DIEZ

EL CEREBRO: CUERPO Y MENTE

SIN CUERPO, NO HAY MENTE

«El cuerpo se le fue a la cabeza», es uno de los menos conocidos de los célebres epigramas de Dorothy Parker. Podemos estar seguros de que la mordacidad desenfrenada de la señorita Parker nunca se ocupó de la neurobiología, que no se refería a William James y que nunca había oído hablar de George Lakoff o Mark Johnson, lingüista y filósofo respectivamente, que sin duda tenían el cuerpo en la mente.[1] Pero su ingenio puede aliviar a los lectores, impacientes con mis divagaciones sobre el cerebro corpóreo y mental. En las páginas que siguen vuelvo a la idea de que el cuerpo suministra una referencia básica a la mente.

Imagina que estás caminando, de vuelta a casa, cerca de medianoche, en cualquier metrópolis en la que aún se pueda caminar de vuelta a casa en la noche. De súbito adviertes que alguien te sigue persistentemente, bastante cerca. Lo que sucede, hablando con sencillez, es lo siguiente: Tu cerebro detecta la amenaza, elabora varias opciones de respuesta, selecciona una, actúa según ella y reduce o elimina por completo el riesgo. Como vimos en la exposición sobre las emociones, las cosas son algo más complejas. Los aspectos neurales y químicos de la respuesta cerebral modifican profundamente el modo como operan tejidos y sistemas completos de órganos. El ritmo metabólico y la energía disponible en el organismo se alteran y también el alistamiento del sistema inmunológico; el perfil bioquímico global del organismo fluctúa muy rápido; se contraen los músculos esqueléticos que permiten mover la cabeza, tronco y extremidades; el cerebro recibe señales que le informan estos cambios, algunas por vía neural, otras por vías químicas en el torrente sanguíneo, de manera que el estado cambiante del cuerpo propiamente tal —que se ha modificado segundo a segundo— afecte neural y químicamente al sistema nervioso central en distintos sitios. El resultado neto de la detección de peligro por parte del cerebro (o de cualquier situación que provoque una excitación similar) es una profunda desviación de lo habitual en ciertos sectores del organismo (cambios «locales») y en el organismo total (cambios «globales»). Lo más importante es que los cambios se verifican tanto en el cuerpo propiamente tal como en el cerebro.

Aunque hoy se conocen innumerables casos de esos complejos ciclos de interacción, se suele conceptualizar a cuerpo y cerebro como estructural y funcionalmente separados. Se favorece el concepto de una acción aislada de cerebro y cuerpo, y se suele descartar la idea —cuando se la llega a considerar— de que el organismo todo interactúe con el entorno. Sin embargo, cuando vemos, oímos, palpamos, gustamos u olemos, en la interacción con el medio participan el cerebro y el cuerpo propiamente tal.

Imagina que miras un paisaje favorito. En ello se involucran mucho más que la retina y las capas corticales visuales del cerebro. Se podría decir que, mientras la córnea es pasiva, la lente y el iris no sólo dejan pasar la luz sino que ajustan su tamaño y forma en respuesta a la escena. El globo del ojo se dispone, movido por varios músculos, a seguir eficazmente los objetos; cabeza y cuello giran a su posición óptima. Si estos —y otros ajustes menores— no se produjeran, no verías gran cosa. Esos ajustes dependen de señales, que viajan de ida y vuelta, entre cuerpo y cerebro.

A continuación, el cerebro procesa las señales relativas al paisaje. Las estructuras subcorticales y los tubérculos cuadrigéminos superiores se activan; lo mismo sucede con las capas corticales primarias y las diferentes estaciones interconectadas de la corteza asociativa y el sistema límbico. A medida que en esas áreas el conocimiento pertinente al paisaje se activa internamente —por intermedio de las representaciones disposicionales—, el resto del cuerpo participa en el proceso. Tarde o temprano las vísceras reciben instrucciones para reaccionar a las imágenes que estás viendo y a las imágenes internas que tu memoria va generando. Finalmente, cuando se forma una memoria del paisaje visto, esa memoria pasa a ser un registro neural de gran parte de los cambios orgánicos descritos, algunos de los cuales suceden en el cerebro mismo (la imagen construida para el mundo externo junto con la imagen constituida a partir de la memoria) y otros en el cuerpo propiamente tal.

Por lo tanto, percibir el entorno no es sólo la recepción, por parte del cerebro, de señales provenientes de un estímulo dado, ni mucho menos la recepción de cuadros directos. El organismo se modifica activamente para que el acoplamiento se lleve a cabo lo mejor posible: el cuerpo propiamente tal no es pasivo. Acaso no menos importante: el motivo por el cual ocurre la mayoría de las interacciones con el entorno es que el organismo necesita esa ocurrencia para mantener la homeostasis, el estado de equilibrio funcional. El organismo actúa constantemente sobre el entorno (primero fueron la acción y exploración) para poder propiciar las interacciones que necesita para sobrevivir. Pero si ha de tener éxito en evitar el peligro y encontrar alimento, sexo y techo, debe sentir el entorno (oler, tocar, saborear, oír, ver), para poder adoptar las acciones apropiadas en respuesta a lo sentido. Percibir es tanto actuar sobre el entorno como recibir señales del medio ambiente.

Parece, a primera vista, que la idea de que la mente derive del organismo-en-conjunto es contraria a la intuición. Pero últimamente el concepto de mente se ha mudado del lugar etéreo y misterioso que ocupaba en el siglo diecisiete, hasta su lugar actual de residencia, en o alrededor del cerebro; vecindario digno, aunque menos sublime. En términos evolutivos (biología, ontogenia —desarrollo individual— y operatividad corriente), sugerir que la mente depende de las interacciones entre cerebro y cuerpo puede parecer excesivo. Pero aguarda un poco: propongo que la mente surge de la actividad de los circuitos neurales en gran parte formados a través de la evolución en respuesta a requisitos funcionales del organismo, y que sólo existe una mente normal si esos circuitos contienen representaciones básicas del organismo y si monitorean continuamente sus acciones. En resumen, los circuitos neurales representan ininterrumpidamente al organismo mientras es perturbado por estímulos del entorno físico y sociocultural y mientras actúa sobre éstos. Si el tópico básico de esas representaciones no fuera un organismo anclado en el cuerpo, podríamos quizá tener algún tipo de mente, pero dudo de que fuera la mente que de hecho tenemos.

No estoy diciendo que la mente esté en el cuerpo. Estoy diciendo que el cuerpo no sólo aporta al cerebro el soporte vital y los efectos modulatorios. Contribuye con un contenido que es parte esencial de la operación de una mente normal.

Volvamos al ejemplo de tu caminata de medianoche. Tu cerebro detecta una amenaza —la persona que te sigue— e inicia varias series complicadas de reacciones químicas y neurales. Algunas líneas de este guión interno están escritas en el cuerpo propiamente tal, y otras en el cerebro propiamente tal. Sin embargo no eres capaz de diferenciar exactamente lo que sucede en tu cerebro de lo que acontece con tu cuerpo, aun si eres experto en la neurofisiología y neuroendocrinología subyacentes. Te haces cargo de que estás en peligro; de que ahora estás bastante alarmado y acaso deberías caminar más rápido; de que estás casi corriendo, y de que por fin —esperamos— estás finalmente fuera de peligro. El «tú» en este episodio es de una pieza: de hecho, es una construcción mental muy concreta, que llamaré «self» (a falta de un término mejor), basada en la actividad de todo tu organismo, es decir, en el cuerpo propiamente tal y en el cerebro.

A continuación doy un bosquejo de la base neural que, estimo necesaria para el self, pero tengo que aclarar de inmediato que el self es un estado biológico que se reconstruye de continuo: no es una personita —el infame homunculus— dentro de nuestro cerebro, contemplando lo que sucede. Menciono nuevamente al hombrecito para aclarar que no me apoyo en él. No ayuda invocar un homúnculo como factor de la visión o del pensamiento o de lo que sea que ocurra en el cerebro, porque entonces la pregunta sería si acaso el cerebro de ese homúnculo a su vez tiene una personita encargada de ver y pensar, y así sucesivamente ad infinitum. Esta explicación particular, que plantea el problema de una regresión infinita[6*], no constituye ninguna explicación. Nótese que tener un self, un único self, es bastante compatible con la noción de Dennett de que no tenemos un teatro cartesiano en zona alguna del cerebro. Ciertamente hay un self para cada organismo, excepto en aquellas situaciones en que una enfermedad cerebral ha creado más de uno (como sucede en los casos de personalidades múltiples), o disminuido o anulado el único self normal (lo que pasa en ciertas formas de anosognosia y algunos tipos de ataques). Pero el self, que confiere subjetividad a nuestra experiencia, no es un conocedor e inspector central de todo lo que nos ocurre en la mente.

Numerosos sistemas cerebrales, así como del cuerpo propiamente tal, deben estar en continuo vaivén para que se produzca el estado biológico de self. Si se cortan todos los nervios que llevan señales cerebrales al cuerpo propiamente tal, el estado corporal cambiaría en forma radical y la mente en consecuencia. También cambiaría la mente si sólo se interrumpieran las señales desde el cuerpo propiamente tal hacia el cerebro. Incluso el bloqueo parcial del tráfico cuerpo-cerebro, como sucede en pacientes con lesiones en la médula espinal, causa cambios en el estado mental.[2]

Hay un experimento filosófico conocido como «cerebro en una vasija», que consiste en imaginar un cerebro removido del cuerpo, mantenido en vida en un baño nutricio y estimulado, a través de sus ahora colgantes nervios, del mismo modo que si estuviera dentro del cráneo.[3] Algunas personas creen que así el cerebro podría tener experiencias mentales normales. Ahora bien, dejando de lado la suspensión de incredulidad necesaria para imaginar una cosa así (y para imaginar todos los experimentos Gedanken [7*]), creo que ese cerebro no tendría una mente normal. La ausencia de estímulos, saliendo hacia el cuerpo-como-campo-de-juego, capaces de contribuir a la renovación y modificación de estados corporales, redundaría en la suspensión del gatillaje y modulación de aquellos estados corporales que constituyen —al ser representados nuevamente en el cerebro— lo que veo como el cimiento de la sensación de estar vivos. Se podría argüir que el cerebro descorporizado tendría una mente normal, si fuera posible imitar (en sus nervios colgantes) en forma realista las configuraciones de los inputs, cómo si éstos proviniesen del cuerpo. Bueno, supongo que ése sería un bonito e interesante experimento «para hacer», y sospecho que en tal caso el cerebro podría tener, por cierto, algún tipo de mente. Pero lo que habría logrado esta experiencia más elaborada sería crear un substituto del cuerpo, confirmando con ello que los «inputs-del-tipo-cuerpo» son imprescindibles para un cerebro mentalmente normal. Sería improbable que esos supuestos inputs corporales pudieran imitar de manera realista la variedad de configuraciones que asumen los estados corporales cuando esos estados son gatillados por un cerebro que evalúa.

En resumen, tanto las representaciones que el cerebro construye para describir una situación como los movimientos que se formulan para responder a una situación dependen de interacciones recíprocas entre cerebro y cuerpo. El cerebro construye representaciones evolutivas del cuerpo mientras va cambiando debido a influjos neurales y químicos. Algunas de esas representaciones siguen siendo no-conscientes, en tanto que otras llegan a la consciencia. Al mismo tiempo, las señales cerebrales —originarias de cuarteles cerebrales cuyas actividades jamás se representan directamente en la consciencia— siguen fluyendo hacia el cuerpo, algunas en forma deliberada y otras de manera automática. Como resultado, el cuerpo vuelve a cambiar y también se trastroca la imagen que se tiene del mismo.

Si bien los sucesos mentales resultan de la actividad neuronal en el cerebro, es indispensable que las neuronas relaten antes la historia de la operación y esquema del cuerpo.

La primacía temática del cuerpo es aplicable a la evolución: de simples a complejos, por millones de años, los cerebros han sido primero acerca del organismo que los posee. También es, en menor grado, aplicable al desarrollo de cada uno de nosotros en tanto individuos; en nuestros comienzos hubo primero representaciones del cuerpo propiamente tal; sólo después vinieron las representaciones relativas al mundo externo, y, en magnitud aún menor pero no desdeñable, las relativas al ahora, mientras construimos la mente del momento.

Hacer que la mente surja de un organismo más que de un cerebro sin cuerpo es compatible con varios supuestos:

En primer lugar, cuando la evolución seleccionó cerebros suficientemente complejos para generar no sólo respuestas motoras (acciones) sino también mentales (imágenes en la mente), lo hizo quizá porque estas respuestas mentales potenciaban la supervivencia del organismo de uno de los modos siguientes: una mayor apreciación de las circunstancias externas (por ejemplo, una percepción más detallada de los objetos, su posición espacial más precisa, y así sucesivamente); un refinamiento de las respuestas motoras (dar en un blanco con más precisión); y una adecuada predicción del futuro mediante la imaginación de escenarios y el planeamiento de acciones conducentes a los más ventajosos.

Segundo, en vista de que la supervivencia mentalizada apuntaba a la supervivencia global del organismo, las representaciones primordiales del cerebro mentalizado tenían que ser atingentes al cuerpo propiamente tal en términos de estructura y función, incluyendo las acciones externas e internas que constituyen las respuestas del organismo al entorno. Habría sido imposible proteger al organismo sin representar detalladamente su anatomía y fisiología básica y actual.

Al desarrollar una mente o, dicho de otra manera, al desarrollar representaciones de las que se pudiera tener consciencia mediante imágenes, los organismos tuvieron una nueva modalidad adaptativa ante las circunstancias ambientales, que no podría haber sido prevista en el genoma. Es posible que la base de esa adaptabilidad comenzara con la construcción de imágenes del cuerpo propiamente tal en actividad, esto quiere decir, imágenes del cuerpo mientras respondía ante el entorno externamente (por ejemplo, moviendo una extremidad), e internamente (regulando el estado de las vísceras).

Si el cerebro evolucionó primero para asegurar la supervivencia del cuerpo propiamente tal, los cerebros mentalizados, cuando aparecieron, empezaron por mentalizar el cuerpo. Y, para asegurar eficazmente la supervivencia del cuerpo, sugiero que la naturaleza tropezó con una solución muy eficiente: representar el mundo externo en términos de las modificaciones que éste causa en el cuerpo propiamente tal, esto es, representar el entorno mediante la modificación de las representaciones primordiales del cuerpo propiamente tal cada vez que se produce una interacción entre el organismo y el medio ambiente externo.

¿Cuál es, y dónde está, esa representación primordial? Creo que abarca: 1) la representación de estados de regulación bioquímica en estructuras del hipotálamo y tallo cerebral; 2) la representación de las vísceras, incluyendo no sólo los órganos de la cabeza, pecho y abdomen, sino también la masa muscular y la piel, que funciona como un órgano y constituye el lindero del organismo como una supermembrana unitariamente envolvente; y 3) la representación de la estructura musculoesquelética y su movilidad potencial. Como ya he argumentado antes en los capítulos 4 y 7, estas representaciones, distribuidas en distintas regiones del cerebro, deben ser coordinadas por conexiones neuronales. Sospecho que la representación de la piel y de la estructura musculoesquelética desempeñan un papel importante en esa coordinación, como explico en seguida.

Lo primero que se nos viene a la mente cuando pensamos en la piel es que es una sábana sensorial extensa, vuelta hacia el exterior, dispuesta para ayudarnos a discernir la forma, superficie, textura y temperatura de las cosas de afuera mediante el sentido del tacto. Pero la piel es mucho más que eso. Primero, desempeña un rol capital en la regulación homeostática: es controlada desde el cerebro mediante señales neurales autónomas, y desde numerosas otras fuentes por medio de señales químicas. Cuando empalideces o te ruborizas, el rubor o la palidez ocurren en la «piel visceral» y no en la que conoces como un sensor táctil. En su papel visceral —la piel es en efecto el viscus más extenso de todo el cuerpo— ayuda en la regulación térmica corporal ajustando el calibre de los vasos sanguíneos intradérmicos y en la regulación metabólica mediando alteraciones iónicas (como cuando sudas). Los quemados no mueren por perder una parte integral de su sentido del tacto. Mueren porque la piel es un viscus indispensable.

Pienso que el complejo somatosensorial del cerebro, especialmente en el hemisferio derecho de los humanos, representa nuestra estructura corporal en referencia a un esquema del cuerpo en el cual hay partes mediales (tronco, cabeza), apendiculares (extremidades) y una frontera corporal. Probablemente una representación de la piel sea la manera natural de significar la frontera del cuerpo porque es una interfaz vuelta tanto hacia el interior del organismo como al entorno con el cual el organismo interactúa.

El mapa dinámico global del organismo, que reposa en el esquema corporal y la frontera del cuerpo, no se lograría en una región aislada del cerebro sino que estaría distribuido en varias zonas por medio de patrones coordinados de actividad neural. En el tallo cerebral e hipotálamo (donde la organización topográficamente organizada de la actividad neural es mínima) habría una representación burdamente cartografiada del funcionamiento corporal, que estaría conectada a ciertas regiones del cerebro en las cuales es cada vez mayor la disponibilidad de señales topográficamente organizadas —las capas corticales insulares y las capas corticales somatosensoriales conocidas como S1 y S2—.[4] La representación sensorial de todas las partes con potencial de movimiento estaría conectada a distintos sitios y niveles del sistema motor, cuya actividad puede causar actos musculares. En otras palabras, el conjunto de mapas dinámicos que tengo presente es «somato-motor».

Es indudable que las estructuras descritas existen. Sin embargo, no puedo garantizar que operen precisamente como lo describo o que desempeñen el papel que les asigno. Pero mi hipótesis puede ser investigada. Es necesario considerar, entretanto, que si no dispusiéramos de un dispositivo como éste, no seríamos capaces en ningún momento de indicar la localización aproximada de un dolor o incomodidad en parte alguna de nuestro cuerpo, por más imprecisos que seamos cuando lo hacemos; tampoco nos sería posible detectar pesadez en las piernas después de estar mucho tiempo de pie, o bascas en el abdomen, o la náusea y fatiga típicas del cambio de huso horario, la que «localizamos», justamente, en casi todo el cuerpo.

Supongamos que mi hipótesis puede ser respaldada, y discutamos algunas de sus implicaciones. La primera es que la mayoría de las interacciones con el entorno se verifican en un lugar dentro del lindero corporal —se trate de una experiencia táctil o de una que involucre otro sentido— porque los órganos de los sentidos existen como una localización dentro de la vasta geografía dentro de esos límites. Las señales relativas a las interacciones de un organismo con su entorno perfectamente podrían ser procesadas por referencia al mapa global del lindero corporal. El procesamiento de un sentido específico, como la visión, se hace en un lugar especial, al interior del lindero corporal, en este caso, los ojos.

Así, las señales del exterior son dobles. Aquello que ves u oyes excita el sentido específico de la visión o la audición como una señal «no corporal», pero simultáneamente excita una «señal corporal» surgida del lugar de la piel por el cual ingresó la señal específica. Al conectarse, los sentidos específicos producen un conjunto dual de señales. La primera serie viene del cuerpo, y se origina en la localización del órgano sensorial adecuado (el ojo para ver, el oído para oír), y es transmitida al complejo somato-sensorio y motor que representa dinámica y globalmente al cuerpo como mapa funcional. La segunda serie viene del órgano especial en sí mismo, y es representada en las unidades sensorias apropiadas para la modalidad sensorial. (Para ver, éstas incluyen las capas corticales primarias visuales y los tubérculos cuadrigéminos superiores).

Este tipo de arreglo tendría una consecuencia práctica. Cuando ves, no sólo ves: sientes que estás viendo algo con tus ojos. Tu cerebro procesa señales sobre la involucración de tu organismo en un lugar específico del mapa corporal de referencia (como los ojos y los músculos que los controlan) y sobre las especificaciones visuales de lo que esté excitando las retinas.

Sospecho que el conocimiento que los organismos adquirieron —gracias a tocar una cosa, ver un paisaje, oír una voz o moverse en el espacio conforme a una trayectoria dada— fue representado en referencia al cuerpo en actividad. Al principio, no hubo tacto ni visión ni audición, tampoco locomoción autónoma. Hubo, más bien, un sentimiento del cuerpo cuando el cuerpo tocaba, veía, oía o se movía.

En gran medida este tipo de arreglo habría sido conservado. Es apropiado describir nuestra percepción visual como un «sentimiento del cuerpo mientras ve», y ciertamente «sentimos» que estamos viendo con nuestros ojos y no con nuestra frente. (También sabemos que vemos con los ojos porque si los cerramos desaparecen las imágenes visuales, pero esa inferencia no es equivalente al sentimiento natural de ver con los ojos). Es cierto que la atención que prestamos al procesamiento visual en sí tiende a atenuar parcialmente nuestra percepción del cuerpo. Sin embargo, si el dolor, la incomodidad, o emoción se establecen, la atención se puede enfocar instantáneamente en representaciones-del-cuerpo, y el sentimiento del cuerpo sale del trasfondo y pasa a primer plano.

De hecho, estamos mucho más conscientes del estado global del cuerpo de lo que solemos admitir, pero es patente que, a medida que evolucionaron la visión, audición y tacto, creció en consecuencia la atención asignada de modo habitual a sus componentes perceptorios globales; así, la percepción del cuerpo propiamente tal fue conservada con más frecuencia allí donde cumple mejor su tarea: en el trasfondo. Esta idea es coherente con el hecho de que en organismos simples —además de un precursor de un sentido corporal derivado de los límites globales del organismo, o «piel»— hay precursores de los sentidos especializados (visión, audición, tacto), como se puede advertir por la manera en que responde el límite entero del cuerpo (a la luz, vibración y contactos mecánicos respectivamente). Incluso en un organismo privado de sistema visual, uno puede encontrar un precursor de la visión bajo forma de una fotosensibilidad corporal-global: lo que intriga es que, cuando la fotosensibilidad es apropiada por una parte especializada del cuerpo (el ojo), esa misma parte tenga un lugar específico en el esquema global del cuerpo. (La idea de que los ojos evolucionaron a partir de sectores fotosensibles de piel es de Darwin. Nicholas Humphrey ha usado recientemente esta idea de la misma manera).[5]

En la mayoría de los casos de operación perceptual regular, los sistemas somatosensorial y motor se comprometen simultáneamente con el sistema sensor —o con los sistemas— apropiado al objeto que se está percibiendo. Esto vale incluso cuando el sistema sensor apropiado es el componente exteroceptivo —orientado al exterior— del sistema somatosensorial. Así, cuando tocamos un objeto, hay dos conjuntos de señales locales provenientes de la piel. Una concierne a la forma y textura del objeto; la otra se ocupa de informar qué lugares del cuerpo son activados por el contacto con el objeto y por el movimiento de mano y brazo. Sumemos a esto (ya que el objeto puede generar una reacción corporal en armonía con su contenido emocional) que poco después de la reacción se compromete de nuevo el sistema somatosensorial. Así, independientemente de lo que estemos haciendo o pensando, es patente la cuasiinevitabilidad del procesamiento corporal. Es probable que la mente no sea concebible sin algún grado de corporización, idea que figura muy destacada en los trabajos de George Lakoff, Mark Johnson, Eleanor Rosch, Francisco Varela y Gerald Edelman.[6]

He discutido esta idea con distintos públicos y, si mi experiencia sirve como indicador, pienso que la mayoría de los lectores se sentirá cómoda con esta descripción, si bien algunos la encontrarán errónea o demasiado extrema. He escuchado atentamente a los escépticos, y advertido que su mayor objeción viene de lo que sienten ser la carencia de alguna experiencia corporal habitual predominante cuando procesan su propio pensamiento. No veo problema en esto, ya que no estoy sugiriendo que las representaciones del cuerpo dominen nuestro paisaje mental (excepto en momentos de emoción intensa). En lo que se refiere al momento puntual, mi idea es que las imágenes de estado corporal están en el trasfondo, por lo general inadvertidas, pero prontas a saltar al escenario. Además, en mi idea —más que el momento puntual— importa la historia del desarrollo de los procesos cerebro-mente. Creo que, a guisa de ladrillos y andamiajes, las imágenes de estado-del-cuerpo fueron indispensables para lo que existe hoy. No cabe duda, sin embargo, que el funcionamiento mental habitual de una persona de nuestro tiempo está dominado por imágenes no-corporales.

Otra fuente de escepticismo es la noción de que el cuerpo, si bien fue sin duda importante en la evolución del cerebro, ha dejado de ser necesario «en el rizo», por estar tan total y permanentemente «simbolizado» en la estructura cerebral. Esta es una idea extrema, por cierto. Concuerdo con que el cuerpo está bien «simbolizado» en la estructura cerebral, y con que los «símbolos» de cuerpo pueden ser usados como señales «como si», igual que señales reales del cuerpo. Pero prefiero pensar que el cuerpo continúa «en el rizo», por todas las razones que he descrito. Sólo podemos esperar nuevas evidencias para decidir sobre los méritos de esta idea que propongo. Entretanto, pido paciencia a los escépticos.

EL CUERPO COMO REFERENTE BÁSICO

Las representaciones primordiales del cuerpo propiamente tal en acción ofrecerían un marco espacial y temporal, una métrica sobre la cual otras representaciones pudieran basarse. La representación de lo que hoy construimos como espacio tridimensional se engendraría en el cerebro sobre las bases de la anatomía corporal y de patrones de movimiento en el entorno.

Si bien hay una realidad externa, lo que de ella conocemos nos llega por intermedio del cuerpo propiamente tal en acción, vía la representación de sus perturbaciones. Quizá nunca sabremos en qué medida los conocimientos que adquirimos son fieles a la realidad «absoluta». Lo que necesitamos —y creo que lo tenemos— es una notoria consistencia en las construcciones que el cerebro fabrique y comparta.

Consideremos nuestra idea de los gatos: debemos construir alguna estampa de cómo se modifica nuestro organismo ante una clase particular de entidades que llegaremos a conocer como gatos, y debemos hacer eso siempre, de modo consistente, tanto a nivel individual como en el colectivo humano en que vivimos. Esas representaciones de los gatos, invariables y sistemáticas, son reales en sí mismas. Nuestra mente es real, reales nuestras imágenes de gatos y reales nuestras sensaciones acerca de los gatos. Sucede que esa realidad mental, neural y biológica resulta ser nuestra realidad. Cuando ranas o pájaros miran gatos, los ven de otra manera, y diferentes también se ven los gatos entre sí.

Y quizás más importante: las representaciones primordiales del cuerpo propiamente tal en acción pueden desempeñar un papel en la consciencia. Suministrarían un núcleo para la representación neural del self procurando así una referencia natural para lo que sucede en el organismo, dentro o fuera de su límite. La referencia básica al cuerpo propiamente tal evita la necesidad de atribuir al homúnculo la manufactura de la subjetividad. En su lugar, habría sucesivos estados del organismo, cada uno representado neuralmente de nuevo, en múltiples mapas interconectados, momento a momento, y cada uno sirviendo de anclaje al self que existe en cualquier instante.

EL SELF NEURAL

El tema de la consciencia me interesa enormemente, y estoy convencido de que la neurobiología puede empezar a investigar el asunto. Algunos filósofos (entre ellos John Searle, Patricia Churchland y Paul Churchland) han solicitado este estudio a los neurobiólogos (Francis Crick, Daniel Dennett, Gerald Edelman, Rodolfo Llinás, entre otros), quienes han empezado a teorizar acerca del tema.[7] Pero, como este libro no trata de la consciencia, limitaré, mis comentarios a un aspecto que concierne a la exposición sobre imágenes, sentimientos y marcadores somáticos. Concierne a la base neural del self cuyo entendimiento puede aclarar en cierta forma el proceso de la subjetividad, rasgo decisivo de la consciencia.

Primero debo precisar lo que entiendo por self y para ello recurro a una observación que he hecho frecuentemente en muchos pacientes afectados por enfermedades neurológicas. Cuando un paciente deja de reconocer caras familiares, o ver colores, o leer o cuando otros no pueden ya reconocer melodías, o comprender el lenguaje, informan —con escasas excepciones— el fenómeno como algo que les está sucediendo, algo nuevo y no habitual, que son capaces de observar, investigar y a menudo describir de modo penetrante y concreto. Es curioso, pero esas descripciones implican una teoría de la mente que sugiere que «sitúan» el problema en alguna parte de su persona, vigilada desde el mirador panorámico de su mismidad. El marco de referencia es el mismo que usarían para referirse a un problema en el codo o en la rodilla. Como he dicho, hay escasas excepciones; algunos pacientes afectados de afasia severa pueden no estar tan agudamente conscientes de su defecto, y suelen ser incapaces de hacer una descripción clara de lo que les pasa por la cabeza. Pero, usualmente, recuerdan con precisión el momento de aparición del defecto (este tipo de condición suele empezar con virulencia). He oído muchas veces las descripciones que hacen del momento fatal en que comenzó la lesión cerebral y apareció un defecto motor o cognitivo. «Por Dios, ¿qué me está pasando?», suele ser el comentario. Jamás dejan de reconocer que les está sucediendo a ellos, nunca atribuyen los complicados defectos a alguna entidad borrosa, o al vecino. Los sufre el self.

Veamos lo que sucede con los pacientes afectados por la versión completa de anosognosia que hemos comentado anteriormente. Nunca —en el curso de mi experiencia ni en cualquier relato que he leído— hacen una descripción comparable a la que acabo de narrar en el párrafo anterior. Ninguno dice, por ejemplo, «Dios, qué raro que ya no sienta el cuerpo y que sólo me quede la mente». Ninguno puede precisar cuándo empezó el problema. No lo saben, a menos que se les diga. A diferencia de los pacientes anteriores, ningún anosognótico puede referir el problema al self.

Aún más curioso es observar que los anosognóticos que sólo sufren un deterioro parcial de sensación corporal —como sucede en los casos de anosognosia transitoria o en la afección llamada asomatognosia— sí pueden referir el problema al self. Un ejemplo impactante lo dio una paciente que había perdido temporalmente toda sensación relativa al marco corporal y límite corporal (en el lado izquierdo y en el derecho), conservando al mismo tiempo plena consciencia de sus funciones viscerales (respiración, latido del corazón, digestión); decía haber perdido parte de su cuerpo, sensación muy inquietante, pero no su «ser». Tenía un self —por cierto un self muy asustado— y lo conservaba durante los episodios de pérdida parcial de sensación corporal. La paciente sufría de ataques en una zona poco extensa del cerebro, pero estratégicamente situada en el hemisferio derecho, en la intersección de los varios mapas somatosensoriales que ya describí. Su lesión no afectaba la ínsula, zona que considero responsable de la sensación visceral. Los episodios cesaron con la administración de medicamentos apropiados.

Según lo interpreto, en los anosognóticos integrales la lesión ha destruido parcialmente el sustrato del self neural. Su incapacidad para procesar estados corporales habituales y puntuales ha empobrecido su habilidad para construir un estado de self ahora basado en información antigua y que minuto a minuto se torna más añeja.

Al hablar del self, no me estoy refiriendo a la consciencia de uno mismo, porque considero que el self y la subjetividad que engendra son necesarios para la consciencia en general y no sólo para la consciencia de uno mismo. Tampoco quiero decir que otros aspectos de la consciencia sean menos importantes o más inaccesibles para la neurobiología. El proceso de fabricar imágenes, y la lucidez y excitación indispensables para la formación de estas imágenes, son tan relevantes como el self al que experimentamos como conocedor y propietario de esas imágenes. Sin embargo, el problema de la base neural del self y el de la base neural para la formación de imágenes, no están, neural y cognitivamente, en el mismo nivel. No puedes tener un self si no tienes vigilia, excitación y formación de imágenes, pero técnicamente puedes estar despierto y excitado, formar imágenes en algún sector de tu cerebro y mente y tener al mismo tiempo un self deteriorado. En casos extremos, la alteración patológica de la vigilia y excitación causan un estado de estupor, vegetativo y comatoso; en esas condiciones —como lo mostraran Fred Plum y Jerome Posner en una descripción clásica— el self desaparece totalmente.[8] Pueden darse, sin embargo, alteraciones patológicas del self sin que necesariamente se desregulen esos procesos básicos, como lo prueban los pacientes que sufren de algunos tipos de ataques o de anosognosia completa.

Otra calificación antes de seguir: al usar la noción de self no estoy sugiriendo que todos los contenidos de nuestra mente sean inspeccionados por un único dueño y vigilante, mucho menos que esa supuesta entidad esté localizada en algún lugar específico del cerebro. Digo que nuestras experiencias tienden a una perspectiva consecuente, como si hubiera de hecho un solo dueño y mentor de la mayoría de los contenidos (no de todos). Imagino que esta perspectiva arraiga en un estado biológico, indefinidamente repetido y bastante estable. La fuente de la estabilidad es la estructura y operación del organismo —predominantemente invariable— y los elementos, de lenta evolución, de la autobiografía.

Tal como lo veo, la base neural para el self consiste en la continua reactivación de por lo menos dos conjuntos de representaciones. Un conjunto concierne a las representaciones de acontecimientos clave en la autobiografía del individuo, sobre la base de las cuales —mediante la activación parcial en mapas sensoriales topográficamente organizados— se puede reconstruir repetidamente una noción de identidad. El conjunto de representaciones disposicionales que describe cualquiera de nuestras autobiografías atañe a un gran número de hechos categorizados que definen nuestra persona: lo que hacemos, qué y quién nos gusta, qué tipos de cosas usamos, qué lugares frecuentamos y qué acciones efectuamos más a menudo. Puedes imaginar este conjunto de representaciones como el tipo de archivo que J. Edgar Hoover preparaba como un experto, salvo que está archivado en las capas corticales asociativas de varios sitios cerebrales y no en un fichero. Además de lo dicho de esos hechos clasificados, hay datos únicos de nuestro pasado que son constantemente reactivados en forma de representaciones cartografiadas: dónde vivimos y trabajamos, y en qué exactamente, cómo nos llamamos, y cuál es el nombre de parientes y amigos más cercanos, de nuestra ciudad y país, y así sucesivamente. Tenemos, en fin, en la memoria disposicional reciente, una colección de sucesos nuevos y su continuidad temporal aproximada; un conjunto de planes; una cantidad de acontecimientos imaginarios que intentamos llevar a cabo o que esperamos que sucedan: lo que he llamado «memorias del futuro posible», guardadas en representaciones disposicionales, tal como cualquier otro recuerdo.

En pocas palabras, tal como yo lo entiendo, parte importante del estado de self es la reactivación interminable de imágenes actualizadas acerca de nuestra identidad (la combinación de recuerdos del pasado con memorias de un futuro proyectado).

El segundo conjunto de representaciones subyacente al self neural consiste en las representaciones primordiales del cuerpo de un individuo a que me he referido antes: no sólo lo que el cuerpo ha parecido en general, sino lo que ha parecido últimamente, justo antes de los procesos que conducen a la percepción del objeto X (este es un punto importante: como veremos más adelante, creo que la subjetividad depende en gran parte de los cambios que se producen en el estado corporal durante y después del procesamiento del objeto X). Esto conlleva necesariamente los estados corporales de fondo y los estados emocionales. La representación colectiva del cuerpo constituye la base del «concepto» de self casi tal como la base del concepto de «naranja» puede ser un conjunto de representaciones formales, espaciales, cromáticas, táctiles y gustativas. Tanto en el marco de la evolución como en el del desarrollo, las primeras señales corporales ayudaron a formar un «concepto básico» de self éste proveyó la referencia básica para todo lo que sucedía en el organismo, incluyendo los estados corporales puntuales que se incorporan continuamente en el concepto de self y muy pronto se convertían en estados pretéritos. (Son los antecesores básicos de la noción de self propugnada por Jerome Kagan)[9]. De hecho, lo que nos sucede ahora —incluyendo el instante fugaz que acaba de transcurrir— está acaeciendo a un concepto de self basado en el pasado.

El estado de self es construido desde la base, en cada momento. Es un estado referencial evanescente, tan consistente y continuamente reconstruido, que el interesado siempre ignora que está siendo refabricado, a menos que algo resulte mal en la reconstrucción. El sentimiento de fondo en este momento, o el sentimiento de una emoción ahora, junto con las señales no-corporales presentes, le suceden al concepto de self en cuanto emplazados ahora en la actividad de múltiples regiones cerebrales. Pero nuestro self (o mejor dicho metaself) sólo «aprende» de ese «ahora» un instante después. El aserto de Pascal acerca del pasado, presente y futuro, con que inicio el capítulo 8, capta esa esencia de manera lapidaria: el presente se diluye continuamente en el pasado, y para cuando lo advertimos, estamos en otro presente fatigando el futuro, lo que hacemos sobre los escalones del ayer. El presente no está nunca aquí. Llegamos siempre tarde a la consciencia.

Finalmente, quiero volver a la que acaso es la cuestión más decisiva en esta exposición. ¿Mediante qué trapacería una imagen del objeto X y un estado de self —siendo ambos activaciones momentáneas de representaciones topográficamente organizadas— generan la subjetividad característica de nuestras experiencias? Si me es permitido, puedo predecir la respuesta que daré más abajo, diciendo que ello depende de que el cerebro genere una descripción y del despliegue imaginístico de esa descripción. A medida que se van formando imágenes de una nueva entidad percibida (por ejemplo, un rostro) en las capas corticales primarias, el cerebro reacciona ante esas imágenes. Esto sucede porque las señales originadas en esas imágenes son trasmitidas a diferentes núcleos subcorticales (v. gr., la amígdala, el tálamo) y a múltiples regiones corticales, y porque esos núcleos y regiones corticales contienen disposiciones para responder a ciertos tipos de señales. El resultado final es que se activan representaciones disposicionales en núcleos y regiones corticales y consecuentemente inducen una serie de cambios en el estado del organismo. A su vez, estos cambios alteran momentáneamente la imagen corporal, perturbando así la implementación en curso del concepto de self.

Aunque dichos procesos de respuesta implican conocimiento, ciertamente ello no implica que algún componente cerebral cualquiera «sepa» que las respuestas están siendo generadas ante la presencia de una entidad. Cuando el cerebro de un organismo genera un conjunto de respuestas ante una entidad, la existencia de una representación del self no hace que ese self sepa que su organismo correspondiente está reaccionando. El self tal como ha sido descrito, no puede saber. Sin embargo, un proceso que podríamos denominar «metaself» podría saber, siempre que: 1) el cerebro creara algún tipo de descripción de la perturbación del estado del organismo que resulta de la respuesta cerebral ante la presencia de una imagen; 2) que dicha descripción generara una imagen del proceso de perturbación, y 3) que la imagen del self perturbado se desplegara simultáneamente —o en interpolaciones rápidas— con la imagen que gatilló la perturbación. En pocas palabras, lo que estoy diciendo concierne a la perturbación del estado del organismo como resultado de las respuestas cerebrales ante el objeto X. La descripción a que aludo no utiliza el lenguaje, aunque puede ser traducida en lenguaje.

El contar con una imagen es insuficiente, aun si invocamos la consciencia y la atención, ya que éstas son propiedades de un self cuando-experimenta-imágenes, esto es, de un self mientras está siendo hecho consciente de las imágenes que capturan su atención. Tampoco basta tener imágenes y un self. No ayuda mucho decir que la imagen de un objeto se refiere a las imágenes que constituyen el self ni que se correlaciona con ellas. Uno no entendería en qué consiste la referencia o correlación, o lo que logran. La emergencia de la subjetividad, a partir de un proceso así, seguiría siendo un misterio total.

Consideremos ahora las siguientes posibilidades. En primer lugar, que el cerebro posea un tercer conjunto de estructuras neurales, que no sea el que sostiene la imagen de un objeto ni el que fundamenta la imagen de self pero que esté recíprocamente interconectado con ambos. En otras palabras, el tipo de conjunto neuronal arbitral, que hemos denominado zona de convergencia y al que hemos descrito como substrato neural necesario para la construcción de representaciones disposicionales a lo largo y ancho de todo el cerebro, tanto en las zonas corticales como en los núcleos subcorticales.

Imaginemos ahora que ese conjunto arbitral recibe señales, simultáneamente representaciones objétales y del self mientras el organismo está siendo perturbado por la representación del objeto. En otras palabras, supongamos que el conjunto arbitral esté construyendo una representación disposicional del self en proceso de cambio mientras el organismo responde a la presencia de un objeto. No habría nada misterioso en este tipo de representación disposicional, que sería precisamente del tipo que el cerebro al parecer conserva, fabrica y remodela magníficamente. Además, sabemos que tiene toda la información requerida para construir esa representación disposicional: poco después que vemos un objeto y conservamos su representación en las capas corticales primarias visuales, conservamos también —en diversas regiones somatosensoriales— diversas representaciones del organismo mientras reacciona.

La representación disposicional que tengo en mente no es creada ni percibida por un homúnculo y, como es el caso de todas las disposiciones, tiene el potencial para reactivar —en las capas corticales primarias a las que está conectada— una imagen temática disposicional, i. e., una imagen somatosensorial del organismo mientras responde a un objeto particular.

Por último, todos los ingredientes que he descrito —un objeto que es representado, un organismo en reacción ante ese objeto representado, y un estado de self mientras cambia debido a la respuesta del organismo ante el objeto— son mantenidos simultáneamente en la memoria operativa y examinados, paralelamente o en rápidas interpolaciones, en las capas corticales sensoriales primarias. Propongo que la subjetividad emerge durante el último paso, cuando el cerebro no sólo está produciendo imágenes de un objeto, ni sólo imágenes de las respuestas del organismo al objeto, sino un tercer tipo de imagen: la de un organismo en el acto de percibir y responder ante un objeto. La perspectiva subjetiva, en mi opinión, se origina en el contenido de este tercer tipo de imagen.

El dispositivo neural mínimo capaz de producir subjetividad requiere entonces de capas corticales primarias sensoriales (incluyendo las somatosensoriales), regiones asociativas y motoras corticales sensoriales, y núcleos subcorticales (especialmente ganglios basales y tálamo) con propiedades de convergencia capaces de actuar como conjuntos arbitrales.

Este dispositivo neural básico no necesita lenguaje. El metaself cuya construcción imagino es puramente no verbal: una oteada esquemática a los protagonistas principales desde una perspectiva ajena a ambos. Efectivamente, la concepción arbitral instituye, momento a momento, un documento narrativo no verbal de lo que está sucediendo en cada momento a esos protagonistas. La narración se puede realizar sin lenguaje, usando el instrumental representacional espacio-temporal de los sistemas sensor y motor. No veo razón alguna que impida que animales privados de lenguaje construyan este tipo de narraciones.

Los humanos tienen a su alcance capacidades narrativas de segundo orden, suministradas por el lenguaje: pueden engendrar relatos verbales sobre la base de narraciones no verbales. La refinada forma de nuestra subjetividad emergería de este último proceso. El lenguaje no es, por cierto, el origen del self, pero es indudablemente el origen del «Yo».

No se me ocurre otra propuesta específica para una base neural de la subjetividad, pero como la subjetividad es un rasgo clave de la consciencia, conviene tomar nota, brevemente, de la forma en que mi propuesta se relaciona con otras sobre el mismo tema.

Francis Crick sostiene que la consciencia está enfocada en el problema de la construcción de imágenes, y deja totalmente de lado la subjetividad. Crick no ha pasado el problema por alto. Más bien, ha decidido no considerarlo por ahora, ya que duda de que se lo pueda investigar experimentalmente. Sus preferencias y prudencia son harto legítimas, pero temo que la postergación del tema de la subjetividad nos impida interpretar correctamente los datos empíricos relativos a la construcción y percepción de imágenes.

Daniel Dennett, por su parte, plantea una hipótesis relativa al estrato alto de la consciencia, a los productos finales de la mente. Arguye que hay un self, pero no se refiere a su base neural, concentrándose en los mecanismos con los cuales se puede crear nuestra experiencia de un flujo-de-consciencia. Es interesante notar que en ese nivel del proceso utiliza una noción de construcción secuencial (su máquina virtual joyceana) que no es muy distinta de la noción de construcción de imágenes que yo uso en un nivel más bajo y arcaico. Estoy bastante seguro, sin embargo, de que mi dispositivo generador de subjetividad no es la máquina virtual de Dennett.

Mi propuesta comparte una característica importante con la concepción de Gerald Edelman, que asigna a la consciencia una base neural; específicamente, el reconocimiento de un self biológico imbuido de valores. (Edelman es el único investigador contemporáneo que asigna importancia al valor innato en los sistemas biológicos). Sin embargo, Edelman restringe el self biológico a los sistemas homeostáticos subcorticales (mientras yo los incorporo a los sistemas de hecho, corticalmente basados, y permito que el producto de su actividad se transforme en sentimientos). Los procesos que imagino y las estructuras que propongo para sostenerlos son, por ende, diferentes. Además, no estoy seguro del grado de correspondencia entre mi noción de subjetividad y la noción edelmaniana de consciencia primaria.

A William James, que pensaba que ninguna psicología razonable podía cuestionar la existencia de «selves personales», y que creía que lo peor para esa ciencia sería robar su significación a esos selves, seguramente le complacería saber que en la actualidad hay hipótesis plausibles, si bien todavía no comprobadas, acerca de una base neural del self.