I
A veces bajo al puerto, chapaleando arena con mi pie rígido en el extremo de mi pierna rígida encajada en mi rígida cadera, con mi brazo inútil colgando, para empaparme de nuevo en humedad, beber en las profundidades con viejos camaradas desembarcados, sintiéndome viejo, roto, compadeciéndome a mí mismo, riendo más y más ruidosamente. La tercera parte de mi rostro que quedó destrozada en el accidente fue remendada con injertos de piel de mi pecho, de modo que lo que quedó de mi boca distorsiona todos los sonidos altos; una chapucera reconstrucción sartoria. Tengo también un pecho velludo. El vello de mi pecho es distinto del pelo de la barba, y crece debajo de mi ojo derecho. Y: mi barba es rojiza, el vello de mi pecho castaño, en tanto que los cabellos que se rizan sobre mi nuca y mis orejas son rubios, veteados de gris.
A causa de mi horrible aspecto, y de lo huraño de mi temperamento, paso la mayor parte del tiempo en la casa de madera, cristal y aluminio que el Cuerpo Acuático me cedió junto con mi pensión. Allí tengo alfombras turcas, cacharros de cobre, mi viola, que ya no puedo tocar, y mis libros.
Pero, a veces, cuando la dorada bruma enturbia la mañana, bajo a la playa y cojeo descalzo por la húmeda orilla del mar, en busca de vidrios a la deriva. Aquella mañana era brumosa, y el sol manchaba la niebla a través del agua como un cucharón de azófar. Me encaramé a lo alto de las rocas, miré hacia abajo a través de las altas hierbas en dirección a la espumeante caleta donde ella estaba tendida, y parpadeé.
Sus largos cabellos casi cubrían las agallas situadas en la parte inferior de su nuca y las incisiones secundarias que discurrían a lo largo de su espalda. Ella me vio.
—¿Qué estás haciendo aquí? —me preguntó, frunciendo sus ojos azules.
—Busco vidrios a la deriva.
—¿Qué?
—Ahí hay un ejemplar.
Señalé a un punto cerca de ella y bajé de las rocas como un cangrejo con una pata rígida.
—¿Dónde está?
Ella se volvió, medio dentro, medio fuera del agua, con las membranas de sus dedos ahuecando nódulos de piedra negra.
Mientras el agua practicaba frías aberturas entre mis dedos, recogí el lechoso fragmento que se encontraba junto a su codo.
—¿Ves?
—¿Qué... qué es eso?
Ella levantó su fría mano hasta la mía. Por un instante, la luz a través de la lechosa gema y la pálida película de mis propias membranas arrancó el biombo de sus manos.
—Vidrio a la deriva —dije—. ¿Sabes cuántas botellas de Coca-Cola, cuántos trozos de cristal y cuántas escorias de silicio industrial van a parar al mar?
—Yo conozco las botellas de Coca-Cola.
—Se rompen, y las mareas arrastran los pedazos mar adentro y mar afuera sobre el fondo arenoso, gastando los bordes, cambiando su forma. A veces, los productos químicos del vidrio reaccionan en contacto con los productos químicos del mar para cambiar de color. A veces aparecen vetas en un trozo de cristal, regulares y geométricas. Cuando los trozos se secan, se hacen opacos. Pero si se introducen de nuevo en el agua vuelven a hacerse transparentes.
—¡Ohhh! —exhaló ella, como si la belleza del fragmento triangular que reposaba en la palma de mi mano la asaltara como un perfume. Luego me miró a la cara, frunciendo el tercer párpado que utilizamos como lente de corrección para la visión submarina.
Contempló la ruina de mi rostro en silencio.
Luego, su mano se acercó a mi pie, cuyas membranas habían quedado desgarradas en el accidente. Empezaba a intuir quién era yo. Busqué en ella el horror, pero sólo vi una leve tristeza.
La insignia que figuraba en la hebilla de su cinturón me reveló que ella era Técnico Biológico. Allí en la casa había un uniforme similar de escamas imitadas, plegado en el fondo de un cajón del armario ropero, y en la hebilla del Cinturón podía leerse: Aforador de Profundidades. Yo llevaba ahora unos tejanos muy raídos y una camisa roja de algodón, sin botones.
Ella alargó la mano hasta mi nuca, echó hacia atrás el cuello de mi camisa y tocó las leves hendiduras de mis agallas, repasando sus contornos con sus fríos dedos.
—¿Quién eres? —preguntó finalmente.
—Cal Svenson.
Ella se deslizó en el agua, boca arriba.
—Entonces, eres el que sufrió aquel terrible... Pero eso ocurrió hace muchos años. Abajo todavía hablan de ello...
Se interrumpió.
Del mismo modo que el mar alisa la superficie de un trozo de vidrio, embota también las alas y las sensibilidades de las personas que trabajan en sus profundidades. Y según el último informe del Departamento de Marina, hay actualmente setecientos cincuenta mil hombres y mujeres que han sido dotados de agallas y membranas y enviados a las profundidades del mar, donde no hay tormentas, a lo largo de las costas americanas.
—¿Vives en la playa? ¿Cerca de aquí, quiero decir? Pero hace tanto tiempo...
—¿Qué edad tienes tú?
—Dieciséis años.
—Yo tenía dos años más que tú cuando ocurrió el accidente.
—¿Tenías dieciocho?
—Y ahora tengo el doble. Lo cual significa que ocurrió hace casi veinte años. Y veinte años son mucho tiempo.
—Todavía hablan de ello.
—Yo casi lo he olvidado —dije—. De veras. Dime, ¿te gusta la música?
—Mucho.
—¡Estupendo! Ven a mi casa y podrás echarle un vistazo a mi viola eléctrica. Prepararé un poco de té. Tal vez puedas quedarte a almorzar...
—Tengo que presentar mi informe en el Cuartel General a las tres. Tork ha de recibir las últimas instrucciones para el tendido del cable de gran potencia, con Jonni y la tripulación —Hizo una pausa, sonrió—. Pero puedo tomar el remolque submarino y presentarme allí en media hora, si me marcho a las dos y media.
Por el camino me enteré de que se llamaba Ariel. Opinó que el patio era encantador, y el mosaico provocó sus «¡Oh, mira!» y «¿Lo has hecho tú?» media docena de veces. (Lo había hecho yo, en los primeros años de soledad.) Lo que más le gustó fue la lucha del calamar y la ballena, el tiburón herido y el buzo. Me dijo que no disponía de mucho tiempo para leer pero que estaba impresionada por todos los libros. Me escuchó con atención mientras yo desgranaba mis recuerdos. Me habló de su trabajo, mientras yo preparaba dos docenas de ostras Rockefeller y el agua silbaba en la tetera. Soy un individuo relativamente solitario. Me gusta verme acompañado por muchachas hermosas.