21
El sol se ponía lentamente. Atrus se encontraba en la cima de una pequeña meseta. Tenía las gafas puestas y su diario abierto en la mano. Contemplaba la Era que había escrito. A sus pies se extendía un mar frío y oscuro, cuya superficie era lisa como el aceite, o como un espejo ennegrecido por el paso de los años. Sus aguas estériles llenaban la gran depresión que se extendía entre los acantilados de arenisca color rojo sangre.
En las orillas de aquel gran mar, la tierra estaba yerma y vacía; era más desolada incluso que el desierto que había conocido de niño. Gigantescas escarpas de arenisca, esculpidas por la acción del viento y del sol, se perdían en el horizonte en todas direcciones y sus formas color rojo sangre se intercalaban con precipicios dentados y negros como la noche.
Esta vez había escrito sólo lo estrictamente indispensable. Lo suficiente para llevar a cabo su experimento y nada más. Lo suficiente para comprobar si sus teorías acerca de los defectos del Libro de la Quinta Era resultaban ciertas o no.
En las últimas semanas había creado diez Eras como aquélla. Dos para cada experimento. En ésta, y en otra más, estaba poniendo a prueba si los cambios que quería realizar en el sistema orbital de la Quinta Era producirían los efectos deseados, mientras que en otras experimentaba con la estructura de las placas tectónicas situadas bajo la corteza del planeta, con el tipo y la intensidad de las corrientes oceánicas, con las fluctuaciones en los campos gravitacionales y con la composición de la corteza terrestre propiamente dicha.
Aquí, y en las restantes Eras, había recreado las mismas estructuras subyacentes que había descubierto en el libro de la Quinta Era, efectuando sólo pequeñas alteraciones —casi siempre añadiendo algo— en la manera en que se había escrito cada elemento. Si la nueva redacción resultaba correcta, entonces esta Era sería ahora estable. Y si resultaba estable, entonces también lo sería la Quinta Era, una vez hubiera escrito los cambios necesarios en su libro.
Miró a su alrededor y anotó sus observaciones; después, cerró su diario y lo guardó en la mochila.
Hasta el momento, sus experimentos habían probado con claridad una cosa: la Quinta Era estaba condenada. Degeneraría y se destruiría en el curso de una generación, a menos que él realizara aquellos cambios vitales y decisivos en su libro.
Alzó las gafas, parpadeó y se frotó los ojos. Estaba cansado, a punto de caer exhausto, pero no podía rendirse. Faltaban sólo diez días para la ceremonia y todo —todo— tenía que estar preparado para entonces.
Volvió a calarse las gafas y esperó. La luna saldría pronto y entonces lo sabría.
Si estaba en lo cierto, Gehn había colocado la única luna de la Quinta Era en una órbita demasiado cercana al planeta. Ello tenía el efecto de aumentar de una forma tremenda las mareas en el planeta y, a la larga, haría que la luna fuera atraída a órbitas cada vez más bajas hasta que acabara por estrellarse contra la superficie del planeta. Aquella catástrofe final tardaría en llegar muchas vidas, pero mucho antes de que sucediera, las grandes mareas generadas por la órbita cada vez más cercana de la luna destruirían la isla, sumergiéndola en el mar que la rodeaba.
Tenía que volver a colocar la luna de la Quinta Era en una órbita sincrónica y estable; una órbita en la que su velocidad de rotación fuera equivalente a la del planeta. Lo que complicaba aquella labor era que no podía observar directamente si las correcciones eran acertadas.
A medida que la luz se fue haciendo más tenue, Atrus se arrebujó con su capa. El aire era frío y enrarecido y tenía ganas de regresar a D´ni, aunque sólo fuera para dormir un poco.
Esperó, observando cómo el sol lanzaba sus últimos destellos y acababa por desaparecer en el horizonte. Atrus se volvió, se quitó las gafas y buscó la luna. La vio enseguida, a sus espaldas, muy abajo en el cielo. Era un orbe de color azul plateado, enorme y ominoso.
«Está mal —pensó, helado ante lo que veía— Está demasiado cerca».
Los temblores comenzaron de inmediato, el diminuto altozano vibró con suavidad, como si se hubiera puesto en marcha una máquina dentro de la roca en la que Atrus estaba de pie.
El mar estaba picado, como una lámina de metal negro batido.
Atrus contempló la luna. ¿Qué había salido mal? ¿Había escrito sin darse cuenta algún tipo de contradicción? ¿O, sencillamente, los cambios que había escrito no eran los adecuados?
¿O quizá, debido a su agotamiento, había confundido los dos libros sin darse cuenta? ¿No estaría en la Era equivocada, aquella en la que había exagerado la órbita en deterioro de la luna?
Los temblores se hicieron más intensos, convirtiéndose en una sacudida regular. Se escuchaban gemidos procedentes de las entrañas de la tierra, se abrían grietas y se oía el ruido de las rocas precipitándose al agua, mientras que el mismo mar parecía hervir, como si estuviera en un gran caldero.
A lo lejos, la tierra resplandecía, pero no bajo el tono azul plateado de la luz de la luna, sino con un color rojo anaranjado intenso.
Un viento frío barrió a rachas la meseta.
Con el ceño fruncido, Atrus se acercó al borde y, volviendo a ponerse las gafas, las graduó para ver de lejos.
El lejano resplandor era el resplandor del magma fundido que brotaba procedente de las profundidades incandescentes. Allá, bajo aquella luna enorme y cercana, la corteza del planeta se estaba haciendo pedazos.
El ruido era ensordecedor y los temblores tan intensos que le resultó difícil mantener el equilibrio sin sujetarse. Decidió que era el momento de regresar.
Se volvió a medias, mientras que hacía ademán de descolgar su mochila para sacar el Libro Nexo, pero en ese momento la tierra sufrió una violenta sacudida.
Atrus perdió el equilibrio. Intentó agarrarse a un saliente rocoso cercano, pero aunque dejó de resbalar, no le sirvió de nada porque toda la meseta comenzó a moverse, deslizándose centímetro a centímetro hacia el mar.
Lo que era peor, la mochila estaba atrapada bajo su cuerpo y cuando intentó ponerse en pie para cogerla, perdió otra vez el equilibrio y comenzó a caer dando vueltas por la superficie inclinada de la meseta.
Durante unos instantes, arañó con los dedos la superficie de la roca. De pronto, se encontró cayendo en el aire.
—¡No…!
Su grito se interrumpió bruscamente cuando chocó contra la superficie fría y oscura del mar.
Durante un momento fue presa del pánico; no sabía si subía o bajaba, el agua era un torbellino; pero entonces sacó la cabeza a la superficie y aspiró aire.
El agua no dejaba de azotarle el rostro, y le entraba por la boca y la nariz. Intentó no tragarla, intentó colocar ante sí la mochila para coger el libro.
Entonces la vio.
Se acercaba una ola, iluminada casi de manera demoníaca por la luna obscenamente enorme que parecía cabalgar sobre ella. Era una ola enorme y negra, que sobrepasaba en altura las cimas circundantes de roca y que las aplastaba y destrozaba como si no fueran nada.
Mientras se aproximaba, Atrus vio que todo a su alrededor se aquietaba. Se produjo un silencio sobrenatural, un silencio que contrastaba con el gran rugido de la montaña de agua que se le venía encima.
Por un momento, Atrus se olvidó de todo. Se limitó a contemplar la escena sin más.
Luego, de pronto, reaccionó. Abrió la mochila con los dedos entumecidos por el agua fría, sacó el libro Nexo y lo abrió.
A casa…
Y en el mismo instante en que Atrus colocaba su mano sobre la página, la luna se oscureció y el mar entero pareció elevarse para ir al encuentro de aquella gran muralla negra de agua, cuyo rugido era tan intenso que hacía temblar su cráneo, como si fuera a reventar de un momento a otro.
Al recobrar el sentido, Atrus se encontró hecho un ovillo, agotado, sobre el frío suelo de la cámara, otra vez en D´ni. Bajo su cuerpo se había formado un charco de agua procedente de sus ropas empapadas.
El aire era fresco y el silencio, tras aquel horrible rugido destructor, le resultó delicioso.
Dejó escapar un prolongado suspiro y recordó el instante final, cuando la ola se le echó encima, alzándole en sus ciegas fauces como si fuera a devorarlo. Se sentó.
Se quitó las gafas y se volvió hacia su escritorio. Catherine estaba sentada, ocupando su silla. No se había dado cuenta de que él había regresado, porque estaba absorta leyendo un libro.
—¿Catherine?
Ella alzó la vista, cerró el libro y lo dejó a un lado. Entonces, al darse cuenta del estado en que se encontraba Atrus, se incorporó y se acercó rápidamente.
—Atrus, ¿estás bien?
El se puso en pie y la apartó.
—Estoy bien. Fue sólo un pequeño problema con la luna.
—¿La luna?
Atrus se desentendió de la pregunta y dijo en voz baja:
—¿Qué haces aquí? Creí que habíamos decidido que era mejor que te quedaras en Riven.
—Lo sé, pero… —Se interrumpió, se acercó al escritorio y colocó el libro ante ella—. No quiero regresar.
—Pero debes hacerlo. No puedes quedarte aquí.
—He estado trabajando en algo —dijo Catherine, como si no le hubiera escuchado—. Quería darte una sorpresa.
Catherine se volvió y le entregó el libro.
Atrus la miró y cuando vio que no decía nada más, llevó el libro al escritorio y lo abrió. Permaneció en silencio durante un rato. Sólo se escuchaba el ruido al pasar las hojas en la gran cámara. Al final, movió la cabeza y alzó la vista.
—¿Qué es esto?
«Catherine se colocó junto a él y miró las páginas abiertas».
—He escrito una Era para nosotros. Un lugar al que podamos ir. Lo he llamado Myst.
—Pero es muy diferente de tu otra Era.
—¿No te gusta?
—Es lo que yo hubiera hecho de haber tenido tiempo. Tú… —Se echó a reír y tomó una de sus manos en las suyas—. Creo que eres sorprendente.
—He estado estudiando.
Atrus volvió a contemplar el libro, sorprendido por la repentina restricción en la escritura, la profunda comprensión de los principios D´ni, que superaba incluso la que él poseía. Permaneció largo rato en silencio.
—Hay uno o dos detalles finales —dijo Catherine, rompiendo aquel silencio—. Pero cuando estén hechos…
—¿Me llevarás allí?
Catherine sonrió.
—Claro. Ahora déjame, tengo trabajo que hacer.
Cuando Catherine se marchó, Atrus se sentó cómodamente.
A pesar de lo que sintiera por Catherine, a pesar de lo que ella pudiera sentir hacia él, aquello era mucho más importante. Si permitía que su padre triunfara en la Quinta Era, entonces triunfaría en todas partes, porque la ambición de Gehn no conocía límites. Habiendo visto lo que Catherine había creado en sus dos Eras —ya fuera por suerte o premeditadamente—, ahora sabía que era posible que Gehn llegara a conseguir su sueño de resucitar el imperio D´ni, o al menos una sombra del mismo; podría crear incontables mundos esclavos, siendo su señor, y tendría en sus manos el destino de millones de seres.
Sólo había una solución: atrapar a Gehn en la Quinta Era y destruir todos los Libros Nexo que permitían salir de ella. Pero para hacerlo tendría que correr el riesgo de quedar atrapado también allí. Y ahora que Catherine había creado la isla de Myst para ambos —como un refugio, lejos de Gehn— la perspectiva de un fracaso resultaba de repente aterradora.
Desde luego, tendrían que escribir otra Era aparte, un mundo sencillo, sin habitar, al que pudieran acceder desde Myst, en el que los frutos y las hierbas abundaran, de manera que pudieran abastecerse, porque, curiosamente, la nueva Era de Catherine carecía de esas cosas.
Al pensar en lo que había leído en el último libro de Catherine, se preguntó por un instante si de verdad lo había escrito ella o si, como su padre, había copiado algunos de sus elementos. Era tan distinto de su otro mundo…
¿O no estaba siendo justo? Al fin y al cabo, si había estudiado…
Sacudió la cabeza, intentando despejarse, intentando seguir concentrado en lo que tenía que hacer.
Su objetivo principal era estabilizar la isla. Una vez hecho eso, tendría que descubrir dónde guardaba Gehn su Libro Nexo, porque si no lo conseguía no podría atraparlo. Tendría que ir allí y buscar en todos los posibles rincones hasta encontrarlo.
Y el lugar más probable era la caverna situada en la parte posterior del templo.
Pero ahora mismo tenía que hacer otras cosas. Bostezando, Atrus sacó de su bolsillo el cuaderno de la Quinta Era, luego acercó su diario, buscó la página en la que había anotado los cambios que tenía que hacer en la Quinta Era y comenzó a escribir.
¡Atrus! ¡Atrus!
Se despertó preguntándose qué demonios estaba pasando. Catherine estaba a su lado y le sacudía los hombros, repitiendo una y otra vez su nombre.
—¡Atrus! ¡Vamos, despierta! ¡Tienes que escucharme!
Aturdido, se sentó, apenas capaz de abrir los ojos.
—¿Qué?
—Se trata de Gehn. ¡Ha adelantado la fecha!
—¿La fecha? —Atrus se despertó de golpe—. ¿Y cuándo será?
—Dentro de tres días. Sólo tenemos tres días.
Soltó un gruñido. ¡Entonces era imposible! Todavía tenía que realizar otros experimentos antes de poder corregir la Quinta Era. Y quedaba el asunto del Libro Nexo de Gehn. Si no conseguía apoderarse de él…
—Catherine… tú sabes dónde esconde Gehn su libro Nexo.
Catherine asintió.
—¿Podrías llevarme de vuelta a Riven y enseñarme dónde lo esconde?
Ella vaciló, luego dijo:
—¿Qué vas a hacer?
—¿Mi padre espera verte antes de la ceremonia nupcial?
Catherine negó con la cabeza.
—Bien —contempló el escritorio atiborrado—. Entonces nos llevaremos todo esto a Myst. Todo menos los libros de Myst y la Quinta Era. Luego quiero que te quedes allí, Catherine. Quiero que te mantengas alejada de D´ni y de Riven.
—Pero necesitarás ayuda.
Atrus la miró con firmeza.
—La mejor ayuda será saber que estás a salvo.
—Pero ¿qué vas a hacer tú?
Atrus se puso en pie, se acercó a ella y le cogió los brazos con suavidad.
—¿Confías en mí, Catherine?
Ella sonrió e hizo un gesto afirmativo.
—Entonces, espérame. En cuanto me haya ocupado de mi padre, volveré y me reuniré contigo en la isla de Myst.
Hubo un ligero cambio en la expresión de Catherine, como si quisiera llevarle la contraria, pero al final asintió de nuevo.
—Bien. Volvamos entonces a Riven. Es hora de que me enseñes dónde esconde mi padre su Libro Nexo.