PREPARACIÓN MATERIAL DEL VIAJE
ADVERTÍ que, mientras que resultaba muy fácil, alegando cifras, convencer a los especialistas, los marinos, por su parte, se mostraban mucho más reticentes. En efecto, aquellos a quienes decía algo de mi trabajo me respondían invariablemente: «Todo eso está muy bien, pero es pura teoría. Tal vez funcione cuando se está encerrado en un laboratorio, pero en el mar es otra cosa; nosotros lo sabemos bien.»
Por lo tanto, había que vencer un factor importante: había que matar esa desesperación que mata; aquello superaba el marco de la alimentación, pero si beber es más importante que comer, dar confianza es más importante que beber. Si la sed mata más deprisa que el hambre, la desesperación gana aún, en rapidez, a la sed. «Recuerda, hombre, que eres espíritu.» Había que ocuparse, también, del espíritu.
¿Pero quién naufraga? ¿El sabio o el marino, el médico o el pescador? Y entonces tuve que abandonar, resueltamente, los senderos trillados: la educación médica volvía a prevalecer sobre la educación del fisiólogo. Era preciso que mi hipótesis dejara de ser, sólo, una hipótesis; que sirviera de algo, y para ello se hacía evidente la necesidad del viaje, de la experimentación humana.
¿Qué viaje había que hacer? Se trataba de hallar un medio de permanecer aislado en alta mar durante un tiempo superior a un mes e inferior a tres. Era preciso hallar un itinerario donde los vientos y las corrientes nos llevaran con seguridad, donde no encontráramos a nadie —para evitar sucumbir a la tentación— y donde, finalmente, demostráramos, impresionando las imaginaciones, que la vida lejos de las costas es posible.
Me sumí entonces en el estudio de las navegaciones «anormales... esencialmente de la navegación solitaria13. Ese estudio me mostró, con la mayor evidencia, que para impresionar las imaginaciones era preciso cruzar un océano, que para permanecer en el mar el tiempo necesario y suficiente, había que elegir el Atlántico, y que para estar seguro de llegar a alguna parte, en unos dos meses, sin enfrentarse con la tentación a cada paso, era preciso seguir la ruta de los alisios, repetir dos de los viajes de Cristóbal Colón, el segundo y el cuarto: España, las Canarias, pasar a la altura de las islas de Cabo Verde. Antillas. Evitábamos así las rutas de navegación. En efecto, éstas pasan más al norte hacia América del Norte y las Antillas y más al sur hacia América del Sur. Evitábamos también el mar de los Sargazos y la Región de las Calmas, donde estaríamos perdidos sin beneficio para nadie.
Durante todos esos trabajos, había llevado yo, en Mónaco, una vida muy activa. Pasaba largas jornadas en la biblioteca, hojeando los ficheros y extrayendo de ellos, con la ayuda del bibliotecario, el señor Comet. «alimento» para la semana. Salía casi cada día con uno de los barcos del museo, o el Pisa o el Eider. Finalmente, exprimía a destajo los más variados pescados, intentando obtener el mayor rendimiento posible, tanto desde el punto de vista del sabor como del de la cantidad de agua recogida. Había comprobado, en efecto, que el mejor modo de obtenerla era exprimir el pescado en un sencillo exprimidor para fruta.
Poco a poco, trababa conocimiento con mi futura alimentación y, ante los resultados, adquiría confianza.
En el laboratorio, la teoría parecía confirmarse día tras día. Milagrosamente, había logrado que corrieran pocos rumores sobre mi proyecto. Creo, por otra parte, que la sonriente ironía y la benevolente incredulidad de los más posibilitaban esta tranquilidad. A decir verdad, iba a saber, incluso, que yo era el único que creía «en ello».
Las fechas que habíamos fijado para nuestra partida fueron retrasadas poco a poco. La tripulación debía componerse de tres hombres: Van Hemsbergen, nuestro mecenas y yo. Luego de cinco, más tarde de seis hombres. Tras haber decidido utilizar una verdadera embarcación de salvamento, nuestro patrocinador quería hacernos probar un artefacto heteróclito.
Quisiera contar esa historia, que contribuyó, y no poco, a convertirme en un «jinete solitario».
Nuestro mecenas había introducido ya una modificación en nuestros proyectos y, deseando vernos partir en un artefacto más propicio a nuestra experiencia, había decidido utilizar un catamarán, una especie de balsa polinesia con dos cascos unidos por un entablado intermedio, en definitiva una especie de patín de pedales, aunque propulsado a vela.
Nos hizo llegar entonces un artefacto «modelo» muy honrosamente construido para jugar en la playa, pero sólo para eso, con la misión de intentar llegar a Córcega y volver.
Tras haber pasado muchos días montando aquel «bote» absurdo —¡Dios del cielo, cómo se reían los ribereños!—. Van Hemsbergen y yo nos hicimos remolcar, cierta mañana de finales de noviembre, hasta el exterior del puerto. A las 11 horas se levanta una leve brisa. El artefacto navegaba a buena velocidad y regresábamos ya cuando se rompió una de las derivas. Sin embargo, parecía que todo iba a terminar bien. Debo decir que los dos flotadores estaban abiertos por la parte superior, para poder sentarse en ellos como en una canoa. Con el fin de evaluar la estabilidad del artefacto, habíamos dejado abiertas las barquillas y, a veces, una ola penetraba en el flotador de sotavento. Ocurrió lo inevitable: de pronto se llena de agua y todo el aparato vuelca. Nos hallamos entonces en plena bahía de Montecarlo y el viento nos empuja hacia el cabo Martin. Abordamos allí, hacia las ocho de la noche; primero yo, a nado, luego Jean, arrastrado por un remolque. Por otro lado, intervino la policía, pues, habiéndome desgarrado el muslo con las agudas rocas del cabo, habían denunciado que un hombre desnudo y ensangrentado había sido visto merodeando por los bosques.
Estaba escrito que, antes de ser un náufrago voluntario, tendría yo que sufrir varios naufragios involuntarios.
La prueba hubiera debido revelar a nuestro mecenas la inutilidad de persistir por ese camino. Pero, muy al contrario, hizo elaborar los ambiciosos planos de un gran catamarán de catorce metros de largo, con camarote y cocina (!); resultaba evidente que nuestros objetivos y nuestras concepciones se alejaban cada día más. Ante mis tímidas sugerencias o protestas, se respondía que era preciso dar a la expedición un carácter internacional, que, por lo demás, zarparían varias embarcaciones, que quedaba tiempo; que íbamos a dar, incluso, la vuelta al mundo. Estábamos sumiéndonos en la utopía. ¿Y qué pintaban, en todo ello, los náufragos?
Poco a poco fue arraigando en mi cabeza la decisión de atenerme a nuestros anteriores proyectos, de prepararlo todo y poner a mis compañeros ante el hecho consumado. Me decía que entonces, viéndolo todo listo, aquellos dubitativos tomarían por fin una decisión y la expedición, en las primitivas condiciones, podría entonces comenzar realmente. Me hicieron saber que todo estaría listo en mayo o junio. En el fondo, decidí prepararlo todo para esa fecha y, una vez dispuesto, partir. Nuestro gran amigo lo aprobaría entonces.
En aquellos momentos, es decir, a fines de marzo, yo había puesto a punto, prácticamente, mi experimento y mi teoría. Mi vecino de laboratorio había sido el doctor S.K. Kon, de la universidad de Reading, que fue a Mónaco para estudiar los gambarotti14, y me había propuesto presentarme a unos especialistas que me proporcionarían ciertas informaciones que yo necesitaba. Fui, pues, a Inglaterra, donde, gracias a él y al doctor Maggee, del ministerio de Sanidad, hablé con representantes de la Marina y la Aviación, uno de los cuales, el doctor Wittengham, iba a hacerse amigo mío. Me indicaron su interés y sus dudas (cuando las tenían). Tras hablar con nuestro mecenas, el propio Wittengham vino más tarde a Mónaco. Al abandonar Inglaterra, lamentablemente, habían resultado inútiles mis dos intentos de hablar con el profesor Mac Canee, el especialista en plancton de Cambridge.
Aquel corto viaje tendría curiosas repercusiones. Al pasar la aduana, en Calais, un aduanero me dijo:
—Bueno, ¿y la Mancha?
Riendo, respondo:
—¡Oh!, queda muy lejos ya, ahora cruzo el Atlántico.
Incrédulo, se rió de momento, pero luego, reflexionando, se dijo: en el fondo, por qué no... y avisó a un periódico inglés.
Así, poco a poco, la prensa se apoderó de nuestra historia. Vino a verme un periodista en mi laboratorio de Mónaco y comenzaron a aparecer artículos que deformaban, con frecuencia groseramente, la verdad. Sin saberlo, había puesto en marcha un mecanismo ante el que el asunto del aprendiz de brujo resultaba pura broma. Comenzó la puja; se hablaba del «primer premio del conservatorio Bombard», del «profesor Bombard», etc. Todo aquel ruido hacía el efecto de una publicidad de mal tono y comenzaba a impedirme trabajar. En cambio, como de todo hay en la viña del Señor, acudían a montones los voluntarios. No, no corría el peligro de marcharme solo. Puesto que no pensaba partir sin Van Hemsbergen, faltaba sólo un miembro para completar la tripulación. Cierto día se presentó en mi hotel un inglés alto y pelirrojo, flemático y tranquilo, que se ponía, con su sextante y su barco, a mi disposición. Se trataba de Herbert Muir-Palmer, ciudadano panameño, más conocido con el nombre de Jack Palmer. Excelente navegante, había efectuado —ya no me acuerdo cuándo— un viaje de Panamá a El Cairo, a través del Atlántico; luego, acompañado por su mujer, había vuelto de El Cairo a Mónaco, a bordo de su pequeño yate de diez metros, el Hermione, pasando por Chipre, Tobruk y el estrecho de Mesina. Hacía casi un año que estaba en Mónaco, con poco dinero, como suelen estarlo los viajeros. Le hablé exactamente de mis proyectos: ponernos, dos o tres, en las mismas condiciones que los náufragos, con un artefacto improvisado, sin víveres ni agua, para demostrar al mundo que la supervivencia es posible, a pesar de todo, en estas condiciones. Me pidió unas horas para pensarlo, pues no deseaba comprometerse a la ligera. Finalmente, regresó y me dijo sencillamente:
—Dr. Bombard. I am your man.
Cada día me parecía más encantador y yo me alegraba de aquel «hallazgo». Pero sólo estábamos en tierra aún. A mi pesar, no podía dejar de preguntarme continuamente: «¿Qué sucederá cuando tengamos hambre? ¿No nos lanzaremos los unos contra los otros? Conozco las reacciones de Hemsbergen, ¿pero y Palmer?» Por esta razón, en vez de partir directamente de Tánger o Casablanca, decidimos convertir el Mediterráneo en un banco de pruebas. Ese mar con engañosas apariencias de lago debe servirnos para probar el material y a los hombres. Cuanto menos clemente sea, más favor nos hará. Así sabremos lo que nos espera, estaremos dispuestos para afrontar el Atlántico.
Volviendo a los anteriores proyectos, me había puesto de acuerdo con el constructor de nuestro Hitch-Hiker para obtener un barco parecido, aunque más grande. Sin embargo, las conversaciones se demoraban. Recibía, de todos lados, solicitudes más o menos serias, gente que se ofrecía para acompañarme. Los periodistas me asaltaban.
Entre las cartas había, a veces, ideas encantadoras o barrocas. Uno me proponía embarcar con un objetivo puramente culinario: nos autorizaba a devorarle en caso de que la experiencia fracasara. Otro me confesaba que había intentado suicidarse tres veces; solicitaba partir con nosotros, considerando que yo había encontrado uno de los medios más seguros. El tercero me ofrecía a su suegra, proponiéndome que iniciara mis esfuerzos de salvamento librando a una pareja del abismo en el que se sumía por culpa de aquella dulce criatura. ¿Y qué decir, por fin, de aquel que me preguntaba cómo regar sus flores con agua de mar, puesto que yo afirmaba que calmaba la sed, y de quienes, sin perder el norte, me ofrecían probar un material más o menos perfeccionado?...
El 15 de mayo, jueves, recibo una llamada telefónica: era Jean-Luc de Carbuccia, convertido en amigo fiel, que me proponía editar mi futuro libro y me ofrecía un contrato gracias al que mi expedición podría bastarse a sí misma, y mi mujer esperar tranquila.
El sábado 17 di un salto hasta París, donde, tras una entrevista a todo trapo con el constructor, obtuve el bote que iba a convertirse en el Hereje. Triunfante, regresé a Mónaco con mi trasatlántico. La expedición podía zarpar, por fin, precisamente cuando yo comenzaba ya a no creerlo. Envié un telegrama a Van Hemsbergen y a nuestro mecenas. Éste llegó la víspera de la partida, diciéndome:
—Es el más hermoso día de mi vida, es mi aniversario y la partida de la expedición. Van Hemsbergen tiene un compromiso, pero vengo a substituirle.
Tuve que convencerle entonces de que sus 152 kilos complicarían las cosas en una embarcación tan frágil y que le sería mucho más útil a la expedición permaneciendo en tierra para preparar la próxima etapa.
Estábamos ahora dispuestos para partir al día siguiente, 24 de mayo.
El constructor, el aeronauta Debroutelle, ponía definitivamente a punto nuestro bote neumático en el puerto de Mónaco. El bote-balsa neumático medía 4.60 m por 1.90 m. Reunía las condiciones necesarias para una expedición como la nuestra: era un cilindro de caucho hinchable, en forma de herradura muy alargada, cuyos extremos quedaban unidos, por detrás, por un panel de madera —podíamos así evitar el roce, fatal para una pared neumática, que habrían ocasionado nuestros sedales de arrastre—. Un delgado suelo de madera descansaba sobre el fondo de caucho.
La embarcación no contenía ni un solo elemento metálico. Los flotadores estaban divididos por cuatro tabiques en compartimentos estancos, individualmente manejables y que podían cerrarse a voluntad. Ya se verá qué útil fue, durante el viaje, esa disposición. El fondo de la embarcación era prácticamente plano. Un espinazo central, rígido, la dividía longitudinalmente, formando así dos curvaturas que, al hacer ventosa, aumentaban la adherencia con el mar, sin por ello ofrecer resistencia a las olas. De la propulsión se encargaba una vela cuadrada de unos 3 m². Por desgracia, tenía el inconveniente de ir fijada a un mástil colocado demasiado hacia adelante, lo que impedía remontar el viento. Sin embargo, dos derivas fijadas lateralmente, en la conjunción del tercio medio y el tercio delantero, aseguraban cierta maniobrabilidad. Aquellas dos planchas sólo debían servir, de hecho, para llegar a tierra.
Ahora ya sólo quedaba obtener un permiso de navegación. Puede parecer que era sólo una formalidad. De hecho, fue algo muy distinto y, por unos instantes, llegué a temer que la expedición no pudiera partir, a falta de esa autorización. Algunos días antes había tenido yo la sorpresa de saber que se había dictado, contra mí, en el Norte y en mi ausencia, una condena a dos mil francos de multa por infracción del reglamento de la circulación en alta mar. Deseando justificarme, tomé de inmediato un tren para recurrir la sentencia.
En el imponente marco de un tribunal se desarrolla el segundo acto de lo que he llamado el Entremés cómico. Soy acusado de haber utilizado en alta mar, sin permiso de navegación, un barco tolerado con el nombre de «artefacto de playa». Tomo entonces la palabra:
—Señor Presidente, quiero explicar primero que, como mínimo, resulta curioso verme solo ante el tribunal, pues era sólo el pasajero a bordo de un esquife en el que estaba su propietario. Por otra parte, ¿puedo preguntarle si, habiéndolo solicitado, me habrían concedido el permiso de navegación?
—No se lo habrían concedido ni negado. No es necesario.
Entonces, como el diablo que sale de una caja, el señor Substituto del Fiscal de la República, que hasta entonces había permanecido en silencio, se lanza a una violenta diatriba:
—Debiera indicar al tribunal que el acusado es un peligro público, que con su nefasto ejemplo puede arrastrar a la perdición a muchos jóvenes. Fue condenado, en ausencia, a una multa de dos mil francos. De hecho, puesto que cometió dos infracciones, solicito que sea condenado a dos multas.
—Señor Presidente, estoy preparando una experiencia que tendrá, tal vez, una resonancia internacional: me atrevo a solicitar, por vos y por mí, que no dicte condena alguna.
—Es evidente que el acusado viene de Mónaco, no lejos de Marsella. Es un bromista; esa experiencia sólo existe en su imaginación...
Entonces el tribunal, tras haber deliberado, me condena a dos multas de dos mil francos cada una, dejando la sentencia en suspenso, por el siguiente motivo: «Infracción al reglamento de la circulación en alta mar» utilización de un artefacto de playa como navío de alta mar.» No tenía tiempo de apelar: regresé, pues, a Mónaco.
Desde que la prensa se había apoderado de nuestra historia, el destile de curiosos y periodistas no había dejado de aumentar. El arte de la foto instantánea, en la que todos creen ser los primeros en hallar el mejor punto de vista, no tiene ya secretos para mí. No podía trabajar, desde hacía varias semanas, sin que los reporteros me obsesionaran. El día de la partida se convirtió en una verdadera feria. No podía caminar por la calle, junto a mi mujer, sin que un desconocido me abordase:
—Por favor, bese a la señora Bombard para que podamos fotografiarle.
El ruido que se hacía en torno a la expedición colocaba nuestra partida en muy mala situación. Cierto es que la prensa informativa debe mantener al público al corriente de lo que ocurre y que no siempre es la exposición de los hechos, sino la anécdota original, lo que interesa al gran público. Pero de ese modo se falseó por completo el espíritu de la empresa ante la mirada de mucha gente, y se la desacreditó incluso ante otros. El «sensacionalismo» de nuestra partida era voceado a los cuatro vientos, olvidando el objetivo que nos habíamos fijado en el Mediterráneo: la pura y simple prueba de los hombres y el material. En justa compensación, la menor contradicción aparente en lo que habíamos anunciado o, incluso, lo que es más grave, en lo que nos habían hecho decir, podía desacreditar por completo la expedición. Se olvidaba que la experiencia está hecha, primero, de tanteos e intentos. Muy a nuestro pesar, nos habían convertido en estrellas del escenario de la actualidad. De hecho, el Mediterráneo, como ya he dicho, sólo iba a ser y sólo podía ser un ensayo. Debíamos esperar ser abucheados al primer desfallecimiento. El problema planteado por la intervención, demasiado pronto, de la prensa era tanto más grave cuanto nuestra experiencia contravenía normas generalmente admitidas y el sentido común.
Yo era un hereje por varias razones, íbamos a intentar, con un artefacto que parecía no navegable, dirigirnos a un punto determinado de antemano. Esta primera herejía afectaba, directamente, a los técnicos del mar y de la navegación. Varios especialistas, en efecto, nos habían asegurado que no pasaríamos de las islas de Hyéres. Más grave era el hecho de que atacase la creencia general según la cual no es posible vivir, exclusivamente, de los recursos del mar, y que el agua salada no es potable. Finalmente, citando un artículo que sobre nosotros apareció en un periódico «serio», «mientras experimentados marineros nunca se creen lo bastante al abrigo de los furores del mar, de los vientos y las corrientes, un novicio no vacila en confiar su vida y la de su compañero a una simple cáscara de nuez, que ni siquiera ha sido verificada por un inspector de navegación».
De modo que bauticé nuestro bote como el Hereje.
Por fortuna, disponíamos del apoyo de numerosas personas autorizadas. Gracias a la personal intervención del secretario de listado para la Marina nacional, el señor Jacques Gavini, recibo por fin mi permiso de navegación. El Hereje podía, de este modo, llevar hasta América nuestro pabellón.