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Anna se apresuraba a finalizar la carta semanal para su madre porque quería salir al columpio. Había solo uno en toda la finca, colgado de un nudoso árbol del jardín principal. Siempre había una larga cola para subir en él, pero por la ventana de la biblioteca Anna se percató de que en ese momento estaba vacío.
Corrió hacia fuera y se encaramó al asiento. Faltaban solo diez minutos para que comenzaran las clases, así que movió las piernas con fuerza para darse impulso. Subió más y más, elevándose hacia el cielo hasta casi volar.
Speed bonny boat like a bird on the wing…
Le gustaba cantar ciertas canciones cuando estaba en el columpio, canciones que su madre solía tocar al piano. Pero al rato se dejó llevar por la velocidad del balanceo y se dedicó a observar cómo el cielo corría a su encuentro hasta casi marearla, para luego echarse hacia atrás y dejar que la brisa le acariciara el cabello.
Fue al aminorar la marcha cuando notó un sonido inesperado. Un temblor sutil, un crujiente susurro que a la vez poseía una cualidad musical, como un repique al viento. Saltó del columpio y siguió el rastro del ruido, internándose en el bosque hasta llegar a las pendientes de hierba: por fin halló su origen. Procedía de un grupo de árboles esbeltos de corteza clara. Sus hojas eran pequeñas y trémulas; algunas aún conservaban un verde plateado, otras ya aparecían teñidas del amarillo otoñal.
Esos deben de ser los álamos, pensó Anna. Arboles temblorosos capaces de tocar su propia música. Guardó unas cuantas hojas de álamo en el bolsillo de la falda y corrió hacia las clases.
Justo el día anterior la señorita Weir los había llevado a recoger hojas para los álbumes de ciencias naturales. Robles, olmos, sicómoros, abedules plateados. Se habían cruzado con el señor Ashton cuando volvían a clase.
— ¿Has encontrado algo interesante?
Anna se detuvo para mostrarle las hojas aplastadas.
— Ah, pero no has encontrado los álamos… — comentó él con ligereza.
— No, señor, ¿cómo son?
— Son los árboles más especiales del parque, esbeltos y de un color verde plata. Cuando el viento sopla entre sus hojas, emiten una música propia. Cantan.
— ¿Dónde puedo encontrarlos?
— Escúchalos. Espera a que haga un día de viento y los oirás.
— Anna, vamos… — La señorita Weir salió a llamarla y Anna fue hacia la clase, preguntándose si el señor Ashton no se lo habría inventado.
Pero ahora podría enseñarle las hojas. Esperó a que terminara la clase de latín y aprovechó el descanso en el que todos iban a merendar.
— Aquí están, señor. Hojas de álamo.
Él estaba encantado de su hallazgo; ella lo notó, y le regaló algunas hojas.
— ¿Cómo las has encontrado tan rápidamente, Anna?
— Escuché, como usted me dijo.
— La plantación de álamos era uno de mis lugares favoritos cuando tenía tu edad. Pero poca gente lo descubre, así que guárdalo para ti — dijo él con una sonrisa, antes de alejarse.
Anna regresó a su pupitre y guardó con orgullo la única hoja con que se había quedado. Si alguna vez quería estar sola, ya tenía un lugar adonde ir.