ABAD DE IOS, SU GRACIA ILUSTRÍSIMA EL.— Viudo de una quiromántica, entró en religión. Cuando murió en Ios el sátiro Jacinto, mandó curtir la piel de patas de éste para hacerse una cartera de fuelle, y de la pezuña derecha le fabricaron el mango de una lupa. Hablaba por la erre, con lo que le salía un griego muy gracioso. Trajo a la isla el juego de bolos, y sabía cuentos verdes en dialecto veneciano.
ACHY, EL REY.— Majestad de la sequía en Irlanda. Su nombre se declara por «nuca roja». Fue decapitado en Tara al final del verano que llevó su nombre. Murieron de sed a la vez el trébol y la tórtola. Cabalgaba al mismo tiempo su caballo bayo y la sombra de éste, que en la noche era blanca. Quedó triste memoria de él. Si en los bosques gaélicos alguien dice su nombre y repite su grito de guerra, los árboles dejan caer sus hojas, súbitamente secas, quemadas por el fuego de las terribles sílabas estivales.
ADMETO.— Sastre de Ítaca y jorobado de ambas tablas. Quería coger con red o liga el colibrí púrpura, precisamente cuando estuviere comiendo semilla de laurel, para regalárselo a una muchacha de Zante. Político doctrinario, murió curioso sin saber si los cíclopes vivían en democracia o en aristocracia.
AGAMENÓN.— Fue rey en Argos. Lo mataron su mujer y un tal Egisto, que era rubio y cortés, y se sonaba con pañuelos aromáticos, aunque para mejor sujetar a la socia, que saliera muy variable en amores, no veía inconveniente en perfumarse con el sudor de luchadores y cargadores del muelle. En este libro se cuenta que murió de una pedrada en tierra eolia, y un nativo que estudiara en Bizancio para escribano, dijo que si Agamenón, regresando de Troya, se mostraba leproso, que había eximente.
AGORAFOBO DE MELOS, EL.— Tenía que tener siempre techo encima de la cabeza, fuese simplemente un ladrillo.
ALBANIA, REINO DE.— Lo figuró Ulises en la historia suya que contó a la señora Alicia. Está al norte de las selvas de Grecia, y tiene el tamaño de Cataluña, por más señas. Es reino hípico. Lo parten en contiendas los hijos legítimos del difunto don Galaor y la soberbia y ávida doña Florencia de Italia, rubia que tiene un lunar en la mejilla. Son famosos los prados de Albania con las prímulas febrerillas; allí saluda la alondra matinal a la liebre que se despierta sedienta y busca abrevadero. Los guerreros de Albania fueron los primeros del mundo en aceptar para sus batallas la escopeta.
ALCIÓN DE ÍTACA.— Célebre piloto. Con él salió Ulises al mar. En las lejanas escalas soñaba con los paternos campos.
ALICIA, LA SEÑORA.— Huérfana bizantina, apetitosa cuarentona. Tenía en Paros escuela de bordado y de danza. Le alquiló a Ulises, cuando se presentó como el Bastardo de Albania, un redondo y blanco palomar. Le lavó los fatigados pies al laértida, y suspiró.
ALPESTOR.— Criado en casa de Laertes. Cuidaba las cuadras y los carros. Le enseñó a Ulises hierbas y primera parte de estrellas, y a llevar unánimes los bueyes tirando de la enmimbrada carreta carbonera. Era pagano y devoto, y como los antiguos jugadores olímpicos, se sentaba para beber.
AMADÍS DE GAULA.— Figura de Ulises en la cámara de Helena, la niña paralítica de Laconia. No sabía el doncel si iba para alegres bodas o para triste y oscura muerte, pero llevaba violetas en la birreta.
AMALFI, LA SEÑORA DUQUESA DE.— Según un romance antiguo inventó el sostén, y enseñó a usarlo a la elegante, femenina mocedad del reame de Nápoles.
AMALTEA.— Nombre de cabra y de una abuela de Ulises, morena, casada con Apolonio el Cojo. La sorprendió en camisa en una fuente el rey de Inglaterra Ricardo Corazón de León, que iba cruzado, vestido de bermejo.
AMINTAS.— Escultor. Padre de san Ulises. Labró famosa sirena para la proa de una nave.
ANDREA.— Mendigo manco que pedía a la puerta de la catedral de Palermo. Le llevara el brazo, mientras le rascaba la espalda, una sirena tentadora. Le ofrecían pensiones y raciones los Altavilla d’Aragona, pero nunca cumplían. Asqueara la mortadela. Al fin de sus años le vino la manía de que le naciera el brazo perdido, y entraba en las tabernas y pedía vino, y extendía el brazo que no era para coger el vaso con la mano que no tenía.
ANTIFÓN.— Novelista cirenaico, más neoplatónico que Calisto, el enamorado de Melibea. Véase en el texto la novela de Lucrecia, la tentadora sobrina del sombrerero de Dalmacia. Antifón escribió la famosa Historia del músico de Oriente, en la que una tal doña Camila, que viajaba siempre con peluquero de rizos y rellenos, y fue la primera dama bizantina que se dio con borla polvos de arroz, se apasionaba de un músico etrusco que fue a mostrarle el violín al basileo, y era un enano muy gracioso, que sorprendió a Constantinopla con el tacón alto que usaba. La novela se hizo célebre, por los párrafos ardientes de doña Camila, y los más de los enanos de Italia aprendieron violín y emigraron a Bizancio, creyendo que en cada puerta estaba una Camila haciendo señas de amor.
ANTÍSTENES DE CIRENAICA.— Marinero. Compañero de Ulises a bordo de La joven Iris. Era taciturno, pero amistoso. Contó la historia de san Teógenes y el viento.
APLECIO, DON.— Padre de León Leonardo, piloto de Siria. Tenía el negocio de las tortugas para los estanques de las damas constantinopolitanas, y para la sopa de vigilia con abstinencia de los estrategas que eran plaza montada. Quiso comprar nave para el hijo, y ponerlo al trato de tortugas en los océanos arábigos, pero no encontró en venta ninguna, ni en Basora ni en Aqaba, que todavía navegaba el señor Simbad el Marino.
APOLONIO EL MÚSICO.— Antepasado de Ulises, padre de Apolonio el Cojo. Sobresalía en el tambor.
APOLONIO EL COJO.— Antepasado putativo de Ulises. Cuando Ricardo de Inglaterra usó de su esposa Amaltea, reconvino a ésta por no haberle dado más solemnidad al trámite. ¿Es que no había en casa hermoso tapiz y plateada lámpara?
ARCEDIANO DE LAS BLANQUERNAS, EL. Era un viejecito muy alegre, que siempre estaba chupando anises escarchados. Tenía la ciencia de la lupa, aunque empírica, y en armario de cedro guardaba los más de los libros de caballerías. Si echaba siesta, soñaba que entraba en Bretaña cabalgando, y que veía tirando barra al rey Artús.
ARGANTONIO.— Rey del país y del río que llaman Tartesos. Helenófilo.
ARGOS.— El can. Vivió edades humanas. Libre, pero fiel, esperó a la puerta de la casa de Laertes a que regresara Ulises. Oyó sus pasos y se incorporó, y temiendo oír de los labios del laértida su nombre, que lo era también de reino y de navÍo, detuvo el viejo corazón y se dejó morir, voluntario.
ARTURO, EL REY.— La flor de las coronas del mundo. Fue rey en Bretaña; dio su nombre a los más alegres veranos. No debe haber libro en el que por lo menos una vez no se diga su nombre.
ASMODEO.— Vigilante del ágora de Famagusta, en Chipre. Lo había colocado don Otelo, que le cayera simpático. Jorobó mirando por el anteojo de Ferruccio Sorrentino, y volvió a su natural. Le quedó la pesadilla, en sueños, de jorobar, y despertaba alarmado, dando voces. Se le agrió el carácter, y daba partes por escrito de todos los vecinos. Cuando don Otelo mató a la señora Desdémona, y vino nuevo alcaide veneciano, lo echaron del oficio. Asmodeo se ahorcó, pero antes de colgarse, con un palito y un cordón armó la higa con los tres dedos del medio de la mano izquierda, para seguir dándola, después de muerto, a los pacíficos transeúntes.
ATREO.— Rey de la antigua generación griega, ejemplo de grandes criminales. Medía tres varas castellanas de alto. Lo mencionaban a gritos los aristócratas partenopeos desde sus ventanas, defendiendo al sobrino de donna Sabella Sventurata, quien había echado del trono a su tía con trampa.
BALBORDO, EL SEÑOR LORD DE.— Llamado don Faustino O’Donnell. Visitaba a lady Viviana en el palacio del bosque de Firín. Era de los platónicos continentes, y uno de los gentileshombres por los que se vino a saber, en los palacios corteses de antaño, que era dulce y hermosa cosa vivir del aroma de un vaso vacío.
BASÍLIDES EL COJO.— Marinero. Compañero de Ulises a bordo de La joven Iris. Cojeó en el anteojo de Ferruccio Sorrentino. Era de los helenos que gustan del teatro.
BASILEOS DE CONSTANTINOPLA.—También conocidos por Emperadores de Oriente. Unos nacían en la púrpura y eran llamados Porfirogenetas, y otros en las cuadras, y entonces los motejaban de Coprónimos y Caballinos. Mataron mucho búlgaro, y los más de ellos estuvieron sometidos al gobierno de sus mujeres. Lucían mucho en las procesiones, con cuatro mitras en la cabeza. Duraron hasta el turco. Fue el suyo un gobierno literato, con comedias, y toda la administración era por etiqueta y ceremonias. Cismáticos y dialécticos, prohibían por ley el azafrán en el asado, engrasar los ejes en el hipódromo con manteca de papel, y pintarle barbas a san Jorge. En sus escuelas, la ornitología comenzaba por los ángeles. Se citan muchas veces en el texto, pues la isla y el mar de Ulises caen dentro de los límites de su Imperio.
BASILIO DE ÍTACA.— Abuelo famoso de Euriclea, madre de Ulises. Le comió la mano izquierda un puerco, pero aprendió a tocar en una guitarra napolitana con el pie del mismo lado.
BEATITUD DE CRETA, SU GRACIA REVERENDA, LA.— Abad de San Conón, en aquella isla. Rogaba a Basilio de Ítaca que se quedase de salmista en su monasterio. Bebían ratafía por el mismo vaso, y Su Beatitud le pedía a Basilio que le cantase al oído las canciones de mayo.
BELFAS.— Boyero tuerto. Sostenía que un varón cabal debe acertarla en las tres primeras noches. Exponía esta filosofía a gritos y después bebía tinto.
BIZANCIO.— También llamada Constantinopla e Istambul. Casa de los Emperadores de Oriente. Se cita varias veces en el texto. Es una de las mayores ciudades del mundo, decorada con mosaicos y los jardines de cipreses enanos reflejándose en las aguas quietas de su mar, según aseguró mi señor tío don Ramón María del Valle-Inclán, que los vio en un espejismo.
BLEONTES.— Constructor de panderos. Huyó cuando cayó el Tirano, y se produjo la gran discordia. No se sabe de reino alguno en el que haya florecido el arte de construir panderos en tiempos de disputas civiles.
BLIOFERNES.— Sátiro, adulto a los siete años de edad, y zurdo como todos los de su nación. Sale en los amores de Ofelia, espantadizo y celoso.
CIMÓN.— Mendigo de Paros. Pequeño, gordo y ebrio, nunca pudo aprender el arte de la zancadilla en las peleas. Esto lo traía muy desanimado.
CITEREA.— Esposa del posadero eolio. Entra con una herrada llena de agua en la cabeza cuando Ulises está contando de Menelao y Agamenón. Tenía la enorme seducción de las mujeres que llevan nombre de isla. En el viaje en La joven Iris, más de una vez hizo aletear la memoria de su suave voz las orejas del laértida. Tenía una gracia humilde y una sonrisa confiada.
COBLIANTO.— Arquero egineta. Su madre tardó once días en parirlo. Cuando pisó tierra era ya un gigante, armado de arco y de flecha.
CÓNSUL DEL CALENDARIO, EL.— Oficial cirenaico, sale en la historia de san Teógenes y el viento. Cayéndole el gnomón en la cabeza quedó amnésico. Era alto, magro, piloso; como el idioma cirenaico no cabe en alfabeto conocido, tenía que escribir a su gobierno cartas jeroglíficas, y las hacía graciosas, y los más de los símbolos eran avecillas, muy coloreadas. Especializado en fringílidas, páridos y sílvidos, apuró tanto la simbólica, que hubo que crear en el Marco de Cirenaica una Oficina de Pájaros varios en el Gabinete de Cifra, que leyese sus avisos, que los mandaba en verso, para facilitar por la consonancia la lectura.
CORREDOR DE MEDIA LEGUAS VALLAS, EL.—Saltaba de una nave en una comedia que se representó en Esmirna. La joven Felisa se enamoraba de él, porque al margen de su papel había puesto el autor la nota que mandaba «un pronto de asombro». Era callado, como suelen serlo los atletas, y cuando hablaba era para explicar que tomaba la valla con un quinto de ladeo, según el arte olímpico antiguo, preferido por Apolo y el centauro Quirón, maestro de Aquiles, aunque este último haya sobresalido solamente en la legua militar con obstáculos, pese a la alta escuela. Le birló la Felisa a un pregonero de edictos imperiales llamado don Silvino, viudo que sacaba un sobresueldo con una parada que tenía, con garañón calabrés, Patroclo por buen nombre.
CRIADA DEL CIEGO EDIPO, LA.— Querría el autor que la fiel se llamase Antígona. Era casi una niña; escuálida y morena, los pechos le nacían ya escurridos. La picó la viruela en Sicilia. Cuando Ulises veló a Foción, la criada del ciego durmió con la cabeza apoyada en el hombro del laértida. Venía el viento y ponía cabellos de la muchacha en las mejillas de Ulises. Fue la primera vez que el mozo conoció caricias carnales, si pueden llamarse así a las que hace un pelo en un rostro imberbe, viento en medio. La criada del ciego, en sueños, sin abrir los ojos, dos o tres veces tendió en la noche aquella el platillo de cobre, reluciente, a invisibles transeúntes.
CRISPINO.— Joven asesino que salía en una comedia que se representó en Trípoli de Siria. Se dio a la mala vida por culpa de una tal Estefanía, bailarina. Crispino le cayó simpático al gobernador, el cual quería que en el tercer acto le pusieran un caballo, y Crispino salvase. El pueblo subió a las tablas, y para que no se escapase Crispino a la selva, lo ahorcaron. Resultó que era una muchacha, la hermana del primer actor, que estaba en su camerino con anginas.
DAMIÁN LUSITANO.— Un hombre triste al que le faltaba la nariz. Construyó en Candía la goleta La joven Iris para el piloto de Siria, León Leonardo. Tenía un libro con la ciencia de Sagres en lengua portuguesa, y se quejaba de que nadie supiese este habla en aquella Grecia antigua.
DESCONOCIDO DE IOLCOS, EL.— Era un príncipe y regresaba de un largo viaje. La barba la tenía recortada en hoja de acanto. Nadie en Iolcos se recordaba de él, y el príncipe se había olvidado de su nombre, y del nombre de sus padres. Una mañana, bajando al puerto a ver las naves, se recordó de que por encima de una blanca pared colgaba la rama de un naranjo, plena de fruto. Sonreía a los niños, y rechazaba amablemente las mujeres, que se le ofrecían en secreto.
DESTERRADO DE MANTINEA, EL.— Lo vio el tabernero Poliades en la mancebía de Siracusa. Las orejas le comían la mitad del rostro. Pasó por entre las mujeres sin mirarlas. Con la mano diestra jugó con el chorro del surtidor. Aunque no se dice en el texto, se llamaba Héctor. Nunca volvió a su reino. El aquilino perfil se fue haciendo sombra sobre las velas de las naves, en los puertos helénicos, y sobre las herradas puertas de las murallas urbanas.
DIONISIO DE PAROS.— Mendigo y ladrón. Luchó con Ulises, y desde un zarzal disparó, vengativo y borracho, un cuchillo al corazón del laértida. El acero encontró en su camino la garganta de Juan Pericles, cómico. Dionisio era alto, fornido, iracundo. Cuando Ulises huyó de Paros, el gobernador Teotiscos lo mandó ahorcar. Dionisio pidió permiso para hablar al pueblo. Manifestó que era culpable, y que su maldad venía de una memoria de su niñez, que estaba su madre calcetando unas medias encarnadas y Dionisio, que cumplía siete años, las quería estrenar por Pascua, pero las medias eran para Aristóteles, el hijo del talabartero, cuya era la lana y pagaba el calcetado. La madre le decía a Dionisio que los pobres no pueden escoger medias; se le ensombreció al infante el corazón, y se hizo áspero, blasfemo y peleador. El pueblo de Paros se conmovió con el sermón, y Teotiscos aplazó por dos horas la ejecución para que se buscasen en la ciudad medias coloradas que le conviniesen a Dionisio. Fueron halladas y Dionisio sonrió al calzárselas. Dio las gracias a Teotiscos por el gesto, y se dejó ahorcar.
DONADOS DE SAN MIGUEL, LOS.— Inclusa de Palermo. Allí fue criado el marinero Timeo. En aquella casa hay escuela de marina por los libros antiguos, y el catálogo de las naves se estudia cantando por Homero. Está el asilo vecino del mar, y hay un dormitorio bajo que sale al agua con dos ventanas por unas peñas; cuando hay grandes mareas, bajan a dormir a aquella sala los alumnos de timón, para hacer, si el agua entra por las ventanas, maniobras de naufragio y salvamento. Los ahogados nunca pasaron de tres, salvo en una marea agustina que coincidió con un maremoto, y entonces se perdió todo el curso.
DORIA, LOS.— Genoveses. Aquí se citan por la rica viuda doña Pánfila, que se nombraba Doria, viniéndole este apellido por un tfo segundo suyo, que la prohijó, y el tal era eunuco de la Orden de San Juan de Jerusalén, puesto para enjabonar al Gran Maestre, y prisionero de los Doria legítimos en una batalla naval, vestido como estaba de señora ama de llaves maltesa, lo pusieron ellos de ama seca. Los príncipes genoveses, agradecidos a sus cuidados, lo libertaron con su apellido. En Cuaresma se vestía de hombre.
DORINDA, A MENINA.— Sobrina de Tristán, marinero portugués. Era bailarina en Lisboa.
DRAGÓN PINTADO DEL CONVENTO DE CANDÍA, EL.—Tenía rostro humano, y herido mortalmente por la lanza de san Miguel Arcángel, por el ojo derecho vertía una lágrima azul. El marinero Basílides comentó que a lo mejor tenía familia y dejaba menores.
EDIPO.— Ciego cantor, para quien construyó Bleontes un pandero. Lo acarició, lo olió, pasó la lengua por la piel y la madera, y dijo en voz alta: «¡Cabra y abedul!». Ulises le preguntó si fuera rey en Tebas. En su mocedad, Edipo había vendido espejos a las mujeres en los mercados isleños. Cuando perdió la vista, se le puso en la cabeza esa imaginación sentenciosa de los ciegos, que supera a la de los grandes reyes antiguos, y se asombraba de su nombre fatídico. En su canto los versos tomaban la forma de lo que decían, navíos, islas, dioses, caballos, puertas pintadas de rojo.
ENRIQUE EL NAVEGANTE, DON.— Gran señor lusitano. En el libro de carpintería de ribera de Damián Lusitano, aparece orinando, en lámina, disimulándose con un sombrero de plumas. El dibujo era en tinta negra, pero las plumas lusíadas estaban puestas del rabo del papagayo brasileiro, multicolores. Este don Enrique fue quien puso a los portugueses en el mar, por mapa, y pasó la mayor parte de su vida en una roca que llaman Sagres, guardando el sexto y con el dedo índice de la mano derecha señalando el Gran Océano. Así lo ponen ahora en estatua.
EOLIOS, LOS ADULTOS.— Estaban en la taberna cuando Ulises contó de Menelao y Agamenón. Reconocieron la voz homérica, pero se asustaron de la peste. Bebían el oscuro vino a pequeños sorbos. Uno de ellos, que se examinara para escribano, dijo que había eximente para el que asesinó a Agamenón que venía de Troya, considerando que el rey de Argos parecía leproso. Gente avara y taciturna.
EPIRO.— Mendigo de Paros. Estuvo puesto para el acarreo de vino en la casa que allí tuvo el noble Ulises. Era de los sedientos matinales. La madre lo vendiera a una rica dama, que quería hacerlo pasar por propio al marido cuando éste regresase de un viaje. El marido murió ahogado en un naufragio, a la vista del público, en Esmirna, y la dama abandonó a Epiro, quien medraba poco y boberas. Se crió en la calle, babeante y piojoso, pero le quedara un dulcísimo recuerdo de mamá, tan vestida de seda y perfumada de nardo. En un tubo de latón guardaba desde los cinco años, como preciado tesoro secreto, restos del camisolín que vestía el día del abandono, lino crudo con adornos de hilo de oro figurando helechos. A veces hablaba de vender ese oro que guardaba y dedicarse al comercio.
ESTEFANÍA.— Bailarina por quien se dio a la mala vida el joven asesino Crispino, según una comedia nueva que se representó en Trípoli de Siria. Toda la ilusión de Estefanía era vestirse con sedas y el pachulí lo quería de Malabar. Era coja, pero no se le notaba bailando, y las visitas las recibía sentada, y paseaba en silla de manos. Fue de las primeras invenciones femeninas de la comedia que salió a tablas con abanico de plegar.
EURICLEA.— Ésta es la pálida madre del noble Ulises. Quien hila las vidas la dejó envejecer en el hogar, rodeada de nietos y de los hijos de los nietos. Cuando contemplaba toda la familia sentada al amor del fuego, cada cual con su taza de leche en las manos, esperando que ella bebiese la primera, Euriclea creía sentir en el vientre un dolor que la llenaba de felicidad. ¡Fecundo olivo secular! Se olvidaba de los nombres de la honesta descendencia, y así a todos los varones les llamaba igual, Ulises, hijo de Laertes. Unos nietos eran agrarios, e iban y venían con las cosechas; otros eran carboneros, e iban y venían con los grandes carros y los pacíficos bueyes; otros, en fin, eran marineros, e iban y venían con las olas. Cuando murió, los presentes vieron salir de su boca una calandria.
EURIMEDEO.— Tebano rico. Compró a Jasón de Iolcos. Gozaba enloqueciendo de hambre, sed y memoria de la vida pasada, a los esclavos que compraba. Era avaro y loco.
EUSEBIO.— Dueño de rebaños en Laconia. Criaba los corderos marismeños para el gobernador bizantino del condado, quien hacía irrefutables asados, adobando el recental con ajo, laurel, vinagre de Tracia y menta piperita. De la escuela sicónica en cocina, rechazaba el limón. Eusebio reprobó gravemente el estofado que pensaba hacer Basílides, y amenazó con enviar un correo urgente al gobernador, el cual, al saber la noticia, quizá viniera sobre La joven Iris con una tempestad de fuego griego y sarcasmos.
FAMAGUSTA.— Ciudad de Chipre, y su cabeza en días venecianos. Famosa por sus murallas y sus rosales, aún lo es más porque en su castillo el moro Otelo dio muerte a la señora Desdémona, engañado con un pañuelo rojo por un tal lago, al que muchos ponen por invertido.
FELISA.— Muchacha que en una comedia griega sale a la ventana con un florero, y viendo saltar de una nave a un corredor de media legua vallas, deja caer la pieza en un pronto de asombro. El corredor era basto y callado, pero ella, doñeadora, lo metía en un armario y lo besaba.
FILIPO.— Era sacristán en Ítaca el Año del Eclipse. En la máxima le estalló la cabeza como si se la hubiesen llenado con pólvora negra marca «Las tres FFF».
FION.— Rey de celtas de Irlanda del que quedó gran memoria. Rigió los más hermosos veranos del país. Llovía al atardecer. Fion pasaba cantando.
FIRÍN.— Bosque de Irlanda que era un reino con vado.
FOCIO.— Primo de Basílides de Chipre. En el teatro hacía de Orestes, simulando muy bien los dolores del vástago. Cuando salía con la espada tinta en sangre materna, le añadía horror a la tragedia, mojando la lengua en ella. A los que se lo reprochaban, respondía que como huérfano de nacimiento no opinaba de la maternidad.
FOCIÓN.— Piloto el más famoso entre los ítacos. Murió en el mar que tanto había arado, vencido al timón de su nave por niebla contraria. Le enseñó a Ulises a mirar el mar. Amó y cantó. Hay islas que existen porque en sus bahías echó al ancla Foción, y reinos porque pisó sus enlosados patios aquel valeroso corazón. El mundo habitado, la ecumene toda, iba y venía con él, con sus relatos, las lenguas extrañas y las canciones, y el infantil amor por las lejanas descubiertas. Sus claros ojos lo llevaban como de la mano, por todos los caminos.
GALAOR, DON.— Rey de Albania, padre de Dionís el Bastardo, figura que tomó Ulises en la historia de su vida que contó a la señora Alicia, en Paros. Le ardiera la barba en Constantinopla, por acercarse en demasía a una alquitara. Imitaba muy bien el jilguero.
GALENOS.— Boticario de Constantinopla. Salía en una comedia, con una hija lujuriosa. El padre se enteraba en el último acto de los devaneos, que lo más de su tiempo lo pasaba entre retortas, experimentando flora varia para sinapismos.
GALLOS.— Marinero. Compañero de Ulises a bordo de La joven Iris. Fue en Irlanda príncipe real de Firín, y el primer gaélico que vio un puente.
GALVÁN SIN TIERRA.— Infante rubio, perpetuamente joven, que siempre es campanero en el reino de Gaula. Le dan, por señas de banderas desde las provincias, la orden de toque. Cuando se anuncian grandes acontecimientos, le entregan dos libras de tocino para que engrase los ejes de las campanas. En algún libro de caballerías es hermosa estampa la que hace Galván en el alto campanario, a caballo del balcón de hierro, en una mano la cuerda que hace voltear la «Prima», y en la otra un pañuelo de colores, con el que saluda a doña Oriana, que va a bodas.
GAULA.— Reino. Allí es muy hermoso el otoño.
GINEBRA.— La señora infanta, más tarde reina de Bretaña. La llamó por su nombre Gallos, desde el alto columpio, sin saber que la había, y ella contestó con la voz que tenía entonces, que era de encanto. Era rubia, y paseaba con un dedo índice en la barbilla. Ya madura se enamoró de don Lanzarote del Lago, que siempre decía que venía cansado de las batallas.
GOBERNADOR DE LACONIA, EL.— Sus vacaciones eran el asado de cordero lechal, de rebaños marismeños, raza anatolia. Tenía el punto de la menta.
GOBERNADOR DE PAROS, EL.— Calígrafo militar bizantino, retirado. Cazaba pájaros con liga. Era muy venéreo.
GRIEGOS DEL BERGANTÍN DEL PILOTO LISARDO, LOS.— Eran tío y sobrino, naturales de Lesbos. Rapaban la cabeza mientras estaban en el mar, por respeto a Poseidón, de quien eran creyentes. En la tempestad que sorprendió al bergantín al NNE de las Islas Afortunadas, una ola se llevó al sobrino. El tío, amigo de los llantos de antaño, sujetándose al mesana con un cabo, gritaba pidiendo un caballo para acudir al salvamento del mozo.
GUARINOS.— Rey, usurpador de Gaula. Estaba casado con doña Tudela, que venía de baños Etruria.
HELENA.— Esposa de Menelao, y la más hermosa de las damas antiguas. París se la llevó a Troya, de donde vino que los aqueos movieran guerra larga, de la que pocos regresaron. Cumplía cincuenta años, y los ancianos troyanos que estaban en las Puertas Esceas contemplando el campo y el arenal donde morían sus hijos y se perdía su ciudad, se confesaban que era recta y juiciosa cosa que los hombres se mataran por aquella sonrisa. La verdad sea dicha que ella era tontivana, y la mayor parte de su belleza consistía en afeites y en balanceos estudiados. Hay opiniones de que fue estéril, y es la única célebre enamorada de la que no queda ni una frase en la memoria de las gentes.
HELENA.— La niña paralítica de la pequeña polis Laconia, ante quien Ulises se figuró como Amadís de Gaula. Pasaron muchos años y el laértida recordando aquella escala, veía en la sombra abrirse los grandes y quietos ojos.
HERMINIA.— Doncella de la señora Alicia. Aprendía canto y bordado. Trajo en un jarro agua caliente cuando la huérfana bizantina le lavó los pies al fatigado don Dionís, Bastardo de Albania. Era morena, y enredaba sobre la frente un rizo con las plumas más coloreadas del jilguero.
HÉRCULES.— Poderoso transeúnte antiguo. Su puño se abatió sobre la nuca del irrespetuoso Zenón de los.
HERMIAS.— Hija de Milipos. El tabernero Poliades le recitaba versos trágicos mirándola a los ojos, y la joven señora desazonaba y ruborizaba, y no se fijaba en el peso de los garbanzos castellanos ni en la vuelta del pago.
HIPOBOTES I.— El antepasado de los laértidas que llegó con yegua a Ítaca. De la cuadrúpeda hubo descendencia. Eran tiempos paganos, y el prodigio no fue excesivo.
HIPOBOTES II.— Llamado Okímoros en la poesía hexamétrica, lo que se declara «el que muere mozo». El alazán de claro lucero y Okímoros fueron de un vientre, hijos de Hipobotes I y la hípica esposa. Murió luchando contra piratas del Norte.
HIERON.— Arquero antiguo inventado por Ulises. Nació con la mano izquierda de bronce. Todos los días, al amanecer, bajaba a enseñarle al laértida a tender el arco.
ICARIO.— Padre de Penélope. Pequeño, gordo, moreno, se pone por ejemplo de sudorosos. Cuando Ulises huyó de Paros, quiso casar la hija con un sastre, que hacía falta reponer el vestuario familiar, pero no pudo separar a Penélope de la ventana, en cuyos cristales, silenciosa, posaba implorantes miradas verdes.
IFIGENIA.— Doncella que fue de Albania, madre de Dionís. Se puso violenta con el hisopo y le levantó la barba postiza a don Galaor, que volvía de Bizancio.
IOANES MELANCOLICUS, DON ILUSTRÍSIMA.—Gobernador de Trípoli de Siria, retirado de la caballería por reumático. La mujer se le fuera con un trompeta. En la pieza de los asesinos que se representó en su presencia, se le hizo simpático un tal Crispino y lo quería salvar. El pueblo se alborotó, y don Ioanes murió en el palco, de apoplejía. Cuando la esposa fugitiva se enteró del óbito del estratega, se puso lutos, y el trompeta, que se iba cansando de aquella tórtola, que le saliera impaciente, se entusiasmó de nuevo, que le parecía otra con los velos negros y el suspirar por el finado.
IOLCOS.— El país de Jasón. Allí se oye el mar de los griegos a la diestra.
ÍTACA.— La isla de Ulises. La tierra carnal. El país al que se sueña regresar. Todos los humanos tenemos una isla semejante en la nostalgia, que cuando en ella llueve, llueve en nuestro corazón.
JACINTO.— Sátiro. Cegó y fue llevado a los, que tenía recetados baños de lavanda en los ojos. El abad de los se hizo una cartera con la piel de sus patas, y un mango de lupa con una pezuña. Murió porque era muy higiénico, cuando vino la peste.
JASÓN DE IOLCOS.— Criado de Laertes. Cardador en su patria, fue raptado por piratas cuando esperaba a Medea en una playa. Vendido como esclavo en Tebas, huyó. Le enseñó venatoria a Ulises, y amistad.
JUAN PERICLES.— Primer actor. Estaba anunciado que representaría en Paros la tragedia del rey Lear. Tenía la voz barítona y voluble, y dominaba especialmente la muerte del rey del mar. Murió alcanzado en la garganta por el cuchillo loco del ladrón Dionisio, cuando le enseñaba a Ulises a decir como en el teatro, y más verazmente que en la vida, las palabras de Lear desde el enorme caballo marino: «¡Nieto, estás en tu prado!».
LAERTES.— Permítaseme titularlo Rey de Ítaca. En la moneda de oro en la que va su perfil, los que amamos las grandes monarquías paternales y geórgicas, leemos sin dificultad alguna, en famosas mayúsculas, REY Y TRIGO POR LA GRACIA DE DIOS. Y nos sentimos civiles y fieles. Conoció nietos y los izó sobre sus bueyes. Al final de su vida se emocionaba por nada, y derramaba vino en el suelo, creyendo que la ocasión lo pedía. Subió al Panerón a carbonear, y encendió las pilas. Vino puntual el viento del norte, y Laertes saludó al incansable y vivificante Bóreas con amistosa voz. Soñó; durmiendo la siesta, que bajaba a la ciudad al frente de sus carros, y oía en las bocas de los criados los nombres de los bueyes. Murió soñando que se inclinaba sobre el caño de una fuente, desde cuya pila lo miraban, por entre ramas colmadas de rojas cerezas, los amados rostros de Euriclea y Ulises. Ladraron unísonos los perros de los carboneros, y el sol sosegó con sus majestuosas manos, en la inmensa tarde, los mares de las mieses que comenzaban a pintar. Cantó la tórtola.
LEGÍTIMOS DE ALBANIA, LOS.— Ulises los figuró iracundos, gozquecillos irritados por la madre, doña Florentina de Italia, buscándolo por la feliz Albania. Salieron memos y mamaron hasta tarde. Quieren repartirse el reino que fue de don Galaor, pero primero quieren encontrar a don Dionís el Bastardo, y poner sus huesos mondos por mojones.
LEÓN LEONARDO.— El piloto de Siria, hijo de don Aplecio. Iba a salir a los mares arábigos a la tortuga, pero su padre no pudo comprarle nave, que todavía navegaba Simbad. Se enamoró de una voz que cantaba en un huerto. Resultó que era, viudica y me quiero casar, la dama que lo amamantara.
LEÓNIDAS.— Padre de Icario y abuelo de Penélope. Sale en el porche con el traje de fiesta y cuenta la historia del guardarropa familiar.
LISARDO.— Piloto alejandrino, negro de color. Tenía los párpados mudados y cerraba de abajo arriba. Quería asomarse a las Afortunadas, por el trato de la cochinilla. Fue verdad que mató dos mujeres en Génova; a la más moza con unas tijeras, y a la vieja metiéndole un calendario milanés de rito ambrosiano por la boca, con la ayuda de un palo. Cuando iba a meterle Adviento, ya la vieja diera el alma. Trajo por encanto un temporal y lluvia. Decía que tenía un palmeral Nilo arriba, y que pensaba retirarse allá con un cortejo gaditano, si le salían dos o tres tratos. No era cristiano.
LUCRECIA.— Sobrina carnal de un sombrerero dálmata, que la quería forzar. Su historia, que contó Antístenes de Cirenaica, pone de manifiesto la veleidad de ciertas prójimas.
LUMBRE.— Hija de León Leonardo. Paralítica de un soplo, estaba asomada a la ventana.
LUSCINDA.— Hija lujuriosa de Galenos, boticario de Constantinopla. Vestía a su amante de doctor, con muceta y borlas, que lo hallaba así más aperitivo, y para más goce le ponía bigotes gemelos de los paternos. Moría en escena, de una cuchillada en el cuello. Sacaron su figura en la comedia dramática de un suceso verdadero, con la mudanza de que en la vida la Luscinda fuera una mozona alta y gorda, muy apechugada, y en el teatro sacaban a una damisela tímida y callada, que no salía de casa hasta que un niño que vivía frente a la botica terminaba de hacer pis en la calle.
MALTÉS, EL.— Marinero a bordo del bergantín del señor Lisardo. Era pequeño y pelo rizo y siempre estaba cantando tonadas tristes, acompañándose con dos hierrillos. Sediento, quiso impedir que el piloto regase la piel del cocodrilo con la poca agua dulce que quedaba en las pipas. Fue muerto allí mismo por el alejandrino. En su saco tenía el retrato de una mujer desnuda, que era una miniatura de mérito. El señor Tristán, portugués, dijo que por el peinado parecía francesa.
MANTUA, EL SEÑOR DUQUE DE.— El más famoso cazador de Bretaña y de Gaula. Cuando estaba para nacer Amadís, salía a los lagos de la marina, arco en la mano, buscando herir en vuelo la anátida que llaman Tadorna Tadorna, con cuya pluma más larga sería escrito el nombre del infante en los Anales. Está el señor duque en los romances, en lo alto de una torre, un enano le peina la barba y un cuervo le trae recados en latín.
MANCEBÍA DE SIRACUSA, LA.— Es una casa grande, muy encalada, con patio de verano y patio de invierno, y los balcones de ambos dan sobre el puerto, y se ven las naves que entran y salen. Las mujeres en los patios están sentadas de cara a la pared. Por dos sueldos puede entrar quien quiera y sentarse en el suelo a cinco varas de ellas. De vez en cuando pasan criadas derramando agua de lirio o espuma de Armenia. Hay lector de poesía y músicos vespertinos. El pago es por anticipado, y las pupilas cuentan todas la misma historia de la vida a los forasteros, para que no haya romanticismo.
MEDEA.— Hija de un cardador de Iolcos. Puso su pie sobre la rodilla de Jasón para atarse una zapatilla. Jasón se enamoró. Para que se vea cuán dulcemente suena este nombre bárbaro, alarguen la segunda e. Era menuda e inquieta, y tenía golosos prontos. Jasón quería olvidarla, pero no podía. Respiraba con la boca abierta hasta que se le secaban lengua y paladar, y entonces bebía un pequeño sorbo de agua, y era besar, quizás, o algo más aún, la memoria del beso.
MIRTO.— Etíope siempre sonriente, criado de Poliades. Se lo compró el tabernero a un lego franciscano que venía del preste Juan.
MENELAO.— El más cornudo de todos los maridos. Durante la guerra de Troya no le nació ni una cana. Contra lo que se opina en las pinturas, era pequeño y gordo, y aunque guardaba dos días de acelgas a la semana, según se lee en Ateneo, no perdía peso. Cuando bebía era confianzudo. Ulises contó muy heroicamente de él a los eolios, pero era un tipo poco simpático, y más bien intransigente de derechas.
UCHACHA QUE ASOMA ENTRE LOS MIRTOS, LA.— Se pone aquí a esta dulce flor de Laconia, pues fueron sus labios los primeros que Ulises besó. De alguna novela, lo que queda en la memoria, es la imagen de una sonrisa como ésta, que se abre paso entre verdes ramas, imprevistamente.
MICINO.— Sastre de Trípoli de Siria. Tenía el corte por geometría, sacando el entalle de los tabardos por el problema arquimédico máximo, o sea inserción de un pentágono en un círculo. Amaestraba mirlos. De él eran los que se ponían en las comedias de su polis cuando la escena figuraba un bosque.
OESTE.— El gran viento con que entran al mar de latinos y griegos los atlánticos. Con él entraron Gallos, Amadís, Damián Lusitano… Con él entró, para decorar la estirpe laértida, Ricardo Corazón de León. Es el viento del rey Lear. En Shelley se le canta «salvaje viento del Oeste».
OFELIA.— Mendiga de Paros. Ojo que va y viene entre polvaredas de oro. Se cuenta su vida en el Apéndice II.
OTELO.— El moro de Venecia. Almirante de los venecianos, casó con la señora Desdémona. Era generoso, arbitrario y orador. Colocó de vigilante en Famagusta a Asmodeo porque le cayó simpático. Se enamoró de él un tal lago, y con engaños llevó al Moro a dar muerte a su casta esposa. Tenía la veleidad de los negros y era muy dado a ropas de colores y adornos de oro.
PÁNFILA DE LOS DORIA, DOÑA.— Viuda rica genovesa. Tenía su casa en Corfú y amarraba sus naves en el muelle de la Cigüeña. También tenía tienda de efectos navales. Los dos primeros maridos se le perdieron en naufragios en las Sirtes, y el tercero se le escapó con una contorsionista napolitana y una goleta cargada de cebada croata. Le gustaba encandilar a sus pilotos enseñándoles las piernas. Finalmente se apasionó de su enano negro un día que lo vio en el baño.
PARIS DE TROYA.— Príncipe antiguo, el que raptó a Helena, esposa de Menelao.
PARÍS.— Ciudad de Galias donde vio el puente el infante Gallos. Dijo Juliano el Apóstata que allí, en la Lutecia de los Parisinos, era dulce vivir. Modernamente mucha gente ha opinado lo mismo.
PATROCLO.— Héroe de la Edad del Bronce, y no obstante sentimental. Fue amado por Aquiles. Cumplía años en mayo, el día en que la codorniz regresa de Egipto.
PATROCLO.— Garañón calabrés, del que era dueño el señor Sil-vino, pregonero de edictos imperiales, viudo enamorado de Felisa en una comedia que se representó en Esmirna. No se mareó en el viaje por mar. Los garañones calabreses son de raza catalana gótica, y temperamento nervioso, contrariamente a los garañones del Poitou, que son linfáticos.
PEDRO CRISTÓBAL.— Alfarero de Atenas, muy farrista, dado a bailarinas. Salió en una comedia en Constantinopla y tuvo una conversación con la emperatriz doña Zoé.
PIASTA.— Señor rey de dos veranos gaélicos. Piasta se traduce por «serpiente». No bien nació ya se puso a escribir runas con un palito de roble. Tenía los ojos azules. Cabalgaba una vez hacia Gwirmoan, para adentrarse en la selva buscando oír el primero en Irlanda el ruiseñor, cuando vio las hadas esquilando rebaños de oro en la colina. Habló con ellas en verso endecasílabo, y las amables le dijeron que el ruiseñor estaría al día siguiente en un olmo que había en Cork. En la madura edad, Piasta quiso viajar a Tirnanoge, la Florida, tierra de la perpetua juventud, nunca visitada de la Muerte. Pero las hadas que habían hablado con él en Gwirmoan le salieron al camino y le hicieron estas graves preguntas:
—¿Te gustará seguir viviendo cuando ya hayan muerto tus caballos y tus canes, los hijos y los nietos reales, los armados compañeros de las batallas? ¿Te gustará vivir en un mundo en el que no tendrás a nadie con quien compartir un recuerdo de infancia y mocedad?
Piasta se sentó a meditar a la orilla de un río, y decidió no ir a Tirnanoge, y morir cuando su hora le llegase.
POLIADES.— El tabernero de Ítaca, compañero de Laertes y de Ulises.
POSADERO EOLIO, EL.— Estaba empeñado en saber quién era el coronado que venía en la moneda con que el piloto Alción le pagaba la merienda. No le gustaba que se hablase de la peste por farra. Estaba siempre alarmado, que siendo viejo casara con moza.
POSEIDÓN.— En la antigua generación dios del mar. Como hípico era temperamental y espantadizo. Muchas veces asomó su barbado rostro entre las olas y sonrió generosamente a las ligeras naves de los griegos. Un gran loco, en fin, como lo fueron los más de aquellos divinales, y lo son todavía los vientos.
PRETEXTOS.— Montañés de Paros, familiar de la casa de Icario. Imitaba en la tragedia griega el rugido del león y el catarro del búho. Reconoció en Ulises la misma mocedad heroica que amaba contemplar el teatro, y se quitó respetuosamente el sombrero. Ayudó a huir al laértida de las sospechas políticas bizantinas del juez Teotiscos, y un día, como el ítaco quería, apareció su roto labio tras la cabeza inclinada de Penélope. Ladró entonces imitando el perro que en el arenal guarda una barca y ve venir al amo que en la mano trae un hueso vacuno rebosando dulce tuétano. Vivió en casa de Ulises y fue ayo de los infantes de Ítaca. Fue un noble, paciente y respetuoso compañero.
PÚNICO NUDO, EL.— El más noble de los nudos en las naves y en las sandalias antiguas. Se lo enseñó Foción a Ulises cuando el laértida cumplió cinco años de edad. Ulises lo aprendió a la séptima demostración, como en Troya Héctor, domador de caballos. El niño Ulises mostraba a los presentes la huella negruzca, en las palmas de sus manos, de los cordones embadurnados de pez.
RICARDO CORAZÓN DE LEÓN.— El rey de Inglaterra. Pasando cruzado hizo aguada en Ítaca. En la fuente halló a Amaltea, esposa de Apolonio el Cojo, y la usó.
SABELLA, DONNA.— Reina de Nápoles. Cantaba de ella el ambulante del anteojo, Ferruccio Sorrentino, aquello de «chiammate-me Sabella sventurata». La echó con calumnias del trono un sobrino que tenía.
SACRISTÁN DE SANTANGELO, EL.— Hombre gordo, que en las viñas famosas.
SERGIO.— Cuñado cretense de Penélope.
SICILIANA, LA.— Ama mayor autorizada de la mancebía de Ítaca. Tenía la casa con mucho respeto, trato de usted y pronto pago. Todas sus pupilas eran griegas. De una rubia se enamoró Ulises en la fiesta de las espigas.
SILVINA.— Cierva que amamantó a Amadís de Gaula, en la historia que representó Ulises para la niña Helena.
SILVINO.— Pregonero de edictos imperiales en una comedia de Esmirna. Era dueño del garañón Patroclo. Le birlaba la voluble Felisa un corredor de media legua vallas. Silvino, que era viudo, creía que todo se lograba de las mujeres con hablarles en griego literario.
SOMBRERERO DÁLMATA, EL.— Tío de la moza Lucrecia, muy apreciado en la República de Mar, Tierra y Torre de Ragusa.
SORRENTINO, FERRUCCIO.— Ambulante napolitano que llegó con su anteojo mágico a Famagusta. Ciego cuando Basílides quedó cojo, no hacía más que lloriquear «torna a sorrento». Aunque cristiano latino, terminó su vida como ventrílocuo de cámara del señor abad de la Panagia, que lo era un cojo terco y pleiteante, que con las varias voces que sacaba Ferruccio, ponía testigos falsos y ganaba los interdictos.
SURESTE.— Viento de septiembre, cuando las Pléyades salen vespertinas. Es el viento de la luna llena de las vendimias. Viento para regresar. Lo perfuman los olores del otoño.
SUROESTE.— Viento de mayo, cuando las Pléyades salen matutinas. Las grandes navegaciones de los griegos se hicieron en generosa amistad con él.
TADEO.— Médico de Samos, desterrado porque quiso resucitar en la isla suya las demagogias antiguas. Fue muy bien recibido por los exiliados de su secta, quienes en su manto, regado con los vinos samios, reconocían los caldos de las viñas favoritas. Quitaba las verrugas por arte suasoria.
TARENTO.— Ciudad, de la Magna Grecia. Escuela de Medicina con doctrina sobre sanguijuelas y catálogo propio de simples. Tiene jardines y tirano. Cuando ahorcan a alguno en la plaza, si no saca la lengua, no le dan mérito y silban al verdugo.
TARTESOS.— El reino de Argantonio, al Oeste. Está a caballo de un río, al que sale un jinete con una bandera diciendo dónde han de anclar las naves helenas.
TEMADES.— Piloto de Ítaca que tenía una gran verruga roja en el mentón. Cobraba por dejársela tocar por los marineros. Tocando con el mentón a las vacas estériles justo debajo del rabo, las hacía fecundas. Era casi enano y muy polémico.
TEODORA.— Emperatriz de Constantinopla muy célebre. Inventó el hojaldre. Casó de segundas con el ministro de Hacienda de su difunto esposo, y lo hizo coronar basileo. Caso único en las historias mundiales.
TEÓGENES, SAN.— Santo cirenaico y piloto. Jugó con los vientos a la taba grecolatina.
TEOTISCOS.— Juez de Paros. Sospechaba si Ulises no andaba levantando desterrados contra el basileo, además de que le cayera mal la vanidad aristocrática del laértida. Si lo pesca, lo cuelga con arreglo a la Lex Aemilia de sumpdbus et liberrinorum sufragiis, por exceso de guardarropa, y de acuerdo con la Lex Antonia de Dictadura in perpetuum tollenda, por las supuestas opiniones políticas. Era gordo y sentimental, y no se quería casar mientras no terminase de ensayar un libro de coquetería e ilusiones de amor que comprara en Constantinopla y que se titulaba Cómo festejar la vida.
TRISTÁN.— Marinero portugués a bordo del bergantín del negro Lisardo. Tenía una sobrina bailarina, menina Dorinda, que era la gran novedad en Lisboa.
TUDELA.— Doña reina de Gaula. Venía de baños de Etruria y hacía posadas suizas. Quería la cabeza de Amadís.
TURIOS.— Ciudad famosa porque un día que venía sobre ella una armada enemiga, surgió poderoso el viento del norte y la dispersó; entonces los de Turios hicieron al viento polites, conciudadano suyo, y le dieron casa y tierras de labor. Un hombre de Turios naufragó en la costa del país de los italiotas.
ULISES, SAN.— Inventó el remo y el deseo de regresar al hogar. Tiene ermita en Ítaca.
ULISES.— El hijo de Laertes. Lo había aprendido todo, menos a esperar.
VIOLA.— La amó Foción. Su casa tenía dos ventanas. Abandonó Ítaca, pero volvía siempre a la isla en la boca de los marinos.
VIOLANTE.— Doncella de la señora Alicia. Traía el jarro de agua fría cuando la huérfana compasiva quería lavarle los pies al señor Ulises. No osó levantar los ojos del suelo, y le quedó para siempre la pena de no haber visto el rostro del extranjero.
VIRGILIO.— Sabio romano, mandó subir a Saturna, la mula blanca del cardenal de San Lorenzo, a la alta torre de Letrán, para conjurar los males que se anunciaban con eclipse y cometa.
VIUDAS DE LOS SICOMOROS, LAS.— Cuando habló Ulises de que las monedas de plata, coronados bizantinos, que mostraba Alción eran apreciadas para dotes matrimoniales, la viuda gorda y la del sombrero de capirote vendieron sus higos al precio que pusiera el piloto de Ítaca.
VIUDA DE SIDÓN, LA.— Véase su triste historia de amor.
ZENÓN, SAN.— Santo patrón de Ios.
ZENÓN DE IOS.— Mendigo de Paros. Bebía vino de la izquierda. Contando historias, con su cayado ponía en el aire los perfiles de los personajes. Tenía un decir coloreado. Era de los sedientos vespertinos.
ZOÉ, DOÑA.— Emperatriz de Constantinopla. Pasa por la calle en una comedia, en viaje de novios con su tercer marido, que le saliera poeta. Dejó apuntado a Pedro Cristóbal, alfarero de Atenas, por pretendiente si volvía a haber vacante.