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Cuando la señorita Weir fue a buscar a Anna a los jardines y le pidió que la acompañara al estudio del señor Ashton, lo primero que pensó la niña era que se había metido en algún lío. Notó un vacío en el estómago al preguntarse si, después de todo, alguien la habría visto en el armario con la caja de galletas. Pero la señorita Weir no parecía enfadada. Apoyó una mano en su hombro y la llevó hacia el interior de la casa.
Tras la pesada puerta del estudio, Thomas esperaba la llegada de Anna con el corazón encogido. Ruth le había dicho que la impresión de la noticia sería menor si se le daba en la tranquilidad y privacidad del estudio. Pero era una niña tan alegre… ojalá pudiera prolongar su ignorancia.
Alguien llamó suavemente a la puerta.
— Adelante — dijo en su tono más suave. Apareció la niña, expectante, nerviosa. Vio que estaba temblando y recordó sus propios miedos escolares: al director, a los azotes— . No te preocupes — dijo enseguida— , no has hecho nada malo, Anna.
Él movió la mano, como si tomara impulso para decir algo, pero las palabras se resistían a salir. Anna pensó que su propio corazón sonaba con más fuerza que el reloj que había sobre la mesa.
— Debo darte una noticia muy difícil, y vas a tener que ser muy valiente.
Thomas se oía a sí mismo recurriendo a clichés. ¿Se lo digo poco a poco?, pensó, ¿o quizá sea mejor ir al grano y acabar cuanto antes?
La niña parecía desconcertada, distante… casi como si no estuviera allí. Una oleada de ternura se apoderó de él.
— Eres una niña muy especial, querida, quiero que lo tengas presente. Has sido dotada con muchas cualidades y tienes por delante toda una vida que sin duda será… maravillosa. Debes cuidarte, y creer en ti misma.
Anna estaba emocionada y nerviosa a partes iguales. Se sentía al tiempo abrumada e importante. ¿Acaso planeaba concederle una beca?
— Pero… pero me temo que… — El bajó la cabeza, solo durante un instante.
Mi padre ha muerto, pensó Anna, y sintió una súbita opresión en el pecho. Mi padre ha muerto en el desierto.
Él levantó la vista.
— Tu madre ha fallecido en un ataque aéreo…
Mi madre. Mi madre ha muerto.
Anna se quedó tan atónita que por unos momentos le faltó el aliento, como si alguien la hubiera golpeado con fuerza en los pulmones.
— Oh — musitó. La sorpresa se reflejó en su cara de niña.
El señor Ashton la observó con ojos serios y amables… pero tuvo la impresión de que ella no podía verlo bien, como si estuviera al otro lado de una ventana de cristales gruesos y empañados.
— Oh, no — dijo ella, y empezó a temblar, apretando manos, tensando rodillas: todo su cuerpo parecía presa de una agitación incontenible.
— Lo siento mucho, Anna — dijo él— . No sabes cuánto lo siento.
Ella no se sentía como si su madre hubiera muerto. Era inmune al significado de esas palabras. La noticia la atravesó, y su cuerpo se limitó a actuar de manera instintiva, tensándose para no derrumbarse; contuvo las lágrimas, solo para demostrar su valor.
— ¿Cómo lo sabe? — preguntó.
— ¿Qué?
— ¿Cómo sabe que ha muerto?
Él titubeó.
— Encontraron su documentación.
— ¿Dónde? — Necesitaba saberlo; quería detalles, una explicación.
— La hallaron… enterrada bajo los restos de un edificio. Probablemente iba de camino a casa a la salida del trabajo.
— ¿Cree que sufrió?
— Estoy seguro de que no… Debió de morir instantáneamente, sin darse cuenta.
Anna seguía inmóvil, temblando, sin apenas comprender la información. Al menos, el señor Ashton estaba sentado. Ella, en cambio, parecía hallarse al borde de un precipicio: no sabía qué hacer, ni qué decir, ni dónde posar las manos o los ojos. Notó que a su cara asomaba una sonrisa y tuvo miedo de echarse a reír.
Reprimió el impulso con un estremecimiento. El señor Ashton le tendió un pañuelo — un pañuelo grande y blanco, cuidadosamente planchado— y ella se lo acercó a la cara. Se dejó caer en una silla y ocultó la cara en el pañuelo para que el señor Ashton no viera que reía en lugar de llorar. Notó que él se acercaba y luego sintió una mano que se apoyaba en su hombro. Con ese leve roce, la extraña hilaridad se transformó en lágrimas; se encontró sollozando acompasadamente con el pañuelo en la cara.
Permanecieron en silencio durante unos minutos. Él mantuvo la mano firme sobre su hombro hasta que las lágrimas empezaron a agotarse; ella seguía ocultando su semblante detrás del pañuelo.
¿Qué se le dice a una niña que acaba de perder a su madre? No se le ocurría nada, ni una palabra.
— ¿Prefieres quedarte un rato aquí? Esta tarde no tienes que ir a clase…
Sus palabras la hicieron pensar en esos versos que repetían cuando saltaban a la comba: «No hay latín, no hay francés, no hay que sentarse en el pupitre otra vez». Al menos me saltaré la clase de mates, se dijo.
— Ya estoy bien — murmuró. Hizo un intento de mirar al señor Ashton, con la esperanza de que no le volvieran las ganas de reír— . Prefiero irme.
— ¿Estás segura?
— Sí, gracias — dijo ella al tiempo que se levantaba de la silla.
La sonrisa educada de la niña lo conmovió: ¿las buenas maneras la obligaban a darle las gracias por informarla de la muerte de su madre?
— Recuerda que si necesitas algo solo tienes que pedírmelo. ..
Ella ansiaba salir de esa estancia. ¿Acaso debía retenerla, no dejar que se fuera, darle una galleta o algo así? Ella le devolvió el pañuelo.
— Quédatelo… por favor — dijo él.
Ella dio un paso atrás, en un intento por salir de una vez de allí; balbuceó un gracias por el pañuelo, que llevaba en la mano, hecho una bola.
Tuvo suerte de no cruzarse con nadie cuando salía al jardín. Escapó hacia el bosque. Aunque le costaba respirar, corrió sin parar hasta que llegó a su aislado refugio entre los álamos. Se acurrucó allí, sola, y recobró el aliento mientras doblaba con esmero el pañuelo.
Luego se limitó a quedarse allí, temblando de risa. Sin saber por qué.
Anna abandonó el bosque a la hora del té. Se le hacía un mundo enfrentarse a las miradas inquisitivas de los demás niños. Entró en el comedor, consciente de que a esas horas todos estarían al tanto de la noticia.
— ¿Dónde te has metido? — preguntó Katy Todd.
— En el bosque.
— Te has perdido la clase de mates. Quebrados.
— Lo sé. No me salen los quebrados.
— ¿Quieres que te ayude? — intervino otro niño.
— Yo también podría explicártelos — añadió otro.
Ayuda con los quebrados. Mi madre ha muerto.
Veía en las caras ávidas de los otros niños esa fascinación morbosa por saber cómo reaccionaba alguien al perder a su madre. Por un lado sabía que había ganado una extraña importancia ante sus ojos: era como una aristócrata de la pena. Pero al mismo tiempo se sentía expuesta, tímida. Por suerte, apareció la señorita Weir y la rescató.
— ¿Te apetece venir a coger unos tomates conmigo? La cocinera me ha pedido que le lleve unos cuantos.
Anna fue con ella sin dudarlo.
Emprendieron el camino hacia el otro invernadero Victoriano. La señorita Weir andaba despacio, y el lento paseo serenó a la niña.
— ¿Sabías que los Ashton fueron de las primeras familias de Inglaterra que cultivaron hortalizas y frutas en invernaderos?
— ¿Cómo fue eso?
— Tenían un jardinero avanzado a su tiempo. Les proporcionaba naranjas, higos y uvas. Y los caballeros siempre llevaban claveles en los ojales en esa época.
— Pero ahora recogemos tomates…
— Bueno, no creo que la cocinera necesite claveles para nada, Anna…
Anna se relajó al oír la risa de la señorita Weir. Llegaron al invernadero, donde reinaba un denso bochorno y un hedor a fruta pasada. Anna cogió los tomates y la maestra los colocó en la cesta y cerró la desvencijada puerta cuando ambas hubieron salido.
El camino hacia la casa era cuesta arriba y ambas lo recorrieron en silencio. Pero cuando doblaban el último recodo, la señorita Weir se volvió hacia Anna y posó en ella su mirada, serena y amable.
— Si alguna vez necesitas hablar de tu madre, puedes acudir a mí, Anna. No olvides que estamos a tu lado…
Anna se conmovió de gratitud ante la mirada de la maestra, y por un momento despertó sus sentimientos más profundos: sus ojos se llenaron de lágrimas. Sin embargo, las contuvo con decisión y reemprendieron el camino, durante el cual la señorita Weir fue mostrándole flores en las que Anna nunca se había fijado.
No fue hasta tres noches después, cuando ya todos los niños se habían acostumbrado a la noticia y ya no susurraban a sus espaldas, cuando por fin rompió a llorar en la cama mientras se esforzaba por recordar la cara de su madre.
No conseguía recordar las últimas palabras que se habían dicho. ¿No se había limitado a llorar durante la despedida? Me habría gustado decirte tantas cosas…, pensó.
Anna nunca sabría si su madre había recibido su última carta. Peor aún, no conseguía acordarse de dónde había guardado la más reciente que había llegado desde Londres. La había leído un par de veces, pero apenas se acordaba de lo que decía. Algo de una nueva orquesta que tocaba en la BBC, preguntas sobre si el fantástico tiempo primaveral había llegado también a Yorkshire. ¿Eso era todo?
No le he dicho adiós, pensó. No volveré a verla. Ni le enviaré el dibujo que he hecho en la clase de arte.
No se atrevió a preguntar a los profesores por el funeral, porque supuso que si lo hubiera ellos se lo dirían. ¿Qué diría su padre? ¿Viajaría desde África para asistir?
Se pasó días buscando la última carta de su madre, pero no estaba en la taquilla, ni en el pupitre, ni en ninguno de los sitios donde se le ocurrió mirar. Los revisaba todas las mañanas. Pero no la encontró.
En su lugar, como recuerdo de esa pérdida, llevaba a todas partes el pañuelo blanco del señor Ashton.