I
—Dijeron mi nombre y me tocó en el pecho la punta de la vara del heraldo.
»—¡Jasón, de Iolcos, buena dentadura, vendido por primera vez!
»Me levanté rápidamente y me acerqué a la barandilla. Me habían dicho que convenía mostrarse resuelto y despierto. Uno que se levanta perezoso desmerece a los ojos de los compradores inteligentes, y queda para malos amos. El mío sería una cualquiera de aquellas bolsas de piel, llenas de monedas, que golpeaban una y otra vez la tabla del subastador.
»—¡Veinticuatro!
»—¡Veintiséis!
»Yo miraba por encima de los sombreros de paja y de las capuchas pardas de los compradores, el césped del cercano hipódromo. Un bayo que bebía en blanco no se dejaba montar.
»—No tiene varices ni está herniado. ¡Respira, Jasón! Y ahora enseña los sobacos a esta ilustre concurrencia.
El heraldo me ofreció una estaca, astillada en uno de los cabos. Era de fresno, sin un nudo. Verde, en el fuego, el fresno huele como cuando al hervir se derrama la leche por la plancha de hierro del hogar. Que no se te olvide. Hace bonito entrar en una cocina y sin mirar el fuego, decir: «Vosotros, los que escogéis el fresno para los ilustres asados…».
»—Muestra tu fuerza, Jasón, a tus impacientes compradores —me animó el heraldo.
»Tiré con todas mis fuerzas y desgajé. Más que a mis manos mirarían los compradores la vena de mi cuello y la tensión de los tendones.
»—¡Treinta y siete! ¡La edad de Patroclo!
—¿Tenía treinta y siete años Patroclo? —preguntó el pequeño Ulises cruzando sus brazos sobre las rodillas de Jasón.
—Treinta y siete cumplidos. Hasta los diecisiete le hizo su madre, cada año que cumplía, un nudo en la cabellera. A los diecisiete años comenzó Patroclo a hacerse él mismo nudos anuales en la barba cobriza. Cumplía los años en mayo, el día en que la codorniz regresa de Egipto. Viajera nocturna, aprovecha con habilidad los vientos y calcula las escalas.
—¿Hay codornices en Ítaca?
—En julio te llevaré a que las veas dormir la siesta.
Jasón bebió del porrón, no más que por mojar labios y lengua, y dejó caer del pitorro unas gotas sobre la cabeza de Ulises, quien esquivó el chorrillo riendo.
—Si tu madre Euriclea fuese tan previsora como la madre de Patroclo, tendrías ahora mismo catorce nudos en tu suave cabellera, príncipe Ulises.
—¿Soy ya un hombre, Jasón?
—Nunca sabe uno si de verdad es un hombre. Los otros te mecen como cuando se limpia un odre, y una vez bien mecido, y mediado de agua salada, miran a ver si te tienes o caes. Pero íbamos en que un anciano que se cubría con un sombrero de paja negra, levantando ala sobre la frente, ofreció treinta y siete por mí. El heraldo paseó su sabia mirada sobre la clientela. Nadie daba más. Con la punta de la vara tocó la tabla del subastador.
»—Lo has comprado. Sé humano con él. Los tiempos cambian de perfume cada día en la mano de los dioses. Un día cualquiera, noble Eurimedeo, Jasón podrá comprarte a ti con un cobre horadado.
»Éstas son palabras rituales. Nacen de la boca de los hombres ya gastadas y oxidadas. El corazón ni se entera. La tierra, cuando como ahora en ese desmonte nacen delicadas violetas, está atenta, tiene los labios suyos húmedos en las raíces de la planta, y sopla, como el vidriador con su boca la ígnea pella, color y forma en el aire. Solamente una vez al año hay aquí violetas, Ulises. Los hombres están a veces diciendo flores, y tienen el sentir en otra parte.
Habían subido mucho más arriba de la última viña. Jasón quería mostrarle a Ulises la labor de los jornaleros llamados por su padre para sangrar los pinos. Llevaban merienda de pan blanco y sápido queso de cabra.
—Eurimedeo quiso, tan pronto como llegamos a su casa, que le contara mi vida. Vivía en las afueras de Tebas, en el camino que llevaba a la puerta de los Dos Hermanos. Era dueño de una casa de dos plantas con amplio patio, y tenía mediana labranza. Tebas es cereal. Eurimedeo me dijo que me había comprado por el nombre y la nación. La mujer, una vieja flaca y desdentada, preguntaba a gritos si el aquel fuerte Jasón no iba a comer una oveja cada día. Eurimedeo puso un gran jarro de vino sobre la mesa. Allá el vino es negro y el barro, blanco como la nieve. Sujetaba el jarro con su nudosa diestra. Yo tenía sed.
»—Cuéntame tu historia, Jasón —ordenó.
»—Nací en Iolcos, hijo de cardadores y nieto de cardadores. Cuando me di cuenta, yo era un cardador, y sabía cruzar las cardas, pasar, soltar y volver. Un año fui a cardar a casa del rico Antinos. Según la costumbre, como era el más joven de los cardadores, me sentaron en un rincón del patio, frente a los montones de la lana negra. El buen cardador se sienta con las piernas bien abiertas, tras haber aflojado el cordón de las bragas, y con la túnica tapará el porrón del agua. Por muy estrecho que sea el pitorro, siempre entrarán polvo y pelusa. El agua para la sed del cardador se mezcla con vinagre. Por cama me dieron un haz de paja. Vecinos míos eran dos cardadores montañeses, calzados con pesados zuecos y alegres roncadores. Uno de ellos tenía una hija. Era muy hermosa. Volvía entre las cardas una mano de lana, y vi una sombra cruzar sobre mis manos. Era la sombra de su cabeza. Se apoyaba en la columna del porche, a mis espaldas, y me hablaba, se dirigía a mí, al joven Jasón. La sonrisa me hablaba. Le dije mi nombre, turbado, y ella puso su pie izquierdo sobre mi rodilla, y se inclinó para apretar la cinta verde de la zapatilla. Su negro cabello rozó mi frente. Me dijo que todas las mañanas, al amanecer, llevaba cuatro ovejas al abrevadero. Rompí a sudar. Cumpliría yo entonces dieciséis años. ¡Oh!, mi madre me golpeaba cariñosamente, despertándome, con el rabo de la escoba, y me decía:
»—¡Arriba, rey de los cardadores!
»Hay muchas maneras de casas reales en los corazones de las madres, príncipe mío. La hija del montañés se llamaba Medea. Es un nombre muy dulce. Dilo haciendo larga la segunda e. Mi amo tebano interrumpía mi discurso con frecuencia; quería saberlo todo; quería saber lo que pensaba yo en cada instante, y lo que sospechaba yo que pensarían los otros, y las distancias, y la piel de Medea, ¿cómo era? Sí, era suave y caliente, pero no podía decir cómo. ¿Y veía los navíos en el mar cuando apoyaba mi mentón sobre la inquieta cabeza de Medea? No me dejaba adelantar en mi historia. Yo tenía sed, pero él no soltaba el jarro. Vino la vieja, a la que toda la tarde se la había oído reñir en el granero con las criadas, y puso un candil de aceite encima de la mesa. Mi amo soplaba en el vino, y caían ante mí gotas oscuras.
—Los dioses te concedieron una boca demasiado rápida, Jasón. ¿Cómo quieres contar una vida en una hora?
Me hacía volver al comienzo, cómo era mi casa, de qué hacíamos las púas de las cardas, cómo se llamaba mi abuelo. La cinta verde de la zapatilla de Medea, ¿le ceñía la pierna hasta la rodilla? ¡Oh, horas y horas! Yo me caía de sueño. Decía lo que él quería.
»—Claro, la mataste y huiste. Te salió puta la niña. Siempre queda sangre en las uñas, me decía.
»Yo miraba mis uñas y veía la sangre. Sudaba. Sudo por nada. Yo no maté a Medea, pero veía su sangre en mis uñas. Y la huida. Me hizo contar la huida paso a paso.
—¿Oías el mar a tu diestra?
—Sí, lo oía. Lo oí durante toda una larga noche. ¿Qué dije cuando los piratas me pusieron los hierros? ¡Tengo sed, amo!, imploraba.
»—¿Mucha? —me pregunta sonriendo.
»—Sí, mi amo. Mi lengua es ya una áspera ortiga…
»Se reía de mí. Me preguntaba si yo había leído eso en Homero o en qué poeta. Yo no sé leer, Ulises, amigo mío. Se apagó el candil y el viejo se marchó con el vino. Lamí el que vertió sobre la mesa. Haber recordado la huida me hizo comprender que seguía huyendo. En Tebas no se oye el mar, ni a la derecha ni a la izquierda. Si alguna vez tienes que huir en Tebas, guíate por el viento: levante y norte dan montes, poniente y sur dan mar. No había comido ni bebido en todo el día. Salí al patio. Eurimedeo, teniendo de la cadena un enorme perro de oscura capa lobuna, y empuñando corto venablo, me miraba. Estaba loco. Como yo estaba huyendo, amigo Ulises, tenía miedo. Me preguntaba, aterrorizado, por lo largas que son las leguas, y cuántas habría entre Tebas y los bosques en que nace el viento del oeste, y si esa boca es grande o pequeña, si tiene colmillos afilados, y qué flauta sopla, y si uno de sus labios baja hasta el mar qué habrá a la izquierda, como en Iolcos hay mar a la derecha, y si ese labio sería una playa visitada por lejanas naves… Eurimedeo se rió. Se le rió todo el rostro. Yo no se lo veía, pero sabía que se estaba riendo, riendo con los ojos miopes, con la barba rala, con la corva nariz. Y el perro también.
—Nuestro Argos no sabe reír, Jasón.
—Porque es un perro libre y cazador, tiene nombre de vela vagabunda, lame manos de hombres libres. Pero los perros esclavos, guardianes de esclavos, esos sí ríen. Reía el perro. Te lo juro, Ulises. En Iolcos juramos por Hércules Peregrino. El perro también estaría loco. El amo le habría hecho contar pelo a pelo su vida, hasta enloquecerlo. Me lancé contra el viejo con la cabeza baja. En Iolcos, en las fiestas, saltamos sobre pellejos llenos de viento y bien engrasados. No le di tiempo a adelantar el venablo. Cayó encima del perro, enredadas sus piernas en la cadena. Un confuso montón de gritos y de ladridos se revolcaba en la arena del patio. Subí a un plátano y salté el muro. Corrí. Pasaba al pie de murallas de ricas ciudades, de antorchas, de ladridos de canes, de leques en las que hombres que se ceñían la faja me gritaban:
»—¡Espera, forastero! ¡Llevo tu mismo camino! ¡Me contarás tu vida!
»¡Qué manía en Tebas de oír vidas! ¡Nadie puede contar su vida sin echarse a morir!… La ortiga de mi lengua bebió agua de muchas fuentes. Y un día oí el mar a mi izquierda. No, no era el corazón a punto de estallar: era el mar. Una nave de Ítaca cargaba aceite. Los ítacos regateaban desde la nave. Uno de los que compraban se llamaba Laertes. Tenía la voz redonda y noble como un anillo de oro.
»—Laertes —grité—, ¿necesitas un criado?
»En vez de una ortiga mi lengua era ahora un gajo de naranja lleno de dulce zumo.
Ulises tomó de las manos a Jasón y tiró de él, para que se incorporase. Bajaron hasta la polis brincando los siete setos de los siete prados comunales, y después, por entre floridos viñedos. Más allá de los cipreses, Ulises se adelantó a Jasón y fue arrancando hojas a las ortigas que nacían contra la muralla, y escondiéndolas en el bolsillo de su túnica. Argos meneaba la cola a la puerta de la casa paterna.
—¡Salud, orejudo compañero! ¡Que nunca aprendas a sonreír!
Por la noche, cuando roncaban unísonos Jasón y el can, Ulises buscó sobre su cama la túnica, y en el bolsillo las hojas urticarias. Sin vacilar las llevó a la boca. Quería hacerle aquel favor a Jasón. Quería ser leal a la larga huida y oscuras noches aterradas de Jasón. Huir con él, desde Tebas. La lengua se le hinchaba en la boca y le ardía el paladar.
—¡No, no gritaré!
Y aguantó en silencio durante toda la noche, como si tuviera en la boca la amarga mocedad de Jasón. Cantaban gallos la amanecida cuando Ulises se durmió. «La áspera ortiga de la lengua», si es que está en Homero o en otro poeta, allí solamente será un bello hexámetro.