V
Bajaron sin prisa desde los montes a la vallina. Antes de iniciar la bajada, en lo más alto de los pastizales, por donde va el camino real, Ulises se detuvo a contemplar la casa y las tierras de Penélope. Las miró como parte corporal de ésta, con amor, y se prometió recorrerlas paso a paso para poder poner estampas a las palabras de Penélope cuando en Ítaca le contase memorias, acaso añorante. Quería saber de qué fuente bebía, y en qué cerezo las cerezas más dulces.
—¿La conociste hace mucho tiempo? —preguntó Pretextos.
—No. Fue hoy la mirada primera.
—¡Ah, un pronto de asombro! ¡Me gusta a mí eso! En Esmirna estuve en una comedia en la que una muchacha llamada Felisa veía desembarcar a un corredor de medía legua vallas, que traía una cinta azul por la frente, y a la hermosa se le caía de las manos un florero que estaba limpiando. El atleta, sorprendido, levantaba la cabeza y dejaba allí el corazón. Ya se pone en los papeles de la comedia, al margen: «Un pronto de asombro». A ella querían casarla con un pregonero de edictos imperiales, que era viudo, pero sacaba un sobresueldo con una parada que tenía, con garañón calabrés, y siempre estaba en la farsa alabando el garañón, que si era muy humano, y muchos maridos debían tomar apuntes de miramientos, y que no se mareara desde Catania a Famagusta de Chipre, que era donde pasaba la pieza. Cuando se representó por segunda vez, entrando el viudo a tratar las bodas, y ponía en la mesa una bolsa con dinero, y la Felisa estaba dentro de un armario abrazando a su corredor, y el armario estaba abierto por detrás con arte, para que el público viera las caricias, yo me levanté e imité el cuco. Fui muy aplaudido y el teniente veneciano que presidía me mandó vino y pastelillos de nuez.
Pretextos humedecía con la gorda lengua el labio roto, e imitaba el cuclillo de mayo.
—¡Cu-cóo! ¡Cu-cóo!
Con ellos, con el frío hocico pegado a sus espaldas, bajó desde la montaña la niebla, pisando lentamente los pastizales y los trebolares, y deshilándose en las retorcidas ramas de los olivos. Allá abajo, en un abierto, estaba la polis, dorada por el sol poniente: el mar era una verdiclara túnica ondeante. Ulises le señaló a Pretextos aquel hermosísimo campo de luz.
—Alguna vez, en mi isla, he bajado del alto Panerón con la niebla en los tobillos, can sumiso y silencioso, y cuando comenzaba a temer la noche en los caminos, entre dos espesos paños de niebla, veía, abajo, el último rayo de sol en la arena y en el blanco muro amante de mi ciudad, y entonces se me ocurría cantar, y corría hasta entrar en el corral de mi casa cantando, y soñaba yo que mientras cantase, la niebla no me envolvería del todo y vería el camino con mi voz, y con ella mostraría mi rostro al criado que acudiera a esperarme con una antorcha de carbas retorcidas, y a la madre que salía a la solana, inquieta, preguntando si había llegado el hijo vagabundo.
La niebla se iba como un río por entre las colinas que veían el mar, y dejaba en la claridad vespertina los cerezos y el palomar. A la puerta de éste encontraron a Ofelia zurciendo en los volantes de sus faldas. A su lado, tendido boca abajo, dormitaba Zenón.
—¡Oh, amo! —dijo Ofelia con la amplísima voz.
Despertaba Zenón frotándose los ojos. Mientras dormía se había babado, y la baba era de tinto de la izquierda, una gran mancha redonda en la camisa remendada.
—¡Ah, duque! ¿Traes contigo un dios que encontraste perdido en la niebla? ¿Aumentas tu casa con bárbaro hondero montañés?
—Éste es Pretextos, Zenón, que baja a Paros a imitar el búho en la función del rey Lear.
—Ayer llegaron los cómicos. Esta mañana he bebido con maese Juan Pericles en la plaza. Trae una bailarina nueva. Amo, le hablé de ti a la bailarina y a Juan Pericles. Les dije que eras de la familia del rey Lear, un príncipe de britones, y que querías saber por el teatro cuán tristemente fue cortado aquel ciprés real.
—¿Eres de esa sangre, señor Ulises? —preguntaba Pretextos quitándose el redondo sombrero de paja—. ¿Eres de esos mortales sagrados?
El amor a Penélope le imponía a Ulises una natural veracidad en todo lo que ahora había de decir de sí. En casa de Icario, contando de la suya, había sido modesto, y solamente exagerara afirmando de su ánimo vagabundo, porque en algo tenía que ser heroico ante los ojos verdes; con eso, y con dejar como misterio parte de los motivos de su viaje, podía incluso fingirse melancólico o ponerse triste en alguna ocasión, y pasear distraído como ensoñando, sin que nadie viniese a interrumpir su soledad. Tenía que ser verdadero, a pesar suyo y por amor. Pero la ocasión de pecar estaba allí, en la asombrada mirada de Pretextos, en aquel sombrero de paja que dejaba descubierta la monda cabeza, en el temblor de la voz del imitador de leones y búhos.
Y tras la brillante calva rosada de Pretextos, el ojo único, admirable y admirado, polvo de oro en el aire de Ofelia, esperaba.
—Sí, de ésos soy, por una abuela mía que parió de Ricardo Corazón de León.
—¡A la tierra le gusta pesar sobre los pechos de los héroes! —dijo Pretextos sentencioso, y se santiguó—. ¡No mueras mozo!
—La bailarina puede venir esta noche, amo. ¿Sabes lo que cenan las bailarinas? Las bailarinas cenan pichones con higos y anguilas con cebollas dulces. ¡No es que se le antoje hoy a Zenón de los, amigo de Apolo, este menú aristocrático! En Atenas tenía yo un amigo llamado Cristóbal, un rico alfarero. Todo lo que ganaba con sus jarros pintados, que los hacía muy alegres en forma de gallo para los conventos, donde sabes que ni aun de barro puede entrar una gallina, todo lo gastaba en bailarinas. Siempre había en su casa una bailarina, y todo el gusto de Cristóbal era emborracharla y subirla a la rodela de su rueda más grande, y mientras la muchacha bailaba puntas, Cristóbal la hacía girar y entre sus pies se ponía a formar un jarro gallo, y la cresta, en vez de ponérsela de cinco puntas, se la ponía de una, fálica, y la alargaba riendo hasta las rodillas de la danzante, o más arriba. ¡Qué reír tenía el señor Cristóbal! Pues todas las bailarinas de escuela están contextes en estos alimentos: pichón frito con higos moles y anguila picada con cebollas dulces. Mi amigo Cristóbal compraba al por mayor en el Pireo las cebollas. ¿No oíste hablar de Cristóbal, Pretextos? ¡Salió en una comedia, en Bizancio! Pasaba doña Zoé, que era emperatriz casada de terceras, y viendo uno de los gallos de Cristóbal, que quedara en una ventana después de una juerga del alfarero, entró irritada, preguntando quién osaba recordarle el marido segundo ahora que estaba de bodas nuevas, y Cristóbal se disculpaba, colorado, y tuvo que hacerle a doña Zoé una demostración de que la insólita cresta aquella la sacara de sus partes. La emperatriz lo dejaba apuntado ante escribano por pretendiente preferido, si se le iba el tercer marido, que era poeta.
—La bailarina no vendrá esta noche, Zenón. Pretextos trae en el zurrón pan y cecina de vaca.
—¡Nadie le tocó al vino, amo! —aseguró Ofelia.
—¡La bailarina es tracia, duque! —insistía Zenón, y con el cayado dibujaba rápidas curvas en el aire.
—Olvidas, Zenón, que en este palomar pasa sus noches la casta Ofelia, a quien honestos mancebos atan las hermosas rodillas.
La niebla apresuró la noche. Cenaron en silencio a la luz del farol de aceite. Ofelia echó el manto blanco de Ulises sobre los hombros del mozo y le descalzó las sandalias. Se oía caer amistoso el vino desde el jarro a los cuencos, y en éstos espumaba, inquietas pupilas las burbujas de invisibles compañeros. Cantó la lechuza en el olivar.
—¡Aún no se oyó este año la zumaya! —dijo Ofelia, y le salió la voz como el canto del ave.
Pretextos admiraba en Ulises sentado en el catre militar bizantino a los héroes inmortales de la tragedia, insomnes y duramente probados por el destino. Veía cómo levantaba su cuenco de madera para beber y lo sostenía unos instantes en el aire antes de acercarlo a los labios, y le parecía que aquella era la manera más noble de beber, y que acaso ponía entre los labios secos y el vino maduro, la memoria de una gran hazaña o la palabra que alguien dijo en momentos de terrible desventura. Ofelia, con su único ojo encendido, sentada a los pies del laértida, era semejante a una sibila que acudía con anuncios de horror escondidos tras confusos versos, o con la voz de la zumaya. La zumaya que canta en el árbol, nocturna, cambia de voz cuando hay muerto cercano.
Ulises hacía su silencio con miradas de Penélope que había traído, sin saberlo, delante del rostro y en la boca. Sonrisas de la muchacha se le posaban en las mejillas y le obligaban a cerrar los párpados con su luz. La mano de Penélope se movía en su espalda. Se asombraba el temeroso corazón del mozo de tanto amor súbito, venido a pies juntillas, embriagador. Lo sentía indecible y no obstante sonoro. ¡Qué enorme distancia la que pone entre dos amantes la noche que cae! Rehacía en su mente, como quien al despertar reconstruye un sueño, el encuentro con Penélope. ¡Aquel pie descalzo que huyó bajo la falda acaso ruborizándose! Sí, el pie reconoció la ávida mirada sensual. Quizás este sueño ya lo había tenido alguna vez, y era la forma que tomaban los deseos carnales en su moza lujuria. Tenía sed, y bebió por el jarro. Se sentía profundamente solitario y lúcido, despojado del mundo entero voluntariamente, de los feraces reinos y las naves; fugitivo señor, arrojaba al polvo del camino las coronas de oro, y entregaba su cabeza al regazo de Penélope. Veía las manos de la paciente tejedora dentro de sus ojos, y la lanzadera que corría era la boca roja y fresca. Sonrió porque creyó verla sonreír.
—¡Amo, voy a buscar a Juan Pericles!
La mañana era del color de la ceniza, vestida de lluvia mansa, como suelen ser con luna nueva las primeras mañanas del verano en las islas. Ulises se mojaba bajo los cerezos, que habían dejado caer su flor en la tierra rojiza y suelta, y por entre las verdes hojas que nacían en las altas ramas, saltaban saludándose herrerillos de amarillo vientre. Dos reyezuelos de gorrilla roja perseguían en la hierba el primer saltamontes veraniego de leonada coraza. Se oía relinchar de caballos, lejanos, y más lejos todavía un carro.
—Se sabe que un carro sube o baja por un camino —le había enseñado Alpestor a Ulises niño— porque cuando el carro baja, el canto es unido y uniforme, una tonada continua e igual; pero cuando el carro sube, el canto se llena de varios gritos, se altera, se detiene y ambas ruedas chillan a destiempo. Para un boyero es conocimiento necesario, a causa de los cruces. —Y Alpestor le hacía escuchar al discípulo en la hora vespertina el tráfico por los caminos que vienen tortuosos del Panerón al mar.
Ulises pasó la mañana paseando por el olivar. No le incomodaba la lluvia y su mirada acariciaba el mundo renacido. Más de una vez, en el vago paseo, imaginó tomar el camino de casa de Penélope. Llegaría con el mediodía, y acaso en la montaña brillase el sol. Pero sería mejor que lloviese, como en el palomar de la señora Alicia, y que hubiese gotas de lluvia en el cabello y en el rostro de Penélope. Veía el viaje de una gota desde la hebra oscura que se curvaba sobre la frente hasta la boca, deslizándose por el país coloreado de la suave mejilla, veía pies descalzos en la hierba mojada, y se ofrecía de todo corazón para secarlos con sus labios. ¡Inquietas, brincadoras nevatillas! En la imagen de Penélope que tan amada, tan graciosa y súbitamente reconocida en toda cosa, flor, agua que corre, ave o nube, llevaba con él, y no obstante tan confusa, variable y sorprendentemente perdida aquí para volver a hallarla allá; en la tan vaga y próxima imagen de ella, no sabía decir de un perfume, y le parecía imprescindible tener memoria olfativa de Penélope, decir a qué olían la carne y la sonrisa, y el aire que se apartaba a su paso, o se dejaba pisar. Acaso no hubieran todavía inventado el perfume los montañeses, y entonces Ulises podría escoger el aroma de la esposa, envolverla en nardo o acariciarla con claveles. En los últimos días del otoño, en su casa, en la lejana Ítaca, en el aparador donde lucía la loza helénica, su madre ponía en dos grandes jarrones los últimos jazmines, y Ulises gustaba de aquel feble y tibio aroma que, en las prontas horas vespertinas, cuando ya ardía el fuego en el hogar y las manos de los que llegaban del campo buscaban su caricia, llenaba el pequeño comedor de diario. Que Penélope no usase ningún perfume, que no la hubiese tocado ningún ungüento aromático venido de ultramar, era para Ulises como regalarse con una extraña y admirable virginidad. Sí, la sumergiría en aquel aroma del jazmín, en aquel aliento casero, dulzón y tranquilo… Ulises tenía el don de sonreírse de sus imaginaciones, levantando la hermosa cabeza; pero no sonreía por vanidad de imaginativo fecundo, como sospechaba Basílides el Cojo, sino porque hallaba, de pronto, que el mundo era inmensamente rico y vario, y que eran innumerables los reinos desconocidos a los que una mirada asombrada y una voz fresca podían acercarse a levantar la punta del velo de encendido color que los cubría. Ulises, pues, sonriose, y se halló emocionado y feliz.
Zenón había cocinado una sopa de guisantes, a la que añadiera rotundos trozos de la cecina que para sus ayunos traía Pretextos —cecina prieta, ahumada, sápida—, y esperaba por Ulises para almorzar. Tenía escondido a Epiro, que ya había hecho dos viajes en busca de vino y de requesón, y esperaba la ocasión de restablecer su mayordomía en la casa de Ulises, tan comprometida por la desatinada pelea por él provocada. Ya sabía que Dionisio estaba borracho, y que lo irritaban sus bromas. Salía de la cárcel hambriento, y Zenón le había prometido buena cena y cama abrigada, y servicio pagado junto a un joven señor insolente que no miraba al pagar cuántas monedas le quedaban en la bolsa.
—Ofelia va en la ciudad, amo. Hoy es día de limosna en casa del juez Teotiscos. Es el hombre más rico de Paros, mucho más rico que el más rico de los marmolistas. Da limosna de pan y aceite, y a las viudas pobres les pone en el cesto el añadido de un limón confitado.
—¿Qué pretende de las viudas?
—Acaso que sueñen un poco. Es una amabilidad.
Con Pretextos llegaba maese Juan Pericles, ateniense de nación, primer actor. Era un hombre alto y cejijunto, manos afeminadas y cuidadas, y la voz barítona y voluble. Se quitó el pequeño gorro bizantino, de media ala, y mostró la cabeza calva, salvo rizosos mechones laterales, rubicanos. Tenía espléndida nariz, bien curvada, y larga boca de delgados labios, suavizados con manteca de gallina. Bien afeitado, en las partes pilosas del rostro le quedaba una tenue sombra que contrastaba con la rubicundez de las mejillas, acaso coloreadas con rojo papel de olor.
—Príncipe —dijo dirigiéndose a Ulises—, domino especialmente la escena de la muerte del rey, tu ilustre antepasado. Doy siete pasos en dirección al público antes de caer y digo los versos apagando lentamente el cirio de mi voz. Ya en el suelo, pincho la vejiga que llena de sangre de puerco llevo escondida bajo la camisa, y me incorporo para decir aquello de
¡Reino, reino, reino, perdida
paz
para siempre, siempre, siempre!…
Y caigo definitivamente, y golpeo con la frente en las tablas. Bajo la peluca llevo una chapa de hierro. Golpeo fuerte: ¡pum! Y con la sangre salpico las sandalias de los nobles insurrectos y el horrible bastardo, y a veces, si logro caer junto a las candilejas, los mantos y el rostro de los que se sientan atónitos en la primera fila de butacas.
—¿Siempre usas sangre de cerdo, actor?
—Es muy lavable. La de perro, que es más barata, es pastosa y deja vetas moradas.
La lluvia había cesado, y soplaba ahora un cansino sur tibio que se llevaba la niebla y levantaba las nubes. Es sabroso, en el monte, cuando cambia de norte a sureste, ver cómo se extienden, suben, aclaran las negras nubes, y los grandes paños cenicientos se tornan cándidas pelotas de algodón, que fácilmente, si media la tarde o cae, se ruborizan. El sol se abría paso desde lo alto, con los claros rayos de que se arma en mayo. Venía de donde espera Penélope, en el dulce país del trébol, bajo porches de áspero granito.
Se sentaron Ulises y los huéspedes en el banco de piedra y en el gran haz de leña que mandara la señora Alicia de regalo para su noble inquilino. Era leña de roble, y aún estallaban en las ramas las hojas secas del pasado otoño.
—El rey Lear, dice el coro en la función que vi en Samos, venía del mar, era del mar. En las barbas del que hacía de rey habían puesto conchas marinas y estrellas de mar. Por eso, por ser marítimo, al llegar a la ancianidad repartió tan fácilmente las tierras entre las hijas. Un rey de labranzas no lo hubiera hecho.
Esto comentó Pretextos. El cómico contemplaba irónico al imitador del búho.
—¿Sabes tú si quiso parar el golpe? ¿Cómo le habían salido las hijas mayores? ¿No tendría servicio secreto como los venecianos? Las hijas eran poco disimuladas. ¡Ah, meretrices nocturnas desvistiéndose ropas de precio en camas de adulterio!
Juan Pericles declamaba con voz de teatro, y se dirigía especialmente a Ulises.
—¡No ofendo a tu parentela, rico señor! Donde menos se piensa salta la liebre. Ahí está el ejemplo de Helena, y la comedia de Luscinda y el Boticario. Luscinda adormecía al farmacéutico con beleño de su propio ojo, y después vestía al amante con las ropas de doctorado del padre, que se le hacía más aperitivo. Podía casar, y la botica era célebre en Constantinopla, con la enseña de los santos anárgiros, y había dinero, y sobraban pretendientes, pero ella quería aquellas juergas secretas, y el resto del tiempo era una calladita, con los ojos bajos, las manos escondidas en las bocamangas. El día que el padre despertó, que el beleño ingerido estaba pasado y era de una remesa antigua, se encontró a la Luscinda en brazos del galán, y a éste, vestido de muceta y de borlas de oro, por más lujuria le había puesto bigotes rizados semejantes a los de su padre. ¡Se impuso la muerte cruel! ¡Tres cadáveres! Es una comedia que gusta mucho a públicos instruidos, porque el boticario antes de morir explica los soporíferos y que debe excluirse la química de la educación de las doncellas, y en Constantinopla saben que está sacada de un suceso verdadero. ¡Las mujeres!
Juan Pericles escupió en la palma de la mano derecha, asqueado, y se limpió el salivazo en la hierba.
—Ese Ricardo Corazón de León de que hablaste, ¿venía del rey Lear por la leal Cordelia? —preguntó Pretextos.
—No, que venía de la impaciente y lujuriosa Gonerila y del bastardo loco.
—En mi texto —contradijo Pericles— no llega a parir.
—Pero en la vida, sí. Y de aquel hijo vino, siete generaciones después, Ricardo, el que engendró en mi abuela Amaltea. Está en la historia de mi casa en nobles versos. Surgió Ricardo del mar envuelto en niebla, pero salió el sol para contemplarlo mientras sembraba.
Ulises, en su imaginación, se veía salir del mar, como los reyes Lear y Ricardo. Sus pies pisaban la fina arena y ya en tierra firme buscaban el camino de la casa de Penélope. Se sentía venir, extraño encantador, del mar más profundo y lejano, vestido de algas, y en los ojos traía misteriosas seducciones, hijas de su terrible condición de perpetuo exiliado y fugitivo. Un siglo de aventuras le colgaba del hombro, como un manto rico, pero desgarrado por las rocas y decolorado por las espumas. Se coronaba en su imaginación y era sincero y romántico consigo mismo.
—Una vez, en el mar, viajando en la goleta La joven Iris, cuyo remo lleva el piloto Alción de Ítaca, tan conocido de los vientos, vi tan próximo como estás de mí, actor Juan Pericles, a mi abuelo Lear. Nos sobrecogía un horrible temporal. La valerosa nave se hundía en espantoso mar de fondo, del que salía con el rostro espumeante y herido. Venía a romper sobre babor, e íbamos desgobernados contra afiladas rocas laconianas, una ola inmensa, oscura, mugiente, cuya voz se adelantaba aterradora a su galope. Era el final. Y en el centro de la ola venía Lear, el rey. Me miró con sus ojos tenebrosos y me reconoció, partecilla perdida e indefensa de su semen. La ola era su poderoso caballo babeando en el ancho freno de hierro. Me reconoció el rey, Lear el de la espléndida barba, y a dos brazas de la goleta detuvo el palafrén. Me habló. La voz vino de su boca, y detuvo la del viento, porque era más sonora y era una voz humana ungida y coronada. Gritó: «¡Nieto, estás en tu prado!».
Ulises se había puesto en pie, y levantando el brazo derecho saludaba los reinos inmensurables del mar.
—¡Nieto, estás en tu prado! Y nos asombró la calma profunda, el silencio súbito, la mar sin una onda, a nuestro alrededor, mientras se perdía en el horizonte el rey Lear, cabalgando la gigantesca ola negra, su caballo favorito acaso.
—¡Hay que poner más confianza en el grito, príncipe! Lo dices como si sólo te diera permiso para correr el campo, y lo que dijo fue que tomabas posesión del mar. ¡Ese prado es tuyo!
Juan Pericles se levantaba, enarcaba las piernas como montando caballo, con ambas manos retenía con las riendas dobles tracias su casi divinal violencia; miraba lejos, mayestático.
—¡Figúrate que estamos en el teatro! La espantosa ola se acerca a la ligera nave ítaca, y del noble y franco rostro sale una amistosa sonrisa y una generosa voz.
—¡No le vi sonreír!
—¡Pero en el teatro tendría que ser así! ¡La donación tendría que venir con sonrisa! ¡No me enseñes mi oficio! Sale la amistosa sonrisa y se escucha la generosa voz: «¡Nieto, estás en tu prado!».
Carraspeó, que no le había salido el tono. La cabeza levantada, las manos tensando las riendas, que el caballo real se impacientaba. Repitió, ahora mucho más solemne, y sin duda veraz:
—¡Nieto, estás en tu prado!
Y cayó. El cuchillo que salió de detrás del zarzal le acertó en la garganta cuando iniciaba el galope, grave, señorial, rey Lear de regreso a sus palacios en la serena hora vespertina. Pretextos, ganado por la emoción del relato del laértida y el ejemplo de Juan Pericles, se subiera al banco para imitar el búho, y gangaba el agüero encima, como estaba puesto en el margen del libreto, para cuando el bastardo loco desde las almenas diga:
—¡Las ramas no me dejan ver el corazón!
Las ramas de Juan Pericles no dejaron ver el corazón de Ulises al cuchillo, puntiagudo contra ley de Justiniano, de Dionisio el ladrón. En el camino estaba la garganta del actor. Los presentes tardaron en darse cuenta de que el cómico había muerto, y por vez primera tenía sangre humana, y no de puerco o de perro, mezclada con las últimas palabras, las fatales, que declama el protagonista en la tragedia.
Comparecieron testimoniales Ulises, Pretextos y Zenón ante el juez Teotiscos.
—¡Que esperen en el patio mientras me afeitan! —gritaba el juez, asomado por un ventanuco el redondo rostro, pomposamente enjabonado.
Los jurados se sentaban en los escaños de piedra. Eran nueve, todos barbados y mercaderes, con los amplios sombreros de paja y lona en las rodillas. El ujier, un jorobado de birrete rojo, cerraba el paso con su larga vara a los curiosos que se arracimaban a la puerta del patio. Los más de ellos eran mujeres, y no quitaban sus ojos del laértida, que paseaba pensativo, con ese gesto tan suyo de apretar contra el pecho, con ambas manos, la montera.
Bajó el juez, pequeño, regordete, calmoso. Venía poniéndose la camisa blanca, ayudado por una criada vieja y por Ofelia monócula. Se pusieron de pie los jurados y el ujier gritó por tres veces, pidiendo silencio al pueblo. Zenón, como mendigo público, se arrodilló. Era lo ritual. El juez esperó a que la criada espabilase el cojín bermejo de su silla.
—¿Quién vio huir a Dionisio? —preguntó el juez—. ¿Quién, eh?
—¡Yo señoría! —respondió Zenón—. ¡Yo, Zenón de los! ¡Lo juro por san Efrén de los Sirios, patrón de testigos veraces y de la república de las lechuzas agoreras!
—¡Ah, Zenón! ¿Estabas borracho, eh? ¡Tráeme testimonio de que no estabas borracho!
—Juez de Paros, yo presento libremente testimonio de que Zenón no estaba borracho.
—¿Eh? ¿Quién eres tú que hablas sin que te hayan dado palabra? ¿Eh?
—Ulises, hijo de Laertes, natural de Ítaca, hombre libre.
—¡Ah, el forastero! ¡Ah, Ulises!
La boca redonda y desdentada de Teotiscos hacía fácilmente exclamaciones. Sometía la camisa en las bragas negras que se ponía para dar limosna a las viudas. Miraba y remiraba la punta de los engrasados borceguíes, y volviendo rápidamente la cabeza hacia el testigo disparaba la pregunta, con voz que rompía en jóvenes gallos desiguales.
—¿Era a ti a quien iba el cuchillo, eh? ¿Al corazón?
—Sí, a mí. Pero en el instante mismo en que Dionisio lanzó el cuchillo, Juan Pericles iniciaba un majestuoso galope, imitando al gran rey Lear, que regresaba a lomos de una ola cuadrúpeda a sus palacios de Britania.
—¿En qué parte de la tragedia, eh? ¿Eh? ¿En qué versos?
—En una parte, juez, que todavía no ha sido representada en Paros.
—¡Yo vi teatro en Constantinopla! ¡Ah, Dafnis y Cloe! Cloe con una faldita plisada. ¡Ah! ¿Y vio Zenón a Dionisio?
—¡Sí, señoría! ¡Lo juro también por san Miguel, que tiene la balanza!
—¿Crees a Zenón, Ulises de Ítaca?
—Sí, juez; lo creo.
—¿Eres nieto del rey Lear como dicen? ¿Sí?
—Lo soy. Un súbdito fiel de la majestad bizantina, a quien mi casa de Ítaca paga tributo en moneda legal y cuero vacuno, pero nieto de Lear, príncipe acaso del mar.
—¿Sí? ¡Pues quedas libre con la condición de que pasado mañana subas al tablado y cuentes la vida de tu abuelo! ¡La sabrás al dedillo! ¡Un honesto nieto! ¿Eh? ¡Podías hacerme el prólogo mientras cuece el menudo mijo de mi desayuno! ¿Eh?
Ulises entregó la montera a Pretextos y se adelantó hacia el centro del patio. Inclinó la cabeza ante el juez, y con grave voz, advirtió:
—Demasiado pequeño es este patio de justicia para que pueda encerrar en él el mar, o traer a que galopen por sus pulidos guijos, en negros caballos, los príncipes de las antiguas generaciones. Quiero estar más alto que los oyentes cuando cuento de mi sangre real, y las propias hazañas y aventuras. Teotiscos, te pido permiso para hablar en el teatro con el arco que heredé de mi padre en las manos, y para aludir libremente a mi condición de príncipe. ¡No pido rentas al océano, pero quiero en solemnes ocasiones decirle palabras majestuosas y contemplarlo como un gran perro manso y amistoso a mis pies! ¡Tampoco impongo tributos al bosque de los humanos, pero reclamo el derecho a decirles a las más levantadas cabezas quién es el vagabundo Ulises! ¿Sabes, Teotiscos, que nací en el mar, que bajo el agua me fue cortado el cordón, y que la partera me sostuvo sobre las olas hasta que llegó mi padre traído por ligeros remos, como quien en una fiesta imperial sostiene en alto el jarro de oro lleno de vino perfumado mientras duran los encendidos brindis?
Ulises se retiraba hacia la puerta, seguido de Pretextos. Zenón continuaba arrodillado, y se golpeaba el pecho, penitente.
—Desciendo de Lear por su hija Gonerila, y de ésta por Ricardo Corazón de León —dijo Ulises, y tiró el guante en las piedras.
Pretextos, asombrado y parcial como un coro antiguo, encontró la hora hermosa del rugido leonino. Hizo tubo con las dos manos sobre la boca, y rugió como el león hambriento en la función que llaman Los mártires. Ojos atemorizados buscaron el león en el patio y hubo terror en el público. El ujier enristró la vara, valeroso, como suelen los chepas.
—¿Qué dicen los jurados? ¿Eh? —interrogaba Teotiscos, pacífico y sonriente.
Los jurados se levantaron, unánimes, y esperaban las preguntas rituales.
—¿Eh? ¿Son leales al basileo los príncipes vagabundos? ¡Ah! Tiene este mozo la hermosura que conviene a un insurrecto. ¡Los de Paros amamos la paz! ¿Amamos la paz, jurados?
—¡Sí, señoría! ¡Amamos la paz! ¡Dios guarde al basileo!
—¡Ah, la paz!
Teotiscos hizo seña a los jurados de que se cubrieran; la audiencia había terminado. Ayudado por la criada se quitaba la camisa, y mostraba el pecho tetudo y piloso. A Teotiscos le acometían sofocos con las calores. Y entró en la casa reclamando a gritos, con la voz chillona y gallinácea, una nueva pasada de navaja de manos del barbero candiota.
Ulises salió a la calle, y seguido de Pretextos y Zenón tomó el camino del palomar. El pueblo se apartaba respetuoso. Cuando el laértida pasó bajo el Arco de la Medusa, que es la puerta mayor de la polis, Pretextos se volvió hacia el público reunido en el ágora y rugió por segunda vez. Zenón, por mandato de Ulises, con su fornido brazo lanzó, lejos, dos docenas de reales de plata, en cuyo reverso jugaban delfines con trirremes.