1
La tormenta de arena había limpiado el estrecho saliente de roca. A lo largo de su cresta esculpida como un encaje, las sombras creaban mil formas heladas. La pared de roca estaba decorada con ojos y bocas, con brazos extendidos y cabezas ladeadas, como si un millar de extrañas y hermosas criaturas hubieran escapado de la oscura seguridad de las fauces abiertas del cráter, para ser cristalizadas por los penetrantes rayos solares.
Por encima de ellas, a la sombra del borde del volcán, estaba tendido el chico, contemplando el gran océano de arena que se extendía hasta las mesetas montañosas que aparecían borrosas a lo lejos. Tan sólo el claro cielo azul era más grande que aquel inmenso paisaje.
El niño se escondía de las miradas curiosas, y ni siquiera los mercaderes que habían detenido su caravana a una milla en el interior del desierto de arena para saludar a la anciana loca conocían su existencia. El chico vestía ropas sucias y remendadas que eran del mismo color del desierto, con lo que parecía un fragmento más de aquel árido paisaje.
Permanecía completamente inmóvil, observando, habiendo ajustado para larga distancia las grandes gafas que llevaba y sus atentos ojos captaban hasta los más mínimos detalles de la caravana.
La tormenta había retrasado dos días a la caravana, y aunque dos días no eran nada en aquel lugar atemporal, para el chico parecieron una pequeña eternidad. Semanas antes de que la caravana llegara, soñaba con ella día y noche, imaginándola en su mente; se veía a sí mismo con capa y capucha, a lomos de uno de aquellos grandes animales, partiendo con ellos. Hacia un mundo más grande.
No le contaba nada a su abuela acerca de aquellos sueños. No. Porque sabía que se inquietaba; le preocupaba que alguno de los mercaderes con menos escrúpulos pudiera venir de noche para llevárselo y venderlo como esclavo en los mercados del sur. Y por eso se escondía cuando ella decía «escóndete», y no contaba nada de sus sueños, para que ella no tuviera más preocupaciones.
En aquel instante, los ojos del chico se concentraban en el rostro de uno de los ocho hombres: uno en el que se fijaba a menudo; un hombre moreno con una cabeza estrecha, los rasgos marcados, encorvado y cubierto por la capucha de su capa negro azabache, con la barba rala.
Al examinar la caravana detenida, el chico se dio cuenta de los cambios ocurridos desde que pasaran la última vez. Ahora tenían diecinueve camellos; dos más que la otra vez. Eso y otros detalles más pequeños —arreos nuevos en varios de los camellos, pequeñas joyas en las muñecas y cuellos de los hombres, la carga más pesada de los camellos— demostraba que el negocio iba bien. No sólo eso, sino que la tranquilidad de los hombres lo proclamaba a voces. Mientras regateaban con su abuela, el chico observó cómo se reían, mostrando dientes pequeños y decolorados. Dientes que, tal vez, demostraban la adicción a las cosas dulces que vendían.
Observaba, asimilándolo todo, sabiendo que su abuela le preguntaría después.
¿Qué viste, Atrus?
Vi…
Vio al que tenía el rostro afilado volver a su camello, rebuscar en su adornada y abultada alforja y sacar un pequeño saco de tela de una extraña cesta esférica de mimbre. El saco pareció agitarse y luego quedó inmóvil.
Atrus ajustó sus gafas, convencido de que había imaginado aquel movimiento y miró otra vez, a tiempo para ver que su abuela colocaba el saco con el montón de las otras cosas por las que había regateado. Estuvo observando durante unos instantes más, luego, cuando no hubo más señales de movimiento, se fijó en su abuela.
Anna estaba frente al mayor de los mercaderes; su rostro adusto pero hermoso era bastante más pálido que el del mercader, y llevaba su fino cabello gris recogido en un moño a la altura de la nuca. Llevaba la capucha de la capa echada atrás, igual que el mercader, de manera que su cabeza quedaba expuesta al calor ardiente de última hora de la tarde, pero a ella no parecía importarle. Lo hacía de forma deliberada, para convencer a los mercaderes de su fuerza y autosuficiencia. Sí, y lo sufría, también, porque incluso sólo una hora en aquel sol ardiente era más que suficiente, sin hablar del largo camino de regreso, cargada con los pesados sacos de sal y harina y los rollos de tela y los otros objetos que habría comprado.
Y él allí tendido en el suelo, escondido, sin poder ayudarla.
Claro que ahora era más fácil, porque podía ayudarla a cuidar el huerto y reparar los muros, pero en momentos como éste se sentía desgarrado; desgarrado entre el anhelo de ver la caravana y el deseo de que su abuela no tuviera que trabajar tanto para conseguir las cosas que necesitaban para sobrevivir.
Casi había terminado. La vio entregar las cosas que había cultivado o hecho para comerciar —las preciadas hierbas y los raros minerales, las figuras de piedra con intrincados grabados y las pinturas de iconos extrañas y llenas de color que hacían que los mercaderes siempre regresaran a por más— y sintió una especie de asombro ante su creatividad. Llevaba viviendo con ella siete años; siete años en aquel lugar seco y desolado, y en ninguna ocasión había permitido ella que pasaran hambre.
Eso de por sí, lo sabía, era una especie de milagro. Lo sabía, no porque ella se lo hubiera dicho, sino porque él había observado con la, ayuda de sus gafas cómo funcionaba el mundo en que habitaba, había visto lo inmisericorde que era el desierto. Cada noche, al sobrevivir un día más, daban gracias.
Sonrió al ver que su abuela recogía sus compras y observó que, por una vez, uno de los mercaderes más jóvenes se ofreció a ayudarla. Se ofreció a cargar uno de los sacos sobre los hombros de su abuela. Vio que Anna sacudía la cabeza y sonreía. Enseguida, el hombre se apartó, le devolvió la sonrisa y respetó su independencia.
Cargada, miró a los mercaderes, haciendo un breve gesto a cada uno antes de darse la vuelta y comenzar el largo camino de regreso hacia la grieta.
Atrus permanecía allí, deseando bajar y ayudarla, pero sabía que tenía que quedarse y vigilar la caravana hasta que se perdiera de vista. Ajustó las gafas y observó la hilera de hombres, identificando a cada uno por la forma de estar de pie, por sus gestos particulares; veía a uno que bebía un trago de su cantimplora, mientras que otro revisaba el arnés de su camello. Luego, sin que hubiera una señal evidente, la caravana se puso en movimiento, los camellos primero un poco a desgana, de forma que varios necesitaron el toque del látigo antes de ponerse a caminar lanzando un gruñido y un áspero bramido.
¿Atrus?
¿Sí, abuela?
¿Qué viste?
Vi grandes ciudades en el sur, abuela, y hombres, tantos hombres…
Entonces, sabiendo que Anna estaría esperándole, comenzó a descender.
Cuando Anna rodeó el gran saliente de roca y llegó a la vista de la grieta, Atrus se acercó. Oculta de las miradas de los mercaderes, Anna normalmente se detenía y dejaba que Atrus cogiera un par de los sacos que acarreaba, pero hoy siguió adelante, limitándose a sonreír ante la pregunta no formulada de Atrus.
En el borde septentrional de la grieta se detuvo y con un extraño cuidado, casi exagerado, descolgó la carga de sus hombros.
—Ten —dijo en voz baja, consciente de lo lejos que podía llegar la voz en aquel terreno desierto—. Lleva la sal y la harina al almacén.
En silencio, Atrus obedeció. Se quitó las sandalias y las colocó en el estrecho saledizo bajo el borde del muro de la grieta. Marcas de tiza, procedentes de la lección de primera hora del día, cubrían la superficie de la pared exterior, mientras que cerca se encontraban una serie de pequeños potes de arcilla, parcialmente enterrados, pertenecientes a uno de sus experimentos.
Atrus se echó al hombro uno de los sacos de color blanco hueso; el áspero tejido le irritó el cuello y la barbilla, el olor de la sal traspasaba la tela. Entonces, subió gateando la pared inclinada, se dio la vuelta, se agachó y alargó el pie izquierdo hasta encontrar el primer peldaño de la escalera de cuerda.
Con un cuidado fruto de la costumbre, Atrus descendió a la fresca penumbra de la grieta, el fuerte aroma de las hierbas le resultó embriagador después de la seca esterilidad del desierto. Aquí abajo, las cosas crecían por todas partes. Hasta el último centímetro cuadrado de terreno estaba cultivado. Entre los diversos edificios de piedra y adobe que se agarraban a ellos, los escarpados muros de la grieta eran un mosaico de marrón rojizo desnudo y de verde esmeralda, mientras que el suelo en declive que rodeaba el diminuto estanque era de un verde lujurioso, sin que se malgastara espacio ni siquiera para una senda. En lugar de esto, un puente de cuerda se extendía a través de la grieta en zigzag, uniendo aquellos edificios que no estaban conectados por los estrechos escalones que habían sido tallados en la roca hacía milenios. Con el paso de los años, Anna había excavado una serie de alargados estantes como canales en las sólidas paredes de la grieta, los había rellenado con tierra y pacientemente los había irrigado, extendiendo poco a poco su huerto.
El almacén se encontraba en la otra punta, cerca del fondo de la grieta. Atrus atravesó el último tramo del puente de cuerda y aminoró el paso. Aquí el agua borboteaba procedente de un manantial subterráneo, se filtraba a través de una capa ladeada de roca porosa y dejaba los antiquísimos escalones húmedos y resbaladizos. Un poco más allá, se había excavado un canal en la roca, para dirigir el escaso pero preciado líquido a través de la roca impermeable del fondo de la grieta hasta la depresión natural del estanque. Aquí, también, era donde estaba enterrada su madre. En uno de los extremos había una pequeña extensión de delicadas flores azules, cuyos pétalos eran como diminutas estrellas y sus estambres de un negro aterciopelado.
Tras el ardiente calor de la arena del desierto, el frescor de la piedra húmeda bajo sus pies resultaba delicioso. Aquí abajo, casi a nueve metros de la superficie, el aire era fresco, y su dulce aroma resultaba estimulante tras la sequedad del desierto. Se oía un ligerísimo gotear de agua, el suave zumbido de una avispa del desierto. Atrus se detuvo un instante, alzó las pesadas gafas dejándolas sobre la frente, dejó que sus ojos claros se acostumbraran a las sombras, y luego siguió descendiendo, se agachó bajo el saliente de roca y se volvió para encarar la puerta del almacén, que estaba encastrada en la piedra de la pared de la grieta.
La superficie de aquella pesada puerta rechoncha era una maravilla, decorada con un centenar de delicados e intrincados grabados, con peces, aves y animales, todos ellos unidos por un dibujo entrelazado de hojas y flores. Aquello, como otras muchas cosas en la grieta, era obra de su abuela, porque si había alguna superficie lisa en algún lado, ella la decoraba enseguida, como si toda la creación fuera su lienzo.
Atrus alzó el pie y empujó hasta que la puerta cedió, entró en el espacio angosto y oscuro. Un año más y tendría que agacharse con aquel bajo techo de piedra. Pero ahora cruzó el diminuto cuarto en tres pasos, descolgó el saco del hombro y lo colocó en el ancho estante de piedra, junto a otros dos.
Se quedó allí un momento, mientras contemplaba el único símbolo, de color rojo sangre, pintado en el saco. Aunque le resultaba familiar, era un elaborado diseño de curvas y garabatos, y no estaba seguro de si se trataba de una palabra o un mero dibujo, pero tenía una belleza, una elegancia que encontraba cautivadoras. A veces le recordaba el rostro de un animal exótico y desconocido, y a veces le parecía encontrar en él cierto significado.
Atrus se volvió, miró hacia arriba y de pronto recordó que su abuela estaría esperando junto al muro de la grieta; se reprendió por ser tan inconsciente. Deprisa, deteniéndose sólo para volver a colocarse las gafas, subió los escalones, cruzó el puente que se balanceaba y llegó a tiempo de verla cómo se desabrochaba la capa y sacaba un largo cuchillo con empuñadura de perlas de su amplio cinto portaherramientas, para luego agacharse y abrir uno de los rollos de tela que había comprado.
—Ése es bonito —dijo, parándose junto a ella; se ajustó las gafas y admiró el dibujo de un vivo bermellón y de cobalto, y observó cómo la luz parecía rielar en la superficie de la tela, como en el estanque.
—Sí —dijo ella, devolviéndole la sonrisa al tiempo que volvía a envainar el cuchillo—. Es seda.
—¿Seda?
Por toda respuesta, ella la alzó y se la ofreció.
—Toca.
Estiró el brazo y le sorprendió el tacto suave y fresco de la tela.
Ella seguía mirándole, con una sonrisa enigmática en los labios.
—Pensé en hacer una cortina para tu cuarto. Algo que lo alegrara.
Él la miró, sorprendido, luego se agachó y alzó uno de los sacos que quedaban, cargándolo al hombro.
Mientras descendía en dirección al almacén, vio mentalmente la tela y sonrió. Se dio cuenta de que la tela tenía un hilo dorado y recordó su tacto: suave y liso, como el envés de una hoja.
Dejó el segundo saco y regresó. Mientras iba y venía, Anna había colocado los dos rollos de tela sobre el borde del muro de la grieta, junto con los últimos sacos de harina y sal. También había una pequeña bolsa de tela verde con semillas, atada con un cordel color rojo sangre. Del último saco, el que pensó que se movía, no se veía ni rastro.
Frunció el ceño y miró a su abuela, pero si ésta entendió su mirada, no lo demostró.
—Pon las semillas en la cocina —dijo en voz baja mientras se cargaba al hombro el rollo de seda— Las plantaremos mañana. Vuelve después y ayúdame con el resto de la tela.
Cuando regresó del almacén, vio que Anna le estaba esperando en la amplia repisa de piedra en el otro extremo del huerto. Incluso desde donde se encontraba, se percató de lo cansada que estaba. Cruzó el puente de cuerda hasta la casa principal, descendió con rapidez los estrechos escalones que se aferraban a la pared y, siguiendo con cuidado las piedras suaves y salientes que marcaban el límite occidental del estanque, se puso en cuclillas, sacó el cazo metálico de su gancho, se inclinó y lo hundió en la superficie inmóvil como un espejo.
Volvió a enderezarse, caminó deprisa por el borde, aferrándose a la piedra con los dedos de los pies y poniendo cuidado en no derramar ni una gota del precioso líquido, y se paró junto a la repisa en la que Anna estaba sentada.
Ella le miró y sonrió; una sonrisa cansada y cariñosa.
—Gracias —dijo, cogió el cazo y bebió; luego se lo ofreció a él.
—No —dijo en voz baja—. Acábalo tú.
Sonriente, ella bebió el agua del cazo y se lo devolvió.
—Bien, Atrus —dijo, de repente relajada, como si el agua se hubiera llevado su cansancio—. ¿Qué viste?
El titubeó.
—Vi un saco de tela marrón, un saco que se movía.
Su risa resultó inesperada. Atrus arrugó el entrecejo y luego sonrió cuando ella sacó el saco de entre los pliegues de su capa. Resultaba extraño, porque no parecía contener nada. No sólo eso, sino que la tela del saco parecía extraña; mucho más áspera de las que utilizaban normalmente los mercaderes. Era como si la hubieran tejido usando sólo la mitad de los hilos. Si hubiera contenido sal, ésta se habría escapado por los agujeros de la tela, pero el saco contenía algo.
—¿Y bien? —dijo ella, divertida por su reacción— ¿No vas a cogerlo?
La miró, realmente sorprendido.
—¿Para mí?
—Sí —dijo ella—. Para ti.
Lo cogió con cautela, y se dio cuenta de que la boca del saco estaba atada con el mismo cordel rojo que la bolsa de semillas.
—¿Qué es?
—Mira y lo verás —dijo, sacó el cuchillo y se lo pasó por la empuñadura—. Pero ten cuidado. Podría morderte.
Se quedó parado, mirándola perplejo.
—Oh, vamos —dijo ella, riendo con suavidad—. Te estoy tomando el pelo, Atrus. Ábrelo.
Despacio, a regañadientes, deslizó la hoja bajo el cordel y tiró. La boca del saco se abrió.
Dejó el cuchillo en la roca, se alzó las gafas hasta dejarlas fijas en la parte superior de la cabeza, y cogió el cuello del saco, abriéndolo lentamente sin dejar de mirar su oscuro interior.
Dentro había algo. Algo pequeño, agazapado y…
Un ruido le hizo soltar el saco y dar un salto hacia atrás, asustado.
—Cuidado… —dijo Anna y se inclinó para recoger el saco.
Atrus la miró, asombrado, y vio que sacaba algo pequeño y con un pelaje delicado. Por un instante, no comprendió, y luego, de pronto, se dio cuenta de lo que era. ¡Un gatito! ¡Anna le había comprado un gatito!
Lanzó una exclamación de contento, se puso en pie, y se acercó a ella, inclinándose para contemplar la diminuta criatura que ella sostenía.
Era hermoso. Su piel era del color de la arena del desierto a la puesta del sol, mientras que sus ojos eran grandes platos de verde que parpadearon un par de veces y que luego le contemplaron con curiosidad. No era más grande que la mano de Anna.
—¿Cómo se llama? —preguntó.
—Se llama Pahket.
—¿Pahket?
Atrus miró a su abuela, luego estiró la mano y acarició suavemente el cuello de la gatita.
—Es un nombre antiguo. El más viejo de los mercaderes dijo que era un nombre que traía suerte.
—Quizá —dijo Atrus con tono inseguro—, pero no parece adecuado. Mírala. Es como una llama diminuta. —Sonrió cuando la gatita se apretó contra su mano y comenzó a ronronear.
—Entonces quizá podrías llamarla así.
—¿Llama?
Anna asintió. Miró un instante a su nieto y luego dijo:
—Hay un pequeño cuenco de barro en la cocina…
Atrus alzó la mirada.
—¿El azul?
—Sí. Llama puede usarlo. De hecho, seguro que le vendría bien un poco de agua, después de haber estado en el saco.
Atrus sonrió y, como si lo hubiera hecho toda su vida, cogió la gatita en una mano, abrazándola contra su costado, y la llevó al otro lado, saltando los escalones de dos en dos y de tres en tres antes de entrar en la cocina. Al cabo de un instante, salió con el cuenco en la otra mano.
—Vamos, Llama —dijo, hablando en voz baja a la gatita como si fuera un chiquillo, mientras la acariciaba—, vamos a darte de beber.
Mientras anochecía, Atrus se sentó en la estrecha galería que corría a lo largo del dormitorio exterior y contempló la luna. La gatita estaba dormida y hecha un ovillo a su lado sobre la repisa de fresca piedra. Había sido un día maravilloso, pero como todos los días, debía terminar. Abajo y a su derecha, veía a su abuela, enmarcada en la ventana iluminada de la cocina, con una pequeña lámpara de aceite que arrojaba un suave resplandor amarillento sobre su rostro y sus antebrazos mientras trabajaba, preparando una bandeja de pasteles. Al igual que la gatita, eran un regalo para celebrar su séptimo cumpleaños dentro de dos días.
Al pensarlo, sonrió, pero en su alegría se mezcló una cierta inquietud. Aunque era feliz aquí con su abuela, recientemente había empezado a tener la sensación de que había más cosas. Debía de haber más cosas.
Miró más allá de la luna, siguiendo una línea de estrellas hasta que encontró el cinto del cazador, trazó la silueta del arco del cazador en el cielo nocturno, tal y como le había enseñado su abuela. Había tantas cosas que aprender, tanto por conocer todavía.
¿Y cuando ya lo sepa todo, abuela?
Recordó cómo se había reído ella al escucharle, y que luego se había inclinado hacia él.
El aprendizaje nunca acaba, Atrus. Hay más cosas en este universo y más universos, de los que nunca podremos esperar conocer.
Y aunque no comprendió del todo lo que había querido decir, bastaba con contemplar la inmensidad del cielo nocturno para tener un atisbo del problema. Pero era curioso y quería conocer todo lo que pudiera; era tan curioso como indolente era la gatita que tenía al lado.
Dejó de contemplar la inmensidad. A su alrededor, la grieta estaba salpicada por diminutas luces que brillaban cálidas en la oscuridad.
—¿Atrus?
Se volvió y contempló a Anna que se acercó y se puso en cuclillas a su lado, sobre la estrecha repisa.
—¿Sí, abuela?
—Hoy tienes que escribir un montón de cosas en tu diario.
Atrus sonrió, acarició a la gatita, le dio un beso entre las orejas y sintió cómo ella se apretujaba contra sus dedos.
—Ya lo he escrito, mientras estabas en el almacén.
—Ah… —Acarició el costado de la gatita con los dedos—. ¿Y qué tal va tu experimento?
—¿Cuál de ellos?—preguntó él con repentino interés.
—Tus mediciones. Antes te vi ahí afuera.
Desde hacía casi seis meses, Atrus estudiaba el movimiento de las dunas en la otra ladera del volcán. Había colocado una serie de largas estacas profundamente clavadas en la arena, siguiendo la cresta de la duna, para observar y hacer meticulosas mediciones del movimiento diario de la duna, utilizando las estacas como línea de base, anotando dichas mediciones en una tabla al final de su diario.
—Casi he terminado —dijo, y los ojos le brillaron a la luz de la luna—. Unas cuantas semanas más y tendré los resultados.
Anna sonrió, divertida y al mismo tiempo orgullosa del interés que él mostraba. No cabía duda, Atrus tenía un cerebro excelente —el cerebro de un verdadero explorador— y una curiosidad a la altura de dicho cerebro.
—¿Y tienes alguna teoría? —preguntó, y advirtió que se sentaba más erguido para responderle.
—Se mueven —contestó.
—¿Poco o mucho?
Sonrió.
—Depende.
—¿Depende?
—De lo que creas que es poco o lo que creas que es mucho.
Se rió, disfrutando de su respuesta.
—Un poco sería unos centímetros al año, mucho sería un kilómetro.
—Entonces no es ninguna de las dos cosas —contestó él, volviendo a mirar a Llama.
La gatita estaba dormida, con la cabeza doblada sobre el cuerpo y sus suaves ronquidos se escuchaban débilmente en la oscuridad.
Anna estiró el brazo y con sus dedos le apartó los cabellos de los ojos. En ciertos aspectos era un chico desgarbado, pero tenía algo de noble. La amabilidad, la aguda inteligencia de su mirada; aquellas cosas le distinguían, desmintiendo su torpeza física.
—Cambia —dijo él, volviendo a mirarle a los ojos.
—¿Cambia?
—La velocidad a la que se mueve la duna. A veces, apenas se mueve, pero cuando hay una tormenta…
—¿Sí? —preguntó ella quedamente.
—Es el viento —dijo él—. Empuja los granos más pequeños hacia arriba en el lado de barlovento de la duna. Desde allí, caen por encima de la cresta al lado de sotavento. Por eso la duna tiene la forma que tiene. Los granos más grandes y ásperos no se mueven tanto, por eso la ladera de barlovento tiene una curva gradual. Es más densa. Se puede caminar sobre ella como si fuera una roca. Pero en la ladera de sotavento…
—¿Sí? —le animó.
Atrus frunció el ceño y arrugó la nariz mientras lo pensaba.
—Bueno, el lado de sotavento cambia constantemente. Los granos finos se amontonan formando una ladera empinada hasta que… bueno, hasta que caen todos rodando. Si intentas caminar por esa ladera, te hundes en ella. No es compacta como la del lado de barlovento.
Anna sonrió, sin dejar de mirarle a la cara.
—Dices que caen por encima de la cresta. ¿Sabes por qué?
Atrus asintió con entusiasmo, y Llama se agitó en su regazo.
—Tiene que ver con la forma en que los granos se apoyan unos sobre otros. Hasta un cierto ángulo, no pasa nada, pero si se supera ese ángulo…
—¿Y has medido ese ángulo? —preguntó, encantada.
Él asintió de nuevo.
—Treinta y cinco grados. Es lo más empinado que puede ser la ladera antes de que comience a deslizarse.
—Bien —dijo, apoyando las manos en las rodillas—. Parece que lo has tenido todo en cuenta, Atrus. Has intentado ver el Todo.
Atrus estaba contemplando a la gatita. Miró de nuevo a su abuela.
—¿El Todo?
Ella se rió suavemente.
—Es algo que solía decirme mi padre. Lo que yo quiero decir con eso es que has contemplado el problema desde muchos puntos de vista distintos y has reflexionado acerca de cómo encajan las piezas del mismo. Te has hecho todas las preguntas que había que hacerse y has obtenido las respuestas. Y ahora comprendes ese asunto. —Sonrió, alargó el brazo y apoyó su mano ligeramente en el hombro de Atrus— Puede parecer un asunto poco importante, Atrus; al fin y al cabo, una duna no es más que una duna, pero el principio es sólido y te servirá para cualquier cosa que quieras hacer, no importa lo complejo que sea el sistema que contemples. Siempre ten en cuenta el Todo, Atrus. Busca siempre la interrelación de las cosas, y recuerda que el «todo» de una cosa siempre es parte de algo más, de algo más grande.
Atrus la miró, asintiendo lentamente; la seriedad de su mirada no correspondía a sus siete años. Viéndole, Anna suspiró para sus adentros. A veces se sentía tan orgullosa de él… Tenía unos ojos tan finos, tan claros… Unos ojos que habían sido incitados para ver; que anhelaban observar y cuestionarse el mundo que le rodeaba.
—¿Abuela?
—¿Sí, Atrus?
—¿Puedo hacer un dibujo de Llama?
—No —le dijo con una sonrisa— Ahora no. Es hora de acostarse. ¿Quieres que Llama duerma contigo?
Él sonrió e hizo un gesto afirmativo.
—Tráela entonces. Puede dormir a los pies de tu cama esta noche. Mañana le prepararemos una cesta.
—¿Abuela?
—¿Sí, Atrus?
—¿Puedo leer un rato?
Ella sonrió y le revolvió los cabellos.
—No. Pero vendré y te contaré una historia si quieres.
Él abrió mucho los ojos.
—Por favor, y, Nanna…
—¿Sí?
El uso de aquel término familiar la sorprendió.
—Gracias por regalarme a Llama. Es hermosa. La cuidaré mucho.
—Sé que lo harás. Ahora entra. Es tarde.
El lecho de Atrus se encontraba en una repisa de roca excavada en la pared posterior del dormitorio interior, como una diminuta catacumba. Un edredón bellamente tejido era su colchón, y un gran cuadrado doblado de tela, cosido por Anna en los bordes, con un dibujo de diminutas estrellas doradas bordadas, servía como sábana. En un nicho en la roca, en la cabecera de la repisa, había una lámpara de aceite, sujeta por estrechas barras de metal en sus extremos inferior y superior.
Anna estiró el brazo, cogió el cristal con curiosos grabados, prendió la mecha y luego se apartó, para que Atrus se metiera en el pequeño espacio. Pronto sería demasiado grande para dormir en aquella repisa, pero por ahora era suficiente.
Al contemplar a su nieto, sintió una punzada de dolor; dolor por el fin de la inocencia, consciente de que debería atesorar momentos como éste, porque pasarían. Nada duraba. Ni las vidas de los individuos, ni los imperios.
—Bien —dijo, mientras le tapaba, para después pasarle a la garita medio dormida y que pudiera acunarla un rato—. ¿Qué quieres que te cuente?
El desvió la mirada —sus ojos parecían leer en las vacilantes sombras en el interior de la repisa—; luego la miró otra vez, sonriendo.
—¿Qué tal la historia de Kerath?
—Pero si ya la has escuchado varias veces, Atrus.
—Lo sé, pero me gustaría escucharla otra vez. Por favor, abuela.
Ella sonrió y le puso la mano en la frente, cerró los ojos y comenzó el antiguo cuento.
Ocurría en el país de los D´ni, y databa, o al menos eso decían, de hacía miles de años, cuando su país natal había sufrido el primero de los grandes terremotos que, a la larga, les obligaron a huir y venir aquí.
Kerath fue el último de los grandes reyes; el último no porque fuera depuesto sino porque una vez alcanzado todo lo que quería conseguir, abdicó y nombró a un consejo de ancianos para que gobernaran las tierras de los D´ni. Pero la «historia de Kerath» era la historia de los años adolescentes del joven príncipe y de cómo los había pasado en el gran desierto subterráneo de Tre´Merktee, el Lugar de las Aguas Envenenadas.
Y cuando Atrus escuchaba el cuento, ¿qué pensaba? ¿Se imaginaba a sí mismo como un joven príncipe, igual que Kerath, desterrado por el hermano de su padre fallecido? ¿O había algo más en el cuento que le atraía? Porque no cabía duda de que aquél era su cuento preferido.
Al acercarse al final, narrando la última parte, de cómo Kerath domó al gran lagarto y volvió a lomos del mismo a la capital de los D´ni, se dio cuenta de que Atrus estaba pendiente de cada palabra, seguía cada frase, cada giro de la historia.
En su mente, cerró el libro en silencio y lo dejó, igual que había hecho para otro niño, en otro tiempo, en un lugar muy distinto de éste. Al abrir los ojos, se encontró con que Atrus la estaba mirando.
—¿Hay muchos cuentos, abuela?
Ella se rió.
—Oh, miles…
—¿Y los sabes todos?
Negó con la cabeza.
—No. Vamos, sería imposible, Atrus. D´ni era un gran imperio, y sus bibliotecas eran pequeñas ciudades. Si quisiera aprender de memoria todos los cuentos de D´ni, necesitaría varias vidas, e incluso así, sólo conseguiría aprender unos cuantos.
—¿Y son verdaderos los cuentos? —preguntó Atrus, al tiempo que bostezaba y se volvía de cara a la pared.
—¿Tú crees en ellos?
Permaneció en silencio, luego soltó un suspiro somnoliento y dijo:
—Creo que sí.
Pero se dio cuenta de que no estaba satisfecho. Alzó la manta hasta taparle el cuello, luego se inclinó y le besó en la frente.
—¿Dejo a Llama donde está?
—Mmmm… —contestó él, medio dormido ya.
Sonriendo, Anna alzó el cristal, apagó la lámpara de un soplo, se puso en pie y salió de la habitación.
La lámpara seguía encendida en el taller, en el otro extremo de la grieta. La escultura a medio hacer estaba tal como la había dejado, sobre la mesa, con la caja de herramientas abierta junto a ella y los delicados instrumentos para tallar la piedra dispuestos en sus bandejas. Se paró un instante, la contempló, reflexionó sobre lo que había que hacer, luego siguió adelante y sacó una diminuta caja con perlas incrustadas del estante donde guardaba sus libros.
Accionó el cierre, la abrió y contempló su reflejo, apartándose un mechón de pelo gris de la frente.
—¿Qué ves, Anna?
El rostro que se reflejaba en el espejo era fuerte y decidido, la estructura ósea era delicada sin ser frágil; más fina que áspera. En tiempos, había sido una gran belleza. Pero ahora tenía el tiempo en contra.
La idea la hizo sonreír. Nunca había sido presumida, pero siempre —siempre— se había preguntado hasta qué punto su verdadera personalidad se mostraba en su rostro. Cuánto revelaba la interrelación de la boca con los ojos. Y al mismo tiempo, cuánto podían ocultar aquellos mismos rasgos sutiles. Atrus, por ejemplo. Cuando sonreía, no sonreía únicamente con sus labios, sino con todo su rostro, con todo su ser; era una sonrisa amplia, radiante, que emanaba de él. Del mismo modo, cuando pensaba, se podía ver a través de él —como un cristal— y contemplar los pensamientos que chisporroteaban y zumbaban en su cabeza.
¿Y en su rostro?
Ladeó ligeramente la cabeza y volvió a examinarse, observando esta vez las diminutas cuentas azules que se había atado a las trenzas, la cinta de colores, finamente tejida, que rodeaba su cuello.
El rostro que le devolvía la mirada era pálido y de tensas carnes, casi austero; los ojos de un verde intenso eran inteligentes, la boca sensible; pero eran aquellos pequeños detalles accesorios —las cuentas, la cinta— los que revelaban su naturaleza: al menos aquella parte que deseaba el embellecimiento. Desde niña, siempre había sido así. Si se le daba una hoja en blanco, la llenaba con un poema, o una historia o un dibujo. Si se le daba una pared en blanco, siempre —siempre— la decoraba.
Dadme un niño…
Cerró de golpe la cajita y la volvió a colocar en el estante.
Dadle un niño y le llenará la cabeza de maravillas. De cuentos, pensamientos y hechos que escapan a la imaginación.
¿Qué es lo que ves, Anna?
Bostezó y apagó la lámpara, luego respondió a la silenciosa pregunta.
—Veo a una vieja cansada que necesita irse a dormir.
—Quizá —respondió al cabo de un instante, sonriendo al recordar la niña que una vez fuera.
Después, salió a los escalones que ceñían la pared de la grieta, la cruzó una vez más con pasos presurosos y se dirigió a su lecho.