18
Atrus estaba sentado con las piernas cruzadas junto al cuenco. Tenía los ojos cerrados y apretaba con fuerza el puño mientras contaba.
—¿Atrus?
Se agitó y la miró.
—¿Sí, Catherine?
Su rostro mostró un pequeño atisbo de enfado al oír su nombre mal pronunciado, aunque ya había cejado en su empeño de corregirle.
—¿Qué haces?
Al llegar a sesenta, relajó la mano y la abrió. Al hacerlo, una pequeña burbuja de agua, de superficie fluida y reflectante, como una gota de mercurio, subió flotando de su palma.
Atrus la miró. Ella tenía una expresión ligeramente burlona.
—El agua no debería hacer eso al calentarse.
—¿No? ¿Qué debería hacer entonces?
Atrus se encogió de hombros.
—Bueno, no debería flotar y no debería darme dolor de estómago.
Ella se echó a reír pero enseguida volvió a ponerse seria.
Atrus se la quedó mirando, sorprendido. Era la primera vez que la veía reírse desde que se habían conocido, y el cambio que producía en su rostro era notable.
—Te daré un poco de polvo.
—¿Polvo?
Catherine asintió. Por un instante le miró, como si intentase averiguar algo acerca de Atrus, luego, sin el menor movimiento, su mirada pareció perderse.
Sus ojos seguían fijos en Atrus, pero ella ya no estaba allí. Al menos no estaba mirándole. Era como si, brevemente, hubiera entrado en trance.
Atrus cogió la olla de latón que había estado examinando antes, satisfecho con su geometría, por la forma en que las dobles cazuelas —superior e inferior, unidas por cuatro fuertes ejes de latón— estaban diseñadas, como todos los utensilios de cocina de la Quinta Era, para contener agua que, al calentarse, se elevaba. Aquí todo tenía «tapas de captación» especiales y grifos con pequeñas válvulas que no se abrían a menos que se volcara el objeto de una manera determinada.
Miró otra vez a Catherine, que seguía absorta.
—¿En qué estás pensando?
Ella le miró.
—Te diré lo que estoy pensando. Tienes esos ojos claros y llevas esos extraños instrumentos para los ojos. ¿Qué tienes que ver con el Señor Gehn?
—Soy Atrus, su hijo.
Un breve destello de triunfo apareció en su mirada. Luego, como si de repente se diera cuenta de lo que aquello significaba, dio un paso atrás.
—¿Qué quieres entonces?
Él consideró la pregunta, dejando a un lado a Gehn y todo cuanto había presenciado durante los últimos años.
«¿Qué es lo que quiero?».
—Quiero volver a casa —dijo en voz baja.
—¿Volver a casa?
—A la grieta.
—¿La grieta?
—Es el lugar donde nací —dijo—. Donde crecí. No era más que una grieta, un agujero en la tierra en medio del desierto —añadió, pensando en lo que Gehn había dicho—, pero era… era como el paraíso.
—¿Y tu padre vivía allí contigo?
Atrus meneó la cabeza y desvió la mirada al responder.
—No. No conocía a mi padre. No le conocí hasta que tuve catorce años. Crecí con mi abuela, Anna. Ella me alimentó, me vistió, me enseñó. Me lo dio todo.
Catherine le miró fijamente.
—¿Y entonces llegó tu padre?
Atrus asintió. Se puso de pie, se sacudió y contempló la pendiente cubierta de hierba. La aldea se encontraba en un cráter a su espalda, justo al otro lado de la pendiente, literalmente en el cráter. Las cabañas de barro estaban sujetas a la pared del cráter con grandes estacas de madera, de la misma forma que ocurría con las habitaciones en la grieta.
Sonrió al recordar la primera vez que lo vio, casi había sido la última. Había fingido estar dormido y había dejado que el mayor de los dos hermanos saliera de la cabaña, para saltar luego de la cama con la intención de salir a echar un vistazo. Sólo su precaución innata había impedido que se precipitara a la bahía, quince metros más abajo.
Eso también explicaba por qué cambiaban los sonidos cada noche. Creía que el mar se acercaba a una playa cercana a la cabaña; no había comprendido que el mar en realidad avanzaba hasta debajo de la cabaña, por un túnel de entrada a la izquierda de la aldea pegada a la ladera.
Miró a su alrededor. A la izquierda, a un kilómetro de distancia, aproximadamente, sé encontraba el bosque de extraños árboles de hojas doradas que dominaban el paisaje, con sus enormes ramas achatadas como si el cielo las sometiera a una enorme presión.
Hacia el sur, sobre un promontorio, estaba el bosquecillo en el que se alzaba el templo, mientras que a la derecha, claramente visible desde cualquier punto de la isla, se encontraba el árbol.
Catherine se puso a su lado, sin dejar de mirarle, como si ya le conociera. Su tono de voz era ahora distinto… firme.
—Soñé contigo.
Él la miró y recordó la primera vez que le había dicho eso, en la cabaña.
—¿Tuviste un sueño?
—Sí —dijo al tiempo que comenzaba a andar pendiente abajo; el viento agitaba su vestido verde y sus pies descalzos parecían flotar sobre la hierba—. Soñé con que un muerto flotaba en el estanque, ¡y ahora tú estás aquí!
—¿Y bien? —preguntó Gehn, sentado frente a la joven—. ¿Ha ocurrido algo… algo fuera de lo normal?
Katran alzó la vista de su cuaderno y sostuvo la mirada de su Señor, con expresión inocente.
—Nada fuera de lo normal.
—Bien —dijo él y dio una profunda calada a su pipa— ¿Seguimos a partir de donde lo dejamos?
La lección fue bien, pero siempre era así, Katran era buena estudiante —la mejor— y nunca tenía que decirle las cosas más que una vez. Otros miembros de la Cofradía también eran buenos copistas, pero ninguno de ellos, excepto Katran, había comenzado a entrever el verdadero significado de los símbolos que copiaban. Ella, por el contrario, lo había entendido enseguida. Y ahora, tras sólo dos años de enseñanza, casi lo dominaba con fluidez. Casi, pensó, y recordó todas las palabras clave que no le había enseñado; ciertas palabras Garo-hertee, sin las cuales era imposible escribir. Pero pronto comenzaría a darle esas claves. Una a una. Si era buena.
Había pergeñado su plan antes de encerrar a Atrus. Furioso con su hijo, pero decidido a ver cumplido su sueño de un gran resurgir D´ni, acabó preguntándose si no sería posible resolver las cosas de manera distinta.
Seguía necesitando a Atrus —de eso no cabía duda, porque un talento semejante no podía ser desperdiciado—, pero parecía imposible trabajar con él.
Pero ¿tenía que ser Atrus quien estuviera a su lado? ¿No podría hacer el mismo papel otra persona? ¿Alguien que no tuviera quizás el mismo talento, pero que fuera más dócil que su hijo? ¿Alguien a quien pudiera controlar con mucha más facilidad que a Atrus?
Enseguida pensó en Katran.
Gehn sonrió y la miró, dejando la pipa sobre el escritorio.
—Tengo que decirte algo, Katran. Algo importante.
—¿Señor?
Ella le miró, atenta pero obediente, sus ojos eran los ojos del acólito perfecto, del siervo perfecto.
—Quiero que te prepares. Va a tener lugar un casamiento, ¿comprendes? Dentro de treinta días. Daré instrucciones a los otros miembros de la Cofradía en cuanto a la ceremonia, pero tú debes hacer preparativos especiales.
—¿Vais a desposaros, Señor?
—Sí, Katran —dijo mirándola con cariño—. Serás mi esposa. Te sentarás a mi derecha y conmigo gobernarás un millar de mundos.
—Pero Señor —dijo ella, inclinando la cabeza—. No soy digna de tal honor.
Gehn se rió con suavidad, satisfecho con su humildad.
—Quizá no. Pero te he escogido a ti, Katran, y te prepararás. Tienes treinta días. Treinta días… y tendrá lugar la ceremonia.
Atrus había estado buscando a Catherine por todas partes en la isla principal, sorprendido de que nadie supiera adónde había ido. Entonces, de pronto, la vio de nuevo entre los árboles en la linde del bosque.
Estuvo a punto de llamarla, de gritar su nombre, pero algo en su actitud —su aire absorto— le hizo detenerse para adentrarse de nuevo en el bosque y acercarse a ella por la espalda, de manera que uno de los enormes troncos esponjosos le ocultara.
Bajo la sombra moteada de las enormes ramas, su esbelta figura no parecía real; algo de tierra y de hierba, el verde de su capa y el negro de su pelo se fundían con las sombras circundantes.
Incluso desde donde se encontraba, Atrus advirtió que estaba inquieta por algo. Sus ojos, que normalmente eran tan brillantes e inquisitivos, estaban ahora absortos en pensamientos, mientras que tenía las manos entrelazadas con fuerza.
«¿Qué pasa?», se preguntó en silencio, sintiendo una compasión instintiva hacia ella.
Lentamente, pisando con cuidado el espeso manto de hojas entre los árboles, avanzó hacia ella, hasta que estuvo a menos de dos metros.
—¿Catherine?
Ella no se movió, se limitó a alzar la vista.
—Catherine… ¿estás bien?
Ella asintió.
—¿Quieres que te acompañe de vuelta a la aldea?
—De acuerdo —dijo ella en voz baja, se volvió y anduvo junto a él; salieron de la sombra de los árboles para caminar por la llanura en pendiente.
Atrus encontró su Libro Nexo allí donde lo había dejado, en la cara del acantilado, y estableció el nexo de vuelta.
La estancia estaba tal y como la había dejado, el libro de la Quinta Era seguía abierto sobre el escritorio; nadie había tocado los tinteros y la pluma.
Atrus volvió al escritorio, se sentó, cogió el libro y comenzó a leerlo, esta vez con más atención, viendo cómo cada frase, cada pequeña descripción, contribuía a la totalidad de lo que había visto.
Ahora que había estado allí, comprendió lo bueno que era. La Quinta Era de Gehn resultaba realmente notable. Pero había claros fallos en la forma en que se había hecho el libro, sobre todo en la estructura de la escritura. Pasajes elegantes se veían uno junto a otro en la página, cada uno de una belleza especial, pero con una inquietante falta de relación entre ellos. Era el signo distintivo del estilo de su padre. La osadía del eclecticismo de Gehn —obtener cosas de fuentes tan dispares— era realmente asombrosa, y rozaba lo genial.
Si Gehn hubiera creado sus Eras partiendo de principios estructurales sólidos, podrían haber sido distintas, porque seguramente al hacerlo habría corregido los posibles defectos. Pero su método era poco sistemático y los defectos se amontonaban hasta convertirse en una compleja red de fallos interrelacionados; fallos que no podían resolverse de manera sencilla.
Atrus pasó la última carta y leyó las últimas anotaciones; vio los torpes intentos de su padre para efectuar pequeños cambios en el mundo de la Quinta Era, para estabilizar sus fallos inherentes.
—Todo está equivocado —dijo en voz baja.
Deseó poder corregir aquellas anotaciones finales, pero al recordar lo ocurrido en la Trigésimo Séptima Era, le dio miedo hacerlo. No, si tenía que hacer cambios, lo haría con gran cuidado y tras una larga y paciente deliberación. Uno no podía manipular una Era así como así. Y menos aún una Era tan compleja como la Quinta Era de Gehn.
«Riven —pensó—. Ella la llamó Riven». Y cuando alzó la vista, se encontró con Catherine de pie ante él, que le miraba, mientras aferraba un gran libro azul contra su pecho.