VIII

Ulises se hacía marinero. Alción lo examinaba de Pléyades, llamadas hermosamente en el viejo Hesíodo las Atlántidas, porque las hubo la desconocida Pleone fecunda del más gigantesco varón de los siglos, Atlas, el que sostiene el mundo en sus amplios hombros. Estudiaba el laértida el, a los humanos ojos, corto viaje primaveral de las parpadeantes amigas de la navegación —brotar, lucir y morir, como la rosa—, y Alción le enseñaba que su nombre quiso decir, para los antiguos e imaginativos contempladores del cielo, las peleyades, las palomas.

—Debían volar muy bajo entonces —dice Alción—. ¿Dónde las nombra Homero, vástago sonoro de los retóricos? ¡A ver si sabes responderme! A esta lección asistí yo, en un amanecer de marzo, en el muelle de los perezosos tarentinos. Un astrónomo ponía cátedra de estrellas en cuatro espejos de aumento en una mesa. Inclinábamos las atentas cabezas para ver salir matutinas las Pléyades. Cuando surgieron, recitó solemnemente. Dice Homero de las rocas errantes…

—Sí. Es en la Odisea, en el nostos de mi ilustre homónimo, el héroe de las batallas y de los discursos. Se canta así: «No pasan por allí las naves sin peligro, ni aún las palomas tímidas que la ambrosía llevan a Zeus soberano. Siempre la afilada roca arrebata alguna, y el padre ha de enviar otra a completar el bando». Sí, volarían bajas, como el mergo en estío, con la cola en el agua. Parece que vaya a quebrar las alas contra los juncos ribereños.

Ulises aprendía vientos y maniobras, aves marinas, estrellas, corrientes egeas, sombras de montañosas islas en los horizontes y lo arduo y hermoso de la libertad del hombre en el mar. Conversaba con los tripulantes, quienes le mostraban la variedad coloreada del mundo y las gentes. Era todavía un fruto verde que no convenía descolgar de la rama, pero ya los azúcares de la madurez se hacían bajo su piel. En el último mes le había sombreado el bozo con trigueño y suave, y en el mentón barbado en dos cobrizas islas separadas.

—Esas cúpricas manchas, varón Ulises, parecen Paros y Naxos, mar blanco en medio, viniendo de los —rio Basílides viendo al laértida acariciar sus pilosas provincias.

La joven Iris avanzaba hacia Paros viento en popa, corriendo el mar que tiene suelo de mármol. Basílides le explicaba a Ulises el teatro nuevo.

—Ahora no salen los dioses parciales y caprichosos, decidiendo. Ahora le basta al hombre consigo mismo. Compra y paga. Como el hombre tarda en saber lo que quiere, por eso hay comedia. En Paros no hay velo para las actrices, y en los descansos puede pedirse la palabra al coreuta, y poner otro reconocimiento al final de la peripecia. Tiene el orador que atar todos los cabos, si no quiere que busquen su cabeza los ruidosos espectadores para blanco de naranjas podridas. En Trípoli de Siria pasa otro tanto. Gobernaba por el basileo un tal don Ioanes Melancolicus, que era un estratega retirado de la caballería pesada por el reuma, y representándose en aquel teatro una comedia de crímenes, parece que le tomó afecto al más joven de los asesinos, un soberbio que decía que se echara a la mala vida por culpa de una tal Estefanía, que sólo quería sedas y el pachulí había de ser de Malabar, y después asqueara las mujeres y las ponía a todas de cuatro letras. Y cuando en el tercer acto quitaban de tablas dos columnas que representaban el palacio del podestá de Corfú, para poner un telón con árboles, que era el bosque antiguo en el que prendían al airado bandolero, y en Trípoli hacen muy bien los bosques, que un zapatero que se llama Micino presta dos mirlos amaestrados que tiene, que se posan en una de las ramas pintadas y cantan variado y el himno de los verdes; digo que cuando ponían el bosque, pidió la palabra desde su palco el gobernador y ya no gustó que no se quitase la mitra colorada, y le dieron voz y con la suya adusta, todavía no desacostumbrada del ronco mando de dragones y caballos corazas, gritó:

»—¡Le pongo a Crispino un caballo de mi cuadra, y que salve por el camino viejo!

»—¡Tú no eres Apolo! —le gritaron.

»—¡Crispino me cayó simpático! —explicaba el gobernador.

»Lo sepultaron bajo montañas de naranjas podridas. Algunos dentro de mondas de naranjas metían piedras. Se perdió un zueco y yo lo encontré. Se lo puse en la frente al orador. Murió allí mismo, en el palco, de un ataque de apoplejía. Y la gente, de miedo a que Crispino se escapase, lo buscó por el bosque, bueno, por detrás del telón; lo colgaron de la viga maestra del decorado. Resultó que era una muchacha que salía vestida de hombre porque su hermano, al que tocaba el papel, estaba con anginas. Lo más curioso es que los mirlos de Micino ni se movieron de su rama, dale que dale con el himno de los verdes. ¡Cómo amaestraba aquel zapatero!

—¡Acaso pida yo la palabra en Paros! —dijo Ulises, imaginativo.

—A la gente le gusta llaneza y lealtad.

La goleta llevaba compañía de delfines, amistosos odres juguetones, y parecía estar en alta mar toda la república gritadora de las gaviotas. Era continuo y cordial el diálogo del viento con el velamen, y se adentra en el corazón de los marinos una cálida confianza. «Éste es el camino y el mediodía», se decían. La pequeña goleta se hacía tierra segura bajo los pies de los nautas, y si alguno, distraído en las faenas, tarareaba una canción del país natal, se sorprendía a sí mismo volviendo añorante la cabeza para contemplar los campos propios, olvidado de que iba tan lejos y embarcado.

—Mañana anocheceremos en Paros. Nos quedaremos al pairo fuera de la corriente cretense, y pasado entraremos con el alba. Si vendo los higos nos detendremos dos días —dijo Alción.

—Tomas el mar con mucha vagancia —comentó Antístenes-—. Los pilotos de mi país son arrendados con horario, y sólo es fuerza mayor para el retraso el viento que llega a Cirenaica; si no llega a Cirenaica, como si no lo hubiese habido. Tenemos cónsules con reloj de sol en las escalas más notorias, y al llegar las naves examinan a los capitanes, y en cada tripulación hay algún oficial secreto del gremio de mercaderes que por detrás de la cortina le apunta al cónsul cómo fue la travesía. Antiguamente esto no se hacía sin riesgo. Cuentan en la lonja de mi polis de un gran piloto de antaño, que ahora está en los altares de griegos y latinos. San Teógenes Mártir, que predicó al cierzo para que no abatiera sobre el huerto de un pobre anciano, en el que por vez primera había florecido el níspero. Predicó el santo durante siete días, y al final del septenario misó en cubierta, que además de ser piloto era clérigo tonsurado por la iglesia de Hipona, tan famosa. Y de ahí vino cierta amistad del santo con los locuelos vientos adriáticos, tan variables. Alguno de estos temporales tomaba figura humana y venta a la galera de Teógenes a jugar a la taba, y los otros sopladores asistían desde las nubes a la partida, callados mirones imparciales. Y Teógenes se retrasaba sobre | el horario previsto y no llegaba a Candía a las ferias de Pascua, ni a I Samos a las de San Conón. Un cónsul cirenaico examinaba a Teógenes de etapas y el santo no sabía disculparse, puesto que su santidad no le permitía mentir y bajaba la cabeza, mientras tras la cortina el espía de turno en su tripulación chivaba al cónsul, que estaba al pie del reloj de sol y tenía calendario recién pintado en la pared, que Teógenes había retenido por tres días el viento que llevaría su nave navegando a papahígos, por no decidirse en una jugada de tres y salto, y que el nortenordeste, que se acercara con capucha de nubes coloradas, tirara tres veces sacando alfa, y fue empate, y quizás hubiera trampa. Y el nortenordeste aquel debía de estar cerca, deslizándose con sus bien atadas sandalias, y debió oír que lo motejaban de tafur, y levantó la cabeza con grande ira, entró por ventanas, y se llevó volando al espía, y del reloj de sol arrancó el gnomón de bronce que figuraba un gallo, y la pieza cayó en la cabeza del cónsul, que perdió la cuenta de los meses, y todo era decirle a san Teógenes que había llegado pronto y lo proponía para una medalla.

—¿Y el espía? —preguntaba Alción, complacido con la historia del viento tabaísta.

—Cuando la nave de san Teógenes regresó a Cirenaica, salió la esposa, que era moza, con grandes lloros preguntando por el volador. San Teógenes, compadecido, se arrodilló, oró, mandó traer el tablero, puso los huesos en suerte, y aseguran que se le vio jugar con invisible contrincante. Puso dos deltas en vez con un punto de nueve, y ganó la partida. Al instante, cayó sobre la esposa desde el cielo el perdido marido, y hubo que dejarlos allí, de cómo se abrazaban.

—No sabía —dijo Alción— que hubiera habido un santo tan humano entre los pilotos.

—Tiene iglesia en Lataquia, entre olivos —aseguró Basílides.

Les anocheció, como Alción había anunciado, sobre la redonda Paros. El piloto puso la nave fuera de la corriente de Creta, que es un estrecho río de aguas tibias que sube hasta donde los blancos acantilados de la Grecia continental se llaman Ática, y allí se dispersa, en remolinos fértiles en peces. Se le veía pasar, rápida y añil, por veces con espuma en los bordes. Desde la tierra hicieron tres señas con un farol, y el propio Alción, abriendo y cerrando el suyo, respondió a la pregunta que hacían los isleños con seis parpadeos iguales:

—Pacíficos helenos —contestó.

—Viéndote estirar la aceitosa mecha cuando te disponías a encender tu farol, se me ocurrió que hubiera sido gozosa cosa responder con las voces de luz que están ordenadas para el caso, algo así como «inquietos extranjeros» o «temerarios piratas». ¡Poner curiosidad o miedo en la noche isleña! Eso, poner miedo. ¡Puertas atrancadas, soldados que corren, una muela que afila los cuchillos en un portal, madres que mojan la cabeza de sus hijos con saladas lágrimas, ricos que esconden tesoros, vírgenes aterradas, el guerrero fanfarrón enarenando los pies mientras blande la lanza!… Pero cuando se ha puesto a hablar tu farol, y con seis sílabas iguales ha dicho sobriamente «¡pacíficos helenos!», se me ha ido de la imaginación hasta la sombra de la loca aventura, y he comprendido que no puede dar a los que están en su isla habituales el que viene por el mar, más noble y humana respuesta. ¡Pacíficos helenos! ¿Quieres volver a decírselo, maestro, almirante Alción? ¡Soseguémoslos generosamente! ¡Soseguémonos también!

Alción volvió a encender el farol. Hirió el eslabón el pedernal y brotó la chispa; ardió la yesca bajo el suave soplo de la boca del ítaco, y pasó su llamada a la mecha. Seis veces abrió Alción la puerta de la luz.

—¡Pacíficos helenos!