EL LAMENTO DEL KEEKU

Kathleen Sky

Mi útero palpita relleno de arena sangrienta en vez del nuevo cachorro que debía ver la luz este año. Arde mientras me arrastro sobre mi vientre por los ardientes guijarros. ¡Uy!, dentro de mí, la arena rasca la piel de mi útero, lo devora al avanzar a rastras por las montañas de la rizada y revuelta duna. Cada granito me espera para vengarse en mi cuerpo por el pecado de arrastrar sobre él esta carcasa sanguinolenta y desgarrada. Un granito de arena es tan pequeño que apenas logro verlo, pero ¡Dios mío, hay tantos…!

¿Por qué no me advirtieron que me dolería tanto y dejaría un amplio rastro de pellejos y arena sangrienta que se extiende hasta el horizonte? Mi piel se desgarra, se pulveriza por dentro y por fuera entre rimeros de arena.

¡Mi útero! Del roce se ha afinado como una hoja de mandús encendida que flamea en mi vientre.

Los Ancianos me trajeron, temblorosa y suplicante, al borde del desierto. Dijeron que debía arrastrarme como una bestia sobre el vientre hasta la Larga Roca si quería sobrevivir.

«No debes levantar tu vientre de la arena», dijeron.

«No te vuelvas de espalda en tu caminar hacia la Larga Roca.

»Repta hasta hallar la Larga Roca.

»Sobre tu vientre hasta la Larga Roca.

»No te detengas hasta llegar a la Larga Roca.

»Encuentra la Larga Roca«

¡Muere en tu caminar hasta la Larga Roca! ¡No, no me dijeron eso; no me contaron cuánto sufrimiento me causaría esta traición de los Ancianos…!

No he cesado de arrastrarme, aunque una vez me detuve para apretar con fuerza las mandíbulas. Mis dientes verdean, oscilan en los alvéolos. Hace más tiempo del que puedo contar que no los he hincado en la carne caliente; rozan los bordes de mis quijadas y castañetean como los huesos del muerto cuando el keeku se ha ido. ¡Ah, qué daría por un mordisco, sólo un mordisquito de carne caliente!

Tengo los ojos bordeados de sales de cristal saladas, ¿lágrimas? Me abrasan como la arena sobre la que me arrastro; la arena que se arrastra dentro de mí. Los bordes de las pestañas están pegados y cuando parpadeo me estiran los ojos, tan secos, que ni un keeku los querría.

Mis ojos sólo divisan arena. En mi juventud me llamaban «Ojos penetrantes»; ahora, están nublados y secos en las órbitas y apenas veo adónde miro.

¿Qué pasará si no encuentro la Larga Roca? Podría estar en cualquier lado, oculta por los altos montones de arena o perdida a causa de mis débiles ojos. Ayer vi un espejismo, una roca que reverberaba al sol y luego se desvaneció. Era una roca muy larga y se arrastraba como yo, con su vientre sobre la arena. ¿Y si no fuera un espejismo? Mi visión es tan pobre que no divisa lo real de lo falso…

He perdido la Larga Roca.

Me dijeron que si reptaba en línea recta seguramente hallaría la Larga Roca, aunque no me advirtieron cuánto tiempo tardaría. Seguramente, ya la he pasado.

¿Aún me muevo en la dirección exacta o sólo mi cuerpo va en pos de la cola? No puedo girar la cabeza para ver mi rastro. Para ello, debería mirar el camino por donde vine y me lo prohíben los Ancianos.

Dijeron que no debía volverme… de lo contrario, moriría. ¡Pero estoy muriendo! Dentro de mi vagina siento la sangre cómo roza la arena que llevo dentro y sobre la que me deslizo, pero es más fácil arrastrarse sobre la arena húmeda, aunque sea mi propia sangre la que la empapa…

No hay ni un escarabajo en toda esta duna. Me comería hasta un zanthu, aun cuando a mi raza se le prohíbe ingerir sapos de arbustos. Me sabría bien y fortalecería mis dientes. Cualquier cosa que comiera la hallaría sabrosa… Ah, hasta un keeku, sí, ¡hasta un keeku! Vi una pequeña lagartija, pero corría tan rápida que no pude alcanzarla, y ya me había pasado después de saltar valientemente sobre mis garras delanteras. ¡Qué rica si la agarro! ¡Con qué rapidez hubiera quebrado sus huesecitos entre mis mandíbulas… sangre y carne crujientes y cálidas! Endurecería mis dientes con la carne caliente.

Mi útero grita mientras mi piel se hace trizas por la arena y el dolor de mi vientre se anuda en mi alma estrangulándola. Ignoraba que existiera ese horror… este moler y moler en mi vientre con la sangre chorreando gota a gota en la sedienta arena. No sabía que con esto, los Ancianos maduraban sus cicatrices… No sabía que era así como me volvería vieja…

Me arrastro sobre mi vientre como un reptil… jamás he gritado tan fuerte, ni con los dolores del parto… ¡Ah, qué dolor!

Las tripas se retuercen, se aprietan contra este interminable roce de la arena en mi vientre. ¿Pretenden los Ancianos que abandone mis restos en la arena cuando se haya consumido mi útero?

¿DÓNDE ESTÁ LA LARGA ROCA?

¿Están aún mis ubres llenas de leche? ¡Ah, cómo se agrupaban como fruta madura a la boca de mi útero! Sonrosados, hartos de rica leche; mis ubres suaves, espurreando con entusiasmo llenaban la boca de muchos cachorros. Nadie tenía unas tetas tan hermosas y cálidas como las mías. Llamas en la época del celo. Hogueras que atraían las manos de mis amantes… ¡Ah!, cálidas y codiciosas, rozaban sus manos anhelantes… dulces y suaves, latían, cuando uno introducía presuroso su simiente en el fondo de mi vagina. ¡Ah, qué hondo, qué hondo frota su miembro dentro de mí! ¡Brillan sus ojos, el agua gotea de su boca abierta… ah, su miembro experimenta un vivo placer, late en mi útero, ahhh!

No estoy segura de querer ser vieja.

Siento cómo las trizas de carne del vientre se prenden en mi cola. Se enredan en las tiras sueltas y desgarran la tierna epidermis de mis patas traseras. No hay agua en todo este desierto. Nada que pueda beber; nada donde lavar mí ensangrentada piel. ¡Cómo me gustaba el río que discurría veloz bajo los riscos de mi aldea! Frío, límpido, relucía rápido, burbujeante, bailando sobre las rocas se derramaba suavemente en el remanso de la aldea…

¡Ah!, beber toda el agua que mi vientre puede resistir… sorber el agua que corre… el agua veloz; las bestezuelas que nadan ignorantes de que mis mandíbulas las esperan. ¡Ñam! Agua fresca, fresca, carne caliente, caliente, y yo, con mi piel lustrosa, reluciente como el río, mientras él agua se desliza por mi espalda.

Me encanta el agua en mi cuerpo para poder bebería, pero no hay un río para limpiar mi piel polvorienta, ni carne para que mis dientes mastiquen. Si pudiera almacenar en mis huesos las rápidas bestezuelas acuáticas como hago con el agua rancia que gotea dentro de mi boca… ¡Aúpa! El agua subiría hasta mis mandíbulas… con los animalejos nadando dentro… ¡Aaah, masticar otra vez, frío y caliente!

¿Por qué no puedo comerme yo? Bebo el agua de mi cuerpo, escasa para la sed que me devora… ¿por qué no comer las trizas de esta carne sanguinolenta que la arena desgarra? Pierdo grandes pedazos de piel inútilmente; sólo alimentan la rapaz arena que no necesita mi carne… ¿por qué no me alimenta mi cuerpo?

Nunca me dijeron que estaba prohibido comerse la propia piel, aunque para alcanzar los trocitos que se desprenden de mi vientre debo dejar de arrastrarme, levantar el cuerpo y girar la cabeza hasta ver el camino que recorro. No puedo, no puedo, ¡los Ancianos me dijeron que sólo podía detenerme si agonizaba o quedaba muerta!

¡Cómo me atormentáis, Ancianos…!

Un pedazo de piel se ha desprendido de mi garra derecha. Si me alzo sobre una pata sin dejar de arrastrarme y extenderla hasta mi boca… casi… ¡un poco más… así!

¡Uuuh!, tengo la boca llena de arena ardiente y el gusto amargo de la carroña; el gusto húmedo y malsano de mi piel se mezcla con la bilis que asciende desde mi garganta y llena mis doloridas mandíbulas. Se vierte en remolinos en mi boca recordándome mi vergüenza. Nunca hallé en la carne caliente, cascajos, substancias ponzoñosas que me llenan de bilis, y mi cuerpo se subleva de asco por esa comida. No puedo tragarlo; gotea de mis mandíbulas en la arena expectante, dispuesta a regalarse con ella. ¡Puaf! ¿No se verá nunca libre mi boca de esta bazofia? No era mi intención comer mi piel… ¿cómo no me lo advirtieron los Ancianos?

Se me ha enganchado un granito en uno de los colmillos. Roza las encías cada vez que aquéllos cambian de posición en las mandíbulas doloridas.

¿Por qué me flojean los dientes y por qué no hay algo de comer y de ese modo los afianzaría?

Tengo las garras demasiado embotadas de arrastrarme tanto para quitarme la arena, y la lengua, seca e hinchada, no es capaz de hallar la rendija bajo el diente.

¡Lo que daría por una ramita con la que escarbarme los dientes…! ¡Aaah, si fuera un trocito de carne clavado en mis dientes en lugar de esta insípida arena!

En los festines, cuando era pequeña, asábamos en los hoyos de fuego el cuerpo de un sleam. ¡Qué grande era! Se necesitaban muchos machos para levantar el animal sobre los pozos, y aun así, les costaba un gran esfuerzo. La piel del sleam se volvía curruscante y negruzca al calor del hoyo, y nosotros chillábamos de alegría al sentir el olor de la carne caliente. ¡Uh!, ahora es más difícil cazar un sleam y los dioses de la tierra se crecen con la edad, por lo que no hay tantos hoyos de fuego.

¡Ah, los festines de mi infancia con los hoyos de fuego! Abrasadores, llenos de piedras grises y desiguales en el cuerpo de un dios de la tierra. ¡Cómo brincaban las manos del dios! Dedos ardientes con llamas azules, naranja y amarillas se elevaban del cuerpo del dios para calentar nuestros manjares. ¡Cómo deseaba usar los ojos cada día para calentar la carne! Pero los Ancianos —siempre los Ancianos— dijeron que debíamos contentarnos con el calor de la caza reciente y el crujido de los huesos sin tostar. Los dioses nos abandonarían si usábamos demasiado su calor; su simiente de fuego no fue creada sólo para que nosotros calentáramos nuestros alimentos… se requería para formar nuevos dioses y volcanes. La simiente del dios debe reponerse y aguardar, ardiente y madura, la época en que los miembros del dios de la tierra se elevan para fecundar el cuerpo de su pareja.

Quizá en la época del celo gozábamos de muchos festines o empleábamos demasiada simiente. En cambio ahora, no tenemos tantos dioses ni hoyos de fuego. Me gustaría tener dioses, fuego, sleams y festines… ser todavía un cachorro que come carne caliente, regalo de los dioses. Recuerdo que era tan glotona de carne caliente que la agarraba de las llamas, ardiente y humeante, llenando con ella mis mandíbulas. ¡Ñam, ñam! ¡Cuántas veces me quemé la boca a causa de mi gula! Mi madre chasqueaba las mandíbulas de rabia y me enviaba, de una bofetada, rodando por la arena. Recuerdo el calor de la carne; ¡qué rica era, aunque me quemase la boca!

Mis pies se hunden en la arena seca levantando pequeñas ráfagas de polvo sobre mi piel. Ni siquiera podría decir de qué color soy. No es que me importe mucho, pero ¿soy verde, gris o azul claro como el agua del río? Ahora me es indiferente, pero hubo un tiempo en que me divertían los colores cambiantes de mi piel. Pero uno no puede comerse los colores de su piel, ni limpiarse la arena a lametazos con una lengua cuarteada y seca. ¡Ah, cómo le gustaba el río a mi gran padre, azul púrpura! Me enseñó a jugar en sus rizos, a tomar frío y calor, y el gozo que se experimenta con el frío penetrante del río. Mi padre, verdoso y azul, me enseñó a lanzar los capullos de chroci en los pequeños remansos al borde del río, y flotar a su lado, suavemente, como una flor.

Él y yo éramos los nadadores más veloces de nuestra aldea. Mi padre azul-verde y yo nadábamos precisos y fuertes engullendo grandes cantidades de animalitos acuáticos. Eran, rápidos nadando, pero no tanto como nosotros.

Mi padre era joven, ¡muy joven! Jamás se arrastró hacia la Larga Roca. No tenía cicatrices de madurez en su hermoso y reluciente vientre; aún conservaba sus miembros y la bolsa que los sostiene.

En realidad, jamás los vi —esas cosas están prohibidas—, pero sé que los resguardaba, suavemente ocultos en la bolsa de su vientre.

¡No! ¡No debo pensar de ese modo en mi padre!

¡QUÉ VERGÜENZA!

¡NO DEBO!

¡ESTA MAL!

Murió el gran púrpura verde. Las fiebres que invadieron nuestra aldea en la estación del frío lo atraparon con sus cálidos brazos apretándolo hasta que murió. Echo de menos a mi padre…

Ya no experimento tanto dolor. ¿Ha menguado o mi mente se niega a aceptarlo? Creo que ya no sangro. Noto la piel seca, está cubierta de una espesa capa de arena y el dolor es sólo un espejismo. ¿Por qué no hay ya sangre? ¿No me queda nada que dar a la arena que chupa mi cuerpo… o quizá su sed descomunal se ha apagado? Espero que así sea y no otra jugarreta de los Ancianos.

¡Oh, ha vuelto el dolor! La capa de arena de mi vientre ha sido raspada por los granos sobre los que me arrastro y la carne viva penetra como un amante en la vagina de la expectante arena. Tengo los intestinos atados con fuego. Alzo los fláccidos músculos del vientre, elevando las doloridas paredes de mi cuerpo. Pretenden que deje hasta mis intestinos en esta arena de una duna, de un desierto.

¡Oídme, Ancianos! No soporto más este arrastrarme. Os podéis guardar vuestro cuento de la Larga Roca, y morir como yo estoy muriendo… ¿me oís?

Maldigo a los Ancianos, pero sigo arrastrándome. Soy una estúpida. No necesitaba venir aquí. Se cuentan cosas de los que no se sometieron, de los que viven en las colinas del límite del mundo. Aún tienen el vientre sin cicatrices y entre ellos no hay Ancianos… soy una estúpida… una necia…

La arena se adhiere en parches secos a mi vientre despellejado, pero al haber menos sangre ya no me cubre como antes. Poco importa… si la hubiera, esa capa de arena se la volvería a llevar, y noto cómo se desliza por mis mandíbulas, hasta mi vientre, a la entrada de mí…

No tengo vagina.

Estoy extrañamente lisa, de la cabeza a la cola; una gran curva untada de arena desde el hocico al ano, sin que se marquen las ubres al comienzo del útero. ¿Es mi piel tan lisa como parece o sólo la seca melosidad de mi sangre? No, no sangro y estoy lisa… es extraña esta nada de mi vientre y el dolor que se desliza dentro y fuera de mi cuerpo como un amante virgen inseguro de sí.

¿Qué es peor, Ancianos, el ardiente dolor que me roía las entrañas cuando me raspaba la vagina dejándola en la arena, o este dolor nuevo que apena mi alma mientras mi mente grita ante la idea de no volver a parir otra estirpe de cachorros?

No tendré más cachorros. No volverá a sentir jamás el placer junto a un hermoso macho mientras introduce su simiente dentro de mi anhelante vagina, fecundándola con nueva vida… nunca más, ¡nunca más!

¡Ancianos, que el resto de vuestra vida se vea colmado con el mismo dolor que el mío…!

No debieron permitir que esto me sucediera… No debí permitirlo yo… Parí muchos cachorros para la aldea. Me merecía otro año… dos, tres… y alumbrar otros cachorrillos. Me habéis robado todas mis alegrías; no puedo pretender alumbrar otros cachorros. Ancianos, me habéis arrebatado mis sueños. Ya no tengo sitio para recibir simiente, ni ubres para cobijar un cachorro ni alimentarlo cuando nace… malditos seáis, Ancianos, ¡mil veces malditos!

Pie Torcido fue el primero… después vino Ojos Verdes… no, ése fue devorado en su primer año de vida por un sleam merodeador; el siguiente fue Cachurrón, ¿o aquel extraño cachorro rojo del que todos se reían? Lo quería, aun cuando al fin tuve que matarlo a causa de su rareza. No es bueno ser distinto de los de tu raza. Era lento para aprender… no jugaba con los otros cachorros. No comía como debía, cogiendo lo frío y lo caliente, ni aprendía los sistemas de los demás… ese cachorro mío tan peculiar debía morir.

Luego llegó Arrollador, ¿o fue aquel año que tuve la hija? Estaba tan contenta con ella… su padre le enseñaba muchas cosas, como me las enseñó el mío. Silbador llegó después de la niña, luego, luego…

¡Di a luz gemelos!

¡Después de tantos años mi alma se rebela al pensar en algo tan vergonzoso como mis… gemelos!

La aldea quedó en silencio cuando la Anciana que se quedó a mi lado cuando alumbré, se marchó despacio hacia las piedras del perímetro proclamando el desastre, el terror y la enemistad de los dioses. Yo me sentía débil por el doble parto y sólo deseaba morir en la madriguera sofocante empapada de sangre… ¿por qué no fallecí entonces en lugar de vivir sólo para que me envíen a este lugar yermo?

Llegaron los Ancianos y se los llevaron de mi lado. Eran tan pequeños… todavía húmedos de mi vagina y aún no consigo arrancar de mi mente por qué lo hicieron si eran unos cachorros como los demás. Pero sí, el problema consistía en que eran dos, no uno solo. Así pues, se llevaron mis hijitos y empalaron sus contraídos cuerpecitos en las agudas estacas que se alinean a la entrada de nuestra aldea. Los seguí, arrastrando mi dolorido cuerpo por el suelo, como ahora, para ver lo que les pasaba a mis pequeños.

Eran tan chiquitos, negros aún de mi sangre y los Ancianos no habían roto la piel de sus pechos ni abierto sus ojos. Me eché junto a las estacas con la cola enroscada en los altos palos. Mis cachorros sangraban. Manaban de sus cuerpos gotas rojas que se escurrían por las estacas y caían sobre mi piel empapada de sudor. Lloré de miedo y de vergüenza por haberlos parido. Cubrí mis ojos con mis zarpas y aguardé a que los Ancianos levantaron mi cuerpo y lo clavaran en las puntiagudas estacas. Temblaba de pánico… esperando…

Los Ancianos me dejaron sola.

¡Mis cachorros, mis cachorritos húmedos aún de mi vagina!

Yacía muy quieta a su lado, oyendo sus gritos mientras se desangraban y morían retorciéndose en los puntiagudos palos.

¡Había tal silencio en la aldea… sólo los chillidos de mis cachorrillos! Después, no se oyó nada más y finalmente, el grito penetrante del keeku:

¿Kee? ¿Kee, ke-e-e-e?

Los Ancianos alejaron al keeku; se prohibió a las aves llorar por mis pequeños. Nada de lágrimas, sólo las agudas estacas para mis cachorros. A ellos y a mí nos dejaron solos muchos días. No permitieron que viniera el keeku ni se llevaron mis cachorros muertos. No comí nada y mis dientes comenzaron a aflojarse. Los cachorros hedían y aún no dejaban que el keeku llorase por ellos.

Al cabo de unos días regresaron los Ancianos. Vinieron para llevarse mis cachorros de la entrada de la aldea; no dejaron que el keeku los llorase.

Mi pecado fue alumbrarlos… ¿por qué no me mataron también? ¿Por qué me hicieron sufrir tal vergüenza? ¿Por qué aguardaron a matarme ahora, arrastrándome sobre la arena, sin alimento… sin hallar la Larga Roca?

Después de aquel triste suceso di muchos cachorros al pueblo… ¿por qué pues no me permiten darle más? ¿Ocho, diez? Debe de haber muchos más hijos míos… alumbré más cachorros…

A veces, la Anciana se distrae en la madriguera y el parto suscita hambre…

Los cachorros recién nacidos son muy sustanciosos.

Debí comerme los gemelos cuando nacieron. Pero la Anciana acechaba… y yo, tan cansada por el parto, no atiné en comérmelos.

Estaba muy gorda con los gemelos en mi vientre; debían saber que alumbraría dos. Sospechaban… estaban ojo avizor… ¡lo sabían! Me dejaron comer los cachorros fuera de la ardiente madriguera… me obligaron a comérmelos, ya muertos.

Los cachorros recién nacidos son buenos, dulces y calientes… ¡Ñam! Los cachorros muertos de varios días no valen nada; están fríos, blandos, viscosos, producen náuseas. Es duro comerse su propia vergüenza.

¿Keeku?

Me pareció oír uno al amanecer. El golpeteo de sus alas es inconfundible al rayar el alba, antes de que otros ruidos lo ahoguen. Saludan a la Aurora, su Señor, cuando surge de los volcanes detrás de las montañas. Los keekus son siervos del Orto y glorifican su victoria sobre la Noche que cada tarde lo hunde en las lejanas montañas. Se siente en los hoyos de fuego donde calienta su carne; se levanta fuerte y valiente para luchar.

El keeku canta victoria. El keeku le da la bienvenida.

¡Kee-oo, Kee-oo, Kee-o-o-o-o!

Por aquí no hay ningún ruido, sólo el del viento al arrojar polvo sobre mi piel; el rastreo de mi cuerpo y el succionarme un colmillo para arrancar un granito de arena.

¡Pero oigo el keeku!

¿Kee? ¿Kee? ¿Kee-e? El ave de alas negras me busca. ¿Kee? ¿Kee, ke-e-e-e?

¿Un keeku?

Conozco los keekus, los recuerdo muy bien. Viajan en bandadas en busca de agonizantes. Un cadáver los atrae: ¿cómo saben que está muerto? El keeku vuela orgulloso buscando —el keeku vuela en bandadas—, los keekus buscan la muerte. ¿Por qué sólo un keeku?

La primera vez que los vi acudían en bandadas en busca de mi padre. Se agruparon en torno a su cuerpo, tan cerca, que lo cubrían con sus alas extendidas y el polvo que levantaban caía sobre él hasta que quedó negro. Los keekus lloraron, se acercaron muy despacio y rodearon su cuerpo descompuesto. Le golpeaban con las alas limpiándolo del polvo. ¡Oh, cómo lloraban por él, entonando su canto fúnebre!

¡Oooo-uh, oooo-uh, O-O-O-O-O-a-a-ah!

Las lágrimas de los keekus hicieron brillar su cuerpo como si hubiera estado jugando en el río en vez de agonizar.

Los keekus lloraron mucho rato por él:

¡Oooo-uh, oooo-uh, O-O-O-O-O-a-a-ah!

No sabía que un pájaro pudiera tener tantas lágrimas en los ojos, pero había tantos keekus…

Venían a centenares para rodear su cuerpo y gemir por él. Al cabo de un rato, un keeku se acercó a su rostro, saltó sobre el hocico, luego, con delicadeza, con la punta de sus garras, recorrió el largo rostro para detenerse en equilibrio encima de los abultados bordes de los ojos. Entonces, con la precisión de un curandero, el keeku levantó el párpado de mi padre, hizo saltar el ojo con su afilado pico y lo devoró. Los otros keekus lanzaron fuertes gritos y empezaron a comer.

¿Kee? ¿Kee, ke-e-e-e?

Oigo sólo un keeku. ¿Grita kee?, ¿keee, ke-e-e-e? Un canto penetrante… ¿kee? ¿Kee, ke-e-e-e?

¿Soy una carcasa tan mísera que sólo puedo alimentar un pájaro? Quizá este lugar es tan árido que sólo hay un keeku en él.

¿Kee? ¿Kee, ke-e-e-e?

Pronto moriré y el keeku llorará por mí. Se me acercará y gritará:

¡Oooo-uh, oooo-uh, O-O-O-O-O-a-a-ah!

¿Cómo le sabré a un keeku? Ooo-uh, soy amarga, ¿le importará? Oooo-uh, ¿cómo sabrá que estoy muerta? ¿Puede husmear la muerte desde tan alto? ¡O-O-O-O-O-a-a-ah!

Valgo sólo para un keeku porque fui tan estúpida que no hallé la Larga Roca. No hice caso a los Ancianos; no encontré la Larga Roca… gracias que los dioses me conceden por lo menos un keeku.

¿Qué se siente al ser devorada por un hambriento keeku?

¿Cómo… sabe un keeku?

Vuela muy bajo sobre mí. Noto sus alas cómo rozan el aire sobre mi lomo, la arena se arremolina en mi piel con el movimiento de sus alas y percibo la ardiente carroña de su aliento. ¿Cómo es de grande? ¿Están formados casi todos de plumas o hay mucha carne oculta bajo esas alas? Se me endurecerían los dientes si pudiera hincarlos en sus calientes huesos cubiertos de substancia…

¿Cómo puedo atrapar un keeku?

Podría rodar sobre mi lomo y clavarle las garras cuando vuela sobre mí. No, no puedo levantar mi cuerpo de la arena. Podría alzarme sobre las patas traseras… no.

La cola.

Azotarlo con ella no serviría de nada. No percibo lo que intento golpear ni girarme para verme la cola.

El keeku se ha ido. Huyó asustado.

El keeku ha vuelto, o es otro; no estoy segura, pero no importa, hay otro keeku en la arena, frente a mí… un keeku caliente, un keeku muerto, con sangre que chorrea de mis garras que se clavaron en su cuello…

Era sólo una ilusión… no hay ningún keeku.

Por fin me muero. Desde el amanecer sólo he recorrido tres veces la longitud de mi cuerpo, y los postreros rayos del sol golpean mi piel seca. Por aquí la tierra verdea; he cogido con mi garra una ramita con varias hojas. De todos modos me falta fuerza para arrancarla. Es tan luminoso ese trocito de hierba que se mece con mi aliento… Está viva y yo agonizo. La arena se endurece; las rocas apuntan en la tierra movediza haciendo más difícil que me arrastre.

Desearía comer esta hierba que me rodea, pero las plantas no son para comer… soy… era… carnívora. Al amanecer tragué un par de hojas; no me sentaron ni bien ni mal… aún tengo los dientes flojos. Nunca más volveré a gustar la carne caliente… nunca.

Estoy echada en la arena que me cubre lentamente. Sopla el viento y la arena cae sobre mi piel como lluvia. Las hojas que tengo en las garras están salpicadas de arena; soplo y desaparece. No consigo arrastrarme más; mi cuerpo ya no se moverá; mis garras hundidas en la arena, tiran, pero no consigo moverme. Lo siento, Ancianos, ya no puedo arrastrarme más. No encontraré la Larga Roca… si es que existe…

Tendida en la arena observo cómo crece la hierba y escucho los pensamientos que se devanan en mi cerebro. Qué raro, nunca me había percatado de tales pensamientos, sólo me interesaba la comida y mi vagina… eran tan importantes que dominaban los otros.

Los Ancianos no tienen vagina, ni comen tanto como los demás. Tal vez debía apartar el hocico de mi útero y las mandíbulas de la carne en lugar de pensar tanto… ¿es así como me vuelvo vieja? En tal caso de poco me servirá; no hay nadie aquí que pueda aprovecharse de una vieja…

Vine porque me asustaba hacer otra cosa; no creía en los Ancianos… Ni siquiera en los cuentos sobre cuevas lejanas adónde iban los que no querían envejecer. Nadie me dijo nada que pudiera ayudarme; me arrojaron a este desierto y me dijeron que me arrastrase… y me arrastré.

No puedo levantar el cuerpo de la arena. ¡Ancianos, no me quedan fuerzas para este cometido! Tampoco puedo volverme. ¡Ancianos, ved qué bien os obedezco!

Creo que estoy muerta. Fallecí al borde del desierto, donde linda con las tapias de mi aldea. Los Ancianos debieron matarme allí, y ésta es mi otra vida. Estoy muerta.

Los Ancianos nos pronosticaron que tendríamos una vida posterior de acuerdo con nuestra conducta en la aldea. Merecía esta otra vida. Tuve gemelos, maldije a los Ancianos y jamás les obedecí… Tomé de amante el cachorro de mi tía. Soñaba… que las manos de mi padre acariciaban mi útero. ¡Aaah, muchos pecados para esperar un dulce más allá! Merecí esta arena.

La Larga Roca es la otra vida que debí tener, pero para eso fui mala… cometí demasiados errores, demasiados…

¡Ha vuelto, el keeku! Aún no debo estar muerta; el keeku no canta mi elegía… todavía vivo, oigo el keeku.

¿Kee? ¿Kee, ke-e-e-e?

Ya no revolotea sobre mí, sino que salta en la arena a mi lado fuera de mi alcance.

¿Kee? ¿Kee, ke-e-e-e?

Si estuviera muerta el keeku se me hubiera acercado y lloraría. Vendría para saltar sobre mi cara y rozaría mis dientes con sus afiladas garras; sus garras son afiladas, pero también lo son las mías… puedo cazar el keeku.

Me sentiría fuerte con la carne del keeku en mi cuerpo; podría arrastrarme si consiguiera la carne del keeku… hallaría la Larga Roca.

¿Kee? ¿Kee, ke-e-e-e?

El keeku no canta a la muerte, pues hasta asegurarse de que he muerto no se me acercará. Debo parecerle muerta al keeku.

¿Cómo ve la «muerte» un keeku?

Tengo un montón de arena en las garras y un granito en el hocico. No debo estornudar. Con los ojos semicerrados estoy tendida tan quieta como puedo… estoy muerta, keeku, estoy muerta. ¿Aún está ahí el keeku?

Salta a mi alrededor como haría un keeku con un cadáver, pero no llora. Lo diviso por el rabillo del ojo. Se alisa las plumas y da vueltas muy despacio a mí alrededor. Acércate, keeku, acércate y canta mi elegía.

El keeku está aún muy lejos y no puedo agarrarlo hasta que se acerque; si trato de atraparlo ahora, lo perderé y el keeku sabrá que no estoy muerta. Acércate, keeku, y moja mi polvorienta piel con tus lágrimas… te espero, keeku… mis dientes también esperan.

¿Kee? ¿Kee, ke-e-e-e?

Mide mi cuerpo con los ojos y gira en torno de mí, demasiado lejos… ¿por qué hay sólo un keeku? Si hubiera más podría alzar las zarpas en todas direcciones y llenarme los brazos de keekus… ¿por qué merezco sólo un keeku? ¿Kee? ¿Kee, ke-e-e-e?

El keeku ha anidado durante la noche lejos de mí. Al amanecer salió volando para dar la bienvenida a su Señor.

¡Kee-oo, kee-oo, kee-o-o-o-o!

Regresó cuando el sol se alzaba sobre mí. Había saludado a la Aurora y yo le daba la bienvenida fingiéndome completamente muerta, inmóvil en la duna; pero él sólo lanzó un grito penetrante y se paró en la arena, a mi lado; luego, empezó a dar vueltas como un Anciano que admira el enorme cuerpo de un sleam un día de fiesta.

¿Kee? ¿Kee, ke-e-e-e?

El keeku no creerá que estoy muerta hasta que de veras lo esté; pero por entonces no me importará que se me acerque mucho… ¡estoy muerta, keeku!

Me noto más fuerte porque he descansado, pero no lo suficiente para continuar. Para adquirir fuerzas y poder arrastrarme necesito la carne caliente de un keeku. ¿Por qué no cree que estoy muerta?

¡Ah, las hojas enredadas en mis garras han muerto! Pensé que vivirían tanto como yo, pero están secas y pardas en mis zarpas… su verdor ha desaparecido. Mi padre era igual de verde antes de que lo atraparan las fiebres; de un hermoso color verde para una hoja… o un padre. ¡Pobres hojas verdes! ¡Pobre padre también verde! Cuánto lo echo de menos; también echo de menos la luminosidad de esta vistosa ramita que hay en mi zarpa.

¿También tienen otra vida las hojas?

Esas hojas deben conocer todas las respuestas de las que yo sólo sé las preguntas. Es singular que una hoja sepa mucho más que nuestros Ancianos… Hoja, te envidio.

Las lágrimas se vierten de mis ojos y el keeku sabe que aún vivo. Ha dejado de brincar y temo que se aleje porque tardo mucho en morir. Quédate conmigo, keeku, quédate conmigo y gime por una ramita verde que ha muerto… llora conmigo, pues tú tampoco sabes si tienes otra vida.

¿Por eso llora un keeku? ¿Porque quiere también saber lo que pasa después de esta vida? ¿Lloras porque no lo sabes, keeku, hermano mío…?

Mis lágrimas caen en las hojas que destellan como si las hubiera arrancado del río. Mis lágrimas las hacen brillar, pero no les devolverán su verdor. Las lágrimas del keeku tampoco las volverán a la vida…

El keeku se detiene y me observa con la cabeza ladeada, y sus brillantes ojos giran de acá para allá mientras me mira; primero a mí, luego a las hojas… están muertas, keeku, ven a verlas…

¡Oooo-uh, ooo-uh, O-O-O-O-O-a-a-ah!

El keeku se me acerca, atento a mi llanto brinca en torno a mis zarpas mirando las hojas… ¡no llora!

¡Oooo-uh, oooo-uh, O-O-O-O-O-a-a-ah!

Mi voz se casca de dolor, es difícil gritar, pero las hojas están muertas. Yo, pronto moriré y el keeku no lo sabe… ¡maldito seas, keeku, maldito seas! Lloro y nadie responde. ¡Ah! hojita, laméntate conmigo:

¡Oooo-uh, ooo-uh, O-O-O-O-O-a-a-ah!

¿Kee? ¡Oooo-uh, oooo-uh, ooo-uh, O-O-O-O-O-a-a-ah!

¡El keeku llora conmigo!

Se acerca, llora, sus lágrimas humedecen la arena mientras llora conmigo… aah, keeku, ¡llora conmigo!

Acércate, moja las hojas con tus lágrimas, devuélveles su frescor, keeku, haz que reluzcan como el río, keeku mío. No te preocupes de mis zarpas, sólo deseo acariciar tus plumas; no temas mis mandíbulas, sólo quiero lamentarme más fuerte… ven, keeku, ven más cerca… ¡ÑAM!

El keeku yace entre mis garras; sólo un montón de destrozadas plumas, pero sus huesos están cubiertos de apetitosa carne. La saboreo apretando las mandíbulas en su cuerpo que se debate en vano. Su sangre caliente gotea en mi garganta. Mis dientes se aprietan en su carne, carne cálida. ¡Aaah, querido keeku, mi querido keeku!

La alegría que experimento junto al keeku no es la de matar. El keeku y yo lloramos juntos; lloramos por la muerte y porque no sabemos lo que será de nosotros después de morir. El keeku y yo lloramos; el keeku y yo iremos juntos a la Larga Roca.

Mis lágrimas humedecen las plumas del keeku que brilla como el río. Lloro por lo que no comprendo. Lloro por el keeku:

¡Oooo-uh, ooo-uh, O-O-O-O-O-a-a-ah!