XI

Hombre de agua salada

38

EL domingo 19 de octubre el viento parece favorable. Se ha establecido de nor-nordeste: es, efectivamente, el alisio que yo esperaba, impaciente, para partir.

Un yate francés me arrastrará fuera del puerto. El clima de la partida es tal que no sólo encuentro la amistad que en aquel momento necesito, sino también una comprensión que me llega al corazón. El señor Farnoux, cónsul en Las Palmas, que por la mañana me ha llevado a misa (¡a mí, al hugonote!), me acompaña al Yacht-Club. Su primera intención era subir a bordo del remolcador, escoltarme hasta alta mar y sólo allí despedirse de mí. Pero ambos estamos conmovidos y, sin duda por temor a conmoverse más, me dice de pronto, en un tono casi huraño:

—¡Bueno, no, no voy a venir! Un abrazo. Esta tarde no estaré allí, no me lo reproches.

¡Como si pudiera reprocharle algo! Le abrazo también: ésa será nuestra despedida. Me dirijo hacia el Hereje con el padre de Boiteux. El material y los víveres, previamente controlados por las autoridades consulares, se han embarcado ya, así como el receptor de radio que acaban de darme... Angelito, el piloto en jefe, procede a un último examen y comprueba que mi sextante dé el punto exacto. Durante estos preparativos, a nuestro alrededor comienza a formarse una verdadera muchedumbre. Me entregan un banderín del club, me hacen firmar en el libro de oro, todos mis amigos están allí, incluso los desconocidos son amistosos. Me quedaré sorprendido, pasmado, tras haberme hecho a la mar, al encontrarme a la cabeza de una verdadera procesión de embarcaciones que me escoltan a la salida del puerto de Las Palmas, mientras todas las sirenas de los navíos atracados aullan, saludando mi partida. Veleros de todos los tamaños y todas las formas viran y revolotean a mi alrededor, con sus velas blancas parecidas a gaviotas; sus ocupantes hacían, de vez en cuando, la señal de la cruz, para darme buena suerte. Todos sentíamos, en el fondo del corazón, que la gran prueba iba a comenzar.

Como para alentarme en mi viaje, una gran goleta de tres mástiles, el buque escuela de los oficiales de la Marina española, se hallaba en el lugar preciso donde yo había decidido abandonar el remolque. Me pareció que el destino, colocando allí aquel testimonio de los antiguos tiempos de la navegación, había querido hacerme una señal, expresarme también su adiós, pues aquél era uno de los últimos representantes de los barcos fantasmas de antaño, de los viajes del escorbuto, de los náufragos de la Medusa, de todos aquellos que nada encontraban para comer en el mar y sobre quienes el mar, «man eater39», se había cerrado. Apenas había soltado la amarra del remolque cuando vi que el pabellón del buque escuela se arriaba lentamente para saludarme: todos los alumnos oficiales, alineados en la borda, se descubrieron a mi paso. Pensé, muy a mi pesar, que en todas las marinas del mundo se saluda así a los muertos. Pero yo izaba mi vela para dar testimonio de la vida. Me arrastró por entre aquellos ligeros veleros que evolucionaban y saludaban, unos con su pabellón, otros con su vela mayor. Dentro de poco estarían lejos.

Ya no distinguía más que el buque escuela y me creía solo por fin en el mar cuando recibí el último saludo, el más glorioso: los midships encapillaron las tres grandes gavias y las soltaron al mismo tiempo, con gran ruido de viento y velas poniéndose a la capa. Fue para mí como un latigazo, como si saludaran ya mi éxito y no mi partida.

El anochecer era extremadamente tranquilo. El viento se mantenía del nor-nordeste y el bote avanzaba con regularidad, a una velocidad media de tres nudos y medio40 hacia el sur de Gran Canaria. Mis proyectos eran los siguientes: descender primero hacia el sur-sureste antes de orientarme directamente hacia el oeste. Me hallaba exactamente a 28" de latitud norte y 15" de longitud oeste. Debía dirigirme hacia los 60" de longitud oeste, aproximadamente, y a algún lugar entre los 12" y 18° de latitud norte. Había decidido no poner de inmediato rumbo al oeste, para evitar el mar de los Sargazos que, con la región de las Calmas, era la más temible trampa que tenía que esquivar.

Al norte de la ruta que debía tomar, la corriente ecuatorial del Norte y el Gulf Stream forman, ambos, un gigantesco torbellino que agita, en una circunferencia de quince mil kilómetros, inmensas masas de algas cuya procedencia sigue siendo un misterio: el mar de los Sargazos, del que toda vida se ha retirado. Se dice que nadie nunca ha pescado allí un pez comestible. Lo cierto es que la región es, para la navegación, una de las más peligrosas, pues constituye una verdadera trampa, una especie de red vegetal en la que las algas atrapan con más seguridad que una malla. El mar era, pues, temible al norte. Al sur, los vientos no lo eran menos, pues allí estaba la región de las Calmas: los dos alisios, tan poderosos uno como otro, procedente el uno del este, de Portugal, y el otro del sudeste, del Congo, se libran a una gigantesca lucha de influencias en esa tierra de nadie de violentos chaparrones, imprevisibles torbellinos, inquietantes calmas, verdadero Estado que separa el hemisferio norte del hemisferio sur. Esa anárquica violencia de los elementos estuvo a punto de resultarle fatal a Mermoz: yo sabía que, si caía en ella, no podría liberarme. A mi derecha un torbellino de corrientes, a mi izquierda un torbellino de vientos.

Lamentablemente, el viento favorable que soplaba a la partida no iba a durar mucho: al anochecer, me abandonó; contemplando mi inútil vela, me preguntaba cuánto tiempo iba a durar aquella calma, pero nada me permitió preverlo; lenta e invencible, la corriente empujaba al Hereje hacia al sur. En el mástil había fijado el fanal para que me vieran los numerosos navíos que cruzan entre Gran Canaria y la isla de Fuerteventura. El remo-gobernalle sujeto, con la lona de la tienda hasta el cuello, como una manta, la cabeza en los cinturones salvavidas, me duermo hacia las ocho y media. Sin viento, el Hereje derivaba lentamente. Hacía fresco y la noche era muy luminosa.

Al día siguiente y al otro, el viento seguía sin soplar y me hallaba exactamente en la misma posición que el día de mi llegada, cuando la niebla me ocultaba la isla. Carecía de puntos de orientación, sabiendo sólo que tenía una isla a la derecha, otra a la izquierda y que no se veía nada. Esperaba con impaciencia el momento en que, llegado a pleno Atlántico, sería inútil que me iluminara por la noche, pues ningún navío se cruzaría en mi ruta.

El lunes aparecieron a mi alrededor los primeros signos de vida. Por desgracia sólo eran, aún, pececillos que nadaban ante la embarcación, como para dirigirme. Era difícil atraparlos y, por lo demás, no me habrían alimentado demasiado. Comenzaba a temer que la calma se prolongase cuando, por la tarde, el viento se levantó y me permitió, por fin, poner rumbo al 21°. Mantendría esa dirección durante unos diez días para alcanzar un punto situado a un centenar de millas al oeste de las islas de Cabo Verde y, desde allí, poner rumbo directamente a las Antillas. Aquel día, escribí en mi diario:

«Moral excelente, pero sol tórrido. Tengo mucha sed. He bebido un poco de agua de mar, pues los peces brillan por su ausencia: todo lo que he podido pescar apenas llega al kilo y medio, es decir, una cantidad de agua absolutamente insuficiente. Pero bueno, se irá tirando. El agua me parece poco salada comparada con la del Mediterráneo.»

Aquella noche, vi mi experiencia como realmente era: de un modo por completo nuevo comparado con aquel banco de pruebas que había sido el Mediterráneo, un lago frecuentado, civilizado, surcado por los navíos. Entraba ahora en el Océano sin medida, sin encuentros, el Océano que iba a juzgar, realmente, mi tentativa. Desde el comienzo, todo contribuía a hacer sensible esa aterrorizadora desproporción. El alisio se hacía cada vez más fresco. Pronto llegó la tormenta. Llevándome unas veces en sus crestas, otras en su seno, las olas me protegían o me exponían al viento, sucesivamente. A mi alrededor, rompían las olas. ¿Qué sucedería si me encontraba justo en el punto de ruptura de una masa líquida?

Impotente pero confiando en la estabilidad de mi bote, me dormí esperando una noche sin sueños. Fue una noche de pesadilla. Me pareció que el agua subía a mi alrededor, que lo había invadido todo. Comencé a debatirme. ¿Tenía todavía un barco debajo? ¿Estaba dentro? ¿Estaba fuera? Nado. Nado más aún. Muerto de angustia, despierto; el Hereje está sumergido por completo. Advierto que una ola acaba de romper justo sobre nosotros. Hay que achicar a toda costa. Sólo los poderosos flotadores de caucho sobresalen aún y, a uno y otro lado, está el mar; el Hereje prosigue imperturbablemente su ruta, como un pecio, pero no tengo derecho, no tengo tiempo para desalentarme. Casi instintivamente, achico primero con ambas manos, luego con mi sombrero: absurdo instrumento para aquel trabajo imposible. Era preciso achicar lo bastante deprisa, entre las más grandes olas, para que el Hereje, aligerado, emergiese de un modo suficiente. Aun provisto de un verdadero achicador, me habría sido necesario aguantar un ritmo ya extenuante: cada ola importante que nos alcanzaba propinaba un gran golpe al espejo de popa y, luego, el océano caía de nuevo, haciendo inútil, irrisorio, desesperante el trabajo de los diez minutos o el cuarto de hora precedentes. Me cuesta mucho comprender, a mí mismo, cómo pude, transido, aguantar así dos horas, pues necesité dos horas de trabajo antes de poner de nuevo, definitivamente, la embarcación a flote. Náufrago, si eres siempre más tozudo que el mar, vencerás.

Estaba salvado, pero el agua lo había impregnado todo y, cuando el sol lo hubiera secado, el Hereje corría el riesgo de quedar cubierto por una delgada película de sal que se humedecería cada noche con la humedad. El bote se había convertido en una verdadera marisma salobre. El material embarcado estaba en bolsas impermeables; la radio, en especial, no había sufrido. Las cerillas, en cambio, están empapadas. Las extiendo a mi alrededor para que sequen al sol. No sé si dará resultado, pero hay que probarlo siempre. Tengo un centenar de cajas, afortunadamente, pues ahora necesitaré una caja entera para encontrar una cerilla que se inflame. Diviso de nuevo la tierra; pienso que es la última vez. En cualquier caso, ahora estaba seguro de que el Hereje nunca podría volcar. Se había comportado como esperaba: como un acuaplano, una plataforma, en la cresta de la ola por donde se había deslizado sin ofrecer resistencia. Existían ya muchas posibilidades de que el barco, por lo menos, llegara entero a la otra costa.

La noche siguiente, temiendo que se reprodujera la desventura y viendo que el viento aumentaba, arrié la vela; y para evitar que una ola, cayendo sobre el bote, invadiera su interior, lancé el ancla flotante, exponiendo así la proa al oleaje. Pero era una lástima perder tan buena velocidad. Sigo sin haber pescado nada aunque, a mi alrededor, unos círculos concéntricos parecen probar que afluyen los animales. Como había previsto, dentro de dos días tendré pescado.

El jueves 23 no escribí nada en mi diario, pues no tuve tiempo, ya que dediqué toda la jornada a trabajos de costura. El viento se había levantado en la buena dirección: era, en efecto, el alisio del nordeste, que debía llevarme hasta las Antillas. El destino, como se sabe, es irónico; apenas se había establecido el viento cuando la vela se desgarra en toda su anchura, esa vela fiel que me había llevado de Mónaco a las Canarias. Había decidido, al partir, utilizarla el mayor tiempo posible, dispuesto a substituirla por la vela nueva cuando no cumpliera ya su misión. Pero no pensaba, ay, que fuera tan pronto. Lanzo, pues, el ancla flotante, arrío la vela y fijo la nueva a la verga. Media hora después, una violenta ráfaga de viento se la lleva como una cometa, con un aleteo; la veo emprender el vuelo y caer a lo lejos, en las olas. Había arrancado con ella todos los cabos que la sujetaban, incluidas la escota y la driza.

Tendré que recurrir, pues, a mi vieja vela desgarrada y, resignado, comienzo a zurcirla. Mi material consiste, en total y para todo, en un carrete de hilo negro, ordinario, y unas agujas no menos ordinarias, de modo que debo zurcir punto a punto (como si dijéramos día a día). No puedo extender ante mí toda la obra, pues me falta espacio. Tengo que ir avanzando, poco a poco, por el desgarrón, como he ido avanzando por las olas, como avanzaré por el tiempo. Al anochecer, el trabajo está apenas terminado; muy cansado y no deseando exponer mi obra a una prueba demasiado dura, pues es, a fin de cuentas, la última vela que me queda, y no deseo que me la arranquen, duermo con el ancla flotante; a veces hay que saber perder, también, unas horas preciosas.

Durante todo el resto del viaje tendré cierto miedo a mirar, ante mí, esa vela con ese remiendo de tela que la atraviesa, como una herida dispuesta a abrirse de nuevo, pero tengo miedo, sobre todo, del propio miedo, pues sé que la fatiga del mar nos hace supersticiosos y la superstición nos hace débiles y cobardes. De ahí data el inicio de una larga lucha moral, sin duda tan vital como la que debía librar contra los elementos. Advertí que, cuando todo iba mal, no pensaba en ella, pero que después de cualquier mejoría volvía a sentir temores. Me hacía entonces preguntas sobre mi material. ¿Aguantaría hasta el fin? Tal vez mi angustia se explique por el hecho de que toda aquella noche la pasé helado. Comenzaba a temblar, empapado, con la piel impregnada de sal. Nunca me ha gustado tanto el sol; acechaba el amanecer, le imploraba como a un salvador. Eso suponía conocerlo mal u olvidar, como podrá verse más tarde, que existen amigos pérfidos.

Hasta entonces había progresado muy poco y, algo más grave, no sabía cuántas millas había avanzado. Así comenzarán mis errores de cálculo en el establecimiento de mi longitud, errores que estuvieron a punto de serme funestos; volveré a hablar de ello más adelante. Cierto es que estoy en la zona de los alisios fuertes, donde se inicia el viento, joven y vigoroso, y sopla todavía con su primitiva violencia. Sólo más tarde se apaciguará y, diseminándose por una mayor superficie, su fuerza disminuirá por ello.

De momento, las olas son altas y blancas en su cresta; es el mar que muestra los dientes al reír, como un niño travieso. Y al igual que a los niños se les oculta el temor, izo mi remendada vela. Apenas he adquirido cierta velocidad cuando comienza la pesca; a mi alrededor aparecen grandes manchas verdes y azules. Son peces que, al principio, no se acercan demasiado y sólo se muestran con desconfianza. En efecto, al menor gesto se alejan rápidamente, se zambullen y desaparecen en la profundidad de las aguas. Sin embargo, es preciso que consiga pescar. Paso todo el día del 21 de octubre trabajando para doblar la punta de mi cuchillo. Lentamente, sin romperla, en mi remo plano, como en un yunque; fijo entonces con un cordel el mango de mi cuchillo en el extremo del remo para intentar arponear el primer pez que se acerque lo bastante. A bordo todo puede servir de cuerda: una corbata, los cordones de los zapatos, un cinturón, unos cabos... Un náufrago tendrá siempre. Yo no quería utilizar el emergeney fishing kit41, pues en la mayoría de los casos los náufragos carecerían incluso de ese estuche. Tenía que pescar con los medios de a bordo. Durante este trabajo, ante mi gran asombro, algunos pájaros siguen pasando sobre mi cabeza. Estaba convencido de que, en cuanto hubiera abandonado la tierra, ya no habría. Otro prejuicio de terráqueo. Nunca pasé un solo día sin divisar pájaros. Uno de ellos, en especial, parecía haberse encariñado conmigo: todos los días del viaje, hasta que llegué, acudía hacia las cuatro para trazar algunos círculos por encima del Hereje.

Pero, sobre todo, me interesaban los peces.

El sábado 15 de octubre, tras haber tocado y herido varios y haber acariciado la esperanza, viéndolos agitarse al extremo de mi improvisado gancho, de poder por fin comer algo, saqué del agua la primera dorada. Estaba salvado: tenía al mismo tiempo alimento, bebida, cebo y anzuelo, pues tras su opérculo en forma de gancho había un maravilloso anzuelo natural, que se encuentra ya en las tumbas de los hombres prehistóricos y cuyo uso reinventé.

Había creado mi primer sedal. Ahora podría comer y beber, cada día, en abundancia; nunca más tendría hambre y sed. Ahí estaba, para el náufrago que yo era, la primera y más decisiva victoria de la herejía.

Por otra parte, eso fue, en efecto, lo más herético de mi condición de náufrago.

Los primeros días no estuve, aún, por completo solo en el mar: grandes barcos, que parecían dirigirse hacia las Canarias, se cruzaban conmigo: sin embargo, ni uno solo se molestó. Nunca sabré si me vieron, pero es muy probable que a un náufrago le cueste mucho que le descubran. Tenía, una vez más, pruebas de ello. En cambio, los peces afluían ahora alrededor del Hereje y no iban a abandonarme ya. Los pescadores y los especialistas habían declarado, formalmente, antes de mi partida: «En cuanto haya abandonado las islas, ya no pescará nada.» Ahora bien, las manchas verdes y azules se habían convertido en siluetas de grandes peces que, familiares ahora, retozaban alrededor del bote. Durante el viaje me familiarizaría con esos lomos multicolores cuya presencia buscaba yo cada mañana, como la de unos amigos. De vez en cuando, un chasquido parecido a una detonación me hacía volver la cabeza, justo con el tiempo de ver el relámpago plateado de un cuerpo cayendo de nuevo al agua.

El viento soplaba con regularidad. Yo dejaba la vela día y noche, pues, al no tener ya islas que evitar, me mostraba mucho más dócil al soplo que me empujaba y, navegando con viento de popa, corría ante las olas que me adelantaban lentamente. Al igual que la velocidad proporciona al ciclista su equilibrio, ellas me daban seguridad, pues, si me detenía, la ola chocaba violentamente con el espejo de popa y rompía inundándome. Me dominó entonces lo que podríamos llamar «la angustia del material», la angustia y el temor de que el material no aguante, sobre todo mi vela herida.

Escribo en mi diario:

«Creía, antes de partir, que lo más duro sería encontrar comida y bebida, pero no: es "la angustia del material", y la de la humedad, que no es menos atroz. De todos modos, tengo que cubrirme con la ropa empapada que tengo, sin ello me mataría el frío.»

Y anoto, ya aquel día, como conclusión:

«El náufrago nunca tendrá que quitarse la ropa, aunque esté húmeda.»

Había comprendido, desde dos días después de la partida, empapado hasta los huesos, que las ropas, incluso húmedas, mantienen el calor del cuerpo. Iba vestido normalmente, como un náufrago, con un pantalón, una camisa, un jersey y una chaqueta.

Instruido por la experiencia, no me reía ya del atavío de las pescadoras de mejillones y gambas de la región del Boulonnais, que llevan siempre encima su vestido más cálido, las más gruesas medias de lana, sus zapatos más impermeables y entran en el mar con todo ese atavío.

El domingo 26 de octubre, escribo ya en mi diario:

«No consigo determinar mi longitud. La hora de la culminación tendría que bastar.»

La cuestión es grave: el principio era que la altura del sol en el horizonte, a mediodía, tendría que darme la latitud, teniendo que facilitarme la longitud el hecho de que el mediodía cambiaba de hora. Ahora bien, yo había zarpado de los 15°; tenía, pues, que encontrar, normalmente a mediodía, el sol en lo más alto de su curso (a la una de la tarde según mi reloj). En realidad, había tenido el sol en lo alto de su curso a las doce y cuarto. Consideraba, pues, que era preciso hacer una corrección de unos 45 minutos. Más adelante se verá qué error me hizo cometer este cálculo.

Aquel día encontré, en mi bolsillo, una nota de mi amigo John Staniland, el capitán del yate Nymph Errant, que debía abandonar las Canarias tres semanas más tarde. Era su dirección, que me había dado antes de mi partida, pidiéndome que le telegrafiara en cuanto hubiese llegado a una de las islas que forman el archipiélago de las Antillas: «John Staniland, core of King Harhour master, Bridgetown, Barbados.» Y había añadido: «To await arrival of British yacht», lo que significaba: «Llegarás antes que nosotros». Sabía, naturalmente, que llegaría mucho antes que yo, pero quería demostrarme, quería hacerme creer, en fin, que yo sería el primero en llegar al otro lado. Sin embargo, yo me mostraba muy optimista al escribir: «Si estoy donde pienso, habré alcanzado los 21° norte el miércoles y, cambiando de ruta el jueves para poner rumbo al oeste, habré tardado diez días para recorrer setecientas millas; tras ello me quedarán todavía mil ochocientas, es decir, veinticinco días a la misma velocidad.»

Pero la esperanza está siempre permitida, y en mí la esperanza era viva, como lo seguirá siendo hasta el fin. Tenía la impresión de haber zarpado la víspera. Hacía, sin embargo, ocho días que estaba en el mar. Me han preguntado a menudo si me había aburrido. No es posible aburrirse con el mar. Esta aventura era un corte absoluto en mi vida. Aunque cada día me pareció extremadamente largo, el tiempo no contaba ya, pues había perdido cualquier base de referencia: las horas de las citas, cosas que hacer en un momento concreto; y los días se esfumaban sin que tuviera conciencia de ello. Sólo más tarde, cuando esa vida se convirtiese en mi vida normal, el tiempo volvería a contar, a hacerse largo, pues podría comparar los días a otros días exactamente semejantes.

La segunda semana comenzó con un día festivo que me produjo cierta nostalgia. Era mi aniversario. Tras mi llegada a Barbados, cuando me preguntaban mi edad, solía responder: «Cumplí veintiocho años en el mar.» Sin embargo, el destino iba a mostrarse clemente y a ofrecerme, aquel día, mi regalo de aniversario. El anzuelo fijado a un cabo se arrastraba tras la embarcación cuando, de pronto, una de esas grandes aves que los ingleses llaman shearwater y cuyo nombre francés no he conseguido encontrar (en español se llaman «pardelas»), se lanza sobre el cebo que era un pez volador sin cabeza. Tiro de ella hasta traerla a bordo, algo inquieto por el efecto de sus picotazos en los cilindros de caucho. Apenas llegada a bordo, por fortuna, sufre un violento mareo, vomita y mancha mi embarcación con sus deyecciones. Estaba fuera de combate y, a pesar de mi repugnancia, le retorcí el cuello.

Ciertamente era la primera vez en mi vida que comía un pájaro crudo, pero, a fin de cuentas, si comemos cruda la carne picada, ¿por qué no un pájaro? Aconsejo vivamente a quienes capturen un ave marina que no la desplumen, sino que la despellejen, pues la piel es extremadamente rica en grasas. Dividí mi pájaro en dos partes; una para aquel mismo día, la otra, que puse al sol para que se secara, para el día siguiente. Pero no vayan a creer que, por fin, iba a comer algo que no supiera a pescado. En este punto, sufrí una horrible decepción. La carne era excelente, pero tenía un fuerte sabor a marisco.

Durante la noche, sufrí una violenta emoción: por encima de la tienda advertí una curiosa luz. Al principio pensé en el fuego. De hecho, era mi pájaro, que lanzaba a su alrededor fuertes fosforescencias, hasta el punto de que la extraña luz, proyectándose sobre la vela, le daba un aspecto fantástico.

El 28 de octubre se produjo un acontecimiento que iba a tener, a continuación, gran importancia —pero de momento no le presté atención—. Rompí la pulsera de mi reloj, al que se daba cuerda automáticamente con los movimientos de la muñeca. Lo sujeté con una aguja en la parte delantera de mi jersey, pensando que también así le daría cuerda, pero los movimientos que podía yo hacer en mi esquife no eran suficientes. Se detuvo poco después y, entonces, era ya demasiado tarde para darle cuerda. En adelante sería ya imposible saber con certeza en qué lugar me hallaba con respecto al oeste, es decir, en la dirección que más me importaba: la de las islas que quería alcanzar. Este incidente me reveló cómo el hecho de vivir al azar, de hacer sólo lo que me apetecía, de no conocer de antemano el trabajo que debía realizar, comenzaba a pesar mucho para mí. Decidí inmediatamente establecer un horario. Es, creo, extremadamente importante que el hombre siga siendo dueño de sus acciones y que no le dirijan los acontecimientos.

En primer lugar, para romper con la presencia única y constante del mar, decidí llevar una vida «campesina», es decir, levantarme y acostarme con el sol.

De madrugada recojo los peces voladores que, durante la noche, sin ver la trampa, golpeaban contra la vela y caían en la superficie de la tienda. Iba a contar, desde el tercer día y durante todo el viaje, una media de cinco a quince cada mañana. Elijo para el desayuno los dos más hermosos. Tras ello, pesco durante una hora, aproximadamente, lo que basta para mi alimento cotidiano. Divido entonces mi provisión en dos partes, una para el almuerzo y otra para la cena. ¿Por qué no había cambiado las horas de mis comidas? ¿Por qué esperar, como en tierra, la mañana, el mediodía y el anochecer para comer? Porque, tras haber modificado ya la naturaleza de mi alimentación, consideraba inútil introducir un nuevo trastorno en mi régimen, cambiando las horas de trabajo de un estómago. Este se acostumbra a secretar jugos gástricos a la hora habitual de las comidas, para estar dispuesto a asimilarlas luego. Era, pues, inútil imponerle un trabajo suplementario.

Tras la pesca llega la hora de la inspección sistemática de mi embarcación.

El menor roce puede serle fatal, basta con que el lomo de un libro, una pequeña tabla, mi radio incluso, rocen siempre el mismo lugar para dañar y agujerear, en pocos días, el caucho. Quienes vean el Hereje expuesto en París, en el Museo de la Marina42, podrán comprobar que, a pesar de todas mis precauciones, es visible una superficie de desgaste en la parte derecha, en el lugar donde apoyaba yo la espalda. Al cabo de cuarenta y ocho horas, en efecto, me asustó comprobar que el mero hecho de apoyar la espalda contra la pared había hecho desaparecer la pintura. Era preciso, pues, interponer, entre ella y yo, algo que suprimiera el roce, pues tras la pintura llegaría la trama del tejido y, entonces, ¡adiós a la impermeabilidad! Ausculto entonces el bote, pegando mi oreja a lo largo de las paredes para saber en qué lugar puede existir un roce, exactamente como se ausculta un corazón para saber si hay un «soplo». Auscultaba, pues, los «soplos» de mi bote, intentando averiguar en qué lugar podía producirse el roce que me hubiera sido mortal. Como un pulmón, el cilindro lleno de aire me transmitía los aires a través de su masa sonora; el menor silbido me habría servido para descubrir cualquier escape. Utilizaba, además, la siguiente precaución: sucediera lo que sucediese, mi bote no iba a deshincharse regularmente en toda su superficie; cierro, pues, durante la noche los tabiques estancos que, durante el día, por lo general, estaban abiertos; cuando vuelvo a abrirlos, a la mañana siguiente, si la presión de uno de los segmentos hubiera disminuido, se habría escuchado un silbido en el momento en que se restableciese la presión entre los distintos compartimentos. Gracias a Dios, el fenómeno no se produjo nunca. Esta inspección o, mejor, esta palpación, esta auscultación, me libraron, varias veces, de la catástrofe. Semejante vigilancia debe ser un imperativo categórico para todos los náufragos.

Viene luego media hora de gimnasia para ayudarme a mantener la flexibilidad de mis músculos y mis articulaciones. Finalmente, la pesca de las dos cucharadas de café de plancton necesarias para luchar contra el escorbuto, lo que exigía de diez a veinte minutos. Pero cualquier red arrojada al mar era un freno y yo me hallaba ante el siguiente dilema: recoger poco plancton e ir deprisa o recoger mucho para alimentarme, pero dejar de avanzar. Decidí pues lo siguiente: mientras el pescado fuese abundante, sólo consumiría plancton como medicamento (vitamina C).

A mediodía, llega la hora de tomar la estrella. Para obtener un resultado satisfactorio, media hora antes, realizo varias medidas, pues mi bote se agita siempre mucho. Poco a poco, el sol asciende y el progreso del ángulo se hace nulo; en este momento, está en el meridiano. A pesar de las terribles dificultades debidas a mi escasa elevación sobre el horizonte, adquiero rápidamente habilidad en el pequeño deporte. El gran peligro era considerar la cresta de una ola como el horizonte real. Afortunadamente, las olas eran extremadamente fuertes pero regulares, pues ninguna costa próxima quebraba su ritmo; había descubierto su periodicidad y sabía que, al cabo de seis o siete, me encontraría sobre una alta cresta desde donde dominaría el horizonte. Las contaba, pues, sin mirarlas, con el ojo en el ocular del sextante y, a la séptima, «echaba la ojeada». Era preciso, en aquel momento, hacer coincidir rápidamente el borde inferior del sol con el horizonte, dando un movimiento circular al sextante para que el sol estuviera exactamente en la tangente. Si mis latitudes al principio sufrían un error de unas diez millas, tras una semana, aproximadamente, alcanzaban una precisión de una milla.

La tarde es el momento más largo y penoso de la jornada —horas difíciles, sin medio alguno de evitar el implacable sol—. Las consagro al trabajo médico, científico e intelectual. A las 2, observación médica completa: tensión arterial, temperatura, estado de la piel, estado de los fáneros43, estado de las mucosas, temperatura del agua, temperatura de la atmósfera, estado de la atmósfera, observaciones meteorológicas. Viene luego el examen «subjetivo» —psíquico y moral— acompañado por ejercicios de memoria. Entre las distracciones: música, lectura, traducciones.

Cuando el sol se coloca detrás de la vela, dándome así un respiro, procedo al examen médico vespertino: cantidad de orina, fuerza muscular, número de deposiciones. Luego el resumen de las observaciones de la jornada: la pesca del día, la cantidad y calidad del pescado, el modo cómo lo he utilizado, la toma de plancton, su naturaleza, su sabor, su cantidad, los pájaros que he visto por fin. La noche, al caer, me proporciona el reposo y me concedo una o dos horas de radio tras la comida vespertina.

Durante toda la jornada se plantea un constante problema: saber cómo colocarme, pues la posición sentada comienza a hacerme sufrir. Me siento en el borde de la embarcación, con las piernas colgando, pero entonces corro el riesgo de que se me carguen las piernas y de tener edemas en los tobillos; o instalado en el fondo, con la espalda apoyada en el cilindro, con las piernas sobre el de enfrente, pero rápidamente el dolor de las piernas levantadas, martirizadas por los remos, me fuerza a cambiar de posición. A veces permanezco tendido cuan largo soy, pero como comienzo a adelgazar, mis huesos me martirizan a través de la piel y la posición se hace pronto insoportable. Permanecer de pie es casi imposible; la posición más parecida a la vertical me fuerza a mantenerme con las rodillas flexionadas, apoyadas en el cilindro, contemplando perpetuamente el mar. Por otra parte, me he tranquilizado atando a mi cinturón una cuerda de veinticinco metros, fijada a la implantación del mástil. El bote mantiene, es cierto, una estabilidad perfecta, sin embargo basta con que cambie de lugar para que una oscilación haga inestable mi posición: tengo que estar siempre apoyado en algo. Afortunadamente, no tenía que soportar cabeceos ni balanceos, sólo una simple oscilación. A pesar de todo, tengo la sensación de que bastaría una ola para que todo concluyera. A mi alrededor se aplastan, con estruendo de truenos, enormes olas que se derrumban en cuanto son desequilibradas por su propia fuerza. Una sola de ellas, al caer, puede poner fin a la experiencia y a mi vida.

Aquel 28 de octubre, anoto: «Buena señal: no tengo sueños alimentarios. Es la prueba de que no tengo hambre, pues el hambre es, en primer lugar, una obsesión. De hecho, no deseo nada.»

El 29 de octubre, me impresiona por primera vez lo trágico de mi situación. Lo que cambia, con respecto a las etapas precedentes, además de la longitud de la travesía, es su carácter ineluctable. Imposible detenerse, imposible volver atrás; imposible, incluso, pedir socorro. Soy sólo un elemento en este inmenso movimiento. Formo parte de un mundo sin medida humana. A menudo siento escalofríos en el espinazo, y ahora, desde hace varios días, no se ve ya ningún barco. Ayer vi mi primer tiburón desde las Canarias. Pasó deprisa. Por lo que a las doradas se refiere, se hicieron pronto mis amigas; volveré a hablar de ellas con frecuencia, pues son la única presencia amistosa a mi alrededor. Por la noche, cuando despierto, me impresiona la belleza de estos animales que trazan surcos paralelos al mío —que la fosforescencia del mar transforma en trazos luminosos.

Presa de no sé qué curiosidad, quiero ver el efecto que producirá en estos animales el haz de una lámpara eléctrica proyectado hacia ellos. Enciendo mi linterna y la superficie del mar se ilumina enseguida. Los peces se concentran alrededor del haz luminoso. Estoy sumido aún en el arrobo de estas evoluciones, que yo dirijo a mi guisa, cuando, brutalmente, un choque me obliga a apoyarme en el borde del bote. Es un tiburón, un gran tiburón de cola muy asimétrica. Se ha vuelto boca arriba para venir hacia mí. Todos sus colmillos brillan bajo la luz eléctrica; su vientre es blanco. Golpea varias veces el bote con el hocico. ¿Quiso morder en aquel momento? No lo sé: siempre me han dicho que los tiburones, cuando intentaban apoderarse de una presa, se ponían boca arriba. Sólo puedo afirmar que tuve mucho miedo; no estaba todavía acostumbrado a tan brutales maneras. El único tiburón que había visto hasta entonces, entre Casablanca y las Canarias, me había seguido a respetuosa distancia. Pero éste nació sin duda demasiado lejos de cualquier costa para mostrarse tan civilizado. Tras apagar mi luz, espero que vaya a alejarse. Durante mucho rato, sus coletazos chasquean a mi alrededor como latigazos y me salpican, regularmente, de la cabeza a los pies. De vez en cuando aparece su vientre, mancha blanca entre un fosforescente castillo de fuegos artificiales. Finalmente, harto sin duda de mi pasividad, se aleja. Es probable que quisiera morderme, ¿pero han intentado alguna vez morder un balón de fútbol? Sé que es prácticamente imposible y, poco a poco, me tranquilizo, aunque deseando que tan indeseables huéspedes no vuelvan a acercarse a mí. Y me juro no volver a iluminar nunca la superficie del mar. A partir de aquel día, alentado por la total ausencia de barcos a mi alrededor, y también para ahorrar petróleo, decido suprimir mi fanal nocturno. La moral es buena todavía, aunque comienzo ya a sufrir el frío nocturno, la inmovilidad y la humedad, que es verdaderamente atroz. Los primeros efectos de la experiencia comienzan a manifestarse en mi cuerpo. Anoto en mi diario:

«He perdido la uña del dedo meñique del pie derecho; además, una extraña erupción, debida probablemente a la sal, ha aparecido en el dorso de mis manos: tengo un miedo terrible a la furunculosis, que sería para mí un dolor espantoso, y que quisiera intentar no cuidar para no falsear los datos de la experiencia. Tengo a bordo antibióticos, pero si los utilizo, los futuros náufragos objetarán que, en caso de naufragio, ellos no tendrán medicamentos. Estoy decidido a utilizarlos sólo en último extremo.»

Primeros asaltos de la soledad y la fatiga; me abandono a comparar mi situación con mi vida normal:

«¡Ah! Realmente es duro el precio que estoy pagando por los días de buena vida que pasé en tierra». Y, siempre optimista, cuento con que sólo me quedan ya de 25 a 40 días.

Es divertido (en aquel momento era más bien trágico) ver cómo la ruta en la carta adopta un significado terrestre: sigo escribiendo en mi diario:

«Cuando haya llegado a los 21° norte, giro a la derecha y tomo 255 en vez de 230» (hasta en las cifras, que toman aspecto de carreteras nacionales). Tengo entonces realmente la impresión de que voy a doblar por la primera a la derecha. Aquel océano sin límite se orienta, para mí, como una ciudad, por el mero hecho de ir a alguna parte.

«Escribiendo mi diario, no he tomado mi latitud: qué vamos a hacerle, lo haré mañana, tengo tiempo. En fin, en el mismo recorrido. Colón tardó, en la misma estación, 22 días: yo pienso tardar de 35 a 40. Hay que aprender a vivir contemplativa y vegetativamente, pues desde que reflexiono todo parece más largo.» Me hago entonces la pregunta:

«Si no estuviera solo, sería más fácil. Eso creo. ¿Oh, Jack, por qué, por qué? En fin, criticar no sirve de nada. ¡Dios mío, qué fuerte es este alisio! Si mi vela lo soporta, mejor, llegaré más deprisa, pero estoy empapado.»

El jueves 30, un verdadero delirio de optimismo se apodera de mí. Escribo palabra a palabra:

«Veintitrés días aún» (lo que me haría llegar el 23 de noviembre): añado de todos modos: «Si todo va bien.»

Muchos se sorprenderán ante ese optimismo, y lo creerán posterior al viaje, invocando en especial los plazos que yo mismo había fijado para mi empresa. Pero lo hice porque era necesario conceder un amplio margen a la preocupación de los míos. Si hubiera dicho: «Tardaré treinta y cinco días», y no sesenta, se hubieran puesto en marcha al vigésimo día, mientras que, gracias a la precaución tomada, sólo comenzarán a moverse al trigésimo o cuadragésimo día.

«Qué hermosa jornada, tranquila y sin incidentes; como lo fue la noche. He soñado en mi discoteca; un avión ha pasado justo por encima de mí. Ciertamente no me ha visto. Sigo amenazado por el menor roce.»

Esta última observación alude al esquife de socorro, que yo había colocado en la proa de mi barco para poder hincharlo rápidamente en caso de accidente y echarlo al mar. Durante la noche, la botavara de mi vela ha rozado continuamente el caucho, hasta hacer un hermoso y redondo agujero. Basta, pues, una noche de roce con un cuerpo extremadamente ligero para que un agujero completo perfore el tejido recauchutado. ¡Qué lección, qué maravillosa lección! A decir verdad, la primera de las conclusiones era bastante terrible: en caso de accidente que dañara el Hereje, no tenía ya nada para mantenerme en el agua. Cierto es que, en aquel esquife, las posibilidades de supervivencia habrían sido, de todos modos, extremadamente escasas. Aquel bote de caucho era un pequeño dinghy individual, hecho para recuperar a la gente que cae al mar cerca de las costas; no creo que me hubiera permitido atravesar el Atlántico. El agujero, sin embargo, me priva del placer de poner a remolque el pequeño bote y fotografiar el Hereje en medio del Atlántico, nadando con su vela izada. Me acercaba cada vez más, por la fuerza de las cosas, a la condición real del náufrago. Como para él, mi embarcación se convertía en mi oportunidad postrera.

«Cuidado, cuidado, cuento con demasiada frecuencia los días y eso es lo que hace que el tiempo me parezca largo. La pesca ha disminuido claramente, en número de presas, pero su peso aumenta; puedo ahora beber diariamente mi pescado limitándome a rajar la piel, sin ni siquiera tener que exprimirlo, que cortarlo a trochos, como hacía hasta entonces, trocitos que iba depositando en mi camisa para escurrirla después. Realmente, el jueves treinta el tiempo es magnífico. El alisio joven comienza a envejecer; se ha convertido en una buena brisa que me empuja en la dirección deseada. Estoy entonces, aproximadamente en el tiempo previsto, en los 21º 28' N.»

Mucho más tarde sabré que, en realidad, me hallaba aproximadamente en la longitud 18 o 19. Creía entonces que me quedaban 35º que recorrer hacia el oeste y 4 hacia el sur, es decir, unas 1.800 o 1.900 millas, y pensaba haber recorrido aproximadamente la cuarta parte del trayecto. Más adelante veremos cuál era la realidad. El viernes 31 de octubre, anoto en mi diario de a bordo:

«Afortunadamente, el viento se ha levantado un poco durante la noche y ahora corro de nuevo: me sobrevuela un magnífico shearwater e intento pescarlo, pues recuerdo con nostalgia el pájaro de mi aniversario. ¡Ay! Éste se muestra absolutamente recalcitrante.»

Ayer la velada fue deliciosa, tuve buena música: la 7a Sinfonía de Schubert. El viaje estará bajo el signo de esta sinfonía, es curioso, pues no suele interpretarse, y sin embargo la escucharé seis veces durante los sesenta y cinco días que permaneceré en el mar.

Inverosímil optimismo, aquel día escribí aún: «A partir del sábado 22 de noviembre, tengo una oportunidad de ver tierra.» Iba a tocarla, verla y tocarla, sólo el 23 de diciembre, es decir, un mes más larde. Pero mis primeras dudas sobre mi navegación comenzaban a aparecer ya, puesto que a las 4 escribo:

«Decididamente, la navegación no es cosa sencilla. Está siempre la maldita declinación; ahora bien, mi carta, mi "portulano del Atlántico", no la incluye. El problema, pues, estriba en saber si trazo bien la ruta que me da el compás, y si realmente me he inclinado hacia el oeste, o si ha sido la variación oeste la que ha aumentado. En ese caso, navego mucho más hacia el sur de lo que pienso. Mi cambio de latitud hubiera debido informarme sobre ello, pero mi velocidad es tan difícil de medir que es imposible intentar una real navegación a la estima. Me baso en un avance medio de 80 millas diarias (más tarde sabré que era una estimación absolutamente delirante), pero debo hacerlo mejor (¡me mostraba más delirante todavía!). En fin, lo importante es permanecer entre los 17 y 18 grados norte. Mañana, si mi rumbo es bueno, debiera de estar, aproximadamente, en los 20° 20' norte. ¡Qué maravilla, el alisio! Mi longitud aproximada es de 20° 40' (también esto era un error, pues me hallaba en los aledaños de los 18°), es decir, que me quedan 33° por recorrer hacia el oeste; dicho de otro modo, 1.700 millas a razón de 80 millas diarias; es decir, 22 o 23 días de navegación.»

Y añado:

«Si el viento se mantiene, la cosa debiera de ir así; en el fondo soy tan buen navegante como Cristóbal Colón.» ¡Oh, soledad!, comienzas a preocuparme seriamente —pues lo que acabo de escribir muestra de modo típico que tengo razones para preocuparme—. Comprendo por fin la diferencia entre soledad y aislamiento; del aislamiento en la vida normal, sé cómo puedo salir: sencillamente por la puerta, bajando a la calle, o con el teléfono para escuchar la voz de un amigo. El aislamiento sólo existe si te aislas. Pero la soledad, cuando es total, nos abruma. ¡Ay del hombre solo!... Me parece que, de cada punto del horizonte, la soledad inmensa, absoluta, todo un océano de soledad se agazapa sobre mí, como si mi corazón diera por fin a ese todo, que sin embargo no era nada, su centro de gravedad.

El día en que solté la amarra, en Las Palmas, creí que te dominaba, soledad, y que sólo tendría que acostumbrarme a tu presencia a bordo. Pero no te llevé conmigo, ¡qué presuntuoso era!, como si mi embarcación o yo pudiéramos contenerte: fuiste tú la que me invadiste. Nada puede romperte, al igual que nada podría aproximar el horizonte. Y si, para escuchar mi voz, comienzo a hablar en voz alta, estoy más solo todavía, náufrago en el silencio.

«Hoy. 1 de noviembre, alcanzo los 20" norte y giro a la derecha. Me dirijo hacia el oeste, con muy poco de sur, pero algo de todos modos. Intentaré ganar algunos grados en longitud; he virado de bordo, es decir, que mi vela ha pasado del lado derecho al lado izquierdo; normalmente, debiera permanecer en esta posición, sin modificarla, hasta la llegada.» Debo decir que, de hecho, ya no dirigía mi barco; había fijado mi remo de modo que la dirección siguiera siendo la del compás, y no lo tocaba ni de día ni de noche.

Sólo de vez en cuando, cada dos horas aproximadamente, tenía que dar un golpecito para enderezar el remo, que se había movido un poco. Por la noche dormía en una constante humedad, incluso cuando había hecho buen tiempo durante el día. Dormía así doce horas. ¿Cómo podía tener tanto sueño en semejantes condiciones? En primer lugar porque tenía confianza; sabía ahora que mi esquife aguantaba las olas que lo asaltaban por todas partes, sabía que si una ola catastrófica caía sobre él, podía acontecer un accidente grave, pero que no volcaría. Finalmente, me hacía ese razonamiento, algo simplista pero muy reconfortante: puesto que nada me ha sucedido durante el día, ¿por qué voy a temer nada de noche?

Nunca me protegía la cabeza, cubriéndome con la tienda hasta la garganta, como una manta, con el rostro siempre fuera, dominado por un cielo estrellado como nunca después lo he visto. Y de vez en cuando me iluminaba una luz de cabecera —me refiero a la luna.

El alisio es regular y tranquilo. No me atrevo a leer demasiado por miedo a que, algún día, habiéndose agotado mis pilas, no tenga ya nada que hacer para ocuparme: y dan ya signos de debilidad. Salvo por algunas, escasas, encapilladuras, aquellos días, comienzo de todos modos a estar algo más seco. Lo aprovecho para rehacer mis cálculos cada día, y los resultados optimistas parecen decirme aún: hacia el 23 estarás en tierra, hacia el 23 estarás en tierra, hacia el 23 estarás en tierra. La longitud estimada dice 27° 30', el número de pájaros comienza a disminuir claramente, los peces, un poco. Ahora tengo que pescar durante más tiempo —de dos horas a dos horas y media—. No he encontrado todavía matas de sargazos; cierto es que voy a pasar al sur, para intentar evitarlos. Advierto que gano en latitud, pues, ahora, la emisora francesa que mejor escucho es Dakar, y en longitud, porque aparecen las emisoras americanas. Sin embargo, en el Atlántico, las ondas pertenecen a dos naciones: Inglaterra (gracias a la BBC) y Rusia.

El domingo 2 de noviembre tardará en borrarse de mi recuerdo, pues acabo de cometer una buena imprudencia: «¿Podía hacer otra cosa?», anoté en mi diario. Sí, sin duda.

Desde hacía varios días mi salud era menos buena. El cambio de alimento y la humedad permanente habían hecho aparecer en mi cuerpo una dolorosa erupción de granitos. Esperaba poder evitar las escaras gracias a un pequeño cojín neumático, el único ejemplar que tenía. Un falso movimiento debió de hacerlo caer al mar y, cuando lo advertí, flotaba ya a algunos centenares de metros. Arrié la vela, arrojé el ancla flotante y, luego, zambulléndome, partí en su búsqueda. Buen nadador, conseguí alcanzarlo en pocos minutos. Cuál no sería mi terror cuando, al querer regresar a bordo, advertí que mi embarcación huía ante mí y que, a pesar de todos mis esfuerzos, era incapaz de reducir la distancia que me separaba de ella. El ancla flotante, como un paracaídas, se había puesto en paralelo. Ya nada frenaba la deriva del bote. La fatiga iba ciertamente a dominarme antes de estar en condiciones de alcanzar al fugitivo... Confieso que, por unos instantes, creí que el Hereje iba a proseguir su viaje sin mí. Durante mi entrenamiento para la travesía de la Mancha, en 1951, estaba en buena forma física y nadé veintiuna horas seguidas. Ahora, debilitado por las privaciones y por una vida sin ejercicio, ¿cuánto podría aguantar? Había abandonado inmediatamente el cojín a su suerte y había comenzado a nadar con todas mis fuerzas. Creo que nunca, ni siquiera durante mi carrera en Las Palmas con Boiteux padre, fui tan deprisa. El esfuerzo comienza a dar sus frutos: advierto que la distancia que me separa de mi embarcación comienza a disminuir; pero luego sólo consigo mantener mi posición. Y, de pronto, creo que el Hereje está reduciendo su marcha. Aumentando mis esfuerzos, consigo alcanzarlo por fin y me izo, penosamente, a bordo. Por un milagro, las cuerdas del ancla flotante se habían desenredado por fin. Estaba agotado, moral y físicamente. Me juré que sería el último baño de la travesía.

Mis relaciones con mis vecinos marinos comienzan a organizarse. Me rodea una familia que pronto se me hace simpática. Está compuesta por cinco o seis doradas y un petrel que, cada día, a las cuatro, viene a hacerme una pequeña visita. Es un minúsculo pájaro negro, con puntitos blancos en la cola, del tamaño de un gorrión de París. Me pregunto cómo ha podido recorrer semejante distancia para venir a pescar su vida en pleno mar. Me aborda, cada día, por detrás; da cuatro pequeños pasos, pues camina sobre el agua, y desaparece cuando el sol se pone. Las doradas, por su parte, son mucho más fieles y permanecen conmigo las veinticuatro horas del día. Por lo demás, las reconozco muy bien: intentando pescarlas, el primer día, les hice unas heridas que siguen abiertas. Advierto a este respecto que a los peces, como a los seres humanos, les cuesta cicatrizar en agua de mar. Una de mis seguidoras tiene una gran llaga oval, del tamaño de una moneda grande, en el tercio posterior de su lomo; otra está herida bajo la aleta lateral. Hay cinco o seis a las que reconozco del mismo modo y a las que, muy pronto, les doy nombres; la más grande se llama Dora, me sigue con regularidad, adoptando además las mayores precauciones para que no pueda tocarla por segunda vez, pero permanece cerca, lanzándome de vez en cuando una ojeada cuando se pone al abrigo del barco, o volviéndose de lado para mirar hacia arriba. Cuando el viento se calma y no voy lo bastante deprisa, todas vienen a dar coletazos al cilindro de caucho, como si le preguntaran por qué estoy demorándome así. Llegan, regularmente, otras nuevas, y son éstas las que puedo pescar: basta con utilizar el anzuelo-espina, fijarlo en un hilo o un cordoncillo y poner como cebo un pez volador recogido por la mañana sobre mi tienda. Hago que resbale rápidamente por el agua, como si se tratase de un pez vivo que rozara la superficie antes de sumergirse; las doradas se lanzan encima de inmediato, «como la miseria sobre el pobre mundo», ¡y hala, agarro una! Todas las recién llegadas se dejan engañar por la estratagema, pero las veteranas, que me conocen bien, ni siquiera se molestan.

La noche del 3 de noviembre, en pleno castillo de fuegos artificiales, pesco un horrible pez de aspecto serpentino, provisto de terribles colmillos que, por la noche, destilan un veneno blancuzco; es curioso, aunque se haya debatido mientras se hallaba bajo el agua, apenas lo he sacado de su elemento parece haber muerto, y no hace ya ni una sola contorsión, mientras que los pescados, por lo general, siguen agitándose mucho después de su captura. Creo que es así porque se trataba de un animal de las profundidades; tiene unos ojos inmensos con respecto a su cabeza y enormes colmillos; de momento no lo reconozco y es, para mí, un perfecto extraño; ante su aspecto cobrizo y la venenosa apariencia de la baba que derrama sobre el saco de dormir, en el que ha mordido, lo tomo cautamente por la cola y lo devuelvo al agua.

Supe más tarde que se trataba de un gempílido, esa caballa-serpiente que había irrumpido en el saco de dormir de uno de los miembros de la tripulación de la Kon-Tiki; al parecer, ese animal se siente especialmente atraído por los sacos de dormir, pues también en mi caso se encariñó con ese objeto. En adelante, lo utilicé con desconfianza, recordando con espanto los venenos orgánicos que utilizan los indios de América del Sur para envenenar sus flechas. Aquel mismo día, a las 11, un navío se cruza en mi ruta, a unas diez millas. No me ve:

«¡Pobre náufrago de verdad! Cuenta sólo contigo mismo para salvar tu vida; yo estaba entre el sol y él, ¡y no me ha visto! Sin embargo, se detuvo más de diez minutos para tomar su longitud. ¡Qué lástima! Hubiera podido tranquilizar a los míos: el navío va hacia el nordeste, probablemente de América a las Azores44

¡Si hubiera sabido, en aquel momento, lo que el porvenir me reservaba! Un nuevo elemento de error se había introducido en mis cálculos: la tabla náutica da la hora de la puesta de sol para mi latitud y la longitud cero. Normalmente debo tener 4' de diferencia por grado. Lo mismo ocurre con las horas de salida y puesta de la luna. Ahora bien, aunque mi longitud estimada no corresponde en absoluto a la longitud que me da la hora de la culminación solar y la hora de la puesta de sol, resulta que coincide exactamente con la hora que me indica la puesta de luna. No veo en absoluto a qué puede corresponder todo ello. Un oficial de la Marina nacional me dio luego la explicación: se trataba, en realidad, de un fenómeno de refracción.

Comienzo a consagrar mi tiempo a los juegos, especialmente a ejercicios mnemotécnicos. A pesar de que nunca me han gustado los cálculos, consagro horas y horas a interminables cálculos de medias, dividiendo mentalmente las 2.700 millas que me quedan por hacer por el número de millas que recorro cada día, para saber el número de días que debo pasar todavía en el mar; y repito seis, siete, ocho, nueve veces las operaciones, obteniendo cada vez un resultado distinto.

Para aumentar mi angustia, distintos terrores supersticiosos comienzan a apoderarse de mí, habitual cortejo de la soledad. Si no tengo la pipa a mano cuando la busco, veo en ello un mal presagio. Mi pequeña muñeca, regalo de unos amigos al zarpar de las Canarias, es realmente una presencia para mí. La miro y me dirijo a ella de vez en cuando, hablándole con monosílabos; luego comienzo a soltarle discursos, a explicarle los gestos que voy a hacer el siguiente minuto. No espero respuesta, no es todavía un diálogo; lo será más tarde. De momento es sólo la necesidad de afirmarse, de afirmar algo. Otra superstición divertida es la de las cerillas. Me quedan aún algunos cigarrillos y enciendo uno de vez en cuando; a mi entender, el número de cerillas que debo rascar para conseguir encender el cigarrillo corresponde al número de días que necesitaré para terminar el viaje. Lo calculo así: tomemos como base de referencia que no puedo llegar antes del 23 de noviembre; si lo consigo con la primera cerilla, llego el 23; si lo logro con la segunda cerilla, llego entre el 23 y el 25; ya ven adonde puede llevar eso; en realidad, si la cosa me lleva demasiado lejos, me mantengo en mis cuentas, pues soy un optimista —quiero decir que recuerdo todo lo que me parece bueno y olvido todo lo que me parece malo—. Es un prejuicio de lo más saludable.

Comienzo a saber medir con exactitud el movimiento de mi barco cuando avanza a velocidad normal y consigo también, cuando el viento es moderado, estimar mi marcha midiendo la tensión de la escota sobre la vela.

El viento, que había caído desde hacía dos días, vuelve a soplar: unos cuatro nudos, ¡perfecto! Tendría que continuar así y, entonces, en veinte días...

Martes. 4 de noviembre - La luna me da 9° de diferencia con el sol y 3 con mi estima. Ya no comprendo nada: mi radio comienza a no funcionar, ya sólo la oigo algunas horas por la noche, cuando la escucha es más favorable. Sigo en mi estima tomando la luna como óptimo. Ayer, buena carrera hacia el oeste, estoy en los 18° 58' norte; hace cinco meses, estábamos a la vista de Menorca e íbamos a hacer, al día siguiente, nuestra primera etapa. ¡Cuánto camino recorrido desde entonces! A las 18 horas, no he pescado nada en toda la jornada. Me hace rabiar, tanto más cuanto estoy rodeado de peces piloto. A las 19 horas, por fin, agarro mi cena: no estaré en ayunas toda la noche. Una magnífica gaviota blanca y algunas marsopas retozan a mi alrededor. Tiempo ideal, viento medio que da al Hereje toda su eficacia y no deja romper las olas: ¡que dure! Mis orines son absolutamente perfectos. Reminiscencia de la última semana en tierra; la comparación es dura. Y pensar que vendrán días en los que añoraré éste.

Sin embargo es difícil y, sobre todo, más largo de lo que creía. En fin, normalmente, dentro de doce días tendré que cambiar de carta y tomar la del mar de las Antillas; sólo me quedarán entonces unas 600 millas por recorrer. ¡Casablanca-Las Palmas, vamos! He dejado de poner un fanal, por la noche, desde hace mucho tiempo. Tal vez he perdido así la ocasión de dar noticias y la cosa comienza a pesarme, pues ya no puedo leer. Antes de partir tuve que resolver el viejo problema: ¿si estuviera usted aislado durante varios meses, qué libros se llevaría? Dosificando los géneros, tomé un Moliere y un Rabelais completo, un Cervantes, un Nietzsche y el Teatro de Esquilo, en edición bilingüe, Spinoza, extractos de Montaigne y algunas partituras musicales: las dos Pasiones de Bach y los Cuartetos de Beethoven.

«Por lo que se refiere a una colisión, reconozco que no lo creo, el mar está vacío, vacío, no hay nadie. Pondré una luz hacia los 50 grados, es decir, dentro de unos doce días (sic), a menos que el tráfico aumente antes.»

El miércoles 5 de noviembre, nueva superstición: entro en profundas consideraciones sobre los miércoles de mi viaje.

Decimoctavo día - Es curiosa la importancia que han tomado los miércoles desde el comienzo de mi aventura (al menos eso creo). En aquel momento estoy seguro de que llegaré a tierra un miércoles.

El miércoles 11 de junio, primera etapa en Ciudadela. El miércoles 18 de junio, tras el naufragio, regreso a Ciudadela.

El miércoles 9 de julio, desembarco en la playa de Ibiza. El miércoles 16 de julio, entrada en el puerto de Ibiza. El miércoles 23 de julio, entrada en el puerto de Motril. El miércoles 13 de agosto, partida en solitario de Tánger. El miércoles 20 de agosto, llegada a Casablanca. El miércoles 3 de septiembre, llegada a las Canarias. El miércoles 10 de septiembre, anuncio del nacimiento de Nathalie.

El miércoles 24 de septiembre, llegada a Casablanca, procedente de París.

El miércoles 1 de octubre, me dan la radio.

Y el miércoles 5 de noviembre, a mitad del recorrido Casa-blanca-Antillas.

Los tiburones vienen aún, frecuentemente, a visitarme, pero me he acostumbrado y siento por ellos el mayor desprecio. ¡Qué miedosos, qué cagones! Basta con darles un golpecito en la nariz y huyen. Así sucede la escena: un tiburón se acerca y golpea, con el hocico, alguna parte del bote; tomo entonces el remo y, con violencia, le asesto un golpe en la cabeza; huye tan deprisa como puede y, sin esperar el cambio, se zambulle en las profundidades. Mis doradas deben de divertirse mucho, pues, de todos modos, cuando un tiburón de ese tamaño se acerca, ellas se van prudentemente. Deben de estar adquiriendo mucha estima por mí, puesto que son cada vez más numerosas alrededor del Hereje. Pero debo decir que, aunque las doradas me serán siempre fieles, casi todos los peces piloto me abandonarán cuando me encuentre, más tarde, con el Arakaka. En el fondo son unos cobardes, unos oportunistas que se van con el que consideran más fuerte.

Aquel mismo miércoles 5 de noviembre tuvo lugar un espectáculo mágico: yo había encontrado ya numerosas escuadrillas de peces voladores. La mayoría de las veces, emprendían sencillamente el vuelo planeando, pero cuando eran atacados por mis doradas, tomaban a veces impulso en la cresta de una ola; y mientras su cola rozaba la superficie, daban verdaderos aleteos para emprender el vuelo, con nuevo impulso, contra el viento, venciendo así a sus agresores. Sin embargo, éstos son muy hábiles; con la aleta dorsal en la superficie del agua, aguardan casi siempre a los peces voladores cuando éstos vuelven a sumergirse y, creyendo hallar el mar libre, se dirigen directamente a las fauces, abiertas de par en par, que les aguardan. Pero hoy el espectáculo es particularmente impresionante: enormes bancos de peces voladores atacados por una bandada de shearwaters. Cuento once shearwaters a mi alrededor y me pregunto cómo lo han hecho para aventurarse tan lejos de la costa (estoy, en aquel momento, muy cerca de las islas de Cabo Verde, pero lo ignoro).

Todo iría bien si mis posaderas no me preocuparan un poco. ¿Estará acercándose la furunculosis? Tengo, además, un pequeño acceso de parotiditis45, pero estoy, en fin, lleno de esperanza; dentro de cuatro días podré decir:

«¡Tal vez la semana próxima!... Vamos, podría ser peor. De todos modos, comienza a obsesionarme el pensamiento de la comida. Me prometo, a la llegada, una verdadera orgía de fruta. Estoy harto de pescado y pájaros.» Hablando de pájaros, quiero hacer aquí una pequeña reflexión. Al náufrago se le dice: «Si ves pájaros en gran número, la tierra está cerca.» En aquel caso era cierto: la tierra se hallaba a unas sesenta millas. Sólo que me era imposible llegar a ella, pues el viento y la corriente se oponían. Pero se le dice también al náufrago: «La tierra está en la dirección hacia la que vuelan los pájaros.» Pues bien, vuelan hacia el oeste, donde la tierra se halla a unas 1.500 millas; y no hacia el sudeste, donde se encuentran las islas de Cabo Verde. ¿Por qué darnos unas esperanzas que, de hecho, sólo nos ayudan a morir, puesto que se desvanecen como otros tantos espejismos? Mi diario dice entonces:

«Hace calor: ¡una buena caña de cerveza! Lo que más me hace sufrir es seguir sin tener agua dulce.

«Estoy harto de comer pescado, pero más aún de bebérmelo. ¡Otra cosa, por favor! ¡Si al menos lloviese! Pues el sol se cubre con frecuencia; el mar está aún, a menudo, muy agitado, y sin embargo no llueve, nunca ha llovido aún. ¿Cuándo va a llover?»

De hecho, no tengo sed, tengo simplemente ganas de cosas buenas, como el hombre que, sin hambre ya para unos macarrones, comería de buena gana un pollo. La necesidad de agua dulce me persigue más que atormentarme.

En la noche del 6 de noviembre, soy atacado de nuevo por un tiburón que, esta vez, no me suelta; éste es especialmente duro: ha debido de comer ya hombre. Fijo mi cuchillo al extremo del remo mientras él golpea mi bote. Estoy dispuesto a defenderme y, cuando se pone boca arriba para atacarme de tres cuartos, le clavo el arma en el cuerpo y le abro el vientre de la cola hasta casi las fauces. El mar se tiñe de un color negruzco, escapan sus tripas y veo que mis doradas se lanzan sobre el herido y le desgarran las entrañas. Qué voraces son las buenas bestias. En fin, por una vez el cazador es devorado por el cazado.

El bote debe de ser una compañía muy original y útil, pues me rodea ahora una verdadera colonia de acuario; nunca en mi vida he visto tantos peces, ni siquiera en el acuario de Mónaco. Los que me predijeron que no podría pescar nada se han lucido. Por desgracia, el régimen comienza a darme algo de diarrea; las deposiciones se hacen más numerosas. No se trata, sin embargo, del agua de mar, pues hace ya mucho que no la bebo en absoluto.

Algo más tarde, estoy escribiendo cuando, bruscamente, aparece un nuevo tiburón, y éste es mucho más grande: mide de cuatro a cinco metros; por fin voy a poder filmarlo y me lanzo sobre mi cámara46. ¡Qué terrible aspecto tiene! El hocico aplanado, las fauces anchas: tiene realmente un aire feroz. Preparo mi dispositivo de alarma, cerrando los tabiques estancos de los flotadores. De todos modos, debo ser prudente, pues si el animal consiguiera perforar uno de los compartimentos, ya sólo podría contar con los otros cuatro. Pero estos animales, siempre cobardes, son mucho menos agresivos de día que de noche. Éste, tras haber olfateado mi remo-gobernalle, se mantiene a distancia; se limita a dar unas vueltas a mi alrededor.

Pienso en mi pequeña sesión de natación del otro día, y me daría de bofetadas; realmente la cosa hubiera podido terminar mal; si un tiburón de la misma envergadura me hubiese atacado...

Sigo oyendo la radio por la noche, pero se hace cada vez más débil, apenas un soplo. Me veo obligado a pegar la oreja al receptor. Me resulta absolutamente imposible tomar la estrella. No sé servirme de la estrella polar y, por otra parte, los espejos de mi sextante han sido atacados por el agua de mar, hasta el punto de que la estrella polar no es bastante luminosa para ayudarme. No tengo ya el menor vínculo con la tierra, ni siquiera tengo noticias y la propia noción de voz humana se difumina. Ya sólo tengo una voz, sólo una presencia, la mía; sólo soy ya un animal parecido a los que me rodean. Mis reacciones, mis sensaciones van a ser, cada vez más, las suyas. Comemos lo mismo, todos buscamos nuestros peces voladores. El petrel acude cada día, regularmente, a la cita de las cuatro. Las doradas son mis protegidas. Sufrimos el mismo sol. Ellas permanecen a la sombra de mi barco como, por la noche, yo estoy a la de la vela. Como para el pez, mi base de referencia es el oleaje, mientras que para los hombres, en tierra, es el paso de peatones, la hilera de árboles o la procesión de sus semejantes.

Cuando pienso que hay gente que, en tierra, da importancia a su modo de vestir... cuando pienso que hay gente que lleva una existencia civilizada... yo, ahora, vivo al hilo de los días, me dirige el sol, he vuelto a la vida primitiva. Todavía hoy reconozco conmoverme cuando releo mi diario de los días en los que comenzaba a agotarme, pues veo cómo cambia progresivamente mi escritura. La soledad parece allí cada vez más dolorosa, cada vez más obsesiva. Aquel diario se había convertido en mi único interlocutor: mientras que, en los primeros tiempos, escribía una página o una página y media por día, ahora relleno diariamente de dos a tres páginas y media. Escribo poco de una tirada, pero a menudo. Temo, sin embargo, no tener papel bastante47.

Viernes 7 de noviembre: vigésimo día - Las cerillas canarias se niegan, en absoluto, a inflamarse. Por fortuna, tengo algunas cajas de cerillas marroquíes que son buenas; puedo ponerlas en remojo en agua de mar y secarlas al sol, y luego, de todos modos, siguen funcionando; pero tendré que economizarlas.

Noche favorable, viento regular, he dormido bien. Mientras velo para tomar la hora de la salida de la luna, tengo la impresión de que el mar es un elemento extraño, formidable, en el sentido etimológico del término. Me parece que un sistema tan irreductiblemente distinto al nuestro como el de otro planeta se halla allí, bajo mis pies, vivo pero impenetrable. Se encienden, aquí y allá, unos fulgores en las profundidades, signos de una vida que sólo puede adivinarse, pero que parece intensa; diríanse prolongados relámpagos en un cielo tormentoso. Todos los peces de los alrededores comienzan a saltar en todas direcciones, actores de un drama del que no tenemos idea alguna y del que no vemos nada, porque esa delgada capa a la que llamamos superficie nos separa de una vida absolutamente inaprensible.

Vigésimo primer día - Por la mañana, una gota de agua en el caucho me revela una pequeña fuga de aire; tengo parches, pero mi cola no aguanta lo bastante. Los pego, pues, por medio de una cola «fisiológica»48. ¡Prefiero no dar detalles! ¡Ojalá aguante!

Buena pesca matutina, pesco tanto como quiero al amanecer y al ocaso. ¡Oh, los expertos! Por otra parte, me hago una pregunta: ¿cómo se puede ser experto en algo que nunca se ha experimentado? Por extrapolación, sin duda: lo que resulta muy poco científico.

Aparecen, por fin, algunas nubes: ¡qué bueno resulta ponerse, desnudo, a la sombra! Lo aprovecho para examinar las pequeñas erupciones debidas a la transpiración, pero mis extremidades están intactas y las funciones fisiológicas no se han alterado. Tengo una barba que da miedo. «Ginette, querida, estoy impaciente porque eso termine; ¡ni un solo barco a la vista, aún!»

Aquel día leí el artículo Pez Espada, en la Pequeña Enciclopedia de la Pesca: «Temible y temido adversario de los cetáceos; utiliza su arma segando y no como estoque, como podría creerse; otra cosa ocurre cuando, en una rabia tan ciega como incomprensible, ataca las embarcaciones, utilizando entonces su puntiaguda espada como un disparo de catapulta.» ¡No resulta muy tranquilizador! En fin, esperemos que las posibilidades de encontrarlo sean escasas.

Creo que mi compás me juega malas pasadas, pues marcho por los 290/280 y mi ruta es ligeramente inferior al 260, a menos que recorra mucho más camino de lo previsto, pero no contemos con ello; tengo la intención de llegar hasta los 17 grados (estoy en los 17° 30'), tras ello intentaré mantenerme en esa latitud. No quiero dar con la región de las Calmas a un centenar de millas de la costa. El mar es algo curioso; por lo general está bien organizado: gran oleaje, de dirección uniforme, que rompe lentamente.

Luego, de pronto, bruscamente, sin notable aumento del viento, desordenado chapoteo sin causa aparente. Es curioso, pero muy desagradable. Me siguen aún mis doradas y pesco bien.

Sin embargo el tiempo me parece terriblemente largo; comienzo a apostar, totalmente y sin vacilaciones, por una llegada durante la semana del 23 al 30 de noviembre. Ni por un segundo pienso que seguiré en el mar en pleno mes de diciembre.

El sábado 8 de noviembre, al despertar, anoto: «Gran bandada de pájaros», y sin embargo estoy a mil millas de la tierra más cercana. Grandes cantidades de peces voladores, del tamaño de una sardina grande, aterrizan en mi bote; ¡qué deliciosa fritada podría hacerse! Pero en fin, crudo tampoco es malo, parecen por completo anchoas. Mis queridas doradas no se separan de mí, y sobre todo Dora, que es enorme y que no quiere en absoluto dejarse pescar.

Mucho sol hoy... Las noches son frescas y es realmente agradable. Escucho todavía, muy débilmente, la radio; unos diez minutos cada noche, lo bastante para saber que hay una tormenta sobre Boulogne y Dunkerque. ¡Pobre Ginette!, qué mala sangre debe hacerse. ¡Cómo deseo que todo haya terminado, por ella más que por mí! Ahora quisiera no seguir perdiendo latitud.

Será, ay, la última vez que escuche la radio; a partir de aquel día se mantendrá, para mí, en silencio. Estoy entonces en los 17° 14', es decir, al norte de la Guadalupe, entre Antigua y Barbuda. Luego escribo: «Siempre estoy impaciente porque llegue la noche, en primer lugar porque eso significa que ha pasado un día, luego porque me duermo, confiando para todo en la Providencia, finalmente porque no veo los inquietantes peligros que pueden asaltarme.»

Esa especie de pasividad es bastante típica del hombre que ha permanecido solo mucho tiempo; acaba por no dominar ya, por doblar la espalda preguntándose lo que puede sucederle. Así, cualquier jornada en la que no me ha sucedido nada es una jornada favorable. Aquel día me sigue un gran cilindro verde, de dos o tres metros de largo por veinte centímetros de diámetro. No es un alga, porque se mueve y se agita; ¡no tengo las menores ganas de bañarme!

El 9 de noviembre, el viento, que había seguido siendo bastante fuerte, se hace mucho más violento. Perfecto, porque avanzo a cinco nudos; ¡siempre que mi remendada vela aguante! Sin embargo, esa noche quedo muy mojado, ¿acaso no corro el riesgo de pagar muy caro ese aumento de velocidad, con una inmovilidad forzosa si en ello pierdo mi vela?

Hoy, con el día de la partida, es mi cuarto domingo en el mar. Espero tener que pasar, sólo, dos más en el agua; en fin, tal vez a partir de mañana pueda decir «la semana que viene».

Ya no como peces voladores; son un maravilloso cebo para las doradas que me rodean y, además, estoy realmente harto.

En la noche del 9 al 10 de noviembre, y también la jornada del 10, sufrí una ventolera bastante fuerte. Eso acelera mi marcha, pero me obsesiona siempre el miedo a que mi vela ceda. Hace ocho días que no he visto un barco. Por primera vez pesco realmente un gran pez volador, del tamaño de una caballa grande; es delicioso.

«Mañana será muy difícil tomar mi latitud, pues hay muchas nubes.»

De nuevo el terrible peligro que no ha dejado de amenazarme se acuerda de mí: una ola llena a medias el bote, y está a punto de volcarlo. Si alguna vez volcara, creo que mi muerte sería segura. Ahora puedo confesarlo: habiendo previsto esta catástrofe, llevaba en el bolsillo de la camisa barbitúricos en cantidad suficiente para que, si caía en el agua, no tuviera que debatirme durante treinta horas, nadando desesperadamente. No tenía posibilidad alguna de encontrar nada. Lo mejor hubiera sido, entonces, dormirme enseguida.

Contrariamente a lo que pueda creerse, tengo cada vez más miedo; pues por mucho que haya pasado veinte días expuesto a todos estos peligros, es terrible que siga bastando una ola y sólo una para... El hecho de que nada haya ocurrido durante veinte días no cambia las cosas. Permaneceré hasta el fin a merced de una ola, hasta el fin, hasta el último día. Si el accidente se produce dentro de diez días, estaré en la ruta de los navíos, pero ahora no puedo esperar nada.

 

Náufrago voluntario
titlepage.xhtml
sec_0001.xhtml
sec_0002.xhtml
sec_0003.xhtml
sec_0004.xhtml
sec_0005.xhtml
sec_0006.xhtml
sec_0007.xhtml
sec_0008.xhtml
sec_0009.xhtml
sec_0010.xhtml
sec_0011.xhtml
sec_0012.xhtml
sec_0013.xhtml
sec_0014.xhtml
sec_0015.xhtml
sec_0016.xhtml
sec_0017.xhtml
sec_0018.xhtml
sec_0019.xhtml
sec_0020.xhtml
sec_0021.xhtml
sec_0022.xhtml
sec_0023.xhtml
sec_0024.xhtml
sec_0025.xhtml
sec_0026.xhtml
sec_0027.xhtml
sec_0028.xhtml
sec_0029.xhtml
sec_0030.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_000.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_001.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_002.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_003.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_004.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_005.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_006.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_007.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_008.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_009.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_010.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_011.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_012.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_013.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_014.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_015.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_016.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_017.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_018.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_019.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_020.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_021.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_022.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_023.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_024.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_025.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_026.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_027.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_028.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_029.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_030.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_031.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_032.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_033.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_034.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_035.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_036.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_037.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_038.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_039.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_040.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_041.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_042.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_043.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_044.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_045.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_046.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_047.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_048.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_049.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_050.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_051.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_052.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_053.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_054.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_055.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_056.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_057.xhtml