II

Poliades mojaba la pluma de ganso en la tinta roja, e iba poniendo los acentos. Dibujaba aquí, sobre una frase, la doble ala curva, indicándole a Laertes que tendría que elevar la voz al llegar a tal pasaje, y más adelante subrayaba otra, indicando la caída del tono y la voz confidencial. Satisfecho de su obra, esperaba impaciente la llegada de Laertes. Ya se habían ido los marineros, y el último en marcharse, como siempre, fuera Foción, el piloto.

—Me gusta vagar por la ciudad, Poliades. Ya no me ladran los canes, por conocido de ellos que me hice en mis vacaciones nocturnas. De alguno pudiera decir que espera el ruido de mis pasos para, en sueños, menear la cola amistoso. ¿Prefieres a Ítaca con niebla o con luna llena? En la luna de septiembre, Ítaca huele a membrillo. Voy a hacer la última navegación, antes de que venga el invierno, y subo hasta el callejón de la Ciudadela a olfatear la ciudad, el enorme membrillo. Escucho roncar a Almeno, quien durmiendo imita el cuerno en la boca de un niño que se estuviera iniciando en el arte de los siete tonos, bebo agua en el canalillo de la Garita, y paso una mano por los cristales de la ventana de Viola, acariciando lo que haya podido quedar allí del hermoso rostro…

—La vieron en Esmirna o en Marsella, o en los dos lugares a la vez. Cantaba y después pasaba platillo. Unos pilletes, con cañas, le levantaban las faldas. Viola corría tras ellos, con los bordados zapatos en las manos, gritando. Vinieron los guardias y la prendieron por borracha.

—¡Date al príncipe, Viola! —gritaba, riendo, un guardia.

—¡Puercos, tened las manos! ¡Artemisa, testimonia mi honestidad!

—Sí. Y Viola aseguraría a los guardias que el único príncipe, Foción, el gran piloto, rico en naves, vendría a rescatarla en medio de una gran tempestad de hierro y fuego. Fue culpa mía llevarla al teatro, a ver Otelo… Pero esa, Poliades, será otra Viola. La mía es de cristal. Es una ventana. No puedo acostarme con ella, pero puedo apoyar mi frente en sus labios. Con la luna de septiembre en la mano, mi Viola me dice adiós cuando en el dulce otoño me voy al mar.

—Todos tenemos detrás de nosotros un pañuelo diciendo adiós, Foción, y aunque hay algún que otro cabrón que no mira por encima del hombro el pañuelo que agitan desde tierra, lo propio del hombre adulto y sobrio es sorber una lágrima.

—¡Poliades, nunca te tuve por romántico!

Foción pagó la última ginebra. Salió a la puerta el tabernero, secándose las manos en el mandilón. Miró hacia el estrellado cielo, y paseó la mirada por las brillantes luces que lo poblaban: las dos Osas, Lira, el Dragón y el Boyero, con la espléndida naranja que se llama Arturo.

—Si ahora mismo, Poliades, cayera la Corona Boreal, no habría en toda Grecia rey más ricamente cubierto. ¡Está a pique sobre tu calva! —le gritó Foción al marcharse.

Cuando llegó Laertes, Poliades cerró la puerta y encendió la lámpara de carburo que colgaba de la viga. Sirvió vino para ambos, y ofreció a Laertes asiento tras el mostrador.

—Ya está escrito tu discurso, y convenientemente acentuado. Te recomiendo que lo leas lentamente. Procura imitarme. En mi mocedad he representado Alcestis de Eurípides ante los estupefactos cirenaicos, que regoldaban silfión amargo. Yo hacía el papel de Admeto:

Una malaventurada madre me dio a luz.
A los muertos envidio, los amo,
deseo habitar sus moradas.
No disfruto viendo la luz
ni pisando el suelo con mis pies.

Y me tapaba el rostro con el brazo derecho, y con la mano izquierda, en el aire buscaba el picaporte de la puerta del Hades. Y discurría sosegadamente con mi ilustre huésped, el dios Hércules. La verdadera conversación humana se aprende en la tragedia. Peso una libra de garbanzos zamoranos que viene a comprarme la noble Hermías, hija de Milipos, y cuando echo cuatro o cinco garbanzos en el platillo para poner la balanza en su fiel, exclamo con voz ronca, y tan bajo que sólo ella me oye:

En esta misma caja de cedro a mí mismo
me pondré, y mi costado será pesado
al mismo tiempo que el tuyo.

Y Hermías se ruboriza y me dice:

»—Eso lo oí yo con papá en Atenas, en el teatro.

»—Es Admeto, señora, quien así habla, no Poliades, el tabernero. Es Alcestis, de Eurípides. Ella se dispone a morir por él.

»—¿Tanto lo amaba? —pregunta la dama.

»Yo inclino la cabeza, sin responder palabra. Hermías se ha olvidado de mi calva sudorosa, de mi sucio mandilón, de los garbanzos de Fuentesaúco. Se retira turbada, apretando el cartucho contra el gracioso pecho. Dejó la moneda de plata en el mostrador y ni osó esperar a que yo contara la vuelta. No es que la doncella me vaya a ofrecer su cama, Laertes. Es otro sentimiento más profundo y espiritual el mío. Suponte que una noche cualquiera, llevada por esas palabras que dijo, Hermías sueñe conmigo. En su sueño yo puedo ser un héroe perfumado. Yo no lo sabré nunca, ni me importa no saberlo. ¡Y Foción no me tenía por romántico!

Le acercó a Laertes los dos pliegos de papel de barba en los que había escrito el discurso.

—Llegas con el discurso enrollado a la puerta de la iglesia. Te siguen dos criados. Que pongan la damajuana con el vino lejos de tus rodillas, por si con la emoción te tiemblan las piernas no tropieces con ella. Al vino le conviene quietud. Lees el título con voz alta y clara, acaricias con amistosa mirada al auditorio. ¡Lee, amigo Laertes! ¡Estoy impaciente por oírte!

Laertes apartó las libras de chocolate apiladas en el mostrador, se aseguró de que ante él la tabla, blanca por los constantes fregoteos con lejía estaba limpia y seca, y desenrolló los pliegos. Hizo el gesto de quitarse el sombrero de paja ritualmente adornado con naranjas. Tosió, aclaró, y leyó con voz tranquila y coloreada.