Capítulo 6
6
A la misma hora en que Martín Rivas era llevado preso, el salón de don Dámaso Encina resplandecía de luces que alumbraban a la diaria concurrencia de tertulianos.
En un sofá conversaba doña Engracia con una señora, hermana de don Dámaso y madre de una niña que ocupaba otro sofá con Leonor y el elegante Agustín. En un rincón de la pieza vecina rodeaban una mesa de malilla don Dámaso y tres caballeros de aspecto respetable y encanecidos cabellos. Al lado de la mesa se hallaba como observador el joven Mendoza, uno de los adoradores de Leonor.
Doña Engracia conversaba con su cuñada doña Francisca Encina sobre las habilidades de Diamela y sus progresos en la lengua de Vaugelas y de Voltaire, mientras que un hijo de doña Francisca, perteneciente a la categoría de los niños regalones, se divertía en tirar la cola y las orejas de la favorita de su tía.
La niña que conversaba con Leonor formaba con ella un contraste notable por su fisonomía. Al ver su rubio cabello, su blanca tez y sus ojos azules, un extranjero habría creído que no podía pertenecer a la misma raza que la joven algo morena y de negros cabellos que se hallaba a su lado, y mucho menos que entre Leonor y su prima, Matilde Elías, existiese tan estrecho parentesco. La fisonomía de esta niña revelaba además cierta languidez melancólica, que contrastaba con la orgullosa altivez de Leonor, y aunque la elegancia de su vestido no era menos que la de ésta, la belleza de Matilde se veía apagada a primera vista al lado de la de su prima.
Las dos niñas tenían sus manos afectuosamente entrelazadas, cuando entró al salón Clemente Valencia.
—¡Ah!, ya viene este hombre con sus cadenas de reloj y sus brillantes, que huelen a capitalista de mal gusto —dijo Leonor.
El joven no se atrevió a quedarse al lado de las dos primas por el frío saludo con que la hija de don Dámaso contestó al suyo, y fue a sentarse al lado de las mamás. —Sabes que te corren casamiento con él— dijo Matilde a su prima.
—¡Jesús! —Contestó ésta—, ¿porque es rico?
—Y porque creen que tú le amas.
—Ni a él ni a nadie —replicó Leonor con acento desdeñoso.
—¿A nadie? ¿Y a Mendoza? —preguntó Matilde.
—La verdad, Matilde, ¿tú has estado enamorada alguna vez? —dijo Leonor mirando fijamente a su prima.
Ésta se ruborizó en extremo y no contestó.
—Cuando te ibas a casar, ¿sentías por Adriano ese amor de que hablan las novelas? —continuó su prima.
—No —contestó ésta.
—¿Y por Rafael San Luis?
Matilde volvió a ruborizarse sin contestar.
—Mira, nunca me había atrevido a hacerte esta pregunta. Tú me dijiste hace tiempo que amabas a Rafael; luego te negaste a toda confidencia y después te vi preparar tus vestidos de novia para casarte con Adriano. ¿A cuál de los dos amabas? A ver, cuéntame lo que ha sucedido. Ya hace más de un año que murió tu novio y me parece que es bastante tiempo para que estés haciendo papel de viuda sin serlo y el de reservada con tu mejor amiga. ¿Me dices que no amabas a Adriano?
—No.
—Entonces, no habías olvidado a Rafael.
—¿Podía olvidarle? ¿Y puedo acaso ahora mismo? —contestó Matilde, en cuyos párpados asomaron dos lágrimas, que ella trató de reprimir.
—¿Y por qué le abandonaste entonces?
—Tú conoces la severidad de mi padre.
—¡Ah!, a mí no me obligaría nadie —exclamó Leonor con orgullo—, y menos amando a otro.
—Si no hubieras amado nunca, como sostienes, no dirías esto último —replicó Matilde.
—La verdad; nunca he amado, a lo menos según la idea que tengo del amor. A veces me ha gustado un joven, pero nunca por mucho tiempo. Ese empeño con que los hombres exigen que se les corresponda, me fastidia. Encuentro en eso algo de la superioridad que pretenden tener sobre nosotras y esta idea hace replegarse mi corazón. Aún no he encontrado al hombre que tenga bastante altivez para despreciar el prestigio del dinero y bastante orgullo para no rendirse ante la belleza.
—Yo jamás me he hecho reflexiones sobre esto —dijo Matilde—. Amé a Rafael desde que le vi y le amo todavía.
—¿Y has hablado con él, después que la muerte de Adriano te dejó libre?
—No, ni me atrevería a hablarle. No tuve fuerzas para desobedecer a mi padre y así tiene derecho para despreciarme. A veces le he encontrado en la calle: está pálido y buen mozo como siempre. Te aseguro que me he sentido desfallecer a su vista, y él ha pasado sin mirarme, con esa frente altanera que lleva con tanta gracia.
Leonor oía con placer la exaltación con que su prima hablaba de sus amores y pensaba que debía ser muy dulce para el alma ese culto entusiasta y poético que llena todo el corazón.
—De modo que crees que ya no te ama —dijo.
—Así lo creo —contestó Matilde, dando un suspiro.
—¡Pobre Matilde! Mira, yo quisiera amar como tú, aunque fuera sufriendo así.
—¡Ah, tú no has sufrido! No lo desees.
—Yo preferiría mil veces ese tormento a la vida insípida que llevo. A veces he llorado, creyéndome inferior a las demás mujeres. Todas mis amigas tienen amores y yo nunca he pensado dos días seguidos en el mismo hombre.
—Así serás feliz.
—¡Quién sabe! —murmuró Leonor pensativa.
Un criado anunció que el té estaba pronto, y todos se dirigieron a una pieza contigua a la que ocupaban los jugadores de malilla.
Dijimos que éstos eran tres con el dueño de casa. Los dos otros eran un amigo de don Dámaso llamado don Simón Arenal y el padre de Matilde, don Fidel Elías. Estos últimos eran el tipo del hombre parásito en política que vive siempre al arrimo de la autoridad y no profesa más credo político que su conveniencia particular y una ciega adhesión a la gran palabra orden realizada en sus más restrictivas consecuencias. La arena política de nuestro país está empedrada con esta clase de personajes, como pretenden algunos que lo está el infierno con buenas intenciones, sin que pretendamos, por esto, establecer un símil entre nuestra política y el infierno, por más que les encontremos muchos puntos de semejanza. Don Simón Arenal y don Fidel Elías aprobaban sin examen todo golpe de autoridad, y calificaban con desdeñosos títulos de revolucionarios y demagogos a los que, sin estar constituidos en autoridad, se ocupan de la cosa pública. Hombres serios, ante todo, no aprobaban que la autoridad permitiese la existencia de la prensa de oposición y llamaban a la opinión pública una majadería de «pipiolos», comprendiendo bajo este dictado a todo el que se atrevía a levantar la voz sin tener casa, ni hacienda, ni capitales a interés.
Estas opiniones autoritarias, que los dos amigos profesaban en virtud de su conveniencia, habían acarreado algunos disgustos domésticos a don Fidel Elías; doña Francisca Encina, su mujer, había leído algunos libros y pretendía pensar por sí sola, violando así los principios sociales de su marido, que miraba todo libro como inútil, cuando no pernicioso. En su cualidad de letrada, doña Francisca era liberal en política, y fomentaba esta tendencia en su hermano, a quien don Fidel y don Simón no habían aún podido conquistar enteramente para el partido del orden, que algunos han llamado con cierta gracia, en tiempos posteriores, el partido de los energistas.
Sentados a la mesa del té todos estos personajes, la conversación tomó distinto giro en cada uno de los grupos que componían, según sus gustos y edades.
Doña Engracia citaba a su cuñada la escena de la comida, para probar que Diamela entendía el francés, a lo cual contestaba doña Francisca citando algunos autores que hablaban de la habilidad de la raza canina.
Leonor y su prima formaban otro grupo con los jóvenes; y don Dámaso ocupaba la cabecera de la mesa con su amigo y su cuñado.
—Convéncete, Dámaso —decíale don Fidel—, esta sociedad de la Igualdad es una pandilla de descamisados que quieren repartirse nuestras fortunas.
—Y sobre todo —decía don Simón, a quien el gobierno nombraba siempre para diversas comisiones—, los que hacen oposición es porque quieren empleo.
—Pero hombre —replicaba don Dámaso—, ¿y las escuelas que funda esa sociedad para educar al pueblo?
—¡Qué pueblo, ni qué pueblo! —Contestaba don Fidel—. Es el peor mal que pueden hacer estar enseñando a ser caballeros a esa pandilla de rotos.
—Si yo fuese gobierno —dijo don Simón—, no los dejaba reunirse nunca. ¿A dónde vamos a parar con que todos se meten en política?
—¡Pero si son tan ciudadanos como nosotros! —replicó don Dámaso.
—Sí, pero ciudadanos sin un centavo, ciudadanos hambrientos —repuso don Fidel.
—Y entonces para qué estamos en República —dijo doña Francisca, mezclándose en la conversación.
—Ojalá no lo estuviéramos —contestó su marido.
—¡Jesús! —exclamó escandalizada la señora.
—Mira, hija, las mujeres no deben hablar de política —dijo sentenciosamente don Fidel.
Esta máxima fue aprobada por el grave don Simón, que hizo con la cabeza una señal afirmativa.
—A las mujeres las flores y la tualeta, querida tía —le dijo Agustín, que oyó la máxima de don Fidel.
—Este niño ha vuelto más tonto de Europa —murmuró picada la literata.
—En días pasados —dijo don Simón a don Dámaso— un ministro me hablaba de usted, preguntándome si era opositor.
—¡Yo opositor! —exclamó don Dámaso—, nunca lo he sido; yo soy independiente.
—Era para darle, según creo, una comisión.
Don Dámaso se quedó pensativo, arrepintiéndose de su respuesta.
—¿Y qué comisión era? —preguntó.
—No recuerdo ahora —contestó don Simón—. Usted sabe que el gobierno busca la gente de valer para ocuparla y…
—Y tiene razón —dijo don Dámaso—, es el modo de establecer la autoridad.
—Mira, Leonor, ya están conquistando a tu papá —dijo doña Francisca.
—No, a mí no me conquistan, hija —replicó don Dámaso—; siempre he dicho que los gobiernos deben emplear gente conocida.
—Yo no pierdo la esperanza de verte de Senador —dijo don Fidel.
—No aspiro a eso —repuso don Dámaso—; pero si los pueblos me eligen…
—Aquí los que eligen son los gobiernos —observó doña Francisca.
—Y así debe ser —replicó don Fidel—; de otro modo no se podría gobernar.
—Para gobernar así, mejor sería que nos dejasen en paz —dijo doña Francisca.
—Pero, mujer —replicó su marido—, ya te he dicho que ustedes no deben ocuparse de política.
Don Simón aprobó por segunda vez, y doña Francisca se volvió con desesperación hacia su cuñada.
Después del té la tertulia volvió al salón, donde siguieron la conversación política los papás y los jóvenes rodearon a Leonor, que se sentó al lado de una mesa. Sobre ésta se veía un hermoso libro con tapas incrustadas de nácar.
—Mira, Leonor —le dijo su hermano—, ya te han aportado tu álbum, que me dijiste habías prestado.
—¿No le tenía usted? —preguntó Leonor con indiferencia a Emilio Mendoza.
—Lo he traído esta noche, señorita, como había prometido a usted.
—¿Lo llevó usted para ponerle versos? —Preguntó Clemente Valencia a su rival—. Yo nunca he podido aguantar los versos —añadió el capitalista haciendo sonar la cadena de su reloj.
—Ni moi tampoco —dijo el elegante Agustín.
—A ver el álbum —dijo doña Francisca abriendo el libro.
—Tía, si son morsoes literarios —exclamó Agustín—, mejor sería que hiciesen un poco de música.
—Lea, mamá —dijo Matilde—, hay mayoría por lo que mi primo llama morsoes literarios.
Doña Francisca abrió en una página.
—Aquí hay unos versos —dijo—, y son del señor Mendoza.
—¡Tú haces versos querido! —Le dijo Agustín—, ¿qué estás enamorado?
Emilio se puso colorado, y lanzó una mirada a Leonor, que pareció no haberla visto. —Es una composición corta— dijo doña Francisca, que ardía en deseos de que la oyesen leer.
—Parta pues tía —le dijo Agustín.
Doña Francisca, con voz afectada y acento sentimental, leyó:
A LOS OJOS DE…
Más dulces habéis de ser
Si me volvéis a mirar,
Porque es malicia a mi ver,
Siendo fuente de placer,
Causarme tanto pesar.
De seso me tiene ajeno
El que en suerte tan cruel
Sea ese mirar sereno
Solo para mí veneno,
Siendo para todos miel.
Si amando os puedo ofender,
Venganza podéis tomar,
Pues es fuerza os haga ver
Que, o no os dejo de querer,
O me acabáis de matar.
Si es la venganza medida
Por mi amor, a tal rigor
El alma siento rendida;
Porque es muy poco una vida
Para vengar tanto amor.
EMILIO MENDOZA.
Al concluir esta lectura Emilio Mendoza dirigió una lánguida mirada a Leonor como diciéndola: «Usted es la diosa de mi inspiración».
—Y ¿en cuánto tiempo ha hecho usted estos versos? —le dijo doña Francisca.
—Esta mañana los he concluido —contestó Mendoza, con afectada modestia, cuidándose muy bien de decir que sólo había tenido el trabajo de copiarlos de una composición del poeta español Campoamor, entonces poco conocido en Chile.
—Aquí hay algo en prosa —dijo doña Francisca—: «La humanidad camina hacia el progreso, girando en un círculo que se llama amor y que tiene por centro el ángel que apellidan mujer». ¡Qué lindo pensamiento! —dijo con aire vaporoso doña Francisca.
—Sí, para el que lo entienda —replicó Clemente Valencia.
Continuó por algún tiempo doña Francisca hojeando el libro, en cuyas páginas, llenas de frases vacías o de estrofas que concluían pidiendo un poco de amor a la dueña del álbum, ella se detenía con entusiasmo.
—Si dejan a mi tía con el libro, es capaz de trasnochar —dijo Agustín a su amigo Valencia.
Don Fidel dio la señal de retirada tomando su sombrero.
—¿Sabes que Dámaso me ha dado a entender que le gustaría que su hijo se aficionase a Matilde? —Dijo a doña Francisca cuando estuvieron en la calle—. Agustín es un magnifico partido.
—Es un muchacho tan insignificante —contestó doña Francisca, recordando la poca afición de su sobrino a la poesía.
—¿Cómo? ¡Insignificante, y su padre tiene cerca de un millón de pesos! —replicó con calor el marido.
Doña Francisca no contestó a la positivista opinión de su esposo.
—Un casamiento entre Matilde y Agustín sería para nosotros una gran felicidad —prosiguió don Fidel—. Figúrate, hija, que el año entrante termina el arriendo que tengo del Roble, y que su dueño no quiere prorrogarme este arriendo.
—Hasta ahora la tal hacienda del Roble no te ha dado mucho —dijo doña Francisca—. Ésta no es la cuestión —replicó don Fidel—, yo me pongo en el caso que termine el arriendo. Casando a Matilde con Agustín, además que aseguramos la suerte de nuestra hija, Dámaso no me negará su fianza, como ya lo ha hecho, para cualquier negocio.
—En fin, tú sabrás lo que haces —contestó con enfado la señora, indignada del prosaico cálculo de su marido.
Lo restante del camino lo hicieron en silencio hasta llegar a la casa que habitaban. Volveremos nosotros a don Dámaso y a su familia, que quedaron solos en el salón. —Y nuestro alojado, ¿qué se habrá hecho?— preguntó el caballero.
Un criado, a quien se llamó para hacer esta pregunta, contestó que no había llegado aún.
—No será mucho que se haya perdido —dijo don Dámaso.
—¡En Santiago! —Exclamó Agustín con admiración—, en París sí que es fácil egararse. —He pensado— dijo don Dámaso a su mujer —que Martín puede servirme mucho, porque necesito una persona que lleve mis libros.
—Parece un buen jovencito y me gusta porque no fuma —respondió doña Engracia.
Martín, con efecto, había dicho que no fumaba cuando, después de comer, don Dámaso le ofreció un cigarro, en un rapto de republicanismo. Mas, al despedirse, sus amigos le dejaban medio curado ya de sus impulsos igualitarios con la noticia de que un Ministro se había ocupado de él para encomendarle una comisión. —Después de todo— pensaba al acostarse don Dámaso—, ¡estos liberales son tan exagerados!