16
En el Portal reinaba la calma; hasta los vientos se habían callado como en anticipación de su extinción. Kirk, prismáticos en mano, inspeccionó el área por cuarta vez. McCoy caminaba en círculo, contando mentalmente los segundos y sin atreverse a mirar su crono. Kirk registró el área de nuevo y sacó su comunicador. Abrió el canal de llamada y escuchó la ya familiar crepitación de las interferencias que había recibido como única respuesta a lo largo de las últimas cinco horas. Cinco horas de agonía desde que se había despertado, cansado aún, para descubrir que no había noticias, no había señales de Spock. Recorrió el horizonte por última vez, guardó los prismáticos y abrió otro canal.
—Kirk a la Enterprise.
—Enterprise. Uhura al habla.
—Teniente, prepárese a transportar el equipo de aterrizaje a bordo. Ordene al señor Scott que… —Algo atrajo su atención entre las ruinas de los arqueólogos—. Nuevas órdenes. Transporte para el doctor McCoy y el equipo de seguridad. Yo les seguiré dentro de un momento. Diga al señor Scott que esté listo para iniciar la secuencia de destrucción 10. Kirk fuera.
McCoy se volvió bruscamente hacia él.
—Jim, debo quedarme… —El haz del transportador le cubrió y desapareció junto con el personal de seguridad.
El capitán dio unos pasos hacia el edificio derruido y se agachó para recoger el objeto que le había llamado la atención. El brillo satinado de la madera pulida, con la mácula de un rasguño y una cuerda rota, aunque todavía en estado milagrosamente bueno: el Stradivarius de la doctora Vargas. Kirk lo sostuvo, recordando aquella velada en la que había escuchado su música, y lo envolvió tiernamente con un trozo de tela rasgada. Con el violín bajo el brazo sacó su comunicador, vaciló y consultó su crono. «Dos minutos más», se prometió. Así excedería el plazo por un minuto. Sabía que tendría que luchar con el impulso de prolongarlo aún más al cabo de los dos minutos. Pero había luchado consigo mismo en más ocasiones desde que era capitán; y había ganado.
A lo largo de aquellos dos minutos Kirk pensó en Spock; se preguntó qué habría pasado. Diversos incidentes le pasaban por la cabeza, aparecían y desaparecían como los remolinos de un arroyo. «Spock… colgado cabeza abajo de aquel ridículo árbol, sonriente… inclinado sobre sus sensores… o el tablero del ajedrez… “Fascinante”… un hombre de honor en dos Universos… Spock… tambaleándose hacia él, cubierto de polvo ceniciento…»
Kirk abrió los ojos de par en par y empezó a correr.
—¿Dónde han estado? ¿Por qué han tardado? —El capitán agarró al vulcaniano por los hombros y le zarandeó, pero le tuvo que sostener porque se caía—. No sabe cuánto me alegro de…
Calló en cuanto se fijó en el compañero de Spock. Cogió a Zar apresuradamente del brazo y le sostuvo porque se tambaleaba. Con movimientos lentos, los tres hombres se dirigieron hacia el campamento.
—Debo informar de mi fracaso, capitán. No pudimos conectar el campo de fuerza. Desgraciadamente, aterrizaron una de sus naves a pocos metros del Guardián… aunque no parecen hacerle caso. Los romulanos regresaron antes de que tuviera tiempo de activar la unidad y nos vimos obligados a escondernos mientras registraban el área.
Zar tropezó y dio un bandazo, arrastrando a Kirk consigo. Enderezándose, el capitán apoyó al joven en una gran roca y sacó su comunicador.
—Kirk á la Enterprise.
—Enterprise. Scott al habla.
—Scotty, les he encontrado. Están vivos. Transporte para tres.
En vez del asentimiento esperado, se produjo una pausa.
Luego:
—Tenemos un problema aquí, señor. Nuestros escáneres acaban de detectarlos. Diez naves de guerra romulanas, se acercan deprisa. Las tendremos a tiro en menos de un minuto, capitán. He ordenado que levanten los escudos. ¿Los bajo para transportarles a bordo?
Kirk respondió con voz firme.
—No bajen estos escudos bajo ninguna circunstancia. Traten de mantenerles a raya. Las naves de la Federación deben llegar de un momento a otro. Entre ustedes y la Lexington no debería haber problemas. ¿Han podido reparar los escudos de la Lexington?
—Sí, capitán. Acabo de hablar con el comodoro Wesley. No se preocupe, señor. Estaremos bien. Aún no se ha construido la nave que pueda compararse con la Enterprise en combate.
—Lo sé, Scotty. Buena suerte. Avíseme en cuanto… en cuanto pueda, Scotty.
—Scott fuera.
Kirk cerró su comunicador de un golpe decidido.
—Ya está. Estamos atascados aquí, señores. Mi nave allí arriba, en combate, y yo no estoy en ella. Diez a dos no es un buen tanto.
Spock escrutó la expresión lúgubre de su capitán y dijo:
—El señor Scott es un buen oficial táctico. Nadie conoce mejor la Enterprise, salvo usted, Jim.
—Lo sé. Tiene razón en cuanto a Scotty. Supongo que la situación podría ser peor… aunque, francamente, no se me ocurre cómo.
Los tres quedaron callados, luego Kirk dijo decidido:
—He traído unos suministros. ¿Tienen hambre?
—¿Agua?
Dijo Zar, con una primera muestra de interés por lo que acontecía. Compartieron el agua y las raciones de emergencia sin hablar. Kirk miraba el cielo, como si se imaginara la batalla que debía tener lugar a miles de kilómetros de distancia, en el espacio.
—Capitán —dijo el vulcaniano inesperadamente—. Ya que estamos aquí, el único curso de acción lógica es volver para activar el campo de fuerza. Nuestras posibilidades son mucho mayores con tres pistolas fásicas.
Kirk le miró.
—¿Quiere decir que tres veces cero no es igual a cero? Lo hice en el colegio. Si están alertados, nos estarán esperando. Será un suicidio.
—Tiene razón, aunque su modo de expresarlo es algo rimbombante, capitán. Ahora, sin embargo, que la flota romulana está cerca, no podemos arriesgarnos a que empleen sus equipos de detección más complejos que el de la nave que tienen aquí. Si la batalla se resuelve en contra de las naves estelares…
—Moriremos de todos modos. Entiendo su punto de vista. Si podemos activar el campo de fuerza ganaremos tiempo a favor de la flota federal… cosa que podría significar un desenlace distinto. —El capitán se puso de pie—. De acuerdo. ¿Han descansado ya?
—Sí —respondieron dos voces.
El primer oficial miró a Zar, que se levantaba. El agua y los alimentos le habían ayudado pero el joven seguía pálido y con negras ojeras.
Kirk les miró a ambos.
—¿Quién de los dos calculará las posibilidades adversas esta vez?
Spock alzó una ceja y algo brilló en sus ojos negros.
—Esta vez, capitán, las posibilidades adversas no son más que tres mil quinientas setenta y nueve punto cero cuatro cinco, a una.
—Magnífico. Será fácil.
Dos cejas izquierdas se alzaron con su comentario. Zar preguntó:
—¿Fácil, capitán?
Kirk gruñó.
—McCoy ya me dijo que esto iba a ocurrir. Debería haberle hecho caso. Dos a la vez es demasiado. Venga, vámonos. Zar asintió.
—Hace un par de semanas leí un poema sobre una situación similar. Se llamaba Horacio en el…
Su cuerpo se aflojó y sus ojos se pusieron en blanco.
Spock soltó el nervio y le cogió mientras caía. Puso un brazo bajo las rodillas del chico y le levantó sin esfuerzo.
Kirk observaba al vulcaniano sagazmente, y su boca se endulzó con una sonrisa.
—Esto eleva las posibilidades, señor Spock.
El vulcaniano le devolvió la mirada sin pestañear.
—No, Jim. Las calculé así desde el principio.
Dio media vuelta y se dirigió al edificio del campamento.
El capitán recogió los suministros y el violín envuelto y le siguió.
Cuando le dio alcance, justo en el linde del campamento en ruinas, Kirk dijo con voz esmeradamente indiferente:
—Espero que se dé cuenta de cómo se lo va a tomar cuando vuelva en sí.
Spock asintió.
—Por eso me doy prisa. No tengo la intención de estar aquí cuando se recupere. Debe pesar trece kilos más que yo. Kirk hizo una mueca.
El vulcaniano colocó el cuerpo inconsciente en el interior de una construcción derruida, buscó por un momento y le cubrió con una manta chamuscada. El capitán dejó su carga al lado del joven.
—Espero que lo lleve consigo cuando le transporten a la nave.
—¿Qué es?
—El violín de la doctora Vargas. ¿Aún tiene su comunicador?
Spock se agachó y hurgó en los bolsillos del traje.
—Sí.
—Vámonos, entonces.
El primer oficial le condujo por el mismo camino que él y Zar habían recorrido hacía pocos minutos. Cruzaron el perímetro de la barrera por el mismo punto y pasaron al lado de los dos guardias aún tendidos de bruces. Kirk les echó una larga mirada y susurró sin dejar de caminar con sigilo:
—¿Inconscientes?
Spock no giró la cabeza y su respuesta llegó a oídos del capitán muy tenue.
—Muertos… creo.
—¿Tú?
Kirk evitó una gran roca y se dejó caer al lado del vulcaniano que rastreaba con los ojos el terreno ante sí.
—Zar.
El capitán silbó por lo bajo.
Spock sólo precisó de cinco minutos para activar el campo de fuerza. Los dos hombres ocultaron cuidadosamente los signos externos de la presencia de la barrera y emprendieron el camino de vuelta hacia el perímetro. Casi habían llegado cuando oyeron un grito. Kirk se detuvo.
—Deben haber encontrado a los guardias. Me temo que ya está, señor Spock. ¿Le gustaría volver a calcular estas posibilidades?
—Conozco un escondite. Por aquí, capitán.
Si no fuera por el uniforme de Kirk, hubiesen podido salirse con la suya. El destello de un foco romulano se reflejó en la trenza dorada, y les sacaron a rastras de su estrecho agujero. Sus captores no perdieron tiempo ni saliva. Ataron a los dos oficiales y les llevaron, bajo fuerte escolta, al campamento romulano.
Kirk, que procuraba memorizar el entorno, vio que era un campamento grande. Nueve tiendas de plástico dispuestas en tosco círculo, con lo que le pareció ser un depósito de municiones y suministros en medio. En el lado opuesto del campamento había dos naves, una más grande que la otra. La nave más cercana al Guardián se había ido cuando activaron el campo de fuerza. Kirk esperaba que esto significara que el enemigo aún no conocía la existencia del Portal del tiempo.
Un golpe entre los hombros le hizo entrar en la mayor de las tiendas a bandazos, y otro golpe le tiró brutalmente al suelo. Yacía con la cara contra la superficie rasposa, mientras le ataban los tobillos y juntaban las cuerdas con las que le inmovilizaban las manos. Uno de los guardias le levantó la cabeza tirándole de los pelos y le amordazó. De los sonidos de pelea a su izquierda, dedujo que Spock recibía el mismo tratamiento. Después de amordazarle le vendaron los ojos, y el sonido de pasos desapareció. Algún sexto sentido, sin embargo, le decía que Spock y él no estaban solos. Tenía que haber un guardia junto a ellos. «Alguien no quiere correr riesgos…», pensó Kirk.
Tiró de las cuerdas pero abandonó su intento de inmediato. Quien fuera que le atara era un experto, y había tomado la precaución extra de pasar la cuerda alrededor de su cuello. Cualquier intento de liberarse le estrangularía. Privado de impresiones sensoriales, tuvo que luchar contra el deseo de especular con su destino… y el de su nave. La Enterprise saldría con bien. Tenía que creerlo o estaría acabado antes de empezar la lucha.
Tras un breve lapso, nuevas pisadas resonaron a sus espaldas y una mano le agarró del pelo. Le quitaron la venda y Kirk parpadeó, cegado por una luz repentina. Se oyó una brusca aspiración y una voz… ¿algo familiar?
—Desátale y quítale la mordaza. Dale la vuelta al vulcaniano para que pueda ver.
Al cabo de un momento estaba libre. Se frotó las muñecas, tratando de adaptar paulatinamente sus ojos a la luz de la tienda. Delante suyo podía discernir una figura delgada, con un rostro estrecho y astuto y las insignias de comandante. Kirk parpadeó y entrecerró los ojos. La voz casi familiar sonó de nuevo:
—¿No me reconoce, capitán Kirk? Yo le conozco. El Imperio Romulano no guarda buenos sentimientos para usted, y yo menos. Tenemos un asunto personal que resolver. Usted destruyó el honor de mi comandante. —Se enderezó y saludó formalmente—. Comandante Tal, a su servicio.
El romulano se desplazó y realizó una segunda inspección de Spock.
—Comandante Spock. En cierta ocasión el Imperio emitió una orden de busca y captura contra usted, por los cargos de traición y sabotaje. Dicha orden no ha sido revocada. —Tal comenzó a caminar arriba y abajo sin dejar de hablar—. Su captura es afortunada, ya que parecía que nuestra misión aquí estaba condenada al fracaso. No hemos podido localizar las instalaciones de la Federación en este planeta. Nada más que un grupo de enclenques anticuarios y sus excavaciones entre estas ruinas sin fin. La Federación se mostró astuta al camuflar un secreto militar de este modo… pero ustedes se delataron al asignar una nave estelar para patrullar.
El comandante romulano hizo un ademán y un fornido centurión vino a colocarse delante de Kirk, sus brazos oscilando relajada y deliberadamente a sus costados. Al cabo de un minuto, Tal prosiguió:
—Capitán Kirk, respeto su inteligencia. Sabe que somos fuertes. Nos enorgullecemos de ser la potencia militar que regirá en esta Galaxia; y pronto. Será porque actuamos no con crueldad, como los klingon, sino con eficiencia. De modo que ahora le digo: seamos eficientes en esto. Ya sabe que ordenaré su muerte si no me dice qué es lo que oculta aquí la Federación. No hace falta puntualizar que su muerte será desagradable. Estoy seguro de que comprende que se trata de un eufemismo. Por qué no decírmelo ya, y prometo por mi honor de soldado que seguirán vivos. Incluso se les podría permitir que regresaran con su gente y nadie sabría de su colaboración, pero esto no se lo puedo garantizar. Pero vivirán y seguirán disfrutando de ello. Les doy dos de sus minutos solares para pensar.
Tal esperó pacientemente. El silencio se prolongó hasta que el romulano lo rompió.
—¿Su decisión, capitán?
Kirk le miraba con los músculos tensos de expectación. Tal asintió, más bien complacido, e hizo una seña al fornido soldado.
—No le toques la cabeza, quiero que pueda hablar.
El guardia gruñó su asentimiento y apretó el puño. Tras el tercer golpe, las rodillas del capitán se doblaron. Colgaba medio desmayado de las manos del guardia, luchando por respirar, tratando débilmente de resguardar su vientre dolido con los brazos, hasta que le dejaron caer al suelo. Tal se encogió de hombros y los guardias se acercaron al vulcaniano para quitarle la mordaza.
La voz del romulano perdió su monotonía impersonal, se hizo más profunda, más fría.
—Comandante Spock, me complacería verle recibir el mismo tratamiento pero conozco su futilidad. Los vulcanianos son capaces de bloquear el dolor y hasta de destruirse a sí mismos antes que delatar un secreto. Nos sería imposible arrancarle lo que no desea darnos… pero quizás opte por ser razonable… —Echó una mirada a Kirk y otra al primer oficial—. Hable y evite que su capitán sufra más. De otro modo, morirá ante sus ojos con la certeza de que usted le podría haber salvado, ya que él no se puede salvar a sí mismo.
Spock no apartaba su mirada pétrea de la rodilla izquierda del romulano. Tal cerró el puño.
—No tiene ni pizca de lealtad ¿verdad, vulcaniano? Tu capitán no te importa más de lo que te importó mi comandante… —Su mano alzada tembló; movió la cabeza—. Esperaré tu muerte con ansia. —Calló y volvió a hablar más tranquilamente—. Dígame ¿quién de los dos mató a mi guardia? Francamente, dudo que el capitán tuviera fuerza para vencer a un romulano bien entrenado, de manera que debió ser usted. ¿Y los otros dos? Si me dice qué es lo que mata sin hacer ruido ni dejar señales podré al menos interceder a su favor…
Silencio.
—Muy bien. Atadles.
Los guardias romulanos pusieron manos a la obra. Cuando los dos oficiales de la Federación estaban de nuevo atados, amordazados y con los ojos vendados, Tal dijo:
—Creo haberles convencido de que aquí vamos en serio. Les dejo pensar; volveré pronto, con un dispositivo obra reciente de nuestros científicos. Tan reciente que todavía no se ha probado en los humanos. Según me dicen, cabe la posibilidad de que sus efectos sean permanentes. Se trata de un excitador neuronal, un aparato capaz de generar impulsos del sistema nervioso. Puede producir diversas magnitudes sensoriales, desde un leve cosquilleo al dolor que se siente cuando uno se quema vivo.
Tal empujó a Kirk con el pie.
—La ventaja de este dispositivo es que sus efectos se deben a impulsos eléctricos y submotores. La víctima no sufre daño físico alguno. Aunque un alto porcentaje de los animales y los humanoides… voluntarios en los que se ha probado parecen enloquecer. El aparato puede usarse repetidamente sin pérdida de su eficacia. Lo que sentirá, capitán, le obligará a decírmelo todo. Su dolor no tendrá fin siquiera con la muerte, como en el caso de sus científicos. Hojalá el Glory Quest hubiera llegado a tiempo para haberlo empleado ayer… nada de esto sería ya necesario.
Tras una breve pausa, dijo mansamente:
—Usted conoce sus límites, Kirk. Hasta el hombre más valiente los tiene. Usted hablará. La única incógnita consiste en cuándo, y en cuánto puede aguantar. Piénselo.