I
El laértida cumplió largas jornadas en el mar. En nave de ajena nación, en cuyo puente se oían extraños y oscuros acentos levantinos, navegó toda la vuelta de Fenicia y las Sirtes. La luna de las vendimias lo halló en el mar de Siria. Alfa del Cisne presidía serena e impasible las noches. El invierno lo retuvo cirenaico, como a las golondrinas. Naufragó en nave cefalónica que subía hacia el mar de los jonios, y cabalgando un tablón violentamente arrancado a la nave por las rocas, vio las Pléyades matutinas. Las olas del mar lo llevaron a desconocido país, rico en ágoras, en las que contó notables vidas, todas diferentes y todas suyas. Muchos fuegos se consumieron delante de su voz. Asistió a solemnes batallas en las que cayeron grandes reyes de los bien ensillados caballos, quienes conocieron con los rostros ensangrentados la monarquía irrefutable del polvo terrenal. Príncipes adultos le cedieron paso, aceptando su arco infalible y la moral de sus discursos. Oyó voces misteriosas en la tierra y en el mar, y le fueron ofrecidas sidras perfumadas que daban al que bebiese eterna juventud, perpetua vida. Enamoradas bocas femeninas florecían junto a sus rodillas, y los días eran todos de sol, y el mundo un gran palacio que se le ofrecía con todas las puertas abiertas, y en los jardines el dulce verano.
Al fin, como ladrón que viene nocturno, en barca propia y único remador, asaltó el inquieto camino que conduce a Ítaca. Rogó a los vientos que le fueran propicios y ataran sus sandalias con nudos perfectos. Todas las mañanas veía a Ítaca en el horizonte, y coronaban el Panerón nubes blancas y humo carbonero. Vio pasar las golondrinas y las codornices, los malvises y la zumaya. Confiaba encontrar a Penélope en el paterno hogar. Estaría sentada al telar en que tejiera su abuela, la madre de Laertes, racimos azules en linos cándidos. Penélope saldría vespertina a la ventana con la madre Euriclea, posando el inquieto oído en la nueva y solitaria noche. Laertes bajaría al muelle, en los labios el amado nombre. ¿Quién derramaba como el más preciado de los vinos, noticias de Ulises? El más banal suceso se convertiría en agüero, y nada ni nadie podía evitar que los progenitores y la esposa soñaran con los terribles naufragios, las estrepitosas batallas, las pestes locas y la muerte. El telar se llenaba de ovillos de hilo negro.
Pero Ulises, adulto fatigado, regresaba. Sus pies se hundían en la playa de Ítaca, y del roce de los pies con la arena nacía una oscura canción. El héroe se vestía con burdos paños remendados, y la barba le poblaba el pecho. Hubiera podido anudar en ella cien años.
Fue reconocido difícilmente, aun cuando le daban su nombre y derramaban laudes y lágrimas. El perro Argos murió, del corazón acaso, cuando sintió sus pasos, y sin poder ladrar. La madre que hilaba en silencio, dejó caer el huso, y el padre tuvo la mano diestra delante de la boca hasta que supo que ya podía decir con la voz habitual y ronca:
—¡Ulises, llegas para la siega!
Ulises llegaba para la siega, pero Penélope no llegaba para el amor.
—¿Quién es Penélope? —pregunta Euriclea, y no necesita respuesta.
¡Ay, lejana isla de Paros! ¿Cuántas veces había la luna vendimiado? Las rocas que al sur de Ítaca se adentran en el mar conocieron los pies osados del laértida, y aclaró la mirada de sus ojos la sal marina.
—Padre, si para la vendimia no llega, volveré al mar.
—Llevarás nave propia, hijo.
El Cisne se adentraba en el cielo lentamente, viajando desde el nordeste. Acortaban los días, y terminada la trilla, regresaban a las islas vecinas los segadores con sus canciones. Alguno había casado en Ítaca, y a su lado iba la mujer, los ojos entusiasmados. La espera le pesaba a Ulises en el corazón. Se le ponía la impaciencia a temblar en la boca, y decía palabras vanas y en la soledad lamentos. El mar que rodea la tierra era cada vez más ancho y más profundo.
No quiero decir cuánto esperó Ulises, los años o los siglos, acaso. Cuando hablaban de él los compañeros y los cantores, parecían hablar de alguien muerto hacía mucho tiempo. Pero quiero decir simplemente que esperó, y ya se sentía más que maduro, y se le antojaba podredumbre la madurez, de tan cansado, solo, y no más que un vago sueño por amigo cotidiano, cuando la voz, aquella tan fácilmente vecina al grito, dijo lentamente su nombre. Vinieron a sus oídos las sílabas rodando, como a la quilla de la nave arrastrada en invierno a la arena, llegan tres olas ya vencidas y solamente espuma, cuando sube el mar. Los dedos reconocieron los ojos y la boca antes de que pudieran hacerlo los ojos y la boca. Penélope, la tan amada, era amarga. En la memoria de Ulises surgió Foción, mojándole el rostro.
—¡Toma, prueba! ¡Es amarga! ¡Es el agua del mar!
Nacieron en un instante abriles en el aire, y la harina de los días se hizo pan. El héroe pulsaba a Penélope como quien tiende un noble arco, y lanzaba la flecha de la sonrisa recobrada contra las tinieblas, reinventando la luz. Nacieron hierbas otra vez, y las cosas tuvieron nombre. Reemprendieron su curso el sol, la luna y las estrellas.
Pretextos, el labio roto alegre, imitó el perro que en la ribera guarda una barca pescadora, y saluda al amo que se acerca y le trae en la mano un hueso que rebosa dulce tuétano.