12
A pesar de las protestas de Spock, Kirk encabezó el equipo de salvamento. Cuando llegaron a las coordenadas del primer equipo de aterrizaje, encontraron el área desierta. El equipo de salvamento se agrupó contra el azote del viento, mientras McCoy exploraba el entorno.
—No hay lecturas de vida, espera, una muy débil. Por aquí. —Empezaron a correr.
Lo que quedaba del equipo de aterrizaje estaba esparcido, junto a los arqueólogos, en torno al edificio del campamento, destruido. Kirk se mordió el labio y cerró los ojos. Al cabo de un instante recobró el control y se unió a McCoy, inclinado sobre una figura tendida boca abajo.
La doctora Vargas estaba casi irreconocible. Al acercarse el capitán, McCoy le miró y le hizo una rápida seña con la cabeza.
—¿Puede hablar, Bones?
—Lo dudo.
Al sonido de sus voces, la forma abatida se movió y abrió los ojos.
—Kirk…
La voz era tan débil que el capitán empujó a McCoy y casi puso el oído junto a la boca. Se dio cuenta de que ella no podía verle y le cogió la mano.
—Estoy aquí, doctora Vargas… ¿quién ha sido?
—… Rom…
—¿Puedes darle algo que le ayude a hablar, Bones?
McCoy negó lúgubremente con la cabeza.
—No, Jim. Cualquier estimulante aceleraría su fin. —¡No es eso lo que te he preguntado! ¿Puedes darle algo para que hable?
—Cordracina o trimetilfenidato, pero…
—¡Maldita sea, Bones, dáselo! ¡Tengo que averiguar si los romulanos han encontrado al Guardián!
McCoy musitó algo con media boca pero sacó su jeringa, y Kirk oyó su silbido cuando la puso contra el brazo de la mujer. Ella abrió los ojos y gimió.
—¿Han descubierto la verdad, doctora Vargas? —La sacudió suavemente—. ¿Conocen el emplazamiento del Guardián?
—No… no tenían drogas… métodos brutales… Torquemada… luchamos… demasiados, demasiado… fuertes. Pero no… hablamos. Deténgales…
Cerró los ojos y los volvió a abrir de par en par, retorciéndose en las manos de Kirk. Él pudo oír sus desgarrados boqueos y luego su voz, esta vez sorprendentemente clara:
—Los debe detener. Mi Guardián… no se debe utilizar para…
Los ojos azules se cerraron y se abrieron de nuevo cuando la cabeza cayó hacia atrás. El capitán la depositó suavemente en el suelo y McCoy le cerró los ojos.
Cuando Kirk se levantó, el equipo de salvamento estaba a sus espaldas. Habló Masters, el jefe de seguridad.
—Lo hemos comprobado, señor. No hay supervivientes. Carniceros… siete de mis hombres… —Tragó saliva y pudo hablar con más normalidad—. ¿Destacamento de entierro, capitán?
—¿Para dieciséis? El suelo es demasiado duro. Que nos envíen camillas y bolsas. Intervengan las comunicaciones… haces estrechos. No queremos que nos detecten. Cuando… cuando todo esto acabe habrá una ceremonia. ¿Han muerto todos del mismo modo?
—¿Torturados? Sí. ¿Por qué, capitán?
Kirk cerró los puños y respiró profundamente.
—Los nuestros no podían dar información porque no la tenían. Los verdaderos héroes son los arqueólogos. Prefirieron morir antes que hablar. ¿Han registrado el edificio?
—Sí, señor. Ha sido saqueado. Menos mal que pudieron sacar sus archivos.
—Sí, menos mal. Sólo desearía haber sacado también a las personas. ¿Se ha ocupado de la identificación o necesita McCoy huellas retinales?
—Me he ocupado de ello, señor.
—Muy bien. Que el material esté aquí en seguida. Si nos entretenemos mucho más podríamos acabar como ellos.
—Sí, señor.
Kirk hizo una seña a McCoy.
—Echemos un vistazo al Guardián. Armas fásicas en posición letal.
Ambos caminaron entre las ruinas hasta dejar atrás el edificio del campamento. El capitán se detuvo, registró el área, sacó unos pequeños prismáticos y la registró de nuevo. Movió la cabeza.
—Bones, compruebe nuestra posición en su tricorder.
El médico despachó una serie de coordenadas. Kirk frunció el ceño.
—No comprendo… deberíamos poder verlo desde aquí. Pero el paisaje delante nuestro está… —Su voz cambió—. Bones, no está allí. ¿Dónde… cree que han podido moverlo de alguna forma?
—Diablos, no, Jim. Esa cosa no se puede mover. Debe pesar toneladas. Además, apuesto a que no funcionaría en un entorno distinto. ¿Dónde puede estar?
El capitán sacó su comunicador y ajustó el instrumento a intervención.
—Kirk a Enterprise.
—Enterprise, Spock al habla.
—¿Han sido informados de la situación en el planeta?
—Afirmativo, capitán.
—¿Sigue estudiando las lecturas de las ruinas?
—Sí, capitán. Permanecen estables en los niveles que le mostré.
—Muy bien. Kirk fuera.
El capitán volvió a recorrer el área con los ojos, su mirada perpleja. Ruinas, columnas caídas, rocas de un gris azulado, arena cenicienta… y nada más.
—¡No puede haber desaparecido sin más, Bones! Tiene que estar ahí fuera de alguna… —Dejó de hablar y se volvió hacia el médico—. ¡Eso es! ¡Está ahí fuera, donde debería estar, sólo que no lo podemos ver! —McCoy le miró estupefacto. Kirk asintió con entusiasmo—. Un nuevo tipo de dispositivo de camuflaje. Nos están proyectando alguna especie de imagen simuladora. El Guardián se encuentra a unos cien metros delante nuestro, pero queda oculto tras este… dispositivo de camuflaje planetario.
—Podría estar en lo cierto, Jim. Me parece razonable. Si es así, sin embargo, ¿cómo diablos impedirá que los romulanos utilicen el Guardián… si nosotros mismos somos incapaces de encontrarlo?
—¿Lo puede registrar en su tricorder? ¿Detecta algún tipo de lectura de vida que nos indique dónde están situados?
El tricorder del oficial médico zumbó, pero él negó con la cabeza, desesperado.
—No detecto más que las energías crónicas. No hay manera de localizar nada más. Estamos ciegos, tanto instrumental como físicamente.
Kirk pensaba.
—Esto me da una idea… volvamos.
Lo primero que vieron Kirk y McCoy cuando se materializaron en la sala de transportes era a Zar. La palidez de su rostro hacía que sus ojos parecieran casi negros. Su voz temblaba.
—El equipo de aterrizaje… están todos muertos ¿verdad?
Si sólo me hubiese dado cuenta antes, aún podrían estar vivos… Juan y Dave… la doctora Vargas…
McCoy le miró fijamente; se daba cuenta de que estaba en estado de shock. Kirk avanzó, le cogió del brazo rígido, le zarandeó. La voz del capitán encerraba una orden.
—Bones. Ayúdeme a llevarle a la enfermería.
Zar se movía como un autómata; le empujaron hasta la enfermería y le hicieron sentarse en un sillón. El médico, preocupado, le tomó el pulso y lanzó una mirada a Kirk.
—Contrólate, hijo. ¿Cómo has sabido lo del equipo de aterrizaje?
Los ojos grises parpadearon y perdieron algo de su expresión vidriosa.
—Yo… lo sabía. Como lo supe… antes. Me dolió la cabeza y enfermé cuando me di cuenta de por qué nos atacaban los romulanos. El dolor empeoró, me desmayé, y luego desapareció. Cuando recordé la única vez que me había pasado esto antes, supe que estaban todos muertos. —Se dejó caer pesadamente en su asiento—. Todos muertos… Hubiese podido salvarles si no me hubiera…
Kirk le dio una taza de café solo y observó los dedos temblorosos que la cogieron; enderezó la taza que se caía.
—Tranquilízate, Zar. ¿Qué significa que sabías por qué nos atacaron los romulanos?
—Era obvio. Invadieron el sistema para encontrar al Guardián. Es un arma potencialmente letal. Cuando pedí información a la computadora sobre este sector, ni siquiera conocía la existencia del Portal del tiempo; debe ser información reservada. Me pregunto cómo lo han descubierto los romulanos.
—No lo sé. —Kirk se encogió de hombros. Luego llevó a McCoy aparte, mientras Zar, agotado, apoyaba la cabeza en las manos—. ¿Qué le parece, Bones?
—No sé, Jim. ¿Precognición? ¿Clarividencia? ¿Empatía con el terror de sus amigos? No puedo avanzar hipótesis sin más información.
El capitán apretó los labios.
—Empieza a parecerse a su padre. He de volver al puente. Mientras tanto, averigüe todo lo que pueda de este asunto. Podría sernos útil.
Después de salir Kirk, McCoy ofreció otra taza de café a su paciente.
—¿Te sientes mejor?
—Sí. —Zar movió la cabeza—. Aunque me cuesta creerlo. Sólo hace unas horas que hablé con ellos… luego verles así… —Apartó la taza.
—Pero no estabas allí. No podías ver… —McCoy calló.
—Sí, pude. En su mente, cuando me tocó.
—Lo siento.
McCoy estudió las facciones del joven; eran más enjutas, más tirantes que hacía siete semanas. Su nueva madurez le brindaba un aspecto menos humano, más…
—Zar ¿cuándo empezaste a tener la sensación de estar enfermo?
—Casi en cuanto despedí a Juan y Dave. Entonces quise dibujar y dibujé a la doctora Vargas. Traté de olvidarlo pero no me dejaba, se hacía más fuerte y, finalmente, me desmayé del dolor. Estaba bien cuando recuperé el sentido. Sólo fue después, mientras hablaba con… alguien, cuando me di cuenta del significado de mi malestar…
—¿Cuál fue el peor momento?
—Unas dos horas y media después de la partida del equipo de aterrizaje.
«Cuando murieron», pensó McCoy, recordando su breve examen de los cadáveres.
—¿Dices que esto te había sucedido otra vez? ¿Cuándo?
El joven parecía atormentado.
—Cuando… murió ella… hace siete años. Casi me había olvidado… supongo que quería olvidar. Por eso no lo asocié… no funciona nunca para mí. Aquella vez que casi me mató la vitha no tuve aviso alguno. Pero cuando ella cayó… yo cazaba a casi… debían ser unos ocho kilómetros. Recibí el aviso… mal, me dolía la cabeza, el estómago… y sabía que algo iba mal. Empecé a correr… había cubierto medio camino cuando vino el dolor y supe que había sucedido. Perdí el conocimiento… Llegué demasiado tarde… ella ya estaba… llevaba muerta casi una hora.
McCoy movió la cabeza pero no se le ocurría nada que decir. Zar mantuvo una expresión distante durante un rato, luego se dirigió al médico.
—En cuanto me di cuenta de que me sentía igual que cuando murió mi madre, supe que algo debía haberles pasado a mis amigos y que yo no podía hacer nada. —Cerró los puños—. Esto es lo peor. Saber que va a ocurrir y que no hay manera de impedirlo. Además ¿cómo podría hacer algo yo, si cada vez que alguien me importa y se muere… lo siento yo también?
—Sospecho que saldrás mejor parado cuanto más profundices en las técnicas vulcanianas de control mental —dijo McCoy—. Sé que esto no te ayuda de momento mucho. A propósito, si vuelves a tener… sensaciones de este tipo, comunícanoslo a mí y al capitán.
—De acuerdo.
—Ahora sería mejor que te fueras a dormir un poco. Parece que te hace falta y yo tengo que ocuparme de un asunto desagradable.
Zar asintió y se fue. McCoy cogió una bata y unos guantes del almacén y se dirigió a la sala de patología rechinando los dientes.
—De modo que tenemos un problema. —El capitán dio unos pasos ante la mesa de la sala de reuniones—. Sabemos que los romulanos han activado el dispositivo de camuflaje planetario para cubrir el Guardián. Mientras ese dispositivo esté activado, no hay manera de saber si los romulanos siguen dentro de su perímetro de cobertura. Tampoco conocemos con qué número de enemigos nos enfrentamos. Si enviáramos una avanzada e intentáramos penetrar en su campamento, podríamos encontrarnos en sus manos en cuanto lo atravesáramos… frente a un número muy superior. Spock ha calculado el alcance del dispositivo de camuflaje y es lo suficientemente amplio para encubrir una fuerza considerable. Cada momento que transcurre permite a los romulanos utilizar el Guardián. Nuestros instrumentos son inútiles, salvo para determinar el tamaño de su campo. Francamente, estoy sorprendido de que no hayan usado ya el Portal del tiempo, pero seguimos aquí, de manera que debo suponer que no lo han hecho. ¿Sí, teniente?
Fijó la vista en Uhura.
—Capitán, su silogismo se basa en la premisa de que los romulanos ya conocen lo que es el Guardián… su capacidad de Portal en el tiempo. —Uhura movió la cabeza, pensativa—. Quizá debamos analizar esto. Hay… ¿cuántos diría usted? Tal vez veinte personas en toda la Federación, incluidos nosotros cinco, saben lo del Guardián. ¿Qué le hace pensar que los romulanos también lo saben?
La sala se llenó de un confuso parloteo. Uhura levantó una mano para pedir silencio, lo obtuvo y continuó:
—Si los romulanos conocen los poderes del Guardián, ha habido una fuga en la seguridad. Hasta donde sepa la Flota Estelar, tal fuga no existe. —La mujer se inclinó hacia delante, su mirada intensa—. Yo tampoco creo que haya habido una fuga. No creo que los romulanos sepan en absoluto lo que es el Guardián. Pienso que han sido informados de que protegíamos este planeta por razones desconocidas. Es probable que los romulanos crean que la Federación cubre algún secreto militar oculto en el Portal. Algo hecho por nosotros, algún tipo de instalación. ¿Por qué razón, si no, asignarían una nave estelar para la protección total de unas cenizas? —Uhura volvió a detenerse y prosiguió—: Recuerden qué pasó cuando transportamos el equipo de aterrizaje inicial al Portal… El señor Spock localizó el Guardián con su tricorder y con sus escáneres de a bordo. Gracias a Dios, la tecnología romulana no está tan avanzada como la nuestra. Tienen poder militar pero carecen de curiosidad intelectual. Y el Portal del tiempo no responderá, salvo que le planteen una pregunta… Apostaría que están tan ocupados buscando algún arma o nave espacial que han dejado de lado las ruinas… Portal del tiempo incluido.
Se produjo un breve silencio. Spock juntó las puntas de los dedos y asintió.
—Una línea de razonamiento extremadamente lógica, teniente. Me inclino a estar de acuerdo, puesto que la suya es la única teoría que se adapta a los datos disponibles. —El vulcaniano estaba serio—. No obstante, no podremos contar mucho tiempo con su actual desconocimiento del Guardián. Tarde o temprano lo descubrirán. Y entonces…
El capitán negó con la cabeza.
—Debemos evitarlo. Aunque implique utilizar las armas fásicas de la Enterprise y la Lexington para destruir el planeta. Nos quedan menos de trece horas hasta que llegue la flota romulana. Es de esperar que nuestras naves les pisarán los talones, pero no podemos permitirnos correr ningún riesgo.
Las expresiones en torno a la mesa eran más que elocuentes. Kirk tenía una mirada poco prometedora.
—Sé que la pérdida será enorme para el Universo… nunca podremos recuperar los conocimientos científicos e históricos. También existe otro peligro. Es muy posible que el Guardián disponga de sus propios sistemas de defensa. Cualquier intento de destruirlo podría provocar la aniquilación de todos, romulanos y también humanos. Y aunque no tenga defensas propias, su fuerza es tan enorme que su destrucción podría significar el fin del sector entero. Lo miremos como lo miremos, los riesgos son grandes. Y, si resulta necesario destruir el planeta, yo tomaré la decisión. De este modo, pase lo que pase, seré el único responsable. No deseo tener que dirigir nuestras armas fásicas contra el Guardián; pero quizá no haya otra alternativa.
Quedó inmóvil en la cabecera de la mesa; luego, tras un largo segundo, enderezó los hombros.
—Se pueden retirar.