32

Rafael la dejó caer con suavidad sobre la cama.

—Qué agradable... —Elena suspiró al sentir las maravillosas sábanas contra la piel. Tenía los ojos clavados en los del arcángel. Su mirada era tan varonil, tan posesiva, que se preguntó por un breve instante si no habría cometido un error. ¿Y si él planeaba quedarse con ella?—. ¿Alguna vez has tenido una esclava? —inquirió.

Él sonrió, pero la diversión del gesto estaba atemperada por la necesidad sexual.

—Muchas. —Le sujetó los tobillos y le separó las piernas—. Todas ansiosas por servirme... de todas las maneras posibles.

Elena trató de soltarse sacudiendo las piernas, pero él tiró de ella para acercarla. Tenía una expresión hambrienta de sexo.

—Algunas de ellas habían pasado años aprendiendo a llevar a un hombre al éxtasis. Los vampiros tienen centenares de años para practicar.

—Cabrón... —Un insulto, pero tenía un nudo de anticipación en el estómago, y sentía los pechos ardiendo.

—No obstante —Rafael la alzó un poco para hundirse en ella con una poderosa embestida—, ninguna de ellas me prohibió tener otras amantes.

Elena arqueó la espalda en un intento por asimilar el impacto de la penetración. Se sentía llena por completo, cerca del éxtasis. Cuando por fin pudo respirar, abrió los ojos y lo encontró en la misma posición, como si él también luchara por contenerse.

—Me parece que tú no eres de los que comparte. —Su voz sonó ronca.

—No. Si una de ellas se iba con otro hombre... —empezó a retirarse con lenta y cuidadosa deliberación—... había docenas dispuestas a ocupar su lugar. Me daba igual.

Elena estaba a punto de perder la cabeza; todo su ser estaba concentrado en el punto donde sus cuerpos se unían. Y el poco razonamiento que le quedaba se colapsó bajo la fuerza seductora y embriagadora de sus palabras.

—Si tú te entregas a otro amante, Elena —volvió a hundirse en ella, haciéndola jadear—, lo que le haré a ese hombre será una pesadilla que quedará grabada en los anales de la humanidad. —Y después de aquello, se acabaron las palabras. Solo hubo movimientos: el deslizamiento suave de cuerpo contra cuerpo, las embestidas y retiradas de él y de ella, y la erótica y sensual explosión del éxtasis.

Lo último que Elena recordaba haber pensado era que había subestimado la potencia de la pasión combinada de ambos.

Se despertó al notar que estaba durmiendo sobre algo suave, cálido y sedoso. Extendió los dedos y descubrió que acariciaba algo...

—¡Ay! —Se incorporó de golpe, horrorizada. Un enorme brazo volvió a tumbarla.

—Tus alas... —susurró mientras deslizaba la mano por el esplendor de una de ellas.

—Son fuertes. —Un comentario de él lánguido, lleno de... algo.

Estaba a punto de darse la vuelta para mirarlo cuando vio cómo estaba su propio cuerpo.

—¡Oh, no, no puedes haberme hecho esto! —Brillaba de la cabeza a los pies. El polvo de ángel llenaba cada uno de sus poros, sus pestañas, su boca. Y era la «mezcla especial».

Rafael le acarició la cadera con la mano antes de pasar a la curva de su cintura y subir hasta su pecho.

—No fue... no fue a propósito.

¿Era vergüenza lo que detectaba en su voz? Elena frunció el ceño y lamió parte de las motitas brillantes que tenía en los labios. El polvo le provocó una cálida sensación de hormigueo por todo el cuerpo... como si ardiera de dentro afuera.

—¿No te parece que esto es como... empezar antes de tiempo?

Él le dio un apretón con el brazo con el que había rodeado su cintura.

—¿Alguna queja?

Elena esbozó una sonrisa al darse cuenta de que no se había equivocado: el arcángel había perdido el control.

—Claro que no. —Se retorció entre sus brazos para poder mirarlo a la cara. Su sonrisa se desvaneció—. Pareces... diferente. —No era nada que pudiera explicar, nada que pudiera tocar. Pero...

La expresión de Rafael se volvió sombría.

—Me has hecho un poco más humano.

Destellos de recuerdos. Rafael sangrando a causa de un disparo.

—¿Qué significa eso?

—No lo sé. —Su beso estaba lleno de pasión, y se había metido dentro de ella antes incluso de que Elena se diera cuenta. Fue un polvo rápido, furioso y absolutamente magnífico.

Mucho, mucho tiempo después, cuando se enfrentaron a la promesa del nuevo día, Elena intentó librarse del polvo de ángel en la ducha, pero solo tuvo un éxito parcial. Su piel seguía brillante, aunque ya no se notaba tanto. Y, por suerte, aquella cosa no brillaba en la oscuridad.

—Si alguien probara esto... —le dijo a Rafael mientras él observaba cómo se vestía desde su lugar frente a la chimenea—... ¿querría meterse en mi cama?

—Sí. —Sus ojos brillaban—. Así que no dejes que nadie lo pruebe.

Elena se quedó quieta al percibir la amenaza implícita en aquella orden.

—No quiero que mates a nadie por mi culpa, Rafael.

—Hiciste tu elección.

Acostarse con un arcángel.

—Creo que el colocón sexual comienza a desaparecer —murmuró mientras se ponía unos pantalones limpios de color caqui y una camiseta negra. También se puso un suéter negro. Era la primera hora de la mañana, y fuera todavía estaba oscuro. La temperatura había bajado mucho con la lluvia—. Lo digo en serio, Rafael, si vas por ahí matando a gente inocente, te daré caza. —No se molestó en ocultarle sus armas (ni siquiera la pistola especial) cuando las sacó de la bolsa de viaje y empezó a esconderlas en su cuerpo.

El rostro de Rafael permaneció inexpresivo mientras la observaba. Sus alas se recortaban contra las llamas y su magnífico cuerpo desnudo no estaba cubierto más que por unos pantalones negros.

—¿Se ha acabado la luna de miel?

Elena atravesó la alfombra para contemplar una cara con la que sabía que soñaría durante el resto de su vida.

—No. —Apoyó los puños sobre su pecho desnudo y aguardó a que él agachara la cabeza para besarlo—. Un consejo: si quieres considerarme un juguete, hazlo; pero no esperes que me comporte como tal.

Una mano en su nuca, un apretón de advertencia.

—No intentes controlarme, pequeña cazadora. No soy...

El resto de sus palabras desapareció en medio de una avalancha de recuerdos.

Ven aquí, pequeña cazadora. Pruébala.

—Elena. —La voz cortante la llevó de nuevo al presente.

—Vale. —Se aclaró la garganta—. Me alegro de que hayamos aclarado eso. Ya no llueve y...

—¿Qué ves?

Ella lo miró a los ojos y sacudió la cabeza.

—Todavía no estoy preparada para contártelo. —Tal vez no lo estuviera nunca.

Rafael no amenazó con sacárselo a la fuerza.

—Todavía cae una ligera llovizna. Eso debería mantenerlo en estado de Estupor.

—Sí. —Se apartó y cruzó los brazos—. No había pensado en eso. No les gusta el frío, ¿verdad? —Era una pregunta retórica—. Sobre todo después de un exceso.

—No obstante, hay que tener en cuenta que Uram no es un vampiro.

Elena dejó escapar un suspiro de frustración.

—¿Qué coño es entonces? ¡Dímelo!

—Es un Ángel de Sangre. —Se acercó a la ventana, pero Elena sabía que él estaba viendo cosas mucho más siniestras que la oscuridad que precedía al amanecer—. Una auténtica abominación, algo que jamás debería haber existido.

La furia que emanaba de él era casi una fuerza física.

—¿Es el primero?

—Es el primer arcángel que se convierte en un nacido a la sangre, que yo recuerde. Pero Lijuan dice que ha habido otros.

La mente de Elena se llenó con las imágenes que había visto de los arcángeles más antiguos. Lijuan era la única del Grupo que mostraba los primeros signos de envejecimiento. Aquello no mermaba en absoluto su exótica belleza: su rostro, su constitución ósea, sus ojos clarísimos. Aun así, había algo muy raro en Lijuan. Como si ya no perteneciera a este mundo.

—El primer arcángel que tú recuerdes... —murmuró ella mientras reflexionaba—. ¿Y qué ocurre con los ángeles ordinarios?

—Muy bien, Elena. —No se apartó de la ventana. Estaba tan distante como aquel día en la azotea, que parecía haber ocurrido hacía una eternidad—. Aquellos otros se contaminaban con facilidad. En su mayoría fueron hombres jóvenes que carecían del intelecto que Uram pareció conservar después de su transición.

—¿Cuántos? —Clavó la vista en la parte posterior de su cabeza, como si de aquella forma pudiera obligarlo a hablar—. ¿Uno al año?

Rafael se enfrentó a su mirada en el oscuro reflejo de la ventana cuando ella se situó a su espalda.

—No.

Llena de frustración, Elena lo rodeó y apoyó la espalda sobre el cristal para poder mirarlo a la cara.

—Es evidente que se te da muy bien cubrir el rastro de los nacidos a la sangre: no existen leyendas humanas al respecto.

—En la mayoría de los casos, solo las víctimas supieron la verdad... y solo unos minutos antes de morir.

—Eso hace que me sienta muy especial. —Sin darse cuenta, empezó a recorrer con el dedo el delicado borde dorado de una pluma situada cerca del bíceps de él—. Dime una cosa: ¿los nacidos a la sangre llegan al mundo con esa locura?

Una batida de pestañas increíblemente largas sobre una piel que ella había besado hacía poco.

—Todos nosotros tenemos el potencial de Convertirnos en nacidos a la sangre.

Atónita por el hecho de que hubiera respondido sin rodeos, Elena dejó caer la mano.

—Vaya, ¿esta vez no hay advertencias sobre lo de saber demasiado?

—Ya sabes demasiado. —Una sonrisa que denotaba antigüedad, crueldad y otras cosas que era mejor no saber—. Es bueno que hayas accedido a compartir mi cama. Nadie se atreverá a tocar a mi amante.

—Es una pena que el interés de los inmortales sea tan efímero. —El frío del cristal a su espalda empezaba a colarse en su cuerpo, pero no se movió—. Puesto que ya sé demasiado, dime por qué un ángel se convierte en vampiro.

Rafael inclinó la cabeza hacia delante.

—Todavía eres humana.

Elena apenas logró contener el impulso de darle una patada.

—También soy una cazadora que rastrea a un arcángel. Tú me has metido en esto. Dame las herramientas que necesito para luchar.

—Tu trabajo es encontrar a Uram. Es tu habilidad lo que necesitamos.

Lo que necesitamos «nosotros». El Grupo de los Diez.

—¿Cómo se supone que voy a hacer ese trabajo si insistes en ponerme trabas? —Le costaba un enorme esfuerzo mantener su temperamento bajo control—. Cuanto más sepa sobre el objetivo, ¡mejor podré predecir sus movimientos!

Rafael recorrió su mejilla con la punta de un dedo.

—¿Sabes por qué perdió Illium sus plumas?

—¿Porque tú estabas de mal humor? —Dejó escapar un suspiro de exasperación—. No intentes cambiar de tema.

—Porque... —dijo Rafael, que pasó por alto aquella orden—... le reveló nuestro más oscuro secreto a un humano. —Su forma de decirlo, de utilizar el lenguaje, hizo imposible pasar por alto su edad, su inmortalidad.

Atrapada por la curiosidad, Elena no pudo evitar preguntar:

—¿Qué le ocurrió al mortal?

—A aquella mujer le borramos la memoria. —Cubrió la mejilla de Elena con la mano—. Y a Illium se le prohibió volver a hablar con ella.

—¿Él la amaba?

—Tal vez. —Su expresión decía que aquello carecía de importancia—. La vigiló durante el resto de sus días, a sabiendas de que ella ya no lo recordaba. ¿Eso es amor?

—¿No lo sabes?

—He oído miles de definiciones del amor a lo largo de los siglos. No es siempre lo mismo. —La miró fijamente con una expresión carente de emociones—. Si Illium amaba a aquella mortal, era un estúpido. Hace siglos que ella se convirtió en polvo.

—Qué crueldad... —susurró ella, que ya sentía el calor del sol del amanecer en la espalda. ¿Cuánto tiempo llevaban allí? La madrugada había dado paso al alba—. ¿No podrías haber permitido que pasara una vida con la mujer a la que amaba?

—No. —Había rasgos abruptos y líneas limpias en un rostro sin compasión—. Porque si un mortal lo sabe, pronto lo sabrá otro. No tenéis una idea muy clara de lo que es un secreto.

—Mis recuerdos no —le recordó—. Mátame si es necesario, pero no te atrevas a robarme mis recuerdos.

—¿Preferirías morir?

—Sí.

—Que así sea.

La sangre de Elena se incendió al oír aquellas tres últimas palabras, ya que sabía que para él eran un juramento.

—Sabes que para matarme primero tendrás que atraparme, ¿verdad?

Su sonrisa mostraba la fría arrogancia de un hombre que sabía exactamente lo peligroso que era.

—Eso disipará el tedio que conlleva el paso de los siglos.

Elena resopló y echó un vistazo hacia el exterior.

—Ya no llueve. Saldré a ver si puedo percibir cualquier rastro de Uram, por si acaso no ha pasado la noche en estado de Estupor.

—Come algo primero. —Se echó hacia atrás—. No hemos dejado de trazar patrones de búsqueda: si hubiera matado de nuevo, ya me habría enterado.

Elena estaba intranquila, pero sabía que estaría mejor si se alimentaba, así que accedió.

—Comeré algo rápido.

—¿Empezarás la búsqueda en casa de Michaela?

—Puede ser. Si Uram está despierto y en pie, lo más probable es que vaya a hacerle una visita a su amada. Hay... —Sonó un timbre familiar—. Mierda, ¿dónde lo he puesto?

—Aquí. —Rafael sacó el teléfono móvil de la ropa que ella había arrojado sobre la bolsa que contenía sus cosas—. Cógelo.

—Gracias. —Un vistazo a la pantalla bastó para hacerle sentir náuseas—. Hola, Jeffrey. —Se preguntó qué diría su padre si le contaba que estaba en una habitación con un arcángel medio desnudo. Lo más probable era que le pidiera que cerrara un trato con dicho arcángel mientras todavía estaba de buen humor por el sexo.

Contempló el perfil del inteligente rostro de Rafael mientras este encendía un ordenador portátil que ella no había visto hasta aquel momento y esbozó una sonrisa.

—¿Qué pasa? —El impulso de colgar era una necesidad que hervía en su sangre, pero se habría arrancado el brazo a mordiscos antes de permitir que Jeffrey consiguiera convertirla en una cobarde llorona.

—Tienes que venir a mi oficina.

Algo en el tono de su padre penetró las complejas y turbulentas capas de su furia.

—¿Hay alguien ahí?

—Ahora, Elieanora. —Colgó el teléfono.

—Tengo que ir al despacho de mi padre.

Rafael apartó la vista del ordenador y enarcó una ceja.

—Creí que ya le habías dicho todo lo que tenías que decirle a tu padre ayer.

Elena no se molestó en preguntarle al arcángel cómo lo sabía: lo cierto era que Jeffrey y ella no se habían molestado en bajar la voz.

—Pasa algo malo. ¿El coche sigue ahí delante?

Rafael se quedó inmóvil, y Elena comprendió que lo más probable era que estuviese hablando mentalmente con los vampiros.

—Dmitri te llevará.

—Está bien. —Se dirigió hacia la puerta a grandes pasos—. Si este es uno de los jueguecitos de poder de Jeffrey... Joder, no. No pienso dejarlo todo solo porque él me lo pida. —Cogió el teléfono y lo llamó—. Estoy inmersa en una caza —dijo tan pronto como él descolgó—. No tengo tiempo para jugar a la familia feliz.

—En ese caso, quizá tengas tiempo para limpiar el desaguisado que ha dejado tu amigo.

Elena sintió un vuelco en el corazón.

—¿De qué estás hablando?

—Estoy seguro de que ella todavía seguía con vida cuando ese tipo la abrió en canal y le arrancó la carne para dejar al descubierto la caja torácica desgarrada.