La inteligencia (o al menos ésta es la ilusión que nos hacemos) es la característica principal que sitúa al hombre aparte del resto de los componentes del mundo animal. Otros animales pueden correr más rápidamente, ver mejor y a mayor distancia, oír con más detalle y más profundamente. Nosotros sabemos pensar mejor. Y con nuestros pensamientos hemos cambiado la faz del mundo.

Pero la inteligencia es una cualidad relativa. Todas las criaturas la poseen en determinado grado, sólo que algunos la tienen en mayor cantidad.

Existe una clara diferencia entre tener inteligencia y ser inteligente. Pero ¿dónde está la línea divisoria? Realmente, ¿qué es lo que queremos decir cuando hablamos de una vida inteligente distinta a la nuestra? Exactamente, ¿qué grado de inteligencia debe poseer un ser para que podamos clasificarlo como nuestro igual? ¿Qué criterio debemos usar para establecer esta calificación? ¿Debemos probar, medir, su inteligencia en laberintos, como hacemos con las ratas en el laboratorio, o más bien pedirle que nos escriba un soneto?

El término «criatura consciente» se ha utilizado con frecuencia para tratar de facilitar una distinción práctica. Pero ¿qué significa eso?

El diccionario define el adjetivo «consciente» como aplicable a aquél que siente, piensa, quiere y obra con capaz conocimiento. Ciertamente, esto no nos sirve de mucha ayuda.

Tal vez el nivel medio de calificación debe establecerse diciendo que una criatura es «inteligente» si es capaz de interrogarse sobre sí misma y el mundo que la rodea. Si no sólo se limita a sentir y percibir lo que le envuelve, su entorno, sino que además puede imaginarse ese entorno como distinto a lo que en realidad es. Inteligencia, en otras palabras, consiste en la capacidad de preguntarse «¿por qué?»