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«El planeta no ha cambiado», pensó Kirk mirando a su alrededor. El mismo cielo plateado, tachonado de estrellas, de una oscuridad casi negra sobre sus cabezas. Las mismas ruinas, columnas caídas y derrumbadas, algunas casi intactas, otras prácticamente indistinguibles de las rocas naturales. El mismo viento helado, que gemía como alma en pena. El mismo aura de una edad terrible. Su mente rebosaba de recuerdos de la última vez. Los había creído olvidados, enterrados, pero estar aquí, de pie en medio de la desolación, evocaba la agonía. «Edith…», murmuró su mente.

—No me fijé mucho en el paisaje la otra vez —dijo McCoy, a cierta distancia de Spock—. Espeluznante. Este viento acaba por crispar los nervios… Miren, allí hay algo parecido a las ruinas de un templo.

Señaló con el dedo. El vulcaniano dejó de juguetear con su tricorder y alzó la vista.

—El Guardián de la Eternidad está en aquella dirección, doctor. Por alguna razón, las ruinas más cercanas al portal están mejor conservadas. —Spock volvió a mirar su tricorder.

—El Guardián de la Eternidad… parece el nombre de un maldito tanatorio… —musitó el doctor.

Spock no le hizo caso. McCoy miró a su compañero y movió la cabeza. El vulcaniano había estado demasiado silencioso durante el viaje de tres días. No se había unido al póker que duró dos días y dejó a McCoy considerablemente más rico —cosa que no era de sorprender— pero tampoco se había unido a la conversación. El médico estaba preocupado por él.

—¡Hola! —El alegre saludo venía de detrás suyo. Giraron y vieron que se les acercaba una mujer pequeña, fornida y de cabellos grises. A sus espaldas, a unos ciento cincuenta metros de distancia, había una pequeña edificación prefabricada cuyas paredes eran de un gris tan similar a la melancolía que les rodeaba que no se habían dado cuenta de ella.

La mujer les alcanzó, algo jadeante, y les apuntó con su dedo, uno tras otro.

—Kirk, Spock, McCoy. Yo soy Vargas. ¿Cómo están?

—Bien, gracias —dijo Kirk con una sonrisa.

—Les he estado esperando. Llevemos esto a casa y podremos hablar mientras tomamos un café. Café auténtico.

Distribuyó unidades antigravedad y se dirigieron a la edificación empujando sus equipos y suministros.

El interior del campamento arqueológico constituía un contraste agradable con su triste exterior. Las paredes estaban cubiertas de carteles y pinturas y había mullidas alfombras en el suelo. La construcción albergaba varios laboratorios, una amplia sala de estar, dormitorios para los nueve miembros del personal, una cocina lo suficientemente amplia para todos y una pequeña aunque bien provista biblioteca. La doctora Vargas les enseñó las instalaciones con orgullo y les presentó a los ocho miembros de su equipo.

Después de concluir con las formalidades, los cuatro se reunieron en la cocina para tomar el café prometido. Vargas removió el suyo enfáticamente y fijó una mirada inquisidora en sus visitantes.

—Por favor, explíquenme cómo diablos pudieron obtener permiso para utilizar el Guardián. ¿A quién conocen?

—Doctora Vargas, estamos en una misión de rescate. —Spock tenía una expresión solemne—. Como ya sabe, el planeta al que tenemos permiso de visitar fue destruido hace dos años. Nuestra misión no puede afectar su historia, puesto que las personas que pretendemos rescatar se encuentran en un área aislada, fuera del curso propio de su tiempo. Como resultado de un accidente, un… miembro de mi familia se perdió en la última era glaciar del planeta junto con una nativa de Sarpeidón que había sido exiliada al pasado. Queremos traerles a los dos al presente.

McCoy oyó la mentira y se atragantó con el café. Kirk le dio una patada bajo la mesa. Vargas no se dio cuenta de la escena, y respondió:

—Debo cumplir las órdenes que tengo, pero creo que se trata de un gran error. Las personas aquí destinadas somos todas arqueólogos e historiadores de primera y, sin embargo, ni siquiera a nosotros se nos permite volver al pasado. Sólo se nos autoriza observar y registrar las imágenes de la historia, examinar las ruinas e intentar comprender la raza que vivió aquí cuando la vida en la Tierra consistía sólo en criaturas marinas unicelulares. Resulta demasiado peligroso autorizar un viaje a través del portal del tiempo, ¡como ustedes tres ya saben!

—Lo sabemos. —Spock jugaba con su cucharilla y no le miraba a los ojos—. Tomaremos todas las precauciones posibles y evitaremos todo contacto con la vida indígena. Afortunadamente, la raza humanoide en desarrollo que, en el momento de nuestra visita, apenas estaba iniciando un progreso cultural y tecnológico que les convertía de nómadas primitivos en una ciudad-estado de economía agraria, sólo ocupaba el hemisferio sur del planeta. Nuestra búsqueda tendrá lugar a unos ocho mil kilómetros al norte del ecuador.

Vargas suspiró.

—Sé que tendrán cuidado, pero no pueden convencerme de que nada merezca los riesgos implícitos. Que un solo y trivial acontecimiento histórico suceda o deje de suceder…

«O que una persona muera o deje de morir…», concluyó Kirk mentalmente. Asintió y dijo:

—Somos totalmente conscientes del peligro, doctora Vargas. ¿Ha estado usted al frente de esta expedición desde que la Enterprise descubrió el Guardián?

—Sí. Ya hace cuatro años. Formamos una base casi permanente aquí. Por razones obvias, la Federación no puede correr riesgos de fugas en la seguridad. Aquellos que deseen marchar deben someterse a supresión mnémica y condicionamiento hipnótico.

—Francamente, estoy sorprendido de que no haya más protección visible, señora —observó McCoy mirando a su alrededor como si medio esperara la aparición de guardias armados en la cocina.

Vargas rió por lo bajo, siguiendo con sus ojos azules la mirada del oficial médico.

—¡No, doctor McCoy, no encontrará ni artillería ni explosivos en los armarios! Aun así, estamos protegidos aquí. Una nave estelar de la Federación está encargada de realizar una inspección mensual y patrullar por este sistema. Este mes es la Exeter. El mes que viene será la Potemkin. Naturalmente, no saben qué es lo que protegen. Creen que hacen de niñeras de un importante descubrimiento arqueológico; que, a fin de cuentas, es la verdad. Pero apostaría que usted es el único capitán de la flota que conoce las auténticas características del Guardián, capitán Kirk. De modo que creo que estamos seguros aquí.

—Así lo espero. —Kirk apuró el contenido de su taza—. Gracias por el café. Me había olvidado del buen sabor del auténtico café.

—Aquí nos dan lo mejor. ¿Cuándo piensan intentar cruzar el portal del tiempo?

—Inmediatamente. —La voz de Spock sonó abrupta; se levantó de la mesa y abandonó la habitación.

Vargas parecía sorprendida y Kirk dijo:

—Está impaciente por empezar. No le ha dicho que este familiar suyo es un niño. Sólo podemos esperar que esté todavía vivo.

La mirada de Vargas se enterneció.

—Ahora comprendo mejor. Yo tengo una hija, Anna. A veces hablo con ella por la radio subespacial…

Les condujo al Guardián. Allí estaba, entre las ruinas; no parecía más que un gran aro de piedra de talla irregular. Su forma primitiva no daba pistas del extraño poder que poseía.

Se acercaron. El portal era de un gris apagado, el mismo color de las ruinas; su orificio central era transparente y les permitía ver la forma del templo derrumbado que McCoy había señalado cuando llegaron.

Spock se les había adelantado, mochilas a sus pies y tricorder en mano. Poco después del descubrimiento del Guardián, el vulcaniano había pasado semanas enteras allí en compañía de dos científicos más —cerebros eminentes de la Federación— para estudiar el portal del tiempo. Al finalizar su estancia, aún no eran capaces de explicar el funcionamiento del Guardián, cómo canalizaba su energía en las corrientes del tiempo ni de dónde provenía esta energía. Tampoco se ponían de acuerdo sobre si el ente era una computadora de complejidad increíble o una forma de vida. De pie ante ello, Kirk pensó que el hombre sencillamente no era capaz de comprender la naturaleza del Guardián; todavía no.

Pero el hombre podía utilizar cosas que no comprendía. Spock avanzó, con el tricorder listo.

—Saludos. —La voz del vulcaniano, tan flemática de costumbre, encerraba temor, y saludó a la forma pétrea al estilo de su pueblo—. Soy Spock y ya viajé contigo una vez. ¿Puedes mostrarme la historia del planeta Sarpeidón, el que trazaba su órbita en torno a la estrella Beta Niobe?

Siempre hacía falta una pregunta para evocar una respuesta del Guardián, y ahora la forma pétrea parpadeó con una luz translúcida proveniente de su interior. Una voz profunda y extrañamente cálida dijo:

—Te puedo mostrar el pasado de Sarpeidón. Futuro no tiene. Mira.

El centro del portal del tiempo se llenó de vapores y luego de un torbellino de imágenes, demasiado rápidas para ser captadas y recordadas por el ojo. Sugerencias de volcanes, enormes reptiles, pueblos de barro, ciudades de piedra, mares, naves, ejércitos, ciudades de acero y cristal y, finalmente, una luz cegadora que obligó a todos a taparse los ojos. A lo largo de la presentación, que pudo durar un minuto y medio, el tricorder de Spock giraba a doble velocidad.

El punto de mira central volvía a ser transparente y Kirk se unió a su primer oficial, que se encorvaba sobre el tricorder.

—¿Lo tiene todo, Spock?

—Sí. —La voz del vulcaniano sonaba hueca—. Creo que he podido aislar el período correspondiente a la última glaciación del planeta. Afortunadamente, el sistema de datación de neutrones que se empleó para las pinturas rupestres es bastante preciso. Nuestro problema no es cuándo saltar sino dónde iremos a parar en la superficie de Sarpeidón. No podemos explorar el planeta entero.

—No había pensado en esto. —Kirk miró al Guardián, ya inactivo—. Esto sí que es un problema.

—Se me ocurre una posible solución. El poder del portal del tiempo es enorme. Es probable que el Guardián pueda colocarnos en el punto correcto, si le puedo comunicar nuestro deseo. Lo intentaré.

El vulcaniano hizo un ajuste final a su tricorder y volvió frente a la forma basta. Su voz era baja, tensa.

—Guardián. ¿Puedes diferenciar entre distintas formas de vida? ¿Puedes, por ejemplo, discernir que mi especie es diferente de la de mis compañeros?

—Tú eres una especie en ti mismo. —Entonó el Guardián.

Spock, acostumbrado a los circunloquios del ente, asintió, aparentemente satisfecho de que la respuesta había sido afirmativa.

—Muy bien. En el último período glaciar de Sarpeidón, existe una forma de vida que pertenece a la misma especie que yo. Somos de la misma sangre y familia. Deseo localizar esta forma de vida. ¿Te sería posible situarnos en este lugar cuando atravesemos el portal?

Un breve silencio. Luego la voz volvió a tronar, aparentemente viniendo del aire que les rodeaba:

—Todas las cosas son posibles.

Bañado en el reflejo de la luz del Guardián, el rostro de Spock parecía demacrado, consumido. El vulcaniano insistió, con las manos cerradas en puño:

—¿Quiere esto decir que podrás colocarnos en el mismo lugar que esta forma de vida cuando saltemos en el tiempo?

Nada rompía el silencio salvo el susurro del viento desolado. Spock mantenía una rígida inmovilidad, aparentemente empeñado en arrancar una respuesta del mismísimo aire. Impulsivamente, McCoy se le acercó y puso la mano en su brazo. La voz del médico era amable.

—Tranquilícese, Spock. Algo me dice que todo irá bien.

El vulcaniano le miró sin reconocerle. Liberó su brazo de la mano del médico y se acercó a los suministros. Abrió su mochila y empezó a ponerse su traje térmico, una prenda de una sola pieza con protector facial incorporado.

El capitán fue a reunirse con McCoy.

—Ahí tiene su respuesta, Bones. Él irá pase lo que pase. Preparémonos.

Cuando estaban listos para saltar, Spock hizo unos ajustes finales a su tricorder y se dirigió de nuevo al ente del tiempo.

—Guardián. Te ruego que vuelvas a mostrarnos el pasado de Sarpeidón, para que podamos localizar y rescatar la forma de vida que es similar a mí.

Hasta el viento pareció apaciguarse por un momento, mientras las escenas empezaron a parpadear ante sus ojos. Ahí estaban, plantados, con un hormigueo de expectación en los músculos. De algún lugar a sus espaldas llegó la voz de Vargas:

—Buena suerte. ¡Les envidio!

—Preparados. Ya. —Los ojos de Spock no dejaron el tricorder ni por un instante—. Uno, dos, tres ¡ahora!

Los tres dieron un paso gigantesco hacia delante, derechos al centro del vórtice del torbellino.

Oscuridad sembrada de estrellas, desorientación total, mareo. Se tambalearon hacia delante, cegados, luego el viento frío les golpeó y sus ojos se llenaron de lágrimas bajo el vendaval. El mundo entero parecía ser blanco, gris y negro, pero el viento no les dejaba ver con claridad. McCoy se frotó los ojos, el aliento entrecortado y humeante, y maldijo.

—Teníamos que aterrizar de noche —gruñó Kirk tratando de ponerse el protector facial—. Póngase la máscara, Bones. ¿Está bien, Spock?

—Perfectamente, capitán. Sugiero que no intentemos movernos con este viento. Éste parece ser un lugar llano y razonablemente protegido. Hay un saliente a nuestra derecha… si pudiéramos llegar a su abrigo…

Los tres dieron unos pasos torpes hacia la derecha y el viento se calmó un poco. Lucharon por montar la pequeña tienda térmica que habían traído.

Dentro de la luz y el calor relativos de la tienda se relajaron y se miraron. El sentido del humor de McCoy se reafirmó cuando observó a sus amigos. Parecían grandes insectos, pensó, con sus protectores oculares laminados y los brillantes aisladores escamosos que cubrían sus bocas y narices.

—Esto es Carnaval. —Rió el médico mientras se quitaba su protector facial. Movió un dedo acusador hacia el vulcaniano, que apartaba la nieve de su pelo—. Le diré una cosa, Spock. Tiene gran talento para elegir los lugares adecuados donde pasar nuestro primer permiso en bastante más de un año.

McCoy hizo un ademán con la cabeza hacia Kirk, que sonreía, y prosiguió:

—Un hermoso y cálido sol, esplendorosos paisajes. Las mujeres son incitantes, los nativos amistosos…

El oficial médico se interrumpió bruscamente por algo que rugió en el exterior. Algo muy grande, a juzgar por el ruido.

Quedaron en silencio y el rugido se repitió, para apagarse en un lamento balbuceante; luego sólo se oyó el viento y el latigazo de la nieve contra la tienda. McCoy tragó saliva.

—¿Qué ha sido esto? —preguntó quedamente.

—Probablemente un Sithar, Bones —le informó Kirk, cumplidor—. Un predador muy grande. Parece que se trata de un cruce entre buey almizclero y león. Había uno pintado en la pared de la cueva ¿recuerda? Los científicos calculan que debe de tener el tamaño de un búfalo terrestre.

—¿Carnívoro? —preguntó McCoy con el mismo tono quedo. Spock levantó una ceja y miró a Kirk, que sonrió aún más ampliamente.

—Claro —respondió Kirk—. Su comida favorita son los cirujanos jefe que no tienen el sentido común de escuchar a sus oficiales.

McCoy le atravesó con la mirada y luego sonrió sumisamente.

—Supongo que les agüé un poco la fiesta. ¡Pero, diablos, me podrían necesitar! —se detuvo y añadió—: Bueno ¿qué hacemos el resto de la noche? ¿Quedarnos sentados a escuchar cómo esa cosa aúlla pidiendo su cena? O… —buscó en los bolsillos de su traje— podríamos jugar una pequeña partida amistosa. He traído mis cartas…

Kirk le empujó con su bota.

—Prefiero que me coma el Sithar antes que volver a perder la camisa con usted. Me voy a dormir.

El doctor se dirigió al vulcaniano.

—¿Qué me dice, Spock? ¿Dados locos?

Las comisuras de su boca se torcieron un poco cuando el primer oficial negó con la cabeza.

—Yo también estoy fatigado, doctor. Quizás el Sithar quiera jugar con usted… si se lo pide de buenas maneras.

McCoy yacía en la oscuridad, escuchando al viento por encima de los ronquidos de Kirk. Pasó mucho tiempo antes de que pudiera dormirse.