10

Las puertas del puente se abrieron y, antes de que Kirk las hubiera traspasado, Uhura le puso en la mano un mensaje codificado. Se sentó y giró un interruptor en su sillón de mando.

—Computadora.

—Soy el capitán Kirk. ¿Ya tienes la identificación de mi huella sonora?

—Identidad comprobada.

—La teniente Uhura ha recibido una llamada de socorro Prioridad Uno junto con un mensaje. Léelo, descodifícalo y tradúcelo por escrito; luego, cuando me lo hayas entregado, borra la traducción de tu memoria.

—A la orden.

Kirk se sentó, tenso, haciendo un esfuerzo por resistir la necesidad de tamborilear los dedos sobre el brazo de su sillón de mando. La tripulación del puente le dirigía miradas subrepticias, pero el capitán se había olvidado de su presencia: pensaba intensamente. La Prioridad Uno del sector 90.4 resultaba ominosa. En aquel sector sólo había una cosa de cierta importancia: el Guardián de la Eternidad.

Una hoja impresa se deslizó bajo sus dedos. Decía lo siguiente:

PRIORIDAD UNO

Fecha estelar: 6381.7

De: NCC 1704, Nave Estelar Lexington, Comodoro Robert Wesley, al mando

A: NCC 1701, Nave Estelar Enterprise, Capitán James T. Kirk, al mando

MISIÓN ACTUAL: Patrullar el sector 90.4, nombre codificado, Portal.

PROBLEMA: Hemos detectado el eco de tres naves al extremo del rastreador subespacial; intrusos identificados como originarios del sector RN-30.2, la Zona Neutral Romulana.

IDENTIFICACIÓN PROVISIONAL: Naves de combate romulanas.

TIEMPO DE CONTACTO APROXIMADO: 10.5 horas.

VALORACIÓN: Probable enfrentamiento militar. Solicitamos asistencia inmediata.

S.O.S. - SOCORRO - S.O.S. - SOCORRO - S.O.S.

Kirk respiró profundamente tres veces, con los ojos cerrados, para ordenar sus pensamientos. Se enderezó y se dirigió al alférez Chekov, en atenta espera:

—¿Rumbo actual, señor Chekov?

—Dos-nueve-cero punto cinco, señor.

—Cambio de rumbo a siete-cuatro-seis punto seis.

—Sí, señor… —Chekov se giró hacia su panel y se dio la vuelta de nuevo tras una corta pausa—. Rumbo trazado, señor.

—Timón adelante, velocidad ocho, señor Sulu.

Los ojos almendrados expresaron sorpresa, y Sulu hizo el ajuste. De repente, las vibraciones casi imperceptibles de la nave se acentuaron. Ante el zumbido de la Enterprise Kirk empezó a contar mentalmente los segundos. Había contado hasta once cuando se encendió la luz del intercomunicador. Abrió el canal con una fría sonrisa.

—¿Sí, señor Scott?

El intercomunicador permaneció silencioso durante un largo minuto mientras, evidentemente, el ingeniero jefe Scott se preguntaba si su capitán había adquirido dotes de telepatía. Habló, finalmente, con voz contenida:

—Capitán, supongo que tiene una buena razón para someter mis máquinas a esta prueba.

—Una razón muy buena, señor Scott.

—Sí, señor. —El ingeniero jefe debió mirar sus lecturas de fatiga de material, porque añadió—: ¿Cuánto durará esta carrera desbocada, señor?

—Unas doce horas, señor Scott. Pasaremos a velocidad nueve siempre que las máquinas puedan resistirlo.

Hubo un largo silencio recriminatorio, luego un suspiro.

—Sí, señor.

Kirk sonrió a pesar de su ansiedad.

—No deje que se desmorone, Scotty. Convoco una reunión para dentro de cinco minutos. Sala de reuniones principal. Kirk fuera.

Oyó las puertas del puente y Spock apareció a su lado. El vulcaniano echó una ojeada rápida a los controles y se volvió hacia él, en muda interrogación.

Kirk asintió con la cabeza.

—Tenemos un problema, señor Spock. —Dio el mensaje al primer oficial, quien lo leyó con un constante ascenso de su ceja. El capitán se dirigió a Uhura—: Encuentre al doctor McCoy e infórmele de la reunión. La veré en la sala principal de reuniones en tres minutos. Spock, sígame.

En medio de un silencio total, Kirk resumió la situación y concluyó:

—Nos encontramos con un problema inusual. Los que estamos en esta sala, fuimos miembros del equipo de exploración que descubrió el Guardián y conocemos sus capacidades como portal del tiempo. Por lo tanto, les insto que no olviden que, para el resto de la tripulación, acudimos en ayuda de la Lexington debido a la entrada sin autorización de los romulanos en nuestro espacio; eso es todo. Ningún miembro de la tripulación de ambas naves debe conocer la existencia del Guardián. Esto incluye al comodoro Wesley y sus oficiales. ¿Está claro? —Asentimiento total en torno a la mesa—. Bien. Yo creo que la entrada de las tres naves no representa más que un grupo de reconocimiento. ¿Otras opiniones?

Spock juntó las puntas de los dedos y habló lentamente:

—Capitán, las tácticas de combate romulanas no son simples en absoluto. Estas naves podrían constituir un grupo de reconocimiento… que enmascarase la llegada de una flota. Scotty asentía.

—Sí, señor. No sería mala idea aumentar las patrullas a lo largo de la Zona Neutral. Al menos, de este modo estaríamos prevenidos si tuviéramos que enfrentarnos a una fuerza mayor.

Kirk quedó pensativo.

—Teniente Uhura, envíe un informe completo de la situación, incluido el consejo del señor Spock, a la Comandancia de la Flota Estelar. Refiérase al Guardián con el nombre en clave del planeta: Portal. Envíe el mensaje al almirante Komack, código 11.

—Sí, señor.

—Señor Scott, avise que se pase a alerta amarilla. Pueden irse. Spock, quédese, por favor.

La sala de reuniones quedó pronto vacía. El capitán miró inquieto al vulcaniano.

—¿Se le ocurre alguna idea, Spock?

—La información hasta el momento es insuficiente, como bien sabe, capitán.

—Sí; lo sé. Sería más seguro pedir ayuda a toda la Flota Estelar pero el secreto en torno al Guardián nos lo prohibe. Al fin y al cabo, dos naves estelares deberían vencer a las tres romulanas sin problemas. Levantaría sospechas si llamara a la caballería por un sol extinguido y unos cuantos planetas acabados… en uno de los cuales existe un pequeño yacimiento arqueológico.

—En cuanto el almirante Komack reciba su mensaje, destacará fuerzas suficientes a este sector. Él tiene la autoridad de la que usted carece.

—Sólo espero que no lleguemos demasiado tarde… Cuando recuerdo lo que hizo en el pasado un hombre solo sin querer, tiemblo ante la idea de lo que pueden hacer los romulanos deliberadamente. El pasado es tan condenadamente frágil… A propósito, quería comentar un asunto con usted. ¿Qué pasará con Zar?

El vulcaniano era inexpresivo.

—¿Qué quiere decir, capitán? Explíquese, por favor.

—Quiero decir que me he callado y le he dejado quedarse a bordo de la Enterprise hasta acostumbrarse un poco a la sociedad moderna. No sería justo dejarle suelto en un mundo con el que no sabría cómo relacionarse; ¡y me temo que tampoco hubiese sido justo para nuestra sociedad dejar a Zar suelto en su seno! —Kirk sonrió al recordar las primeras semanas del chico en la nave—. Se ha adaptado magníficamente, sin embargo, y el hecho es que se trata de un civil. Y, por muy pacíficas que sean nuestras intenciones, ésta sigue siendo una nave militar; especialmente ahora. Así que ¿qué planes tiene para él… suponiendo que salgamos de ésta?

Spock consideró las posibilidades.

—Con sinceridad, no lo sé, capitán. Evidentemente, tiene razón. Su permanencia en la Enterprise va contra todo lo reglamentado.

—¿Y Vulcano? Le podría llevar allí usted mismo. Le quedan días de permiso suficientes para cinco hombres. Luego podría quedarse con sus padres…

Spock negaba con la cabeza.

—No. Zar estaría en desventaja en Vulcano. El clima, por ejemplo. La atmósfera enrarecida, el calor, dificultarían su adaptación.

—Recuerdo que la atmósfera de la edad de hielo también era bastante enrarecida. El chico es sano, podría acostumbrarse al calor.

—Necesitaría vigilancia y ayuda constantes. Vulcano tiene una cultura antigua y cargada de costumbres. Habla la lengua, pero no está preparado para la estructura social. Sería… extremadamente difícil.

—Creo que no le da crédito suficiente. Se adaptaría. Pienso que le sería igual de duro, o peor, a usted.

Spock alzó la vista. Kirk afirmó con la cabeza.

—Difícil para usted porque implica caminar, clara prueba de su falibilidad. Difícil para él porque es krenath.

Los ojos del vulcaniano se estrecharon.

—¿Dónde ha oído esa palabra?

—Zar la pronunció una vez. Dijo que significa «los vergonzosos». También «bastardos».

Los ojos del primer oficial estaban velados, inescrutables, su rostro era una máscara alienígena que Kirk sólo había visto un par de veces en el pasado.

—Zar no comprende el contenido semántico. Y usted tampoco.

El capitán se levantó.

—Bien; no era una discusión semántica lo que tenía en mente cuando saqué el tema. Sólo quería que supiera que es un cambio necesario. Cuando entremos en alerta amarilla, dígale que queda confinado en su camarote… no, dígale que se presente a McCoy, en la enfermería. Es la parte más protegida de la nave y Bones podría necesitar ayuda para cuidar de los heridos, si hubiera enfrentamientos.

Spock alzó una ceja.

—¿Si? Las hostilidades parecen más que probables, Jim. —Me temo que tiene razón.

Zar estaba confuso y excitado. Se había despertado de un sueño inquieto para ver los destellos de un mensaje en la pantalla de su cabina. Ahora, en respuesta a las órdenes de Spock, recorría apresurado los pasillos hacia la enfermería. Era extraño no encontrar a nadie en los corredores. Una luz amarilla parpadeaba en todos los paneles de señalización. Un contingente de seguridad, incluido su amigo David, pasó a su lado corriendo, como si él fuera invisible.

La enfermería era escenario de una furiosa actividad. El doctor McCoy, la enfermera Chapel y el resto del personal médico comprobaban y disponían materiales, colocaban literas provisionales en los laboratorios. McCoy alzó la vista y vio al joven en la puerta, dudando de entrar.

—Zar, me alegro de que estés aquí. Ve al almacén y lleva el viejo estimulador coronario y el reanimador de pilas a aquel rincón de allí. Los necesitaremos si nos quedamos sin electricidad.

El doctor McCoy tuvo a todo su personal ajetreado durante las dos horas siguientes. Luego se enderezó, inspeccionó con los ojos la enfermería transformada y se dirigió a su gente.

—Supongo que no podemos hacer más, de momento. Preséntense cuando entremos en alerta roja. Zar, quédate aquí.

Cuando estuvieron solos, el joven contempló los preparativos con admiración.

—¿Qué va a pasar?

—¿Quieres decir que nadie te ha informado?

—No, el señor Spock me dijo sólo que viniera aquí para ayudarle en lo que pudiera.

—Bueno, supongo que Spock tiene muchas cosas en la cabeza. Hemos recibido una llamada de socorro de la Lexington, otra nave de la Federación. Han informado de la entrada no autorizada de naves romulanas en nuestro espacio. Generalmente, cuando se habla de romulanos se habla de guerra.

—¿Guerra? ¿Quiere decir que la Enterprise entrará en combate? —Los ojos grises brillaron.

—Probablemente, y ni se te ocurra subir al puente. El capitán te sacaría por tus orejas puntiagudas. Te quedas aquí, donde no estorbas. Estos músculos tuyos me serán útiles si hay heridos.

—¿Cuándo entraremos en combate?

—No lo sé. Más vale que lleguemos pronto, o las máquinas se quemarán y Scotty será nuestro primer paciente.

—¿Y tengo que quedarme aquí? ¡No se puede ver nada!

McCoy suspiró.

—Sediento de sangre ¿eh? Entiende esto, Zar: no hay absolutamente nada de atractivo ni encantador en ninguna guerra, y los conflictos interestelares no son ninguna excepción. Te darás cuenta cuando tus amigos empiecen a cruzar esa puerta… con los pies por delante.

—Sé algo de los romulanos, aunque muy poco. Según lo que he leído, son enemigos mortales y brutales. ¿Cómo son?

La sonrisa de McCoy era sarcástica.

—Mírate en el espejo.

—¿Son vulcanianos?

—No exactamente. Son una ramificación de la raza primigenia que siguió su propio camino mucho antes de que los vulcanianos adoptaran su filosofía de paz y total objetividad. Los romulanos son lo que eran los vulcanianos hace mucho: indisciplinados y sanguinarios. Que nosotros sepamos, su cultura consiste en una especie de teocracia militar. Algo similar a los antiguos espartanos de la historia terrestre.

Zar asintió, distraído y repentinamente ensimismado.

—He leído sobre ellos. «Con tu escudo o sobre él». Como la cultura japonesa de principios del siglo veinte en la Tierra.

McCoy le observaba con los ojos entrecerrados.

—Algo de lo que acabo de decir te ha disgustado. —Se frotó la barbilla, pensativo—. Veamos… ¿puede tratarse de mi referencia a la naturaleza de los vulcanianos en la antigüedad? Digamos… ¿hace 5000 años?

Al médico no se le escapó un sobresalto casi imperceptible, rápidamente encubierto por una máscara de esmerada neutralidad. El joven alzó un hombro con aquel molesto gesto de casi indiferencia.

—No sé de qué me está hablando.

—Y una porra, que no lo sabes. Eres más mentiroso que Spock. Jim me dijo que habló contigo. Me puedo imaginar lo que piensas de tu padre, pero…

—Prefiero no hablar de eso —le interrumpió Zar. McCoy ya conocía esa expresión, velada, obstinada, distante. Durante años le había perseguido desde otro rostro, ahora despertaba su ira.

—Hoy, en el comedor, actuaste como un niño de diez años. Dios sabe que no suelo defender a Spock pero no deberías haberle ofendido, especialmente delante mío y de Scotty. Has de crecer. Fuera lo que fuese que pasó allá, en la edad de hielo de Sarpeidón, no tiene nada que ver con…

—¡He dicho que no quiero hablar de ello! —Los ojos grises empezaban a mostrar un brillo extraño y las grandes manos con sus dedos largos y nervudos se abrían y se cerraban compulsivamente. Sin quererlo, McCoy recordó lo duras que le habían parecido estas manos cuando le cogieron por el cuello, y volvió a sentir la roca húmeda de la pared de la cueva contra su espalda. Una punzada de miedo (¿rememorado o actual?) se le clavó en el espinazo como una astilla helada.

A pesar del miedo —o debido a él— McCoy sintió alzarse su ceja y oyó el viejo tono cínico de su propia voz:

—Tengo un verdadero talento en la provocación de seres supuestamente lógicos y sin emociones ¿no te parece? ¿O es que no soportan oír la verdad acerca de ellos mismos?

Zar apretó la boca, luego relajó los hombros y asintió, abatido.

—Tiene razón. Siento lo que ha pasado. Ojalá pudiera decírselo pero se quedaría mirándome, y volvería a sentirme estúpido y confundido. Es como intentar mover una montaña con las manos, y nunca será distinto. —Movió la cabeza—. Debo marcharme, tan pronto como la Enterprise llegue a puerto.

—¿Marcharte? —El médico fingió una tranquilidad que no sentía; de pronto se daba cuenta de lo mucho que le echaría de menos—. ¿Para ir adónde?

Los ojos grises midieron su preocupación y se suavizaron.

—He estado pensando en ello. Necesito un lugar donde pueda valerme yo solo. Un lugar donde lo que soy, las cosas que sé hacer, sean necesarias, no problemáticas. Quizás en uno de los planetas fronterizos… —Algo que no era una sonrisa rozó las comisuras de sus labios—. Ya le diré dónde. Usted es casi la única persona a la que le importaría… desde luego a él no.

—Estás equivocado. Al fin y al cabo, él…

—Me encontró. —Zar le interrumpió con un cansado asentimiento de la cabeza—. Lo que le importaba era el simple hecho de mi existencia. No yo. Sólo hay una persona que le importe mucho al comandante Spock y ésa… —Calló, como si acabara de recordar que hablaba en voz alta. Un músculo de su mandíbula tembló, y terminó con mucha suavidad—: No soy yo.

McCoy se atrevió a tender una mano y tocar aquel hombro rígido.

—Dale tiempo, hijo. Para él es aún más difícil que para ti. La paternidad nunca ha sido sencilla… ni siquiera cuando se alcanza por medios tradicionales. Mucho menos cuando te cae del cielo. No es fácil. Yo sé lo que me digo, logré hacer una chapuza de mi propio intento.

—¿Usted? —Zar levantó la mirada—. ¿Qué quiere decir?

—Estuve casado… durante un tiempo. Tengo una hija, se llama Joanna. Tiene casi la misma edad que tú.

—¿Dónde está?

—En la facultad de Medicina. Estudió para enfermera, luego decidió especializarse y volvió para su licenciatura. Tengo una foto suya, te la enseñaré… alguna vez. Es guapa, afortunadamente se parece a su madre.

Zar estaba interesado.

—¿Es como usted… tan buena, quiero decir? McCoy rió por lo bajo.

—Es mejor que yo… auténticamente encantadora. No la he visto en tres años, pero se licencia dentro de seis meses e intentaré ir. Os presentaré si sigues aquí… no, quizá no fuera prudente…

Los ojos grises estaban confusos.

—¿Qué quiere decir?

—He visto el efecto que tienen estas malditas orejas en las hormonas femeninas… y, aunque parezca ilógico, todos los padres tienden a ser superprotectores.

El joven se sorprendió, pero la sonrisa del médico le hizo relajarse.

—Oh… —dijo sumisamente—. Me está tomando el pelo… Una alarma chilló sin aviso. Zar dio un brinco. La voz de la teniente Uhura resonó por toda la nave.

—Alerta roja. Todos a sus puestos, alerta roja. Puestos de combate, alerta roja.

La sirena no dejó de aullar.

McCoy se levantó, las facciones endurecidas.

—Allá vamos. Al menos se ha acabado la espera.