la boca abierta, todavía asimilando la amenaza directa que acababa de recibir, cuando Alicia añadió:

—Por cierto, ¿sabías que el pelo pelirrojo como el tuyo se debe a un fallo genético?

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Lucía negó con la cabeza confundida: jamás en la vida había conocido a una persona tan borde. ¿Cómo podía llamarle fallo genético a alguien justo después de intimidarla de aquella manera? ¿De dónde había salido ese monstruo? Procuró mantenerse lo más lejos de ella, dentro de lo posible, considerando que las mesas estaban prácticamente pegadas. Le faltó sentarse en el suelo con tal de conseguirlo. De manera que el sonido del timbre que indicaba el final de la clase la hizo saltar de su sitio cual cohete y salir de allí como un rayo.

En el pasillo se encontró con las demás, que salieron casi a la vez deseosas de saber qué había sucedido. Lucía se quedó cerca de la puerta para poder vigilar a Alicia y asegurarse de que no se acercaba a ellas. ¡No podía remediarlo! Le había cogido miedo y todo...

—Suena peligrosa —dijo Susana al tiempo que se colocaba los mechones negros de su pelo recién cortado estilo chico detrás de las orejas.

—Y porque no has escuchado el tono con el que habla... ¡Y me ha llamado fallo genético!

Solo de recordarlo se le ponía la piel de gallina.

—Ni caso, tía... El pelo rojo es provocado por un gen recesivo que es raro, nada más —soltó Raquel desde sus alturas.

Todas la miraron un poco confusas con la explicación. Vale que fuera una sabelotodo gracias a todos los reportajes y documentales que se tragaba, pero eso ya era demasiado.

—¿Qué es eso del gen recesivo, doña Einstein? —preguntó Frida sacudiendo su melena corta y morena.

—Se refiere a características genéticas que, como el pelo rojo, son poco comunes. Muchas veces no se manifiestan, pero pasan a la descendencia. —Raquel manoteó el aire para restarle importancia.

—¡Qué bien saberlo! —exclamó Lucía un poco sarcástica—. La próxima vez se lo explicaré tranquilamente antes de que me machaque.

—A ver, nena. Vas a tener que aprender a ignorar a esa pava —le dijo Frida.

Con su altura, para Frida era fácil dar consejos sobre cómo hacer frente a alguien como Alicia, pero Lucía era tan bajita y poca cosa...

—¿Y cómo hago eso? —preguntó preocupada.

—Una vez vi un reportaje sobre cómo ignorar a alguien con quien compartes casa, podría ser útil para un caso como este quizá...

Las chicas se volvieron a Raquel otra vez con expresiones de alucine.

—¿Qué pasa? Vosotras no habéis convivido con dos hermanas pesadas.

—Yo con uno ya tengo suficiente, gracias —protestó Frida. Se refería al pobre de Dani, que era más bueno que el pan.

—¿Y qué son Marcos y Pablo? ¿Cobayas? —respondió Bea mencionando a sus dos hermanos mayores. Sus ojos verdes de gata se estiraban divertidos.

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Las chicas se rieron con la ocurrencia y Lucía notó que empezaba a deshacerse el nudo de su estómago.

—¡Bueno, tías! No me negaréis que las chicas son peores... —dijo Raquel. Pero ante la mirada desafiante de sus amigas, acabó por redirigir la conversación hacia el motivo original:

—¿Queréis que os cuente los consejos que daban en el reportaje o no?

—¡Sí! —exclamaron todas a la vez.

Lucía se sentía mejor. Hablar con sus amigas conseguía hacerla olvidar todos los problemas, incluso el peligro de muerte en persona sentada a su lado. Así que mientras Raquel les explicaba los distintos pasos para conseguir ignorar a una persona (decidir el tiempo que quieres ignorar a esa persona, decirle que has decidido ignorarla, crear una división física, distraerte cuando la tienes cerca, tener mediadores...), Lucía se iba animando por momentos.

—Creo que lo podré hacer —anunció al fin convencida de que así sería.

Tan absorta había estado en la conversación con sus amigas que había perdido de vista a Alicia. No fue hasta que se despidió de las chicas porque ya llegaba Estella, la profe de inglés, que devolvió la vista al interior de la clase y se encontró con algo que no le gustó nada: Marisa y su súbdita, Sam, estaban de pie junto a la mesa de Alicia, hablando con ella gozosas. La presencia de Alicia contrastaba estrepitosamente con la de esas dos cursis: Marisa con su melena perfectamente alisada, llena de mechas perfectas sobre su cutis perfecto, y Sam, con su mirada asiática siempre petulante, ambas luciendo sus uniformes ajustados a sus siluetas de modelo, mientras que Alicia, con su caótico pelo azul, había elegido una talla de la falda, de la blusa y de la chaqueta algo más grande de lo que le tocaba.

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Marisa, que se percató de que Lucía se había parado en el umbral de la puerta para mirarlas como un pasmarote, levantó la mano para saludarla como si nada y le sonrió alegre. Lucía no sabía qué sonrisa le gustaba menos, si la de la macarra o la de la reina de las Pitiminís; una por tétrica y la otra por hipócrita. A pesar de ser tan distintas en la superficie, se temía que esas dos iban a hacer buenas migas... A Lucía no le extrañaría nada que Alicia entrara a formar parte del grupo más creído y vil del colegio. ¡Tal para cual!

No iba a permitir que entre esas dos le arruinaran la buena racha que estaba viviendo en el colegio en ese momento. Tendría que seguir los consejos de Raquel y aprender a ignorar a todas fuera como fuese.