EL DESPERTAR DE LOS ELFOS
POUL ANDERSON
Todos tenemos una enorme deuda con J.R.R. Tolkien, los escritores quizá más que los lectores. Él nos proporcionó el mejor libro fantástico de nuestra época, un libro que además ocupa un lugar privilegiado en el conjunto de la literatura mundial. Sólo Lord Dunsany es una figura comparable, pero la influencia de Tolkien ha sido mucho mayor.
Ambos bebieron de nuestras fuentes literarias y culturales, de Homero y la Biblia en adelante. Enseguida hablaré de eso. Antes me gustaría contar una vieja historia. No tengo el propósito de fanfarronear, sino de ofrecer un ejemplo personal de cómo ha operado esa influencia. Es posible que haya muchas otras personas con historias —de muchos tipos— para contar, y espero que algunas lo hagan.
A principios de la década de los cincuenta, mi esposa y yo conocimos a Reginald Bretnor y a su mujer. Gracias a eso surgieron numerosas y agradables conversaciones, para beneficio considerable de la industria vinícola californiana, y una amistad que sobrevivió a la muerte prematura de ella y terminó con la de él, hace unos ocho o nueve años. La amistad se hizo tan estrecha que él no sólo nos habló de El Hobbit, sino que nos prestó su ejemplar de la primera edición. Por tanto, tuvimos que buscar uno para nosotros, y luego, después de oír hablar de El Señor de los Anillos, comprarlo y devorarlo.
Era la primera edición inglesa, tres tomos que aparecieron a lo largo de un período de más de un año. La espera se nos hizo muy larga. Es posible que a los lectores actuales les cueste imaginarse cómo fue: meses esperando para saber cómo entrarían Frodo y Sam en el País de la Sombra, y luego más meses para saber qué le pasaría a Frodo en manos del enemigo.
(Eso explica el habitual error de decir que El Señor de los Anillos es una trilogía. No lo es. Es una novela unificada, publicada en fragmentos por razones comerciales).
Con todo, no éramos los únicos entusiasmados. La gente hablaba de él con vehemencia en las convenciones de ciencia ficción. Hubo quien puso música a las canciones y las cantó, como las de ese otro espléndido libro fantástico, Silverlock, de Myers Myers. De hecho, es señal de estima y afecto que surgiera una balada divertidísima, la «Canción de marcha de los orcos», con la melodía de «Jesse James».
Así, se corrió la voz. En aquel entonces, la editorial de libros de bolsillo Ace Books tenía otros dueños y otra dirección. Estados Unidos no se había adherido aún a la International Copyright Convention, y en general la ley de derechos de autor necesitaba algunas modificaciones. Ace vio un amplio vacío legal y sacó una edición de bolsillo norteamericana sin ni siquiera pedir permiso.
Eso despertó la indignación de quienes sabían lo que eso significaba; pero fueron pocos en comparación con los lectores corrientes que compraron los libros de buena fe. Tolkien atrajo a los jóvenes de los sesenta con imágenes de paz y belleza natural, su profanación, la lucha de un puñado de seres intrépidos contra un mal que parecía invencible; sin duda, un ambiente encantador, extraño, una narración que atrapaba y no lo soltaba a uno hasta el final, un mundo entero imaginado tan completa y vívidamente que parecía del todo real.
Oh, sí, todo esto no son más que tópicos y apenas rozan la verdad. El Señor de los Anillos es mucho más. Trata de cuestiones fundamentales e intemporales, de la naturaleza del bien y del mal, del hombre, de Dios. Por eso, además y por encima de su amena lectura, pervive, y sin duda pervivirá, como es el caso de las obras de Shakespeare o Alicia en el País de las Maravillas o Las aventuras de Huckleberry Finn.
El respeto que sentía por Edmund Wilson se esfumó cuando, en una exposición larga y pretenciosa, dijo que El Señor de los Anillos era una obra infantil. Lo reconozco, nunca tuve una opinión especialmente alta de los críticos. «Los que saben, saben. Los que no saben, enseñan. Y los que ni siquiera saben enseñar se convierten en críticos». Para ser justos, debe admitirse que algunos colegas de Wilson veían las cosas de otra manera, y hoy en día Tolkien está completamente aceptado en los círculos literarios.
Me he ido por las ramas. Volvamos a los hechos.
El robo no me indignó, me puso completamente fuera de mí. Juré delante de amigos que Ace no volvería a publicar nada mío mientras la cuestión no se hubiera resuelto para satisfacción del profesor Tolkien. Pude cumplir mi palabra cuando la compañía me propuso hacer una reimpresión. La editorial que entonces me publicaba en tapa dura, Doubley, aunque tenía derecho a la mitad del dinero, apoyó mi negativa. Me gusta pensar que eso añadió un poco de presión a Ace. Es una divertida nota a pie de página que poco después otra editorial de libros de bolsillo hiciera una oferta más alta a mi agente por el mismo libro.
Sea como sea, en última instancia Ace cedió y llegó a un acuerdo que incluía la cesión de los derechos norteamericanos a la editorial Ballantine Books, muy bien considerada. Para asegurar los derechos de autor, Tolkien realizó unos pocos cambios en el texto. No estoy seguro de cuáles fueron, no pueden ser importantes. Desde entonces, El Señor de los Anillos no ha dejado de reeditarse.
Otra nota a pie de página: firmé la paz con Ace, y ellos publicaron un par de libros míos —faute de mieux por ambas partes— antes de que Tom Doherty adquiriera la empresa. Él es un hombre con un gran sentido de la ética, que entre otras cosas pagó medio millón de dólares a unos autores en concepto de derechos de autor que según una auditoría no se les habían pagado en su momento, a pesar de no tener ninguna obligación legal de hacerlo. Ace ha recuperado el buen nombre.
Naturalmente, el éxito de El Señor de los Anillos causó un resurgimiento de El Hobbit y de todos los demás escritos de Tolkien, a excepción de los textos estrictamente eruditos, y es posible que también éstos puedan conseguirse con facilidad. Algunos son profundos, otros constituyen un placer absoluto, y otros, sinceramente, me dejan un poco frío. Eso sólo demuestra que la obra de Tolkien es más amplia que mi mente, y no tengo por qué aburriros con los detalles.
De igual modo, El Señor de los Anillos despertó un interés nuevo por la literatura fantástica pura. Ese interés siempre había existido. Es probable que las primeras historias jamás contadas fueran fantásticas. Junto a Ung, el relato cavernícola del grande que escapó, los humanos debieron interrogarse sobre el mundo, los días y las noches, las estaciones y las criaturas, la vida, el nacimiento, la muerte, la suerte, el amor y todos los misterios. Lo único que podía ayudarles a comprender era la imaginación. Así surgieron la religión, las artes mágicas, el folclore.
Al menos desde Homero, probablemente desde antes y no sólo en Occidente, hasta no hace mucho tiempo, la fantasía fue la corriente principal de la literatura. Cierto es que los relatos «realistas», es decir, aquéllos sin ningún elemento que hoy consideremos imposible, también son muy antiguos. Se convirtieron en la literatura dominante y la mejor considerada durante el siglo XIX, época en la cual la burguesía pujante prefería leer sobre sí misma que sobre tierras fantásticas y abandonadas. (No hay en esto un esnobismo invertido. Después de todo, el género incluye muchas obras como Guerra y paz. Además, no es completamente diferente de la fantasía. ¿Dónde, por ejemplo, situaríais Moby Dick?).
Unos pocos autores que escribían sobre el aquí y el ahora siguieron haciendo ocasionalmente obras fantásticas. Por mencionar sólo uno, las de Rudyard Kipling se cuentan entre sus mejores creaciones. Algunos, como James Branch Cabell, se recuerdan sobre todo por sus obras de este tipo. La primera de E. R. Eddison apareció en los años veinte, y Silverlock, ya mencionada, lo hizo en 1949. No obstante, por muy apreciadas que fueran por los entendidos, no tuvieron muchos seguidores. (Jurgen sí, pero como succès de scandale, y ningún otro libro del autor tuvo unas ventas como las de aquella breve temporada). The Saturday Evening Post, la voz semanal de la clase media, apenas publicaba literatura fantástica, a excepción de las obras de Stephen Vincent Benét. Etcétera.
Incluso los mercados que alimentaban la literatura más imaginativa se consagraron sobre todo a la ciencia ficción, o al menos a lo que ellos podían etiquetar como ciencia ficción. No se trató del cambio de marea que podría parecer. Durante la vida de The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Anthony Boucher me comentó una vez que, a juzgar por las cartas que recibía, la mayoría de sus lectores preferían la fantasía a la ciencia ficción, pero no lo sabían. Es más fácil, por ejemplo, en términos de los conocimientos científicos actuales, justificar la vida después de la muerte y al menos la existencia de un Dios que la posibilidad de viajar en el tiempo o moverse más rápido que la luz.
En otras palabras, el público lector conservaba un deseo tácito por la fantasía pura. Y entonces Tolkien irrumpió en el mundo editorial. El resto es historia.
El resurgimiento del género abarcó lo que sus seguidores denominan fantasía heroica. En ese género, los héroes, normalmente masculinos pero a veces femeninos, luchan contra terribles dificultades en un escenario arcaico. Ese escenario puede ser histórico, pero la mayoría de las veces es imaginario; no ha habido ninguna revolución científica o industrial; las fuerzas y los seres sobrenaturales son reales. Eddison escribió este tipo de literatura a un altísimo nivel, mientras que Robert E. Howard lo hizo con una calidad inferior. Como siempre, hay casos que están en la frontera entre ambas categorías, por ejemplo algunas historias de L. Sprague De Camp y Fletcher Pratt, pero no me demoraré en ellos más que para recomendar encarecidamente a estos dos en concreto.
El Señor de los Anillos es fantasía heroica. Es muchas cosas más, pero estos elementos son definitivamente partes integrales de la obra. Su asombrosa popularidad dejó al descubierto una demanda latente. No tardaría en llegar más material, y su cantidad no ha disminuido desde entonces.
Podemos dejar a un lado los derivados, los derivados de los derivados y, cómo no, las cosas para las que se ha acuñado el término despectivo de «genérico». Han aparecido obras satíricas y divertidísimas de Esther Friesner y Diana Wynne Jones, entre otros. Recordad la sentencia de Theodore Sturgeon, «El noventa por ciento de esto es basura», y juzgad el género por lo mejor y no por lo peor, como juzgamos las historias de amor por Romeo y Julieta y no por los culebrones. Ha habido y hay obras excelentes.
Algunos veteranos se han visto beneficiados, también, quizá sobre todo Jack Vance y Robert Silverberg. Permitidme ahora que me ponga personal una vez más, porque mi experiencia nos lleva de nuevo al propio Tolkien.
Hace mucho, mucho tiempo, creo que probablemente en 1948, escribí una novela de fantasía heroica, La espada rota, que estaba inspirada en los mitos, las sagas y el folclore de Escandinavia. Fue rechazada por un editor tras otro, aunque algunos lo hicieron con pesar, porque no creían que pudieran venderla. Por fin halló una editorial, que hizo una impresión, casualmente en 1954, el mismo año que salió a la luz La Comunidad del Anillo, y la dejó morir.
El boom que siguió a Tolkien permitió que el difunto Lin Carter volviera a publicar una serie de obras fantásticas anteriores en Ballantine. Entre ellas se encontraba La espada rota. Como entretanto había aprendido muchas cosas sobre el arte de escribir y, concretamente, sobre el combate medieval, aproveché la oportunidad para revisarla: la misma historia, pero —esperaba yo— mejor contada. La nueva versión apareció por primera vez en 1971. Posteriormente, he gozado de la libertad de vagar por el ámbito de la fantasía siempre que he querido. Ésa es una buena razón para admitir que estoy en deuda con Tolkien.
Una de sus principales fuentes era idéntica a la mía. También se inspiró en otras, sobre todo la Biblia y la tradición cristiana. Hablaré de eso más tarde. Sin embargo, en el ámbito profesional fue un estudioso y un traductor de la literatura escrita en inglés antiguo y medio. Su largo ensayo «Sobre los cuentos de hadas» explora el significado y el poder de los cuentos populares de esa época, que también le inspiraron.
Sus orcos y trolls provienen del Norte. No creo que sea ése el caso de los elfos, exactamente; eso es algo que vale la pena estudiar más a fondo.
Regreso a La espada rota sólo para comparar. También en mi libro aparecen elfos y trolls. De hecho, la historia trata de una guerra que los enfrenta. Pero estos elfos son muy diferentes, una diferencia que Tolkien habría admitido inmediatamente.
Permitidme parafrasear mi introducción a la edición revisada. El año 1018, el skald[1] Sighvat Thordarson hizo un viaje invernal a Suecia por orden de su señor, el rey Olaf de Noruega, luego conocido como san Olaf. En aquel entonces la mayor parte de Suecia era pagana. Buscando un refugio para pasar la noche, Sighvat rechazó tres casas sucesivas, un comportamiento extraordinario en aquel entonces, por razones religiosas. Tal como relató en un poema que compuso al respecto:
«Para que Odín no se enfurezca,
¡marchaos!», dijo la mujer.
«Somos paganos aquí y estamos celebrando
una velada sagrada, ¡desgraciado!».
La anciana que tan poco cristianamente
me echó del recinto
reveló que iban a ofrecer
una velada a los elfos.
Las sagas mencionan otros sacrificios en su honor, y una ley según la cual los barcos de guerra que se aproximaran a una orilla amiga debían desmontar sus feroces mascarones de proa, para evitar que se ofendieran los vigilantes de la costa.
Así, vemos que los elfos surgieron como dioses o semidioses locales. El Heimskringla habla del pequeño rey de una región de lo que entonces aún no era Noruega, enterrado con lujosos objetos funerarios en un enorme túmulo. Llegó a considerársele como un espíritu tutelar que recibía ofrendas y al que se conocía como Olaf Geirstad-Elf. Las leyendas sobre la Colina del Elfo deben de provenir de este tipo de acontecimientos.
Los Eddas hablan de elfos «claros» y «oscuros», aunque con bastante vaguedad. Parece que al menos algunos de los elfos claros servían en Asgard, y los oscuros podían ser los enanos, que también son importantes en Tolkien. Pero es posible que fueran una invención de los poetas y narradores de la era cristiana, que durante dos o tres siglos siguieron utilizando los antiguos motivos. En cualquier caso, tienen poco que ver con el concepto de los elfos ya sea como dioses menores o como equivalentes aproximados a las dríadas y las oreas clásicas o los kami japoneses.
Ellos significaban mucho para los antiguos pueblos germánicos. Es muy posible que para la mayor parte de los habitantes de los páramos y las granjas solitarias fueran mucho más reales e inmediatos que los grandes dioses, de quienes probablemente estas gentes apartadas conocieran sólo fragmentos de historias, si es que los conocían. En los nombres hallamos huellas de su importancia: por ejemplo, «Alfredo» significa «consejo élfico».
Ahora bien, originalmente los dioses paganos eran tan despiadados como las fuerzas naturales y los conflictos mortales a los que encarnaban. Homero, en la forma editada que ha llegado hasta nosotros, y Hesíodo no pueden encubrir esta cuestión por completo. Por ejemplo, vemos a Aquiles masacrando a los cautivos troyanos en el funeral de Patroclo, para honrarse a sí mismo y para obtener la ayuda del Otro Mundo. En ocasiones los sacrificios humanos se hacían directamente a Odín, Tor y Frey. Los elfos siguieron viviendo en las creencias populares mucho después de la conversión al cristianismo. Conservaron su antigua crueldad y tendencia al engaño. Y así, en la balada medieval danesa «Elfshot», cuando un caballero se encuentra con una danza élfica realizada a la luz de la luna y declina unirse a ella, vuelve a casa moribundo.
Fue esa idea de los elfos la que recuperé: hermosos, cautivadores, amantes del placer, dadores de grandes recompensas a sus favoritos humanos —como en la balada fronteriza de True Thomas—, pero en última instancia sin alma o compasión.
Con el paso de los siglos fueron perdiendo cualidades. En la época de Isabel I ya se habían convertido en los duendes impulsivos pero civilizados del Sueño de una noche de verano, y para la época victoriana habían degenerado hasta convertirse en unos hombrecillos amanerados. No obstante, quienes amamos la tradición nórdica recordamos a los elfos de antaño.
Tolkien se inspiró en sí mismo, no se limitó a imitar, sino que creó. Conserva la antipatía de los trolls y los orcos. Hizo a los enanos menos ambiguos, más atentos y fiables que los de los antiguos relatos. Los elfos experimentaron una transformación absoluta.
Por supuesto, él sabía exactamente lo que estaba haciendo, y lo hizo extraordinariamente bien. Sus elfos son tan reales como el resto de los personajes de la obra, serios y valientes, poderosos y poéticos, melancólicos y capaces de hacer cosas maravillosas, un ideal inalcanzable, y sin embargo incuestionable. En mi opinión, es evidente que en este aspecto se basó en la Biblia y expresó su propia fe. Como dice mi esposa, Karen, estos elfos son como serafines.
Los eruditos, Tolkien con ellos, han hallado que Beowulf no es un relato pagano glosado por los monjes, sino un texto profundamente cristiano de principio a fin, aun cuando esté situado en una época anterior. Frodo el de los nueve dedos puede situarse al lado de la ruina de Grendel.