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DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 7340.37

Seguimos en alerta amarilla, en espera de la llegada de la flota romulana y los refuerzos de la Federación. Durante las próximas doce horas, deberé proteger al Portal del tiempo de todo uso no autorizado o destruir el planeta. La única solución posible que se me ocurre implica infringir la Orden General Nueve pero, en este punto, no tengo alternativa. Kirk fuera.

El capitán apretó el botón de «grabar» y se hundió en su asiento con una mirada de deseo hacia su cama. No obstante, en lugar de acostarse, tecleó una nueva petición de café y abrió un canal en el intercomunicador. —Spock al habla.

—¿Ha hablado con el doctor McCoy acerca de lo que pasó en la sala de transportes al regreso del equipo de salvamento?

—No, capitán.

—Zar estaba allí. Sabía, aunque nadie se lo hubiera dicho, lo que había ocurrido en la superficie; que el equipo de aterrizaje había sido aniquilado. ¿Le ha visto mientras tanto?

—No.

—La situación le había conmocionado. Parece que mantenía algún tipo de comunicación con sus amigos, Córdova y Steinberg, y pudo sentir sus muertes. McCoy sugiere precognición o, posiblemente, clarividencia. ¿Qué piensa usted?

El vulcaniano tardó en contestar.

—No, capitán. Las cualidades que acaba de mencionar se dan en algunos telépatas pero yo nunca he tenido conocimiento directo de ninguna de las dos, excepto una vez…

—Me acuerdo. El Intrépido. Recuerdo que fue doloroso.

—Sí. ¿Le vio en la sala de transporte?

—Sí. Dijo que el shock inicial le provocó un desmayo pero, cuando nos vio, estaba sobre todo culpándose a sí mismo por no habernos advertido a tiempo para salvarles. Parece que se sintió intranquilo durante las dos horas previas a su muerte.

—¿Está ahora en la enfermería?

—No, por eso le llamo. No le puedo localizar y quiero hacerle unas preguntas sobre esta capacidad suya. ¿Es cierto que puede percibir la presencia de otras formas de vida sintonizando sus energías emocionales? ¿No precisa de contacto físico?

—Es cierto, aunque estas formas de vida deben ocupar un lugar relativamente elevado en la escala evolutiva. Las formas de vida inferiores, los insectos, por ejemplo, experimentan pocas emociones susceptibles de ser traducidas en términos sensibles.

—Es lo que pensaba. Bien. Ordene al señor Scott que le sustituya y baje a mi habitación. Traiga a Zar con usted. Kirk fuera.

El vulcaniano accionó el interruptor del intercomunicador con el ceño fruncido, gesto que se intensificó cuando no obtuvo respuesta del camarote de Zar. Intentó localizarle en el gimnasio, la biblioteca, las áreas de recreo. Nada. Entregó el mando al ingeniero jefe y se dirigió a su propia habitación, guiado por lo que Kirk hubiera llamado corazonada y que él mismo consideraba deducción lógica…

La puerta se abrió: la familiaridad de su camarote, su cama, su silla, el microlector, las cintas, todo normal… Su mirada se detuvo y enfocó una forma inmóvil que yacía en el suelo de la alcoba, medio oculta tras el cortinaje carmesí…

Por una fracción de segundo quedó paralizado, incapaz de moverse, luego su cuerpo tomó el mando y le trasladó, al margen de su voluntad, hasta la figura vestida de negro. Se agachó con los dedos curvados para tocarla suavemente en el hombro, cuando Zar se movió, gruñó y se despertó.

La voz del vulcaniano sonó dura de alivio.

—¿Qué haces aquí?

El joven estaba obviamente turbado.

—No… podía quedarme quieto en mi camarote. Estaba tan… vacío. Así que vine aquí para devolver la cinta con la historia de mi planeta y decidí ver aquella cinta sobre el arte vulcaniano. Pero me cansé. No le esperaba. ¿No está de servicio?

—Sí. ¿Por qué no te has acostado en la cama?

Los ojos grises se abrieron mucho.

—Es su cama, no la mía. Además, puedo dormir en cualquier sitio.

Una ceja se alzó de golpe.

—Es evidente. Levántate. El capitán quiere verte. Ven.

—¿A mí?

—En realidad, a nosotros dos. No sé por qué.

Cuando se encendió la luz de la puerta, Kirk empezaba su segunda taza de café solo y frotaba sus ojos, que la fatiga le hacía sentir como papel de lija.

—Adelante —dijo, e hizo un ademán para que sus visitas se sentaran—. Siéntense, por favor. Tengo unas cuantas preguntas y una propuesta para ti.

Se sentó en la cama con el café en las manos, escrutado por dos pares de ojos, uno inquisitivo, el otro reservado.

—Zar ¿puedes darte cuenta de la cercanía de una forma de vida sensible sin verla?

El joven asintió.

—He podido con todas las formas de vida que conozco. —¿Puedes bloquear tu mente como hace Spock? ¿Bloquear, por ejemplo, el dolor e impedir que tu mente sea leída por medio de drogas?

—Puedo bloquearme para que un telépata no pueda leerme en contra de mi voluntad. Las demás cosas… no sé. Spock alzó una ceja.

—Tiene un escudo natural de orden superior. El bloqueo del dolor y la resistencia a las drogas constituyen una técnica que requiere un prolongado estudio y disciplina, como también controles psicológicos que él no posee. Es posible que pudiera obtenerlos con un instructor mejor cualificado.

Yo no precipitaría conclusiones.

—¿Pero no puede leer su mente contra su voluntad por medio de una fusión mental? —Kirk se inclinó hacia delante.

—Sólo la mía. —Respondió el vulcaniano, incómodo.

—¿Qué sabemos de las capacidades telepáticas de los romulanos?

—Prácticamente nada, capitán. Existen, pero es imposible especular acerca de su alcance. —Spock entrecerró los ojos—. Capitán, sólo existe una razón lógica para sus preguntas… la respuesta es «no».

Kirk frunció el ceño.

—Creo que no se lo he pedido ¿verdad?

Zar miró a los dos oficiales, confuso.

—¿De qué están hablando? ¿Cuál era su propuesta, capitán?

—¿Te ha hablado Spock del dispositivo de camuflaje que han instalado los romulanos en torno al Guardián?

—No, no me ha dicho nada. Es obvio que los romulanos no han utilizado el Portal del tiempo, al menos no de un modo discernible por nosotros… esto, sin embargo, plantea una pregunta interesante. ¿Nos daríamos realmente cuenta si la historia cambiara a nuestro alrededor? Cabe la posibilidad de que nos adaptáramos involuntariamente a los cambios de la existencia en torno nuestro… Me pregunto cómo serían las ecuaciones planteadas por este problema…

Spock parecía interesado.

—Un concepto fascinante. Si, hipotéticamente, el…

El capitán levantó la cabeza.

—Lamento interrumpir, pero mientras ustedes están sentados discutiendo la lógica del asunto, la continuidad cronológica podría cambiar. Zar, ésta es la situación… —Kirk prosiguió y explicó el problema; al final concluyó—:… de modo que debemos penetrar en ese dispositivo de camuflaje y proteger de alguna manera el Portal del tiempo antes de que lo descubran los romulanos. Para lograrlo, tenemos que introducirnos en el perímetro camuflado.

El joven quedó pensativo.

—Quiere que me introduzca en el dispositivo de camuflaje porque puedo sentir la presencia de los romulanos aunque no les pueda ver… ¿correcto?

—¿Puedes hacerlo?

Los ojos grises empezaron a brillar.

—Lo intentaré, señor. Si logro introducirme sin ser capturado ¿qué debo hacer con el Portal del tiempo?

—Aquí entra Spock en el asunto. Ha descubierto una manera de rodear el Guardián con un campo de fuerza que impediría el acceso de los romulanos, aunque lo descubrieran. Nuestros refuerzos deberían llegar antes de que encuentren la manera de traspasar la barrera.

—Sí, señor. —Zar se levantó—. ¿Cuándo iremos?

—No iremos. —También el vulcaniano se había puesto de pie y su seca afirmación sonó como una amenaza—. Al menos, tú no. Soy perfectamente capaz de instalar este campo de fuerza yo solo. Capitán —dijo sin volver la cabeza—, supongo que se da cuenta de que infringe la Orden General Nueve al solicitar ayuda civil en este asunto.

—Hago lo único que puedo hacer para proteger al Guardián, salvo destruir el planeta entero. Estoy dispuesto a contravenir la Orden General Nueve para conseguirlo.

—No le corresponde esa decisión, capitán.

Spock volvió la vista a Kirk y su expresión le hizo pestañear antes de endurecer su propia mirada. La voz del vulcaniano era dura:

—Zar, vuelve a tu camarote.

—No, señor. —Algo en su tono frío y quedo hizo que ambos oficiales le miraran—. Tiene razón, no es su decisión, es la mía. Voy a ir.

—No. —El vulcaniano negó con la cabeza—. Es demasiado peligroso. No lo puedo permitir. Iré yo solo.

—Ahí se equivoca. Iré solo si hace falta. El capitán puede encontrar otra persona que erija la barrera, pero no hay nadie capaz de introducirse en el camuflaje y localizar a los enemigos en su interior. De hecho, sería mejor si fuera solo. Entonces no tendría que preocuparme por sus retrasos.

—Es suficiente —cortó Kirk—. Irán los dos, o no va nadie y yo inicio la destrucción. —Spock se volvió para mirarle y los ojos del vulcaniano le hicieron apretar los puños—. Spock, sé lo que está pensando. Pero no tengo alternativa. Sacrificaría a cualquier persona en esta nave, empezando por mí mismo, para impedir que los romulanos tengan la oportunidad de usar el Portal del tiempo. Es mi deber y nadie, ni siquiera usted, puede interponerse. —Miró a Zar y continuó—: Envío a Zar porque quiere ir y porque tiene esta… percepción, o como quiera llamarlo, excepcional y, por lo tanto, la mejor posibilidad de entrar y volver a salir con vida. Y le pido que vaya usted también porque le puede proteger mejor que nadie. Si lo prefiere, enviaré a Zar con otra persona. Piénseselo. No disponemos de mucho tiempo.

Spock miró fijamente a Zar. Estaba tranquilo, de pie, con los brazos caídos a los costados y la mirada abiertamente desafiante. El primer oficial espetó una frase en una lengua que Kirk supuso era la vulcaniana. El joven levantó la barbilla y contestó de modo igualmente cortante y en la misma lengua. Spock apretó los labios y asintió lentamente, dubitativo.

El joven abandonó la habitación sin pronunciar otra palabra. El capitán se dirigió a su primer oficial:

—Bien ¿quién ha ganado?

—Ha ido a prepararse.

El vulcaniano no le miró a los ojos. Kirk sabía que Spock estaba más enfadado que nunca; con los dos.

—Ojalá hubiese otra manera, Spock. —El capitán suspiró—. Bueno, al menos no durará mucho. Dentro de una hora, como máximo dos, estarán de vuelta a bordo y el Guardián seguro. —Una pausa—. Hace falta valor para enfrentarse con usted como lo ha hecho.

—Ha sido una total falta de respeto.

—No creo que tuviera esta intención… —Kirk recordó la expresión de Spock cuando Zar dijo que no haría más que retrasarle—. Aunque es un descarado… Yo también era así, hace tiempo. —Hizo una mueca de añoranza—. Mi viejo las pasaba negras tratando de disciplinarme. No había nada que hacer. ¿Tuvo su padre alguna vez el mismo problema?

El vulcaniano alzó una ceja estupefacta, detectó la sonrisa cómplice de Kirk y desistió.

—Los métodos vulcanianos tenían efecto en mí… normalmente.

—Bueno, si lo desea, cuando esto haya acabado, reuniré un pelotón de seguridad y nos podremos turnar para azotarle.

Cuando los dos voluntarios, vestidos con oscuros y aislantes trajes de campaña, entraron en la sala de transportes, el capitán les estaba esperando. Mientras les observaba ajustarse las pistolas fásicas y los comunicadores, se fijó de nuevo en sus similitudes y en sus diferencias. Ambos se movían con gracia, con elegancia, pero la gracia de Spock era medida, precisa, mientras que la de Zar era… ¿felina? Kirk rechazó la palabra pero no pudo encontrar otra mejor.

Una vez en las placas del transportador, con la unidad portátil del campo de fuerza en manos de Spock, el capitán pulsó unos interruptores y fue premiado con un zumbido de respuesta.

—Recuerden, disponen de doce horas para instalar la unidad y volver a las coordenadas de aterrizaje antes de que Bob y yo empecemos a destruir el planeta. Si aún están en él…

—Comprendido, capitán.

Spock asintió. Un segundo después, las dos figuras desaparecieron en un resplandor.

El Portal estaba silencioso, salvo por el viento, e incluso éste parecía extrañamente callado. Las ruinas omnipresentes se cerraron en torno suyo mientras se abrían cauteloso camino entre rocas y trozos de edificios caídos. La plateada arena cenicienta, salpicada de destellos de silicio, era demasiado fina para retener sus huellas. Al cabo de pocos minutos, todo rastro de su paso habría desaparecido.

Spock consultaba su tricorder con frecuencia y, finalmente, dio la señal de detenerse.

—La barrera debe empezar justo delante nuestro —susurró.

Zar no podía ver más que rocas y estructuras derrumbadas, fiel reflejo de lo que habían dejado atrás, pero su sentido de la orientación le decía que el Guardián estaba a unos cuarenta metros por delante. Entrecerró los ojos y, más que ver, intuyó cierto temblor en el aire.

—Puedo verlo.

—Sí. ¿Puedes detectar algo al otro lado de la barrera?

—Dos, quizá tres, cerca del Guardián. Tendremos que dar un rodeo por la izquierda.

Aunque sus sentidos le decían que el camino estaba despejado, poco después, Zar y Spock cruzaron la barrera del dispositivo de camuflaje a gatas. Ambos se dieron cuenta de cierta sensación de cosquilleo que desapareció en la medida en que se adentraban en el campo. Spock quiso ponerse de pie pero Zar le agarró por el brazo.

—Al suelo. Están por todo el área. Sígame.

El vulcaniano tenía dificultades para mantener el paso mientras se escondían de afloramiento en afloramiento y avanzaban casi siempre a rastras. Cuando alcanzaron un punto desde el que poder ver el Portal del tiempo, ellos también estaban bastante bien camuflados, cubiertos del polvo ceniciento.

Al lado del monolito, aún inactivo, se posaba una pequeña nave con la trampilla abierta. Los romulanos estaban ocupados en su descarga. No prestaban atención a la enorme figura de piedra, pero no había manera de acercarse al Guardián sin ser vistos inmediatamente.

Spock hizo un brusco gesto con la cabeza, una orden silenciosa, y se retiraron a una distancia de seguridad. Zar localizó un hueco en la roca, resguardado de la vista y el viento, y se acomodaron en él para esperar la conclusión de las labores de descarga.

—Sólo nos queda esperar que los romulanos sean tan eficientes descargando un transbordador como en todo lo demás —dijo Spock—. Nos quedan once horas y veinticuatro punto tres minutos antes de que expire el plazo del capitán.

Zar asintió en silencio, y los dos permanecieron sentados, escuchando al viento. Los minutos pasaban lentamente. El joven recurría a su percepción para controlar la presencia romulana y, ocasionalmente, se incorporaba para echar un vistazo al escenario. Finalmente, para no quedarse dormido, se dirigió a la figura silenciosa a su lado.

—El otro día estaba leyendo mi lección de biología…

—¿Sí?

—Había una discusión sobre híbridos… yo soy…

—No. Lo soy yo.

—Zar se sorprendió.

—¿Usted? Creía que… —se calló, confundido.

—Soy medio humano. ¿No lo sabías? Creí que McCoy te lo había dicho. ¿Por qué te sorprende el hecho?

—La mayoría de los híbridos son estériles… —farfulló el joven. Después de hacer el comentario, deseó poder retirarlo. La voz de Spock no había cambiado pero percibió una corriente instantánea de diversión.

—Yo no. Como es obvio.

—Esto significa que sólo soy vulcaniano en una cuarta parte… creí que era la mitad. Usted no presenta signos de ascendencia humana.

—Gracias. —La diversión se había acentuado.

—¿Quién de sus padres es vulcaniano?

—Mi padre, Sarek, ex embajador en la Tierra y varios planetas más, incluida la sede del Consejo Federal.

—¿Sarek de Vulcano? He leído cosas de él… una familia muy antigua y respetada.

—Sí. Un parentesco difícil de soportar.

—Aun así, debe ser bueno conocer a quién perteneces… vayas donde vayas, un mundo te reclama y formas parte de él. Un hogar. Lo echo de menos…

Zar calló bruscamente, tragó saliva para aliviar el repentino apretón de la garganta y tuvo una visión de cimas escarpadas, cubiertas de hielo, y de valles empinados. «Y la pintura que vi… ¿qué significa?» Echó una mirada al vulcaniano y se dio cuenta de que le estaba observando con atención, su rostro era un borrón en la penumbra. La mirada intensa le desconcertaba, y Zar se incorporó con apresuramiento para mirar la nave.

—Aún descargan…

Spock le miraba tranquilo.

—El mismo día que volvimos de Sarpeidón, cursé al jefe de la Familia una petición de ciudadanía vulcaniana para ti. T’Pau conoce tu existencia. Si algo me ocurriera, debes dirigirte a ella.

Zar encontró la insinuación inquietante, y su tono fue más brusco de lo que pretendía.

—Si algo le ocurriera lo más probable es que yo tampoco esté vivo… ¿Cuánto tiempo nos queda?

—Once horas, doce punto tres minutos.

—No sé si presentaría esa petición, aunque sería bueno tener un… hogar. Según lo que he leído, las tradiciones sociales vulcanianas son algo rígidas.

—Lo sé. Puede resultar difícil combinar las expectativas familiares con las ambiciones… las necesidades personales. La Familia determina la mayoría de las elecciones individuales; al menos lo intenta. La carrera… hasta el matrimonio. Se espera que uno mantenga la línea sucesoria… que continúe la tradición.

—¿Quiere decir que los matrimonios son concertados?

La idea era demasiado ajena al joven y le produjo cierto estremecimiento. Una relación sin alegría, sólo el deber. Irónicamente, la imagen de su madre, con una sonrisa de añoranza en los labios, invadió su mente y chocó con el recuerdo que estaba presente desde aquella conversación con Kirk; se preguntó inútilmente cuál sería la imagen verdadera. «No pienses en ello. Concéntrate en otra cosa».

—Casarme… nunca he pensado en ello. En cuanto a la sucesión, me pregunto si podría siquiera procrear con una vulcaninas de raza pura… o con una humana, por lo que le toca.

—No lo sé. Probablemente… no querrás considerar la posibilidad de un matrimonio con una vulcaniana.

—¿Por qué?

—Debido al pon farr.

—¿Pon farr? Esto significa «tiempo de apareamiento» o «tiempo de casamiento». ¿De qué se trata?

Spock suspiró profundamente y Zar pudo sentir sus emociones: turbación, reticencia. Entonces le habló con voz queda del impulso apareador que nacía cada siete años, y de la locura resultante… una locura hasta la muerte, si se negara el impulso durante demasiado tiempo. El joven quedó atónito.

—¿Es así como se casan los vulcanianos? —Pensó en algo y abrió los ojos de par en par—. No me va a pasar a mí eso, ¿verdad?

El primer oficial examinaba con atención un pequeño guijarro insignificante.

—Es probable que no… —dijo sin mirarle—. Se debe en gran medida al condicionamiento racial. Podrías sufrir sus vestigios pero dudo que experimentes la locura.

—Locura… —Zar se estremeció—. ¿Y usted… alguna vez?…

—Una vez.

Zar rechinó los dientes para ahogar la siguiente pregunta, pero se le escapó de todas maneras, como si tuviera voluntad propia.

—Fue con… —Tragó saliva—. Quiero decir cuando…

—No. —Esperaba que el vulcaniano expresara resentimiento pero no pudo detectarlo en su voz plana ni pudo sentirlo en sus emisiones emocionales—. Ocurrió en Vulcano, hace varios años…

—Entonces está casado… no lo sabía.

Zar se preguntó vagamente si tendría hermanos y hermanas. «Hermanos legítimos», se burló una parte de sí. Pero Spock negó con la cabeza.

—No. Mi prometida optó por el desafío. No hubo matrimonio. —El guijarro cayó sobre la arena cenicienta—. ¿Sigue la descarga?

Zar entrecerró sus ojos grises para concentrarse en la acción que no podía ver.

—Sí. ¿Cuánto tiempo queda aún?

—Once horas, cinco punto cinco minutos. —Spock recogió el guijarro y lo dejó caer de nuevo; miró a su acompañante a los ojos—. ¿Tienes más preguntas sobre… lo que hemos estado hablando? Es un tema que debes conocer… aunque nunca me había imaginado que iría sin rodeos, como diría McCoy.

Zar no entendió ni la referencia ni la desaprobación que la acompañaba. Otra cosa le molestaba. Tras un largo silencio, se atrevió a preguntar:

—¿Sólo cada siete años?

De nuevo, la sensación de que Spock se divertía, esta vez presente en su voz:

—Pareces asombrado. Debes saber, a estas alturas, si estás sujeto a esta limitación temporal o no… incluso para los que lo estamos, el tiempo se puede retrasar o acelerar bajo determinadas circunstancias. En ocasiones, se puede evitar por completo.

Esta vez le tocó a Zar pronunciar un seco:

—Obviamente.

—Son muy pocos los que conocen la existencia del pon farr fuera de Vulcano. No es un tema para tomar a la ligera. La mayoría de los vulcanianos prefieren olvidarlo… en la medida de lo posible.

—Entiendo. —El viento rodaba por las ruinas cual espectro de un oleaje muerto hace mucho. Al cabo de unos minutos, el joven se asomó para ver el vehículo estacionado—. Ahora ya sólo quedan dos. ¿Quiere intentarlo?

—Tenemos tiempo. Espera unos cuantos minutos. Cuantos menos tengamos que afrontar, más posibilidades de pasar desapercibidos.

Zar hizo un gesto de asentimiento y se acomodó contra la roca.

—He leído sobre Sarek, pero no he encontrado ni una mención de su esposa humana. ¿Es de la Tierra?

—Sí. Cuando era embajador en la Tierra, se casó con Amanda Grayson, maestra.

—Maestra… es curioso.

—¿Qué quieres decir?

—Mi madre también era maestra… me pregunto si son todas parecidas.

—¿Las maestras o las madres?

El vulcaniano se apoyó en la roca y alzó la vista al cielo, siempre salpicado de estrellas.

—Ambas cosas, supongo. En cierto modo, ella era una instructora más dura que usted. No había nadie con quien hablar excepto nosotros dos, pero no podía cometer errores gramaticales sin ser corregido.

—Mi madre también es así… supongo que un día la conocerás. —La posibilidad le divertía.

—Se divierte. ¿Por qué?

—¿Cómo lo sabes?

—Puedo sentir sus emociones. Cuando estamos cerca y no hay humanos presentes para ahogarlas. Las emociones humanas son como palabras proferidas en voz alta, a veces a gritos. Las suyas son como susurros en una sala grande… pero puedo oír los susurros si no hay nada que distraiga mi atención. —Zar se detuvo un momento y prosiguió—: Sus emociones son definidas, no confusas como las humanas. Usted siente una cosa a la vez; lo mismo que cuando piensa.

—Se supone que los vulcanianos no tienen emociones en absoluto —dijo Spock con voz distante.

—Lo sé. Sin embargo, apostaría a que sí las tienen. No se preocupe, las puedo bloquear si le molesta… Se le ha olvidado decirme qué le divierte.

—Pensaba en mi madre. Me imaginé, por lo pronto, su reacción cuando alguien le diga que tiene un nieto de veintiséis años. Si tenemos en cuenta la relación entre los períodos anuales de Sarpeidón y los terrestres, tienes casi veintiocho. Amanda se…

El vulcaniano movió ligeramente la cabeza; era evidente que se imaginaba otra vez su reacción.

Zar percibió su diversión, más fuerte que antes. La curiosidad le picaba y, finalmente, preguntó:

—¿Cuál sería su reacción?

—Probablemente la misma que la mía, si tenemos en cuenta que no tiene edad para ser abuela de alguien como tú.

—¿Lo pensó cuando me encontró… lo de usted y mi edad quiero decir?

—Sí. —Spock vio la sorpresa del joven y añadió, molesto—: Al fin y al cabo es cierto. ¿Qué edad crees que tengo yo?

—No lo sé. Nunca he pensado en ello… bastante mayor, supongo.

—Nuestra situación es físicamente imposible.

—Oh.

Un silencio de varios minutos. Luego el vulcaniano dijo, bruscamente:

—Hay algo que debo decirte.

—¿Qué?

—El significado de la palabra krenath

Zar se había olvidado de que había mencionado la palabra a Kirk. Sintió que se ruborizaba y se alegró de que estuvieran a oscuras.

—En el pasado, en la Tierra, los humanos depositaban ilógicamente la culpa de la ilegitimidad en los hijos de la unión. Afortunadamente, ahora la palabra «bastardo» no tiene un verdadero sentido literal. Se emplea coloquialmente para designar personas indeseadas por distintas razones no específicas. —Spock respiró profundamente y continuó—: Es diferente en Vulcano, donde la familia constituye uno de los elementos más importantes en la vida de las personas. Se considera que los krenath han sido perjudicados por los errores de sus mayores. Se les conceden todos los desagravios posibles, incluida la plena aceptación por ambas familias. Son los padres los que quedan marcados.

El joven pensó largamente y sintió que su ira desaparecía. Se daba cuenta, en parte, del esfuerzo que suponía para el vulcaniano dar su explicación.

—¿Así que… reconociéndome admitiría una grave infracción de… las costumbres?

—Sí.

Zar luchó por no pronunciar la pregunta que surgía en su mente. Obviamente, el vulcaniano no tenía la intención de reconocerle… al menos mientras estuviera vivo. Incómodo, se arrastró para echar un vistazo y dio la vuelta, agitado.

—Se han ido. Todos excepto un guardia. Vámonos.