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Londres, 31 de agosto de 1939

El sol de la tarde lanzaba sus últimos rayos cuando Anna Sands y su madre, Roberta, se apearon del autobús en Kensington High Street. A Anna, la amplia calle se le antojó un parpadeo constante de múltiples colores: montones de transeúntes caminaban por ella cargados con bolsas. Más allá del gentío distinguió la sucesión de tiendas, escaparates que exhibían todo tipo de objetos: latas llenas de caramelos de café con leche, cuencos rebosantes de bolitas de menta, rollos de cinta; sombreros, abrigos y guantes procedentes de todos los rincones del Imperio.

Madre e hija caminaban por la acera; Anna movía los brazos, siempre un paso por delante, pero no paraba de cruzar por delante de su madre, como si en cualquier momento fuera a dar media vuelta y a cogerla de la mano. Y es que, al día siguiente a primera hora, ella y miles de niños más serían evacuados de Londres. «Por si los alemanes nos bombardean desde el aire», le había dicho su madre en tono decidido, como si fuera algo rutinario por lo que todas las familias tenían que pasar.

«En cuanto termine todo esto, volverás a casa», le había explicado. A Anna le apetecía pasar una temporada en el campo, o al menos esa era la impresión que daba cuando le preguntaban. Debían hacer varias compras para el viaje, pero la partida inminente de Anna se cernía sobre ellas, dotando a cada momento de una intimidad especial.

La desazón de Roberta y el nerviosismo de Anna se fundieron en una alegría mutua: pasearon por la zona de máquinas recreativas solo por el placer de hacerlo antes de llegar a Pontings, la famosa tienda de telas, con sus columnas aflautadas y sus galerías de acero blanco.

Era la tienda favorita de Anna, una cueva de Aladino repleta de paños vistosos, rollos de seda y retales adamascados. En la planta baja, más allá de las boas de plumas, escogió un pañuelo blanco estampado con violetas.

— Gracias — dijo, y dio un beso a su madre.

Mientras Roberta se ponía en la cola para pagar, Anna levantó la vista hacia el atrio brillante, donde las vidrieras de flores transformaban la luz del sol en rayos de colores. Anna paseó los ojos por la tienda, por las resmas de lazos y las cestas de relucientes botones: de latón, de plata, de madreperla. Se concentró en la luz, y el ruido de la tienda fue amortiguándose al tiempo que ella se sumía en una especie de ensueño, hasta casi olvidarse de dónde estaba.

— Coge tú la bolsa, cariño — dijo su madre, devolviéndola a la realidad.

Anna reaccionó al instante y salió la primera de la tienda, ya en pos de la siguiente compra. En Woolworth adquirieron una cajita de cartón y unas etiquetas para las maletas de Anna; luego cruzaron la calle y se encaminaron hacia la zapatería.

En Barkers compraron unos relucientes zapatos de color marrón con cordones. Despedían un intenso olor a nuevo. A Anna le recordaron a su padre, de uniforme y con sus grandes botas negras. Ella y su madre lo habían visto partir hacía un mes, justo después del octavo cumpleaños de Anna. Él la había hecho girar en el aire cuando ella saltó a sus brazos para despedirse. A veces él le enviaba cartas con dibujos graciosos que describían las maniobras del ejército. La verdad era que ella no estaba muy preocupada por él, porque todos sabían que la mayoría de los tanques de Hitler estaban hechos de cartón.

— Gran Bretaña tiene el mayor imperio del mundo, así que la guerra no durará mucho — anunció a la señora con gafas que la ayudaba a probarse los zapatos.

Madre e hija salieron de nuevo a la calle. Había llegado el momento de que Anna viera cumplido su deseo: tomarse un pijama. Lo había visto en las películas estadounidenses, niños sentados ante unas copas altas llenas de helado y trozos de fruta, y era su sueño.

Roberta avanzó entre el esplendor art-déco de los grandes almacenes Derry y Tom, sobre aquellas alfombras de un azul intenso que susurraban a su paso, hasta que ambas llegaron a los ascensores y entraron en la fresca cabina de cobre y níquel.

— Quinta planta, damas y caballeros, el mundialmente famoso Jardín Superior — recitó el mozo en tono vivaz.

Los jardines se habían inaugurado con mucho revuelo el año anterior, pero ellas no habían ido nunca: era demasiado caro.

Pero como ese día era especial, salieron a la luz crepuscular que teñía los tejados de Kensington. Ante ellas se extendían unos parterres de flores que colmaron todas sus expectativas. Había un jardín español, provisto de una torre de terracota estilo morisco y rebosante de buganvillas. Más lejos, tras caminar por un serpenteante sendero, llegaron a un jardín acuático con nenúfares y alguna carpa dorada. Unos pasos más las llevaron a cruzar bajo unos delicados arcos isabelinos por los que ascendían las rosas.

Llegaron a la cafetería, con mesas ya puestas bajo sombrillas de rayas y una fuente que tintineaba cerca. De la gran carta, Anna escogió los sabores con cuidado: vainilla y chocolate, baño de nata, cerezas y nueces. Para alivio de su madre, no pareció decepcionada cuando le sirvieron aquella torre de helado.

Una orquestina tocaba conocidas melodías en el patio, sofocando cualquier ruido que pudiera subir desde la calle. La irrealidad del lugar y el momento particular en que realizaban esa visita solo sirvieron para aumentar el placer de su mutua compañía.

— Antes de hoy, ¿te habías sentado alguna vez en una terraza tan cerca del cielo? — preguntó Anna.

— No — dijo su madre, riendo— , ni querría hacerlo sin que estuvieras conmigo.

— Cuando regrese a casa, ¿podremos volver aquí?

— Claro que sí, cielo.

— ¿Papá también?

— Por supuesto — dijo Roberta, y cogió la mano de su hija.

Más tarde, cuando se hubo terminado el helado y las tazas de té estaban vacías, exploraron todos los rincones del jardín. Luego, encantadas, salieron a la calle.

No fue hasta que llegaron a la puerta principal de los grandes almacenes cuando Anna admitió que había una sombra que le empañaba el día: no tenía traje de baño.

Anna había visto imágenes de la evacuación en los noticiarios, y en todas aparecían niños que viajaban hacia el oeste, hacia la costa, a Devon y Cornualles. Ella ansiaba unirse a ellos, pero temía que con todo lo que habían gastado ya, pedir un bañador fuera demasiado.

— Pero, si no tengo, ¿cómo voy a nadar?

Roberta se detuvo al oír la apasionada pregunta de su hija y comprendió al instante que debía mantener intacta esa tarde, sin estropearla en lo más mínimo. Regresaron pues hacia los ascensores y subieron al departamento de ropa deportiva. Con desgana, Roberta pagó dos chelines por un bañador a rayas y vio cómo se iluminaba la carita de su hija. Era más de lo que pretendía gastar, pero redondeaba el día a la perfección. Luego, satisfechas, se encaminaron hacia la estación de metro.

Anna se adelantó y Roberta se regodeó en la visión de su hija: era una niña lista y avispada, de semblante despejado y sonrisa fácil. La leve separación entre los dos dientes frontales le daba un aire de traviesa sinceridad.

Bajaron hacia la estación, Anna siempre delante. Un tren se paró y abrió sus puertas, con el habitual trasiego de pasajeros. De repente, en el andén medio vacío, Roberta sintió una oleada de amor hacia su niña de cabellos pajizos.

— Anna… — dijo, y Anna se volvió, con los ojos brillantes y claros.

En ese instante, Roberta notó el alma de su hija en aquella mirada, un alma que se había ido forjando durante aquellos ocho años. Fue hacia su hija y la abrazó con fuerza. Por un momento, ambas oyeron los latidos de sus corazones.

— Te quiero, mi vida — dijo Roberta mientras acariciaba los cabellos de la niña.

Anna miró a su madre sin parpadear.

En los años venideros recordaría aquel día frágil, su luz impalpable, su júbilo silencioso.