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En los meses que siguieron a los funerales, Thomas se distanció de los demás adultos de Ashton Park. Nadie sabía lo que pasaba en su interior. Apenas conseguía balbucear más que comentarios corteses: se refugió de nuevo en esa rígida timidez que había constituido desde siempre su máscara diplomática.

Al mismo tiempo, un vínculo tácito fue creciendo entre él y Anna. La muerte de la madre de la niña le había dado una especie de papel paternal en su vida, que él aceptó de buena gana. Solía llamarla a su mesa al final de la clase para aclararle algún tema, o a veces la animaba a hojear los libros que tenía en el estudio. Ninguno de los dos mencionó nunca aquella extraña noche de penas compartidas, pero esa complicidad se dejaba entrever en su nueva relación. Ella siempre se mostraba respetuosa, sin tomarse ninguna familiaridad con él, y lo mismo hacía Thomas.

Thomas escogía libros para que los leyera y elogiaba sus comentarios cuando se los devolvía y le daba su opinión sobre ellos. Era una relación de consuelo, paternal y tierna, de tutor y pupila, de la que ambos sacaban algo. Tal vez sin darse cuenta, Anna fue ganando cierta seguridad emocional por el hecho de sentirse elegida. Thomas, por su parte, encontró en ella a alguien en quien depositar su amabilidad innata.

Era un vínculo del que ambos llegaron a depender sin ser conscientes de ello. De manera que cuando la situación de Anna cambió de repente y llegó el momento de su partida de Ashton, la noticia supuso un duro golpe para ambos.

A finales del verano de 1943, ella recibió una carta de su padre, que seguía en África. Le aseguraba que estaba sano y salvo, aunque una herida en la pierna izquierda provocada por la explosión de una mina bajo el jeep en el que viajaba había significado su retirada del frente: volvería a Londres, donde aceptaría un empleo como encargado de mantenimiento de un instituto.

«Ahora que los bombardeos se han extinguido, quiero llevarte a casa conmigo», escribió.

Anna estaba tan emocionada que al principio ni siquiera se planteó que Ashton fuera ahora su hogar, ni que echaría de menos a sus amigos y maestros . Y, sobre todo, al señor Ashton.

A medida que se acercaba el día de la partida, ella no podía pensar en nada más que en su habitación de casa, y en todos los regalos que le traería su padre. Tenía doce años, y llevaba cuatro sin verlo. Añoraba la vida en familia y la posibilidad de hablar sobre su madre.

Pero el día antes de que su padre fuera a buscarla, la invadió un súbito arrebato de tristeza mientras estaba en la clase de lengua del señor Ashton. Respondió a una pregunta, y él la miró con una ternura tal que por un instante ella se sintió culpable por abandonarlo. A pesar de que no era su verdadero padre, él se había portado como un padre con ella. Notó un intrincado nudo en su estómago.

Al día siguiente, esa melancolía quedó mitigada por una añoranza peculiar que le oprimía el corazón. Anhelo y pesar se mezclaron durante las largas horas de espera en el Marble Hall. Miró por la ventana: no había ni rastro de su padre. Al final, optó por sentarse en el suelo con un libro, sintiéndose enferma por dentro.

Justo después de comer oyó el ruido de la gran puerta al abrirse, y una alegría sin par se apoderó de ella al ver a su padre. Él cojeaba un poco, y su rostro era más delgado y viejo de lo que recordaba. Corrió a sus brazos para que supiera que era ella.

— ¡Papá!

— ¡Anna, mi niña!

El estiró los brazos: unos brazos familiares en los que podía refugiarse. La contempló con emoción, moviendo la cabeza, maravillado al ver lo mucho que había crecido. La levantó en volandas y la hizo girar en el aire; ella se dejó llevar, invadida por el júbilo, mientras la sala daba vueltas a su alrededor. Cuando la dejó en el suelo, se notó mareada, sin saber muy bien qué hacer a continuación.

— Éste es el Marble Hall — dijo ella. Adoptó un tono solemne mientras le enseñaba toda la casa. Aparecieron otros niños, que se pararon a conocer a su padre. Ella apretaba su mano con firmeza: era solo suyo.

Lewis apenas podía contener las lágrimas.

La maleta de Anna estaba lista; era la misma con la que había llegado en 1939. Pese a hallarse en una especie de trance feliz, Anna sabía que la buena educación marcaba unos pasos que había que seguir: había gente de quien debía despedirse. De sus amigas, Beth y Mary, a quienes abrazó a la vez, prometiendo escribirles pronto. Del señor Stewart, inescrutable pero amistoso, que le dio la mano y dijo a su padre que ella era una de las alumnas más prometedoras. De la señora Robson, el ama de llaves, que le dio un cariñoso abrazo.

Pero quedaba el señor Ashton. Anna lo buscó: esperaba que su padre, tan educado y serio, le causara una buena impresión. Sin embargo, al llegar a la puerta del estudio la atravesó una punzada de tristeza al pensar que era la última vez que veía a su maestro, que estaba a punto de desaparecer de su vida para siempre.

Se abrió la puerta y el señor Ashton los invitó a entrar. Fue encantador y amable con Lewis, que al principio se quedó un poco desconcertado por el papel que ese caballero inválido había desempeñado en la vida de su hija. Anna se mantenía muy erguida, su padre lo notó, atenta pero levemente intranquila. El señor Ashton, por su parte, la elogió de manera muy especial.

— Debe estar orgulloso de su hija, señor Sands.

— Por supuesto. Muchas gracias por haber cuidado de ella: es evidente que lo han hecho muy bien.

— Ha sido un placer: Anna es una de nuestras mejores alumnas. Solo espero que siga con sus estudios, porque si así lo hace puede llegar muy lejos. Me atrevo a decir que podría ir a la universidad que quisiera.

— ¿De verdad?

— Sin ninguna duda.

Lewis se volvió hacia su hija, que resplandecía de orgullo y satisfacción. También el señor Ashton se dirigió a ella, con la mano extendida.

— Adiós, querida — le dijo.

Anna dio un paso adelante, sus ojos muy abiertos reflejaban la ansiedad del amor. Le estrechó la mano y posó la mirada en el semblante cálido y sonriente de ese hombre que se había ganado un lugar en su corazón y en su alma sin que ella se diera cuenta.

— Adiós, señor — balbuceó ella.

— Ha sido un privilegio tenerte aquí — dijo él, acariciando la cara de la niña con una sonrisa. Sus ojos rezumaban ternura.

Ninguno de los dos pudo pensar en algo más significativo que decir, aunque el apretón de manos, firme y profundo, tocó el corazón de ambos.

Lewis volvió a dar las gracias al señor Ashton; luego, acompañado por su hija, emprendió el largo viaje a casa.

Anna no volvió la cabeza al alejarse de la casa, pero se mostró silenciosa y pensativa.

Thomas se desplazó hacia su mesa y siguió corrigiendo los cuadernos de ejercicios. Se preguntó qué sería de Anna Sands, y le deseó lo mejor. Una niña encantadora, se dijo.

Varios evacuados habían vuelto ya a sus casas sin que otros los reemplazaran. La amenaza alemana se extinguía, los aliados ganaban terreno. Pero él no deseaba que Ashton Park se vaciara de niños. Se le ocurrió que tal vez podía transformar la casa en un colegio de manera permanente.

Este era ahora su único consuelo: el sonido de los niños correteando por el lugar.