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Una noche en la primavera de 1941, el bombardeo sobre Londres era tan ensordecedor e insistente que Roberta apenas pudo conciliar el sueño. Al amanecer, había renunciado ya a toda esperanza de dormir, de manera que decidió salir del sótano e ir andando al trabajo más temprano.
Cruzó Olympia y Kensington, que aparecían inusualmente silenciosas a esas hora del día. Varios edificios habían perdido la fachada, y sus habitaciones aparecían expuestas a la curiosidad del mundo exterior. Vio una bañera de acero encallada en un tercer piso, sostenida por un caótico amasijo de tuberías retorcidas. Había escaleras que subían a ninguna parte y retazos de un floreado papel de pared flotando en el aire. Las aceras estaban llenas de restos calcinados y de fragmentos que crujían bajo sus pies.
Con paso ligero, llegó a las vacías calles de Bayswater que daban a Oxford Circus, donde unas cuantas casas quemadas le recordaron escenarios a medio completar: armazones esqueléticos que conservaban adornos como fotografías y recuerdos familiares de porcelana. Bajo la engañosa luz del amanecer, era como si notara a los espíritus de los muertos flotando a su alrededor, o sentados en sillas rotas de hogares abandonados: vidas que habían sido segadas de forma repentina y que ahora deambulaban en silencio por las calles como si nada hubiera cambiado. Roberta se estremeció, se ciñó el abrigo y apresuró el paso.
Pasó frente a un edificio en ruinas; en el cuarto piso distinguió una cuna que oscilaba en precario equilibrio. Por un instante creyó oír el llanto fantasmagórico de un niño, agudo, indefenso, desatendido; el corazón le dio un vuelco al pensar en Anna y en su sonrisa traviesa.
Llegó por fin a las puertas de la BBC. La camaradería de sus compañeros, marcada por el humor negro, era contagiosa: cada mañana era una celebración por haber sobrevivido una noche más. Roberta pasó ese día catalogando discos viejos, melodías lentas de una docena de orquestas de baile distintas. Encontró una antigua canción de Al Bowlly, The very thought of you, cantada con el tono íntimo que caracterizaba al suave tenor lírico. Dejó el disco a un lado y lo anotó mentalmente en la lista de canciones programadas.
I see your face in every flower,
Your eyes in stars above,
It's just the thought of you,
The very thought of you, my love…
Esa misma noche, en Egipto, Lewis yacía echado en la arena con la vista puesta en un cielo sin nubes, poblado de estrellas. Una radio sonaba en algún lugar del campamento, y pensó en su mujer mientras escuchaba esa canción, preguntándose si volvería a verla alguna vez.