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Mediodía en Vulcano. Un torbellino de calor envolvió a Spock en el momento de materializarse en la cresta de una loma; él quiso empaparse en la calígine por un momento. Olfateó apreciativamente el aire ligero. Su sequedad resultaba maravillosa tras la fría niebla que servía de atmósfera a bordo del carguero. El cielo en lo alto refulgía con los cuarenta Erídanos, que alcanzaban su cenit. La arena blanca reflejaba el calor con un brillo abrasador, y las rocas y la vegetación resplandecían.

Spock dio la vuelta alrededor de la baja y extensa edificación y se dirigió a la entrada de visitantes, en la cara sur del complejo de viviendas. No tenía intención de anunciar su llegada, aunque hacía más de un año desde que había visto a sus padres por última vez. Sintió remordimientos al imaginar su decepción si descubrieran su visita; los reprimió. Amanda querría conocer la razón de su repentina llegada y la duración de su estancia, y Sarek esperaría de él que inspeccionara las propiedades. Se vería abrumado por sus obligaciones familiares y habrían preguntas…

Una vez en el edificio, tecleó su solicitud de audiencia con T’Pau y esperó con impaciencia, imponiendo una expresión de calma en sus facciones y curvando el cuerpo para inmovilizarlo. Finalmente, la pantalla se encendió a su lado con los caracteres de su nombre de pila, el que sólo la familia utilizaba, y esto únicamente en el día de su onomástica y en las festividades religiosas. Lo había empleado deliberadamente, porque sabía que T’Pau reconocería su significado y respetaría su deseo de discreción. Dirigiéndose hacia uno de los ocultos pasadizos interiores que conducían a la sala de estar de T’Pau, recorrió con rapidez la estrecha penumbra y entró silenciosamente en la estancia. Estaba a solas con la única persona en la historia que había rechazado un puesto en el Consejo de la Federación.

Estaba sentada en un diván bajo, las rodillas cubiertas con una manta. Aún tenía el cabello negro, salvo por dos mechones blancos que lo estriaban, pero su rostro estaba aún más arrugado y deteriorado de lo que él recordaba.

T’Pau le saludó formalmente, haciendo la V de salutación con la mano. Sus viejos dedos rugosos temblaban un poco. «Ha envejecido», pensó Spock mientras le devolvía el saludo.

—Larga y próspera vida, T’Pau.

—¿Por qué habéis venido en secreto y sin anunciaros, Spock? Vuestro comportamiento es descortés para con vuestros padres.

Hablaba entrecortadamente y su voz apenas era más que un susurro. No le había invitado a sentarse, y eso era mala señal.

—Os pido que me perdonéis, T’Pau. La razón de mi visita es privada; algo de lo que sólo puedo hablar con vos. Ruego vuestra ayuda y vuestra discreción.

Habló con voz queda. Fue escrutado por unos penetrantes ojos de obsidiana que desmentían al rostro marchito; de repente, ella asintió y le invitó a que se sentara con un ademán. Spock se sentó con las piernas cruzadas sobre un mullido cojín.

—Mantendré la discreción. Hablad.

—Hace varios años, fui con mi capitán y con McCoy, a quien ya conocéis, al planeta Sarpeidón con la misión de informar a su pueblo de que su sol estaba a punto de convertirse en nova. Descubrimos que todos los habitantes se habían refugiado en el pasado. Por accidente, McCoy y yo fuimos transportados a la antigüedad, a la edad de hielo de aquel planeta. Nos moríamos de frío cuando apareció una mujer joven que nos llevó a un refugio. Su nombre era Zarabeth y había sido exiliada a la soledad del pasado a causa de las intrigas de un enemigo. Allí se quedó atrapada debido a un proceso de condicionamiento especial.

El viaje en el tiempo me… afectó. Regresé a lo que fueron nuestros ancestros de hace 5000 años. A la barbarie… comí carne. Y engendré un hijo en Zarabeth. No lo supe hasta hace pocos días.

Su confesión de ingerir carne había producido una mirada de repulsión, luego ella se tornó impasible de nuevo. Tras un largo minuto de silencio, se movió.

—Vuestro comportamiento no hizo, ciertamente, honor a vuestra familia. Pero es ilógico insistir en los pecados pasados. ¿Por qué habéis venido a verme?

—No puedo permitir que mi hijo muera solo en un planeta que nunca ha sido para nuestra especie. Debo traerle a casa, a la familia. También traeré a Zarabeth si puedo invertir su condicionamiento. Le debo una oportunidad a la vida. Solicito que os pongáis en contacto con el Consejo de la Federación para que me permitan utilizar el Guardián de la Eternidad. Es un portal en el tiempo que me puede devolver allí, al pasado de Sarpeidón. Debo intentarlo.

T’Pau se quedó pensativa largo rato, con los ojos cerrados.

—Sí. Debéis intentarlo. Este niño será vuestro heredero si morís sin más descendientes. Y vos no habéis entrado en kunat kali fee con otra. Debemos proteger la sucesión.

Spock se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento y exhaló lentamente. Lo peor ya había pasado.

—He preparado un documento con toda la información necesaria para el Consejo, T’Pau. Contiene los detalles del caso y las señas del código de identificación del portal. Nombra los miembros del equipo de búsqueda y el posible número de personas que serán transportadas del pasado. En caso de que vuestra solicitud fuera denegada, enviad un mensaje subespacial al capitán Kirk, de la Enterprise.

Ella cogió el documento y le miró.

—Hablaré con el Consejo inmediatamente. Tened mucho cuidado. ¿Qué haréis cuando les encontréis?

Spock quedó mudo, confuso. No había pensado más que en la sola existencia del niño; y en su deber.

—Les traeré al presente y…, dudó de nuevo.

Recibió una mirada penetrante.

—¿Debo entender que no habéis pensado más que en esto? Recordad, Spock. Ese hijo vuestro es una persona. Cada ser tiene su propia vida y dignidad. Concededle esta dignidad. El es asunto vuestro, pero no es vos. Recordad nuestro símbolo.

Llevó la mano a la medalla IDIC que descansaba en su seno hundido.

—Respetad las diferencias tanto como las similitudes.

Spock sólo entendió sus palabras intelectualmente. Asintió distraído, preocupado por el proceso de salir de la casa y llegar al puerto espacial sin ser reconocido. A la señal de T’Pau se levantó y la saludó.

—Gracias, T’Pau. ¿Tengo permiso para dejaros?

Ella asintió con una repentina expresión de fatiga.

—Tenéis permiso para marchar, Spock. Haré que Sandar os lleve al puerto espacial. No informaré a vuestros padres de vuestra visita pero recordad esto: si tenéis éxito ellos lo sabrán y nuestro pueblo también. Debéis aceptar lo que habéis hecho; por vuestro bien y por el bien de vuestro hijo. Larga y próspera vida, Spock.

Le devolvió el saludo e hizo un ademán a Sandar, su ayudante, quien había aparecido como por arte de magia.

Spock hizo una ligera reverencia.

—Paz y larga vida, T’Pau.

Abandonó la estancia en silencio.