II
—¡Eh, Juao! —grité a través de la escollera.
Juao agitó la cabeza en mi dirección desde el centro de sus redes, con el sol brillando sobre sus desnudos hombros, con el sol perdido en sus enmarañados cabellos. Me acerqué al lugar donde estaba sentado, cosiendo como una araña.
—He estado pescando sobre el banco de coral que me indicaste —me dijo de buenas a primeras—. Subirás a casa a echar un trago, ¿eh?
—Estupendo.
—En seguida termino con esto.
Hay un tipo de brasileño que se encuentra a lo largo del litoral en los pueblos de pescadores, viejo, pero sin edad. Se ve a uno de esos hombres y se piensa que puede tener cincuenta años, que puede tener sesenta... Y probablemente tendrá el mismo aspecto cuando cumpla los ochenta y cinco. Juao era uno de ellos. En cierta ocasión calculamos su edad. Es siete horas más viejo que yo.
Nos hicimos amigos poco antes del accidente, cuando quedé atrapado en sus redes mientras trabajaba en el tendido de unas líneas en la Corriente Vorea. Muchos individuos hubieran resuelto el problema sacando su cuchillo y abriéndose paso a través de las redes, destruyendo así de cincuenta y cinco a sesenta dólares de material. Esta suma es la que ingresa aquí mensualmente un pescador, por término medio. Pero yo esperé a que me sacaran a la superficie y permanecí sentado en su barca mientras me desenredaban. Aquello fue el principio de nuestra amistad Y desde entonces, para compensarle por el día de pesca que le había hecho perder, empecé a sugerirle los lugares en los cuales debía pescar. Y cuando la pesca es buena, Juao me invita a un trago.
Hacía veinte años que duraba la cosa. Durante ese tiempo mi vida había quedado destrozada y atada a la tierra firme. Y Juao había casado a sus cinco hermanas, se había casado él y había tenido dos hijos. Yo había acompañado a Juao y a Amalia, su esposa, en el helicóptero-ambulancia hasta Brasilia, y me había quedado en el vestíbulo con Juao, y le había consolado mientras lloraba y había tratado de explicarle cómo un mundo que podía coger a un niño pre-púber con una semana de operaciones quirúrgicas convertirle en un ser anfibio que podía existir durante un mes en cualquiera de los dos lados de la superficie del mar, podía revelarse impotente ante un cáncer endocrino complicado con una grave insuficiencia renal. Juao y yo regresamos a la aldea solos, en autobús, tres días antes de nuestro cumpleaños: tres días antes de que yo cumpliera veintitrés años, y Juao veintitrés años y siete horas.
—Esta mañana —dijo Juao— he recibido una carta que quiero que me leas. Se refiere a los chicos. Vamos a echar un trago. —Echamos a andar a lo largo del puerto hacia la plaza—. ¿Crees que la carta dice que aceptan a los chicos?
—Es del Cuerpo Acuático. Y cuando rechazan a alguien se limitan a enviar una tarjeta postal. El problema es: ¿qué opinas tú de ello?
—Tú eres una buena persona. Si mis hijos crecen como tú, todo irá bien.
—Pero estás preocupado, de todos modos.
Yo había estado apremiando a Juao para que inscribiera a los niños en el Cuerpo Acuático Internacional, desde que me convertí en su padrino. Las operaciones tenían que efectuarse poco antes de la pubertad. Eso significaría que estarían mucho tiempo lejos de la aldea durante su período de adiestramiento... y que eventualmente podían ser destinados a cualquiera de los océanos del mundo. Pero los dos chiquillos sin madre no habían tenido una vida fácil con Juao y con su hermanas. El Cuerpo significaría para ellos educación, viajes, trabajo interesante, las cosas que para un niño representan la buena vida. No parecerían dos veces más viejos cuando cumplieran los treinta y cinco años; y hay pocos anfihombres que tengan mi aspecto.
—La preocupación forma parte de la vida. Pero el trabajo es peligroso. ¿Sabes que hay un anfihombre que intentará tender un cable por debajo del Slash?
Fruncí el entrecejo.
—¿Otra vez?
—Sí. Eso era lo que intentabas hacer tú cuando el mar te destrozó, ¿no es cierto?
—¿No hay modo de que sea menos exagerado? —pregunté—. ¿Y quién va a ponerle el cascabel al gato, esta vez?
—Un joven anfihombre llamado Tork. En los muelles hablan de él como de un hombre muy valiente.
—¿Por qué diablos continúan en su intento de tender el cable allí? La línea a través del Slash no es imprescindible...
—A causa de los peces —dijo Juao—. Me contaste los motivos hace veinte años. Los peces están todavía allí, y los pescadores que no podemos bucear estamos todavía aquí. Si los chicos van siendo operados, habrá menos pescadores. Pero, actualmente... Se encogió de hombros—. Tienen que tender la línea a través del trayecto que recorren los bancos de peces o por debajo del Slash.
Juao sacudió la cabeza.
En efecto, los grandes cables conductores de energía del Cuerpo Acuático habían sido tendidos a lo largo del suelo del océano para proporcionar fuerza eléctrica a sus minas y granjas submarinas, para que funcionaran sus pozos de petróleo —yo mismo había ayudado a obturar muchos de aquellos pozos incendiados—, para sus rebaños de ballenas y sus plantas de destilación química. Los cables transportaban una corriente de doscientas sesenta fases. En algunos sectores del suelo del océano, o en sectores de agua con cierto contenido mineral, esto provocaba una inductancia en la propia agua que a veces —y el que pudiera detallar exactamente por qué no ocurría siempre obtendría probablemente un premio Nobel— expulsaba a los peces hacia zonas situadas a veinticinco y treinta millas, a no ser que las líneas se tendieran en el fondo de aquellos desfiladeros que se hunden en el suelo del océano.
—Ese Tork piensa en los pescadores. Es una buena persona, también.
Enarqué mis cejas —la única que me quedaba, exactamente— y traté de recordar lo que mi pequeña Ondina me había dicho de él aquella mañana. Y no recordé gran cosa.
—Le deseo suerte —dije.
—¿Qué sientes al pensar que ese joven va a descender hasta el mismo fondo coralífero del Slash?
Medité unos instantes.
—Creo que le odio.
Juao alzó la mirada.
—Es una imagen en un espejo en el cual me miro, y me veo obligado a considerar lo que yo era —continué—. Le envidio la posibilidad de obtener el éxito en algo que para mí resultó un fracaso. Pero deseo que lo consiga.
Detrás de nosotros oí el golpeteo de unas sandalias sobre el hormigón. Me volví a tiempo para sujetar a mi ahijada con mi brazo sano. Mi ahijado había agarrado mi brazo inútil y tiraba de él.
—¡Tío Cal!
—¡Hola, tío Cal! ¿Qué nos has traído?
—¡Dejadle en paz! —les riñó su padre.
Y, Dios les bendiga, ignoraron a su padre.
—¿Qué nos has traído?
—¿Qué nos has traído, tío Cal?
—Si me soltáis un momento, os lo enseñaré.
De modo que retrocedieron, verdiojos y emocionados. Observé a Juao, que a su vez nos observaba: pupilas castañas sobre bolas de marfil, y en el ojo izquierdo la mancha de una vena formando diminutos arroyos. Amaba a sus hijos, los cuales no tardarían en ser tan extraños para él como los peces que capturaba en sus redes. También él estaba mirando la cosa horrible en que yo me había convertido, preguntándose qué destino aguardaba a su propia progenie. Y estaba contemplando el mundo girando y envejeciendo, arrullado por las olas, reflejado en aquel espejo.
Me resultaba imposible ver el aspecto real que adquieren desde un pueblo de pescadores la explosión demográfica, las incipientes colonias de la Luna y Marte y el aprovechamiento de las profundidades del océano. Pero me acerco más que otros muchos, y sé lo que no comprendo.
Rebusqué en mi bolsillo y saqué el opaco fragmento que había traído de la playa.
—Aquí está. ¿Os gusta?
Y ellos se inclinaron encima de mis membranosos y extraños dedos.
En el supermercado, que es el edificio de mayor tamaño del pueblo, Juao compró unas tortas variadas. «Su aroma y su sabor son más intensos que los del chocolate», susurraba la caja cuando era levantada de la estantería.
Yo acababa de leer precisamente un artículo acerca de las nuevas técnicas de envasado vocal en una revista de los Estados Unidos que había llegado la semana anterior, de modo que estaba preparado y me quedé en la sección de verduras para evitar la tentación. Luego nos dirigimos a casa de Juao. La carta resultó ser lo que yo había esperado Los niños tenían que tomar el autobús para Brasilia al día siguiente. Mis ahijados se pondrían en camino para convertirse en peces.
Nos sentamos en los escalones del porche y bebimos y contemplamos los asnos y los ciclomotores, los hombres con pantalones bombachos y las mujeres con echarpes amarillos y faldas de vivos colores, cargadas con ristras de ajos y cestos de cebollas. De cuando en cuando desfilaban unos uniformes con las escamas verdes de los anfihombres.
Finalmente, Juao se cansó de estar allí y se marchó a descabezar un sueño. Yo había pasado la mayor parte de mi vida en el litoral de países acostumbrados a la siesta, pero mis primeros diez años de formación transcurrieron en una granja colectiva danesa, y la costumbre no arraigó nunca en mí. De modo que pasé por encima de mi ahijada, que se había quedado dormida sobre el primer peldaño, y crucé el pueblo en dirección a la playa.