Epílogo
Elena se había imaginado volando a través de la ventana de Sara y dándole un susto de muerte a su mejor amiga, pero aquello fue antes de comprender que, aunque ya estaba despierta, lo de moverse era una historia muy diferente. Por aquella razón aún estaba en la cama cuando Sara entró en su habitación del Refugio con los ojos vendados.
Rafael la había trasladado a la fortaleza angelical poco después de recuperarse, pero había conseguido mantenerla oculta. No obstante, ni siquiera había intentado discutir con ella cuando le dijo que quería ver a Sara.
Su amiga se cruzó de brazos y apretó la mandíbula mientras Dmitri la guiaba sobre la alfombra. El vampiro parecía obtener un perverso placer abrumando a Elena con su esencia ahora que estaba demasiado débil para defenderse. Para sorpresa de todos, había superado la transformación manteniendo intactas tanto sus habilidades de cazadora como sus «debilidades».
Rafael y ella no habían dejado de «discutir» sobre su trabajo como cazadora del Gremio.
Sintió una lujuriosa caricia de satén líquido sobre la piel, tentadora y sensual. Elena se frotó los brazos y miró a Dmitri con el ceño fruncido. Estaba a punto de decirle algo cuando Sara dejó escapar un suspiro.
—No sé qué cree tu jefe que va a conseguir secuestrándome. No vamos a poner fin a la huelga.
¿Huelga? Aquello explicaba por qué Rafael se había alegrado tanto aquella mañana al ver que por fin despertaba. Si los cazadores se negaban a hacer su trabajo, los vampiros debían de estar retractándose de sus Contratos a diestro y siniestro.
—Ahora sí que me has dejado la cabeza como un bombo.
Sara se quedó paralizada unos segundos; luego se quitó la venda con dedos temblorosos mientras Dmitri abandonaba la habitación en silencio y cerraba la puerta tras él... aunque no antes de envolver a Elena con otra ráfaga de su esencia. Aún estaba recuperando el aliento cuando Sara consiguió retirar la venda y la arrojó al suelo.
Su amiga abrió los ojos de par en par. Y a continuación, su exótica y hermosa piel se quedó pálida.
—¡Maldita sea, Sara, no te desmayes! —gritó Elena, que estiró los brazos como si fuera a recogerla.
Sara se apoyó en un sillón.
—Estoy alucinando. O a lo mejor el pescado que me dieron en el avión estaba aliñado con LSD.
—Sara, como no vengas a abrazarme, te pegaré un tiro. —La pistola que Sara había colocado bajo su almohada no solo había salvado su vida, sino también la de Rafael—. ¡Soy yo, idiota!
Sara tragó saliva y luego se acercó a su cama a toda prisa. Se abrazaron con tanta fuerza que respirar se convirtió en algo secundario. A Elena no le importó. Empezaron a balbucear al mismo tiempo, riendo y llorando a la vez.
—Creí que estabas...
—.. Rafael dijo...
—Y yo le dije que de ninguna manera...
—...inmediatamente...
—...y Ransom estaba decidido a venir...
—...me desperté ¡y tenía alas!
Ambas dejaron de hablar, se miraron la una a la otra, soltaron una carcajada y se apartaron un poco.
—Madre mía... ¡Tienes alas! —Sara cogió la taza de café que había sobre la mesilla de Elena y resopló con fuerza—. ¿Es eso lo que creo que es?
La Rosa del Destino brilló desde el lugar que ocupaba en la mesilla.
—Rafael es muy testarudo.
Medio ahogada, Sara dejó la taza vacía a un lado y se golpeó el pecho unas cuantas veces con el puño antes de decir:
—Vale, ahora explícame por qué tienes alas.
—No sé si puedo hacerlo. Aún estoy descubriendo cosas... pero ¿qué coño es eso de la huelga?
Sara esbozó una sonrisa.
—Me han traído hasta aquí, ¿verdad? —Tenía una expresión de lo más satisfecha—. Nos han mantenido alejados de ti, Ellie; nos decían que estabas viva, pero nada más. Creímos que estabas paralizada... —Se quedó sin aliento y, de pronto, su angustia se convirtió casi en un ser vivo—. ¿No podrías haberme llamado, Ellie? ¿No confiabas en mí?
Elena apretó las manos de su amiga.
—Desperté hace exactamente veinticuatro horas. Y la primera persona a la que quise ver fue a ti. Pero no se lo digas a Ransom o se pondrá celoso.
—¿Has estado en coma durante un año? —Sara se quedó boquiabierta—. ¿Cómo es posible que puedas moverte? Porque puedes hacerlo, ¿no? ¿Tus músculos...?
—Sí —dijo antes de que de Sara empezara a preocuparse de nuevo—. No lo sé. Dijeron algo sobre sanadores y ejercicios, pero estoy pegada a las alas.
Sara sacudió la cabeza y estiró la mano para tocarlas... pero la retiró antes de hacerlo.
—A los ángeles no les gusta que les toquen las al...
Elena agarró la mano de su amiga y la colocó sobre las plumas que ahora le pertenecían.
—Sigo siendo yo.
Sara deslizó la mano sobre su ala. La sensación no se pareció en nada a la que le provocaba Rafael cuando lo hacía, pero fue bastante íntima... aunque del tipo de intimidad existente entre amigas.
—¿Ransom sigue con Nyree?
Sara asintió con una mirada divertida mientras apartaba la mano de su ala para volver a dejarla sobre las sábanas.
—Me parece que ni él mismo puede creérselo. Así que tienes alas...
—Sí.
—Los ángeles no Crean a otros ángeles.
—¿Qué soy yo, entonces? ¿Picadillo de hígado? —De pronto, una perturbadora idea se abrió paso en su cabeza. Le había dicho a Sara que seguía siendo la misma, pero ¿lo era en realidad? ¿Podía compartirlo todo con su amiga ahora que hacerlo suponía revelar los secretos de toda una raza? Más tarde, se dijo, pensaría en aquello más tarde—. Bueno, ¿te gustan mis alas? ¿No son las alas más hermosas que hayas visto en tu vida?
Sara se echó a reír.
—Vanidad, tu nombre es Elena.
—Muchas gracias —replicó ella con un gesto decidido. No estaba dispuesta a perder la amistad de Sara. Y si para ello debía enfrentarse a un arcángel, que así fuera—. Ahora cuéntame todos los cotilleos.
Fuera, sobre el abrupto camino de rocas que protegía el Refugio, Rafael se encontraba hombro con hombro con Dmitri.
—Una humana en el Refugio —dijo mientras el viento agitaba su cabello—. Eso rompe una de nuestras más importantes prohibiciones.
Dmitri asintió con la cabeza, y cuando habló, su voz sonó serena.
—Elena nos cambiará.
—Ya lo ha hecho. —Igual de salvaje e implacable que los feroces vientos de aquella montaña, su cazadora jamás aceptaría las cosas porque sí. Y, para una raza de inmortales, aquello podría suponer el más arduo de los despertares. La expectación hervía en su sangre.
—Jason ya ha regresado —dijo Dmitri. El comentario lo devolvió al presente.
—¿Cuándo?
—Hace dos días. Algunos de los renacidos de Lijuan consiguieron herirlo, pero estará recuperado en menos de una semana.
Rafael asintió. Sabía que había más cambios en marcha que la Conversión de un ángel.
—Pues comencemos.