22
Tuvo que pasar una semana antes de que Pawel hiciera acopio de fuerzas y empezara a explorar Ashton Park. Hasta entonces el lugar había llegado a sus ojos en forma de impresiones lejanas, como si lo contemplara a través de una gruesa lente.
Empezó a observar a los niños que jugaban en los jardines. Eran guapos, con caras sonrientes y dientes torcidos, delgados y rubios, distintos en apariencia de los niños polacos. Conoció también a los demás profesores y al personal de la casa, aunque tardó bastante en ponerse a pensar en ninguno de ellos.
Pero no podía negar que el matrimonio Ashton despertaba su curiosidad. Y, poco después, esa curiosidad se había convertido en compasión hacia la esposa. Thomas Ashton era un hombre apuesto, eso era indudable, pero parecía un personaje exangüe: formal, correcto y reservado. Elizabeth Ashton, por otro lado, era sensual: se contoneaba un poco al andar, y todos sus gestos indicaban una necesidad latente. ¿Se había casado con él ya en silla de ruedas o cuando aún estaba sano?
Los demás profesores parecían no saber nada, o preferían eludir el tema de los Ashton. Al final fue Joan, una doncella que llevaba años en la casa, quien le relató la historia de la enfermedad de Thomas. Pawel quedó conmovido ante esa desgracia y no pudo evitar preguntarse por su vida marital.
¿Thomas aún podía hacer el amor con su mujer?
Elizabeth, por su parte, había notado el ardor de Pawel desde el primer día. El joven polaco era ajeno a convencionalismos de clase y ella tuvo la sensación de que la había calado desde el principio: la veía como a una mujer, sin más deferencia. Adivinó al instante que era un hombre que sentía una fuerte atracción por las mujeres. ¿Tal vez era a ella a quien buscaba?
Por una pura cuestión de orgullo al principio fingió no prestarle atención, pero al poco tiempo no pudo más y empezó a exhibir todos sus encantos. Puesto que él era un protegido de los Norton, y extranjero, ella podía obviar la reserva inglesa que la mantenía alejada de los otros profesores. Pawel era su invitado; al poco tiempo se convirtió en el favorito de Elizabeth, el profesor con quien charlaba a la hora de comer.
Thomas tenía un carácter más precavido. Desde el principio notó que Pawel era un desarraigado, un hombre lleno de inquietud que se enfrentaba a un futuro incierto. Había superado la guerra y de ella había salido desconectado: sería capaz de dejarse arrastrar por cualquier sensación solo para sentirse vivo. Thomas se descubrió a sí mismo planteándose cómo evitar conflictos emocionales. Como siempre, se mostraba reticente a coartar las necesidades de su esposa. Pero sabía que era una mujer de precario equilibrio y no quería que le hicieran daño.
También se sorprendió al notar una punzada de celos. Ellos ni se miraban a los ojos, al menos en su presencia, pero Thomas presentía el deseo que se desprendía de Elizabeth con la fuerza de una corriente eléctrica.
Thomas estaba decidido a mantener la calma por encima de todo, y a no dar la menor señal de que intuía algo. Siguió conversando con el joven, en el alemán que había aprendido durante sus años en Berlín. Pawel se sentía más cómodo en ese idioma, y eso daba a los dos hombres un vínculo del que Elizabeth quedaba excluida.
— ¿Cuánto tiempo piensas quedarte con nosotros?
— Hasta que las fuerzas polacas se hayan reagrupado aquí… pero eso puede llevar meses. Os agradezco que me hayáis dado un lugar donde vivir.
— Los niños disfrutarán teniendo a un auténtico pintor como profesor. ¿Tienes todo lo que necesitas?
— La señora Ashton ha sido muy amable y me ha proporcionado todo el material.
Desde luego que lo había hecho. Había llevado a Pawel a York en persona, a una tienda que aún conservaba un reducido stock de papel, pinturas y pinceles. Había impresionado a Pawel con la extravagante adquisición de materiales de arte antes de invitarlo a comer.
Había elegido un restaurante donde podían sentarse uno enfrente del otro, para asegurarse de que deberían mirarse a la cara. Mientras hablaban, ella observaba su rostro: un rostro resuelto, de ojos y cejas oscuros. Él no parpadeaba, casi podía decirse que se mostraba retador.
— ¿Crees que podrás habituarte a Inglaterra?
— Si hay algún lugar de Europa que pueda quedar libre, ese será Inglaterra.
— Eso no contesta a mi pregunta.
— Aún no conozco a mucha gente, pero me gusta el paisaje. Ese verde grisáceo.
La conversación iba más allá de las palabras. Pawel guardaba las distancias, aún inseguro de ese sesgo que tomaba su nueva vida. Pero Elizabeth lo intrigaba: sus coqueteos eran algo definido a lo que había que prestar atención.
Lo atraía la tensa contención de su cuerpo resguardado por la ropa. Debajo de la blusa se adivinaba la promesa de una plenitud escondida. Se moría de ganas de desabrocharla y ver qué cara ponía ella. Presentía que la frialdad de su mirada se desvanecería para transformarse en una expresión de gratitud y vulnerabilidad.
Daban cautos pasos hacia la intimidad. Entre ellos flotaba la certeza, compartida por ambos, de que pronto serían amantes. Pero se interponía la cuestión de cómo dejar que esa atracción derribara las fronteras que había en la vida de Elizabeth, porque de repente Pawel empezó a sentir un gran respeto por Thomas. Lo desconcertaba la cortesía de ese hombre de mayor edad, y la simpatía que expresaba hacia los recientes y terribles acontecimientos de la vida de Pawel. Una noche, después de cenar, ambos se sentaron en la biblioteca a degustar un madeira.
— ¿Estás contento con esta escuela para evacuados?
— Mucho. La casa está mucho más viva, y nunca había visto a mi esposa más feliz.
— ¿Fue idea suya dar un hogar a esos niños?
— Sí, completamente. Elizabeth es una mujer muy… vital.
Thomas se desplazó con la silla para terminar de correr las cortinas, luego sirvió otro madeira al joven polaco.
— ¿Estás… solo, o tienes familia de la que preocuparte en tu país?
La pregunta prendió una llama en la mente de Pawel; vio el fuego de Sulejów, al que había llegado demasiado tarde. El recuerdo era imborrable: ese escabroso resplandor escarlata que teñía el cielo nocturno, la enfermiza certeza de que Sulejów era pasto de las llamas mientras él cruzaba los campos en busca de su madre. Llegó hasta su casa, pero la calle estaba llena de socavones: una sucesión de cráteres y proyectiles. Pensó que de su madre no había sobrevivido ni el alma.
— No. No tengo familia. No me queda nadie.
— Lo siento — musitó Thomas, sin querer presionarlo.
Inesperadamente, Pawel tomó la palabra.
— Estaba en un destacamento en la frontera con Checoslovaquia. Nuestra división quedó dividida por la invasión y tuvimos que avanzar hacia el este. Pasamos por mi pueblo natal, pero había habido una masacre. Había muchos judíos en Sulejów y los Stukas nazis habían bombardeado la ciudad sin piedad. Las casas de madera se encendieron como cerillas. Cuando la gente intentó correr hacia el bosque, los aviones descendieron y los ametrallaron. Mi familia murió allí.
Thomas vaciló.
— No hay nada que pueda decir para consolarte, pero de verdad que lo lamento mucho.
— Gracias.
Por un instante, ambos hombres se miraron.
— Ten cuidado en no encerrarte en ti mismo, Pawel. Es fácil que te suceda. Pero tampoco deberías apresurarte a entablar nuevas relaciones. Debes cuidar de ti mismo.
Pawel quedó conmovido por las palabras de Thomas, ya que sabía que no las pronunciaba guiado por el egoísmo.
Siguió su consejo y resistió las siguientes invitaciones de Elizabeth a que la acompañara a la ciudad para realizar algún difuso encargo. No dejó de observarla atentamente, pero se contuvo, porque, como había dicho Thomas, era aún demasiado pronto para abrirse a cualquier sentimiento. Y notaba la ansiedad de Elizabeth, su deseo de lanzarse a sus brazos cada vez que sus ojos se cruzaban.
En cambio, dedicó muchas horas a observar a los evacuados que correteaban por los jardines; había olvidado la satisfacción que destilan los niños cuando juegan en grupo. Los chicos podían pasarse horas lanzando la pelota contra las paredes mientras que en el Marble Hall, en cuanto acababan las clases, siempre se oía el toc toc toc de los volantes de bádminton.
Empezó a desarrollar su propio estilo de enseñanza: las primeras clases se centraron en esbozos de los árboles en cualquier estación. Enseñó a los niños cómo dibujar ramas que brotaban de un tronco. Luego las colorearon con una cascada otoñal de hojas caídas, o con las flores que nacían en primavera, o con el frondoso verdor del verano. Incluso las ramas desnudas del invierno tenían su gracia. Casi todos los niños llegaron a realizar algún cuadro y Pawel organizó una exposición de arte llamada «Los árboles de Ashton Park».
Ashton latía de vida en esos momentos, y Elizabeth llevaba la escuela con sorprendente eficiencia. Los Norton fueron a pasar un fin de semana y ambos quedaron asombrados al ver la casa tan transformada por la presencia de los niños. Les alivió encontrar a Elizabeth tan aparentemente sobria y realizada, y les encantó lo muy en serio que se tomaba Thomas su papel de profesor.
Los Norton no estuvieron el tiempo suficiente para captar los matices del papel de Pawel en el rejuvenecimiento de Elizabeth. Pero Peter reavivó la autoestima de su protegido con exuberantes elogios hacia su talento, que se conservaba a pesar de las muchas interrupciones sufridas. Pawel volvió a pintar, lo que de algún modo le hacía sentir más capaz de tratar con Elizabeth de igual a igual.
La esperanza había vuelto a arraigar en él. Empezaba a encariñarse con los niños y su alegría innata resurgía de nuevo. En unos meses regresaría al combate, pero por el momento quería disfrutar de su trabajo con los evacuados.
Y sin embargo también quería encontrar a alguien a quien amar.
Uno de los árboles del bosque tenía una gran rama colgante y una fría tarde de febrero Pawel empujaba la rama a la que se aferraban un par de chicos robustos. Elizabeth, que había salido a dar un paseo, se unió a ellos. Pawel vio que se alegraba de verlo entretener a los chicos, quienes por su parte tardaron poco en salir corriendo el uno en pos del otro.
— ¿Puedo ofrecerle un paseo? — propuso Pawel con fingida galantería cuando ella dio un paso hacia el árbol.
Con aire juguetón, ella se sentó en la rama y él la empujó; al principio suavemente, luego con más fuerza, sorprendiéndola, con el aire amenazador de un pirata.
— Ya basta — dijo ella, riéndose, y él se paró.
Se hizo un silencio. Ninguno de los dos sabía qué decir.
— Te lo pasas bien con los niños, ¿verdad, Pawel?
— Claro.
— Les caes bien. Lo noto.
— Un lugar como este necesita niños — repuso él sin pensar.
El dolor que se reflejó en la cara de Elizabeth lo lastimó también a él.
— Me refiero a que… con esta guerra, no podría haber un sitio mejor para ellos.
— Sí — convino ella— . Me alegro de tenerlos en casa — prosiguió, recobrando la compostura— , porque Thomas y yo no podemos tener hijos.
Pawel no supo qué responder a esta última frase, de manera que decidió obviarla y siguió balanceando la rama, ahora con mucha suavidad.
— En cualquier caso, es una suerte para ellos el haber sido acogidos aquí.
— Sí — repuso Elizabeth. Se bajó de la rama de un salto.
Caminaron en silencio hacia la casa. Cuando se separaron en los escalones de piedra, ella evitó mirarlo.
Al quedarse solo, Pawel se notó inquieto: aquella confesión íntima lo había conmovido. Llegó a la conclusión de que Thomas era impotente. Fue a pasear por los campos, pensando en Elizabeth y en sus ojos tristes, preguntándose si la tensión que reinaba entre ellos podía curarse con un simple abrazo.
Elizabeth entró en la casa y fue directa a su habitación. Quería estar sola. La conversación con Pawel la había puesto nerviosa, y tenía que discernir qué era exactamente lo que la había desasosegado tanto. Le preocupaba que la mención de la ausencia de hijos hubiera sido demasiado íntima. Pero, además, a eso se unía la ansiedad de haberle mentido. «Thomas y yo no podemos tener hijos», había dicho, a sabiendas de lo que Pawel deduciría de esa frase. Mientras que ahora ella sabía, por sus fallidos encuentros en el Soho, que el problema no radicaba en Thomas.
Era algo que no compartía con nadie, pero que la mantenía encerrada en su propio infierno particular: el inconsolable anhelo de un hijo. Siempre que salía a pasear podía notar la forma de su útero dentro de ella: preparado y vacío. Incluso podía sentir cómo maduraban sus ovarios, aunque sabía que era infértil. Este desierto interno era algo que aún no podía aceptar.
Ansiaba llevar dentro esa chispa de vida, notar ese destello que la reconectaría con el mundo. Una leve patadita dentro de ella lo cambiaría todo. Sufría mucho por su esterilidad, como si esta la separara bruscamente de algo vivo y floreciente. De las flores y las frutas, o de cualquier metáfora de la belleza femenina: algo que florecía hasta alcanzar el máximo esplendor, la madurez… Todo eso le estaba vedado. Para ella solo había rosas marchitas y árboles sin hojas. Un mundo muerto.
Cogió un puñado de cartas de la mesa y decidió ir al pueblo, a la estafeta de correos. Como hacía frío, se puso el abrigo y salió sola; caminó sobre las hojas húmedas que aún se amontonaban sobre la avenida. Todo le recordaba a su útero yermo. Hojas en los charcos. Castañas aplastadas por los coches. Incluso el mal tiempo.
Cuando regresaba a casa a través de los jardines, vio a un grupo de evacuados que jugaba allí. Bajo los últimos rayos del sol, se le aparecieron como ángeles de otro mundo, absolutamente inalcanzables. Pensó que no existía ningún niño feo: todos estaban dotados de semblantes sinceros y almas puras. Se quedó inmóvil, como atrapada en su propia cárcel, amputada, contemplando cómo tres niñas jugaban a pillar entre los setos del jardín. Esas caras radiantes. Esos brazos rápidos y esa piel nítida. Esas sonrisas francas, y la seguridad con que se cogían de la mano.
Si había algo que ansiaba era coger la mano de un niño entre las suyas. Pero del suyo, de aquel que la mirara a los ojos y le dijera: «Te quiero, mamá».
Empezaba a ser consciente de que esto no sucedería ya, pero el anhelo no la soltaba.
No quería que nadie lo supiera, y menos aún Pawel, de manera que le había insinuado que la falta de hijos era culpa de Thomas, y que su matrimonio estéril era para ella un sacrificio voluntario.
No se sentía a gusto con esa falsedad. Pero quería presentarse ante Pawel como una mujer sin taras.