CLÁSICO DE CULTO
TERRY PRATCHETT
El Señor de los Anillos es un clásico de culto. Sé que es cierto porque lo he leído en los periódicos, lo he visto en televisión, lo he oído por la radio.
Sabemos lo que significa «culto». Es una palabra despectiva. Significa «inexplicablemente popular pero poco digno de atención». Es una palabra que emplean los guardianes de la única llama verdadera para desechar cualquier cosa que guste a la gente inapropiada. También significa «pequeño, hermético, impenetrable para profanos». Se la asocia con una bebida fría en Jonestown.
El Señor de los Anillos tiene más de cien millones de lectores. ¿Cuántos lectores hacen falta para dejar de ser de culto? O bien, una vez que se ha sido de culto —es decir, una vez que se ha tenido la marca de Caín—, ¿es posible que alguna vez se permita que algo se convierta en un clásico de pleno derecho?
Sin embargo, estos últimos años la democracia se ha puesto en acción. Una cadena de librerías inglesa realizó una votación para hallar el libro favorito del país. Fue El Señor de los Anillos. No mucho tiempo después, otra se propuso averiguar el autor preferido y salió J.R.R. Tolkien.
Los críticos protestaron, algo extraño pero que era de esperar. Al fin y al cabo, las librerías sólo utilizaron la palabra «preferido». Se trata de un término muy personal. Nadie dijo jamás que fuera sinónimo de «el mejor». Pero un coro de críticos recibió los resultados con una acusación terrible al gusto del público británico, que había recibido el precioso don de la democracia y lo desperdiciaba votando cosas inadecuadas. Hubo insinuaciones de una conspiración de aficionados de pies peludos. Pero también hubo otro mensaje. Decía: «Mirad, llevamos muchos años intentando deciros los libros que son buenos. ¡Y no escucháis! ¡No estáis escuchando! ¡Os limitáis a salir por ahí y comprar ese maldito libro! ¡Y lo peor de todo es que no podemos deteneros! Podemos deciros que es basura, que no es relevante, que es el peor de los escapismos, que fue escrito por un autor que nunca iba a nuestras fiestas y a quien no le importaba lo que pensábamos, pero por desgracia la ley os permite seguir sin escuchar. ¡Sois estúpidos, estúpidos, estúpidos!».
Y, de nuevo, nadie escuchó. En lugar de eso, un par de años después, una encuesta de un periódico nacional, Millenium Masterworks, escogió cinco obras de lo que aproximadamente podría llamarse «ficción narrativa» entre las cincuenta mejores «obras maestras» de los últimos mil años y, sí, allí estaba El Señor de los Anillos una vez más.
La Gioconda también se encontraba entre las cincuenta mejores obras maestras. Y confieso que sospecho que muchos de los votantes la escogieron por una reacción automática puramente cultural, poco sincera pero bienintencionada. ¡Rápido, rápido, dígame las mejores obras de arte de los últimos mil años! Esto… esto… bueno, la Gioconda, claro. Bien, bien, ¿y ha visto usted la Gioconda? ¿Se quedó a mirarla? ¿Lo cautivó su sonrisa, lo siguieron sus ojos por la estancia y de vuelta al hotel? Esto… no, no exactamente… pero, eh, bueno, es la Gioconda, ¿de acuerdo? Tiene que incluir la Gioconda. Y el tipo con la hoja de parra, sí. Y la mujer sin brazos.
Eso es sinceridad, en cierto modo. Es un voto por el buen gusto de vuestros conciudadanos y de vuestros antepasados también. El hombre de la calle sabe que votar un cuadro de unos perros jugando al póquer probablemente no sea, en un contexto de mil años, una decisión muy sensata.
Pero El Señor de los Anillos, me imagino, se incluyó cuando la gente dejó a un lado la cultura y se limitó a votar por lo que le gustaba. No todos somos capaces de plantarnos delante de un cuadro y sentir que abre nuevos horizontes en nuestra mente, pero sí podemos —la mayoría de nosotros— leer un libro de masas.
No recuerdo dónde estaba cuando dispararon a John F. Kennedy, pero recuerdo exactamente dónde y cuándo leí por primera vez a J.R.R. Tolkien. Fue el día de Nochevieja de 1961. Estaba haciendo de canguro para unos amigos de mis padres mientras todos se habían ido a una fiesta. No me importaba. Ese día había sacado ese tocho de tres tomos de la biblioteca. Los niños del colegio me habían hablado de él. Tenía mapas, decían. Eso me gustó desde el primer momento, me parecía un buen indicador de calidad.
Había esperado bastante tiempo ese momento. Ya entonces era de esa clase de niños.
¿Qué recuerdo del libro? Recuerdo la visión de unos bosques de hayas en la Comarca; era un niño de campo y los hobbits caminaban por un paisaje que, dejando a un lado la extraña evolución de las casas, era muy similar al lugar donde me había criado. Lo recuerdo como una película. Allí estaba yo, sentado en un sofá estilo años sesenta bastante frío en una habitación más bien vacía; pero en los bordes de la alfombra empezaba el bosque. Recuerdo la luz verde que venía de los árboles. Nunca he vuelto a sentirme tan metido en una historia.
Recuerdo el sonido de la calefacción al apagarse y que la habitación se iba enfriando, pero todo eso sucedía en el horizonte de mis sentidos y no era relevante. No recuerdo haber vuelto a casa con mis padres, pero recuerdo que me quedé sentado en la cama hasta las tres de la mañana, leyendo. No recuerdo haberme dormido. Recuerdo haberme despertado con el libro abierto sobre el pecho, y haber buscado la página y haber seguido leyendo. Tardé, oh, unas veintitrés horas en llegar al final.
Entonces tomé el primer libro y volví a empezar. Me pasé un buen rato contemplando las runas.
Confieso que ya estoy viendo a mi alrededor un círculo de nuevos rostros, ansiosos pero amables: «Me llamo Terry y solía dibujar runas enanas en las libretas del colegio. Empecé con las rectas, ya sabes, ésas las puede hacer todo el mundo, pero luego fui profundizando y antes de darme cuenta estaba haciendo las runas curvas y con puntos de los elfos. Espera… eso no es lo peor. Antes de escuchar siquiera la palabra “fandom” me puse a escribir ficción fantástica como aficionado. Escribí una historia mezclando géneros en la que trasladaba Orgullo y prejuicio de Jane Austen a la Tierra Media; a los demás chicos les encantó, porque una clase de niños de trece años con granos volcánicos y ansias en el bajo vientre no es el mejor lugar para apreciar la elegante prosa de Jane Austen. El trozo en que los orcos atacaban la casa del párroco era muy bueno…». Pero más o menos en ese momento, supongo, el grupo de apoyo me expulsaría.
Estaba extasiado. Volví a la biblioteca y hablé de esta guisa: «¿Tenéis más libros como éstos? ¿Con mapas? ¿Y runas?».
El bibliotecario me dirigió una mirada de ligera desaprobación, pero terminé con Beowulf y un libro de sagas nórdicas. El hombre tenía buena intención, pero no era lo mismo. Alguien había necesitado varias estrofas sólo para decir quiénes eran.
Pero eso me llevó a los anaqueles de Mitología. Los libros de Mitología estaban junto a los de Historia antigua. Qué diablos… todo eran tíos con cascos, ¿no? Sigue, sigue… ¡a lo mejor hay un anillo mágico! ¡O runas!
La búsqueda desesperada del efecto Tolkien me abrió un nuevo mundo, y fue éste.
La historia que se enseñaba en los colegios británicos se centraba en reyes y acciones del Parlamento, y estaba llena de gente muerta. Tenía una estructura algo extraña, mecánica. ¿Qué sucedió en 1066? La batalla de Hastings. Puntuación máxima. ¿Y qué otra cosa pasó en 1066? ¿Qué significa qué otra cosa pasó? La batalla de Hastings era lo que correspondía a 1066. Habíamos «tenido» a los romanos (llegaron, vieron, se dieron unos baños, construyeron unas carreteras y se fueron) pero mi lectura privada coloreaba la imagen. No habíamos tenido a los «griegos». En cuanto a los imperios de África y Asia, ¿hubo alguien que los «tuviera»? Pero eh, mira este libro; estos tíos no usan runas, son todos dibujos de pájaros y serpientes; pero, mira, saben cómo sacarle a un rey el cerebro por la nariz…
Y seguí, cultivándome de la mejor manera posible, que es pensando que estás divirtiéndote. ¿Habría sucedido en cualquier caso? Es posible. Nunca se sabe qué es lo que puede desencadenar una serie de acontecimientos. Pero El Señor de los Anillos cambió mis hábitos de lectura. Ya disfrutaba leyendo, pero este libro me abrió las puertas al resto de la biblioteca.
Solía leerlo una vez al año, en primavera.
Me he dado cuenta de que ya no lo hago, y no sé por qué. No es por el lenguaje denso y en ocasiones pesado. No es porque el paisaje tenga más carácter que los personajes, o por la falta de relevancia de las mujeres, o por otros defectos imaginarios o reales según los códigos sociales actuales.
Es simplemente porque tengo la película en la cabeza, y lleva allí cuarenta años. Todavía recuerdo el verde luminoso de los bosques de hayas, el aire helado de las montañas, la aterradora oscuridad de las minas enanas, las plantas de las laderas de Ithilien, al oeste de Mordor, resistiendo aún a la sombra que avanza. Los protagonistas no aparecen mucho en la película, porque para mí nunca fueron más que figuras en un paisaje que era el héroe en sí mismo. Lo recuerdo con tanta claridad como —no, ahora que lo pienso, con más claridad— muchos lugares que he visitado en lo que nos gusta llamar el mundo real. De hecho, es extraño escribir esto y darme cuenta de que recuerdo fragmentos del paisaje de la Tierra Media como si fueran lugares reales. Los personajes no tienen rostro, son meros puntos en el espacio del que surgen los diálogos. Pero yo fui a la Tierra Media.
Supongo que el viaje era una forma de escapismo. Aquello era un crimen terrible en mi colegio. Es un crimen terrible en la cárcel; al menos, es un crimen terrible para un carcelero. A principios de los años sesenta, la palabra no tenía significados positivos. Pero tanto se puede escapar a como de. En mi caso, escapar fue como lo contó Tolkien en su Árbol y hoja. Empecé con un libro, y eso me llevó a la biblioteca, y eso me llevó a todas partes.
¿Sigo pensando, como pensaba entonces, que Tolkien fue el mejor escritor del mundo? En el sentido estricto de la palabra, no. Uno puede pensarlo a los trece años. Si sigue pensándolo a los cincuenta y tres, hay algo que no va bien en su vida. Pero se junta todo en el momento y el lugar adecuados: libro, autor, estilo, tema y lector. Fue un momento mágico.
Y seguí leyendo; y, cuando uno ha leído bastantes libros, con el tiempo se convierte en escritor.
Un día estaba firmando libros en una librería de Londres y la siguiente de la cola era una señora que llevaba lo que, en los años ochenta, se llamaba «traje de poder» a pesar de su cómica carencia de armadura de titanio y armas de protones.
Me tendió un libro para que se lo firmara. Le pregunté cómo se llamaba. Dijo algo entre dientes. Le pregunté otra vez… después de todo, había mucho ruido en la librería. Volvió a decir algo entre dientes, que no pude descifrar muy bien. Cuando abrí la boca para hacer el tercer intento dijo: «Me llamo Galadriel, ¿vale?».
Yo dije: «¿Acaso nació usted en una plantación de cannabis de Gales?». Ella sonrió, sombría. «Fue en una caravana, en Cornualles —dijo—, pero no va usted por mal camino».
No fue culpa de Tolkien, pero recordemos con amistad y simpatía a todos los Bilbos que hay por ahí.