XII

Entre dos aguas

«11 de noviembre - Sé muy bien que el náufrago, cuando divisa por fin una costa grita: ¡tierra, tierra! Yo, en la jomada del 11 de noviembre, iba a gritar: ¡lluvia, lluvia!»

Había advertido, desde hacía mucho tiempo, en la superficie del mar, que se hacía una extraña calma, exactamente como cuando se deja manar aceite, y de pronto exclamé: ¡la lluvia, es la lluvia, ya viene! Me preparé mucho antes, desnudo, para poder por fin lavar mi cuerpo de toda la sal que lo cubría: estaba sentado en el borde del bote. Con la tienda extendida sobre mis rodillas, manteniendo entre mis piernas un gran asiento de caucho hinchable, que podía servirme de depósito de setenta litros, esperaba. Un estruendo de diluvio anunció la llegada de la lluvia. Oía a lo lejos, exactamente como sal crepitando, el ruido del agua que caía en el agua. Aguardé más de veinte minutos, viendo acercarse poco a poco lo que para mí era un maná celestial. Las olas dejaron de romper, aplastadas por el agua del cielo. Cuando la nube me alcanzó por fin, el viento comenzó a soplar con violencia. La nube avanzaba lentamente, empujada por el alto torbellino vertical que formaba aquel pequeño ciclón. Luego, la verdadera lluvia tropical comenzó a cubrirme y a llenar, rápidamente, mi tienda que se doblaba bajo aquel peso, entre mis rodillas. Probé aquella primera agua dulce. ¡Horror! La arrojé al mar, pues había captado la sal de la tienda. Una vez lavada, aunque el líquido oliera espantosamente a caucho, me pareció un verdadero regalo. Lavé mi cuerpo voluptuosamente. Aquella lluvia tropical fue de corta duración, pero extremadamente abundante; no sólo me permitió beber aquel día, sino también conservar, en mi asiento-depósito, más de quince litros de agua. Por fin tendría a mano una rumorosa almohada —mi reserva de agua que, cada noche, me daría la sensación de que mi vida del día siguiente estaba asegurada—. Pues aunque no tuviera qué comer, aunque no pescara, tendría allí bebida suficiente.

Durante veintiún días había permanecido sin beber una sola gota de agua dulce, salvo la del pescado exprimido. Pero me hallaba en perfecto estado de receptividad: sólo había experimentado la maravillosa sensación que produce un líquido al pasar entre los labios. Mi piel se hallaba en perfecto estado de conservación, aunque estropeada por la sal. Mis mucosas no se habían desecado nunca, mis orines habían sido siempre normales, en cantidad, en olor y en color; por consiguiente, era por completo seguro que durante veinte, veintiún días (y más tiempo aún, pues podía continuar), los náufragos podían vivir sin agua dulce. Sin embargo, la Providencia me evitaría la dura prueba de tener que beber, otra vez, el soso jugo de pescado; a partir de aquel día, y hasta el fin, tendría bastante agua del cielo para calmar mi sed. Temí varias veces que mi provisión se agotara, pero la lluvia regresaba justo a tiempo.

Había intentado, en vano, lavar de sal mis ropas y el material para dormir; lamentablemente, seguiría siendo, hasta el final, «el hombre de agua salada», hablando como los polinesios, pues la sal y siempre la sal me impregnaría hasta el fin del viaje.

Aquel día iba a proporcionarme una alegría y un terror. La alegría fue encontrar una nueva clase de pájaro, uno de esos hermosos volátiles que los ingleses llaman white tailed tropic bird, lo que literalmente puede traducirse por «cola blanca de los trópicos» —y que en Francia se denomina un «paja-en-el-culo» (faetón, en español)—. Imaginen una paloma blanca de pico negro, con un copete prolongando la cola. Con aire impertinente, utiliza esa «paja» como un gobernalle de profundidad. Me lancé sobre el Raft Book, el manual de los náufragos, que tenía conmigo, y leí que el encuentro con aquel pájaro no demostraba, forzosamente, que uno se hallara cerca de tierra. Pero puesto que sólo podía proceder de la costa americana, pues es por completo desconocido en el viejo continente, era una buena señal. Por primera vez tenía la certidumbre de haber encontrado un mensajero que venía del continente hacia el que yo me dirigía.

Iba a ser presa de un indescriptible terror hacia las dos de la tarde. De pronto, mientras leía apaciblemente mi Esquilo, mi remo-gobernalle recibió un violento choque: «Caramba, otro tiburón», pensé, y me di la vuelta. Divisé entonces un pez espada de gran tamaño, que parecía de mal humor. A unos seis metros, encolerizado, con la aleta dorsal erizada, me seguía y había golpeado mi gobernalle tintando alrededor de mi barco. ¡Era realmente un combatiente! Si me limitaba a herirlo, tomaría distancia, volvería a atacarme y el Hereje habría terminado. Además, mientras preparaba mi arpón a toda prisa, un movimiento en falso lo hizo caer al mar. Era el último. ¡Estaba desarmado! Fijando entonces mi navaja a mi fusil submarino, confecciono una improvisada bayoneta, decidido a vender cara mi vida si el ataque se produce.

La intolerable angustia iba a durar doce horas. Cuando cayó la noche, los relámpagos luminosos que dejaban su estela y el ruido que hacía su aleta dorsal hendiendo las olas me daban la posición del pez espada. Varias veces su lomo golpeó el fondo del bote pero, de todos modos, parecía temerme. Nunca se atrevió a acercarse por delante. Corría hacia mí y desviaba bruscamente su curso al alcanzarme. Advertí que tenía miedo... tal vez tanto como yo.

Cualquier ser vivo tiene una defensa, y lo que asusta al atacante es ignorar su naturaleza. Los relámpagos de su estela desaparecieron hacia medianoche, pero pasé de todos modos una noche en blanco.

Aquel día había tenido otro encuentro, que me pareció también un lejano mensaje de la tierra. Era una de esas bolas de cristal que sirven para fijar las redes de los marinos. Absolutamente incrustada de pequeños crustáceos cirrópodos, percebes y anadies, era evidente que estaba en el agua desde hacía mucho tiempo, pero era a fin de cuentas un signo de los hombres.

¿Es debido a las emociones, a la fatiga?, lo cierto es que, al finalizar la jornada del 11 de noviembre, lo veo realmente todo negro. Por la noche, llueve tanto que temo, por un instante, tener demasiada agua dulce tras haberme hecho tanta falta, y escribo:

«Sería realmente paradójico ahogarme en agua dulce: y, sin embargo, es lo que va a sucederme si sigue lloviendo como ha llovido. Tengo agua, por lo menos, para un mes. ¡Qué chaparrones. Señor! ¡Y, además, un mar desencadenado! Por la mañana, un sol muy pálido, pero, de vez en cuando, llueve aún.»

He visto mi primer «sargazo», o al menos eso he creído (en realidad se trataba de una magnífica medusa con el flotador azul y violeta, llamada por irrisión Portuguese man of war —«acorazado portugués»—. Sus traidores filamentos, que se hunden en las profundidades, pueden provocar picaduras cuyo efecto duradero, extremadamente peligroso, puede llegar a producir ulceraciones).

Advierto, tras esas noches de insomnio o de forzada vigilia, hasta qué punto es importante dormir bien: «Cuarenta y ocho horas sin sueño y lo veo todo negro: comienzo a resentirme, terriblemente, de todas esas pruebas. Además, la región está infestada de atunes y peces espada; los veo saltar por todos lados, a mi alrededor. Los pájaros, los atunes, tienen un pase, pero no me gustan en absoluto los peces espada. En fin, de todos modos avanzo; sin embargo, aceptaría de buena gana tardar cinco o seis días más a condición de poder descansar y disfrutar de cierta calma. Nada es más impresionante que este mar plomizo y rompiente.» En efecto, a mi alrededor el mar parece haberse puesto de luto; es negro, negro como la tinta, recorrido de vez en cuando por una cresta blanca a la que la fosforescencia del plancton hace brillar en la obscuridad. Diríase un vestido de noche marcado, aquí y allá, por flores blancas —un luto para japonesas—. Ni una sola estrella ya, no hay modo de ver el cielo, que es bajo, que intenta aplastarme. Ahora comprendo lo que significa «un tiempo pesado»; en efecto, me pesa sobre los hombros.

A las diecisiete horas, el 12 de noviembre, anoto:

«¡Lluvia, siempre lluvia, basta, basta! Me pregunto, de todos modos, si no estaré más cerca de la costa de lo que mi estima dice, pues el número de pájaros aumenta; hay diez a mi alrededor, y mi libro de pájaros dice que si se ven más de seis a la vez significa que se está entre 100 y 200 millas de la costa.» No sospecho que apenas estoy un centenar de millas más allá de las islas de Cabo Verde.

En la noche del 12 al 13 de noviembre, un tiburón (o, al menos, lo que pienso que es un tiburón) viene a hacerme una visita. ¿Cómo saber si se trata de un tiburón o de un pez espada? Siempre que encuentro un tiburón, de día, estoy muy tranquilo: le propino el habitual golpe de remo en el hocico y luego se larga. Pero por la noche, temiendo que uno de esos peces espada de todos los diablos me perfore con su arma, evito intervenir: me veo obligado a permanecer a la expectativa hasta haber identificado al intruso; y aguardo, despierto, que se haya alejado. Se acabó mi tranquilidad nocturna. De modo que tiburones y demás bestezuelas se divierten, impunemente, jugando al balón con mi bote sin que me atreva a intervenir.

Ahora ya no deja de llover a mares. Bajo ese diluvio, me veo obligado a tender por completo la tienda sobre mi cabeza, y el agua acumulada se infiltra, de todos modos, por los intersticios que he dejado. Al cabo de cierto tiempo, amenaza con reventar mi abrigo por la mera presión que ejerce sobre las estacas. Me veo, pues, obligado a echarla por la borda. Poca gente puede entender qué desgarrador puede resultar para un náufrago tener que desembarazarse de sus reservas de agua dulce. Ahora, incluso sin tiburones ni peces espada, ya no es prácticamente posible el sueño. El agua cae sin descanso. Cada cuarto de hora me veo obligado a evacuarla. Es difícil imaginar qué malevolente puede ser el agua que cae sobre un improvisado abrigo y chorrea por todas partes; se mete en los menores orificios.

Poco a poco arraiga en mí una confusa creencia en la hostilidad de ciertos objetos inanimados. Así, cuando quiero tomar la estrella, me siento tras haber medido mi ángulo y comienzo a hacer mis cálculos, con el lápiz, al lado. Basta con que, diez segundos después, me vuelva para intentar cogerlo: ¡ha vuelto a encontrar el modo de desaparecer! La manía persecutoria me acecha, mientras que antes aceptaba riendo esas pequeñas contrariedades, recordando la historia del cordel o la de la tetera en Tres hombres en un barco.

«Viernes 14 de noviembre - He sufrido más en estas últimas cuarenta y ocho horas que en todo el resto del viaje. Estoy cubierto de granitos y mi lengua está sucia; eso no me gusta nada. La tempestad ha sido corta y violenta; me veo obligado a interrumpirme y lanzar el ancla flotante durante algunas horas, pero he vuelto a izar la vela hacia las 9 h 30; sin embargo, sigue diluviando y todo está empapado. La moral aguanta, pero comienzo a estar físicamente cansado de esta perpetua humedad, pues, por falta de sol, nada se seca. En fin, no creo haber perdido demasiado tiempo. Imposible tomar mi latitud, no tengo sol ni estrellas, y otro de esos malditos chaparrones se prepara en el horizonte. El sol, cuando brilla, es fuerte; el viento, menos penoso. El mar se ha calmado bastante, ¡pero ayer recibí una buena! Suele decirse: "Tras la lluvia, el buen tiempo"; lo espero con impaciencia.»

Por la noche, una gigantesca ola, tomándome por detrás y arrastrándome a impresionante velocidad, llena de nuevo el Hereje y rompe, con un golpe seco, mi remo gobernalle.

La embarcación se pone inmediatamente de través y mi vela chasquea violentamente, con siniestro ruido, tirando peligrosamente de sus improvisadas costuras. Me arrojo hacia adelante para arriar todo el trapo, pero mi peso al caer de pronto sobre la tienda hace un ancho desgarrón a la altura de una estaca. El irreparable siete se produce precisamente cuando iba a tener que sufrir los embates de las olas. Lanzo al mar las dos anclas flotantes. Dócilmente, el Hereje vuelve la popa hacia la dirección habitual y hace frente a las fuerzas enemigas que lo asaltan sin descanso. Estoy entonces físicamente agotado y, jugándome el todo por el todo, decido tomar un descanso que me es absolutamente necesario. Cierro, pues, herméticamente la tienda y decido dormir veinticuatro horas, sea cual sea la evolución del tiempo o la violencia de los elementos.

Las ráfagas han durado unas diez horas, durante las que mi cascarón se ha mostrado admirable, pero el gran peligro no había pasado. Sólo se reveló cuando el viento, disminuyendo, dejó tras de sí un mar desencadenado. Cuando el viento y el mar despliegan juntos sus fuerzas, el oleaje, como mantenido por un puño de hierro, corre y no cae, pero cuando es su propio dueño parece tardar mucho más en calmar su cólera: cae entonces con todo su peso, aplastándolo todo a su paso.

«Sábado 15 de noviembre, 13 h 30- Aprovecho la lluvia para escribir un poco. Ya sólo me quedan dos remos y un gobernalle; esperemos que resistan. Llueve a mares desde las diez de la noche de ayer; ni el menor sol, estoy empapado. Todo está empapado y no hay modo de secar nada; mi saco de dormir parece una bayeta. Imposible tomar la estrella: esta noche ha hecho tan mal tiempo que por un momento me he preguntado si no estaría en la región de las Calmas; por fortuna, el viento que sopla es el alisio; voy bien, demasiado deprisa a veces: ¿será peligroso para mi vela? ¿Cuándo despejará el tiempo? Hoy, el azul ha hecho un intento, pero al oeste, y el viento viene del este. En fin, tal vez mañana. ¡Otra buena noche en perspectiva! Hacia las 7 de la mañana me ha sobrevolado, bastante bajo, un avión; he intentado señalar mi presencia, en vano: mi lámpara no ha funcionado; en fin, es el primer signo de humanidad desde el 3 de noviembre. Esperemos que le sucedan otros. El oeste está ahora despejado, me pregunto cómo.»

Durante aquella jornada pude observar un fenómeno al que denominé la lucha del azul y el negro, y que me pareció una verdadera batalla cósmica entre el buen y el mal tiempo. La cosa había comenzado al oeste, por un punto azul, del tamaño de una gorra de gendarme, como dice la canción, y realmente no creí que aquello pudiera tener consecuencias. Las nubes negras, de un negro denso como la tinta, sin una fisura, parecían conscientes de su fuerza y se lanzaban regularmente al asalto del infeliz pedacito de azul. Pero pareció que el azul quería desbordarlas por las alas y, en pocas horas, al sur y al norte, es decir, a mi derecha y a mi izquierda, podían divisarse algunos puntos perdidos de azul que iban a ser, según parecía, devorados por la gigantesca mancha de tinta, que proseguía su marcha. Mientras el negro procedía por masivos empujes, el azul, en cambio, parecía avanzar por infiltración; poco a poco, el negro fue disminuyendo y el buen tiempo prevaleció. Finalmente, como por arte de magia, hacia las 4 de la tarde, el azul había ganado. «¡Dios mío, qué bueno es el sol! Estoy cubierto de granos, pero ahí está el sol.» En realidad, estaba comenzando a vivir el período más penoso de todo el viaje.

No sabía en absoluto dónde me hallaba: el sol, ausente desde hacía tres días, me había dejado en una ignorancia absoluta y, no sin aprensión, el domingo 16, tomé el sextante para tomar la estrella. ¡Qué maravilla! No había bajado, había permanecido en una latitud que pasaba justo al norte de la Guadalupe: exactamente a 16° 59'. Era lo esencial. Por lo demás, mi embarcación parecía un verdadero campo de batalla. Mi sombrero había sido arrancado por la tormenta y ya sólo tenía, como protección contra el sol de los trópicos, una delgada gorra de lona impermeable, absolutamente insuficiente en semejante clima. Mi tienda se había desgarrado por dos lugares y, aunque el propio bote no hubiera sufrido, en su interior todo estaba empapado de agua salada. Incluso después de las largas jornadas de sol que iba a pasar, la humedad nocturna seguiría impregnando toda mi ropa de abrigo y mis utensilios de dormir. No iba ya a saber qué era una noche seca hasta llegar a tierra.

Un acontecimiento muy preocupante me mostró que era preciso, más que nunca, permanecer alerta.

Durante la tempestad, había tenido que proteger la parte posterior del Hereje contra la resaca de las olas, que podían, en cualquier momento, llenar el frágil esquife. Había, pues, tendido grandes pedazos de lona recauchutada, fijándola sólidamente a las dos puntas de mis flotadores, y que impedían que las olas espumaran. Calmada la tormenta, no creí útil suprimir aquella protección. La noche siguiente, un espantoso ruido me hizo saltar de mi saco de dormir. Mis protecciones de caucho habían desaparecido. Habían sido arrancadas. Comprobé de inmediato que los flotadores de mi bote no hubieran sufrido y que siguieran perfectamente hinchados. Un animal que fui incapaz de divisar, probablemente atraído por el color amarillo, muy vistoso, de la tela que colgaba entre los flotadores, la había arrancado saltando fuera del agua. La cosa se había llevado a cabo con tal precisión que no vi en ninguna parte rastro alguno de aquella mutilación.

Como mi bote, también yo había sufrido mucho: estaba extremadamente debilitado y cada movimiento me provocaba, como tras mi largo ayuno mediterráneo, una extremada fatiga. Había adelgazado mucho, pero lo más grave era el estado de mi piel. Mi cuerpo estaba cubierto de granitos que evolucionaban, en unos días, de la mácula49 a la pápula50 y a la pústula51. Vivía con el perpetuo temor de una forunculosis que, en las condiciones en que me hallaba, habría sido catastrófica. El dolor que hubiese provocado podía resultar agotador. Además, no habría podido sentarme ni acostarme.

Para evitar esos riesgos, sólo disponía de un medicamento, el mercurocromo, que me daba un aspecto trágico y sangriento. Por la noche, el dolor se volvía muy violento y el contacto con una tela cualquiera resultaba insoportable. A la menor heridita se manifestaba una tendencia general a la supuración, y tenía que desinfectar cuidadosamente todas mis llagas. Las uñas de mis manos se habían encarnado todas y pequeñas bolsas de pus, muy dolorosas, se habían formado bajo la mitad de ellas. Tuve que abrirlas sin anestesia. Habría podido emplear, es cierto, la penicilina que tenía, pero deseaba hacer una observación médica completa sin modificación medicamentosa, al menos durante tanto tiempo como pudiera aguantar. Finalmente, la piel de mis pies se iba a jirones. En tres días había perdido las uñas de cuatro dedos de mis pies.

Jamás hubiera podido aguantar sin el suelo de madera; por ello considero que ese suelo debe instalarse en cualquier bote de salvamento. Sin él se hubiera producido la gangrena o, en cualquier caso, graves trastornos arteríticos.

De momento, sólo sufría trastornos locales. La tensión seguía siendo buena, la transpiración, regular. A pesar de todo, saludé con agradecimiento al victorioso sol que apareció el 16 e iba a poner fin a todos los males que una constante humedad me había hecho sufrir. Ignoraba entonces que él iba a hacerme soportar las peores pruebas a lo largo de los atroces veintisiete días que siguieron.

Ya ves, pues, náufrago, que no debes abandonarte nunca a la desesperación. Debes saber que, cuando crees haber llegado al fondo de la miseria humana, acontecen circunstancias que pueden transformarlo todo. Pero, a pesar de ello, no te apresures a esperar demasiado; no olvides que cuando algunas pruebas parecen insoportables, pueden aparecer otras que borrarán el recuerdo de las primeras. Cuando te duelen las muelas, la cosa te parece terrible y deseas acabar por todos los medios, incluso a costa de un horrible dolor de oídos. Cuando éste aparece, el dolor de muelas te parece un recuerdo encantador. Sólo puedo darte un consejo: tanto en lo que te parezca peor como en lo que consideres mejor, mantente distante.

Cierto es que la prueba de la lluvia había sido extremadamente penosa. Sin embargo, el porvenir, aquel porvenir que tan rosado me parecía cuando reapareció el sol, iba a resultar más terrible aún.

Con fecha 16 de noviembre, tras veintinueve días de viaje, tenía yo todas las razones para mostrarme optimista. Ciertamente, mi salud era peor que al salir, pero había efectuado, desde el punto de vista de la navegación, la parte más difícil de mi recorrido. Hasta entonces había tenido que adoptar una posición oblicua con respecto al viento, ahora seguía exactamente su dirección. Poseía reservas de agua dulce casi suficientes para un mes y los peces que habían afluido a mi alrededor desde la partida se mostraban sorprendentemente fieles. Los veteranos, aquellos a quienes había herido en los primeros días, tras haberse vuelto desconfiados dada su desventura, se mantenían siempre fuera de mi alcance. Cada mañana les veía subir de las profundidades y, tras haberme lanzado una desconfiada ojeada, se ponían en posición de escolta, algo más lejos, en un curso paralelo al mío. Su presencia me resultaba cada vez más querida. En primer lugar porque su visión familiar me resultaba una compañía, pero sobre todo porque servían de aval para los demás peces que acudían a visitarme. Los recién llegados, en bancos enteros, convencidos por sus burlones congéneres, retozaban a mi alrededor. Eran otras tantas presas que me resultaba extremadamente fácil capturar.

Ciertos «especialistas» me habían aconsejado disponer, en el fondo de mi bote, un vivero en el que conservar mis presas. ¡Ved lo práctico que hubiera resultado semejante precaución! Por lo demás, no lo necesitaba en absoluto, puesto que mi despensa me seguía. Los fieles compañeros que me rodeaban por todas partes lanzaban también, hacia mí, los peces voladores. Estos, cuando llegaban a nuestros lares, eran azuzados por mis doradas y, emprendiendo el vuelo, iban a chocar con la trampa siempre tendida de mi vela. Recogía así, cada mañana, una media de cinco a diez, caídos en el bote.

Lo que nunca ocurría de día, sin duda porque me veían. Pero nunca pasaban más de cinco minutos sin que pudiera distinguir una o dos escuadrillas, saltando sobre las olas. La destreza y la habilidad con que las doradas les perseguían, tras haberlos acechado, con las fauces abiertas de par en par, justo cuando aterrizaban, eran un espectáculo extraordinario. Algunos, no obstante, sin duda los más experimentados, modificaban su curva saltando de cresta en cresta y conseguían despistar así a sus perseguidores.

Después de la tempestad, hice una inspección submarina de mi bote, tomando esta vez la precaución de atarme a una cuerda. Casi todas las reparaciones que había hecho en Las Palmas habían cedido ante el asalto de las olas. Puesto que la cola no había resistido, algunos fragmentos de caucho colgaban lamentablemente. Numerosos crustáceos cirrópodos, llamados vulgarmente «percebes», se habían fijado a lo largo de las costuras. De todos los técnicos del Rubber Life Boat que había conocido, sólo el señor Debroutelle, curtido constructor de mi bote neumático, veterano especialista del dirigible, me había dicho: «Los anatifes se fijarán en su barco.»

De modo que los puntos que más me preocupaban, especialmente en la estructura del Hereje, eran las costuras de las paredes neumáticas. Los propios flotadores no corrían el riesgo de abrirse. Por mucho que cada costura estuviera cubierta por una envoltura de seguridad, las conchas, cuando eran pequeñas, podían insertarse allí y, aumentando de tamaño, despegar las franjas de seguridad. Desde Tánger había comprobado que, incluso cuando el barco descansaba en el agua, en bahías profundas, numerosas conchas se fijaban debajo y, especialmente, a lo largo de las famosas costuras. Ahora bien, éstas aseguraban la sujeción del espejo de popa al suelo de caucho y a los flotadores, y las de los flotadores al suelo de caucho.

Durante el trayecto Casablanca-Canarias, la gran profundidad y la rapidez habían impedido que la fauna parásita se manifestase. Pero durante mi estancia en el puerto de Las Palmas, el fondo del bote había quedado cubierto de una verdadera selva de algas y conchas. Tras haberlo limpiado, observé con disgusto pequeños levantamientos que podían extenderse a lo largo de todas las franjas pegadas sobre las costuras. Algunas conchas se habían incrustado allí. Entonces había doblado las franjas de seguridad. Estas reparaciones eran precisamente, como me probó después de la tempestad mi inspección submarina, las que habían cedido. Ante la imposibilidad de reparar bajo el agua el fondo del bote, decidí asirme a la confianza que tenía en el señor Debroutelle, mi experto, y regresé a bordo sin demasiadas dificultades.

 

Náufrago voluntario
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