Capítulo 42

42

Habiéndose fijado para día más cercano el plazo acordado entre las familias respectivas al enlace de Matilde con Rafael, notábase ya gran movimiento en casa de don Fidel Elías con motivo de la próxima festividad.

Los parientes de Matilde enviaban sus regalos a la novia.

Doña Francisca, descendiendo a los prosaicos detalles de la vida, preparaba con su hija los moldes a la moda para la confección de los vestidos.

Hacíanse frecuentes viajes a casa de la modista para probarse el vestido nupcial y otros de lujo, encomendados al ingenio de la misma artista.

Se discutía con calor sobre las alhajas, abriendo y cerrando las cajitas forradas en terciopelo que venían de alguna joyería alemana de la calle de la Ahumada.

Llegaban visitas y se hablaba por lo bajo al principio. Venía poco a poco la conversación de trapos y el tono de las voces iba crescendo, como en el aria de don Basilio. Se exhibían los regalos, se exaltaba un molde para deprimir otro y se agregaban los comentarios sobre la cruz de brillantes que toda novia tiene, hasta que muchas veces el marido se convierte en otra más pesada de llevar.

Se iban las visitas y, antes de guardar lo que acababan de ver, llegaban otras con las cuales se ponían en tabla los mismos asuntos que los de la recién concluida sesión.

Y así se pasaban los días.

Analizar las múltiples ilusiones que en tales circunstancias mecían el corazón de Matilde, como mecen el de casi todas las que se casan por su voluntad (que de las obedientes o resignadas hay gran suma), sería lo mismo que describir la magnífica salida del sol en un despejado cielo de primavera. Las flores de esa ilusión abrían sus temblorosas hojas a las caricias del amor que llenaba su pecho y embalsamaban el aura que en los oídos de un amante murmura sus divinas promesas. Así, para Matilde la vida pasada y sus deberes eran sueño; el presente, la dicha, y del porvenir irradiaba tan viva luz que, como la del sol, ofuscaba su vista y prefería no mirarlo.

—Tú, que no amas —decía estrechando las manos de Leonor con dulce abandono—, no puedes comprender mi felicidad.

Leonor fijaba en ella una profunda mirada, de esas que pertenecen sólo al cuerpo cuando vaga en algún otro punto el alma.

—Mira —continuaba su prima—, cuando estoy lejos de Rafael me encuentro sin palabras; tal vez que un amor como el mío no halle ninguna que lo pinte en toda su extensión. Pero a ti, ¡qué te importa todo esto! —Añadía, viendo que Leonor caía poco a poco en una distracción mal disimulada.

—Cómo no —contestaba Leonor con una suave sonrisa.

—No me comprendes.

—Te comprendo muy bien.

—¡Ah! ¿Estás enamorada?

En la viveza con que esta pregunta fue hecha por Matilde veíase que por un momento la mujer vencía a la amante, la curiosidad al placer de hablar de su amor. Leonor contestó con igual viveza, pero poniéndose colorada:

—¡Yo! No, hijita.

—Mientes.

—¿Por qué?

—No eres ahora, Leonor, lo que eras antes. ¿Cuándo estabas nunca pensativa como ahora te veo muchas veces? Dime, no seas reservada. Mira que yo a veces soy adivina. ¿Cuál de los dos, Clemente o Emilio?

Leonor no contestó más que avanzando ligeramente el labio inferior con magnífico desdén.

Matilde nombró entonces a muchos de los elegantes de la capital, y obtuvo la misma contestación. Por fin, añadió en tono de exclamación:

—¿Será Martín?

—¡Oh! ¡Qué locura!

Las mejillas de Leonor se encendieron con vivísimo encarnado.

—¿Y por qué no? —repuso Matilde—. Martín es interesante.

—¿Te parece? —preguntó Leonor, fingiendo la más absoluta indiferencia.

—Yo le encuentro así, y ¿qué tiene que sea pobre?

—Oh, eso no —exclamó Leonor levantando la frente con su regia majestad.

—Tiene gran corazón.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Tú misma.

Leonor bajó la frente y fingió haberse picado un dedo con un alfiler.

—Me has dicho también que tiene talento —prosiguió Matilde—. ¿Quieres negármelo también?

—Es cierto.

—¿No ves? Tengo buena memoria.

—Pero tú le alabas tanto porque le estás agradecida.

—Bueno, pero repito lo que te oigo.

—También le debemos algunos servicios en casa.

—Que tú le agradeces mucho.

—Es cierto.

—Más que si fuese otro cualquiera, puesto que me hablas siempre de él.

Leonor no dio ninguna contestación.

—¿Sabes que yo tengo derecho de enojarme contigo? —dijo Matilde.

—¿Por qué?

—Porque desconfías de mí, después que por mi parte te he confiado siempre mis secretos.

—¿Qué quieres que te cuente?

—Que amas a Martín. ¿Podrás negarlo?

—Yo misma lo he ignorado por mucho tiempo.

—¡Al fin lo confiesas!

—Es verdad, conozco que no puedo dejar de pensar en él —dijo Leonor levantando con orgullo su linda frente.

—Estoy segura de que él te quiere hace tiempo.

—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó con vivo interés Leonor.

—Nadie, pero se conoce a primera vista.

Vencida su natural reserva, Leonor refirió a su prima la historia de su amor, que hemos visto gradualmente desenvolverse y crecer en su pecho. Habló con feliz memoria de todas sus conversaciones con Martín, como éste las había contado a Rafael San Luis, sin omitir ninguna circunstancia, ni aun las impresiones que había sentido al creer a Rivas enamorado de otra.

—¡Ah!, ¿también estás celosa?

—Celosa no; pero si supiese que amaba a otra, tendría bastante fuerza de voluntad para olvidarle.

—Por lo que me cuentas —repuso Matilde—, nunca se ha atrevido él a hablarte de su amor.

—Nunca.

—¿Ni tú le has dejado comprender nada?

—No sé, tal vez alguna palabra mía le dé que pensar; pero puedo volver atrás el día que quiera.

—¡Pobre Martín! —exclamó Matilde después de un breve instante de silencio—. En tu posición puedes ser más compasiva con él.

—¿Te parece?

—Darle a entender que le quieres, ¿qué te haría perder?

—Te advierto que es orgulloso y tal vez no habla por orgullo.

—O por delicadeza; tú le conoces mejor que yo.

Esta observación dejó a Leonor pensativa. Al cabo de algunos instantes miró el reloj, eran las dos de la tarde.

Satisfecha su curiosidad, Matilde había vuelto de nuevo a su asunto favorito y hablaba de Rafael, cuando entró doña Francisca con un nuevo vestido para su hija. Dejaremos a Matilde admirar el vestido con su madre, para seguir a Leonor, que se despidió de ellas, subió al elegante coche de su familia, que la esperaba a la puerta, y dio orden de tirar para su casa.

Al bajarse del carruaje vio en el zaguán a una criada de mala catadura, con una carta en la mano, que preguntaba por don Martín.

Leonor entró sin que aquella criada llamase de un modo particular su atención; mas no sin pensar y decidir que la carta vendría de Rafael San Luis o de otro amigo.

El criado del zaguán llevó la carta a Martín, que se encontraba en el escritorio de don Dámaso.

Martín abrió la carta y leyó lo que sigue, después de la fecha:

«Usted es mi único amigo, y como me lo ha dicho varias veces, confío en su palabra. Por eso me dirijo a usted, cuando los que pudieran aconsejarme me abandonan o me persiguen. En mi pesar, vuelvo los ojos al que tal vez tenga palabras de consuelo con que secar el llanto que los llena, y por eso quiero confiarle lo que me sucede. Mi madre quiere casarme con Ricardo Castaños, que me ha pedido. Estaba tan lejos de pensar en eso, que hasta ahora no sé lo que me pasa. Usted siempre me ha manifestado amistad y me aconsejará en este caso, contando con que siempre se lo agradecerá su amiga,

»EDELMIRA MOLINA».

Martín leyó dos veces esta carta, sin adivinar que la sencilla naturalidad de sus frases, escritas con intenciones que encontrarán más tarde su explicación, encerraba un mundo de tímidas esperanzas.

Llamó al criado después de la segunda lectura.

—¿Quién trajo esta carta? —le preguntó.

—Una niña que dijo volvería por la contesta —respondió el sirviente, con la casi imperceptible sonrisa que usan los de su clase para manifestar a sus amos que saben bien de lo que se trata.

—Bueno, ahora te daré la contestación —dijo Martín.

El criado salió de la pieza y Rivas escribió lo siguiente:

«Edelmira:

»Mucha sorpresa me ha causado su carta, y le agradezco infinito la confianza que usted me manifiesta. Proviene mi sorpresa de las mismas causas que motivan la turbación en que usted parece encontrarse, y me hallaba tan poco preparado para dar mi opinión sobre un asunto de esta naturaleza, que, a la verdad, nada acierto a decirle de un modo terminante y que encuentre satisfactorio.

»Me pide usted que la aconseje, sin pensar, tal vez, que es muy delicada la materia sobre qué debo hacerlo. Ante todo confesaré que no puedo ser juez imparcial en el presente caso, porque cuanto pueda decirle se resentirá de la sincera amistad que le profeso. Si se me pidiera formular un voto por el porvenir de usted, al punto lo formularía tan ardiente y verdadero por su felicidad, que dejaría mi ánimo contento por la idea que todos abrigan que puede realizarse un deseo justo, pidiéndolo al cielo con entero fervor del corazón. Pero se trata de aconsejarla sobre un punto que puede decidir para siempre de su suerte, y me falta decisión para hacerlo. Nadie es mejor juez que uno mismo, Edelmira, en asuntos como el que a usted la ocupa; consulte usted su corazón. El corazón habla muy alto en estos casos.

»Si, fuera de esto, mis palabras tuviesen algún poder para calmar la aflicción de que usted me habla, o me hallase en la feliz situación de poder prestarle algún servicio, no vacile usted en escribirme, en honrarme con la confianza que me ofrece en su carta y en valerse de mí cuando crea que pueda serle de alguna utilidad.

»Su amigo afectísimo,

»MARTÍN RIVAS».

Cerró Martín esta carta y la dio al criado, con encargo de entregarla a la persona que debía venir por ella.

En la comida se habló del próximo matrimonio que tendría lugar en la familia, y gracias a la verbosidad de Agustín pudo Leonor dirigir varias veces la palabra a Rivas en el curso de la conversación general.

Al salir de la mesa, Agustín tomó el brazo de su amigo y ambos acompañaron a Leonor hasta el salón, en donde ella, como de costumbre, se sentó al piano, mientras que los dos jóvenes se mantuvieron de pie al lado de ella.

—Hoy estuve con Matilde —dijo Leonor, como continuando la conversación del comedor—, no pueden ustedes figurarse lo contenta que está.

—Es natural, señorita —dijo Martín.

—Los franceses —añadió Agustín— dicen: l’amour fait rage et l’argent fait mariage; pero aquí el amor hace de los dos, rage et mariage.

—Creo que ahora es la niña más feliz de Santiago —repuso Leonor.

—Por qué no la imitas, hermanita —dijo Agustín—; tú puedes ser tan feliz como ella cuando quieras, ¿no tienes dos elegantes enamorados?

Martín fijó en la niña una mirada profunda y palideció.

—¿Dos no más? —preguntó riéndose Leonor.

Con estas palabras la palidez de Martín cambió de repente en vivo encarnado. —Cuando digo dos— replicó Agustín— hablo de los que más te visitan, mi toda bella; ya sabemos que puedes elegir entre los más ricos si quieres.

—¡Qué me importan los ricos! —exclamó con desdeñoso tono Leonor.

—¿Preferirías algún pobre, hermanita?

—Quién sabe…

—No comprendes el siglo entonces, te compadezco.

—Hay muchas cosas que pueden valer más que la riqueza —dijo la niña.

—Grave error, ma chamante; la riqueza es una gran cosa.

—¿Y usted piensa lo mismo que Agustín? —preguntó Leonor dirigiéndose a Rivas—. Pienso que en ciertos casos puede ser una necesidad —contestó Martín.

—¿En qué casos?

—Cuando un hombre, por ejemplo, considera la riqueza como un medio para llegar hasta la que ama.

—Pobre idea tiene usted de las mujeres, Martín —díjole la niña en tono serio—; no todas se dejan fascinar por el brillo del oro.

—Sí, pero todas rafolan por el lujo —exclamó Agustín.

—Me he puesto en el caso de un hombre oscuro y que aspire a muy alto —repuso Martín con resolución.

—Si ese hombre vale por sí mismo —replicó Leonor—, debe tener confianza en hallar quien le comprenda y aprecie; usted es muy desconfiado.

Estas palabras las dijo Leonor levantándose del piano y en circunstancias que Agustín se acababa de alejar.

—Desconfío —dijo Martín— porque me encuentro tan oscuro como el hombre que he puesto por ejemplo.

—Ya ve usted que para mí —le contestó la niña con voz conmovida— la riqueza no es una recomendación, y hay muchas como yo.

Hubiérase dicho que Leonor tenía miedo de oír la contestación de Martín, porque se alejó al instante de pronunciar estas palabras.

Rivas la vio desaparecer, con el corazón palpitante como el que en sueños ve realizada su felicidad y despierta al asirla. Cuando la niña hubo desaparecido, su imaginación se engolfó buscando el sentido de lo que acababa de oír.

En ese momento entraba un criado de casa de don Fidel Elías preguntando por Leonor, a quien entregó un papel que contenía sólo estas palabras:

«Ven a verme, necesito de ti. Creo que voy a volverme loca de dolor. Te espero al instante.

»Tu prima

»MATILDE».

Para conocer los sucesos que dieron origen a esta carta, acaecidos después de la salida de Leonor, debemos volver a casa de don Fidel Elías, en donde dejamos a Matilde con su madre.