Capítulo 34

34

No era don Dámaso Encina capaz de tomar determinación alguna en asunto de trascendencia por consejos de su propio dictamen; de manera que al llegar a su casa, llamó a su mujer y a Leonor para consultarlas sobre la marcha que convendría adoptar en trance tan difícil y delicado.

Al oír la relación del caso, doña Engracia estuvo en peligro de accidentarse. Su orgullo aristocrático le arrancó una exclamación que pintaba la rabia y la sorpresa que en oleadas de fuego envió la sangre a sus mejillas.

—¡Casado con una china! —dijo con voz ahogada, apretando convulsivamente a Diamela entre sus brazos.

Y la perrita soltó un alarido de dolor con semejante inesperada presión, que hizo coro con la voz de su ama y dio a sus palabras una importancia notable.

Don Dámaso se tomó la cabeza con las dos manos exclamando:

—Pero, hija, el matrimonio es nulo, ¿no ves que tenemos pruebas?

—¡Qué dirán, por Dios, que dirán! —volvió a exclamar doña Engracia, apretando con más fuerza a Diamela, que esta vez dio un gruñido de impaciencia, aumentando la desesperación de don Dámaso.

Éste se volvió hacia Leonor, que permanecía impasible en medio de la confusión de sus padres.

—Dile, hija —repuso—, que el matrimonio es nulo y que hay cómo probarlo.

—Eso no basta, eso no basta —respondió doña Engracia—, ¡toda la sociedad va a saber lo que ha sucedido y no se hablará de otra casa!

—Papá —dijo Leonor—, ¿no dice usted que Martín fue el que imaginó el buscar las pruebas que usted tiene?

—Sí, hijita, Martín.

—Creo que lo más acertado entonces sería llamarle; él tal vez nos indicará lo que debe hacerse.

—Tienes razón —contestó don Dámaso, como si le hubiesen dado un medio infalible de salir de aquel aprieto.

Hizo llamar a Martín, que se presentó al cabo de cortos instantes.

Don Dámaso le refirió su visita a doña Bernarda y la obstinación que había encontrado en ésta y en su hijo.

—Y ahora, ¿qué haremos? —Fueron las palabras con que terminó su relación.

—Yo estoy persuadido que todo es una farsa —contestó Rivas—, pues, según lo que usted refiere, si ellos tuviesen las pruebas de que hablan, las habrían manifestado, y sobre todo Amador, a quien conozco, no habría estado tan humilde.

—Lo que se necesita es asegurarse de todo eso, tener una prueba irrecusable de la nulidad del matrimonio y comprar el silencio de esas gentes —dijo Leonor a Martín, con tono tan perentorio y resuelto como si ella y el joven tuviesen solos el cargo de ventilar aquel asunto de familia.

—Usted hiere la dificultad, señorita —respondió Martín—, aquí se trata de comprar. Me asiste la sospecha de que Amador es el que tiene el hilo de esta trampa, y creo que con dinero se podrá llegar al fin que usted indica.

—Mi papá —repuso Leonor— está pronto, según entiendo, a gastar lo necesario.

—¡Cómo no, cuanto sea preciso! —exclamó don Dámaso.

—Con mil pesos será bastante —dijo Martín.

—¿Se encargará usted de todo? —Preguntóle don Dámaso.

—A lo menos me comprometo a hacer lo humanamente posible para arreglarlo —contestó Rivas con tono resuelto.

—Excelente —exclamó don Dámaso—, ¿quiere usted llevar una libranza a la vista contra mi cajero?

—No será malo, porque esto valdrá más que una promesa mía —dijo Martín.

Don Dámaso pasó a su escritorio para firmar el documento.

Doña Engracia luchaba, entretanto, con la sofocación en que le había puesto la noticia, y con Diamela, que, cansada en sus faldas, hacía esfuerzos para saltar sobre el estrado.

Leonor se acercó a Martín, que permanecía de pie algo distante del sofá en que doña Engracia y su hija se encontraban.

—¿De modo que sin que usted lo quisiese —le dijo— he sabido el secreto que usted me ocultaba?

—Espero que usted me hará justicia —contestó Rivas—. ¿Podía divulgar un secreto que no me pertenecía?

—Ya lo comprendo —replicó la niña con altanería—, puesto que usted estaba más interesado en ocultarlo que en divulgarlo, como dice usted.

—¡Interesado! ¿En qué?

—Se trataba de personas que usted visita con Agustín.

—Es verdad que le he acompañado allí varias veces.

—Según dice mi papá, hay dos niñas, bonitas ambas —dijo con malicia Leonor—, y entiendo que Agustín hace la corte a una sola.

Martín no encontró cómo justificarse de aquella imputación tan directa; en presencia de Leonor, lo hemos dicho ya, el joven perdía su natural serenidad. Turbado con la acusación que encerraban las palabras que acababa de oír, halló una respuesta más significativa que la que se habría atrevido a dar con entera sangre fría.

—Desde hoy me retiro de la casa —contestó—; creo que no puedo ofrecer mejor justificación.

—Se impone usted un sacrificio enorme —le dijo Leonor con sonrisa burlona.

En este momento volvió don Dámaso con el vale que había ofrecido, y Leonor se retiró al lado de su madre.

Martín oyó las recomendaciones del padre de Agustín sin prestarle gran atención y salió más preocupado de las palabras de Leonor que del paso que se acababa de comprometer a dar. Aquellas palabras y la sonrisa con que fueron dichas le volvían a la idea de que era el juguete de los caprichos de Leonor. Persuadíase de que ésta abrigaba un corazón fantástico y cruel.

«Es demasiado orgullosa para permitir que la ame un hombre sin posición social, como yo», se decía con profunda amargura.

En alas de esta triste reflexión, se lanzaba Martín al campo inmenso en que los amantes desdeñados aspiran el acre del perfume de las pálidas flores de la melancolía. Todo sufrimiento tiene un costado poético para las almas jóvenes. Martín se engolfaba en la poesía de su desconsuelo, prometiéndose servir a la familia de Leonor en razón directa de los desdenes que de ella recibía. Halagaban a su corazón, huérfano de esperanzas, aquellas ideas de sacrificio con que los enamorados infelices sustentan la actividad del corazón, como para sacar partido de su desventura.

«Sufrir por ella —se decía—, ¿no es preferible a una indiferencia fatigosa?».

Así, poco a poco, iba recorriendo su alma las distintas fases de un amor verdadero, y se encontraba entonces en situación de aferrarse a sus pesares como a un bien relativo, en vez de desear la calma de la indiferencia, este Leteo cuyas mágicas aguas imploran solamente los corazones gastados.

Pensando en Leonor, se dirigió a cumplir el compromiso contraído con la familia de Agustín.

«Si salgo bien —pensaba—, ella tendrá que agradecérmelo, puesto que la tranquilidad de los suyos no puede serle también indiferente».

En casa de doña Bernarda habíase establecido conciliábulo después de la salida de don Dámaso. Doña Bernarda, Adelaida y Amador hablaban en el cuarto de éste sobre la visita que acababan de recibir.

—Yo me alegro de que lo sepan todos esos ricos —decía la madre, sin advertir la preocupación pintada en el rostro de sus dos hijos.

Después de disertar sobre el asunto y edificar castillos en el aire, poniendo por cimiento la validez del matrimonio, se retiró doña Bernarda con estas palabras, dirigidas a su hija, que bajaba la frente para ocultar los temores que la asaltaban:

—No se te dé nada, Adelaida, el rico ese tiene que tragarse la píldora, aunque haga más gestos que un ahorcado; serás su hija por más que le duela, y te ha de llevar a la casa no más.

Cuando Adelaida y Amador quedaron solos, fijaron el uno en el otro una profunda mirada.

—Alguien ha metido la mano en esto —dijo Amador—, porque Agustín no es capaz de dudar de que está bien casado. ¡No será mucho que esa tonta de Edelmira…! —Entretanto— observó Adelaida, —si descubren la verdad nos hunden. ¿Cómo probamos nada si ellos se presentan a la justicia?

—Así no más es —contestó Amador, rascándose la cabeza—, se nos ha dado vuelta la tortilla.

—Tú me has metido en esto —replicó Adelaida, presa ya del miedo que le inspiraba el resultado—, y es necesario que trates de acomodarlo todo.

—¡Eh, si yo te metí, fue para tu bien! —exclamó Amador—, y la cosa no está tan mala, porque el viejo está muy interesado en que no sepan lo sucedido. Yo estoy seguro que si yo fuese a confesarle la verdad me daría las gracias.

—No hay más que hacer entonces —contestó Adelaida, presurosa de verse libre a tan poca costa de las consecuencias de aquel asunto.

—No seáis tonta —le dijo Amador en tono de amigable confidencia—. El viejo ofreció plata si nos callábamos.

—Yo no quiero plata —replicó Adelaida con orgullo—, yo quiero salir del pantano en que me has metido.

—Bueno, pues, yo te sacaré —respondió Amador.

Adelaida se retiró, después de exigir a su hermano formal promesa de hacer lo que ella pedía.

Amador calculaba que, aceptando la proposición que don Dámaso había formulado, todavía le quedaba algún provecho que sacar del desenlace desgraciado de su empresa.

«A mi madre —se dijo— la contento con un regalito, para que no se enoje cuando le cuente que la estaba engañando, y me queda todo lo demás que me den».

Animado con esta reflexión, resolvió escribir a Agustín para pedirle una entrevista. Se hallaba ya sentado y tomaba la pluma cuando Martín golpeó a la puerta de su cuarto.

Como Amador ignoraba el objeto de aquella visita, tomó un aire de seriedad para saludar a Martín.

—Vengo de parte de don Dámaso Encina —dijo éste, sin aceptar la silla que le ofreció Amador.

—Aquí estuvo esta mañana —contestó Amador, esperando que Rivas le dijese la comisión que llevaba.

—Me ha encargado que me vea con usted solo.

—Aquí me tiene, pues.

—Al hacerme este encargo, me dijo que no había podido entenderse con doña Bernarda.

—Así no más fue. Usted conoce a mi madre, no aguanta pulgas en la espalda.

—Me dijo don Dámaso que, por lo poco que usted había hablado, le parecía más tratable que la señora.

—Eso es lo que tiene mi madre; luego se le va la mostaza a las narices.

—Mi objeto, pues, es el arreglarme con usted sobre este desagradable asunto de Agustín.

—¡Qué más arreglado de lo que está!

—Don Dámaso me ha dicho que haga presente a usted las consecuencias de este asunto si llega a ponerse en manos de la justicia; ustedes no tienen ningún medio de probar la validez del casamiento, y don Dámaso, por su parte, puede probar que aquí se ha cometido una violencia, para la cual pedirá un castigo. Si, por el contrario, usted confiesa la nulidad de este matrimonio y ofrece alguna prueba de seguridad que ponga a la familia de Agustín al abrigo de todo cuidado en este punto, don Dámaso ofrece alguna indemnización para transar amigablemente, porque reconoce la falta de su hijo, bien que no podía cometerla sin participación de Adelaida.

Amador se quedó pensativo durante algunos momentos.

—Si usted tuviese una hermana —añadió Amador—, y alguno anduviese… pues… enamorándola, como usted sabe, ¿no es cierto que usted trataría de escarmentarlo?

—Sin duda.

—Bueno, pues, eso fue lo que yo hice con Agustín.

—Bien hecho; pero usted llevó la cosa demasiado adelante.

—Así no se meterá otra vez en esas andanzas.

—Usted puede hacer terminar este asunto ahora mismo —dijo Martín, sacando el vale de don Dámaso—; vea usted.

—¿Qué es esto? —preguntó Amador mirando el papel.

—Usted pidió ayer mil pesos a Agustín; pues bien, su padre los ofrece a usted en cambio de una carta.

—¿De una carta? ¿Y qué quiere que le diga?

—Lo que usted acaba de decirme: que quiso castigar a Agustín y fingió un casamiento.

Amador creyó que se había resistido ya lo suficiente para fijarse en la palabra «fingió», que Rivas dijo para sondear el terreno. El documento de mil pesos estaba allí tentándole, por otra parte, y él calculó que obstinándose no podría conseguir nada mejor que lo que se le ofrecía, y quedaba con su obstinación expuesto a las consecuencias de un pleito.

—Vaya, pues —dijo sonriéndose—, dícteme usted la carta.

Dictóle entonces Martín una carta en la que Amador exponía las razones que había tenido para castigar a Agustín. Terminada esta explicación:

—¿De quién se valió usted para esto? —preguntó Rivas.

—De un amigo.

Continuó dictando Martín, valiéndose de la relación que Agustín le había hecho del suceso y completándola con las explicaciones de Amador, que dio también el nombre y calidad del que le había servido para la representación de su farsa. —¿Usted me promete que no le seguirá ningún perjuicio?— preguntó Amador al dar el nombre del sacristán.

—Bajo mi palabra; ya ve usted que esta carta es sólo un documento para la tranquilidad de don Dámaso, y que de ningún modo puede perjudicar a usted ni a nadie. Cualquiera que la lea, verá que ha sido un asunto en que se ha dado una buena lección a un joven que no iba por el buen camino.

Firmó Amador la carta y recibió el vale devorándole con la vista.

«Después de todo —pensó doblándolo—, no está tan malo, y no me ha costado mucho ganarlo».

Rivas volvió a casa de don Dámaso lleno de alegría porque esperaba que con el buen éxito de su comisión no podría menos que encomendarse favorablemente a los ojos de Leonor.