FET y de las JONS: la paradójica victoria de un fascismo fracasado (Ricardo L. Chueca)
RICARDO L. CHUECA
FET Y DE LAS JONS: LA PARADÓJICA
VICTORIA DE UN FASCISMO FRACASADO
Hace ya bastantes años un excelente historiador hizo explícito por escrito un aserto, que no por evidente pierde vigencia: la historia se hace siempre desde el presente[1]. Tal obviedad presenta para el caso que nos ocupa algún inconveniente.
La larga duración del régimen del general Franco y las diferentes etapas por las que ha transcurrido ha llevado a veces a errores de perspectiva no siempre involuntarios. Uno de los llamémoslos errores ha consistido en invertir la lógica de la historia, tomando lo pasado como etapa de un proceso previsto en la mente de alguien que sentaba a su vez las bases de la evolución siguiente[2]. En el caso que nos ocupa, esta singular visión del proceso histórico se apoyaba paradójicamente en las deficiencias que Falange tuvo como partido fascista. Así, cada fracaso del partido en el pasado se tornaba activo político para el presente. Hasta el punto de que no parece lejano el día en que quepa afirmar que un régimen totalitario fue el que instauró la democracia en España, del mismo modo que todos descendemos de nuestros primeros padres.
En términos ideológicos este proceso de desnaturalización histórica de Falange comenzó a producirse hace años mediante la conversión en mera anécdota de las; categóricas expresiones de totalitarismo fascista vertidas por los jerarcas del partido o del Estado. La nítida afirmación totalitaria se desvirtuaba e incluso se hacía desaparecer de los textos escritos como si nunca hubiese sido proclamada.[3] La evidencia de no haberse podido realizar, como el propio presente político demostraba, potenciaba la verosimilitud de que aquel proyecto nunca existió. Lo que no se decía es que no se pudo llevar su existencia más allá, que el partido no dio más de sí. Y menos todavía se hablaba de las razones por las cuales el proyecto original fracasó. Antes bien, al contrario, mediante los pertinentes reajustes orgánicos se reforzaba políticamente la evidencia de lo ideológicamente denostado.
El insistir ahora en la averiguación de las causas políticas por las que Falange fracasó en su proyecto fascista autónomo resulta así ser un cometido necesario. Necesario para intentar demostrar que lo que falló en FET y de las JONS no fue la fidelidad ideológica sino la aplicación en términos de estructura de una concepción ideológica netamente fascista. Necesario porque la supervivencia del partido y la estabilidad del régimen se pagó gustosamente en términos del propio fracaso político, aceptando una subordinación impropia de un partido que se decía fascista. Necesario, en fin, porque todo ello acabó siempre traduciéndose en el reforzamiento de un régimen del que durante largo tiempo se afirmó con toda justicia su carácter totalitario. Que en definitiva se quiso, pero no se pudo. Y que cada revés político para el partido, en la medida en que se producía en un nivel inalcanzable para él, daba razón del alto precio a pagar por su privilegiada situación y reforzaba un régimen que necesitaba de tales afrentas para su mayor estabilidad.
I
Lo que denominamos paradoja falangista tiene su origen último en una afirmación vertida por Linz, Falange Española nació mal y tarde, fue un latecomer[4]. Cuando surge ya nadie se mofa del fascismo en Europa. Pero tampoco llegó a su hora por lo que se refiere al sistema republicano de partidos. Un partido de 6000 militantes, como mucho, hasta las vísperas de la guerra civil, que no llegó a alcanzar el 2 por 100 de sufragios en ninguna convocatoria electoral, era sin duda un partido fracasado. Y en ello había razones políticas profundas. La disuasión que la CNT ofrecía por el lado de la clase obrera y la boyante CEDA por el de las clases medias dejaba escaso el margen de maniobra[5].
Las cosas no cambiaron significativamente hasta la primavera de 1936 tras el descalabro electoral de la derecha que, como es sabido, se convierte ya únicamente en un centro de conspiración golpista. Falange comienza aquí lo que interpreta como el comienzo de su gran éxito. Al partido comienzan a llegar militantes, dinero y los jóvenes radicales de las JAP dispuestos a poner en práctica el mensaje implícito en su organización en la creencia de que sólo el uso de la pistola separaba a la CEDA de Falange[6]. FET y de las JONS era por lo demás víctima de fenómenos contradictorios: por una parte, la derecha se pronunciaba por el golpe militar que ellos habían propugnado desde 1935 y sus afiliados aumentaban día a día; pero de otra, su papel en la conspiración en vías de producirse era políticamente marginal. Había además un elemento de especial importancia cuya trascendencia no se alcanzó a valorar correctamente: el aluvión de nuevos militantes que en muy poco espacio de tiempo superó en número a los veteranos. Neófitos que aterrizaban, y nunca mejor dicho, sobre una organización declarada clandestina y desmantelada en su estructura central por la represión policial de que fue objeto tras la victoria electoral del Frente Popular. Se verá hasta qué punto la escasa capacidad de adoctrinamiento y organización, de disciplina en fin, tan necesaria en un partido fascista, se convierte ahora en nefasta con el desembarco de tantos y tales camaradas. Posteriormente, el partido comenzará a recibir una cantidad imprecisa pero importante de emboscados que agravará el problema todavía más.
Al comenzar la guerra la situación ofrece nuevos elementos positivos. La adecuación al conflicto bélico es tan rápida que Falange desempeñó durante los primeros tiempos la función de reclutamiento de combatientes en cantidades importantes. No en balde era el primer grupo político que se había inclinado explícitamente por la solución violenta ahora iniciada. Además, la coyuntura internacional de apoyo a los sublevados descansaba en Roma y Berlín. La organización se volcó con todas sus energías en la empresa bélica, máxime cuando parecía disponer de las mejores cartas en tan crucial envite. Sin embargo, en la opción se contenían graves errores de análisis como los hechos iban a demostrar posteriormente.
En Falange siempre se sostuvo un erróneo punto de partida: la guerra civil como equivalente de una conquista fascista del poder político, como sucedáneo del proceso de penetración social y político realizado en Italia y Alemania. Las escaramuzas en el frente se confundían con la acción de los grupos de choque callejeros, olvidando así las derrotas sucesivas que Falange había encajado durante la lucha política librada con los partidos republicanos. No reparaba tampoco en el palmario fracaso que para un partido que se decía fascista supone el desencadenamiento de una guerra civil que demostraba en último término su incapacidad política. En escasos meses de guerra se constató lo obvio: aquello era una empresa militar librada y dirigida por un ejército cada vez más regularizado.
Falange se convirtió en muy poco tiempo en el símbolo político más significado del bando alzado, al tiempo que en máquina bélica auxiliar, en una loca carrera por representar un papel en el que nunca podía competir con su sujeto natural: un ejército cada vez más celoso de sus atribuciones.
Los líderes falangistas no parecían percibir que estaban sellando de modo indeleble una dependencia esencial. Su propio éxito político dependía del resultado de una guerra. Si ésta se ganaba seguirían dependiendo del vencedor, que era además el único poder existente, el ejército. Por eso ya en la propia guerra la trayectoria política de Falange hay que interpretarla a partir de ese dato esencial, no por tanto desde el partido sino desde los centros de decisión político-militar a los que sólo en la segunda mitad de la guerra pudo acceder Falange. Tan peculiar situación de subordinación no exculpa a sus líderes, sino que antes bien agrava su fracaso político. A partir de este momento Falange se constituirá como una organización política que constituye su legitimidad, su única legitimidad, sobre los cimientos de una guerra entre compatriotas: el máximo baldón para un partido fascista.
II
Tal punto de partida se sustanció rápidamente en sus estrictos términos. El general Franco alcanzó la jefatura del partido porque ya lo era del Estado, cargo al que a su vez accedió a partir de la cooptación de sus compañeros sublevados como jefe militar supremo. Esto era para Falange un dato, el gran dato, incontrovertible.
La unificación, la creación del partido único, no fue tampoco el punto de llegada de un proceso político. Más pragmáticamente, se trató de una salida en forma de decreto a un problema de «orden» dentro de las filas políticas de los sublevados, por demás entecas, pues cuando la unificación se decreta no hay ni por asomo una estructura política digna de denominarse tal.
Había otro objetivo tras la unificación, aunque contara en su origen con muy escasos partidarios si se exceptúa a los propios falangistas. Se trataba del enojoso problema de poner límites a la movilización política iniciada en la segunda República y para lo que el Estado tradicional no contaba con estructura ni instrumentos adecuados. A tal fin, el partido acometería la función de adoctrinamiento y propaganda, de control y de neutralización del elevado porcentaje de españoles contrarios o indiferentes a lo que la nueva España significaba. Ahora bien, nunca se insistirá bastante en que este cometido se dio como sobrevenido y que para una parte significativa de los grupos políticos que apoyaron el alzamiento militar tal oferta era absolutamente Contraria a sus designios políticos. De ahí que se deba de tomar con reservas cualquier consideración que aluda a que ese objetivo estaba prefigurado en la propia unificación.
Función que además FET y de las JONS no era capaz de cumplir. A su insuficiencia originaria sobradamente contrastada debía de añadirse ahora una indisciplina generalizada que tenía su origen en la inversión de valores y jerarquías que toda guerra genera. Sólo tenía verdadero poder quien disponía de fuerza armada. Así, un jefe de una partida falangista suficientemente numerosa acababa siendo, en la práctica, incluso formalmente, jefe político del territorio.
La incompetencia era otro de los males crónicos ahora agravados. El incremento cuantitativo de militantes y la amplia oferta de cargos y funciones políticas a cubrir caía sobre una organización carente de cuadros. Aquí aparecía ya en toda su imagen la primera factura política grave: el partido, que no disponía de unos cuadros forjados en la lucha política por el poder, se encontraba con una gran cantidad de cargos que el «atajo» de la guerra había puesto en sus manos. El increíble criterio de la antigüedad en el partido dio en seguida ocupación a la escasa Falange republicana. Pronto FET y de las JONS al acabar la contienda se encontró con que prácticamente sólo disponía de expertos en el único tema que le estaba prohibido usar: el arte de la guerra.
La inclusión por decreto de una masa de militantes no mejoró las cosas, sino todo lo contrario. En el interior de la organización se acumulaban falangistas de diferente antigüedad y procedencia, tradicionalistas sin interés en dejar de serlo, el reducido pero muy activo grupo de monárquicos y reaccionarios de Acción Española y Renovación siempre en continua conspiración. Una enorme masa indefinida y nunca cuantificada, entre la que no era difícil encontrar a miembros o simpatizantes de todos los partidos del arco parlamentario republicano, completaban el elenco. Aquello parecía más un cuadrilátero para la lucha política, un partido de partidos, que un partido único. Más bien era un único partido. Fácilmente deducirá el lector la patología del tinglado. Cuando en las esferas estatales se producía algún tipo de cambio, rápidamente el partido pasaba a reproducir en su seno —con la mayor fidelidad posible— aquella alteración. Se invertía así la lógica fascista de las cosas.
Pero aún había más. El término de unificación era profundamente inexacto. Se habían unificado las organizaciones políticas, pero no todas las organizaciones de protagonismo político directo vencedoras. La iglesia, repuesta en toda la línea, y un ejército apabullantemente vencedor, no parecían muy dispuestos a compartir nada con la nueva organización[7]. De ahí que FET y de las JONS, integrante de los vencedores, se va a encontrar en una situación política esquizofrénica: su mayor obstáculo en el desarrollo de las funciones políticas que el Estado le encomienda se va a encontrar justamente en esos dos grupos de apoyo del régimen. Es más, el «dinamismo» futuro del régimen es resultado de los términos en que se irán ventilando los diversos conflictos que el paso del tiempo va abriendo entre estos protagonistas, producto de las respuestas sucesivas de un desigual combate.
III
Los supuestos políticos aludidos encontraron inmediatamente su traducción en términos estructurales y organizativos en FET y de las JONS.
Tempranamente se reflejan en los estatutos del partido en las dos versiones que sucesivamente estuvieron vigentes. Ambas se elaboraron con arreglo a las necesidades del sistema político, del régimen. Sólo muy escasamente respondían a las necesidades del partido. Incluso cabe afirmar que, la organización propuesta era netamente lesiva para FET y de las JONS. Orgánicamente se configuraba como una gran estructura burocrática, frente a la hasta entonces casi inexistente, que por lo demás no venía exigida por las circunstancias del momento. En cambio, sí que era profundamente funcional desde el punto de vista del efecto unificador del reparto del botín. La complicación de la estructura burocrática como medio de satisfacer las necesidades personales se convirtió ya en 1937 en una práctica habitual dentro del partido. Este principio corruptor era además bien visto por el propio poder estatal, pues ponía el acento en el encuadramiento estructural, en la burocracia, con perjuicio del desarrollo funcional, frontal y dinámico de la organización.
Por las mismas razones la estructura funcional del partido, el embrión de Estado alternativo en la jerga fascista, no era tal. De los doce servicios o ramas de actuación específicas del partido, cinco respondían a necesidades internas de la organización, confirmando así la propensión a buscar las razones de su existencia dentro de sí mismo, en su propia burocracia pronto rampante. Por el contrario, servicios como las juventudes o los sindicatos sólo tarde, mal y un tanto forzadamente comenzaron a «montarse». A ello contribuían tanto la incapacidad propia como la habilidad de los grupos políticos concurrentes. Fácilmente se comprenderá que con tales y tan ajenos mimbres sólo aislamiento político e incomunicación se podía lograr. Los proyectos de implantación social se alejaban cada vez más.
El trascendental tema, en toda organización política, de la reproducción de los cuadros de mando y del reclutamiento de nuevos militantes acusó también las consecuencias de los dislates falangistas y favoreció a medio y largo plazo un debilitamiento de la organización. Las circunstancias tan especiales en que el partido nació produjeron además un singular fenómeno: Falange batió su record de militantes el día de la unificación a tenor de la lectura del art. 5.º de los Estatutos de 1937[8]. A partir de aquí no va a haber sino un continuo descenso del volumen de militantes, cuyas cifras no conocemos en razón de que tampoco el partido las conoció nunca. Sólo cabe una definición jurídica del volumen de militancia. Fácilmente se comprenderá que el subsiguiente paso de adoctrinamiento y conversión de la militancia en una máquina partidaria operativa propia de un partido fascista jamás se diera.
Hubo ciertamente limitaciones para la entrada en el partido, como la que vedó la admisión directa entre 1941 y 1945. Pero ésta, al igual que las limitaciones fácticas que también se dieron fuera de estas fechas, tenía una razón ya aludida aunque inconfesable: el miedo a aumentar el número de candidatos al reparto del botín político. De modo que las dificultades para ingresar en FET y de las JONS se incrementaban en proporción directa a la presunta valía del candidato. La derogación de la prohibición expresa en la etapa republicana para desempeñar cargos en el partido una vez cumplidos los 45 años cierra la enumeración de los factores que con el paso del tiempo van a propiciar un fenómeno objetivo: el envejecimiento de los cuadros y élites partidarias y la ausencia de renovación. Aquí está el origen de un fenómeno característico del partido que llegará hasta nuestros días: las remociones tendrán naturaleza casi biológica y sus recambios procederán siempre de los cuadros burocráticos.
La desnaturalización de la militancia alcanzó tales cotas que el propio partido se vio obligado a reaccionar ante el triste espectáculo de unas bases que, no sólo no dinamizaban la organización, sino que antes bien la lastraban. La reacción se produjo en forma de sendas purgas aunque quizá sólo la primera fue realmente tal. La purga en una organización totalitaria construida en torno a verdades dogmáticas es el mecanismo de remoción de élites por antonomasia, de modo que los neófitos, mediante la radicalización y profundización del mensaje, fuerzan la movilidad de los titulares del poder. A mi modo de ver, nada de ello se produjo nunca en Falange. Lo más parecido acaeció en 1938, dados los niveles de arbitrariedad que la purga realizada aquel año conllevó. Pero fue ante todo una respuesta defensiva del partido ante el cúmulo de emboscados que motivaron en el resto de los grupos de apoyo del régimen el calificativo de FAI-lange. El tipo de respuesta dada por el partido, la expulsión de algo más de 6000 militantes, da idea de su debilidad política tanto como de su irrelevancia cuantitativa si se atiende a la militancia de entonces.
Más aparatosa fue la revisión de militancia —depuración en la jerga— que se emprendió en 1941 en razón —según rezaba la ordenanza— del apresurado reclutamiento anterior, invitando a los militantes a aclarar las filas del partido a la vista del reparto presente y del futuro que se avecinaba a causa de la próxima victoria del Eje. Precisamente por tratarse de una revisión de la militancia lo que causó fue un efecto negativo sobre el partido que ponía en evidencia así su debilidad. No hace falta decir que por ello mismo no cabía esperar demasiados frutos de la misma. Tampoco estará de más recordar que el entonces secretario general incurría en dos de las causas de expulsión automática y que por supuesto estaba prohibido investigar sobre los militares y los miembros del Consejo Nacional[9].
Sobre estas bases no cabía esperar sino lo que sucedió. El partido se fue reduciendo en volumen al paso de los años, con menos botín que repartir cada vez y con unos militantes que por ser los mismos eran cada vez más viejos.
El partido nunca vertebró al Estado. Más bien todo lo contrario. FET y de las JONS fue desde su origen un instrumento dependiente del Estado, un aparato cada vez más burocratizado en términos de administración del Estado. En seguida dispuso de sus escalafones y concursos de traslado. El desempeño de funciones estatales, en la medida en que se hacía según pautas ajenas a Falange, cuando no contrarias, acabó produciendo un síndrome de funcionarización, una especie de deseo colectivo de convertirse en funcionario del Estado. A partir de la segunda mitad de los cuarenta esta tendencia del aparato es evidente, imparable e irreversible.
El mecanismo de la unión personal tan típico y operativo para un partido fascista alteró radicalmente su significado y naturaleza. De tal modo que era el cargo estatal el que pasaba a encabezar a un tiempo la rama correspondiente del partido, supuesto particularmente sangrante cuando se trataba de personas de notorio y radical antifalangismo[10].
Pero paradójicamente, cuando FET y de las JONS ve desaparecer sus expectativas políticas «por simpatía», a tenor del resultado de la segunda guerra mundial, es cuando más consolidado está su papel como aparato de dominación y control social y político. La derrota de su propio proyecto fascista movilizador resultaba ser así particularmente beneficiosa para la estabilidad y perduración del sistema político surgido de la guerra civil. Un partido intensamente burocratizado y férreamente dependiente de instancias políticas estatales en los temas básicos era algo demasiado útil para lanzarlo al baúl de los recuerdos de las veleidades totalitarias.
IV
Lo aparentemente paradójico de FET y de las JONS estriba en el hecho de que toda derrota y afrenta no minaba ni un ápice sus utilidades políticas. Su situación de dependencia, el fracaso radical de su proyecto fascista, le hacían más útil, más adecuado como aparato especialmente cualificado para reforzar y asegurar la perdurabilidad del régimen surgido de la guerra civil. Todavía más, los conflictos que regularmente surgían con otros grupos de apoyo del sistema eran, habida cuenta de los términos en que se producían, fuente de estabilidad y de consolidación del mismo. Este mecanismo propio de los regímenes totalitarios, tan magistralmente analizados por Arendt y otros, rayaba la perfección en la etapa totalitaria del régimen del general Franco.
Lo peculiar fue el tipo de relación y el mecanismo que traducía positivamente para el aparato estatal la práctica política partidaria. Si exceptuamos los criterios políticos y orgánicos expuestos anteriormente, poco más se puede enunciar con carácter general. Por eso, prácticamente para cada rama del aparato partidario la situación era diferente, como lo eran su eficacia, implantación y alcance.
Quizá la selección que razones de espacio me obligan a hacer sea discutible, pero ilustra en cierto modo dos formas de comportamiento, dos pautas de relación que iluminan lo que de victoria y fracaso hay en Falange. Victoria porque consiguió sellar y fijar en términos políticos el triunfo bélico y su correspondiente traducción en un régimen totalitario: su protagonismo por este concepto está fuera de discusión. Derrota porque cuando el partido intentó forzar, en inmejorables condiciones, el reparto de las cuotas de poder obtuvo siempre un apabullante fracaso político. Más lacerante si cabe que el experimentado en la lucha política abierta durante la segunda República.
Hasta el punto de que no es injusto sostener que Falange fue el partido fascista más fracasado en su intento de lograr un régimen de igual tipo bajo su dominio. Y sin embargo, paradójicamente, fue el más duradero. Protagonista de la construcción de un régimen totalitario famoso por su perdurabilidad, valor supremo de la política.
Prensa y Propaganda, como modelo de función estatal encomendada al partido, y Juventudes, Educación y SEU, como intentos frustrados de implantación autónoma en la sociedad civil, espero que ilustren suficientemente las tesis sostenidas[11].
Prensa y Propaganda
Es uno de los apartados donde el partido se significó más y a su vez uno de los más condicionados desde fuera de Falange. Sus limitaciones siempre fueron nítidas. Se aceptó que era éste tema de Falange, tanto como que una cosa era la gestión y otra muy distinta su dirección. A cambio de la cesión —en precario, como se vería después— de tal encomienda el partido asumió renunciar a la propaganda de modo tácito y progresivo. Y lo que de ésta quedó —casi siempre hacia dentro del partido— se confundió en seguida con el adoctrinamiento, cuestión muy diferente.
A su vez, Falange aceptó una estructura de compromiso que a la larga le supuso gravosos costes. En la opción entre propiedad privada o pública de la prensa se optó por distinguir entre propiedad y control, encomendando éste al partido mediante la emisión de consignas y el control partidario del personal periodístico. A ello había que añadir la censura que orgánicamente nunca dependió directamente del partido, hasta el punto de que hubo frecuentemente falangistas con problemas en este sentido.
El confuso reparto de competencias en la materia entre partido y Estado se complicó a través del endiablado mecanismo de las uniones personales y reales. En la práctica, apareció el partido casi siempre como responsable político de todo lo que pasaba en la Prensa. Aunque no es menos cierto que en el origen fue él quien propició tal estado de cosas con su sistemática política de incautación de medios de prensa.
Terminada la guerra, la propaganda del partido es cada vez más pura censura y éste se vuelca con todas sus fuerzas en los temas de la Prensa y de los medios de comunicación en general. Pero pronto es demasiado poder en manos del partido. Un serio incidente político sirve de motivo para iniciar el proceso de separación mediante la creación de una vicesecretaría que sólo formalmente y en sus inicios dependerá del partido: la vicesecretaría de Educación Popular, pronto con epígrafe propio en los Presupuestos Generales del Estado.
Es la época de la superburocratización, pero es también la época —dicho sea sin demagogia— de la nueva inquisición, la llamada etapa Arias-Salgado. La dependencia orgánica del partido va a servir paradójicamente para lo contrario de lo lógico política y orgánicamente: el vicesecretario va a ser delegado de Prensa y Propaganda del partido, va a censurar cualquier expresión pública del mismo y a controlar las finanzas de sus medios de comunicación.
Muy pronto, el proceso de estatalización se confirmará cuando vientos contrarios soplen en el mundo y la vicesecretaría sea trasladada con los ascensores funcionando al Ministerio de Educación Nacional.
El final fue muy amargo para el partido. Falange, que había creado mediante la rapiña bélica un más que respetable aparato de prensa, acabó dejándose ir de las manos uno de sus más preciados logros. Se confirmaba así que el mecanismo de la encomienda en nombre y por delegación de otro era un mecanismo políticamente precario.
Claro que a cambio FET y de las JONS no quedaba periodísticamente en la calle. Seguía teniendo en las manos la propiedad y el control de la cadena de medios de comunicación más grande que nunca existió en España[12].
Los intentos de penetración social
Cuando el partido intenta logros propios de una organización fascista, atendiendo a una situación política interna y exterior que estima inmejorable, es cuando surgen todos y cada uno de los costos de su privilegiada situación. La contradicción política esencial quedaba así claramente reflejada. Los costos de su privilegiada situación, desde la que se estimaban posibles los logros fascistas, eran precisamente los que ahora los tornaban imposibles.
Extraía su poder político de un fenómeno de protagonismo compartido, la guerra civil, y carecía de unas bases sociales de apoyo definibles como exclusivas. El proselitismo y la recluta de nuevos y fieles miembros se convertía así en una práctica inexcusable de supervivencia y perdurabilidad. Su situación relativa era de clara desventaja. La iglesia, el ejército, el capital habían sido simplemente repuestos en sus privilegiados lugares de antaño y disponían de apoyos y recursos políticos propios. Falange, que tanto había contribuido a tal cambio, no. Sólo políticamente disponía de garantías harto dudosas.
La tarea que tenía por delante se complicaba más al reparar en que de poco le servían los contenidos ideológicos y políticos originales. De la cómoda situación del «anti», propia de un grupúsculo fascista, había que pasar a legitimar lo existente desde una posición de privilegio político exterior e interno. La mitad de la población, cuando menos, era contraria al proyecto político falangista, lo que junto a los indiferentes y a la oposición procedente de entre algunos de los vencedores dibujaba un cuadro poco halagüeño.
Para colmo, el proyecto político del régimen no se identificaba plenamente con el del partido. De aquí surgirá la situación de doble conciencia en los militantes falangistas más coherentes: desde una situación privilegiada denostaban parcialmente de la actuación política del régimen al tiempo que intentaban, en vano claro está, ampliar sus bases sociales de apoyo.
Juventudes
A la hora de la unificación es éste un aparato que aparece como inevitable, algo que la ideología del partido y su talante exigen crear, pero sólo crear. Cuando, tras un lapso de tiempo más que sospechoso, se encara el tema se hace con cierta desgana. Las juventudes del partido se van a entretener en actividades deportivas, culturales y sobre todo religiosas, con arreglo a unos contenidos valorativos de increíble obsolescencia.
Muy pronto, la tímida organización juvenil chocó con lo inevitable: la familia y la iglesia, que le forzaron a una actividad extraordinariamente limitada incluso en términos estrictamente temporales. Rápidamente, la iglesia exigió y obtuvo un tiempo reglado para las actividades del Frente de Juventudes[13]. Por ello, en seguida FET y de las JONS acuñó para tal actividad la idea de rapto (recuérdense los campamentos como forma de apartar al joven de su hábitat «natural»).
Otras limitaciones surgían del propio partido y por puras razones objetivas. Teóricamente, el Frente asumía el encuadramiento de 6,5 millones de jóvenes y esto ya de por sí era un imposible estructural para Falange. De ahí que el Frente jamás asumiera el reto en tales términos. Se ignoró sistemáticamente a los no afiliados. Sólo cuando éstos vinieran a adquirir algún tipo de relevancia social (asistencia a centros de enseñanza o trabajo), el encuadramiento se producía aprovechando tal coyuntura. El reclutamiento era poco más que formal. El mundo rural fue prácticamente ignorado.
El fracaso en el mundo laboral no fue sino el inicio de una política de renuncia a los grandes colectivos sobre un volumen de afiliación qué se situó en una banda de entre el 7,5 y 13 por 100 del potencial colectivo.
En 1944 se produce una reorganización que es en el fondo afirmación explícita de impotencia y humilde vuelta a unos orígenes ya imposibles. El diseño de un tipo de estructura orgánica más acorde con los principios ideológicos y con los objetivos de creación de cuadros fue fundamentalmente expresión de un voluntarismo digno de mejor causa. Un imparable proceso de disminución de la función de encuadramiento y de intensificación de la burocratización producirá, con el paso del tiempo, un singular fenómeno ya aludido: los cuadros del partido serán cada vez más un producto burocrático surgido no de la actividad política sino de la puramente oficinesca.
Educación
Es éste uno de los temas donde la distancia entre sociedad y partido llegó a ser abismal. Quizá por ello, conocedores de la dificultad intrínseca de la cuestión, los escasos líderes que hincaron el diente a asunto tan importante lo hicieron siempre acogidos al poco prometedor principio táctico de que era éste un sector que caería en manos del partido a la hora del triunfo total. Tan simple planteamiento excusaba, además, de esconder las carencias teóricas del partido y de afirmar una situación casi inconfesable: el control de la iglesia sobre el aparato educativo desde el primer momento del golpe de Estado[14].
El partido, además, creía o aparentaba creer que se trataba de la educación política en un marco de movilización totalitaria. Consecuentemente, Falange entendía que el tema quedaba «pendiente» de cumplirse los requisitos previos. Pero otras veces se sostenía con igual rigor que toda educación era política, lo cual era cierto… en el marco de una sociedad totalitariamente movilizada, cosa que estaba por producirse.
Independientemente de estas enunciaciones, siempre coyunturales, lo cierto era que para Falange había en esta cuestión un hecho inconmovible y genuinamente constituyente: la educación era patrimonio de la instancia religiosa que, cuando FET y de las JONS todavía no había reparado en la importancia del aparato educativo, ya había procedido por personas interpuestas a una recatolización radical de todo el sistema creado bajo la segunda República.
Ciertamente, el partido jugó su papel, pero un papel secundario y nunca en el marco de ningún pacto, por la sencilla razón de que no hubo ni pudo haber siquiera amago de enfrentamiento. Sólo cuando las potencias del Eje estuvieron en su punto más álgido acometió Falange la cuestión y de modo muy peculiar y subordinado.
Tras la brutal depuración del cuerpo de maestros y profesores que articuló el ministerio de Sainz Rodríguez, y aun antes de que éste existiera, desde finales de 1936, funcionaba en Burgos una comisión integrada entre otros por Pemán, Toledo y Robles, Súñer, Puigdollers, etcétera, que eran los que iban a establecer los contenidos educativos acordes con el nuevo estado de cosas y que controlarán tan importante parcela durante larguísimos años para mayor gloria de los más reaccionarios postulados.
El partido tiene aquí una función subsidiaria, de «guardia de corps», al encomendársele el control y encuadramiento del personal docente a través de un aparato especializado, el SEM. Paralelamente, el ministro de Educación será siempre el delegado nacional de servicio encargado de ahogar cualquier pretensión falangista por ampliar su campo de acción más allá de lo estrictamente encomendado.
Y es lo cierto que lo encomendado fue formalmente bien ejecutado. La práctica totalidad de los maestros nacionales formaron parte del SEM, es decir, de Falange. Claro que al obtener esta afiliación con artimañas burocráticas, sólo burocráticamente eran miembros del partido. Pero el sistema político tampoco pedía más que un control potencial que previniese frente a los desviacionismos y garantizara la eficacia en el tiempo de los efectos de una simpar depuración como la realizada ya desde la misma guerra.
El SEU
Curioso y paradigmático caso éste del sindicalismo español universitario. En el período republicano fue el núcleo básico de Falange. Tuvo cierto éxito entre los universitarios por la insistencia en lo joven como neutralizador ideológico de otras divisiones sociales alternativas. De aquí surgieron siempre los líderes más capaces del partido. Pero tras la guerra las cosas cambiaron de modo sustancial.
El SEU había sido y quería seguir siendo la vanguardia del partido. Pero lo joven como aglutinante ya no era de recibo. No sólo porque los años iban pasando, sino porque era ésta una categoría que no distinguía entre vencedores y vencidos, negando implícitamente la base de legitimidad del partido: el resultado de la guerra civil. Los seuistas reclamaban además un papel protagonista a modo de grupo de presión, apoyados en una mítica pero cierta tradición radical. Reivindicaban el papel de educadores de los futuros líderes que en su criterio debían surgir del sindicato, razón por la cual solicitaban la inclusión en la junta política de sus principales jefes con carácter nato. A mayor abundancia, se mostraban muy remisos a abandonar su principal bandera estatutariamente reflejada, «laborar por una enseñanza única del Estado». Todo ello constituía argumento más que suficiente para poder afirmar que tal organización carecía de sitio en el nuevo orden de cosas.
En 1937, con los nuevos estatutos se inicia un proceso de desmontaje del sindicato comenzando por diluir el objetivo de la enseñanza única y volcando la organización hacia una función de control de los universitarios, creando burocracia donde jamás la hubo. Paradójicamente, una organización especializada en la agitación política en la universidad debía dedicarse ahora justamente a lo contrario.
La profunda alteración del tipo de estudiante con relación a la República y aun del propio contexto, junto con el aislamiento producido por la función de control encomendada, inició el proceso de destrucción de la otrora organización más potente de Falange.
A partir de aquí la evolución acabó desembocando en la humillación más profunda. En octubre de 1942 se establece que las Milicias Universitarias son encargadas del orden público en los campus y este mismo año el SEU es integrado orgánicamente en el Frente de Juventudes.
La puntilla llega sin duda el 11 de noviembre de 1943, cuando una orden ministerial establece la sindicación única y obligatoria. En fin, la Ley de Ordenación Universitaria le encomienda el encuadramiento y control del estudiante. No tardando mucho, el Sindicato Español Universitario terminó haciendo algo impensable: convocar elecciones estudiantiles.
CONCLUSIÓN
Tras todo lo expuesto quizás encuentre cierta justificación el título que encabeza estas líneas. Si se repara en la sociedad española de los años treinta creo que se puede afirmar categóricamente que Falange Española llegó mucho más lejos de lo que nadie en su sano juicio podía prever, incluyendo al militante más optimista. Falange dispuso de una organización en régimen de monopolio de inusitado volumen e importancia. No debe caber ninguna duda por este extremo de su profunda y prolongada huella en la sociedad española.
Pero no es menos cierto que Falange nunca dispuso de la iniciativa política autónoma indispensable para articular un proyecto de dominación totalitaria y fascista. Eso fue un mito.
Hubo sin duda dominación totalitaria. Y todavía más, el logro de tal dominación fue sólo posible mediante el concurso de Falange. Hasta el punto de que sólo mediante la renuncia al proyecto fascista, sólo mediante la declaración implícita de incapacidad para hegemonizar un proyecto fascista, fue posible la persistencia y duración de un Estado que durante mucho tiempo pudo ser denominado totalitario con todos los pronunciamientos y sin ningún género de dudas.