19

—Cuéntame más.

Anna reposaba sobre el brazo de John, cubierto por su cabello desparramado, con la espalda apoyada contra su musculoso pecho; el otro brazo de John descansaba perezosamente bajo sus pechos, acariciándolos de vez en cuando con lentitud.

—¿Qué quieres saber? —preguntó volviendo la cabeza, saliendo a regañadientes del cálido sopor que la inundaba.

—¿Qué pasó cuando tu marido apareció en Bruselas?

La fuerza de la costumbre hizo que Anna contuviera la respiración un instante, antes de recordar que ya le había contado a John prácticamente todo sobre su matrimonio y William. Se volvió boca arriba con el ceño fruncido; después de la impactante intimidad que acababa de sellarse entre ellos, resultaba extraño rememorar aquellos momentos. Suspiró.

—Eso fue en mayo —recordó con cierta reticencia. El peso del brazo de John sobre su cadera le resultó extrañamente confortador—. La ciudad estaba llena de rumores sobre los movimientos de las tropas francesas, pero yo no quería pensar en ello… no podía soportar pensar que algún día aquello pudiera acabar, y mucho menos que William tuviera que entrar en combate. Un día Phillip se presentó en la casa que teníamos alquilada en la Grand Place. Confieso que no esperaba su aparición, a pesar de que sabía que su regimiento había desembarcado en Ostende; era como si hubiera llegado a convencerme de que mi matrimonio había sido tan solo un mal sueño. Me dijo que había venido a buscarme tan pronto como había podido, que estaba muy arrepentido de haberse comportado así, que me quería y me necesitaba, que jamás volvería a pasar… Pero yo ya no estaba dispuesta a creerle ni perdonarle, y le pedí que se fuera. A partir de ese momento, empezó a aparecer en todos los bailes y fiestas a los que yo acudía… Su visión me resultaba sofocante, opresiva, y empecé a desear que tuviera que entrar en combate. Entonces llegó el baile de la duquesa de Richmond. —Un visible escalofrío la recorrió, y John apretó el brazo que la rodeaba—. Cuando escuchamos que las tropas francesas se acercaban a Bruselas, mi madrina ordenó preparar las maletas, pero la duquesa nos dijo que Wellington y sus oficiales acudirían al baile, y decidimos quedarnos; si él estaba allí, suponíamos que nada malo nos podía suceder.

»Aquel día William había cabalgado temprano para unirse a su regimiento, y aunque pudo acudir al baile llegó muy tarde; apenas nos habíamos visto cuando Wellington ordenó a todos los oficiales que se retiraran. La certeza de que la guerra había llegado a las puertas de Bruselas comenzó a extenderse entre los asistentes; yo le busqué para despedirme de él. Intenté aparentar serenidad y confianza, pero en mi fuero interno me sentía destrozada, como si intuyera que algo terrible le podía pasar. En la desbandada de invitados que se marchaban, William me tomó de la mano; salimos al jardín y nos alejamos de la casa, buscando un lugar tranquilo donde decirnos adiós. Había una zona apartada entre una fuente y una rosaleda… Recuerdo que todo estaba húmedo, pero en aquel momento había dejado de llover. William me tomó en su brazos, y entonces nos besamos. Fue nuestro primer beso, un beso de despedida… —De repente calló, mirando al techo—. También fue el último.

John apretó la mandíbula, sintiendo el aguijonazo de los celos. Su sentido común le gritó que era absurdo tener celos del pasado, pero Anna le hacía sentir ridículamente posesivo. Intentando disimular su malestar, bajó la cabeza para besar su hombro desnudo. Entonces Anna elevó hacia él sus ojos verdes, con las pupilas dilatadas por la oscuridad y la emoción.

—Nunca hubo más entre nosotros, pero ese día Phillip nos encontró —explicó con un ligero temblor en su voz—. Supongo que me siguió, o tal vez a William. No lo sé, pero el caso es que lo descubrió. William se colocó delante de mí y le dijo que si me ponía una mano encima lo mataría. Pero yo sabía que Phillip nunca haría nada delante de testigos; tranquilicé a William y le pedí que nos dejara. Él cogió mis manos y las besó. Luego se fue. Aquella fue la última vez que lo vi —concluyó con voz lacerada por la emoción.

John no era capaz de desprenderse de una incómoda sensación de celos, y su tono fue algo brusco al hablar.

—¿Qué sucedió con tu marido?

—Le confesé a Phillip que no le amaba y que no deseaba volver con él. Me respondió que jamás me concedería el divorcio, y le contesté que me daba igual. Lo cierto es que no sé por qué lo hice, porque William y yo no habíamos hecho ningún plan para el futuro, pero la idea de volver a Kent con él se me hizo insoportable. En realidad ahora sé que fui una estúpida: jamás habría podido vivir junto a William donde le destinaran. Nadie, y mucho menos su sentido del honor, habría permitido que la esposa de un oficial del ejército fuera la concubina de un compañero. Pero entonces ni siquiera pensé en eso. No sé qué pasó por la cabeza de Phillip; recuerdo que se balanceó como si lo hubieran golpeado, y por un momento temí que me pegara allí mismo, pero entonces vinieron a buscarle, tenían que ponerse en marcha inmediatamente… Todos abandonamos el baile. Mi madrina dispuso todo para salir hacia Amberes y volver a Inglaterra al día siguiente, pero yo no podía irme. No así.

»Al día siguiente llegaron las noticias de la batalla de Quatre-Bras… Un regimiento de los rifles se había visto envuelto en la batalla, y habían sufrido numerosas bajas. No había manera de saber más; tomé un caballo e intenté acercarme hacia Alsemberg pero era totalmente imposible. La carretera estaba llena de soldados que se dirigían en retirada a Bruselas, carros de heridos, muertos… Tuve que regresar y buscar por toda la ciudad alguien que me pudiera informar. Finalmente encontré en el hospital general un soldado del primer batallón del 95. Me dijo que había estado junto al mayor Moore gran parte de la batalla, pero que en uno de los ataques ordenados por el coronel Barnard una bala le había tirado del caballo y ya no le había vuelto a ver. Había intentado acercarse a él pero los franceses habían conseguido romper su línea y entonces recibieron órdenes de retirarse. William había quedado en campo enemigo. Con un gesto de compasión, me dijo que no había muchas posibilidades. Pero no le quise creer y seguí buscándole por todo Bruselas. Al caer la noche estaba exhausta y destrozada. Volví a la Grand Place donde me esperaba mi madrina, llena de preocupación. Entonces me entregó una carta que había llegado aquella mañana; era la carta de William que viste. Aquello fue un terrible mazazo para mí; la había escrito después de abandonar el baile, como si él hubiera adivinado que algo le sucedería y hubiera querido despedirse. Esa noche apenas dormí y antes de amanecer ya estaba en pie de nuevo, dispuesta a seguir buscando a pesar de que no albergaba apenas esperanzas. Mi madrina había ordenado preparar el carruaje pero yo no podía irme así, sin saber. Lady Everley fue muy valiente. —Aquel recuerdo fue capaz de arrancarle una corta sonrisa—. A pesar del temor que la situación le inspiraba, no quiso dejarme sola y decidió acompañarme, pero tras muchas horas buscándolo no apareció en ningún sitio. Nadie sabía nada de él, y fui perdiendo completamente la esperanza de que hubiera sobrevivido al disparo. Mi madrina me obligó a montar en el carruaje para irnos hacia Amberes. Entonces, cuando estábamos a punto de abandonar la ciudad, encontramos una especie de barracón donde acababan de llegar algunos heridos. Vi dentro un uniforme verde de los rifles y la convencí para bajar; William no estaba, pero tumbado en una cama, con un pie destrozado y la cabeza vendada, estaba Phillip.

—¿Encontraste a tu marido cuando buscabas a William? —preguntó John con incredulidad.

Anna asintió, encogiéndose de hombros.

—Irónico, ¿no es cierto? A pesar de las heridas y la fiebre, Phillip me vio y me reconoció. Había perdido un ojo, pero había podido abandonar el campo de batalla apoyándose en un compañero para refugiarse en una iglesia, de donde los rescató un granjero que los llevó a Bruselas. Tuvieron suerte, ya que los muertos aquel día se contaron por miles y muchos heridos quedaron abandonados en el campo de batalla toda la noche e incluso al día siguiente, cuando el ejército se reagrupó para moverse hacia el monte St. Jean. Me contó todo agarrando mi mano con desesperación, rogando que no lo dejara morir solo. Yo no quería escuchar aquello ni quedarme con él; toda mi preocupación era por William. Intenté soltarme, y entonces sujetó mi brazo con fuerza y me obligó a sentarme a su lado en aquel camastro. Parecía que pudiera leer mi pensamiento; con una carcajada que me provocó escalofríos, me dijo que sabía que a quien buscaba era a William y no a él, pero que era inútil que siguiera buscándolo porque estaba muerto. Me contó que estaba cerca de él en el ataque en el que había caído de su caballo; mientras yacía en el suelo, aprisionado por su montura, un soldado francés se había acercado con la bayoneta… En mitad de la refriega de la retirada Phillip fue capaz de apuntar al francés. Pero en ese momento, me dijo con despecho, la imagen de la noche anterior había acudido a su mente, el beso de William, el abrazo, la forma en que yo le había dicho que no iba a volver con él… Entonces había bajado el arma y girado el caballo, dejándolo allí tirado a merced del francés… Cuando me dijo aquello creí que el dolor me iba a partir por la mitad. Deseaba golpearle, herirle, destrozarle, pero en cambio no pude mover un dedo ni decir nada. Me quedé allí, mirando al vacío, como si alguien me hubiera golpeado en el estómago, y solo podía ocuparme de intentar respirar. Mi madrina intentó sacarme de allí, pero yo no era capaz de moverme. Entonces él se agarró a mí, rogando que no lo abandonara. Lloraba como un niño, diciendo que me quería, que era su esposa, que mi deber era cuidarle… En medio de su delirio, decía que la culpa era de William, que le había robado mi afecto. Luego era a mí a quien culpaba de su muerte, por haberle engañado. Yo le miraba sin verle. Le escuchaba sin oír nada de lo que decía. Por fin, la comprensión de que William ya no estaba explotó en mi cerebro, y en ese instante todo se derrumbó a mi alrededor. Todos los sueños que, estúpidamente, me había permitido albergar acababan de desvanecerse para siempre. Entonces supe que no había lugar donde huir; los meses en Bruselas con William me habían deslumbrado hasta el punto de olvidarme de la existencia de Phillip, pero ahora la cruda realidad caía sobre mí como una cruel burla del destino. Con horror descubrí que, en mi fuero interno, había llegado a albergar esperanzas de que la guerra pudiera resolver mi matrimonio, pero quien murió fue William. Solo, desangrado en mitad de un campo de centeno. Y la culpa era mía.

John la observó con el ceño fruncido.

—Eso es una tontería, y lo sabes —espetó con dureza—. Aquello era una maldita guerra, ¿qué culpa ibas a tener tú de lo que sucediera en ella?

Los ojos de Anna lo contemplaron un instante inexpresivamente.

—Jamás debí olvidar que una mujer no puede escapar de un matrimonio infeliz. Y mucho menos debí pensar que la guerra pudiera solucionar mi situación.

—Quieres decir que no debiste desear ver muerto a tu marido —continuó en el mismo tono, pero manteniendo con firmeza su brazo en torno a ella—. Y en pago por tus pecados, decidiste cuidar de un hombre que te maltrataba y al que no amabas. Elegiste tu penitencia, y esa es la verdad.

—No —contestó acaloradamente—. La única verdad era que aquel hombre al que yo no amaba era mi marido, y antes o después tendría que volver con él, así que elegí asumir la realidad. Pero mi madrina se negó a dejarme en una ciudad que muy bien podía estar a punto de caer en manos francesas, por todo lo que sabíamos. Consiguió convencer a un tabernero que había llevado varios heridos evacuados desde una iglesia cercana a Quatre-Bras para que llevara a Phillip a Amberes, y partimos hacia allí. Fue un viaje infernal, con la carretera desbordada de carruajes que huían de Bruselas. Al cabo de muchas horas, llegamos al hospital general que se había establecido allí para las tropas británicas y alemanas. De allí nos enviaron a un pequeño barracón donde había un cirujano prusiano que inmediatamente decidió operar. Exhaustas, mi madrina y yo nos fuimos al Ayuntamiento para gestionar la vuelta a Inglaterra y allí nos encontramos con un soldado que nos conocía. Gracias a él conseguimos encontrar alojamiento y pasajes de barco.

—Pero a pesar de lo que sentías, decidiste cuidarle y volver con él. —Meneó la cabeza con incredulidad.

—Ya no importaba, ¿no lo ves? —intentó hacerle entender con paciencia—. Mi corazón estaba muerto, y no me importaba lo que me sucediera. Me limité a lo que había ante mis ojos, un hombre que me rogaba no fallecer solo. Supe que lo único que me quedaba en esta vida era mi orgullo y mi sentido del deber. Mi madrina había conseguido billetes para volver a Inglaterra, pero Phillip no podía viajar en aquellas circunstancias. Pude irme con ella, pero no lo hice. Tuve que insistir e insistir hasta convencerle de que volviera sin mí. Aquella tarde, poco después de que mi madrina partiera, le amputaron la pierna por encima de la rodilla. Las posibilidades después de una amputación así no son demasiadas, pero aunque pasó casi un mes hasta que la fiebre desapareció, sobrevivió. En realidad no recuerdo gran cosa del tiempo que pasamos en Amberes; me limitaba a cuidar de Phillip y de los demás heridos que había allí, y por las noches releía una y otra vez las cartas de William, su despedida. No acababa de creerme que aquello hubiera sucedido, a menudo me encontraba pensando que solo era una pesadilla de la que despertaría. Pero cada día que pasaba mi mente iba asimilando un poco más la realidad. Al fin, después de un mes, Phillip dijo que no aguantaba más en aquel barracón, y a pesar de su debilidad conseguimos embarcar hacia Inglaterra. Volvimos a Folkestone, y al cabo de poco tiempo le concedieron una pensión. Tenía muchos problemas para moverse, y tuvimos que habilitar una habitación para él en la planta baja; las escaleras eran peligrosas porque no veía bien al apoyar la muleta. Se encerró en sí mismo y no quería ver a ninguno de sus antiguos camaradas, tan solo siguió bebiendo y jugando en el pueblo…

—¿Y volvió a pegarte?

—No, aunque lo intentó una vez. Una noche en que volvió borracho, casi arrastrándose porque no era capaz de apoyar la muleta, intentó tener relaciones conmigo. Me agarró de la falda, la levantó y comenzó a manosearme. Yo había vuelto con él, pero aquella era una parte de mis deberes conyugales que no estaba dispuesta a cumplir: no soportaba que me tocara y conseguí empujarle para que me soltara. Cayó contra la pared, y cuando consiguió ponerse en pie intentó golpearme con la muleta… Pero estaba borracho y no me alcanzó. Corrí a mi habitación. Entonces, cuando había comenzado a arrastrarse por las escaleras para subir, salí con una pistola en la mano, y le apunté sin dudas: le dije que si volvía a ponerme la mano encima era hombre muerto. Le sorprendí, desde luego; no creo que supiera que la había comprado en Lieja. Intentó burlarse de mí, pero capté la duda en su voz. Me dijo que si lo hacía me colgarían; le contesté que todos aquellos a los que había amado ya estaban muertos, y les acompañaría gustosa, pero que él no era quien lo iba a conseguir. Desde ese día no volvió a ponerme un dedo encima.

—La famosa pistola… —murmuró John, acariciando el cabello que se desparramaba sobre la almohada—. Resulta increíble que volvieras con él.

Anna se volvió hacia él, incorporándose sobre su antebrazo. La reacción de John no era la que había esperado.

—¿Acaso lo criticas?

—No —contestó, tomando reflexivamente entre sus dedos una guedeja que había caído sobre su pecho—. Solo que me resulta difícil de comprender.

—Porque eres hombre. Una mujer no pude escapar de su marido, intente lo que intente. Sois los hombres los que habéis hecho estas leyes, así que no me hables de comprensión. Pero aunque así no hubiera sido, además aquella era mi responsabilidad. Yo me había casado con él, nadie me obligó. No podía abandonarle.

—Claro que podías. No se merecía que cuidaras de él, ya que él no cuidó de ti. Además, habías pensado hacerlo, antes de que William falleciera.

—Lo sé, pero ya te he dicho que fui una ilusa. Sé bien que aquello nunca hubiera sido posible. Y además era mi responsabilidad. No soy una heroína ni una mártir; yo tampoco fui su esposa soñada, seguramente.

—Él se lo había buscado.

—Tal vez. El caso es que vivimos así casi dos años; falleció en la primavera de 1817, de una inflamación en los pulmones. Entonces intenté ordenar mis asuntos; no me quedaba prácticamente nada de dinero, pero como pude pagué las deudas que había dejado, hice mis cuentas con la pensión que me quedaba y decidí volver a Surrey. Lo demás ya lo conoces. Y ahora, ¿puedes decirme que es lo que tanto te molesta de esta historia?

John la observó en silencio, pensativo.

—No estoy seguro —contestó al fin, cautelosamente—. Supongo que me resultaba más confortadora la idea de que eras la viuda de un bastardo como Phillip, en vez de la de un dechado de perfección como William.

Anna dejó escapar una exclamación herida.

—¿Qué se supone que quieres decir con eso?

—Quiero decir, sencillamente, que el sentimiento de culpabilidad te obligó a cuidar de Phillip mientras en tu corazón decidías convertirte en la viuda de William.

La observó con serenidad. Por debajo de sus pestañas, Anna escrutó aquella mirada oscura, molesta. Quería negarlo con vehemencia, pero no encontraba dentro de sí la suficiente certidumbre.

—Eso no es verdad —negó con poca convicción. Volvió a tumbarse sobre su espalda. Tampoco entendía por qué el hombre que en aquellos momentos compartía la cama con ella parecía tan molesto.

—¿No lo es? —Con una sonrisa contenida, John acarició la profunda curva que dibujaba su cadera, deslizando la mano con ternura por su estómago—. Desearía que no lo fuera.

—¿Por qué? —preguntó con incertidumbre.

—Porque como creo que te dije una vez, siempre he envidiado la devoción que profesabas al recuerdo de un amor. Solo que pensaba que era tu marido. Había supuesto que tu matrimonio había sido el típico; un hombre bueno, honesto y trabajador, que te había tratado con corrección y afecto. Pero por algún motivo que desconozco, nunca creí que se hubiera tratado de un amor apasionado, a pesar de que guardaras de esa forma su recuerdo. Y a eso podía enfrentarme.

Anna giró la cabeza sobre su brazo, contemplándole con asombro. Con una pequeña risa burlona, John continuó.

—Sin embargo, tu marido era un perfecto bastardo. Eso habría sido un alivio para mí, si no hubiera descubierto que sí estuviste enamorada, y que el hombre que ocupó tu corazón tuvo la oportunidad de protegerte cuando más lo necesitabas. Un verdadero caballero andante que te rescató de la desesperación, en tus propias palabras. Un dechado de perfección contra cuyo recuerdo encuentro muy difícil luchar. Supongo que lo que sucede es que ahora estoy muy celoso de William.

El corazón de Anna comenzó a latir apresuradamente en su pecho. Las palabras de John la llenaron de incredulidad, pero descubrió también que una placentera sensación de deleite y euforia se abría paso en su interior. Observó la refinada boca de John, sus profundos ojos oscuros, los marcados y definidos músculos de su abdomen, el poderoso contorno del brazo que la rodeaba… Una oleada de dicha, no exenta de una pizca de maliciosa satisfacción, la recorrió por completo.

—Eso que dices no tiene sentido —replicó Anna, recostándose sensualmente contra el pecho de John y sin poder evitar un suspiro de satisfacción.

—Yo creo que sí lo tiene, y mucho. —A pesar de que John intentó no distraerse con la manera en que la piel de Anna se deslizaba sobre la suya, su voz sonó enronquecida. Deslizó un dedo por el contorneado seno que se ofrecía a su vista, y su erección se hizo visible—. Te convertiste en su viuda sintiendo que no tenías derecho a serlo, y tu manera de hacer penitencia ha sido encerrarte en tu casa.

—No me parece a mí que esté encerrada en estos momentos, precisamente. —La agradable laxitud que sentía en los miembros le hizo darse cuenta de que, de cualquier manera que hubiera sido el pasado, en estos momentos no se sentía culpable en absoluto. Un estremecimiento de agradecimiento sacudió su corazón. Se restregó perezosamente contra el cuerpo de John, que la contempló con una sonrisa burlona.

—Si esta es tu manera de distraerme, te advierto que funciona —contestó dando la vuelta y colocándose sobre ella.

Con satisfacción, Anna sintió la presión del miembro erecto de John contra el centro de su sexo. Una oleada de pura lujuria la recorrió de la cabeza a los pies. El recuerdo de las sensaciones que acababa de experimentar cuando él la penetraba hizo que su matriz se contrajera en un espasmo de placer. Se sentía obscena e impúdica, y más viva de lo que jamás había creído posible. Con una risa desvergonzada encogió las piernas y se escabulló del peso de John, empujándolo sobre su espalda.

—Quiero probarte —anunció con los ojos brillantes.

John elevó las cejas, sorprendido, pero no dijo nada, expectante ante aquel ofrecimiento. Observando sus ojos oscurecidos, Anna se colocó entre sus piernas, y con cautela tomó entre sus manos su miembro, mientras él apretaba la mandíbula. Lo sintió pesado en su mano, cálido y rígido. Sopesó la forma en que se acomodaba en su palma, y con un dedo curioso recorrió toda su longitud, desde el ensortijado vello hasta la ensanchada cabeza del glande. Una solitaria gota brilló en la punta cuando los dedos de Anna se cerraron en torno a él. Lentamente, sin dejar de observarle, Anna se inclinó sobre él para tomar la gota en sus labios, y cuando su lengua acarició el pequeño orificio donde anidaba, sintió que el cuerpo de John se sacudía con brusquedad. Observó cómo su mandíbula se crispaba, mientras entornaba los ojos. Sus fosas nasales se habían ensanchado y respiraba con agitación por la boca entreabierta. Anna se sentía atrevida y curiosa; pasó la lengua con lentitud por el glande, y luego descendió por su tronco, explorando cada una de las venas que en él latían. Entrecerrando los ojos, John dejó caer la cabeza sobre los almohadones, como si aquello fuera más de lo que podía soportar. La idea de que aquel hombre poderoso se rindiera de aquella manera ante sus caricias la hizo sentir llena de un extraño poder, y decidió explorarlo.

Anna volvió a pasar la lengua sobre el glande, y luego cerró los labios en torno a él. La poderosa reacción física de John ante sus suaves caricias hizo que se sintiera tremendamente excitada. No era la primera vez que acogía en su boca el miembro de un hombre; su marido parecía tener predilección por aquella forma de relación, tanto si ella quería como si no. Pero sí era la primera vez en que realizar aquellas caricias la llenaba de un intenso placer. Deslizó sus labios a lo largo del grueso tronco, apenas arañando con los dientes el glande, y luego dejó que fuera su lengua la que ascendiera de nuevo, enroscándose y jugueteando alrededor de toda su longitud.

John emitió un ronco gruñido de placer. Sus caderas se elevaron y bajaron de nuevo, una y otra vez, marcando un ritmo que Anna siguió con su boca, atenta a todas sus reacciones, pendiente de cada uno de sus movimientos para acompañarle, disfrutando al perseguir con la lengua el latido del pulso en la tersa piel de su miembro. El ritmo se fue acelerando, cada vez más tenso, cada vez más feroz, y Anna sintió el preciso momento en que todos los músculos de John se contrajeron al unísono. Escuchó su apagado juramento cuando intentó apartar su boca con las manos, pero ella se aferró tercamente a su presa, y lamió su miembro una última vez antes de notar el chorro caliente y espeso que se derramó por su boca mientras John profería otro juramento.

—Dios mío… —fue lo único que John acertó a murmurar cuando por fin recuperó el aliento.

Anna dejó escapar una risa satisfecha, mientras con un dedo recogía con delicadeza una gota de semen que había caído sobre el abdomen de John. Luego se colocó a horcajadas sobre él, acariciando los tensos músculos de su pecho y sus brazos. Él le devolvió la sonrisa, mirándola a través de sus pestañas, entrecerrando los ojos. Inspiró hondo un par de veces, y su respiración agitada se fue haciendo más regular.

—Maldita sea, Anna —protestó riendo—. No me has dejado ninguna posibilidad de escapar.

—¿Lo deseabas? —preguntó riendo a su vez.

—De ninguna de las maneras —contestó con suavidad, elevando una mano para acariciar la redondeada curva de un seno. La espalda de Anna se arqueó de placer en involuntaria respuesta a su caricia—. Ojalá nunca me dejaras escapar. Pero Anna —comenzó repentinamente serio—, hay cosas de las que debemos hablar, ahora más que nunca.

—Ahora no es buen momento —susurró ella, inclinándose hacia él para que pudiera acariciarla mejor.

—Es el momento perfecto —contestó devolviendo la caricia que ella le pedía. Sus dedos trazaron círculos en torno a la sensible areola, sin rozar los pezones, haciendo que ella se inclinara aún más—. Ya te lo pedí una vez y te lo pido ahora de nuevo, Anna. Cásate conmigo.

Una sonrisa perezosa trepó por las comisuras de su boca.

—¿Y no crees mejor que nos limitemos a esto, aunque sea muy a menudo?

—No. —Detuvo sus caricias, y la contempló con firmeza—. No estoy de broma, Anna. Ser amantes no es suficiente. Yo quiero más de ti. Quiero despertarme viendo tu rostro al amanecer, y abrazarte cuando te vayas a tu escuela sin que tengamos que escondernos. Quiero escuchar tus historias junto al fuego, y contarte las mías y pedirte consejo. Quiero tomar una copa por las noches mientras acaricio tu cabello y compartes conmigo tus sueños y esperanzas. Quiero cuidarte. Quiero besarte hasta robarte el aliento y dormir por las noches estrechando tu cuerpo. Quiero una relación adulta, Anna, una relación madura y sólida que se enfrente a cualquier obstáculo. Y sé que en el fondo tú también lo quieres. Así que te lo preguntaré una vez más, ¿quieres ser mi esposa?

Anna lo contempló conmovida, y rio para disimular su emoción.

—Jamás creí que recibiría una proposición de matrimonio en esta posición. —Pero su risa no encontró el eco de la de él.

—Te he hecho una pregunta.

John la contemplaba con seriedad y fijeza, sin pestañear. Sin embargo, la serenidad de su tono no consiguió ocultar del todo una breve nota de dolorosa incertidumbre. Anna bajó la cabeza y contempló su propio cuerpo desnudo, aún sentado a horcajadas sobre él. Jamás había pensado que compartiría su cuerpo tan desinhibidamente con un hombre, pero se dio cuenta con sorpresa de que estar allí con él, sintiendo su sexo palpitar bajo ella, con sus manos acariciando con fruición su piel le resultaba natural. Como si estar así fuera lo más correcto que hubiera hecho jamás. Como si todas las piezas de un rompecabezas hubieran encontrado su lugar, comprendió maravillada. Había disfrutado la mejor experiencia de su vida, sobrepasando incluso las expectativas que las confidencias de Arabella habían generado en ella, pero había sido más que eso. No creía que la más experimentada de las cortesanas pudiera sentir más lujuria y deseo del que ella había sentido aquella noche, y podía engañarse diciendo que así era su naturaleza, como a menudo le gritaba Phillip. Que ella era perversa y viciosa. Pero quería ser sincera consigo misma: aquel febril deseo de que John la tocara, la penetrara y la poseyera no era lujuria, o al menos no solo. Aquella extraña emoción que sentía cuando él la acariciaba era otra cosa, más profunda, más importante, más definitiva. Podía sentirse asustada y vulnerable, podía resultarle inquietante la idea de depender tanto de alguien, pero ahora que lo había entendido, ahora que había experimentado aquella extraordinaria comunión de sus almas, no podía negar que lo sabía.

Lo contempló un instante, hermoso como el pecado, con la sombra de la vacilación oscureciendo sus ojos intensos y profundos. Una letal mezcla de arrogancia y vulnerabilidad que había arrasado las defensas de Anna.

—Quiero estar contigo para siempre —reconoció con la emoción latiendo en sus palabras.

—¿Entonces? —inquirió con cautela.

—Tienes que entenderlo, aún me cuesta aceptar la idea de volver a casarme. —Se encogió de hombros—. Pero si, según tú, esa es la única manera que tenemos de estar juntos, estoy dispuesta a cambiar de idea.

Con un rugido de triunfo John la hizo tenderse sobre él, estrechándola contra su pecho en un abrazo posesivo, mientras su boca dibujaba un mapa de tiernos besos sobre su cabello.

—No quiero esperar. Mañana mismo solicitaré una licencia especial.

Anna colocó la mejilla sobre su pecho, escuchando el latido de su corazón.

—No, John, por favor. Esperemos hasta que la Temporada acabe, o al menos hasta que se concrete algo entre Lucy y Alvey. Es su momento, y quiero que sea para ella algo especial. —Depositó un rastro de besos sobre su pecho, y apoyó la barbilla en él—. Por favor. Te prometo que no cambiaré de idea.

John la contempló dudoso, pero al fin una sonrisa afectuosa se dibujó en su rostro.

—Está bien. Pero te advierto que si pretendes huir de nuevo o darme largas te meteré en el coche y no saldrás de mi cama hasta que estemos casados. Y ahora —retiró el brazo de debajo de la cabeza de Anna, incorporándose con un brillo malicioso en los ojos—, ya que te has quejado sobre la posición, estoy dispuesto a repetir mi proposición de rodillas, siempre que te coloques delante de mí, así…

Anna dejó escapar una carcajada mientras John la tumbaba sobre su espalda y se arrodillaba entre sus muslos abiertos.