Capítulo 44

44

Matilde se arrojó en brazos de su madre con la voz embargada por los sollozos. —Vamos, vamos— dijo don Fidel—, espero que no tomarán ustedes a lo serio los desatinos de la vieja. Que hable cuanto le dé la gana. ¡Cómo podemos nosotros volverle el honor a su hija! ¿No le parece, mi señor don Pedro?

El interés hablaba por boca de don Fidel en aquellas palabras. La idea de romper el ajustado enlace de su hija con Rafael le parecía deplorable, considerando que de tal enlace dependía el arriendo del Roble.

—Yo hablaré ahora mismo con la señora y trataré de apaciguarla —contestó a su pregunta don Pedro San Luis.

—Me parece muy bien, y le doy a usted las gracias. ¡Vaya con las ideas de la vieja! Estábamos bien que fuésemos nosotros, con una quijotería, a reparar los extravíos de sus hijas. ¿Por qué no las cuida como debe, en vez de venir a quejarse de la seducción? Vean que vestales tan…

—Hijo, basta, por Dios —exclamó doña Francisca, escandalizada de las máximas sociales que empezaba a exponer su marido delante de Matilde.

—¡Qué hay, pues! Yo sé lo que digo —replicó don Fidel, que se irritaba de cualquiera objeción de su mujer—. ¡Esa vieja es una loca y quién sabe qué más! ¡Como si yo no conociera el mundo!

—Pero, hijo —volvió a decir doña Francisca con elocuente ademán y mirada en que pedía a su marido respetase el dolor de su hija.

Mal juez era don Fidel, preocupado siempre con su arriendo del Roble, para conocer lo que hubiese herido el corazón de Matilde. Sólo pensó en que la aflicción de ésta provenía del temor de perder su novio, y se acercó a ella, golpeándole cariñosamente un hombro.

—No se te dé nada, hijita —le dijo—. Nadie te quitará tu marido.

Don Pedro San Luis aprovechó aquella interrupción de la disputa matrimonial que acababa de iniciarse para asegurar de nuevo que cooperaría cuanto le fuese posible al arreglo de aquel asunto y despedirse.

Hallándose entonces don Fidel en el seno de los suyos, dio rienda a su verdadera preocupación.

—Ustedes —dijo— dejan irse así no más a don Pedro. Ya se ve, yo soy el que tengo que hacerlo todo en esta casa.

—¿Y qué podíamos hacer nosotras? —preguntó indignada doña Francisca.

—¿Qué podían hacer? ¡No es nada! Ser más amables con él. Repetir, como yo, que no haremos caso de esa vieja loca y hacerle toda clase de atenciones. ¡Bien quedábamos si se me escapase el arriendo!

—Yo no estoy para pensar en arriendos —replicó doña Francisca, llevándose a su hija y dejando a don Fidel continuar sus reflexiones especulativas.

Matilde se arrojó de nuevo en brazos de su madre cuando se vio sola con ella. Se habían retirado al cuarto de la niña y allí pudieron ambas dar libre curso a su llanto. —¡Ah, mamá, quién lo hubiera creído!— dijo Matilde levantando los ojos anegados en lágrimas.

Un largo silencio siguió a esta dolorosa exclamación, en que el pecho herido de la amante exhalaba el dolor de tan amargo desengaño.

Doña Francisca secó sus ojos y conoció que su deber era el infundir valor a su hija, cuyo primer abatimiento tomaba las proporciones de la desesperación, a medida que su espíritu salía del anonadamiento causado por lo cruel e inesperado del golpe que acababa de recibir.

—Vamos, hijita —le dijo prodigándola tiernos cariños—, cálmate, por Dios, todo podrá arreglarse.

—¡Arreglarse, mamá! —exclamó Matilde levantándose con una energía de que se la hubiera creído incapaz—. ¡Arreglarse! ¿Y cómo? ¿Cree usted, como mi papá, que lloro la pérdida de un marido? ¿Es decir, que yo no le amaba? ¿Es decir, que puedo amar aún al hombre que me hace creer que he sido siempre su único amor, cuando, cansado tal vez de otro, viene a buscarme para quedar libre de los compromisos contraídos en otra parte? ¡Ah, qué me importa un marido si lo que lloro es mi amor! Cuando perdí a Rafael la primera vez, ¿me vio usted desesperarme cómo ahora? Sufrí el golpe con valor, porque le creí digno de un sacrificio. Me separaban de él, pero nadie me hacía despreciarle. Y ahora, ¡qué diferencia…!

Los sollozos ahogaron su voz, que produjo sonidos inarticulados, mientras que la pobre niña llevaba las manos a su corazón, que le oprimía el pecho con violentos latidos.

—No llores, hijita, cálmate —fueron las únicas palabras que pudo proferir la madre, convencida de que en ese instante no había consuelo alguno para mitigar tan acerbo dolor.

—Aun suponiendo que mi amor resistiese al desengaño con que acaban de herirlo —repuso Matilde, tranquilizándose poco a poco con los afectuosos cariños de su madre—, suponiendo que yo pudiese olvidar lo que acabo de ver, ¿podría vivir tranquila a su lado? ¿Nadie tendría derecho a acusar mi egoísmo, y sería feliz sabiendo que por mí vivía sacrificada una niña infeliz que no ha cometido más falta que la de engañarse? ¿No me engañaba yo también creyéndole que jamás había amado a otra? Mire, mamá, esto es horrible; cuanto más pienso en ello veo que es un abismo sin fin. ¡No le amo ya, le aborrezco! ¿Quién puede asegurarme que no se ha casado con la madre de su hijo por falta de amor, sino tal vez porque era pobre? ¿Quién me hará creer que no me prefería sino por la riqueza de mi papá?

Esta suposición cruel pareció arrojar un nuevo e inmenso dolor al pecho de la niña, que cesó de hablar, miró con ojos espantados a su alrededor y prorrumpió de repente en desesperados gemidos. En vano buscó doña Francisca las más cariñosas palabras para templar su desesperación; en vano la estrechó contra su corazón, conjurándola, por su amor, a que no se abandonase a ese pensamiento. Matilde no la oía, no sentía sus halagos, no entendía el sentido de las palabras que llegaban a su oído. Conducida por la última idea que había expresado, repasaba en la memoria las horas de su amor, los juramentos, las dulces miradas, y esa idea la guiaba en el florido campo de los recuerdos, tronchando con mano impía las ilusiones que lo esmaltaban.

Algunas horas pasaron de este modo. Matilde hablaba, a veces, siguiendo el hilo de sus reflexiones y caía luego en el violento pesar que cada idea nueva arrojaba, como pábulo, al fuego voraz de su creciente dolor. Éste, como la felicidad, encuentra pequeño el recinto de un solo corazón amigo a que confiarse; por esto fue que Matilde, pareciéndole que su madre no alcanzaba a comprender lo que sentía, se acercó a una mesa y escribió a Leonor las pocas palabras que recibió ésta, después de dejar caer, como vimos, una esperanza en el alma de Martín.