Extracto de la Guía de las mansiones históricas de Inglaterra, de Baxter (2007)
Cualquier viajero de camino hacia el norte desde York debe cruzar una zona llana de tierras de labranza antes de iniciar el empinado ascenso que lleva a la ancha planicie de los páramos de North Yorkshire. Se trata de uno de los paisajes más espectaculares y bellos de Inglaterra: una extensión de tierras ondulantes que parece fundirse con el horizonte antes de hundirse hacia los voluptuosos valles arbolados.
En esos parajes, remotos y vacíos, apenas se distinguen unas cuantas ovejas silenciosas y algún camino a medio señalar. Son tierras vírgenes que se nos muestran en todo su variado esplendor. En febrero son un lugar yermo y lunar que nos invita a la introspección. En cambio, a finales de agosto, esas tierras florecen, encendiendo una neblina purpúrea de brezos que se extiende por los páramos como si flotara en el aire. Esa viva capa de color se mezcla con los robles y los fresnos de los valles inferiores, suaves tierras de piedra caliza surcadas por arroyos y manantiales secretos.
Es un terreno sagrado, santificado por la presencia de muchos monasterios medievales ahora reducidos a pintorescas ruinas abiertas al cielo. Rievaulx, Byland, Jervaulx, Whitby, Fountains… son algunas de las abadías más conocidas de esta zona, y su presencia atestigua la promesa de fertilidad de esas tierras. Los primeros habitantes del monasterio desbrozaron los valles para poder cultivar y dejaron un mosaico de campos marcados por muchos kilómetros de muros de piedra.
Casi dos siglos más tarde, mucho después de la disolución de los monasterios, la pequeña aristocracia georgiana construyó hermosas casas en los valles que bordean los páramos. Hovingham Hall, Duncombe Park, Castle Howard, entre otras. Se talaron árboles para ganar vistas, se allanaron los terraplenes de hierba y los arroyos fueron convertidos en lagos decorativos: todo con el fin de clarificar y realzar las pautas naturales del terreno, tal y como era costumbre en el siglo XVIII.
Una de las mansiones más bellas de la zona, aunque no de las más grandes, es Ashton Park. Esta remota casa se alza al borde de los páramos, suspendida sobre el empinado valle de Rye y completamente aislada por su enorme extensión de terreno. Desde hace ya algunos años esta casa y sus jardines se hallan abiertos al público. En un rincón de la solitaria finca se encuentran las intrincadas verjas de hierro y la casa del guarda, donde se compran las entradas. Detrás, una larga avenida blanca cruza la campiña, moteada de ovejas y de algún árbol. Es un paisaje tranquilo, silencioso y en calma, que proporciona una amplia panorámica del cielo.
Al girar a la izquierda, el visitante ve por fin la gran casa: una mansión palladiana de piedra color miel provista de sendas a las curvas adosadas a ambos lados. Sobre las puertas del patio hay dos figuras de piedra sentadas sobre sus cuartos traseros, un león y un unicornio, que se miran con ferocidad el uno al otro, como si hubieran jurado guardar un secreto.
De la imponente soledad de la casa emana cierta tristeza, una sensación que se hace más intensa cuando uno entra en el inmenso y vacío Marble Hall y ve los restos de estatuas sobre los pedestales. Un cordón rojo señala el inicio del recorrido de la casa: una sucesión de estancias amuebladas como escenarios que inquietan al visitante, que se pregunta cómo una casa así puede haber quedado reducida a esta versión falsa de su pasado.
El folleto explicativo informa que, tras la muerte del último Ashton en 1979, solo quedó una prima lejana que residía en Sudáfrica. La señora Sandra De Groot, esposa de un prominente empresario, se sintió tan abrumada por la herencia que accedió a ceder Ashton Park al National Trust a cambio de ahorrarse los derechos de sucesión. Pero antes se despojó a la casa de los campos que aún poseía y de otros objetos valiosos. Se vendieron dos cuadros de Rubens, junto con un Claude Lorraine, un Salvator Rosa y un par de Constables. Poco después sus abogados organizaron una subasta con los objetos de la casa: un sinfín de tesoros que los Ashton habían acumulado durante trescientos años, todos descritos sin la menor emoción en un inventario grapado de hojas blancas:
Dos butacones de madera dorada estilo Jorge IV; mesita de desayuno Regency de palo de rosa taraceada en bronce; centro de mesa de bronce del siglo XIX…
Los anticuarios de todo el país aún recuerdan la subasta que se celebró en Ashton Park en 1980, el canto del cisne de una casa en declive. Se dice que durante días la avenida quedó invadida de furgonetas que procedían a retirar las compras.
Al parecer, la señora De Groot conservaba cierto sentimiento familiar, ya que donó varias vitrinas al National Trust, junto con la biblioteca de la casa y muchos retratos y documentos familiares. Como curiosidad, el folleto menciona que «la exquisita colección de boquillas lacadas de la difunta Elizabeth Ashton fue enviada al Victoria and Albert Museum».
Según ese mismo folleto, Ashton Park ya había empezado su decadencia antes del expolio. Los albaceas, sin embargo, retiraron multitud de reliquias y recuerdos de familia, y en las paredes cuelgan ahora fotografías de los hijos de los Ashton en Eton y en Oxford, posando con los equipos de criquet o vestidos de uniforme. En sus semblantes se aprecia una expresión de confianza. En la planta inferior hay fotografías de los criados: el mayordomo y el personal a su cargo posando frente a la escalera principal, con esas miradas atónitas características de los primeros retratos.
Pasadas la Sala Matutina y la Sala de Billares, se llega a un pequeño estudio donde una vitrina exhibe los archivos de los evacuados de guerra. Según parece, en 1939 se estableció en Ashton Park un internado para evacuados, y un conmovedor álbum de fotos revela a niños de edades diversas sonriendo a la cámara, vestidos con pantalón corto y falda gris; cartas manuscritas, enviadas en años posteriores, narran los momentos felices y tristes de su estancia allí.
En el último pasillo hay una sola fotografía, un elegante retrato de boda del último Ashton, fechado en 1929. Thomas Ashton es uno de esos hombres de antes de la guerra — apuesto, inescrutable, con el pelo echado hacia atrás— , mientras que su esposa, Elizabeth, es una belleza de la época cuyos rasgos recuerdan a los de Vivien Leigh. En sus rostros no se advierte la menor intuición de las pérdidas que les deparará el futuro, nada entonces les hacía presagiar que su casa acabaría convertida en un museo.
Durante las vacaciones y los días festivos, Ashton Park atrae a un gran número de visitantes. Una tienda instalada en la finca vende mermelada y otras baratijas, y los jardines ofrecen hermosos rincones donde comer, senderos para pasear y dudosos desfiles medievales en el campo sur. Y, sin embargo, los visitantes abandonan Ashton Park con cierto mal sabor de boca, porque de algún modo el lugar ha perdido su espíritu.
Dicha decepción no puede achacarse al estado de conservación de la finca. El techo está intacto; el césped de los jardines, esmeradamente cortado, y las aguas del lago son tan límpidas que casi no parecen naturales. Pero las oscuras ventanas son como ojos en blanco, miradas hechizadas. Más allá de las zonas que se visitan hay pasillos cerrados, y cuartos que se usan como almacén para potes de pintura y oxidadas escaleras plegables. La pequeña capilla de la familia aún se conserva, pero apenas recibe a nadie: queda demasiado alejada para incluirse en la visita guiada.
Quizá ese aire de tristeza deba atribuirse a la ausencia de familia. Al parecer, a principios del siglo pasado había tres hijos y una hija, pero ninguno de ellos tuvo descendencia. ¿Qué sucesión de desdichas acabó con esta antaño próspera familia? El folleto no aporta detalles sobre el final del linaje Ashton, pero cualquier visitante curioso no puede evitar preguntarse sobre ello.
A pesar de todo esto, a pesar de los carteles y cubos de basura, uno aún puede situarse en el jardín e imaginar cómo debió de ser aquella casa en los buenos tiempos. Puede imaginarse a otros, en épocas pasadas, disfrutando de la vista incomparable de aquel paisaje inglés en un día soleado.
Existe un árbol que atrae notablemente la atención, una imponente haya roja que se alza solitaria cerca del jardín de rosas. Fue en el banco que hay a la sombra de este árbol, ya fuera del horario de visitas, donde el personal encontró hace poco a una anciana señora que parecía haberse sentado a admirar el paisaje. Al acercarse a ella descubrieron que estaba muerta. Su semblante era plácido, y sus manos sujetaban una desvaída carta de amor.