15
Elena formó la palabra «esconder» y luego esperó mientras Vivek pensaba.
—No tardes un siglo, V.
—Paciencia. —Estaba sentado completamente inmóvil, pero no era un acto de autodisciplina. Vivek había perdido toda la sensibilidad por debajo de los hombros en un accidente que había sufrido en su infancia. De no haber sucedido habría sido un cazador nato. Con todo, aparte de sus considerables obligaciones como encargado de los Sótanos, también era los ojos y los oídos del Gremio en un mundo conectado. Su silla de ruedas de tecnología punta había sido dotada con dispositivos inalámbricos, así que V conocía a menudo lo que se decía del Gremio casi antes de que las palabras salieran de los labios.
En esos momentos murmuró algo por lo bajo junto al panel del ordenador, y las letras se dieron la vuelta para formar la palabra «casa».
—¿Y ahora qué, Ellie? —Era evidente que no se refería al juego.
Ella se dio unos golpecitos con los dedos en el muslo.
—Necesito hablar con Sara.
—Estás en régimen de aislamiento.
—En ese caso, habla tú con ella. Dile que está en peligro. Todo el mundo sabe que ella es la única persona que conoce mi localización. —Y no era Dmitri quien la preocupaba.
Vivek utilizó un comando verbal para abrir la puerta por la que ella había entrado.
—Vete. Haré la llamada y permitiré que vuelvas a entrar.
Elena no estaba de humor para niñerías.
—¡No voy a robarte tus malditos códigos!
—Sal de aquí o no llamaré.
Tras empujar la consola del ordenador, Elena salió a grandes zancadas.
—Date prisa —le dijo antes de que la puerta se cerrara de golpe tras ella.
Apoyó la espalda sobre la puerta y se deslizó hacia el suelo, pero no se paró a pensar que tal vez Ransom también estuviese en peligro. No estaba acostumbrada a pensar en él como una persona vulnerable. Tampoco se había preocupado mucho por Sara antes de que tuviese al bebé. Sara no solo sabía cuidar muy bien de sí misma, sino que su marido, Deacon, era un hijo de puta de lo más mortífero. Pero Zoe era tan pequeñita...
La puerta se abrió tras ella.
—Sara quiere hablar contigo. —La voz de Vivek sonaba irritada.
Elena se adentró en la estancia y descubrió que el hombre se había encerrado en su cabina, enfurruñado, lo que significaba que Sara no quería que él escuchara lo que iba a decirle. Elena se estremeció. Cuando Vivek se enfurruñaba, la vida en los Sótanos se volvía muy incómoda: aumentos de temperatura que te cocían vivo, olores extraños en el aire, comida que sabía a serrín... En una ocasión se había visto obligada a pasar todo un espantoso mes allí abajo después de que Vivek se peleara con Sara. Hablando de rabietas estúpidas...
De cualquier forma, el malhumor de Vivek no importaba; no cuando la vida de Sara corría peligro.
Elena cogió el anticuado teléfono. Era tan viejo que estaba a prueba de piratas informáticos.
—Sara, tienes que venir aquí abajo con tu familia.
—La directora del Gremio no sale huyendo con el rabo entre las piernas. —El tono de Sara era duro, lo que demostraba el carácter de acero que le había otorgado la fuerza necesaria para mantener su puesto en una profesión inundada de testosterona.
—¡No seas imbécil! —Elena apretó las manos con tanta fuerza que las uñas dejaron marcas en forma de media luna en sus palmas—. Dmitri no es ningún bebé vampiro. ¡Es el jefe de seguridad de Rafael!
—Esa es otra de las cosas de las que debemos hablar: el «desacuerdo» que has tenido con Rafael... ¿es insalvable?
A Elena se le heló la sangre.
—¿Por qué?
—Porque cuando he regresado a la oficina tenía un nuevo mensaje esperándome... Te está buscando, Ellie.
—Yo hablaré con...
—No pienso dejar que te acerques a él —replicó Sara—. Tú no has oído ese mensaje. Si una hoja de acero pudiera hablar, lo haría exactamente igual que él.
Elena maldijo entre dientes. ¿Qué coño había pasado en el lapso de tiempo transcurrido entre el momento en que se marchó de la Torre y aquel mensaje? Rafael había permitido que se fuera sin rechistar. ¿Por qué la buscaba ahora?
—¿Estás segura de que está tan enfadado?
—«Enfadado» no es la palabra que yo utilizaría. «Letal» encaja mucho mejor. —Había verdadera preocupación en el tono de Sara—. ¿Qué has hecho para cabrear a un arcángel?
La lealtad entró en conflicto con la inexplicable necesidad de mantener en secreto lo que había ocurrido en la oficina.
—Lo golpeé.
Una inspiración larga y profunda.
—¿Golpeaste a un arcángel?
Elena recordó la sensación de peligro que había manado de él como si fuera radiación.
—Fue por su culpa, así que si lo piensa bien, se calmará.
—A los arcángeles no se les da muy bien pedir perdón. —El sarcasmo teñía cada una de las sílabas—. Da igual lo que hiciera, tendrás que ceder, o él te hará papilla.
—No pienso arrastrarme. —No lo haría por nadie—. Y tú lo sabes.
—Por supuesto que lo sé, idiota. Solo quería aclarar las cosas.
—Querías aclarar que soy mujer muerta. —Porque no pensaba disculparse con aquel cabrón. Ni para salvar su vida.
—Más o menos, sí.
—Pues eso demuestra que tengo razón.
—¿En qué?
—En que tienes que llevar a Zoe y a Deacon a un lugar seguro. Si Rafael está decidido a atraparme, irá a por ti y los tuyos para averiguar dónde estoy. —Hizo una pausa para tragarse la bilis. Poner su vida en peligro era una cosa, pero... —. No permitiré que mi orgullo ponga a tu familia en peligro. Lo llamaré y...
—Cállate. —Eran palabras en voz baja. Palabras furiosas—. Sacaré a Zoe de la ciudad. Deacon y yo podemos cuidarnos solitos.
—Sara, lo siento mucho...
—Joder, ¿de verdad crees que dejaría que vendieras tu alma tan barata? —Colgó el teléfono.
Elena se sentía fatal, pero sabía que su mejor amiga la perdonaría. Y Sara enfadada era lo mismo que Sara en acción.
Estaba a punto de colocar el auricular del teléfono en su sitio, pero vaciló. Un vistazo rápido le mostró que Vivek le había dado la espalda a propósito. Aprovechó la oportunidad, colgó el teléfono y marcó a toda velocidad un número externo.
—Date prisa... —murmuró entre dientes mientras el teléfono sonaba una y otra vez al otro lado de la línea.
—Beth Deveraux-Ling al habla.
Al oír aquella voz familiar, Elena sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Las contuvo con la despiadada facilidad que da la práctica.
—Soy Elena, Beth.
—¿Por qué sigues usando ese nombre? —inquirió su hermana, y Elena casi pudo ver su ceño fruncido—. Sabes que papá prefiere que utilices tu nombre completo, o Nell, si quieres abreviarlo.
—Beth, no tengo tiempo para esto. ¿Está Harrison ahí?
—A Harrison no le gusta hablar contigo. —Bajó la voz—. Ni siquiera sé por qué hablo yo contigo... ¡Entregaste a mi marido a un ángel!
—Ya sabes por qué lo hice —le recordó Elena—. Si no lo hubiera hecho, el siguiente cazador habría tenido órdenes de ejecutarlo. A los ángeles no les gusta perder a sus propiedades.
—¡Él no es propiedad de nadie! —Beth parecía a punto de llorar.
Elena se frotó las sienes con los dedos.
—Por favor, Bethie, ve a buscar a Harrison. Esto es muy importante. —Su hermana era muy excitable y malcriada—. Él querrá saberlo.
Se produjo una pausa testaruda antes de que Beth cediera por fin. Elena esperó varios segundos con los ojos clavados en la espalda de Vivek. El hombre se enteraría de que había hecho una llamada al exterior en cuanto saliera de la cabina, pero tenía que hacerlo. Y no suponía un peligro para el Gremio: si alguien rastreaba la llamada, daría con una cuenta falsa.
—¿Elena?
Volvió a prestar atención.
—Escucha, Harry, necesito...
—Eres tú quien tiene que escuchar —la interrumpió él.
—Mira, no tengo tiempo para tus...
—Estoy intentando ayudarte —fue la réplica cortante—. No sé por qué... ¡Tal vez porque no quiero ser conocido como el cuñado de la cazadora a la que encontraron empalada en un poste en Times Square! No puedo creer que consiguieras ofender a alguien de la categoría de Dmitri.
Elena se quedó paralizada.
—¿Te has enterado?
—Por supuesto que me he enterado. Dmitri es el vampiro más antiguo de la zona, y debo entregarle mis informes a él directamente a menos que mi amo desee un cara a cara. —Su voz se volvió amarga—. Y debo admitir que he tenido que charlar un montón de veces cara a cara con Andreas desde que tú acabaste con mis esperanzas de escapar.
—Maldita sea, Harry, recuerda que tú firmaste un contrato. ¡Con sangre!
—No esperaba que entendieras lo que es la lealtad familiar —dijo. Una puñalada directa al corazón—. Pero supongo que al menos te importa tu vida.
—He llamado para avisarte —replicó ella, que se negaba a permitir que el gilipollas que tenía por cuñado lograra herirla—. Puede que tú seas un vampiro, pero Beth es mortal.
—No durante mucho tiempo. Hemos solicitado que sea Convertida.
A Elena se le cayó el alma a los pies.
—No voy a dejar que la arrastres a ese mundo. ¿Tiene ella una mínima idea de lo que va a firmar o le has dicho que es todo un cuento de hadas?
—Créeme, Elieanora, sabemos que no es perfecto, pero se trata de la inmortalidad. Y puede que no sepas lo que eso significa, pero yo amo a Beth... y no quiero pasar la eternidad sin ella.
Aquello detuvo a Elena, porque, dejando a un lado todos sus defectos, Harrison Ling parecía amar de verdad a su esposa.
—Mira, Harry, hablaremos de eso otro día, pero escóndete de Dmitri hasta que esto pase.
—¿Por qué debería esconderme?
—Porque intentará averiguar dónde estoy a través de ti.
—Ya me lo ha preguntado, y le he dicho que no tenía ni la menor idea —replicó Harry—. Puesto que parece saber con exactitud la íntima relación que mantienes con tu familia, me ha creído.
—Así de fácil. —Elena frunció el ceño—. ¿Nada de mano dura?
—Por supuesto que no. Somos seres civilizados.
El cerebro de Elena refutó eso con el recuerdo de la sonrisa de Dmitri mientras la sangre manaba de su cuello.
—Está bien —murmuró—. Siempre que estéis a salvo...
—¿Dónde estás?
Todos y cada uno de sus instintos se pusieron en alerta.
—No necesitas saberlo.
—Entrégate —le pidió él—. A eso me refería cuando he dicho que suponía que tu vida te importaría: si te rindes, tal vez Dmitri se muestre indulgente. Nuestra vida sería mucho más fácil si te entregaras a él. Beth está de acuerdo conmigo.
Eso era lo único que significaba para Beth y para él: una forma conveniente de conseguir favores, pensó Elena, que se negó a tener en cuenta el dolor que atravesaba su corazón.
—¿Desde cuándo te has convertido en el soplón de Dmitri, Harry?
Se oyó el siseo cortante de una inspiración forzada.
—Está bien, suicídate si quieres. ¿He mencionado que Dmitri te busca en nombre de su amo?
—¿Qué?
—Corre el rumor de que Rafael se ha vuelto frío.
Elena no sabía lo que aquello significaba, pero el tono de Harry dejaba claro que no era algo bueno.
—Gracias por la advertencia.
—Es más de lo que tú me has dado a mí.
Vivek comenzó a girar su silla.
—Tengo que irme. —Colgó en un abrir y cerrar de ojos.
En cuanto salió de la cabina, Vivek se dirigió de inmediato hacia sus ordenadores. Elena había esperado que montara en cólera al descubrir que había hecho una llamada no autorizada, pero él se limitó a suspirar y a sacudir la cabeza antes de volverse hacia ella.
—¿Por qué te molestas, Ellie?
Aquello la estremeció, mucho más que cualquier otra cosa que pudiera haber hecho. Dobló las piernas y se dejó caer sobre una silla.
—Son mi familia.
—Te rechazaron porque no encajabas en su molde. —Tenía la boca fruncida—. Créeme, sé muy bien lo que es eso.
—Lo sé, Vivek. —Su familia lo había encerrado en una institución después del accidente—. Pero no puedo dejar a Beth en una posición vulnerable si tengo la posibilidad de protegerla.
—Sabes que ella te dejaría en la estacada si tuviera la oportunidad, ¿verdad? —Su tono era tan amargo como el más cargado de los cafés—. Está casada con un vampiro... y él es más importante.
Elena no podía refutar eso, no cuando las palabras de Harrison aún resonaban en sus oídos. Su familia deseaba que se entregara a un vampiro de alto rango. Daba igual lo que aquel vampiro (y más importante aún, su sire) quisiera hacerle.
—Ellos son así... —susurró—, pero yo no.
—¿Por qué no? —Vivek giró su silla para colocarse frente al ordenador—. ¿Por qué te molestas? No puede decirse que te hayan querido alguna vez.
Elena no tenía respuesta a eso, así que lo dejó pasar. Sin embargo, las palabras se agolparon en su cabeza y se filtraron en su cerebro. Dolorosas. Desgarradoras.
—¡Hola, Ellie!
Levantó la cabeza de golpe y descubrió que había otra cazadora junto a una de las entradas a los dormitorios. Alta, esbelta, con un cabello negro y liso y unos impactantes ojos castaños. Ashwini era una cazadora extraordinaria. También estaba como una cabra. Y por esa razón le caía bien a Elena.
—Hola, colega —dijo, feliz por poder liberar su mente de ciertas cosas, aunque fuera solo por unos minutos—. Creí que estabas en Europa.
—Y lo estaba. Regresé hace un par de días.
—¿Ya estabas en la ciudad cuando llamaste a Sara? —¿Cómo era posible?, ¿eso había sido solo el día anterior?
Ashwini asintió.
—La caza dio un giro inesperado.
—¿En serio? —dijo al tiempo que obligaba a sus pensamientos a concentrarse en el presente.
—Ese maldito cajún...
—Vaya...
—Cuando por fin consigo tenerlo a menos de una manzana de distancia, de repente llega a un «acuerdo» con el ángel que había solicitado la búsqueda. —Entrecerró los ojos—. Uno de estos días lo convertiré en carnaza para cocodrilos.
Elena esbozó una sonrisa.
—Y entonces ¿cómo nos divertiríamos los demás?
—Que os jodan —dijo con una risotada antes de soltar un bostezo, levantar los brazos y desperezarse como un gato—. Me gusta dormir aquí abajo.
—¿Qué? ¿No me dirás que te gusta el ambiente? —Puso los ojos en blanco—. Vamos, cuéntame, ¿qué tal en Europa?
—Un asco. Estuve en la región de Uram.
A Elena se le erizó el vello de la nuca. Aquello no era una coincidencia... Ash daba un poco de miedo con eso de la presciencia.
—¿Cómo estaba la situación allí?
La otra cazadora se encogió de hombros con un movimiento ágil e inconscientemente elegante. Según los rumores que corrían por el Gremio, había sido una bailarina cualificada de una prestigiosa compañía antes de convertirse en cazadora. Ransom le había pedido una vez que hiciera una actuación. Su ojo morado había tardado dos semanas en curarse.
—Uram se ha pasado de la raya —dijo Ash en esos momentos—. La gente del lugar se asusta de su propia sombra; creen que él los espía.
Elena captó el brillo de los ojos de su compañera.
—Pero tú no lo crees, ¿verdad?
—Pasa algo raro. Nadie ha visto a su ayudante, Robert Syles, desde hace tiempo. Y a Bobby le gustan las cámaras de televisión. —Ashwini encogió los hombros de nuevo—. Creo que están llevando a cabo una caza ellos mismos. Tal vez estén cazando ángeles. Nos enteraremos muy pronto. —Otro bostezo.
—Será mejor que vuelvas a la cama.
—No, ya estoy recuperada del todo. Pero debo darme una ducha, porque saldré de aquí de nuevo dentro de una hora. —Se dio la vuelta—. Ah, oye, El, descubrí otra cosa: parece que encontraron varios cadáveres decapitados más o menos por las mismas fechas en las que desapareció Uram. Por lo visto esos pobres imbéciles eran sus sirvientes. Debió de darle una rabieta o algo así. Es una suerte que no tengamos que dar caza a esos cabrones.
Elena asintió. Se sentía muy débil.
—Sí, una suerte.