Edith Wharton
Los ojos
I
El relato de Fred Murchard —narrando una extraña aparición personal— tras una excelente cena en casa de Culwin, nuestro viejo amigo, había creado entre nosotros un ambiente propicio para los fantasmas.
Vista a través de la calina del humo de nuestros cigarros puros, y del soñoliento resplandor del carbón encendido en la chimenea, la biblioteca de Culwin, con sus paredes de roble y sus antiguas y oscuras encuadernaciones, era un buen escenario para tales pasatiempos; y como, tras la apertura de Murchard, las experiencias personales con fantasmas eran las únicas que nos parecían aceptables, empezamos a detallar nuestro grupo y a exigirle a cada miembro una aportación. Éramos ocho, y siete lograron, más o menos adecuadamente, cumplir con la condición que habíamos impuesto. A todos nos sorprendió enterarnos de que pudiésemos juntar tal alarde de impresiones sobrenaturales, pues ninguno de nosotros, a excepción del propio Murchard y del joven Phil Frenham —cuyo relato fue el más insignificante de todos—, teníamos por costumbre enviar nuestras almas hacia lo invisible. Así pues, en conjunto, podíamos enorgullecemos de nuestras siete «muestras», y ninguno de nosotros hubiese soñado siquiera con esperar de nuestro anfitrión una octava.
Nuestro viejo amigo, el señor Andrew Culwin, que se había arrellanado en su sillón, escuchando y parpadeando ante los círculos de humo, con la alegre tolerancia de un antiguo y sabio ídolo, no era la clase de hombre propenso a ser favorecido con tales contactos, si bien tenía suficiente imaginación para disfrutar, sin envidiar, los privilegios superiores de sus invitados. Por su edad y su educación, pertenecía a la severa tradición positivista, y sus hábitos mentales se habían formado en la época de la lucha épica entre física y metafísica. Pero había sido esencialmente, en ese entonces y siempre, un espectador, un observador irónico y despreocupado de la inmensa y confusa variedad del espectáculo que es la vida; de vez en cuando se había deslizado de su asiento, para sumergirse levemente en las festividades de la parte trasera de la casa, pero nunca, que alguien supiera, había mostrado el menor deseo de subir al escenario y ofrecer un «número».
Entre sus contemporáneos aún subsistía una vaga tradición que consistía en que, en una época remota y en un clima romántico, había sido herido en un duelo; pero esta leyenda no encajaba con lo que nosotros, los más jóvenes, sabíamos de su personalidad; tampoco encajaba en cuanto a una posible reconstitución de su fisonomía la afirmación de mi madre de que, en un tiempo, fue «un hombrecito encantador, de bonitos ojos».
«Nunca pudo parecerse a nada más que a un montón de palos», había dicho de él Murchard, en una ocasión. «O a un tronco fosforescente», corrigió alguien; y reconocimos lo acertado de la descripción de su pequeño tronco achaparrado, con el parpadeo rojizo de sus ojos en una cara de corteza manchada. Había gozado siempre de un ocio que nutría y protegía, en vez de desperdiciarlo en actividades vanas. Sus horas, cuidadosamente distribuidas, las había dedicado al cultivo de una refinada inteligencia y unos cuantos hábitos juiciosamente escogidos; y ninguna de las preocupaciones comunes de la experiencia humana parecía haber cruzado su horizonte. Sin embargo, su desapasionado examen del universo no había mejorado su opinión acerca de ese costoso experimento, y su estudio de la raza humana parecía haberle llevado a la conclusión de que todos los hombres eran superfluos, y que las mujeres eran necesarias únicamente porque alguien tenía que cocinar. En cuanto a la importancia de este punto, sus convicciones eran absolutas, y la gastronomía era la única ciencia que reverenciaba, tal un dogma. Debe reconocerse que sus pequeñas cenas constituían un argumento contundente en favor de esta opinión, aparte de ser una razón, aunque no la principal, de la fidelidad de sus amigos.
Mentalmente, ejercía una hospitalidad menos seductora, pero no menos estimulante. Su mente semejaba un foro, o un lugar de reunión al aire libre para el intercambio de ideas; un lugar un tanto frío y lleno de corrientes de aire, pero brillante, espacioso y ordenado: una especie de bosquecillo académico en el que todas las hojas han caído. En esta zona privilegiada, una docena de nosotros tendíamos a ejercitar nuestros músculos, ensanchar nuestros pulmones y, como si quisiéramos prolongar, dentro de lo posible, la tradición de lo que nos parecía ser una institución que estaba desapareciendo, añadíamos periódicamente uno o dos neófitos a nuestra pandilla.
El joven Phil Frenham era el último y más interesante de esos reclutas, y constituía un buen ejemplo de la afirmación un tanto mórbida de Murchard en el sentido de que a nuestro viejo amigo «le gustaban jugosos». En efecto, era un hecho que Culwin, pese a toda su sequedad, gustaba particularmente de las cualidades líricas de la juventud. Como era un epicúreo demasiado bueno como para cortar las flores del alma que juntaba para su jardín, su amistad no constituía una influencia desintegradora: al contrario, forzaba la joven idea a florecer de modo más robusto. Y en Phil Frenham tenía un buen sujeto para la experimentación. El chico era realmente inteligente, y la solidez de su naturaleza semejaba una pasta pura debajo de un fino barniz. Culwin lo había repescado de una niebla de insipidez familiar y lo había elevado a una cima en Darien; y la aventura no lo había dañado en lo más mínimo. Efectivamente, la habilidad con la que Culwin había logrado estimular su curiosidad sin robarle la lozanía de su asombro me parecía una respuesta suficiente a la monstruosa metáfora de Murchard. No había nada de agitado y desordenado en el florecimiento de Farnham, y su viejo amigo no había ni rozado las sagradas estupideces. No se necesitaba mayor prueba de ello que el hecho de que Frenham seguía adorándolas en Culwin.
«Hay un aspecto de él que vosotros no veis. Yo creo en esa historia del duelo», declaró; y fue la esencia misma de esta creencia lo que lo empujó —justo cuando nuestro pequeño grupo se estaba dispersando— a volverse nuevamente hacia nuestro anfitrión con una petición en broma: «¡Y ahora tiene usted que hablarnos de su fantasma!»
La puerta de la calle se había cerrado detrás de Murchard y los demás; sólo quedábamos Frenham y yo; y cuando el devoto sirviente, que presidía el destino de Culwin, hubo traído una nueva provisión de agua mineral, se le ordenó lacónicamente que se acostara.
La sociabilidad de Culwin era una flor que se abría de noche, y sabíamos que esperaba que el núcleo de su grupo se apretara a su alrededor después de la medianoche. Pero la solicitud de Frenham pareció desconcertarlo cómicamente y se levantó del sillón en el que acababa de sentarse de nuevo, tras las despedidas en el vestíbulo.
—¿Mi fantasma? ¿Crees que soy lo bastante tonto para molestarme en mantener a uno propio, cuando existen tantos espectros encantadores en los armarios de mis amigos? Toma otro cigarro —dijo, volviéndose hacia mí con una carcajada.
Frenham se echó a reír también, enderezando su flaco cuerpo ante el manto de la chimenea, mientras se volvía hacia su amigo bajito que parecía alzarse sobre la punta de los pies.
—¡Ah! —exclamó—. Nunca se contentaría con compartirlo, si hubiese encontrado uno que de veras le gustara.
Culwin se dejó caer nuevamente en su sillón, con la cabeza incrustada en el hueco de cuero desgastado y sus ojillos centelleando encima de un nuevo cigarro puro.
—¡Que me gustara..., que me gustara! ¡Señor! —gruñó.
—¡Ajá, entonces sí que encontró uno! —Frenham se abalanzó sobre él al instante, mirándome de reojo con expresión triunfante; pero Culwin se repantigó acobardado, como un duende, entre sus cojines, escondiéndose en una protectora nube de humo.
—¿De qué serviría negarlo? ¡Lo ha visto todo, por lo que, sin duda, ha visto a un fantasma! —insistió su joven amigo, hablando intrépidamente en medio del humo—. O, si no ha visto a uno, ¡es sólo porque ha visto dos!
El reto, presentado así, pareció impresionar a nuestro anfitrión. Sacó de golpe la cabeza de la calina, con ese extraño movimiento propio de las tortugas que a veces tenía, y parpadeó con aire aprobador hacia Frenham.
—¡Eso es! —nos soltó con una aguda carcajada—. ¡Es sólo porque he visto dos!
Las palabras eran tan inesperadas que cayeron hasta el fondo de un profundo silencio, mientras seguíamos mirándonos fijamente por encima de la cabeza de Culwin, y mientras Culwin miraba fijamente a sus fantasmas. Por último, sin hablar, Frenham se dejó caer en el sillón del otro lado de la chimenea y se inclinó hacia adelante con la sonrisa que lucía cuando escuchaba...
II
—¡Oh! Claro que no son fantasmas de exhibición..., un coleccionista no daría nada por ellos... No os hagáis ilusiones..., su único mérito reside en su fuerza numérica: el hecho excepcional de que hubo dos. Pero, en contrapartida, debo reconocer que en cualquier momento hubiese probablemente podido exorcizarlos a ambos, pidiéndole una receta a mi médico o unas gafas a mi oculista. Sólo que nunca pude decidir si debía consultar al médico o al oculista..., si estaba aquejado de un delirio óptico o estomacal... Los dejé proseguir con su interesante doble vida, aunque a veces convertían la mía en algo extremadamente incómodo...
»Sí, incómodo; ¡y ya sabéis cuánto detesto estar incómodo! Pero cuando empezó la situación formaba parte de mi estúpido orgullo el no reconocer que me pudiese molestar un asunto de tan poca importancia como ver a dos...
»Además, en realidad no tenía razón alguna para suponer que me encontraba enfermo. Que yo supiera, estaba sencillamente aburrido..., terriblemente aburrido. Pero parte de mi aburrimiento..., lo recuerdo..., se debía a que me sentía tan increíblemente bien y que no sabía cómo diablos desahogar mi energía sobrante. Acababa de regresar de un largo viaje..., a Sudamérica y a México..., y me había instalado para pasar el invierno cerca de Nueva York, con una anciana tía que conoció a Washington Irving6 y que mantuvo correspondencia con N. P. Willis7. Vivía no lejos de Irvington, en una húmeda casa de estilo gótico, sombreada por piceas noruegas, y cuyo aspecto era exactamente el de un monumento hecho con cabello. La apariencia personal de mi tía concordaba con esta imagen y su propio cabello..., del que quedaba ya muy poco..., podría haber sido sacrificado para fabricar el monumento.
«Acababa yo de llegar al término de un año agitado, con considerables atrasos en cuanto a dinero y a emociones; y en teoría parecía que la bondadosa hospitalidad de mi tía beneficiaría tanto mis nervios como mi bolsillo. Pero lo malo era que, tan pronto como me sentí a salvo y amparado, mi energía empezó a revivir; y ¿cómo desahogarla dentro de un monumento? En esos tiempos tenía la ilusión de que un esfuerzo intelectual sostenido podía absorber toda la actividad de un hombre; y decidí escribir un libro..., he olvidado de qué trataba. Mi tía, impresionada por mi plan, me cedió su biblioteca gótica, llena de clásicos encuadernados en tela negra y con daguerrotipos de celebridades marchitas; me senté al escritorio con el fin de ganarme un lugar entre ellas. Con objeto de facilitarme la tarea, mi tía me prestó a una prima para que copiara mi manuscrito.
»La prima era una amable chica y yo tenía la impresión de que una chica amable era justo lo que necesitaba para restaurar mi fe en la naturaleza humana y, particularmente, en mí mismo. No era ni bella ni inteligente..., ¡pobre Alice Nowell!..., pero me interesaba ver que cualquier mujer pudiera contentarse con ser tan poco interesante, y quería descubrir el secreto de su contento. Al tratar de averiguarlo, lo hice de manera un tanto brusca, y saqué las cosas de quicio..., ¡oh, sólo durante un momento! No peco de fatuidad diciéndoos esto, pues la pobre chica no conocía más que a primos...
»Bueno, pues me arrepentí de lo que había hecho, por supuesto, y estaba muy preocupado en cuanto a cómo enderezar el lío. Alice estaba viviendo en la casa y, una noche, después de que mi tía se acostara, Alice bajó a la biblioteca a buscar un libro que, como una Cándida heroína, había puesto por equivocación en uno de los estantes detrás del escritorio. Tenía la nariz rosada y estaba ruborizada y se me ocurrió, de pronto, que su cabello, aunque fuera bastante espeso y bonito, sería exactamente como el de mi tía cuando envejeciera. Me alegré de haberlo notado, pues me facilitó tomar la decisión de hacer lo correcto, y cuando encontré el libro que ella no había perdido, le dije que me marchaba a Europa esa misma semana.
»Europa estaba tremendamente lejos en esos tiempos y Alice supo de inmediato lo que eso implicaba. No reaccionó en absoluto, como yo esperaba..., y me hubiera sido mucho más fácil si lo hubiese hecho. Oprimió fuertemente el libro y se volvió un momento para subir la llama de la lámpara que estaba sobre mi escritorio, y cuya pantalla de cristal machacado estaba decorada con hojas de viña y llevaba bolitas de vidrio en el borde: lo recuerdo. Luego regresó, me dio la mano y dijo: «Adiós.» Mientras lo decía, me miró directamente y me besó. Nunca había sentido nada tan fresco, tan tímido y tan valeroso como su beso. Era peor que cualquier reproche y me sentí avergonzado por merecerme uno de su parte. Me dije: Me casaré con ella y, cuando mi tía se muera, nos dejará esta casa y yo me sentaré aquí al escritorio y seguiré escribiendo mi libro; y Alice se sentará allí con su bordado y me mirará como me está mirando ahora. Y la vida seguirá así durante un buen número de años. La perspectiva me atemorizó un poco, pero en ese momento no me atemorizaba tanto como hacer algo que pudiera causarle pena y, diez minutos más tarde, Alice tenía mi sello en el dedo, así como mi promesa de que, cuando fuera al extranjero, ella iría conmigo.
»Os preguntaréis por qué me extiendo sobre este incidente. Es porque la noche en que ocurrió fue la mismísima en que vi por primera vez la extraña visión de que os hablé anteriormente. Como en esa época yo creía fervientemente en una relación necesaria entre causa y efecto, traté, naturalmente, de encontrar alguna entre lo que acababa de ocurrirme en la biblioteca de mi tía y lo que sucedió unas horas más tarde esa misma noche; así pues, la coincidencia entre ambos acontecimientos se me ha quedado grabada en la mente.
»Subí a acostarme, sintiéndome bastante deprimido, pues me pesaba la carga de la primera buena acción que hubiese cometido conscientemente. Por muy joven que fuera, me di cuenta de lo grave de mi situación. No os imaginéis, al oír esto, que hasta ese momento fuera yo un instrumento del mal. No había sido más que un joven sencillamente inofensivo, que había seguido su inclinación y rechazado toda colaboración con la providencia. De pronto me había comprometido a promover el orden moral del mundo, y me sentía como debe sentirse el confiado espectador que le ha dado su reloj de oro al mago y que no sabe en qué estado lo recuperará cuando se haya acabado el juego de manos... Sin embargo, un ardor farisaico seguía templando mis temores y, mientras me desvestía, me dije que cuando me hubiese acostumbrado a ser bueno, probablemente no me sentiría tan nervioso como al principio. Una vez acostado y después de apagar la vela, sentí que estaba realmente acostumbrándome y que, hasta ese punto, no difería mucho de la sensación causada cuando me hundía en uno de los colchones de lana más suaves de mi tía.
»Cerré los ojos con esta imagen en la mente y, cuando los abrí, debía de ser mucho más tarde, pues mi habitación estaba helada e intensamente quieta. Me despertó esa extraña sensación que todos conocemos: la sensación de que había algo en la habitación que no estaba ahí cuando me dormí. Me incorporé y forcé la vista para ver en la oscuridad. La habitación se hallaba completamente a oscuras y, al principio, no vi nada. Sin embargo, gradualmente, una vaga luz trémula al pie de la cama se convirtió en dos ojos que me miraban fijos. No pude distinguir los rasgos a los que estaban unidos, pero, a medida que miraba, los ojos se volvían cada vez más claramente definidos; desprendían su propia luz.
»La impresión de que algo me mirara así distaba de ser agradable y podréis suponer que mi primer impulso sería el de saltar fuera de la cama y abalanzarme sobre la figura invisible unida a los ojos. Pero no lo fue: mi impulso consistió sencillamente en permanecer quieto... No puedo decir si esto se debió a la comprensión inmediata de la naturaleza misteriosa de la aparición, a la seguridad de que si saltaba fuera de la cama me abalanzaría sobre la nada o, sencillamente, al efecto paralizante de los ojos en sí. Eran los ojos más horribles que hubiese visto jamás: los de un hombre, eso sí, ¡pero qué hombre! Mi primer pensamiento fue que debía ser terriblemente viejo. Las órbitas estaban hundidas y los espesos párpados, de borde rojizo, cubrían los globos como si fuesen persianas cuyas cuerdas estuviesen rotas. Un párpado caía un poco más que el otro, remedando una mueca ladeada; y, entre esos pliegues carnosos, con su escasas pestañas como cerdas, ¡los ojos mismos, pequeños discos vidriosos, rodeados como por ágata, semejaban guijarros del mar asidos por una estrella marina!
»Pero la edad de los ojos no constituía lo más desagradable en ellos. Lo que me mareó fue su expresión de malévola seguridad. No sé de qué otro modo podría describir el hecho de que parecían pertenecer a un hombre que hubiera hecho mucho daño en su vida, pero que, rozándolo, no traspasó jamás el límite del peligro. No eran los ojos de un cobarde, sino de alguien demasiado listo para arriesgarse; y se me revolvió el estómago ante su aspecto de vil astucia. Sin embargo, ni siquiera eso era lo peor; pues mientras seguíamos mirándonos fijamente el uno al otro, vi en ellos un dejo de burla y sentí que yo era el objeto de ella.
»Ante eso, tuve un impulso de rabia que me hizo levantarme de golpe de la cama y abalanzarme directamente sobre la figura invisible. Pero, por supuesto, no había ninguna figura y mis puños golpearon el vacío. Avergonzado y helado, busqué un fósforo y prendí las velas. La habitación tenía el aspecto de siempre..., como sabía que sucedería; me volví a meter en la cama y apagué las velas.
»Tan pronto como la habitación estuvo de nuevo sumida en la oscuridad, los ojos reaparecieron, y me dediqué a explicar su presencia, basándome en principios científicos. Al principio creí que se trataba de una ilusión causada por el fulgor de las últimas ascuas en la chimenea; pero ésta se encontraba del otro lado de mi cama, y en un ángulo tal que el fuego no podía reflejarse en el espejo del tocador, el único de la habitación. Entonces se me ocurrió que me podría haber engañado el reflejo de las ascuas en algún trozo de madera pulida o de metal y, aunque no pude descubrir ningún objeto de ese tipo dentro de mi campo de visión, me volví a levantar, tanteé el camino hasta llegar a la chimenea, y cubrí lo que quedaba del fuego. Pero, tan pronto como estuve acostado de nuevo, los ojos reaparecieron al pie de la cama.
«Entonces debían de ser una alucinación. Estaba claro. Sin embargo, el hecho de que no se debieran a ningún engaño externo no los hacía más agradables. Pues si eran una proyección de mi propia conciencia, ¿qué diablos le ocurría a ese órgano? Había estudiado lo suficientemente a fondo el misterio de los estados mórbidos patológicos para imaginar las condiciones bajo las cuales una mente inquisitiva podría permitir tal amonestación nocturna; pero no podía encajarlo con mi caso en ese momento. Nunca me había sentido más normal, mental y físicamente hablando; y el único hecho poco acostumbrado de mi situación..., el de haber asegurado la felicidad de una joven amable..., no parecía ser del tipo que pudiera evocar espíritus impuros junto a mi almohada. Sin embargo ahí estaban los ojos, mirándome todavía...
»Cerré los míos y traté de evocar una imagen de los de Alice Nowell. No eran unos ojos extraordinarios, pero eran tan saludables como el agua pura y, si ella hubiese tenido más imaginación... o pestañas más largas..., su expresión podría haber sido interesante. Pero, siendo como eran, no resultaron muy eficaces y, al cabo de un momento, me percaté de que se habían convertido misteriosamente en los ojos que había al pie de la cama. Me exasperó aún más sentir que ésos traspasaban mis párpados cerrados y volví a abrirlos, contemplando directamente esa odiosa mirada.
»Y así seguí toda la noche. No os puedo explicar lo que fue esa noche, ni cuánto duró. ¿Habéis permanecido alguna vez acostados, desesperadamente despiertos, tratando de mantener los ojos cerrados, sabiendo que, si los abrís, veréis algo que teméis y odiáis? Parece algo fácil de hacer, pero es endemoniadamente difícil. Esos ojos permanecieron ahí, clavados, mirándome fijamente. Tenía el vertige de l'abîme, y sus rojos párpados eran el borde de mi abismo... Ya había tenido antes momentos nerviosos: momentos en que había sentido viento del peligro en la nuca; pero nunca había experimentado esa clase de tensión. No se trataba de que los ojos fuesen horribles; no tenían la majestad de los poderes oscuros. Pero tenían..., ¿cómo explicarlo?..., un efecto físico equivalente a un mal olor: su mirada dejaba una huella, como la de un caracol. Y yo no entendía qué tenían que ver conmigo, de todos modos..., y los miré fijamente durante horas, tratando de averiguarlo...
»No sé qué efecto trataban de producir; pero el que sí produjeron fue el de hacer que, temprano, a la mañana siguiente, hiciera mi maleta y me largara al centro. Dejé una nota para mi tía, explicándole que me sentía mal y había ido a consultar a mi médico; y, de hecho, me sentía extraordinariamente mal; la noche parecía haberme sacado toda la sangre. Pero, cuando llegué al centro, no fui a ver al médico. Fui a las habitaciones de un amigo, me eché sobre la cama y dormí durante diez horas divinas. Cuando me desperté, era plena noche, y me paralizó la idea de lo que podía estarme esperando. Me incorporé, temblando, y clavé la mirada en la oscuridad; pero no había ni una interrupción en la bendita superficie y, cuando vi que no se encontraban ahí los ojos, me quedé dormido durante otro largo tiempo.
»Al huir, no le había dejado ningún mensaje a Alice, porque pensaba regresar a la mañana siguiente. Pero a la mañana siguiente estaba demasiado exhausto para moverme. A medida que pasaba el día, el agotamiento aumentaba, en vez de desaparecer, como el cansancio que deja una noche normal de insomnio: el efecto de los ojos parecía ser acumulativo y la idea de volver a verlos se me hizo intolerable. Durante dos días combatí mi temor y, a la tercera noche, decidí que regresaría a la mañana siguiente. Me sentí mucho más feliz después de tomar la decisión, pues sabía que mi repentina desaparición, y lo extraño que parecía el que no hubiese escrito, debían de haber sido muy angustiosos para la pobre Alice. Me acosté con la conciencia tranquila y me quedé dormido inmediatamente; sin embargo, en medio de la noche me desperté, y ahí estaban los ojos...
«Bueno, pues no pude enfrentarme a ellos, sencillamente; en vez de regresar a casa de mi tía, metí algunas cosas en un baúl y abordé el primer barco rumbo a Inglaterra. Estaba tan rendido cuando llegué a bordo que me arrastré directamente a mi litera y dormí durante casi todo el viaje; y no os puedo explicar la dicha que sentía cuando despertaba de esos largos intervalos sin sueños y miraba la oscuridad sin temor, sabiendo que no vería los ojos...
«Permanecí en el extranjero durante un año, y luego otro; y, durante ese tiempo, ni siquiera los vislumbré una sola vez. Eso constituía una razón suficiente para prolongar mi estancia, aunque me hubiese encontrado en una isla desierta. Otra era, por supuesto, que me había percatado perfectamente, durante el viaje en el barco, de la imposibilidad total de casarme con Alice Nowell. El hecho de que tardara tanto en descubrirlo me molestó, e hizo que tratara de evitar las explicaciones. La dicha que me produjo escapar simultáneamente de los ojos y de ese otro bochorno, le dio a mi libertad un dinamismo extraordinario; y cuanto más la saboreaba, tanto más me gustaba su sabor.
»Los ojos habían quemado tal hoyo en mi conciencia que, durante largo tiempo, seguí perplejo en cuanto a la naturaleza de la aparición y preguntándome si algún día regresaría. Pero, a medida que pasaba el tiempo, perdí el temor y retuve únicamente la precisión de la imagen. Y luego, ésa, a su vez, se desvaneció.
»El segundo año me encontró establecido en Roma, donde pensaba, creo, escribir otro gran libro: una obra definitiva sobre la influencia etrusca en el arte italiano. En todo caso, había encontrado algún pretexto de esa clase para alquilar un soleado apartamento en la piazza di Spagna y pasearme por el Foro; y fue allí dónde, una mañana, un joven encantador se me acercó. De pie, allí bajo la cálida luz, delgado y semejante a un jacinto, podría haber bajado de un altar en ruinas..., digamos que uno dedicado a Antíneo; no obstante venía de Nueva York con una carta de (increíblemente, entre todas las personas) Alice Nowell. La carta..., la primera que recibía de su parte desde nuestra ruptura..., consistía simplemente en un renglón en el que me presentaba a su joven primo, Gilbert Noyes y me solicitaba que lo acogiera como a un amigo. Parecía ser, pobre chico, que «tenía talento» y «quería escribir»; y como su obstinada familia insistía en que su caligrafía tomara la forma de la contabilidad por partida doble, Alice había intervenido para obtenerle seis meses de prórroga, tiempo durante el cual debía viajar por el extranjero con una miserable suma de dinero y, de algún modo, probar su capacidad para incrementarla gracias a la pluma. Las singulares condiciones de la prueba fueron las que me impresionaron en primera instancia: parecía ser tan concluyente como una dura prueba medieval. Luego me enterneció el hecho de que Alice me enviara al joven Siempre había querido hacerle un favor, para justificarme más ante mí mismo que ante ella; y ésta constituía una bellísima ocasión de hacerlo.
«Supongo que puede uno sentar con seguridad el principio general de que, por lo común, los genios predestinados no aparecen ante uno, bajo el sol primaveral en el Foro, semejando uno de sus dioses desterrados. En todo caso, el pobre de Noyes no era un genio predestinado. Pero, eso sí, su hermosura regalaba la vista y era un compañero encantador. Hasta que empezó a hablar de literatura no se me cayó el alma a los pies. Conocía yo tan bien todos los síntomas..., ¡las cosas que tenía «en su interior» y las cosas externas que lo obstaculizaban! Ésa es la verdadera prueba, después de todo. Siempre... puntual, inevitablemente, con la inexorabilidad de una ley mecánica..., siempre se fijaba en las cosas erróneas. Llegué a sentir una especie de fascinación al decidir de antemano exactamente cuál cosa errónea escogería; y adquirí una asombrosa habilidad en el juego...
»Lo peor era que su bêtise no resultaba muy obvia. Las damas a las que lo presentaron durante un día de campo lo veían como un intelectual, e incluso en las cenas lo tomaban por listo. Yo, que lo tenía bajo el microscopio, pensaba de vez en cuando que podría desarrollar algún tipo de talentito, algo que lo ayudaría a sobrevivir y con lo cual podría ser feliz; después de todo, ¿no era eso lo que me correspondía? Era tan encantador..., siguió siendo tan encantador..., que sacaba a relucir todos mis sentimientos caritativos para apoyar esta argumentación; y durante los primeros meses creí realmente que habría una oportunidad para él.
»Esos meses fueron deliciosos. Noyes estaba constantemente conmigo, y cuanto más lo veía más me simpatizaba. Su estupidez era una gracia natural..., era tan hermosa, realmente, como sus pestañas. Y él era tan alegre, tan cariñoso y estaba tan feliz conmigo, que el decirle la verdad hubiese sido tan agradable como degollar a un tierno animal. Al principio me preguntaba qué había metido en esa radiante cabeza la detestable ilusión de que contenía un cerebro. Entonces empecé a darme cuenta del que se trataba sencillamente de una mímica protectora... una instintiva treta para alejarse de la vida en familia y de un escritorio en una oficina. Y no es que Gilbert..., ¡pobre chico!..., no creyera en sí mismo. No existía un ápice de hipocresía en él. Estaba seguro de que su «vocación» era irresistible, mientras que para mí la gracia que salvaba la situación era que no lo era, y que un poco de dinero, un poco de ocio, un poco de placer, lo hubiesen convertido en un inofensivo holgazán. Sin embargo, y desgraciadamente, no existía la más remota esperanza de que obtuviera dinero, y ante la alternativa de un escritorio en una oficina, no podía posponer sus intentos literarios. Lo que «producía» era deplorable, y ahora me doy cuenta de que lo supe desde un principio. No obstante, lo absurdo de decidir todo el futuro de un hombre con una primera prueba pareció presentarme la justificación para ocultarle mi veredicto, e incluso, tal vez, para alentarlo un poco, con la excusa de que la planta humana requiere generalmente calor para florecer.
»En todo caso, actué partiendo de ese principio y lo llevé al punto de lograr que extendieran el plazo de su prueba. Cuando me fui de Roma, él se vino conmigo y pasamos ociosamente un delicioso verano entre Capri y Venecia. Me dije: «Si algo tiene en su interior, saldrá a relucir ahora»; y, efectivamente, salió. Nunca estuvo tan encantador ni tan encantado. Hubo momentos durante nuestra peregrinación en que la belleza nacida del sonido murmurado parecía llegar a su cara..., pero sólo para salir en un torrente de tinta palidísima...
»Bueno, pues llegó el momento de cerrar el grifo; y yo sabía que la única mano que podía hacerlo era la mía. Estábamos de vuelta en Roma y me lo había llevado a mi hogar, pues no quería que estuviese solo en su pensión cuando tuviese que enfrentarse a la necesidad de renunciar a su ambición. Por supuesto, no me había fiado únicamente de mi propia opinión al decidir aconsejarle que dejara a un lado la literatura. Había enviado sus obras a varias personas..., editores y críticos..., y me las habían devuelto siempre con la misma espeluznante falta de comentarios. Realmente, no había nada que se pudiera decir...
«Confieso que nunca me sentí más mezquino que el día en que decidí que debía enfrentarme a Gilbert. No bastaba con que me dijera que era mi deber destrozar las esperanzas del pobre chico...; me gustaría saber qué acto de crueldad gratuita no ha sido justificado con ese pretexto. He evitado usurpar siempre las funciones de la providencia y, cuando tengo que ejercerlas, prefiero definitivamente que no sea en aras de la destrucción. Además, en última instancia, ¿quién era yo para decidir, aun después de un año de prueba, si el pobre de Gilbert tenía o no madera de escritor?
«Cuanto más analizaba el papel que había resuelto interpretar, menos me gustaba; y me gustó todavía menos cuando Gilbert se sentó frente a mí, con la cabeza echada hacia atrás bajo la luz de la lámpara, como la de Phil ahora..., acababa de revisar su último manuscrito y él lo sabía, y sabía que su futuro dependía de mi veredicto... Habíamos acordado eso tácitamente. El manuscrito se encontraba entre ambos, sobre mi mesa... Una novela, ¡su primera novela, señores!... Gilbert alargó el brazo y colocó la mano sobre el manuscrito y me miró como si toda su vida estuviera contenida en esa mirada.
»Me levanté, me aclaré la garganta, tratando de mantener la vista apartada de su cara, fija en el manuscrito...
»«El hecho es, mi querido Gilbert», empecé...
»Vi que palidecía, pero en un instante estaba de pie y cara a cara los dos.
»«¡Oh, vamos, no te atosigues tanto, querido amigo! ¡No estoy tan destrozado!» Tenía las manos sobre mis hombros y reía, mirándome desde su altura, con una especie de gravedad mortalmente golpeada que me clavó un cuchillo en las entrañas.
»Era demasiado brutalmente valiente para que pudiese mantener la tonta postura de que era mi deber. Y me di cuenta, de pronto, de cómo perjudicaría a otras personas al perjudicarlo a él: comenzando por mí, pues el enviarlo a casa significaría que lo perdería; pero, y sobre todo, a Alice Nowell, a quien hacía tanto tiempo que quería probarle mi buena fe y mi deseo de servirla en algo. El desilusionar a Gilbert era como desilusionarla a ella dos veces...
»Pero mi intuición fue como uno de esos destellos repentinos que rodean todo el horizonte, y en ese mismo instante me di cuenta de lo que podría significar el que no le dijera la verdad. Me dije: «Tendré que cargar con él toda la vida»..., y nunca había conocido a nadie, hombre o mujer, a quien estuviera seguro de querer en esas condiciones. Bueno, pues ese impulso egoísta hizo que me decidiera. Me avergoncé y, con el fin de alejar tal impulso di un salto que me hizo caer directamente en brazos de Gilbert.
»«El manuscrito está muy bien y tú estás en un error», le grité; y, mientras Gilbert me abrazaba y yo reía y me estremecía en su abrazo, me sentí, durante un minuto, pagado de mí mismo, sensación que dirige supuestamente los pasos de los justos. ¡Caray! El hacer feliz a la gente tiene su encanto...
»Gilbert, por supuesto, estaba a favor de celebrar su emancipación de modo espectacular; pero lo envié a que manifestara sus emociones a solas, y yo me acosté para descansar de las mías. Mientras me desvestía, empecé a preguntarme cuál sería el sabor que me dejarían esas emociones...; tantas de las mejores desaparecen. No obstante no me lamenté y tenía intención de vaciar la botella, aunque resultara un tanto rancio su contenido.
«Después de acostarme, permanecí largo rato sonriendo ante el recuerdo de su expresión..., su expresión de dicha... Entonces me quedé dormido y, cuando desperté, la habitación estaba mortalmente fría y me incorporé de golpe..., y ahí se encontraban los otros ojos...
»Hacía tres años que no los veía, pero había pensado tan a menudo en ellos que estaba seguro de que nunca más me cogerían desprevenido. En ese momento, con su mueca roja y burlona, supe que había creído realmente que regresarían y que me encontraba tan indefenso como siempre ante ellos... Como antes, la loca incongruencia de su llegada era lo que los hacía tan horribles. ¿Qué diablos buscaban al asaltarme en tal momento? Había vivido más o menos descuidadamente durante los años en que no los había visto, aunque mis peores indiscreciones no eran lo bastante siniestras como para incitar la inquisición de su infernal brillo; pero en ese momento en particular yo estaba realmente en lo que podría considerarse como un estado de gracia, y no os puedo explicar cómo eso aumentaba su horror...
»Pero no basta con decir que eran tan horribles como antes: eran peores. Peores por lo que había aprendido sobre la vida en el intervalo, por todas las condenadas implicaciones que mi mayor experiencia me hacía percibir en ellos. Ahora veía lo que no había visto antes: que eran ojos que se habían hecho gradualmente espantosos, que habían construido su mezquindad como los corales, poco a poco, a base de una serie de pequeñas infamias acumuladas lentamente a lo largo de años de labor. Sí..., se me ocurrió que lo que los hacía tan horribles era que se hubiesen vuelto malévolos tan lentamente...
»Ahí estaban, colgados en la oscuridad, con sus párpados hinchados cayendo sobre sus húmedos globos que daban vueltas en sus órbitas y con los pliegues de piel que conformaban una fangosa sombra por debajo..., y, a medida que su mirada se movía siguiendo mis movimientos, me percaté de su tácita complicidad, de una profunda comprensión entre nosotros que resultaba peor que la primera conmoción creada por lo extraños que eran. No es que los entendiera, sino que hacían ver tan claramente que algún día lo haría... Sí, eso fue lo peor, decididamente; y ésa fue la sensación que crecía cada vez que regresaban...
»Pues tomaron la condenada costumbre de regresar. Me hacían pensar en vampiros a los que les gusta la sangre joven, por lo mucho que parecían recrearse con el sabor de una buena conciencia. Cada noche, durante un mes, llegaron a reclamar su trozo de la mía: desde que hice feliz a Gilbert se negaban a aflojar los colmillos. La coincidencia hizo que casi odiara a Gilbert, ¡pobre chico!, por más fortuita que me pareciera. Me quebré la cabeza con este problema durante bastante tiempo, pero no pude encontrar ninguna explicación que no fuera el azar de su relación con Alice Nowell. Ahora bien, los ojos habían desaparecido cuando la abandoné, así que no podían ser emisarios de una mujer desechada, aun si uno pudiese imaginar a la pobre Alice encargando a espíritus de esa clase que tomaran venganza por ella. Eso me hizo pensar y empecé a preguntarme si desaparecerían en el caso de que abandonara a Gilbert. La tentación era insidiosa y tuve que luchar contra ella; pero, realmente, ¡querido chico!, era demasiado encantador para que lo sacrificara a tales demonios. Así que, después de todo, nunca descubrí lo que querían...
III
El fuego crepitó, poniendo de relieve la arrugada cara del narrador bajo su incipiente barba gris y negra. Arrellanado en el hueco del respaldo del sillón, sobresalió durante un instante como una talla de piedra amarillenta con vetas rojas, con lunares de esmalte en el lugar de los ojos; entonces el fuego decayó y se convirtió nuevamente en un tenue borrón, como en las pinturas de Rembrandt.
Phil Frenham, sentado en una silla baja al otro lado de la chimenea, con un largo brazo apoyado sobre la mesa detrás de él, el otro sosteniendo su cabeza echada hacia atrás, y la mirada fija en el rostro de su anciano amigo, no se había movido desde que empezó la narración. Mantuvo su silenciosa inmovilidad cuando Culwin dejó de hablar y fui yo quien, con una vaga sensación de desilusión ante el repentino fin del relato, pregunté finalmente:
—Pero ¿durante cuánto tiempo siguió viéndolos?
Culwin, tan hundido en su sillón que parecía ser un montón de su propia ropa vacía, se movió un poco, como si mi pregunta le hubiese sorprendido. Era como si casi se hubiese olvidado de lo que nos estaba contando.
—¿Cuánto tiempo? ¡Oh! Irregularmente todo aquel invierno. Era infernal. Nunca me acostumbré a ellos. Caí muy enfermo.
Frenham cambió de postura y, al hacerlo, su codo golpeó un pequeño espejo enmarcado en bronce sobre la mesa detrás de él. Se dio la vuelta y modificó ligeramente el ángulo; entonces regresó a su posición anterior, con la oscura cabeza echada hacia atrás y apoyada sobre la palma de la mano, los ojos intensamente fijos en el rostro de Culwin. Algo en su mirada silenciosa me abochornó y, como si quisiera desviar la atención de ella, hice rápidamente otra pregunta.
—Y ¿nunca trató de sacrificar a Noyes?
—¡Oh, no! De hecho, no tuve necesidad de hacerlo. ¡Lo hizo por mí, pobre chico!
—¿Lo hizo por usted? ¿Qué quiere decir?
—Me agotó..., agotó a todo el mundo. Insistía en soltar sus lamentables tonterías por todos lados, hasta que se convirtió en algo terrorífico. Traté de convencerlo de que no escribiera...; eso sí, con muchísima suavidad; entendedlo, juntándolo con gente agradable, dándole la oportunidad de darse a conocer, de que se diera cuenta de lo que realmente tenía por dar. Había previsto esta solución desde un principio..., estaba seguro de que, una vez que se hubiese apagado el primer ardor de escritor, tomaría su lugar como un encantador parásito, la clase de querubín crónico para el que, en las antiguas sociedades, existe siempre un lugar a la mesa y protección detrás de las faldas de las damas. Lo imaginé ocupando su lugar como «el poeta»: el poeta que no escribe. Es un tipo que existe en todo salón. El vivir así no cuesta mucho...; ya lo tenía yo todo dispuesto en mi mente y estaba seguro de que, con un poco de ayuda, podría lograrlo durante los próximos años; y, mientras tanto, seguramente se casaría. Lo veía casado con una viuda, bastante mayor, con una buena cocinera y una casa bien organizada. Incluso ya le tenía puesto el ojo a la viuda... Entre tanto, hice todo lo que pude para ayudarlo en el período de transición... Le presté dinero para que tranquilizara su conciencia, lo presenté a mujeres bonitas para que olvidara sus promesas. Pero nada servía: tenía una sola idea en esa hermosa y obstinada cabeza. Quería el laurel y no la rosa y repetía una y otra vez el axioma de Gautier8, machacando y afinando su débil prosa hasta que la hubo extendido sobre Dios sabe cuántos cientos de páginas. De vez en cuando enviaba un montón de ellas a un editor y, por supuesto, siempre se las devolvían.
»Al principio, no le daba importancia... Creía que «no lo entendían». Tomó la pose de un genio y, cuando le devolvían una obra, escribía otra para hacerle compañía. Luego tuvo una reacción desesperada y me acusó de engañarlo y Dios sabe de cuántas cosas más. Me enfadé y le dije que él fue quien se había engañado. Había venido a mí resuelto a escribir y yo había hecho todo lo posible por ayudarlo. Hasta allí llegaba mi culpa y lo hice por su prima, no por él.
»Eso pareció penetrar en su cerebro y no me contestó durante un minuto. Luego dijo: «Mi tiempo y mi dinero se han acabado. ¿Qué crees que debería hacer?»
»«Creo que no deberías portarte como un necio», le contesté.
»«¿Qué quieres decir con eso de portarme como un necio?», me preguntó.
»Saqué una carta de mi escritorio y se la mostré.
»«Quiero decir cosas como rechazar este ofrecimiento de la señora Ellinger de que seas su secretario con un salario de cinco mil dólares. Tal vez haya mucho más que eso.»
»Alargó el brazo con tal violencia que hizo volar la carta de mi mano. «¡Oh, sé perfectamente lo que hay en eso!», exclamó, rojo como un tomate.
»«Y ¿cuál es la respuesta, si lo sabes?», inquirí.
«Durante un minuto no contestó, sino que se volvió lentamente hacia la puerta. Allí, con la mano en el picaporte, se detuvo para preguntar, casi susurrando: «Entonces ¿crees que mi trabajo no vale nada?»
»Yo estaba cansado y exasperado y me eché a reír. No defiendo esa carcajada..., fue de pésimo gusto. Pero debo aducir, como circunstancia atenuante, que el joven era un tonto y que yo había hecho lo que podía por él...; de verdad, lo había hecho.
«Gilbert salió del salón, cerrando silenciosamente la puerta tras de sí. Esa tarde me marché a Frascati, donde había prometido pasar el domingo con unos amigos. Me alegré de escaparme de Gilbert, y esa noche me enteré de que había escapado también de los ojos. Caí en el mismo sueño letárgico que me dominó cuando dejé de verlos la última vez; y, al despertar a la mañana siguiente, en mi tranquila habitación encima de las encinas, experimenté el agotamiento total y el profundo alivio que siempre seguía a ese sueño. Me quedé dos benditas noches en Frascati y, cuando regresé a mis habitaciones en Roma, me enteré de que Gilbert se había marchado... ¡Oh, no había ocurrido nada trágico!... El episodio nunca llegó a eso. Sencillamente, había guardado sus manuscritos en su maleta y se había ido a América..., hacia su familia y el escritorio en Wall Street. Me dejó una nota bastante decente en la que me explicaba su decisión y, en esas circunstancias, se portó tan poco como un tonto como le es posible a un tonto...
IV
Culwin hizo otra pausa y Frenham seguía inmóvil; el oscuro contorno de su cabeza se reflejaba en el espejo a su espalda.
—Y ¿qué ocurrió con Noyes después? —pregunté finalmente, aún intranquilo por la sensación de lo incompleto por la necesidad de encontrar un hilo conductor entre las líneas paralelas del relato.
Culwin se encogió ligeramente de hombros.
—¡Oh! No ocurrió nada..., porque se convirtió en nada.
No había posibilidad de que se convirtiera en algo. Vegetó en una oficina, según creo, y consiguió finalmente un empleo en un consulado y se casó aburridamente en China. Lo vi una vez en Hong Kong, muchos años más tarde. Estaba gordo y no se había afeitado. Me dijeron que bebía. No me reconoció.
—Y ¿los ojos? —inquirí, tras una nueva pausa que el continuo silencio de Frenham hacía opresiva.
Culwin, pasándose la mano por la barbilla, parpadeó meditabundo en medio de las sombras.
—No volví a verlos después de mi última conversación con Gilbert. Sumad dos y dos, si podéis. En cuanto a mí, no he encontrado la relación.
Se levantó, con las manos en los bolsillos, y se encaminó tieso hacia la mesa sobre la cual se habían dispuesto unas bebidas reanimadoras.
—Debéis estar sedientos después de este relato tan seco. Toma, querido amigo. Toma, Phil... —se volvió hacia la chimenea.
Frenham no respondió a la llamada hospitalaria de su anfitrión. Seguía sentado en su silla baja, sin moverse, pero cuando Culwin se le acercó, sus ojos se encontraron en una larga mirada; después de eso, el joven, dándose repentinamente la vuelta, echó los brazos sobre la mesa de atrás y dejó caer la cabeza sobre ellos.
—¡Phil..., qué demonios! ¡Vamos! ¿Te espantaron los ojos? Querido chico..., querido amigo... ¡Nunca vi tal tributo a mi habilidad literaria! ¡Nunca!
Soltó una carcajada ante la idea y se detuvo en la alfombrilla delante de la chimenea, con las manos aún en los bolsillos, mirando la cabeza inclinada del joven. Entonces, como Frenham seguía sin contestar, se acercó uno o dos pasos más.
—¡Anímate, estimado Phil! Hace años que no los veo.., Al parecer; no he hecho nada lo bastante malo últimamente para sacarlos del caos. A menos que mi actual evocación haya hecho que tú los veas, ¡lo que sería su peor truco hasta la fecha!
Su juguetona petición se desvaneció en una intranquila y estremecida risa y se acercó aún más, inclinándose sobre Frenham y posando sus manos gotosas sobre los hombros del chico.
—Phil, mi querido chico, ¡vamos!... ¿Qué te ocurre? ¿Por qué no contestas? ¿Has visto los ojos?
El rostro de Frenham seguía oculto y, desde donde yo me encontraba, detrás de Culwin, vi que éste, como bajo el efecto del rechazo de tan incomprensible actitud, echó lentamente el cuerpo hacia atrás. Mientras lo hacía, la luz de la lámpara sobre la mesa cayó de lleno en la cara congestionada y vi su imagen en el espejo detrás de la cabeza de Frenham.
Culwin vio también la imagen. Se detuvo, con el rostro a nivel del espejo, como si casi no reconociera el semblante como el suyo. Pero, en tanto miraba, su expresión cambió gradualmente y, durante un largo rato, él y la imagen se enfrentaron con una mirada de odio lentamente acumulado. Entonces, Culwin soltó los hombros de Frenham y dio un paso hacia atrás...
Frenham, con la cara aún oculta, no se movió.