28
Jeffrey Deveraux se encontraba junto a la chimenea, con las manos metidas en los bolsillos de un traje a rayas confeccionado a medida para ajustarse a su elevada estatura. Elena había heredado la estatura de su padre. Descalzo, Jeffrey medía algo más de un metro noventa... aunque, por supuesto, su padre nunca iba descalzo.
Los ojos gris claro se enfrentaron a los suyos con la gélida expectación de un halcón o un lobo. Su rostro era un compendio de líneas y ángulos abruptos; su cabello estaba peinado hacia atrás, lo que mostraba el marcado pico de viuda de su frente. La mayoría de los hombres tenían canas a su edad. Jeffrey había pasado del tono dorado aristocrático al más puro de los blancos. Le quedaba bien, ya que suavizaba un poco sus rasgos.
—Elieanora. —Terminó de limpiar sus gafas y volvió a ponérselas. La finísima montura rectangular bien podría haber sido un muro de veinticinco centímetros de espesor.
—Jeffrey.
La boca de él se tensó.
—No seas infantil. Soy tu padre.
Ella se encogió de hombros y adoptó, sin darse cuenta, una postura agresiva.
—Querías verme. Pues aquí estoy. —Las palabras sonaron furiosas. Diez años de independencia y nada más ver a su padre había vuelto a convertirse en la adolescente que se había pasado la vida mendigando su amor y había recibido una patada en las entrañas como recompensa a sus esfuerzos.
—Me decepcionas —dijo, impasible—. Esperaba que hubieras adquirido parte de los talentos sociales que muestran las compañías que frecuentas.
Ella frunció el ceño.
—Mis compañías son las de siempre. Has visto a Sara, la directora del Gremio, en varias ocasiones, y Ransom...
—Lo que hagan tus amigos cazadores —dijo con una mueca de desagrado—, no me interesa ni lo más mínimo.
—Yo no diría eso. —¿Por qué coño había ido a aquel lugar? ¿Solo porque él se lo había ordenado? Su única excusa era que la había desconcertado—. ¿Por qué los has sacado a relucir entonces?
—Yo me refería a los ángeles.
Elena parpadeó, aunque se preguntó por qué se sorprendía. Jeffrey poseía una parte de todos los negocios importantes de la ciudad, y no todos eran estrictamente legales. No obstante, por supuesto, la habría desollado vida si ella se hubiera atrevido a insinuar que no era el más íntegro de los hombres.
—Te sorprendería saber lo que ellos consideran aceptable. —La justicia despiadada de Rafael, la hambrienta sexualidad de Michaela, las matanzas de Uram... nada de aquello encajaría con la idea que tenía su padre sobre los ángeles.
Él descartó sus palabras con un gesto de la mano, como si carecieran de importancia.
—Necesito hablar contigo sobre tu herencia.
Elena apretó los puños.
—Te refieres al depósito que «mi madre» dejó para mí, ¿no? —Podría haber muerto de hambre en las calles y a Jeffrey le habría dado lo mismo.
La piel se tensó sobre los pómulos de su padre.
—Supongo que la genética sí que importa.
Estuvo a punto de llamarle cabrón, pero por irónico que pareciera, fue la voz de su madre lo que la contuvo. Marguerite la había educado para respetar a su padre. Elena no podía hacer aquello, pero sí podía respetar el recuerdo de su madre.
—Menos mal —dijo, y dejó que él se tomara el insulto como le viniera en gana.
Jeffrey se volvió y se acercó al escritorio situado bajo las ventanas que había al otro lado de la estancia, aunque sus pasos quedaron amortiguados por la alfombra persa de color burdeos.
—El depósito pasó a tu disposición cuando cumpliste los veinticinco años.
—Entonces vas con un poco de retraso, ¿no crees?
Jeffrey cogió un sobre.
—Los abogados te enviaron una carta.
Elena recordó que había arrojado el sobre sin abrir a la papelera. Había supuesto que se trataba de un nuevo intento por obligarla a vender las acciones de la empresa familiar que había heredado... a través de su abuelo paterno, un hombre que parecía quererla de verdad.
—Hicieron un buen trabajo de seguimiento, según parece.
—No intentes culpar a otros de tu propia pereza. —Se acercó a ella y le colocó el sobre en la mano—. El dinero se ha depositado en una cuenta con rendimiento de intereses a tu nombre. Todos los detalles están ahí.
Ella no miró el sobre.
—¿Y por qué un trato tan personal?
Los ojos gris claro se entrecerraron por detrás de las gafas.
—Por desagradable que encuentre el trabajo que has elegido...
—No lo elegí —dijo ella con frialdad—, ¿recuerdas?
El silencio le advirtió que no volviera a sacar jamás a colación aquel sangriento día.
—Como iba diciendo, por más desagradable que encuentre tu profesión, he de admitir que te pone en contacto con gente muy poderosa.
A Elena se le revolvió el estómago. ¿Qué cojones se había esperado? Sabía que no significaba nada para su padre. Y, aun así, había ido a verlo. En lugar de arremeter contra él, como habría hecho de adolescente, mantuvo la boca cerrada, ya que deseaba saber con exactitud lo que esperaba de ella.
—Te encuentras en posición de ayudar a la familia. —Le dirigió una mirada más fría que el hielo—. Algo que jamás te has molestado en hacer.
Elena aplastó el sobre entre los dedos.
—Solo soy una cazadora —dijo, restregándole sus propias palabras—. ¿Qué te hace pensar que ellos me tratan mejor que tú?
Su padre ni se inmutó.
—Me han dicho que pasas mucho tiempo con Rafael, y que es posible que él se muestre abierto a tus sugerencias.
Elena se dijo que su padre no podía estar insinuando lo que ella creía que estaba insinuando. Estremecida, se enfrentó a su mirada.
—¿Estás dispuesto a prostituir a tu propia hija?
Su expresión no se alteró en lo más mínimo.
—No. Pero si ella lo está haciendo ya por cuenta propia, no veo motivos para no sacar cierto provecho.
Elena notó que se quedaba pálida. Sin mediar palabra, se dio la vuelta, abrió la puerta y salió del despacho. Cerró con fuerza tras ella. Un segundo después, oyó que algo se rompía, el ruido discordante provocado por un objeto de cristal que se hacía pedazos contra una pared de ladrillos. Se detuvo, desconcertada ante la idea de haber provocado semejante reacción en el siempre controlado Jeffrey Deveraux.
—¿Señora Deveraux? —Geraldine dobló la esquina a la carrera—. He oído... —La voz de la mujer estaba cargada de incertidumbre.
—Le sugiero que desaparezca durante un rato —dijo Elena, que salió de su estado de aturdimiento y se encaminó hacia la puerta. Lo más probable era que Jeffrey se hubiera encolerizado porque ella, a diferencia de los miembros de su panda de aduladores, se había atrevido a desafiarlo. Su mal humor no tenía nada que ver con el hecho de haber llamado puta a su hija a la cara—. Y Gerry... —Se volvió cuando llegó a la puerta—... asegúrese de que jamás lo descubra.
La ayudante asintió brevemente con la cabeza.
A Elena nunca la había alegrado tanto estar en medio del ruido de la ciudad como aquel día. Sin mirar la puerta que tenía a la espalda, bajó los escalones de la entrada y se alejó del hombre que había contribuido a su existencia con su esperma. Apretó la mano una vez más y recordó el sobre. Tras obligarse a calmarse lo suficiente como para poder pensar, abrió el sobre y sacó la carta. Aquel era el legado que le había dejado su madre, y se negaba a permitir que Jeffrey lo ensuciara.
La suma de dinero era pequeña si se tenía en cuenta el contexto: la propiedad de Marguerite había sido dividida en partes iguales entre las dos hermanas que aún vivían y ella, y consistía en el dinero que había obtenido de la venta de sus extraordinarios edredones hechos a mano. Su madre jamás lo había necesitado, ya que Jeffrey había insistido en otorgarle una enorme asignación.
Risa de hombre. Manos fuertes arrojándola al aire.
Elena se tambaleó bajo el impacto del recuerdo, pero luego se deshizo de él: no era nada más que una vana ilusión. Su padre siempre había sido un amante de la disciplina severa que no sabía perdonar. Sin embargo, tenía que admitir que aquel hombre había sentido «algo» por su esposa parisina: algo que quedaba demostrado por aquella enorme asignación y por las joyas que le había regalado a la menor oportunidad. ¿Adónde habían ido a parar todos aquellos tesoros? ¿Los tenía Beth?
A Elena le importaba un comino su valor monetario, pero le habría gustado tener alguna de aquellas cosas que una vez habían pertenecido a su madre. Lo único que sabía era que había regresado un verano del internado y había descubierto que todo rastro de Marguerite, de Mirabelle y de Ariel había desaparecido de la casa... incluyendo el edredón que Elena había guardado como un tesoro desde el día de su quinto cumpleaños. Era como si su madre y sus hermanas mayores solo hubieran sido un producto de su imaginación.
Alguien le dio un golpe en el hombro.
—¡Oiga, señorita! ¡Apártese del puto camino! —El estudiante se volvió para mostrarle el dedo corazón en un gesto grosero.
Ella le devolvió el gesto de manera automática, contenta de que el tipo hubiera roto su parálisis. Echó un rápido vistazo al reloj y descubrió que todavía tenía algo de tiempo. Decidida a encargarse de aquel asunto de inmediato, se dirigió a la sucursal bancaria que se especificaba en la carta. Por suerte, estaba bastante cerca.
Había acabado con el papeleo y se disponía a marcharse cuando el director del banco dijo:
—¿Le gustaría ver el contenido de la caja de seguridad, señora Deveraux?
Ella contempló su rostro regordete, consecuencia, sin duda, del exceso de comida y poco ejercicio.
—¿Una caja de seguridad?
El tipo asintió y se estiró la corbata.
—Así es.
—¿No necesito una llave y... —frunció el ceño—... una tarjeta de acceso con mi firma? —Sabía aquellas cosas solo porque había tenido que aprenderlas durante una caza particularmente complicada.
—Por lo general, sí. —Se estiró la corbata por segunda vez—. Pero la suya es una situación algo inusual.
Traducción: su padre había tirado de un cierto número de cuerdas por no se sabía qué razones.
—De acuerdo.
Cinco minutos después, había registrado su firma y tenía una llave en la mano.
—Si hace el favor de seguirme hasta la cámara acorazada... Aquí utilizamos un sistema dual. Yo tengo la llave de la cámara; usted tiene la llave de la caja de seguridad. —El director del banco dobló una esquina y la condujo a través de los silenciosos confines del edificio antiguo hasta la parte trasera.
Las cajas de seguridad estaban ocultas tras varias puertas electrónicas que resultaban incongruentes en el interior de semejante edificio histórico.
Elena.
Sabía que no se había imaginado aquel oscuro susurro.
—Vete.
El hombre al que seguía le dirigió una mirada sorprendida por encima del hombro. Ella fingió estar absorta en sus uñas.
Llegas tarde.
Elena entornó los párpados, apretó los dientes y se preguntó si merecía la pena acabar con dolor de cabeza para mantener al arcángel alejado de su mente.
Habrá un coche esperándote cuando salgas del banco.
Se detuvo y clavó la vista en la parte posterior de la chaqueta del director. Podía oler su miedo.
—¿A quién ha llamado hace unos minutos?
Cuando la miró, los ojos del hombre eran como los de un conejito asustado.
—A nadie, señora Deveraux.
Elena esbozó una sonrisa que decía a las claras que la había cabreado muchísimo.
—Enséñeme la caja.
Sorprendido sin duda por el indulto, el hombre hizo lo que le había ordenado. Ella esperó hasta que hubo colocado la larga caja metálica sobre una mesa antes de despedirlo con un gesto de la mano. Aquel tipo no era nada, una hormiga en el ejército de Rafael.
Ya a solas, clavó la mirada en la pared que tenía frente a ella.
—¿Rafael?
Nada.
Apretó los labios con fuerza, abrió el cerrojo de la caja y retiró la tapadera, esperando... ni siquiera sabía qué esperaba, pero desde luego no lo que encontró. Cajas de joyas, cartas atadas con lazos, fotos, un recibo de una pequeña taquilla de seguridad... Encima de todo aquello había un cuaderno con tapas de cuero negro ribeteadas en oro. Extendió el dedo para acariciarlo, pero lo apartó de repente y cerró la caja de golpe. No podía hacer aquello. Aquel día no. Llamó al director después de cerrarla con llave de nuevo y le pidió que volviera a colocar la caja en el lugar que ocupaba en la cámara.
—¿Cuánto tiempo lleva esto aquí?
El hombre echó un vistazo al documento que tenía en la mano.
—Al parecer, la cuenta se abrió hace casi quince años.
Elena le quitó el documento de las manos antes de que él pudiera detenerla y contempló la firma que había al pie de la primera página: JEFFREY PARKER DEVERAUX.
Quince años atrás. El verano en que él había borrado a su madre y a sus hermanas mayores de la faz de la tierra. No obstante, aquella caja contaba una historia muy distinta. ¡Maldito fuera! Tras devolverle los papeles al director, recorrió a grandes pasos la adinerada opulencia del recinto del banco y se dirigió hacia las enormes puertas de cristal, que el guarda de seguridad se apresuró a abrirle.
—Gracias.
La sonrisa del hombre se convirtió en una mueca estupefacta segundos después. Elena siguió la dirección de su mirada y descubrió a un hombre extraordinariamente hermoso con alas azules apoyado con indolencia contra una farola que había al lado de la calle. El tráfico había desaparecido en esa parte de la calle, pero la otra estaba tan llena que parecía que toda la población de Nueva York hubiese decidido pasarse por allí.
Elena bajó a la acera.
—Illium.
—A tu servicio. —Señaló con la mano el Ferrari que había tras él. Era rojo brillante. Por supuesto.
Ella enarcó una ceja.
—¿Cómo consigues meter las alas dentro?
—Por desgracia, yo solo puedo mirar. —Le arrojó las llaves.
Elena las cogió por un acto reflejo, pero luego frunció el ceño.
—¿De quién es ese coche de un millón de dólares y por qué te lo ha prestado?
—De Dmitri. Y porque sí.
La respuesta estuvo a punto de arrancarle una risotada, y eso sí que no lo habría imaginado.
—¿Y el mapa?
Los ojos del ángel (de un color dorado brillante y vívido que contrastaba con su cabello negro azulado) se clavaron en el coche.
—En la guantera.
Aunque le apetecía un montón fastidiar a Dmitri cogiendo su apreciado cochecito para darse una vuelta...
—Necesito un vehículo que no llame la atención.
—Hay un garaje subterráneo a dos manzanas al este. Entra y elige. —Se apartó de la farola y extendió las alas.
—¿Te estás exhibiendo?
—Oui, oui. —Una sonrisa llena de puro encanto masculino.
—¿El cabello es auténtico?
Un gesto afirmativo con la cabeza.
—Y también los ojos, por si acaso te lo preguntabas. —Otra sonrisa provocadora.
Elena se fijó en una pluma que había caído sobre la acera.
—Causarás un alboroto si no recoges eso.
Illium siguió su mirada.
—La recogeré y la dejaré caer desde lo alto. A alguna persona le parecerá mágica.
Elena soltó un resoplido, aunque la había conmovido la idea. Abrió el coche y entró. Al otro lado de la calle, las cámaras de los teléfonos móviles seguían disparándose a toda velocidad. Puso los ojos en blanco.
—Lárgate de aquí antes de que te asalten.
—Puede que parezca hermoso, Elena, pero soy bastante peligroso. —Un ligero acento británico se coló en sus palabras.
—Eso —dijo ella— nunca lo he dudado. —Puso el motor en marcha y se alejó con el coche, consciente de que Illium había alzado el vuelo. Tal vez fuera peligroso, pero no era un arcángel. ¿Y en qué coño estaba pensando Rafael cuando le envió semejante...?
Lo sabía.
Sabía por qué la había convocado Jeffrey, por qué se había dignado por fin dirigirle la palabra a una hija a la que tenía en menos estima que a la basura de la calle.
No solo lo sabía... También había calculado con bastante precisión cuál sería su reacción.
Y le había proporcionado la mejor y más perfecta venganza posible. Empezó a sonreír. Los ángeles consideraban a la indeseable hija de Jeffrey Deveraux lo bastante importante para proporcionarle una escolta angelical de lo más rimbombante, y le sorprendería que hubiera alguien en el estado que no se hubiera enterado ya de aquello.
Su teléfono empezó a sonar.
Se encontraba parada en un semáforo, así que lo cogió.
—Sara, tienes unos oídos kilométricos.
—Y tú estás en compañía de un ángel que, según he oído, parece salido del territorio de los sueños más húmedos.
—Todos son guapísimos. —Pero eso no bastaba. No para ella.
—Pero no todos tienen alas azules con toques plateados.
—¿Lo has visto en la televisión?
—Imágenes procedentes de las cámaras de los teléfonos móviles. No es habitual ver a los ángeles paseándose por las calles. —Exhaló un suspiro—. Tenía ciertos informes que atestiguaban la presencia de este en la ciudad, pero ninguna fotografía tan cercana hasta ahora. Es bastante guapetón... Podría darle un mordisquito en ese duro...
Elena se echó a reír.
—Cálmate, chica... Eres una mujer casada, ¿lo recuerdas?
—Mmm... Hablando de darle algún mordisquito a algo. Deacon...
—¡Demasiada información! —El semáforo se había puesto en verde—. Te llamaré dentro de unos minutos.
Estaba a punto de girar hacia el garaje cuando una pluma azul cayó sobre su regazo. Sus labios se curvaron en una sonrisa, pero ya era demasiado tarde para mirar hacia arriba. Después de meter el coche en el garaje, lo detuvo al lado de la figura inmóvil del vampiro que la había llevado a casa de Rafael. Llevaba las gafas de sol, a pesar de la oscuridad que reinaba allí abajo. Supuso que si tuviera unos ojos como los suyos, también ella llevaría gafas de sol.
Salió del coche, se quitó la coleta y se colocó a toda prisa la pluma de Illium por encima de la oreja.
—Si Campanilla no tiene cuidado —murmuró el vampiro—, volverá a perder las plumas.
En cuanto terminó de rehacerse la coleta, Elena cogió el mapa y señaló con la cabeza el sedán de modelo antiguo que había tras él.
—¿Las llaves? —Le arrojó las del Ferrari.
—Están puestas en el contacto. —El vampiro se guardó las llaves en el bolsillo y dejó de apoyarse contra la puerta del pasajero—. Rafael quiere que te pongas en contacto con él cada diez minutos.
—Dile al jefe que lo llamaré en cuanto tenga algo de lo que informar, Víbora.
El tipo se colocó las gafas sobre la cabeza para mostrarle sus espeluznantes ojos en todo su esplendor.
—Prefiero que me llamen Veneno.
Elena arqueó una ceja.
—Me tomas el pelo.
—Es mejor que un nombre afeminado como Illium. ¿Qué coño significa Illium? —Una sonrisa malévola mostró un colmillo.
Todo en él era deliberado, muy deliberado, pensó Elena. A pesar de su dicción moderna e impecable, Veneno era demasiado viejo para cometer errores.
—¿Lo eres?
—¿Si soy qué?
—Venenoso.
Mostró otra sonrisa salvaje. Rozó la punta del colmillo con la lengua y, cuando la apartó, Elena pudo ver una perla de líquido dorado.
—Ponme a prueba y lo comprobarás.
—Tal vez más tarde, si logro sobrevivir a Michaela.
El tipo se echó a reír, una risa que hizo que una mujer que salía del ascensor al otro extremo del garaje dejara caer su bolso y lo mirara boquiabierta. Veneno pareció no darse cuenta, ya que tenía la mirada clavada en Elena. Alzó el brazo y volvió a colocarse las gafas de sol.
—Nadie sobrevive a la Suma Sacerdotisa de Bizancio.
A Elena se le puso la carne de gallina al darse cuenta de la antigüedad que implicaba aquel título. Sin responder, abrió la puerta del sedán, se subió al vehículo... y bajó todas las ventanillas. Cuando se alejaba, vio que Veneno caminaba hacia la mujer del ascensor.