INTRODUCCIÓN
Aunque no puedo asegurar qué fue lo que despertó mi interés por los soportes neurales de la razón, recuerdo cuando me convencí de que tradicionalmente su naturaleza se enfocaba mal. Desde niño había oído que las decisiones sensatas son el fruto de una mente serena, que emociones y razón no se mezclan mejor que el agua y el aceite. Crecí acostumbrado a pensar que los mecanismos racionales existían en una provincia mental separada, a la que no debían tener acceso las emociones, y cuando pensaba en el cerebro como parte de la mente, imaginaba sistemas neurales distintos para emoción y razón. Esa manera de concebir las relaciones entre razón y emociones, en términos mentales y neurales, estaba ampliamente difundida.
Pero ahora tenía ante mis ojos a un ser humano inteligente, el más calmado y menos emotivo que uno pueda imaginar, y sin embargo su razón práctica estaba tan disminuida que cometía —en las distintas circunstancias de la vida diaria— errores sucesivos, violaciones perpetuas de lo que se considera apropiado en la sociedad y ventajoso en el plano personal. Tuvo una mente por completo sana hasta que una dolencia neurológica estragó un sector específico de su cerebro y, de un día para otro, le provocó ese defecto profundo en su capacidad para tomar decisiones. Los dispositivos que habitualmente se consideran necesarios y suficientes para una conducta racional estaban intactos. Tenía amplios conocimientos, capacidad de atención, memoria; su lenguaje era impecable; su habilidad aritmética, buena; podía resolver lógicamente un problema abstracto. Sólo una característica significativa acompañaba a sus decisiones erradas: una marcada alteración de la habilidad para experimentar sentimientos. Como consecuencia de una lesión cerebral específica su razón estaba deteriorada, y sus sentimientos apagados; esa correlación me sugirió que sentir era un componente integral de la maquinaria racional. Dos décadas de trabajo clínico y experimental con una gran variedad de pacientes afectados por problemas neurológicos, me han permitido repetir esa observación infinidad de veces, y transformar esa pista en una hipótesis de trabajo [1].
Empecé a escribir este libro para proponer que la razón puede no ser tan pura como muchos suponemos (o deseamos); que emociones y sentimientos quizás no son para nada intrusos en el bastión racional: que acaso estén enmarañados en sus redes para mal y para bien. Las estrategias racionales del ser humano, maduradas a lo largo de la evolución (y plasmadas en el individuo), no se habrían desarrollado sin los mecanismos de regulación biológica, de los que son destacada expresión las emociones y los sentimientos. Además, aún después que la facultad de razonamiento llega a su madurez, pasados los años de desarrollo, es conjeturable que su pleno despliegue dependa significativamente de la capacidad de experimentar sentimientos.
No se puede negar que en ciertas circunstancias emociones y sentimientos puedan causar estragos en los procesos de razonamiento. Es lo que nos dice la sabiduría tradicional, y las investigaciones recientes del proceso racional normal también revelan el influjo potencialmente dañino de los sesgos emocionales. Así, resulta aún más sorprendente y novedoso que la ausencia de emoción y sentimiento sea igualmente perjudicial, pueda comprometer la racionalidad que nos hace distintivamente humanos, esa que nos deja optar por decisiones acordes con un sentido de futuro personal, convención social y principio moral.
Tampoco trato de decir que no seamos seres racionales, o que la influencia positiva de ciertos sentimientos decida en lugar nuestro. Sólo sugiero que ciertos aspectos del procesamiento de emociones y sentimientos son indispensables para la racionalidad. En su versión afirmativa, los sentimientos nos encaminan en la dirección adecuada, nos llevan a un lugar apropiado en un espacio decisorio en que podemos poner en acción, convenientemente, los instrumentos de la lógica. Enfrentamos la incertidumbre cada vez que tenemos que hacer un juicio moral, decidir el curso de una relación personal, elegir medios que impidan la miseria en la ancianidad, planear la vida que tenemos por delante. Emociones y sentimientos, junto con la encubierta maquinaria fisiológica subyacente, nos asisten en la amedrentadora tarea de predecir un futuro incierto y planear consecuentemente nuestros actos.
A partir del análisis de un célebre caso del siglo pasado, el de Phineas Gage, cuya conducta reveló por vez primera una conexión entre la racionalidad y un daño específico en el cerebro, examino las investigaciones más recientes en enfermos que en nuestro tiempo se ven afectados de manera similar y reviso los descubrimientos pertinentes de la investigación neuropsicológica en humanos y animales. Además, sugiero que la razón humana no depende de un centro único, sino de distintos sistemas cerebrales que operan en concierto, en múltiples planos de organización neuronal. Desde las capas corticales prefrontales hasta el hipotálamo y el tallo cerebral, diversos centros cerebrales, de «alto nivel» y de «bajo nivel», cooperan en la fábrica de la razón.
Los niveles inferiores del edificio neural de la razón son los mismos que regulan el procesamiento de las emociones, los sentimientos y las funciones necesarias para la supervivencia del organismo. Esos niveles inferiores mantienen una relación directa y mutua con casi cada órgano del cuerpo, situándolo así directamente en la línea de producción que genera los más altos logros de la razón, de la toma de decisión y, por extensión, de la creatividad y conducta social. Emoción, sentimiento y regulación biológica juegan entonces un papel en la razón humana. Los engranajes más primarios de nuestro organismo intervienen, están implicados, en los procesos más elevados de razonamiento.
A pesar de que Charles Darwin prefiguró la esencia de estos descubrimientos cuando escribió acerca de la marca indeleble del modesto origen que los humanos llevan en el cuerpo[2], resulta curioso descubrir la sombra de nuestro pasado evolutivo en el nivel humanamente más distintivo de la función mental. Pero que la razón superior dependa del cerebro inferior no convierte en inferior a la razón. Los fundamentos del acto moral no se degradan porque sepamos que actuar conforme a un principio ético requiere la participación de una simple circuitería en el núcleo del cerebro: el edificio de la ética no colapsa, la moral no es amenazada y, en el individuo normal, la voluntad sigue siendo la voluntad. Lo que puede cambiar es nuestra visión del rol que ha tenido la biología en el origen de ciertos principios éticos surgidos en un determinado contexto social, cuando muchos individuos que poseen disposiciones biológicas similares interactúan en circunstancias específicas.
El sentimiento es el segundo tópico de importancia central en este libro; llegué a él por necesidad, cuando me esforzaba por entender la maquinaria neural y cognitiva que subyace en el razonamiento y en la capacidad de tomar decisiones. La segunda idea en este libro es entonces que la esencia de un sentimiento puede no ser una elusiva cualidad mental apegada a un objeto, sino más bien una percepción directa en un paisaje específico: el cuerpo.
Mi investigación en pacientes neurológicos, cuyas lesiones cerebrales han deteriorado su capacidad de experimentar sentimientos, me ha llevado a pensar que éstos no son tan intangibles como se ha supuesto hasta ahora. Podemos llegar a delimitar su funcionamiento mental y quizá también encontrar su sustrato neural. Apartándome del pensamiento neurobiológico actual, postulo que las redes críticas en que se apoyan los sentimientos no sólo incluyen las reconocidas series de estructuras conocidas como sistema límbico, sino también algunas de las capas corticales prefrontales y, más significativamente, los sectores cerebrales donde se proyectan e integran señales provenientes del cuerpo.
Conceptualizo la esencia de los sentimientos como algo que tú y yo podemos ver a través de una ventana que se abre directamente sobre una imagen de continuo actualizada de la estructura y estado de nuestro cuerpo. Si imaginas la vista desde esa ventana como un paisaje, verás distintos objetos, inmóviles algunos y otros en movimiento, ruidosos y brillantes: la «estructura» corporal es análoga a la forma de los objetos, en tanto que el «estado» corporal se parece a la luminosidad, sombra, movimientos y sonidos de los objetos en ese espacio. En el paisaje de tu cuerpo, los objetos son las vísceras (corazón, pulmones, intestinos, músculos), en tanto que luz y sombra, movimientos y sonido, representan un punto en la gama de operación de esos órganos en un momento determinado. Por lo general, un sentimiento es la «vista» momentánea de una parte de ese paisaje corporal. Tiene un contenido específico: el estado del cuerpo; y descansa en sistemas neurales particulares de soporte: el sistema nervioso periférico y las regiones cerebrales, que ingresan señales relativas a la estructura y regulación del organismo. Como la sensación de ese paisaje corporal se yuxtapone en el tiempo a la percepción o evocación de otra cosa que no es parte del cuerpo —un rostro, una melodía, un aroma—, los sentimientos se transforman en «calificadores» de esa otra cosa. Pero en el sentimiento hay algo más que su pura esencia. Como explicaré, un estado-corporal calificador, positivo o negativo, es acompañado y completado por una modalidad consecuente de pensamiento: veloz y rico, cuando el estado-corporal está en la banda positiva del espectro, lenta y repetitiva cuando el estado-corporal deriva hacia la banda dolorosa.
En esta perspectiva, los sentimientos son los sensores que detectan abundancia o falta de equivalencia entre naturaleza y circunstancia. Con el término naturaleza designo la que heredamos al nacer, como un paquete de adaptaciones genéticamente construidas, y también la que hemos adquirido —voluntaria o involuntariamente— en el desarrollo individual mediante interacciones con el entorno social. Los sentimientos, y las emociones de que derivan, no son un lujo; sirven de guías internos, y nos ayudan a comunicar a otros señales que también los pueden guiar. Tampoco son intangibles ni elusivos: al revés de lo que piensa la ciencia tradicional, los sentimientos son tan cognitivos como otras percepciones. Resultan del curiosísimo arreglo fisiológico que ha transformado el cerebro en la audiencia cautiva del cuerpo.
Los sentimientos nos permiten vislumbrar al organismo en plena actividad biológica, captar el reflejo de los mecanismos de la vida misma en plena operación. Si no fuera por la posibilidad de sentir estados corporales que están ordenados, de suyo, para ser placenteros o desagradables, no habría pena ni arrobamiento, piedad ni anhelo, tragedia ni gloria en la condición humana.
A primera vista, la visión del espíritu humano que aquí se propone puede no responder a las intuiciones habituales y resultar poco tranquilizadora. Buscando proyectar cierta luz en los complejos fenómenos de la mente humana, corremos el riesgo de degradarlos y explicarlos de manera burda. Pero eso sólo sucederá si confundimos el fenómeno en sí con elementos aislados y operaciones que se ocultan bajo su apariencia. No sugiero eso.
Descubrir que un determinado sentimiento depende de la actividad existente en cierta cantidad de sistemas neurales específicos que interactúa con diversos órganos, no rebaja su categoría de fenómeno humano. Ni la angustia ni la euforia que pueden brindar el amor o el arte se devalúan porque se comprendan algunas de las miríadas de procesos biológicos que los hacen ser lo que son. La verdad debería ser, precisamente, lo opuesto: nuestra admiración tendría que aumentar ante los intrincados mecanismos que posibilitan esa magia. Los sentimientos son la base de lo que los humanos han descrito durante milenios como el alma, o espíritu humano.
Este libro se ocupa de un tercer tópico relacionado: el cuerpo, en cuanto representado en el cerebro, puede constituir el marco de referencia indispensable para los procesos neurales que experimentamos como la «mente»; el organismo mismo, y no alguna realidad absoluta externa, es usado como fundamento y referencia de nuestra construcción del mundo circundante y de la construcción del omnipresente sentido de subjetividad que es parte esencial de nuestras experiencias; la mayoría de nuestros más refinados pensamientos y mejores acciones, mayores alegrías y pesadumbres, utilizan el cuerpo como norma.
Por sorprendente que parezca, la mente existe en y para un organismo integrado; nuestra mente no sería como es si no fuera por la interacción de cuerpo y cerebro durante la evolución, el desarrollo individual y cada instante de nuestra vida. La mente tuvo que referirse primero al cuerpo; si no, no habría podido existir. Sobre la base referencial que el cuerpo suministra de manera continua, la mente puede significar entonces muchas otras cosas, reales e imaginarias.
Esta idea ancla en los siguientes postulados: 1) El cerebro humano y el resto del cuerpo constituyen un organismo indisociable, integrado mediante circuitos regulatorios neurales y bioquímicos, mutuamente interactivos (que incluyen componentes endocrinos, inmunes y neurales autónomos). 2) El organismo interactúa con el entorno como un conjunto: la interacción no es oficiada sólo por el cuerpo ni únicamente por el cerebro. 3) Las operaciones fisiológicas que llamamos mente no emanan sólo del cerebro, sino del conjunto estructural y funcional: a los fenómenos mentales sólo se los puede entender totalmente en el contexto de un organismo que interactúa con un medio ambiente. La complejidad de las interacciones que debemos considerar es subrayada por el hecho de que el entorno es, parcialmente, producto de la actividad misma del organismo.
No es habitual referirse a organismos cuando hablamos de cerebro y mente. Ha sido tan obvio que la mente se origina en la actividad de las neuronas que sólo éstas se han discutido, como si su funcionamiento pudiera ser independiente del resto del organismo. Pero, a medida que investigaba desórdenes de memoria, lenguaje y razón en numerosos seres humanos con lesiones cerebrales, me fui convenciendo de que la actividad mental, desde los aspectos más simples hasta los más sublimes, requiere tanto de la participación activa del cerebro como de la del cuerpo propiamente tal. Creo que, en cuanto toca al cerebro, el cuerpo suministra más que apoyo y modulaciones: entrega un tópico fundamental para las representaciones cerebrales.
Hay hechos que respaldan esta idea, razones que justifican su posibilidad, y motivos que tornan deseable que así sea; el más importante de éstos es que la precedencia del cuerpo, que aquí se propone, puede arrojar alguna luz sobre algunas de las preguntas más frustrantes que desafían al ser humano desde que empezó a interrogarse sobre su mente: ¿Cómo es posible que seamos conscientes del mundo que nos rodea, cómo sabemos lo que sabemos, cómo sabemos que sabemos?
Según la perspectiva de la hipótesis planteada, amor, odio, angustia, amabilidad y crueldad, la solución de un problema científico o la creación de un artefacto nuevo se basan en sucesos neurales dentro de un cerebro, siempre que ese cerebro haya estado, y siga estando, en interacción con su cuerpo. El alma respira por el cuerpo y el sufrimiento, empiece en la piel o en una imagen mental, sucede en la carne.
He escrito este libro como mi parte de una conversación con un amigo imaginario inteligente, curioso y culto, que conoce poco de neurociencia pero mucho de la vida. Hicimos un trato: la conversación debía rendir beneficios mutuos. Mi amigo aprendería sobre el cerebro y las curiosas cosas mentales, y yo obtendría atisbos nuevos mientras me esforzara por explicar mi idea de lo que significan cuerpo, cerebro y mente. Acordamos no transformar la conversación en una aburrida conferencia, no tener desacuerdos violentos y no tratar de abarcar demasiado. Yo hablaría de hechos probados, de cosas dudosas y de hipótesis, aunque sólo pudiera ofrecer corazonadas para respaldar lo dicho. Mencionaría el trabajo que se está desarrollando, diversas tareas todavía en proyecto, e investigaciones que empezarán mucho después que termine la conversación. También quedó establecido que, como corresponde en una conversación, habría atajos y digresiones, y pasajes que no quedarían claros la primera vez y merecerían una segunda visita. Por eso repasaré de vez en cuando ciertos tópicos desde una perspectiva diferente.
Desde el principio dejo en claro mi visión de los límites de la ciencia: soy escéptico sobre la pretendida objetividad y verdad científicas. Me resulta difícil aceptar los resultados científicos, particularmente los de la neurobiología, como algo más que aproximaciones provisorias que se debe considerar un tiempo y descartar tan pronto se dispone de nuevas descripciones. Sin embargo, el escepticismo ante los alcances actuales de la ciencia, sobre todo acerca de la mente, no disminuye el entusiasmo ni deseo de mejorar las aproximaciones provisorias.
Quizá la complejidad de la mente humana sea tal que jamás se conozca, debido a nuestras intrínsecas limitaciones, la solución del problema. Acaso, por inexplicable, no deberíamos mencionarlo en absoluto, y en lugar de ello hablar de un misterio y distinguir entre las cuestiones que pueden ser abordables adecuadamente por la ciencia y aquellas que la eludirán para siempre[3]. Pero, por mucha simpatía que sienta por quienes no pueden imaginar una manera de desentrañar el misterio (se los ha apodado «mistéricos»)[4], y por quienes creen que es cognoscible pero se frustrarían si la explicación se apoyara en hechos ya sabidos, creo, enfáticamente, que algún día vamos a llegar a comprender la mente.
A estas alturas habrán advertido que la conversación no fue sobre Descartes ni de filosofía, aunque sin duda fue sobre la mente, el cerebro y el cuerpo. Mi amigo sugirió que debía ocurrir bajo el Signo de Descartes, ya que no habría manera de abordar esos temas sin evocar la emblemática figura de quien trazó el relato más aceptado de su interrelación. Entonces advertí —curiosamente— que el libro trataría del Error de Descartes. Querrán saber, por supuesto, cuál fue ese Error, pero he jurado guardar el secreto de momento. Sin embargo, prometo revelarlo.
Entonces, nuestra conversación empezó con seriedad, con la extraña vida de Phineas Gage.