Ellen Glasgow
La fantasmal tercera

RECUERDO que, después de contestar a la llamada, di la espalda al teléfono en un estado de romántica agitación. Aunque había hablado sólo una vez con Roland Maradick, el gran cirujano, en esa tarde de diciembre, sentí que el haber hablado con él una sola vez —el verlo en la sala de operaciones durante una única hora— constituía una aventura que le restaba color y excitación al resto de mi vida. Tras tantos años dedicados a cuidar casos de tifoidea y de pulmonía, aún puedo sentir el delicioso estremecimiento de mi joven pulso; aún puedo ver el brillo del sol invernal entrando oblicuamente por las ventanas del hospital e iluminando los uniformes blancos de las enfermeras.

—No mencionó mi nombre. ¿Podría haber una equivocación?

Me encontraba, incrédula y extática, frente a la supervisora del hospital.

—No, no existe ninguna equivocación. Estuve hablando con él antes de que bajaras.

La enérgica expresión de la señorita Hemphill se suavizó al mirarme. Era una mujer alta y resuelta, lejana pariente canadiense de mi madre; el tipo de enfermera que las juntas de los hospitales del norte, ya que no los pacientes norteños, parecen escoger instintivamente, según descubrí durante el mes desde que había llegado de Richmond. Desde el principio, a pesar de su severidad, le había simpatizado —no puedo decidirme a utilizar la palabra «gustado» para una preferencia que era tan impersonal— con su prima de Virginia. Después de todo, no todas las enfermeras del sur, recién salidas de la escuela, pueden alardear de que la supervisora de un hospital de Nueva York sea pariente suya.

—¿Y le dio a entender, sin lugar a dudas, que se refería a mí?

Era algo tan maravilloso que no lo podía creer.

—Pidió específicamente a la enfermera que se encontraba con la señora Hudson la semana pasada, cuando operó. Creo que ni siquiera recordaba que tenías un nombre. Cuando le pregunté si se refería a la señorita Randolph, repitió que quería a la enfermera que había estado con la señorita Hudson. Era pequeña, dijo, y con expresión alegre. Eso, por supuesto, podría aplicarse a una o dos más, pero ninguna de ellas estaba con la señorita Hudson.

—Entonces supongo que es cierto, realmente cierto —sentía un hormigueo—. ¿Y debo presentarme a las seis?

—Ni un minuto más tarde. La enfermera de día acaba su turno a esa hora, y nunca dejan sola, ni por un instante, a la señora Maradick.

—Se trata de su mente, ¿verdad? Eso hace aún más extraño que me haya escogido, pues he tenido pocos casos de enfermedad mental.

—Pocos casos de cualquier tipo.

La señorita Hemphill sonreía y, cuando lo hizo, me pregunté si las demás enfermeras la reconocerían.

—Para cuando hayas pasado por la rutina en Nueva York, Margaret, habrás perdido muchas cosas, aparte de tu inexperiencia. Me pregunto cuánto tiempo conservarás tu compasión y tu imaginación. Después de todo, ¿no hubieses sido mejor novelista que enfermera?

—No puedo evitar entregarme a mis casos. Supongo que una no debería hacerlo.

—No se trata de lo que una debería o no hacer, sino de lo que tiene una que hacer. Cuando hayas agotado toda tu simpatía y tu entusiasmo, sin haber obtenido nada a cambio, ni siquiera las gracias, comprenderás por qué trato de impedir que te desgastes.

—Pero, seguramente, en un caso como éste..., ¿para el doctor Maradick?

—¡Ah, bueno, claro..., para el doctor Maradick...!

Debió de darse cuenta de que imploraba su confidencia, pues, después de un minuto, soltó descuidadamente un rayo de luz para esclarecer la situación.

—Es un caso triste, cuando piensa una que el doctor Maradick es un hombre tan encantador y un gran cirujano.

Por encima del cuello almidonado de mi uniforme sentí cómo la sangre llegaba a saltos hacia mis mejillas.

—He hablado con él sólo una vez —murmuré—, pero es encantador y tan amable y guapo, ¿verdad?

—Sus pacientes lo adoran.

—¡Oh, sí! Me he fijado en eso. Todos esperan ansiosamente sus visitas.

Como los pacientes y las demás enfermeras, yo también había llegado, en una deliciosa aunque imperceptible progresión, a esperar ansiosamente las visitas diarias del doctor Maradick. Nació, supongo, para ser un héroe a los ojos de las mujeres. Desde mi primer día en el hospital, desde el momento mismo en que lo observé, a través de los postigos cerrados, cómo salía de su coche, nunca tuve la más mínima duda de que estaba destinado a interpretar un papel de envergadura en la obra. De haber ignorado su hechizo —el encanto que ejercía sobre su hospital—, lo habría experimentado en el expectante silencio, semejante al aliento contenido, que seguía a su llamada a la puerta y precedía sus imperiosos pasos en la escalera. Mi primera impresión de él, aun después de los terribles acontecimientos del año siguiente, consiste en un recuerdo tan despreocupado como espléndido. En ese momento, al mirar por las grietas de los postigos, lo observaba atravesar el pavimento, en su oscuro abrigo de pieles, bajo los pálidos rayos del sol, supe sin lugar a duda —lo supe gracias a una especie de presciencia infalible— que mi destino estaba irremediablemente vinculado al suyo. Lo supe, repito, aunque la señorita Hemphill insistiría que mi presagio se debía meramente a una lectura sentimental de novelas indiscriminadas. Pero no se trataba sólo del primer amor, por más impresionable que me creyera mi parienta. No se trataba únicamente de su fisonomía. Mucho más que su aspecto —más que el oscuro brillo de sus ojos, el castaño plateado de su cabello, la complexión morena rosada de su rostro—, más que su encanto y su magnificencia, creo que me robaron el corazón la belleza y la simpatía de su voz. Era una voz, según lo que oí decir a alguien más tarde, que sólo debía hablar en verso.

Por eso entenderéis —si no lo entendéis al principio ¡no puedo esperar haceros creer cosas imposibles!—, por eso entenderéis por qué acepté la llamada cuando llegó como una orden imperiosa. No podría haberme mantenido alejada después de que me mandó llamar. Por más que hubiese intentado no ir, sé que al fin hubiese ido. En esos días, cuando aún tenía la esperanza de escribir novelas, solía hablar mucho del «destino» (he aprendido desde entonces, cuán tonto es hablar de esas cosas), y supongo que era mi «destino» verme atrapada en la red de la personalidad de Roland Maradick. Pero no soy la primera enfermera enferma de amor por un médico que no ha pensado nunca en ella.

—Me alegro de que te mandara llamar, Margaret. Puede significar mucho para ti. Pero trata de no emocionarte demasiado.

Recuerdo que, mientras hablaba, la señorita Hemphill sostenía en la mano un tallo de geranio perfumado —uno de las pacientes se lo había regalado de una maceta que guardaba en su habitación— y el aroma de la flor persevera en mi olfato, o en mi recuerdo. Desde entonces —¡oh, desde hace mucho!— me pregunto si ella también estaba atrapada en la red.

—Quisiera saber más sobre el caso —presioné para obtener información—. ¿Ha visto usted a la señora Maradick?

—¡Claro que sí! Llevan poco más de un año casados y, al principio, ella solía venir a veces al hospital y esperaba afuera mientras el doctor hacía sus visitas. Una mujer de aspecto muy dulce, no exactamente bonita, pero de tez blanca y delicada, con la sonrisa más hermosa que creo haber visto jamás. En esos primeros meses estaba tan enamorada que nos burlábamos entre nosotras. El ver cómo resplandecía cuando el doctor salía del hospital y atravesaba la acera para llegar a su coche era tan divertido como ir al teatro. Nunca nos cansábamos de mirarla; yo todavía no era supervisora, así que tenía más tiempo par a observar por la ventana cuando me tocaba turno de día. Una o dos veces trajo a su niñita a ver a uno de los pacientes. La chiquilla se le parecía tanto que, sin conocerlas, se habría una dado cuenta que eran madre e hija.

Ya me había enterado que, cuando conoció al doctor, la señora Maradick era viuda con una hija, y ahora, aun buscando una explicación que no había encontrado, pregunté:

—Había mucho dinero de por medio, ¿verdad?

—Una gran fortuna. De no haber sido tan atractiva, supongo que la gente hubiese dicho que el doctor Maradick se casó con ella por su dinero. Sólo que —pareció hacer un esfuerzo para recordar— creo haber oído decir que toda iría a un fideicomiso si la señora Maradick se volvía a casar. No puedo recordar, por más que lo intento, cómo era exactamente; pero era un testamento extraño, eso sí que lo sé, y la señora Maradick no recibiría el dinero a menos que su hija no llegara a la edad adulta. La lástima es que...

Una joven enfermera entró en la oficina para pedir algo; las llaves de la sala de operaciones, creo, y la señorita Hemphill interrumpió la conversación, dejándola inconclusa, y salió apresuradamente por la puerta. Lamenté que se hubiese interrumpido justo en ese momento. ¡Pobre señora Maradick! Tal vez yo era demasiado emotiva, pero, aun antes de verla, ya empezaba a comprender lo patético y extraño de su caso.

Mis preparativos no me tomaron más de unos minutos. En esos días tenía siempre dispuesta una maleta por si me llegaba una llamada repentina; no eran todavía las seis cuando llegué a la Quinta avenida por la calle Diez, y me detuve un minuto antes de subir los escalones, para observar la casa donde vivía el doctor Maradick. Lloviznaba y recuerdo que pensé, al doblar la esquina, cómo el tiempo debía deprimir a la señora Maradick. Era una casa vieja, con paredes de aspecto húmedo (si bien eso podía deberse a la lluvia) y una espigada barandilla de hierro que subía por los escalones de piedra hasta la puerta negra, donde vislumbré una llama vacilante a través del anticuado tragaluz. Después descubrí que la señora Maradick había nacido en esa casa —su nombre de soltera era Calloran— y que no quería vivir en ningún otro sitio. Era una mujer —esto lo supe cuando la conocí mejor— que se apegaba tanto a las personas como a los lugares; y aunque el doctor Maradick había intentado convencerla de que, una vez casados, se mudaran al norte de la ciudad, se aferró, contra los deseos de su esposo, a la vieja casa en la parte baja de la Quinta avenida. Debo reconocer que se mostró obstinada al respecto, pese a su bondad y a su pasión por el doctor. Esas mujeres dulces y bondadosas son a veces extraordinariamente obstinadas en particular cuando han sido siempre ricas. He cuidado a tantas desde entonces —mujeres muy afectuosas y de poca inteligencia— que he llegado a reconocer el tipo tan pronto como las veo.

Contestaron a mi llamada después de una corta demora, y al entrar en la casa vi que el vestíbulo era bastante oscuro, a excepción del fulgor menguante de la chimenea en la biblioteca. Cuando di mi nombre, añadiendo que era la enfermera de noche, me dio la impresión de que el sirviente consideraba que mi humilde presencia no merecía la luz. Era un mayordomo negro y anciano, posiblemente heredado de la madre de la señora Maradick, que, lo supe más tarde, provenía de Carolina del Norte; y, en tanto pasaba por delante de mí para ir escaleras arriba, le oí murmurar vagamente que él no iba a «encender esas luces hasta que la niña deje de jugar».

A la derecha del vestíbulo, el suave fulgor me atrajo hacia la biblioteca y, trasponiendo tímidamente el umbral, me incliné junto al fuego para secar mi abrigo mojado. Agachada, con la intención de incorporarme tan pronto oyera pasos, pensé cuán acogedora era la estancia después de las húmedas paredes del exterior, a las cuales se aferraban unas enredaderas desnudas; estaba contemplando las extrañas formas y los patrones que formaba el fulgor del fuego en la alfombra persa cuando los faros de un coche que doblaba lentamente me iluminaron a través de las persianas blancas de la ventana. Aún aturdida por el resplandor, paseé la mirada por la oscuridad y vi una pelota de goma roja y azul rodando hacia mí desde la penumbra de la habitación adjunta. Un momento más tarde, mientras intentaba en vano capturar el juguete cuando rodó frente a mí, una niña pequeña saltó alegremente, con una peculiar ligereza y gracia, y entró por la puerta, y se detuvo de golpe, como si la sorprendiera ver a una desconocida. Era una niña bajita, tan bajita y tan delicada que sus pasos no sonaban en el suelo pulido del umbral; y recuerdo haber pensado, mientras la contemplaba, que tenía la expresión más seria y más dulce que hubiese visto jamás. No podía contar más de seis o siete años —esto lo decidí posteriormente—. Permaneció allí con una curiosa dignidad, como la dignidad de una persona mayor, y me observó con una expresión enigmática. Llevaba un vestido de tartán y una pequeña cinta roja en el cabello; éste formaba un flequillo en su frente y le caía, muy lacio, hasta los hombros. Por más encantadora que fuera, desde su cabello castaño sin rizar hasta los calcetines blancos y los zapatos negros en sus diminutos pies, lo que recuerdo más vívidamente es la singular expresión de sus ojos, que, a la luz cambiante, parecían ser de un color indefinido. Pues lo raro de esa mirada era que no era, en absoluto, una mirada de niña. Era una mirada de profunda experiencia, de amargo conocimiento.

—¿Has venido a buscar tu pelota? —pregunté.

Pero en el momento en que hacía la amistosa pregunta oí que regresaba el mayordomo. Confundida, traté nueva e inútilmente de agarrar el juguete, que había rodado, alejándose de mí, hacia la penumbra del salón. Entonces, cuando alcé la vista, me di cuenta de que la niña había salido también de la estancia, y, sin buscarla, seguí al anciano negro hacia el agradable estudio de arriba, donde me esperaba el gran cirujano.

Hace diez años, antes de que la profesión de enfermera agostara tantas emociones en mí, me sonrojaba muy fácilmente, y en el momento en que atravesé el estudio del doctor Maradick me di cuenta de que mis mejillas eran del color de las peonías. Por supuesto, era una tonta —nadie lo sabe mejor que yo—, pero nunca había estado a solas con él, ni siquiera un instante; y el hombre era más que un héroe para mí, era —no hay razón ahora para que me sonroje al confesarlo— casi un dios. A esa edad me enloquecía el prodigio de la cirugía, y Roland Maradick en el quirófano era un mago, lo suficiente para hacer perder la cabeza a alguien más viejo y más sensato que yo. Además de su gran reputación y su maravillosa habilidad, era, estoy segura de ello, el hombre más guapo que se pueda imaginar, pese a sus cuarenta y cinco años. Si se hubiese mostrado descortés —incluso si hubiese sido definitivamente grosero conmigo—, de todos modos lo hubiera adorado; pero cuando alargó la mano y me saludó con ese encanto que desplegaba con las mujeres, me sentí dispuesta a morir por él. No es de extrañarse que en el hospital se dijera que todas las mujeres que operaba se enamoraban de él. En cuanto a las enfermeras..., bueno, pues no había una sola que escapara a su hechizo, ni siquiera la señorita Hemphill, que no debía contar menos de cincuenta años.

—Me alegro de que pudiera venir, señorita Randolph ¿Se encontraba usted con la señorita Hudson cuando operé la semana pasada?

Me incliné. No hubiese podido hablar sin sonrojarme aún más, aunque mi vida dependiera de ello.

—Me fijé entonces en su alegre rostro. Creo que lo que necesita la señora Maradick es alegría. Encuentra que su enfermera de día la deprime.

Su mirada se posó tan bondadosamente en mí que desde entonces he sospechado que no ignoraba por completo mi adoración. Era algo muy nimio —Dios es testigo-, para halagar su vanidad —una enfermera apenas salida de la escuela—, pero para algunos hombres ningún tributo es demasiado insignificante.

—Estoy seguro de que hará todo lo que pueda.

Vaciló un momento —justo lo suficiente para que percibiera la ansiedad debajo de la alegre sonrisa en su rostro— y añadió con seriedad:

—Queremos evitar, de ser posible, el tener que enviarla a una institución.

Por respuesta sólo pude dejar oír un murmullo y, tras unas palabras cuidadosamente escogidas sobre la enfermedad de su mujer, el doctor Maradick tocó una campana y dio instrucciones a la doncella para que me llevara arriba, a mi habitación. Sólo cuando iba subiendo la escalera hacia el tercer piso se me ocurrió que, en realidad, no me había dicho nada. Me sentía tan perpleja acerca de la naturaleza de la enfermedad de la señora Maradick como cuando entré en la casa.

Mi habitación me pareció bastante agradable. Se había dispuesto —creo que a solicitud del doctor Maradick— que yo durmiera en la casa y, después de mi austera camita en el hospital, me sorprendió agradablemente el aspecto alegre del dormitorio al cual me llevó la doncella. Las paredes estaban empapeladas con un motivo de rosas y, de la ventana, que daba a un pequeño jardín tradicional en la parte trasera de la casa, colgaban cortinas de zaraza a flores. Eso del jardín me lo explicó la doncella, pues estaba demasiado oscuro para que pudiera distinguir más que una fuente de mármol y un abeto que parecía ser viejo, si bien posteriormente supe que volvían a plantar otro nuevo casi cada año.

Al cabo de diez minutos me había puesto el uniforme y estaba lista para ir a ver a mi paciente; pero, por alguna razón —hasta la fecha nunca he sabido lo que la puso en mi contra al principio—la señora Maradick se negaba a recibirme. Mientras permanecía afuera de su dormitorio, oí a la enfermera de día tratando de convencerla de que me dejara entrar. No sirvió de nada y, al fin, me vi forzada a regresar a mi habitación para esperar hasta que la pobre señora superara su capricho y consintiera verme. Eso ocurrió mucho después de que sirvieran la cena —debían de ser más cerca de las once que de las diez— y la señorita Peterson estaba bastante agotada cuando por fin vino a verme.

—Me temo que tendrá una mala noche —dijo, en tanto bajábamos juntas. Pronto supe que así era ella: esperaba lo peor de todo y de todos.

—¿Ocurre a menudo que la mantenga despierta así?

—¡Oh, no! Normalmente es muy considerada. Nunca he conocido a nadie con un temperamento tan dulce. Pero padece esa alucinación...

Nuevamente, igual que en la escena con el doctor Maradick, me dio la impresión de que la explicación sólo había hecho más hondo el misterio. La alucinación de la señora Maradick, fuese cual fuese la forma que asumía, era evidentemente un tema que, en ese hogar, se prestaba a la evasión y al subterfugio. Estaba a punto de preguntar: «¿En qué consiste su alucinación?», pero antes de que pudiera pronunciar las palabras llegamos a la puerta de la habitación de la señora Maradick y la señorita Peterson me hizo una seña indicándome que guardara silencio. Cuando la puerta se abrió un poco para dejarme pasar, vi que la señora ya estaba acostada, con todas las luces apagadas, a excepción de una lámpara de noche encendida sobre un velador, junto a un libro y un recipiente con agua.

—No entraré con usted —susurró la señorita Peterson.

Estaba a punto de trasponer el umbral cuando vi que la chiquilla, con su vestido de tartán, se deslizaba a mi lado, saliendo de la penumbra de la habitación hacia la luz eléctrica del pasillo. Llevaba una muñeca en brazos y al pasar, dejó caer un costurero de juguete. La señorita Peterson debió de recogerlo, pues cuando, al cabo de un minuto, me volví para buscarlo me di cuenta que había desaparecido. Recuerdo que pensé que era muy tarde para que una niña estuviese despierta —además, parecía delicada de salud—; pero, después de todo, no era asunto mío y cuatro años de formación en el hospital me habían enseñado que nunca debía meter las narices en asuntos que no me incumbían. No hay nada que una enfermera aprenda más rápidamente que el hecho de que no debe tratar de arreglar el mundo en un día.

Cuando atravesé la habitación para acercarme a la silla, junto a la cama de la señora Maradick, ésta se dio la vuelta y me miró con la más dulce y la más triste de las sonrisas.

—Usted es la enfermera de noche —manifestó con suavidad.

Desde el momento en que habló supe que no había nada de histérico o de violento en su manía, o su alucinación, como la llamaban.

—Me dijeron su nombre, pero lo he olvidado.

—Randolph... Margaret Randolph.

Me simpatizó desde el principio, y creo que ella se percató de ello.

—Parece usted muy joven, señorita Randolph.

—Tengo veintidós años, pero supongo que no aparento mi edad. La gente suele creer que soy más joven.

Durante un minuto, la señora Maradick mantuvo silencio y, mientras me acomodaba en la silla junto a la cama, pensé en cuánto se parecía a la chiquilla que vi por primera vez esa tarde y luego, hacía sólo unos momentos, saliendo de su dormitorio. Tenían el mismo rostro pequeño en forma de corazón y muy tenuemente colorado; el mismo cabello lacio y suave, entre castaño y rubio; y los mismos ojos, grandes y serios, muy separados entre sí bajo unas cejas arqueadas. Sin embargo, lo que más me sorprendió fue que ambas me miraban con esa expresión enigmática y casi asombrada —sólo que en la de la señora Maradick esa expresión parecía cambiar de vez en cuando a una claramente temerosa, casi diría que a un destello de sobrecogedor terror.

Permanecí muy quieta en mi silla y, hasta que llegó el momento de que la señora Maradick tomara su medicina, no intercambiamos una sola palabra. Entonces, cuando me incliné sobre ella con el vaso en la mano, alzó la cabeza de la almohada y me preguntó con un susurro de intensidad reprimida:

—Parece usted bondadosa. Me pregunto si habrá visto a mi hijita.

Mientras deslizaba el brazo bajo su almohada, traté de sonreírle alegremente.

—Sí, la he visto dos veces. La conocería en cualquier sitio. Se parece mucho a usted.

Un brillo iluminó sus ojos y pensé que debía de ser muy bonita antes de que la enfermedad hiciera desaparecer la vida y la animación de sus rasgos.

—Ahora sé que es bondadosa.

Su voz era tan tensa y baja que casi no la podía oír.

—Si no fuera buena, no la podría haber visto.

Esto me pareció bastante extraño, pero me limité a contestar:

—Me pareció demasiado delicada para estar despierta tan tarde.

Sus finos rasgos se estremecieron y, por un momento, pensé que se echaría a llorar. Como ya había tomado su medicamento, coloqué el vaso de nuevo en el velador e, inclinándome sobre la cama, le aparté de la frente el largo cabello castaño, delgado y suave como seda hilada. Existía algo en ella —no sé lo que era— que hacía que una la quisiera en el momento mismo en que la miraba a una.

—Fue siempre ligera y etérea, aunque nunca estuvo enferma, ni un solo día —contestó, calmada, tras una pausa.

Luego, aferrándose a mi mano, susurró apasionadamente:

—No debe decírselo... ¡No debe decir a nadie que la ha visto!

—¿No debo decírselo a nadie?

De nuevo tuve la impresión que experimenté primero en el estudio del doctor Maradick y luego con la señorita Peterson en la escalera: que yo buscaba un rayo de luz en medio de la oscuridad.

—¿Está segura de que nadie nos está escuchando que no hay nadie a la puerta? —preguntó, empujando mi brazo, incorporándose y apoyándose en la almohada.

—Muy, pero muy segura. Ya han apagado las luces en el pasillo.

—¿Y no se lo dirá a él? Prométame que no se lo dirá —El sobrecogedor horror volvió a destellar, en medio del vago asombro de su expresión—. No le gusta que regrese porque la mató.

—¡Porque la mató!

Fue en ese momento cuando la luz estalló en mi mente, como un fulgor. ¡Así que ésta era la alucinación de la señora Maradick! Creía que su hija estaba muerta..., la chiquilla que, con mis propios ojos, había visto salir de su habitación; y creía que su esposo —el gran cirujano que adorábamos en el hospital— la había asesinado. ¡No era de extrañar que ocultaran esa horrible obsesión tras un velo de misterio! ¡No era de extrañar que la señorita Peterson no se hubiera atrevido a sacar a la luz ese horror! Era la clase de alucinación con la que uno no podría soportar enfrentarse.

—No sirve de nada decir a la gente cosas que nadie, cree —continuó la señora Maradick, aferrándose aún a mi mano y apretándola de tal modo que me hubiese hecho daño de no haber sido sus dedos tan frágiles—. Nadie cree que él la mató. Nadie cree que regresa cada día a esta casa. Nadie cree... y, sin embargo, usted la vio.

—Sí, la vi...; pero ¿por qué habría de matarla su esposo?

Hablé en tono tranquilizador, como lo haría uno con alguien completamente chiflado. Mas ella no estaba loca, podría haberlo jurado al mirarla.

Durante un momento, la señora Maradick gimió inarticuladamente, como si sus pensamientos fuesen demasiado horribles para expresarlos con palabras. Entonces estiró el delgado y desnudo brazo en un salvaje ademán.

—¡Porque nunca me amó! —exclamó—. ¡Nunca me amó!

—Pero se casó con usted —insistí suavemente, mientras le acariciaba el cabello—. Si no la amara, ¿por qué se habría casado con usted?

—Quería el dinero..., el dinero de mi hijita. Lo recibirá todo cuando yo muera.

—Pero si él mismo es rico. Debe de ganar una fortuna con su profesión.

—No le basta. Quería millones. —La señora Maradick se había vuelto rígida y melodramática—. No, nunca me amó. Amaba a otra desde un principio..., antes de que yo lo conociera.

Me di cuenta de que era totalmente inútil tratar de razonar con ella. Si no estaba loca, se hallaba tan aterrorizada y tan deprimida que casi llegaba al borde de la locura. Pensé en subir a la habitación de la chiquilla y bajar con ella; pero, tras un momento de vacilación, me percaté de que la señorita Peterson y el doctor Maradick debieron de intentar esas medidas hacía mucho tiempo. Evidentemente no podía hacer nada más que calmarla y tranquilizarla tanto como pudiese; y eso fue lo que hice, hasta que la venció un ligero sueño que persistió hasta bien entrada la mañana.

A las siete yo estaba agotada —no por el trabajo, sino por la tensión y la carga de compasión— y me alegré muchísimo cuando una de las doncellas entró para traerme un café. La señora Maradick seguía durmiendo —le había dado una mezcla de bromuro y cloral— y no despertó hasta que la señorita Peterson empezó su turno una hora o dos más tarde. Entonces, cuando bajé, encontré el comedor vacío, a excepción de la anciana ama de llaves, que examinaba los cubiertos. El doctor Maradick —me explicó al poco rato— se hacía servir el desayuno en una pequeña sala al otro lado de la casa.

—¿Y la chiquilla? ¿Come en la habitación de los niños?

La anciana me echó una mirada asombrada. Más tarde me pregunté si era una mirada de desconfianza o de temor.

—No existe ninguna chiquilla. ¿No se ha enterado?

—¿Enterado? No. Pero si la vi apenas ayer.

La mirada que me echó —ahora estaba segura de ello— fue una de alarma.

—La chiquilla..., era la niña más dulce que he visto..., murió hace justo dos meses de pulmonía.

—¡No es posible! —fui una tonta al soltar eso, pero la conmoción me había desquiciado por completo—. Le digo que la vi ayer.

La alarma en su expresión se agudizó:

—Ese es el problema de la señora Maradick. Cree que la ve todavía.

—Pero ¿usted no la ve? —le pregunté, sin rodeos.

—No —estiró los labios con fuerza—. Nunca veo nada.

Así que, después de todo, me había equivocado; y la explicación, cuando llegó, sólo sirvió para acentuar el terror. La chiquilla estaba muerta —había muerto de pulmonía dos meses antes— y, sin embargo, yo la había visto, con mis propios ojos, jugando a la pelota en la biblioteca; la había visto salir del dormitorio de su madre, con su muñeca en brazos.

—¿No hay otra niña en la casa? ¿No habrá alguna niña de algún sirviente?

Un destello atravesó la niebla en el cual andaba a tientas.

—No, no hay otra. El doctor trató de traer una, una vez, pero la pobre señora se puso en tal estado que casi murió. Además, no podría haber otra niña tan tranquila y dulce como Dorothea. Cuando la veía saltar por ahí con su vestido de tartán me hacía pensar en una hada, aunque dicen que las hadas visten sólo de blanco o verde.

—¿Alguien más la ha visto..., me refiero a la niña..., uno de los sirvientes?

—Sólo el viejo Gabriel, el mayordomo negro, que llegó de Carolina del Sur con la madre de la señora Maradick. He oído decir que los negros tienen algún tipo de clarividencia..., aunque supongo que no se le llama así. Pero parece que creen instintivamente en lo sobrenatural, y Gabriel es tan viejo y tan senil... El único trabajo que hace es abrir la puerta y limpiar la plata..., y nadie presta mucha atención a lo que ve...

—¿Mantienen la habitación de la niña como estaba antes?

—¡Oh, no! El doctor mandó todos los juguetes al hospital infantil. Eso causó mucha pena a la señora Maradick; pero el doctor Brandon pensó..., y todas las enfermeras estuvieron de acuerdo con él..., que más valía no permitirle guardar la habitación como cuando Dorothea vivía.

—¿Dorothea? ¿Así se llamaba la niña?

—Sí. Significa don de Dios, ¿verdad? La llamaron así en honor a la madre del primer esposo de la señora Maradick, el señor Ballard. Era del tipo serio y callado; no se parecía en nada al doctor.

Me pregunté si las demás horribles obsesiones de la señora Maradick habían llegado, por medio de las enfermeras, al ama de llaves; pero ella no dijo nada al respecto y, ya que era, supongo, una persona locuaz, me pareció lógico dar por sentado que el chisme no le había llegado.

Un poco más tarde, cuando acabamos de desayunar y antes de que subiera a mi habitación, tuve mi primera entrevista con el doctor Brandon, el famoso alienista encargado del caso. Nunca lo había visto antes; pero desde el momento en que lo vi lo reconocí por lo que era, casi intuitivamente. Era, supongo, bastante honrado —siempre le he reconocido eso, por más amargura que haya despertado en mí—. No tenía la culpa de que le faltara sangre roja en el cerebro, ni de que se hubiese acostumbrado, debido a su larga relación con fenómenos anormales, a ver la vida en su conjunto como una enfermedad. Era el tipo de médico —todas las enfermeras comprenderán lo que quiero decir— que trata instintivamente con grupos y no con individuos. Era un hombre alto y solemne, de cara muy redonda; no me llevó más de diez minutos de charla con él para descubrir que se había educado en Alemania y que allí había aprendido a tratar toda emoción como una manifestación patológica. Solía preguntarme lo que obtenía de la vida, lo que obtenía de la vida cualquier persona que ha analizado todo, convirtiéndolo en nimiedad, salvo la estructura misma.

Cuando llegué por fin a mi dormitorio, me encontraba tan cansada que apenas podía recordar las preguntas que me había hecho el doctor Brandon o las instrucciones que me dio. Me dormí, lo sé, tan pronto como mi cabeza tocó la almohada; y la doncella que fue a ver si quería comer decidió dejar que durmiera mi siesta. En la tarde, cuando regresó con una taza de té, me encontró aún pesada y soñolienta. Si bien estaba acostumbrada a los turnos de noche, me sentía como si hubiese bailado desde la caída hasta la salida del sol. ¡Qué suerte —medité mientras tomaba el té— que no todos los casos agotaran la simpatía de una tanto como la alucinación de la señora Maradick había agotado la mía!

Ese día no vi al doctor Maradick; pero a las siete, cuando subí después de cenar temprano para relevar a la señorita Peterson, que se había quedado una hora más de lo acostumbrado, el doctor me encontró en el pasillo y me pidió que entrara a su estudio. Me pareció más apuesto que nunca en su traje de etiqueta, con una flor blanca en el ojal. Iba a una cena pública, me explicó el ama de llaves; la verdad es que iba siempre a algún sitio. Creo que no cenó en casa una sola vez, ese invierno.

—¿Pasó bien la noche la señora Maradick?

El doctor había cerrado la puerta cuando entramos y, dándose ahora la vuelta al hacer la pregunta, me sonrió bondadosamente, como si quisiera hacerme sentir a gusto desde el principio.

—Durmió muy bien después de tomar su medicamento. Se lo di a las once.

Durante un minuto, el doctor me contempló en silencio y me di cuenta de que su personalidad —su encanto— estaba enfocada hacia mí. Era casi como si me encontrara en el centro de rayos de luz convergentes, tan vivida fue la impresión que me causó.

—¿Aludió en algún momento a su... a su alucinación? —inquirió.

Cómo me llegó la advertencia —qué ondas invisibles de percepción sensitiva transmitieron el mensaje—, nunca lo he sabido; pero mientras me hallaba allí, enfrentándome al esplendor de la presencia del doctor, toda mi intuición me advirtió que había llegado el momento en que debía tomar partido en ese hogar. En tanto permaneciera allí, tendría que apoyar a la señora Maradick o estar en contra suya.

—Habló de modo muy racional —contesté tras un momento.

—¿Qué dijo?

—Me explicó cómo se sentía, que añoraba a su hija y que caminaba un poco cada día por su habitación.

Su expresión cambió; no pude distinguir cómo al principio.

—¿Ya conoció al doctor Brandon?

—Vino esta mañana para darme instrucciones.

—Le pareció que hoy la señora Maradick no se encontraba tan bien como ayer. Me aconsejó que la envíe a Rosedale.

Nunca, ni siquiera secretamente, he tratado de entender al doctor Maradick. Tal vez fuera sincero. Sólo os digo lo que sé —no lo que creo ni lo que imagino—, y lo humano es a veces tan inescrutable, tan inexplicable como lo sobrenatural.

Mientras el doctor Maradick me observaba tuve conciencia de una lucha interior, como si unos ángeles contrapuestos lucharan en el fondo de mi ser. Cuando tomé por fin una decisión, actuaba menos guiada por la razón —lo sabía— que obedeciendo a la presión de una corriente secreta del pensamiento. Sólo Dios sabe que, incluso entonces, el hombre me tenía cautiva mientras lo desafiaba.

—Doctor Maradick —alcé la mirada francamente por primera vez, para clavarla en la suya—, creo que su esposa está tan cuerda como yo... o usted.

El doctor se sobresaltó.

—Entonces ¿no habló libremente con usted?

—Tal vez esté equivocada, nerviosa, patética y mentalmente angustiada —esto lo manifesté con énfasis—, pero no es..., estoy dispuesta a arriesgar mi porvenir al afirmarlo..., una persona que debe enviarse a un manicomio. Sería absurdo..., sería cruel..., enviarla a Rosedale.

—¿Cruel, dice usted?

Una expresión angustiada cruzó su rostro y su voz se volvió suave:

—¡No es posible que se imagine que podría ser cruel con ella!

—No, no creo eso.

Mi voz también se había suavizado.

—Dejaremos que las cosas sigan como están. Tal vez el doctor Brandon tenga otra sugerencia.

Sacó su reloj del bolsillo y lo comparó con el de la pared —nerviosamente, según observé, como si el gesto pudiera ocultar su desconcierto o su perplejidad.

—Debo irme ahora. Hablaremos nuevamente de esto por la mañana.

Pero en la mañana no hablamos de ello y, durante el mes en que cuidé a la señora Maradick, su esposo no volvió a llamarme a su estudio. Cuando lo encontraba en el pasillo o en la escalera —raras veces, por cierto—, se mostraba tan encantador como siempre; no obstante, pese a su cortesía, persistía en mí la sensación de que me había juzgado esa noche y que ya no le servía para nada.

A medida que pasaban los días, la señora Maradick parecía fortalecerse. Nunca, después de nuestra primera noche juntas, había vuelto a mencionar a su hija; nunca había aludido, ni siquiera con una sola palabra, a la terrible acusación contra su esposo. Diríase que era como cualquier mujer que se recupera de una gran pena, salvo que se mostraba más dulce y más gentil. No es de extrañar que todo el que se le acercaba la quisiera; pues había en ella una hermosura parecida al misterio de la luz, no al de la oscuridad. Creí siempre que era lo más cercano a un ángel que es posible para una mujer en esta tierra. Y sin embargo, por más angelical que fuera, había momentos en que me daba la impresión de que odiaba y temía a su esposo. Si bien él nunca entró en la habitación mientras yo me encontraba allí, y nunca la oí mencionar su nombre hasta una hora antes del final, me daba cuenta, al ver la mirada aterrorizada de su rostro cada vez que oía sus pasos pasillo abajo, que su mismísima alma se estremecía cuando se acercaba.

Durante ese mes no volví a ver a la niña, aunque una noche, cuando entré repentinamente en la habitación de la señora Maradick, encontré, en el alféizar, un pequeño jardín, de esos que los niños fabrican con piedrecitas y pedazos de cartón. No se lo mencioné a la señora Maradick y, un poco más tarde, cuando la doncella bajaba las persianas, noté que el jardín había desaparecido. Desde entonces me he preguntado si la niña era invisible sólo para nosotros y si su madre la veía aún. Pero no había modo de averiguarlo, si no fuera interrogándola, y la señora Maradick se encontraba tan bien y era tan paciente que no tuve valor para preguntárselo. Las cosas no podían ir mejor en su caso de lo que iban y empezaba a decirme a mí misma que tal vez pronto podría salir a tomar un poco de aire, cuando el final llegó repentinamente.

Era un templado día de enero, la clase de día que nos da una muestra anticipada de la primavera, en pleno invierno. Cuando bajé por la tarde, me detuve un minuto en la ventana al extremo del pasillo para contemplar el jardín. En el centro del sendero de grava había una vieja fuente que soportaba dos niños de mármol riéndose, y el agua que habían puesto a funcionar esa mañana para complacer a la señora Maradick, relucía tal plata a la luz del sol que la salpicaba. Nunca antes me había parecido el aire tan suave y primaveral en enero; y pensé, al mirar el jardín, que sería una buena idea que la señora Maradick saliera y tomara el sol durante más o menos una hora. Me parecía extraño que no le permitieran nunca gozar de aire fresco, a no ser el que entraba por la ventana.

No obstante, cuando entré en su dormitorio, me enteré de que no tenía ganas de salir. Se encontraba sentada, envuelta en chales, junto a la ventana abierta que daba a la fuente; cuando entré, alzó la mirada del pequeño libro que estaba leyendo. Un tiesto de narcisos se hallaba sobre el alféizar; la encantaban las flores y tratábamos siempre de que crecieran unas en su habitación.

—¿Sabe usted lo que estoy leyendo, señorita Randolph? —preguntó con su suave voz.

Leyó un verso mientras yo iba al velador para medir una dosis de medicamento.

—«Si tienes dos barras de pan, vende una y compra narcisos, pues el pan alimenta al cuerpo, pero los narcisos deleitan al alma.» Eso es muy hermoso, ¿no le parece?

Dije que sí, que era hermoso; y entonces le pregunté si no quería bajar y pasearse por el jardín.

—A él no le gustaría —contestó.

Era la primera vez que mencionaba a su esposo desde la noche de mi llegada.

—No quiere que salga.

Traté de hacerla cambiar de idea por medio de la risa; pero de nada sirvió y, al cabo de unos minutos, me rendí, y me puse a hablar de otras cosas. Ni siquiera entonces se me ocurrió que su temor por el doctor Maradick pudiera ser otra cosa que un capricho. Me daba cuenta, por supuesto, que no estaba loca; pero sabía que las personas cuerdas tienen a veces prejuicios inexplicables y acepté su antipatía como un mero capricho o una aversión. No lo entendía entonces y —más vale que lo confiese antes de llegar al final— no lo entiendo ahora. Escribo las cosas que vi de hecho, y repito que nunca he tenido la más mínima tendencia a creer en los milagros.

La tarde pasó mientras hablábamos —hablaba alegremente cuando nos referíamos a cualquier tema que le interesara—, y fue a última hora del día —esa hora solemne, quieta, cuando el movimiento de la vida parece marchitarse y titubear durante unos preciosos minutos—, cuando llegó lo que yo había temido silenciosamente desde mi primera noche en la casa. Recuerdo que me había levantado para cerrar la ventana, que estaba inclinada hacia afuera para respirar el aire fresco, cuando oí pasos, amortiguados a propósito, en el pasillo; la llamada acostumbrada del doctor Brandon cayó en mi oído. Entonces, antes de que pudiera atravesar la habitación, la puerta se abrió y el doctor entró con la señorita Peterson. Yo sabía que la enfermera de día era una mujer estúpida; pero nunca me pareció tan estúpida, tan acorazada y encerrada en sus modales profesionales, como en ese momento.

—Me alegro de que esté tomando el aire.

Cuando el doctor Brandon se acercó a la ventana, me pregunté maliciosamente qué diabólicas contradicciones lo habían convertido en un distinguido especialista en enfermedades del sistema nervioso.

—¿Quién era el otro médico que trajeron esta mañana? —preguntó la señora Maradick con seriedad; y eso fue lo único que oí decir de la visita del otro alienista.

—Alguien que está ansioso por curarla.

El doctor Brandon se dejó caer en una silla a su lado y le dio unas palmaditas en la mano con sus largos y pálidos dedos.

—Estamos tan ansiosos por curarla que queremos enviarla al campo durante dos semanas. La señorita Peterson ha venido para ayudarla a prepararse y tengo mi coche esperándolas. No podría haber un día más bonito para un viaje, ¿verdad?

El momento había llegado, finalmente. Supe en seguida a qué se refería y la señora Maradick lo supo también. Una ola de calor fluyó y desapareció de sus delgadas mejillas y sentí cómo se estremecía su cuerpo cuando me alejé de la ventana y rodeé sus hombros con mis brazos. Era consciente, otra vez, como lo había sido esa noche en el estudio del doctor Maradick, de una corriente de pensamiento que pasaba del aire a mi mente. Aunque me costara mi carrera como enfermera y mi reputación de cordura, supe que tenía que obedecer esa invisible advertencia.

—Van a llevarme a un manicomio —indicó la señora Maradick.

El doctor Brandon negó y evadió puerilmente la cuestión; pero con un impulso, antes de que terminara, di la espalda a la señora Maradick y me enfrenté a él. En el caso de una enfermera, ésa era una rebelión flagrante y me di cuenta de que destrozaba mi futuro profesional. No obstante no me importaba —no vacilé—. Algo más fuerte que yo me empujaba.

—Doctor Brandon —empecé—, se lo ruego..., le imploro que espere hasta mañana. Existen varias cosas que debo comunicarle.

Una extraña expresión nubló su rostro y comprendí, aun en medio de mi agitación, que estaba decidiendo mentalmente dónde encajonarme: a qué clase de manifestación mórbida pertenecía.

—Muy bien, muy bien, lo escucharemos todo —contestó tranquilizador.

Pero vi cómo dirigía una mirada a la señora Peterson, que se acercó al armario para sacar el abrigo y el sombrero de pieles de la señora Maradick.

De pronto, sin previo aviso, ésta se arrancó los chales y se levantó.

—Si me llevan lejos de aquí —señaló— nunca regresaré. No viviré para regresar.

La luz gris del crepúsculo empezaba y, mientras ella permanecía en la penumbra de la habitación, su rostro sobresalió tan pálido y tan delicado como los narcisos en el alféizar.

—¡No puedo irme! —soltó con un agudo grito—. ¡No puedo alejarme de mi hija!

Vi su cara claramente, oí su voz y, entonces —¡el horror de la escena vuelve a abrumarme!—, vi que la puerta se abría lentamente y que la chiquilla atravesaba corriendo la habitación hacia su madre. Vi a la niña alzar los brazos y vi a la madre inclinarse y abrazarla contra su pecho. Estaban tan estrechamente unidas en ese apasionado abrazo que sus formas parecieron mezclarse en la penumbra que las envolvía.

—Después de esto, ¿pueden dudar? —espeté las palabras casi salvajemente.

Entonces, cuando di la espalda a madre e hija para mirar al doctor Brandon y a la señorita Peterson, perdí el aliento y supe —¡ay, el descubrimiento me conmocionó!— que no veían a la niña. Su expresión vacía revelaba la consternación de la ignorancia, no la de la convicción. No habían visto nada más que los brazos vacíos de la madre y el ademán veloz y errático con el cual se inclinó para abrazar una presencia invisible. Sólo mi vista —y desde entonces me he preguntado si el poder de la simpatía me permitía penetrar el velo de hechos materiales para ver la forma espiritual de la niña—, sólo mi vista no estaba cegada por el barro a través del cual miraba.

—Después de esto, ¿pueden dudar?

El doctor Brandon me había arrojado mis propias palabras a la cara. ¿Era culpa suya, ¡pobre hombre!, si la vida sólo le había otorgado los ojos de la carne? ¿Era culpa suya si sólo podía ver la mitad de lo que tenía enfrente?

Pero no podían ver y, como no podían ver, me di cuenta de que era inútil decírselo. En menos de una hora se llevaron a la señora Maradick al manicomio; se fue sin hacer escándalo, si bien, cuando llegó el momento de la despedida, mostró una leve traza de emoción. Recuerdo que, finalmente, cuando nos encontrábamos en el pavimento, levantó su velo negro, el luto que llevaba por su hija, y pidió:

—Quédese con ella, señorita Randolph, tanto como pueda. Nunca regresaré.

Entonces entró en el coche y se la llevaron, mientras yo permanecía allí, mirándola, con un sollozo atrapado en la garganta. Por más horrible que me pareciera, por supuesto que no me percaté del alcance del horror; si no, no podría haberme quedado quieta allí en la acera. No me di cuenta, de hecho, hasta varios meses más tarde, cuando supimos que había fallecido en el manicomio. Nunca supe cuál era su enfermedad, aunque recuerdo vagamente que algo se dijo acerca de un «ataque cardiaco»..., un término bastante vago. Yo personalmente creo que murió sencillamente de terror a la vida.

Con sorpresa mía, el doctor Maradick me pidió que me quedara como enfermera en su consulta cuando su esposa se hubo marchado a Rosedale. Y, al llegarnos la noticia de su muerte, no se sugirió siquiera que yo me fuera. Hasta la fecha, no sé por qué quería que me quedara en la casa. Tal vez pensaba que tendría menos oportunidad de chismorrear si permanecía bajo su techo; tal vez quería todavía poner a prueba el poder de su encanto conmigo. Su vanidad era increíble en un hombre de ese calibre. Lo he visto sonrojarse de gusto cuando la gente se volvía para mirarlo en la calle, y sé que no desdeñaba aprovecharse de la debilidad sentimental de sus pacientes. Pero era magnífico, ¡Dios lo sabe! Pocos hombres, me imagino, han sido objeto de tantos y triviales enamoramientos.

El verano siguiente, el doctor Maradick se marchó al extranjero durante dos meses y, mientras él viajaba, me fui de vacaciones a Virginia. Cuando regresamos había más trabajo que nunca —su reputación era ya tremenda— y mis días estaban tan atiborrados de citas y apresuradas salidas para atender urgencias, que casi no tenía un momento libre para recordar a la pobre señora Maradick. Desde la tarde en que se marchó al manicomio, la niña no había estado en la casa; y finalmente empezaba yo a convencerme de que la pequeña figura fue una ilusión óptica —el efecto de luces cambiantes en la penumbra de las antiguas habitaciones— y no la aparición que una vez creí ver. No toma mucho tiempo para que un fantasma desaparezca de la memoria, particularmente cuando uno lleva una vida tan activa y metódica como la que me vi obligada a llevar ese invierno. Tal vez —¿quién sabe?— (recuerdo que me lo decía a mí misma) los médicos tuvieran razón, después de todo, y la pobre señora estaba realmente loca. Con este enfoque del pasado, mi opinión del doctor Maradick cambió imperceptiblemente. El resultado fue, creo, que lo absolví por completo. Y entonces, justo cuando se presentaba limpio y espléndido en mi veredicto, la revocación llegó tan precipitadamente que pierdo el aliento cada vez que trato de revivirlo. La violencia del siguiente acontecimiento me dejó con un mareo perpetuo de la imaginación, o al menos eso es lo que creo.

En mayo nos enteramos de la muerte de la señora Maradick y, exactamente un año más tarde, una tarde fragante y suave, cuando los narcisos florecían alrededor de la fuente del jardín, el ama de llaves entró al gabinete, donde yo me había rezagado para hacer unas cuentas, a fin de darme la noticia de la próxima boda del doctor Maradick.

—No es más que lo que esperábamos —concluyó con toda racionalidad—. Se debe encontrar muy solo en la casa..., es un hombre tan sociable. Pero no puedo evitar sentir... —añadió lentamente, tras una pausa durante la cual sentí un estremecimiento—, no puedo evitar sentir que le será difícil a esa otra mujer tener todo el dinero que le dejó a la señora Maradick su primer esposo.

—¿Hay muchísimo dinero, entonces? —pregunté con curiosidad.

—Muchísimo —agitó la mano como si las palabras fueran instrumentos fútiles que no podían expresar el monto—. ¡Millones y millones!

—¿Dejarán esta casa, por supuesto?

—Ya lo hicieron, querida. No quedará un solo ladrillo de ella dentro de un año. La van a derrumbar y construirán un edificio de apartamentos en la propiedad.

Nuevamente me estremecí. No podía soportar la idea de que el antiguo hogar de la señora Maradick cayera en pedazos.

—No me dijo usted el nombre de la novia —señalé—. ¿Es alguien que conoció mientras viajaba por Europa?

—¡Dios mío, no! Es la mismísima señora con quien estuvo comprometido antes de casarse con la señora Maradick, sólo que lo abandonó, o eso es lo que dice la gente, porque no era suficientemente rico. Entonces se casó con un lord o un príncipe del otro lado del mar; pero hubo un divorcio y ahora ha regresado a su antiguo amante. Me imagino que ya es bastante rico, ¡incluso para ella!

Supongo que todo era perfectamente cierto; parecía una historia tan plausible como las que lee uno en el periódico; y, sin embargo, mientras me la contaba, sentí, o soñé que sentía, un silencio siniestro e impalpable en el ambiente. Estaba nerviosa, sin duda; me trastornó el hecho de que el ama de llaves me diera tan repentinamente la noticia; pero mientras permanecía allí, sentada, tuve la vivida impresión de que la vieja casa escuchaba, que había una presencia real, aunque invisible, en la habitación o en el jardín. Sin embargo, cuando, un momento después, miré por la larga ventana que daba a la terraza de ladrillos, vi sólo el tenue brillo del sol sobre el jardín desierto, con su laberinto de bojes, su fuente y sus manchas de narcisos.

El ama de llaves se había marchado —uno de los sirvientes, creo, vino a buscarla— y yo estaba sentada al escritorio cuando entraron flotando en mi mente las palabras de la señora Maradick esa última noche. Los narcisos me la recordaron; pues imaginé, al verlos crecer, tan quietos y dorados a la luz del sol, cómo la hubieran deleitado. Casi inconscientemente repetí el verso que me había leído: «Si tienes dos barras de pan, vende una y compra narcisos...» Y justo en ese momento, cuando aún pronunciaba las palabras, volví la vista hacia el laberinto y vi a la niña saltando por el sendero de grava hacia la fuente. Muy claramente, tan claramente como el día, la vi venir, con lo que los niños llaman paso de baile, entre los bajos bordes de bojes hacia el lugar donde florecían los narcisos junto a la fuente. Desde su lacio cabello castaño, pasando por su vestido de tartán, hasta sus pequeños pies, que parecían parpadear, enfundados en calcetines blancos y zapatillas negras, al saltar a la comba, era tan real para mí como el suelo sobre el cual brincaba o como los niños de mármol riendo bajo el agua de la fuente. Me levanté de la silla y di un paso hacia la terraza. Si sólo pudiese llegar a ella... —únicamente para hablarle—; tenía la impresión de que, por fin, podría resolver el misterio. Pero con la primera ondeada de mi vestido en la terraza, la pequeña figura etérea se fundió con la quieta penumbra del laberinto. Ni un soplo movía los narcisos, ni una sombra pasaba sobre el brillante flujo de agua. Débil y con todos los nervios a flor de piel, me senté en el peldaño de ladrillos de la terraza y rompí a llorar. Debí saber que algo terrible ocurriría antes de que derrumbaran la casa de la señora Maradick.

El doctor salió a cenar esa noche. Estaba con la dama con quien se iba a casar, me explicó el ama de llaves; sería alrededor de la medianoche cuando lo oí entrar y subir a su habitación. Me hallaba abajo, porque no había podido conciliar el sueño y esa tarde había dejado en el consultorio el libro que quería acabar. El libro —no recuerdo cuál era— me pareció muy apasionante cuando lo empecé por la mañana; pero, tras la visita de la niña, encontré la novela romántica tan insulsa como un tratado de enfermería. Me era imposible seguir el diálogo y estaba a punto de rendirme e ir a acostarme, cuando el doctor Maradick abrió la puerta de entrada con su llave y subió la escalera.

Seguía yo abajo cuando sonó el teléfono en mi escritorio, con lo que, para mis nervios tensos, pareció ser una sobrecogedora brusquedad, y la voz de la supervisora me dijo apresuradamente que necesitaban al doctor Maradick en el hospital. Me había acostumbrado tanto a esas llamadas de urgencia en medio de la noche que me sentí reconfortada cuando llamé al doctor en su habitación y oí el entusiasmo de su respuesta. No se había desvestido aún, explicó, y bajaría inmediatamente mientras yo pedía que le trajeran el coche, que ya debía haber llegado al garaje.

—¡Estaré con usted en cinco minutos! —gritó tan alegremente como si lo hubiese llamado para que asistiera a una boda.

Lo oí atravesar su habitación y, antes de que pudiese llegar a la cabeza de la escalera, abrí la puerta y salí al vestíbulo con el fin de encender la luz y tenerle listos el sombrero y el abrigo. El interruptor se encontraba al fondo del vestíbulo y, mientras me dirigía allí, guiada por la tenue luz del descansillo del primer piso, alcé la mirada hacia la escalera que, con su elegante balaustrada de cedro, subía en la penumbra hasta el tercer piso. Fue entonces, en el momento mismo en que el doctor, tarareando alegremente, empezó a bajar la escalera, cuando vi claramente —lo juraré hasta en mi lecho de muerte— una comba ligeramente enroscada, como si la hubiese soltado una manita descuidada, en la curva de la escalera. De un salto llegué al interruptor y llené el vestíbulo de luz; justo cuando lo hacía, mientras mi brazo seguía estirado por detrás, oí que el tarareo se convertía en un grito de sorpresa y terror y la figura en la escalera tropezó pesadamente y cayó, buscando a tientas con las manos, en el vacío. El grito de advertencia murió en mi garganta cuando lo vi rodar por el largo tramo de escalera hasta llegar al suelo a mis pies. Incluso antes de inclinarme, antes de enjugar la sangre de su sien y de buscar el latido de su silencioso corazón, sabía que había muerto.

Pudo ser, como cree todo el mundo, un paso en falso dado en la penumbra, o pudo ser, como estoy dispuesta a atestiguar, un juicio invisible. Pero algo lo había matado en el momento mismo en que más quería vivir.

Escritoras del siglo XX. Relatos de fantasmas
titlepage.xhtml
sec_0001.xhtml
sec_0002.xhtml
sec_0003.xhtml
sec_0004.xhtml
sec_0005.xhtml
sec_0006.xhtml
sec_0007.xhtml
sec_0008.xhtml
sec_0009.xhtml
sec_0010.xhtml
sec_0011.xhtml
sec_0012.xhtml
sec_0013.xhtml
sec_0014.xhtml
sec_0015.xhtml
sec_0016.xhtml
sec_0017.xhtml
sec_0018.xhtml
sec_0019.xhtml
sec_0020.xhtml
sec_0021.xhtml
sec_0022.xhtml
sec_0023.xhtml
sec_0024.xhtml
sec_0025.xhtml
sec_0026.xhtml
sec_0027.xhtml
sec_0028.xhtml
sec_0029.xhtml
sec_0030.xhtml
sec_0031.xhtml
sec_0032.xhtml
sec_0033.xhtml
sec_0034.xhtml
sec_0035.xhtml
sec_0036.xhtml
sec_0037.xhtml
sec_0038.xhtml
sec_0039.xhtml
sec_0040.xhtml
sec_0041.xhtml
sec_0042.xhtml
sec_0043.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_000.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_001.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_002.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_003.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_004.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_005.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_006.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_007.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_008.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_009.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_010.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_011.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_012.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_013.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_014.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_015.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_016.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_017.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_018.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_019.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_020.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_021.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_022.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_023.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_024.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_025.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_026.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_027.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_028.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_029.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_030.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_031.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_032.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_033.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_034.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_035.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_036.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_037.xhtml
notas_a_pie_de_pagina_split_038.xhtml