IV

Los cuñados se pasaban la jarra de vino. Pequeños y cetrinos, recién afeitados, vestían ropas de fiesta, y los cinco abotonaban el negro chaleco con gruesas piezas de plata.

—Se agradece el vino —dijo uno, y los otros asintieron.

Laertes llenó otra jarra y gritó por Jasón.

—Corta más cecina y saca del aceite un queso.

—Laertes, eres generoso de tus bienes —dijo uno de los cuñados.

—Laertes, derramas amistad —dijo otro.

Parecidos de rostro, tenían la misma voz chillona y el decir aldeano. Se rascaban unánimes las perneras. Laertes los contemplaba con irónica curiosidad.

—Hemos oído tu discurso a la puerta de la iglesia.

—Fuiste muy mirado con tus antepasados.

—Los nuestros hubieran querido oír su nombre de tus labios.

A lo que uno decía, asentían los otros cuatro, inclinando la cabeza y golpeando en la mesa con los puños cerrados.

—Citar a nuestro abuelo Basilio parecía obligado. El que esto dijo se levantó y se santiguó. Se limpió los labios en la bocamanga de la camisa encarnada.

—Le había comido la mano izquierda un puerco, y su padre le había regalado una guitarra napolitana dos días antes. ¿Y qué decía Basilio mientras el físico le cosía la mano?

Se levantó otro de los cuñados. Vino a arrodillarse en el banco en que se sentaba Laertes.

—¡Eso, eso! ¿Qué decía Basilio?

—Cuántas veces no se lo hemos oído contar a nuestro padre y a nuestros tíos. Basilio no lloraba. Basilio no gritaba. Basilio contemplaba la guitarra napolitana puesta a los pies de la cama, el clavijero adornado con cintas de colores. ¡No llores, cariñoso padre mío!, exclamaba. Con la mano derecha pisaré las cuerdas en el traste y con los dedos del pie izquierdo las pulsaré y haré cantar. Y lo logró. Durante cinco años, día a día, ensayó las canciones de primavera.

—¡Las danzas de mayo!

—¡Durante cinco años, sin cesar: tiró, tiró tirolaina, tiró tiró!

—Nadie las tocó igual.

—Ni las cantó:

¡Flor de melocotón, rosada
mejilla del aire!
¡Ay, a las niñas en mayo
les duele la cintura!

—Lo llevaron a las fiestas de Creta. Querían que se quedase de salmista en el monasterio. Su Beatitud se abanicaba con la tiara y no se cansaba de oírle cantar. Bebían ratafía blanca por el mismo vaso, y Su Beatitud le decía: «Basilio, ahora que estamos solos, ¡toca para mí esa canción de la mejilla del aire!».

Los cinco cuñados, de pie, pequeños, morenos, inquietos, con el chaleco desabotonado, con las blusas encarnadas fuera del pantalón, iban y venían por la cámara y se quitaban los unos a los otros las palabras de la boca.

—¡Eso! ¡Como cantaba! Tenía hermoso bigote, y la guía del lado derecho la llevaba a la oreja y la sujetaba allí con un prendedor de pedrería fina, regalo de una señora.

—De la viuda de Creta, sí señor. Una señora rica, dueña de naranjos. Pero Basilio quería casar en Ítaca. Era un carbonero de corazón. Músicas de lejos, sí, ¡pero el carbón…!

—Despertar en la noche, —interrumpió Laertes—, levantar la piel de cabra que cierra la entrada de la cabaña, y ver el ojo rojo de cada pila en la tiniebla.

—¡Eso, eso! Ver el ojo rojo, oír ¡cric, crac! dentro de la pila. Casó con la hija del piloto Temades. Nosotros nos llamamos los basilios en memoria suya. Su Beatitud de Creta le decía: «¡Basilito, no te vayas! ¡Imita el perdigón en celo, querido amigo!». ¡Ahora no hay de estos hombres!

Laertes bebió largo por la jarra.

—¡Basilios, cuñados, por muchos años!

—¡Amén!

Laertes ofreció a los cuñados las doradas tajadas de queso.

—Debí, señores parientes, decir que hice a Ulises en la hermosa Euriclea, de la ilustre familia de los basilios. Se me olvidó. Se le olvidó a Poliades. Yo no cesaba de pensar en el hijo.

—Ulises, un basilio por parte de madre —interrumpió uno de los cuñados, rebosándole queso de la boca.

—Sí, por parte de madre. Desde que conocí vuestra casa en el monte, para mí fue siempre la casa de Euriclea. Nunca dije que ya había llegado a la casa de los basilios. La genciana puesta a secar en sábanas de lino, el pan recién salido del horno y estibado en la panera de travesaños de nogal, las largas cintas de pimientos colorados colgados de la pared, las ollas llenas de agua de rosas…, todos los olores y todos los colores del portal de la casa de los basilios, para mí tenían solamente un nombre: Euriclea; y por habérsele oído decir a las mujeres, yo decía siempre, Euriclea la pálida. ¡Es muy hermosa!

Laertes apartó la cortina que dejaba ver, al fondo del pasillo, la cámara nupcial. Se veían los labrados pies del amplio lecho matrimonial, y caía hasta el suelo de blancos azulejos el fleco de la colcha de rojo damasco.

—La primera vez que nombre a Euriclea en público, cuñados, diré que hablo de la basilia Euriclea.

Los cuñados rebañaban el aceitoso queso en los platos de barro.

A un tiempo, con la boca llena, se inclinaban para decir, solemnes:

—¡Por muchos años! ¡Larga vida!

—Si conserváis la guitarra napolitana de vuestro abuelo Basilio, os agradecería que un día, cuando Ulises sea doncel alegre, le permitáis aprender en ella las canciones de mayo.

Se fueron los cuñados, canturreando beodos, y Laertes salió a despedirlos al camino. Se sentó en el banco de piedra, cabe la puerta. El can Argos vino a sus rodillas, la larga lengua latiente. Se acercó Alpestor con una taza de requesón entre las manos. Sorbía en ella sonoro. Se sentó al lado del amo.

—¡Los basilios! ¡Unos puercos! ¿Sabes por qué salió Euriclea tan hermosa y tan pálida? ¿Tú sabes, amo y señor, por qué salen manchados los conejos que cuida Jasón? Porque el conejo padre es blanco. A Basilio el Manco la mujer le ponía los cuernos. Era hija, como sabes, del piloto Temades. Temades era un hombre pequeño, casi enano, con una gran verruga roja en el mentón. Casó en Alejandría y allá enviudó. Regresó con la hija. No hubo en su tiempo moza más hermosa en Ítaca. Temades ya no navegaba. Cobraba por dejarse tocar la verruga por los marineros. Daba buena suerte. Cleomenes tenía una vaca que no empreñaba. Le dio a Temades una moneda argiva de media onza, y este acarició con su mentón a la vaca, mismamente debajo del rabo. Nueve años seguidos trajo cría la vaca. Querían llevar a Temades para el campo caballar de los bizantinos, a asegurar la preñez de las yeguas. Temades dotó ricamente a la hija, y esta escogió a Basilio. Se casó con él por la música. Basilio, para tocar a su gusto, tenía que tumbarse en el suelo. Tenía el pie izquierdo tan suelto y fino como una mano. Cogía la púa con los dedos, y trinaba. Vino un amigo de Temades a la boda y por curarse de una tos. Era pariente de los que son príncipes entre los samios: alto, flaco, siempre vestido de verde y con esclavina púrpura, sin nada a la cabeza. Fue con ese. El primogénito, tu difunto suegro, fue del forastero. Le llamaban el Pálido. Euriclea salió a él. Siempre cortés, bebía en las tabernas con los boyeros y los marinos.

Se levantó Laertes, y cual si estuviera en el ágora, a la cabeza del banco de los señores carboneros, abriendo los brazos con afectada solemnidad, exclamó:

—Y habiendo casado Laertes con Euriclea, princesa samia de singular hermosura y piel más blanca que la leche de los higos verdiscos…

La antorcha que ardía ante el portalón se apagaba a la altura de la cinta de hierro del poste, pero antes de morir daba a la noche relámpagos rojos y amarillos. Alpestor miró a los ojos encendidos del amo, brillantes por el mucho vino embarcado, y con gesto sacro rompió la taza contra los guijos del camino. Las ranas que croaban en la charca de la fuente, asustadas, callaron.