Franco y la masonería (José A. Ferrer Benimeli)

JOSÉ A. FERRER BENIMELI

FRANCO Y LA MASONERÍA

En la actitud dialéctica de oposición-represión, tan característica de las dictaduras, hay dentro del franquismo un caso especial que trasciende al propio sistema para tener unas connotaciones mucho más personales, hasta el extremo de convertirse en casi obsesivas. Me refiero a la actitud de Franco frente a la masonería en la que no resulta fácil descubrir íntimas motivaciones ni deslindar las causas personales de las políticas. Pues es de sobra conocido que la masonería no es un partido político, ni un sindicato y ni siquiera es, ni ha sido —al menos en nuestro país— un grupo de presión de mayor cuantía. Sin embargo, Franco la consideró siempre acechando contra su régimen.

La fobia antimasónica de Franco nunca fue un secreto desde los primeros momentos de la sublevación militar de 1936, en que organizó la requisa y secuestro sistemático de todos los archivos, bibliotecas y demás documentos pertenecientes a la masonería española. Fobia que se mantuvo firme e invariable hasta el último mensaje público en la plaza de Oriente, el primero de octubre de 1975 —pocas semanas antes de morir— cuando afirmó que contra España existía «una conspiración masónico-izquierdista en la clase política, en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social».

Repasando los discursos y mensajes de Franco se observa lo que de forma tan inequívoca recoge su primo, el teniente general Salgado-Araujo, en sus Conversaciones privadas con Franco[1]. A saber, que el tema de la masonería o de la conspiración judeomasónica en unos casos, masónico-comunista en otros, y las más de las veces en su triple versión judeo-masónico-comunista[2], estaba tan arraigada en el ser de Franco, que —como observa Castillo del Pino en su Psicoanálisis de franco— «no eran recursos para el público, sino para sí mismo», pues «él se lo creía y estaba convencido de ello»[3].

Como ha dicho uno de los historiadores del franquismo, «la convicción antimasónica se incorporó a Franco casi como una segunda naturaleza. Franco simplificó en la masonería todas las causas de la decadencia histórica y de la degeneración política de España. La persiguió de forma implacable. Se creyó cercado por ella. Transformó toda su vida en una cruzada antimasónica. No admitía, acerca del tema, ni de la evidente exageración con que interpretaba el tema, disensión alguna … Franco llegó a afirmar públicamente que la cruzada se hizo contra la Enciclopedia»[4].

Tres son los apartados que resumen de forma tan sintética como expresiva el pensamiento y actitud de Franco respecto a la masonería. Dos de orden ideológico y un tercero derivado de los anteriores, de orden práctico:

1.º La masonería, causa de la decadencia histórica y de la degeneración política de España.

2.º Franco y su complejo de persecución por parte de la masonería.

3.º La cruzada antimasónica de Franco como medio de defensa de una supuesta conspiración masónica contra su régimen.

LA MASONERÍA CAUSA DE LA DECADENCIA HISTÓRICA Y DE LA DEGENERACIÓN POLÍTICA DE ESPAÑA

Respecto al primero de los apartados resulta muy elocuente la lectura de una serie de cincuenta artículos sobre la masonería que, a lo largo del año 1946, publicó Franco —al alimón con Carrero Blanco— en el diario Arriba y que posteriormente, en 1952, fueron recopilados en forma de libro con el título de Masonería, bajo el pseudónimo de J. Boor; libro que sorprendentemente ha sido reeditado en 1981[5], figurando como único autor Francisco Franco Bahamonde. En su prólogo se puede leer, no sin cierto rubor histórico por los errores en él contenidos, lo siguiente:

Desde que Felipe Wharton, uno de los hombres más pervertidos de su siglo[6], fundó la primera logia de España hasta nuestros días, la masonería puso su mano en todas las desgracias patrias. Ella fue quien provocó la caída de Ensenada. Ella, quien logró la expulsión de los jesuitas[7], quien forjó los afrancesados, quien minó nuestro imperio, quien atizó nuestras guerras civiles y quien procuró que la impiedad se extendiera. Ya en nuestro siglo, la masonería fue quien derribó a Maura y quien se afanó a la monarquía y, finalmente, quien se debate rabiosa ante nuestro gesto actual de viril independencia. ¿Cómo se nos puede negar el derecho de defendernos de ella? ¿Es que puede alguien escandalizarse porque España la haya puesto fuera de la ley? Los masones en España significan esto: Traición a la patria y la amenaza de la religión; abyectas figuras que, por medrar, son capaces de vender sus hermanos al enemigo[8].

Jakin y las sociedades secretas

A propósito del pseudónimo utilizado por Franco en esta ocasión, Jakin Boor, una vez se permitió uno de los pocos alardes imaginativos que sobre su propia personalidad se le conocen. Practicó el unamuniano desdoblamiento de la personalidad y recibió en audiencia a Jakin Boor. Baón reproduce una audiencia civil encabezada por doña María del Carmen Garrido, viuda de Ricardo León, y cerrada por un escueto Mr. Jakin Boor, que no era otro que el propio Franco[9].

En realidad, Franco, en su libro Masonería, no hizo sino repetir con ligerísimas variantes lo que ya había expuesto en el preámbulo de la Ley del l.º de marzo de 1940 sobre represión de la masonería y comunismo.

En la pérdida del imperio colonial, en la cruenta guerra de la Independencia, en las guerras civiles que asolaron España durante el pasado siglo, y en las perturbaciones que aceleraron la caída de la monarquía constitucional y minaron la etapa de la dictadura, así como en los numerosos crímenes de Estado, se descubre siempre la acción conjunta de la masonería y de las fuerzas anarquizantes movidas a su vez por ocultos resortes internacionales[10].

Los grandes peligros de la patria

Es precisamente en este mismo decreto-ley, así como en los artículos publicados en Arriba, donde se pone igualmente de manifiesto ese cierto complejo de persecución que en Franco cristalizará de una forma reiterativa, por no decir obsesiva, en los tres grandes peligros que constantemente acechaban España y su régimen: el comunismo, el judaísmo y —sobre todo— la masonería, «la más organizada y poderosa en el mundo occidental y la que mejor aprovecha la susceptibilidad que en la opinión pública las otras provocan», según se puede leer en el libro de Boor, o si se prefiere de Francisco Franco[11].

La España imperial

Además de Boor, Franco utilizó otros pseudónimos, como el de Jaime de Andrade, con el que solicitó ingresar en la Sociedad General de Autores. Fruto de esta afición literaria de Franco fue su novela Raza[12], llevada al cine por Sáenz de Heredia. A lo largo de toda esta novela, el planteamiento maniqueísta es radical: buenos y malos, los unos conectan con la España imperial de los Austrias, y los otros con la masonería, el liberalismo y el marxismo. Esta idea de la masonería como causante y artífice de la pérdida del imperio español —tan querida todavía hoy por ciertos nostálgicos y manipuladores de la historia— fue una de las obsesiones de Franco, manifestada en múltiples ocasiones:

Puede en otras naciones no católicas adoptar la masonería formas patrióticas y aun prestarles servicios en otro orden; pero lo que nadie puede discutir, masones o no masones, es que la masonería para España haya constituido el medio con que el extranjero destruyó el imperio español, y a caballo de la cual se dieron todas las batallas de orden político revolucionario en nuestra patria.[13]

La salvación de la patria

También son altamente elocuentes estas palabras, escritas por Franco en 1946, en las que se sintetizan no pocos de los elementos tópicos que en torno a la masonería esgrimiría en años sucesivos:

El alzamiento español contra todas las vergüenzas que la República encarnaba, para salvar una patria en trance de desmedración, fomentada a través de la masonería por quienes aspiraban a aprovecharse de los «Azerbaijanes» en Cataluña y en Vasconia, tuvo que extirpar de nuestro suelo dos males: el de la masonería, que había sido el arma con que se había destruido el imperio español y fomentado durante siglo y medio sus revoluciones y revueltas, y el comunismo internacional, que en las ultimas décadas venía minando y destruyendo toda la economía y el progreso de la nación española, y que había llegado al momento, por nadie discutido, de implantar por la fuerza el terrorismo del comunismo soviético[14].

La tumba de Wharton

Esta búsqueda de históricas culpabilidades masónicas por parte de Franco le llevó, en algunas ocasiones, a forzar situaciones que hoy día nos parecen cuando menos pintorescas. Así, cuando Franco visitó Poblet, el 4 de junio de 1952, con motivo de la restauración del monasterio, solicitó y exigió al abad general de la Orden Cisterciense, allí presente, don Mateo Quatember, el traslado de la tumba del duque de Wharton enterrado en el atrio de la iglesia. El motivo no fue otro que el tal Wharton había sido el fundador, en el Madrid de 1728, de la primera logia masónica, si bien luego, por una serie de avatares de la vida, murió en Poblet en 1731, «en la fe de la Iglesia Católica Romana», como rezan las crónicas del monasterio, y como consta en la lápida que cubría su enterramiento. Pues bien, el traslado tuvo lugar pocos días después de la visita de Franco, siendo prior de Poblet el padre Gregorio Pordana. En realidad, tan sólo pudo ser trasladada la lápida, pues todas las sepulturas existentes en el monasterio de Poblet habían sido profanadas y se encontraban vacías. En esta ocasión fue colocada no en el cementerio, sino fuera de la muralla y al pie de la misma. Posteriormente, en 1955, aprovechando la circunstancia de haberse rebajado el nivel del cementerio, se volvió a trasladar la lápida al lugar actual, en la parte exterior de la girola de la iglesia.

Si esto se hizo, o mejor dicho, se intentó hacer, con un cadáver del siglo XVIII —contra toda ley civil y canónica— no hace falta excesiva imaginación para suponer lo que pudo ocurrir con los que fueron víctimas de la llamada «cruzada antimasónica» de Franco, que empezó desde el primer día de la guerra, según su propio testimonio[15].

Las malas hierbas

«Por eso desde el primer día de nuestra cruzada, tomamos por norte el destruir en España la planta parásita de la masonería». Palabras que están tomadas del discurso pronunciado el 11 de septiembre de 1945 ante los asesores religiosos de la Sección Femenina, en el que dedicó un interesante capítulo a la calificación del superestado. Allí habla Franco de cómo había tenido que extirpar de nuestras tierras las malas hierbas:

Hemos arrancado el materialismo marxista, hemos desarraigado la masonería, que quizá fuera la hierba más peligrosa de todas las existentes en nuestro solar. Porque la masonería en España no representaba la lucha franca, que incluso el marxismo ha representado muchas veces; era la lucha sorda, la maquinación satánica, el trabajador en la sombra, los centros y los clubs desde los cuales se dictaban consignas; los hombres más perversos de España asociados y vendidos para ejecutar el mal al servicio de la anti-España…

Rafael Abella, al hacer la crónica de la posguerra llama la atención del sentimiento patológico de repudio hacia la masonería como un engendro del Estado del 18 de julio. El concepto de que la masonería era la responsable de nuestras desventuras históricas —dirá Abella— estaba difundidísimo entre ciertas capas de la derecha más reaccionaria. Y lo estaba como expediente cómodamente exculpatorio que la descargaba de toda responsabilidad sobre la tragedia sobrevenida. De ahí ese insistir en la idea de que la masonería estaba presente en toda maquinación antipatriótica, inmoral o disolvente; idea que tan hondamente penetró en la mente del general Franco y algunos de sus biógrafos[16].

El esperpento masónico

En un discurso pronunciado ante el Consejo Nacional, en julio de 1943, Franco compendió sus preocupaciones sobre la tenebrosa sociedad con estas palabras:

Desde que a fines del siglo XVIII[17] el duque de Wharton, expulsado de su país, introdujo en España la masonería, no ha habido en nuestra nación ninguna rebelión ni conato de traición contra la patria que no se fraguase a la sombra de las logias masónicas. Y aun liberada España de esta carroña, todavía esas insignificantes marejadas políticas, por mucho que se disfracen, obedecen a la intriga y a la oculta inspiración de los masones expatriados.

El tema de la masonería acabaría siendo para el régimen de Franco un leit-motiv inagotable para cargarle la mayoría de nuestras amenazas exteriores. Todo lo que se hacía provenir de la siniestra secta merecía la atención de los grandes titulares, el destaque sensacionalista de quien airea torvas conjuras, descifradas oportunamente para conocimiento y aviso general.

FRANCO Y SU COMPLEJO DE PERSECUCIÓN POR PARTE DE LA MASONERÍA

Pero si es importante para el historiador actual el reconstruir esta faceta del franquismo, no lo es menos el intentar encontrar una respuesta que explique el porqué de la actitud de Franco hacia la masonería; actitud que resulta tanto más desconcertante cuanto que la lista de personajes más o menos vinculados con la masonería —según el Franco de las Conversaciones— es larga. Va desde su hermano Ramón Franco[18], y los generales Aranda[19], Ovilo, Cabanellas[20], Ungría, Masquelet, Berenguer, Barroso y Bautista Sánchez, pasando por los tenientes coroneles Redondo, Garrido de Oro y el coronel Villanueva, hasta personalidades como don Juan de Borbón, el duque de Alba, el infante Alfonso de Orleans, Jiménez de Asúa[21], Sainz Rodríguez, Presa Alamo, Campúa, etcétera[22].

Campañas contra España

Franco —dirá Víctor Salmador— «acusaba de masón a todo el que tenía cultura, ideas liberales o era ilustrado, viniera o no viniera a cuento». Por supuesto Franco no estaría de acuerdo con este juicio, ya que estaba íntimamente convencido de lo contrario. A raíz del discurso que dirigió a los generales, jefes y oficiales de los tres ejércitos en la recepción tenida en el Pardo con ocasión de la Pascua militar del año 1963, y en la que anunció una campaña de agitación internacional contra España, dirigida por el comunismo y la masonería, comentó con su primo Salgado-Araujo lo siguiente: «Como estoy bien informado de todo cuanto se trama en las logias y en las reuniones comunistas y socialistas, nada me cogerá de sorpresa; hay que estar preparados para la lucha»[23].

¿Persecución o rechazo?

Entre las varias hipótesis que se han formulado con un intento de explicación de la fobia antimasónica de Franco, está, por una parte, su íntimo convencimiento de que la masonería había sido la causante de la, en cierto modo, postergación militar que padeció durante la República. En este sentido no deja de ser sintomático ese complejo de persecución o vigilancia, expresado por el propio Franco, cuando, todavía el 6 de diciembre de 1955, comentó con su primo Franco Salgado-Araujo, lo siguiente: «Cuando la República noté muy bien que casi siempre ponían a mis órdenes jefes de Estado Mayor que eran masones. En Palma tuve primeramente al teniente coronel Redondo, y después al teniente coronel Garrido de Oro. En Canarias me mandaron al coronel Villanueva; es decir, que siempre estuve vigilado por la secta masónica»[24]. Sin embargo, existe también la posibilidad de que en alguna ocasión quisiera entrar en la masonería y fuera rechazado por la misma orden[25].

Pero si fue profunda y arraigada la obsesión antimasónica de Franco, no lo fue menos en algunos de sus más próximos colaboradores, como fue el caso del almirante Carrero Blanco, quien también mantuvo latente su preocupación por la masonería hasta uno de sus últimos discursos, el 7 de diciembre de 1972, en la que volvió a mencionar —con no poca sorpresa nacional— a la masonería como la causante de los males de España[26].

No deja de ser llamativo que el carácter de cruzada antimasónica quedara vinculado de forma indeleble al franquismo y sus seguidores, con la misma convicción y seguridad con que lo fue para Franco.

CRUZADA ANTIMASÓNICA DE FRANCO

Dejando de lado la sugestiva hipótesis del intento de ingreso de Franco en la masonería, que habría que situar en Marruecos allá por los años inmediatos al desembarco de Alhucemas y que todavía plantea no pocas incógnitas y problemas, lo que sí es cierto es que la cruzada antimasónica de Franco se remonta a pocas semanas después de que el 15 de febrero de 1935 fuera presentada en el Congreso de los Diputados una proposición de ley —que fue aprobada por 82 votos contra 26— en la que se pedía que fueran separados de las logias masónicas los jefes y oficiales del ejército en ellas inscritos, de la misma manera que se les tenía prohibido afiliarse a los partidos políticos[27].

Ceses y nombramientos de generales

Entre los meses de mayo y agosto de 1935 fueron cesados seis generales incluidos en la relación de militares masones presentada al Congreso de los Diputados el 15 de febrero de 1935[28] por el señor Cano López. Los cesados fueron: José Riquelme y López Bago, jefe de la 8.ª División Orgánica, cesado el 24 de mayo de 1935; Eduardo López Ochoa, jefe de la 3.ª Inspección del Ejército, el 10 de junio; Toribio Martínez Cabrera, director de la Escuela Superior de Guerra, el 13 de junio; Manuel Romerales Quintero, jefe de la Circunscripción O. de Marruecos, el 1 de agosto; Rafael López Gómez, jefe de la 1.ª Brigada de Artillería, el 1 de agosto; Juan Urbano Palma, jefe de la 8.ª Brigada de Infantería, el 8 de agosto.

Siete días antes del cese del primer general masón, José Riquelme y López Bago, y a propuesta del ministro de la Guerra, Gil Robles[29], era nombrado jefe de Estado Mayor Central del Ejército el general de división Francisco Franco Bahamonde, entonces jefe superior de las fuerzas militares de Marruecos[30].

Una semana antes de este nombramiento había tenido lugar el del general Fanjul para la Subsecretaría de Guerra. Pocos días después tenían lugar el del general Mola para el puesto de jefe superior de las fuerzas militares en Marruecos y el del general Goded como director general de Aeronáutica, conservando en comisión de funciones la Tercera Inspección del Ejército. El 13 de junio de 1935 el general Espinosa de los Monteros era designado director de la Escuela Superior de Guerra[31].

Curiosamente, todos estos generales serían protagonistas de la sublevación militar del 18 y 19 de julio de 1936, así como de la subsiguiente guerra civil, desde el general Franco, sublevado en África contra el gobierno republicano, al general Espinosa de los Monteros[32].

Por su parte, de los seis generales masones cesados por el equipo Gil Robles-Franco Bahamonde, cinco también fueron protagonistas de la guerra civil, pero en el lado republicano. El general Romerales, que fue apresado por los sublevados en Melilla y fusilado; el general Martínez Cabrera, que llegó a ser jefe de Estado Mayor de la República durante la guerra; el general Urbano, que figuró en el Estado Mayor de la defensa de Madrid a las órdenes del general Miaja; el general López Ochoa, republicano —que había actuado como jefe de las tropas que combatieron la insurrección de octubre de 1934 de los mineros asturianos[33]—, sería muerto violentamente a las puertas del hospital militar madrileño por milicianos anarquistas incontrolados, y el general Riquelme, que llegaría a inspector general del ejército, a las órdenes del ministro de la Guerra, en plena contienda civil[34].

El 18 de julio y la masonería

Con la sublevación militar del 18 de julio de 1936, la historia de la masonería española entra en una época de persecución y sistemática destrucción. Si prescindimos de las medidas de depuración de militares masones, y especialmente de los ceses ordenados contra los seis generales considerados masones, cuando el general Franco Bahamonde era jefe del Estado Mayor Central del Ejército, y que precedieron al «alzamiento nacional», el primer decreto contra la masonería data ya del 15 de septiembre de 1936 y está dado en Santa Cruz de Tenerife por el entonces comandante en jefe de las islas Canarias, general Ángel Dolía[35].

En el primer artículo —de los cinco de que constaba— se decía que «la francmasonería y otras asociaciones clandestinas eran declaradas contrarias a la ley. Todo activista que permaneciera en ellas tras la publicación del presente edicto sería considerado como crimen de rebelión»[36]. Como consecuencia del decreto, los inmuebles pertenecientes a la masonería fueron confiscados. El templo masónico de Santa Cruz de Tenerife fue cedido a Falange Española, que distribuyó y colocó el anuncio siguiente: «Secretariado de la Falange Española. Visita de la Sala de Reflexiones de la Logia Masónica de Santa Cruz; mañana domingo día 30, de 10 a 1 horas, y de 3 a 6 horas. Entrada 0,50 ptas.».

El 21 de diciembre de 1938, Franco decretaba que todas las inscripciones o símbolos de carácter masónico o que fuesen juzgados ofensivos para la iglesia católica fueran destruidos y quitados de los cementerios de la zona nacional en un plazo de dos meses.

Masonería y judaísmo

Esta última medida contra la masonería fue justificada por uno de los personajes más próximos al régimen de Franco con las siguientes palabras:

Nuestro programa, según el cual el catolicismo debe reinar sobre toda España, exige la lucha contra las sectas anticatólicas, la masonería y el judaísmo … Masonería y judaísmo, insistimos, son los dos grandes y poderosos enemigos del movimiento fascista para la regeneración de Europa y especialmente España … Hitler tiene toda la razón en combatir a los judíos. Mussolini ha hecho quizá más por la grandeza de Italia con la disolución de la francmasonería que con ninguna otra medida.[37]

Efectivamente, Hitler había iniciado la persecución contra los masones en 1933 y Mussolini todavía antes, en 1925[38].

Falange y masonería

Dejando atrás referencias más distantes en el tiempo, en agosto de 1936 la Falange protagonizaba una campaña ideológica de configuración de una imagen popular de la masonería. Una de sus proclamas decía así:

«¡Camarada! Tienes obligación de perseguir al judaísmo, a la masonería, al marxismo y al separatismo. Destruye y quema sus periódicos, sus libros, sus revistas, su propaganda. ¡Camarada! Por Dios y por la patria»[39].

De hecho, el tema de la masonería y el judaísmo aparece en la prensa fascista ya desde sus primeros años. Basta recordar la traducción de los Protocolos de Sión hecha y presentada por Onésimo Redondo en el periódico Libertad de Valladolid[40]. En este mismo semanario la masonería protagonizó no pocos artículos, ya desde 1931. Algunos títulos pueden ser significativos: «Un sucio negocio masónico» (n.º 10, 17 agosto 1931); «Fuerzas secretas: La masonería como hecho actual» (n.º 11, 31 agosto 1931); «La masonería y la enseñanza» (n.º 27, 14 diciembre 1931); «La masonería y la prostitución» (n.º 27, 14 diciembre 1931); «Lerroux en la masonería» (n.º 28, 9 mayo 1932); «La masonería triunfa» (n.º 76, 26 febrero 1934); «La masonería y los cabarets» (n.º 86, 4 junio 1934); «La masonería es la que manda» (n.º 115, 31 diciembre 1934); «La francmasonería y la verdad» (n.º 127, 128 y 130 del 25 marzo, 1 y 5 abril 1935)[41].

Pero fue, sobre todo, nada más empezar la guerra del 36 cuando desde los órganos oficiales de la Falange se creó una auténtica psicosis antimasónica. Así resulta sintomático lo que, con fecha del 19 de septiembre de 1936, publicaba, bajo el título «Los masones», el periódico de Falange Amanecer, de Zaragoza:

Nos parece saludable insistir en el tema de la masonería. Es tal el daño que esta sociedad perniciosa ha causado a España, que no pueden la masonería ni los masones quedar sin un castigo ejemplar. Castigo ejemplar y rápido es lo que piden todos los españoles para los masones, astutos y, sanguinarios … La masonería se opone a España; pues hay que acabar con la masonería y con los masones.

Castigo ejemplar y rápido

Sobre la rapidez del castigo propugnado por la prensa oficial del llamado Movimiento, algunos datos —conservados en el Archivo de la Guerra Civil, Salamanca— correspondientes sólo a 1936 son suficientemente expresivos.

De la logia Helmantia, de Salamanca, fueron fusilados 30 masones, entre ellos un pastor de la iglesia evangélica. De la logia Constancia, de Zaragoza, fueron asesinados 30 masones[42]. Del triángulo Zurbano, de Logroño, fusilaron a 15 hermanos; del triángulo Libertador, de Burgos, a siete, y del Joaquín Costa, de Huesca, a cinco[43]. De la logia Hijos de la Viuda, de Ceuta, a 17. De la logia Trafalgar, de Algeciras, fueron fusilados 24; de la logia Resurrección, de La Línea, fueron asesinados 9, condenados a trabajos forzados 7, y otros 17 lograron refugiarse en Gibraltar. De la logia Fiat Lux, también de La Línea, fusilaron a 3; otro tanto hicieron con Santos Díaz —que ignoraban era masón— en represalia porque su padre se había refugiado en Gibraltar; a un afiliado llamado José Clavijo le fusilaron dos hermanos y le destruyeron la vivienda; el resto se refugió en Gibraltar y Tánger. De la logia Vicus, de Vigo, salvo muy pocos que lograron escapar todos los demás fueron fusilados. En La Coruña, entre otros, fueron fusilados el jefe de Seguridad, comandante del ejército, señor Quesada, y el capitán señor Tejero. Todos los masones de la logia Lucus, de Lugo, fueron fusilados. Todos los masones de Zamora; todos los de las logias de Cádiz, que no pudieron escapar; todos los de las logias de Granada, hasta un total de 54, fueron fusilados, entre ellos el ilustre oftalmólogo doctor don Rafael Duarte, profesor de la Facultad de Medicina, y su hijo, también doctor. Igualmente fueron asesinados todos los masones de varias logias de Sevilla, entre ellos don Fermín Zayas, ilustre militar, miembro del Supremo Consejo, y su hijo. En Valladolid fusilaron a 30 de la logia Constancia, entre ellos al gobernador civil, que era masón. La lista sigue con ciudades como Melilla, Tetuán, Las Palmas, etcétera, donde fueron eliminados todos los masones.

Delito de lesa patria

El mero hecho de ser masón, durante los primeros meses de la guerra civil fue considerado «delito de lesa patria», como recogía el artículo falangista de Amanecer, del 16 de septiembre de 1936. Los masones «no podían quedar sin un castigo ejemplarísimo». Había que «acabar con la masonería y con los masones». El mero hecho de ser masón era suficiente para que cientos de personas fueran sin más pasados por las armas sin juicio previo.

Lo que ocurrió a la masonería aragonesa, y en general a la oscense y zaragozana —por poner un ejemplo ya estudiado—, se puede sintetizar diciendo que fueron exterminados no sólo la casi totalidad de los masones de Aragón, sino incluso muchos otros que fueron acusados de tales, cuando en realidad ni eran, ni nunca habían pertenecido, a la masonería. Más aún, la represión se extendió hasta las mismas sepulturas, con la profanación de algunas de ellas, en especial la de Fermín Galán, en Huesca, lugar de peregrinación anual de los masones españoles[44].

Masonería y fascismo

Ante esta situación, la masonería de Cataluña lanzó un manifiesto al pueblo, a primeros de 1937, que comenzaba con estas palabras:

Ciudadano: por la prensa te habrás enterado de que por donde han pasado los fascistas, nuestros hermanos francmasones han sido ejecutados, muchas veces después de inicuas torturas. En Granada, Sevilla, Córdoba, Las Palmas, en todas partes, para las hordas sanguinarias de los Mola, Queipo, Cabanellas y Franco ser francmasón significa una sentencia de muerte[45].

¿Por qué este odio del fascismo contra la francmasonería? Porque ésta representa, en el orden de las ideas, la antítesis del fascismo. Porque sin ser un partido político, una religión, ni una asociación de clase, la francmasonería ha sido siempre un obstáculo formidable contra toda clase de tiranías, una barrera contra el falso nacionalismo fascista, el cual, bajo la apariencia de un patriotismo exaltado, encubre solamente los viles apetitos de un capitalismo sin entrañas y el afán de dominio de los que quieren mantener por la fuerza su dominio sobre las conciencias y acaparar todas las riquezas, apoyando sus privilegios, unos y otros en un militarismo incivil y despótico…

Después de explicar lo que la masonería entendía por libertad, igualdad y fraternidad, concluía así:

En estas horas de prueba, cuando la sangre generosa de muchos francmasones riega los frentes de batalla; cuando la persecución reaccionaria contra nosotros llega a extremos de crueldad nunca igualados, la francmasonería de Cataluña, haciéndose eco de la autorizada voz del Grande Oriente Español, suprema autoridad de la masonería española, reafirma, una vez más, su fe inquebrantable en el progreso humano y en los principios de libertad y de justicia y su decisión de continuar la obra secular en pro de estos sublimes ideales[46].

Pero sin tener que esperar a la sublevación de Franco, los masones españoles, ya en 1933, se habían manifestado con claridad respecto a lo que el fascismo representaba, en este caso en su versión hitleriana.

El Boletín Oficial del Grande Oriente Español del mes de junio de 1933, bajo el título de El Fascio, decía lo siguiente:

Otro brote del «fascismo» en Europa: Alemania bajo el poder de los «camisas pardas» de Hitler. Rudo golpe a la libertad. Cruel hachazo al progreso humano. Formidable retroceso en el hermoso camino de la solidaridad universal. Opresión, barbarie, odio de razas. Todo esto representan los soldados de Hitler … La masonería española acoge al suceso con verdadero dolor, con profunda pena. Ella, que lucha incesantemente por liberar a sus hombres en deseo fervoroso de ofrecer ejemplo y símbolo a la humanidad; ella, que porta en su lema, en primer término, el ideal de libertad para todos los hermanos; ella, que practica, en afán de universalidad, la fraternidad entre los hombres, sea cual sea su raza, sean cuales sean sus creencias, siente en lo más íntimo de sus pensamientos el trallazo de los «nazis» … Por eso al condenar el hecho acontecido en Alemania, exhorta a sus adeptos a que continúen con entusiasmo su tarea de perfección a sabiendas de que en el cumplimiento estricto del deber masónico está el mejor remedio a los males análogos del fascismo …

Lo curioso es que el propio Franco, en su proclama del 18 de julio de 1936, hecha desde Santa Cruz de Tenerife, justificó la sublevación militar —y por ende sus consecuencias de la guerra civil— con un lema tan masónico y republicano como la trilogía Fraternidad, Libertad e Igualdad, en el que tuvo especial empeño en poner por delante la palabra Fraternidad[47].

Leyes antimasónicas

Un año después, el 18 de julio de 1937, en el discurso pronunciado al entrar «en el segundo año triunfal», Franco aludió a «las logias extranjeras y los comités internacionales» que combatían el sentimiento de la España nacional.

Una vez concluida la guerra civil y constituido el gobierno, la primera ley «fraternal» dictada contra los «hermanos masones» data del 9 de febrero de 1939 (Ley de Responsabilidades Políticas). En ella, entre los partidos y agrupaciones puestos «fuera de la ley» se incluye en ultimo lugar a «todas las logias masónicas». Incurrían en dicha Ley de Responsabilidades Políticas los pertenecientes a la masonería, con excepción de los que se hubieran dado de baja antes del 18 de julio de 1936 o hubieran actuado contra los fines de la masonería.

Poco después intentó el general Franco hacer una ley de persecución de la masonería por la que se podía fusilar, con efecto retroactivo, a cualquiera que hubiera sido masón, como cuenta el entonces ministro de Instrucción Pública, Pedro Sainz Rodríguez en sus Testimonios y recuerdos[48].

Sin embargo, lo que Franco no consiguió en 1939 sí lo obtuvo un año después, cuando el 1 de marzo de 1940, mezclando algo tan antitético como la masonería y el comunismo, dictó la «Ley para la represión de la masonería, comunismo y demás sociedades clandestinas que siembren ideas disolventes contra la religión, la patria y sus instituciones fundamentales y contra la armonía social». Toda propaganda que exaltara los principios o beneficios de la masonería era castigada con incautación de bienes y la pena de reclusión mayor. Por su parte los masones, aparte las sanciones económicas, quedaron definitivamente separados de cualquier cargo del Estado, corporaciones públicas u oficiales, entidades subvencionadas y empresas concesionarias, gerencias y consejos de administración de empresas privadas, así como de cargos de confianza, mando o dirección en las mismas, decretándose, además, su inhabilitación perpetua para los referidos empleos, así como su confinamiento o expulsión[49].

Se establecieron penas de veinte a treinta años de prisión para los grados superiores, y de doce a veinte para los cooperadores. La depuración llegó a tal extremo que imposibilitaba incluso para formar parte de cualquier «tribunal de honor» a quienes tuvieran algún familiar aun de segundo grado que hubiese sido masón[50].

A raíz de esta ley las organizaciones masónicas y comunistas fueron disueltas, prohibidas, declaradas fuera de la ley, y todos sus bienes confiscados. En el artículo 3.º se decía que «toda propaganda que exalte los principios o los pretendidos beneficios de la masonería o del comunismo, o siembre ideas disolventes contra la religión, la patria y sus instituciones fundamentales y contra la armonía social, será castigada con la supresión de los periódicos o entidades que la patrocinasen e incautación de sus bienes, y con pena de reclusión mayor para el principal o principales culpables, y de reclusión menor para los cooperadores».

Según esta ley, son considerados masones «todos los que han ingresado en la masonería y no han sido expulsados o no se han dado de baja de la misma o no han roto explícitamente toda relación con ella»[51].

Tribunal de Represión de la Masonería

Constituido el 1 de marzo de 1940 y presidido en sus comienzos por el general Saliquet, empezó a funcionar el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo; tribunal que estaría en vigor hasta la creación del Tribunal de Orden Público, en 1963, al que quedaron sometidos los hechos delictivos de la ley del 1 de marzo de 1940[52]. Esta ley se suprimió —comentaría Franco en 1965— por no haber masones a quienes juzgar[53].

De la actuación del Tribunal de Represión contra la Masonería queda constancia de miles de sentencias, ya que no se libraron de pasar por él ni siquiera los que se encontraban fuera de su alcance, por residir en el extranjero, amparados en el exilio político. Las sentencias que dictaba el tribunal especial eran todo un espectáculo. He aquí una, tal y como apareció en las columnas de los periódicos:

Se condena a Diego Martínez Barrio, alias Verniaud, venerable maestro, soberano, inspector, comendador, gran maestro nacional, a la pena de 30 años de reclusión mayor con inhabilitación absoluta; a Luis Jiménez Asúa, alias Carrara, maestro masón de la logia Danton, a 20 años de reclusión mayor con inhabilitación absoluta; a Santiago Casares Quiroga, alias Saint Just, maestro masón de la logia Suevia, a 20 años de reclusión mayor con inhabilitación absoluta.

A continuación venían todavía las condenas de Ángel Galarza, Álvaro de Albornoz, Julio Álvarez del Vayo, todos ellos con penas menores, debido seguramente a su menor grado en la escala de los venerables.

Respecto a los militares, el criterio de depuración seguido por el Tribunal de Represión de la Masonería —criterio que se aplicó siempre, según las palabras del propio Franco— fue de que «no debían figurar en los cuadros activos de los ejércitos los que hubieran servido a la secta, aunque más tarde se hubieran retractado»[54]. Éste fue el caso del jefe del Ejército del Aire, Manuel Presa Álamo, quien por haber sido masón en el año 1929, en la logia de Tetuán, a pesar de su retractación en 1931 y de haber tomado parte en la guerra al lado de Franco, en la que ganó una medalla militar, fue sancionado con la pérdida de la carrera militar, sanción que todavía en 1963 mantuvo tenazmente Franco.

REFLEXIONES FINALES

Todas las situaciones políticas totalitarias han tenido que recurrir a la utilización de los ingredientes anti del sistema, en especial el anti-judaismo y la anti-masonería, por poner un ejemplo común a toda clase de dictaduras. Los casos de Mussolini, cuando disolvió las logias italianas en 1925 o el de Hitler, que le imitó en 1934, «como defensa contra la conspiración judeomasónica», son suficientemente expresivos y conocidos. Otro tanto habría que decir de los regímenes de Vichy con el mariscal Petain, o de Lisboa con Salazar. En España, los utilizados de un modo más persistente por el régimen de Franco fueron el anti-comunismo y la anti-masonería, que llegaron a constituir componentes muy importantes de la dialéctica del sistema. Sin embargo, y al margen del absurdo y anacronismo histórico, ideológico y político que supuso esa tendencia a identificar masonería con comunismo[55], lo que queda claro, en el caso de Franco, es que su oposición a la masonería, en primer lugar, se remonta a antes de la sublevación militar del 18 de julio, y consiguientemente es anterior a la implantación del totalitarismo fascista español. Y en segundo lugar, que la preocupación antimasónica de Franco se mantuvo con una tenacidad y constancia verdaderamente obsesiva, por no decir patológica, hasta pocos días antes de su muerte, haciendo de la masonería y de los masones españoles un fantasma irreal y ficticio durante el franquismo[56].

Estuviera o no convencido de ello, lo que sí es cierto es que Franco consiguió no sólo desmantelar y aniquilar totalmente la masonería en España con unos métodos de exterminio propios de la más perfecta dictadura, sino —lo que quizá resulta más desconcertante— crear en amigos y enemigos una psicosis de desprestigio y deformación histórica en torno a unos hombres y a una organización que hoy siguen siendo todavía para unos un recurso fácil sobre el que echar la culpa de todo lo malo ocurrido en España y que para otros no pasa de ser una cuestión meramente folklórica y trasnochada, cuando no despreciada.

Frente a esta doble actitud, sin adjudicar a la masonería un protagonismo que no ha tenido, ni una especial relevancia o papel en nuestra historia que, probablemente, tampoco tuvo, ni tiene; sin buscar en la masonería la panacea, ni la explicación de nada, sí hemos de reconocer, en cuanto historiadores, que la masonería, o si se prefiere los masones españoles —una vez rotos lugares comunes y tópicos fáciles— están presentes o simplemente se interfieren —a veces «los» interfieren— en muchos momentos de la historia contemporánea de España. El día que lleguemos a conocer en profundidad el valor de esta presencia, tal vez nos ayude —dentro de un concepto de historia total— a una mejor comprensión de nuestra historia más inmediata. En este sentido, el ejemplo de Franco y la masonería es algo más que una mera anécdota dentro de la historia del franquismo.